Mientras subo por las escaleras voy curioseando las cartas que he encontrado en el buzón: una del banco, otra de la luz, un vale de descuento de una pizzería y un sobre alargado, de color ocre, sin remitente, con mi nombre y dirección escrito a mano.
Sorprendida, me entretengo observando detenidamente esa perfecta caligrafía mientras me pregunto cómo es posible que alguien escriba cartas a mano y las mande por correo en la época de la revolución informática, porque, habitualmente, mi buzón suele estar vacío, a parte de alguna factura o publicidad, lo demás llega por watts App o por correo electrónico.
Y, aunque estoy muy intrigada y tengo muchas ganas de abrir esta carta misteriosa, he decidido esperar a llegar a casa, sentarme en el sofá con una copa de vino en la mano, y disfrutar de algo que, promete, ser algún acontecimiento especial.
Al entrar en casa me descalzo de esos maravillosos zapatos de tacón que tanto me torturan y, mientras dejo el bolso abandonado en una silla, me acerco a la cocina, saco la botella de vino blanco que trajo ayer mi amiga Violeta para celebrar que, por fin, ha encontrado trabajo y me sirvo una copa.
Estirada en el sofá, observo detenidamente el sobre que, curiosamente, huele a rosas y, lentamente, con mucho cuidado, lo abro. Saco una tarjeta, del mismo color, alargada también, escrita a mano, con la misma buena caligrafía y que, parece ser, la invitación a una boda.
La examino cuidadosamente y el corazón se me acelera cuando veo en la cabecera la fotografía de Marcelo, el chico que cambió por completo mi vida. Al lado han insertado la foto de su futura pareja, una cara sonriente que, a simple vista, parece mucho más joven que él.
Debajo de las fotografías van los nombres de los novios, Marcelo y Tomás. A continuación, han escrito la fecha del acontecimiento, que será dentro de un mes y medio, aproximadamente. Para el gran evento han escogido un hotel al lado de la playa, en Ibiza y piden a los invitados que asistan vestidos de blanco. Al pie de la tarjeta están los números de teléfono de cada uno de ellos para confirmar la asistencia.
Decido llamarle enseguida, ya que, no sé por qué motivo, de repente, me urge hablar con él, para que me cuente cómo un alma libre como la suya ha llegado a tomar la decisión de vivir para siempre con la misma persona.
Sin pensar qué le voy a decir después de… no sé cuántos años sin tener noticias suyas y, mientras escucho el tono de llamada, me doy cuenta de que me tiemblan las manos y que en mi cabeza surgen mil preguntas, tropezando unas con otras y no sé si estoy preparada para conocer la respuesta.

Cuando soy consciente de que nadie contesta me siento decepcionada porque tenía muchas ganas de escuchar su voz grave, no obstante, reconozco que también me alivia disponer de más tiempo para prepararme.
Mientras el perfume suave y afrutado del vino blanco penetra por mi nariz, paladeo ese saborcillo dulzón y me dispongo a buscar en el baúl de los recuerdos, decidida a evocar un pasado en el que me atrevía con todo o, al menos, eso creía.
Con mi padre Juez y mi madre Asesora fiscal, tenía, desde pequeña, un camino marcado en lo que respecta a mi futura vida profesional, así que, a muy temprana edad, decidí que estudiaría Derecho. Recuerdo que me encantaba mirar películas de juicios, abogados y jueces, para después jugar con las muñecas, que eran inculpadas por algún delito y mientras yo ejercía como abogada defensora o fiscal, una fotografía de mi padre actuaba como Juez.
Como que desde siempre había sido de las primeras de la clase, mis padres comentaban lo orgullosos que estaban de mí y, tanto mi familia como mis amigos o el profesorado estaban convencidos de cuál era mi vocación y mi camino que seguir, por eso y, apoyada por todos ellos, empecé bachillerato, mientras en mi tiempo libre, también estudiaba francés, inglés, colaboraba con la Cruz Roja como voluntaria y tenía una relación formal con Carlos, un chico tímido, serio y tan empollón como yo, estudiante de primero de Económicas.
Sin embargo, mi vida dio un giro cuando conocí a Marcelo, alto, moreno, ojos grises, sonrisa traviesa y pésimo estudiante, puesto que repetía primero de bachillerato y no tenía muy claro cuál sería su futuro.
Sin darme cuenta se coló en mi vida, invitándome a escalar, navegar en velero, participar en partidos de rugby o campeonatos de videojuegos. Para mí todo era nuevo, emocionante, increíble y excitante.
Sus amigos tenían su misma filosofía, vivir para pasarlo bien sin pensar en el futuro, mindfulness decían ellos, dejar fluir era su filosofía, por eso, poco a poco descuidé a mis amigos empollones y me concentré en toda esa gente tan divertida y, sobre todo, en Marcelo. Y en una cena con pizzas y botellón, mientras nos fumábamos algún porro me convencieron de que estudiar Derecho no era lo que yo deseaba, sino lo que, en realidad, querían mis padres.
Cuando acabé primero de bachillerato había realizado un gran cambio, tanto en mi vida social como personal, ya no era aquella chica más bien tímida, pero sensata y madura, la huella de mis nuevos amigos y, sobre todo, la de Marcelo habían calado hasta el fondo de mi ser.
Mi madre, con la que siempre había tenido una buena relación, quedó apartada de mi lado y cuando intentó hablar conmigo la rechacé bruscamente, aunque ella solamente trataba de comprender que había ocurrido para que mi vida diese aquel giro tan radical, incluso en mi forma de vestir, porque, de repente, cambié las chaquetas y pantalones oscuros por faldas largas de colores.

En realidad no me daba cuenta de nada hasta que un día mi hermana pequeña, María, mientras me observaba detenidamente, me dijo:
• Ya sabes que desde siempre has sido mi ídolo, hasta ahora me parecías perfecta, sin embargo, últimamente no eres la misma y, aunque me gustabas más antes, tal vez te veo más feliz.
Mi relación con Carlos también se enfrió, claro que siempre tenía una excusa para no verle y como él tenía que estudiar, nos fuimos alejando, al contrario que con Marcelo, quién siempre hacia lo posible para encontrar el modo de sorprenderme.
Cuando se acercaba el final de curso, decidí romper definitivamente con Carlos, el cual, extrañado, no entendía nada, aunque él insistía que seguía enamorado de aquella niña tímida pero decidida con quien había empezado una maravillosa relación.
Después me auto-convencí de que deseaba estudiar Filosofía, bueno, puede que lo decidiera Marcelo, aunque en aquel momento no me daba cuenta. También decidió que, después de la selectividad, alquilaríamos un apartamento y nos iríamos a vivir juntos.
Intentar convencer a mis padres fue una tarea muy difícil y se creó una situación muy tensa, tanto en el momento en que les expliqué que quería estudiar Filosofía como cuando les informé de que compartiría piso con Marcelo. Al final de una dura negociación acordamos que mis padres financiarían la matricula de la Universidad, pero el alquiler del piso y los demás gastos debería costearlos yo.
Así pues, trabajé todo el verano catorce horas diarias en un restaurante, con un solo día libre a la semana, eso sí, conseguí el dinero suficiente para todos los gastos que surgirían durante el curso.
Marcelo lo tuvo mucho más fácil, ya que era el pequeño y único varón y tanto sus padres como sus cuatro hermanas le mimaban y cuidaban. Tenían un negocio familiar, una tienda on line de productos para mascotas, donde trabajaban toda la familia.
Una vez acabado el bachillerato y superada la selectividad, Marcelo les explicó que, durante el verano, iba a trabajar en la empresa familiar mientras se sacaba el carné de conducir y se preparaba para matricularse en historia. También les informó que alquilaría un apartamento donde viviríamos juntos, noticias que celebraron felicitándole y dándole todo tipo de facilidades.
Debido a que yo me pasaba el día en el restaurante, él se encargó de buscar piso y, en uno de mis días libres, me llevó a la séptima planta de un edificio del centro de la ciudad. La entrada del inmueble era espaciosa, con los buzones a la derecha y, debajo de la escalera, la portería, donde un muchacho joven trabajaba unas horas como portero.
El minúsculo ascensor se balanceaba mientras emitía un rugido metálico que simulaba una película de terror. Cuando llegamos delante del que sería nuestro nuevo hogar, con mucha solemnidad, abrió la puerta y me hizo entrar en el pequeño recibidor, a la izquierda se veía un pasillo largo y estrecho, con algunas puertas a la derecha y, al final, una puerta con cristales de colores.

En primer lugar se encontraba el cuarto de baño, una estancia cuadrada, equipada con un retrete, un armario de madera blanca con el lavamanos acoplado, una ducha cerrada con una mampara y una pequeña ventana que daba a un patio interior.
A continuación, un pequeño cuarto sin ventilación ubicaba una vieja lavadora y un armario de madera carcomida, donde guardaríamos los productos de limpieza.
Después, el primer dormitorio, estrecho y alargado, con un armario empotrado y una gran ventana por la que se despedía el sol de la tarde.
Luego, se hallaba la cocina, no muy grande, pero muy bien iluminada con una ventana por donde se colaba la luna llena. Estaba equipada con una encimera semi-nueva y un pequeño horno, el frigorífico lo compramos después, de ocasión.
Al final del pasillo, detrás de la puerta de cristal, había una espaciosa sala, donde pusimos un sofá-cama, un balancín, una mesa cuadrada, cuatro sillas plegables y una estantería de bambú con libros y velas aromáticas.
Tenía una salida a una pequeña terraza con vistas panorámicas de la ciudad y dos habitaciones más, la más grande, sería nuestra alcoba, donde pondríamos una cama, un armario y una mesa de madera comprado todo en Ikea. La otra cámara aunque era más pequeña, disponía de un armario empotrado y una gran ventana con unas puestas de sol maravillosas.
El piso era perfecto, sin embargo, demasiado grande para dos personas solas y también demasiado caro, seguramente, así que, mientras mirábamos el horizonte desde la terraza, me atreví a decirle:
• Me encanta esta casa, pero debe ser tremendamente cara ¿no?
• No te preocupes, he tenido una idea genial, alquilaremos las otras dos habitaciones – dijo con esa sonrisa pícara de niño travieso.
• ¡Vaya! ¿A quién piensas alquilarlas? – pregunté un poco decepcionada.
• A Berto y Tania, que están buscando piso para compartir – explicó visiblemente excitado.
• Y ¿Quiénes son Berto y Tania? – seguí preguntado, cada vez más molesta.
• Son dos hermanos gemelos, amigos de mi prima Rosi – explicó claramente excitado.
• Entonces ya lo tenías todo decidido – murmuré contrariada.
• Lo he ido pensando sobre la marcha, ya sabes, no me gusta planificar, es mejor dejarse llevar – dijo fardando.
• Y ¿Por qué no me lo has consultado? Yo también tengo derecho a decidir – seguí musitando cada vez más disgustada.
• ¿Y qué más da? – dijo acercándose y rozándome la mejilla con la punta de los dedos, haciéndome estremecer.
• ¿Y de qué conoces a esos dos? – continué preguntando cada vez más molesta.
• Bueno, en realidad no los conozco todavía, son compañeros de mi prima – explicó mirándome fijamente.
• ¿Me estás diciendo que quieres alquilar estas habitaciones a dos personas que no conoces de nada? ¿Estás loco? – pregunté levantando la voz.

• Deja de preocuparte y deja de gritarme, me encanta este piso y no dejaré que estropees ese momento mágico. Te estas volviendo paranoica – gritó mientras me zarandeaba fuertemente, consiguiendo que me asustara.
Esta discusión sirvió para que él marcara territorio y a partir de ese día aprovechó que yo estaba completamente loca por él para dominarme, sin que ni yo misma me diera cuenta y, mientras una voz en mi interior me repetía que me estaba equivocando, mi alma enamorada no quería darse cuenta de esa cruda realidad.
Los gemelos eran encantadores y nos llevamos muy bien. Juntos decoramos el piso, cada uno aportó lo que pudo y lo demás lo compramos en Ikea o en el mercado de segunda mano, dejando un hogar realmente acogedor.
Con ilusión afrontamos nuestros cursos universitarios, Marcelo matriculado en historia, Tania en Publicidad, Berto en Bellas Artes y yo en Filosofía. Como teníamos horarios diferentes, cada uno comía a una hora distinta y solo coincidíamos por la noche, que solíamos sentarnos en el sofá para compartir anécdotas o problemas y luego, en la intimidad de nuestra habitación nos dejábamos llevar por la pasión practicando posturas del Kama Sutra.
Por otro lado, preparé una pizarra con las tareas domésticas que cada uno de nosotros debería efectuar, pero, a la hora de la verdad, solo me molestaba a mí que hubiese una pila de platos sucios en la cocina, el cesto de la ropa sucia desbordada o el cuarto de baño lleno de pelos con el espejo saturado de lamparones.
Al principio nos reuníamos una vez a la semana para comentar cualquier problema que surgía, recaudar fondos para ir al Supermercado o explicar cualquier idea nueva para el bien de la comunidad, pero, al avanzar en el curso, nunca coincidíamos todos y las reuniones se fueron espaciando, quedando los problemas por solucionar y después cada uno se espabilo en comprar sus provisiones, incluso algunas veces, nos robábamos comida o papel higiénico.
Con el paso del tiempo nuestra relación cambió, a menudo desaparecía, alegando que se iba a estudiar a casa de algún compañero y yo, como una idiota, le esperaba impaciente mientras repasaba los apuntes, leía alguno de los cientos de libros obligatorios en el curso o ultimaba algún trabajo que tenía que presentar al día siguiente. Y si al final se dignaba a presentarse en casa, yo había caído rendida, después de llorar en silencio, temiendo perderle en los brazos de otra.
Hasta que un día, después de darle muchas vueltas y provechando que, curiosamente, nos habíamos quedados solos en el sofá, me atreví a preguntar:
• Cariño ¿tú me quieres y me deseas igual que al principio?
• Por supuesto, preciosa – respondió rozando mis labios con la punta del dedo índice, consiguiendo que me estremeciera.
• Entonces dime ¿por qué ya no hacemos el amor como antes? ¿por qué desapareces y me dejas sola casi todas las noches? – seguí preguntando mientras luchaba con todas mis fuerzas para no derramar las lágrimas que se agolpaban en mis ojos.

• Verás, estamos muy bien juntos, compartiendo piso, experiencias y sexo, pero yo soy un alma libre, no pertenezco a nadie – dijo mientras me abrazaba y yo me deshacía en un mar de lágrimas.
Rozó mis ojos con sus labios carnosos, lamió las lágrimas que no pude evitar que por mis mejillas y me besó tierna pero apasionadamente en la boca, consiguiendo borrar cualquier duda, dejándome indefensa ante su encanto.
Y mientras me quitaba la ropa y me susurraba palabras tiernas al oído, oímos cerrar la puerta de la calle y, al cabo de un momento, entró Tania, pillándonos desnudos. Marcelo, se levantó del sofá, mostrando su fibroso cuerpo y su miembro ensalzado y, sin ningún tipo de vergüenza, se acercó a ella la besó en la boca y la animó a que se uniera a nosotros, dejándome desconcertada. Aunque lo que más me turbó fue que ella aceptara a formar parte de un trio que a Marcelo se le antojó que sería divertido.
Así pues, por primera vez en mi vida y sin darme cuenta, me encontré besándola, mientras ella acariciaba suavemente mis pechos, a continuación y de una manera muy experta saboreaba mi sexo. Y aunque fue muy divertido, una vez estuvimos satisfechos los tres, mientras nos relajábamos estirados en la alfombra, un sentimiento de culpabilidad se apoderó de mí, haciéndome sentir cada vez más celosa, mientras él cada día se alejaba más de mí, dejándome una sensación de abandono.
Hasta que un día que volví a casa antes por culpa de un fuerte dolor de cabeza, escuché unas risas en el baño, sigilosamente entreabrí la puerta y pillé a Marcelo y Berto duchándose juntos. Entonces comprendí que a él le daba igual con quién estaba, ni siquiera importaba si era hombre o mujer y, aunque fue muy duro, me dí cuenta de que debía decidir si aceptaba compartirlo con otras personas o seguía otro camino, intentando olvidarle.
A partir de ese momento no sabía qué hacer con mi vida y, al final, no pude soportar esa presión y me sumí en una honda depresión. Recuerdo que sólo quería quedarme sentada en la cama, en pijama, no tenía hambre ni sed, no me aseaba y me pasaba los días y las noches llorando.
Tania y Berto intentaron ayudarme, mientras Marcelo desaparecía haciéndome sentir como una muñeca, sin alma, sin ánimos, vacía. Entonces fue cuando los gemelos, asustados y temiendo por mi vida, decidieron llamar a mi hermana, la cual vino enseguida y se ocupó de lavarme, vestirme y recoger todas mis cosas. Cuando, estuve a punto, apareció mamá, me abrazó y me besó en la frente como cuando era niña y en sus brazos me desahogué, contándole, atropelladamente, qué había ocurrido y cómo me sentía.
Y me llevó a casa, donde, entre todos me cuidaron, incluso papá, que siempre parecía tan serio, estuvo a mi lado, apoyándome y mimándome hasta que me recuperé. Luego, volví a la Universidad, me esforcé en ponerme al día y me presenté a los exámenes, dando el máximo de mí, igual que antes de que Marcelo se colara en mi vida.
Por fin recuperé mi vida, volvía a tener vida social y volvía a ser la primera de la clase, hasta que un año más tarde, un día al salir de clase con mis amigas, encontré a Marcelo apoyado en un árbol, sonriendo, esperándome. Me acerqué lentamente, con un ligero temblor en las piernas y me planté delante de él, sin decir nada, esperando a que hablara.
• Estas muy guapa, Carol. He venido a despedirme, porque estudiar Historia es muy aburrido, así que he decidido dejarlo. Me voy una temporada a vivir a la India, como colaborador de una ONG.
Y acercándose peligrosamente, intentó abrazarme, sin embargo, le esquivé y con un nudo en la garganta, caminé deprisa sin girarme, sin mirar atrás, mientras él gritaba:
• Si te preguntan por mí di que no sabes dónde estoy.
Suena el móvil, haciéndome regresar de esos años pasados, veo que es su número y, mientras dejo la copa de vino vacía en la mesita de cristal que hay al lado del sofá, cojo aire y me dispongo a contestar:
• ¿Marcelo? ¿Eres tú?
• Carol, que alegría escuchar tu voz. Supongo que has recibido mi invitación ¡Que me voy a casar! Vendrás a la boda ¿verdad? – me explica atropelladamente.
• Pues no sé, todavía no sé si podré – replico mesurando las palabras.
• Oye, estoy en la ciudad, que te parece si vamos a cenar juntos y nos ponemos al corriente de nuestras vidas – resuelve animado.
• Bueno, había decidido quedarme en casa, acabo de llegar del trabajo y no tengo muchas ganas de salir – contesto con voz dudosa.
• Tranquila, lo entiendo. Se me acaba de ocurrir que puedo pasar a por comida china y cenamos en tu casa. En media hora estaré aquí – insiste decidido.
• Pues, no sé, Marcelo… – intento replicar, aunque no me sale muy bien y parece que él sigue siendo el mismo dictador de siempre.
• Por favor, Carol. Tengo muchas ganas de verte, de que me cuentes tu vida y yo de contarte la mía. Vamos Carol – suplica impaciente.
• De acuerdo. ¿Sabes dónde vivo? – acepto al ver que no voy a poder negarme, como siempre.
• Claro, Tania me facilitó tu dirección, por eso he podido mandarte la invitación – responde visiblemente contento.
• De acuerdo, hasta dentro de un rato – me despido aceptando su decisión.
Y me pongo manos a la obra, ordeno un poco mi acogedor apartamento, el salón comedor, la pequeña pero funcional cocina, mi habitación con salida al balcón y el espacioso cuarto de baño, equipado con ducha de hidromasaje, regalo de mi hermana.
Me muevo descalza por el suelo de parqué y, una vez, resuelvo que está todo en orden, decido darme una ducha rápida y cambiarme de ropa. Después de repasar cada pieza en el armario, me decido por un vestido azul sexy y a la vez cómodo. Justo cuando estoy retocándome el pelo, suena el timbre.
Sin darme cuenta voy corriendo hacia la puerta, entonces freno de golpe, respiro hondo, me doy unos minutos y abro, encontrándome con un Marcelo tan guapo como siempre pero mucho más delgado, mirándome sonriente, como entonces, como siempre.

Le hago pasar y, después de dejar la comida china sobre la mesa, nos abrazamos, me aprieta fuertemente contra su cuerpo musculoso y aspiro un aroma varonil diferente del que usaba entonces. Estamos un buen rato abrazados y siento que voy a desmoronarme, no sé hasta que punto de felicidad y hasta qué punto de miedo, pánico a no saber decirle que NO a nada, no me hago responsable de lo que vaya a pasar, aunque sé que él está a punto de casarse.
Decidimos preparar la mesa y cenar mientras nos ponemos al día con nuestras vidas. Me pide que empiece yo:
• Volví a casa de mis padres y terminé Filosofía, luego hice un máster, me doctoré, hice oposiciones y trabajo en un Instituto como profesora de Filosofía.
• Parece que tienes una vida respetable, pero ¿y tu vida amorosa? No me has contado nada – pregunta con esa sonrisa pícara que tanto me gusta.
• Ha habido un par de relaciones, pero al final, creo, que estoy mejor sola o tal vez, es que aún no he encontrado a la persona ideal. Mi madre siempre me dice que hay una tapa para cada cacerola, supongo que algún día llegará la persona adecuada para mí, mientras tanto, prefiero vivir sola – me justifico.
Mientras brindamos con el cava fresquito que ha traído, seguimos comiendo y entonces se prepara para explicarme su historia:
• He estado seis meses viviendo en la India, como colaborador de una ONG, donde he conocido a personas muy interesantes, he visto de cerca el hambre, la pobreza y la aceptación de que todo pasa por algún motivo. Cada día he sentido impotencia cuando no he podido solucionar la infinidad de adversidades que surgen. Sin embargo, estoy muy contento porque he aprendido mucho y, aunque también he sufrido, me siento realizado como persona.
• ¿Cuándo conociste a Tomás? – pregunto deseando conocer la parte más morbosa de su historia.
• Unos compañeros me propusieron ir a Uganda, como colaborador de una ONG que trabaja en la escolarización de niños en pueblos remotos, donde les están enseñando a cultivar y recolectar. Allí estaba Marina, una persona sensible pero fuerte, capaz de encontrar solución a cualquier problema, idónea para liderar cualquier situación – sigue explicando.
• ¿Y ella te presentó a Tomás? – pregunto impaciente.
• No, ella es Tomás – responde dejándome atónita.
Le miró atentamente sin atreverme a seguir preguntando, por suerte, decide seguir explicando:
• Marina es un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer, pero a mí me enamoró su alma, su belleza interior, su capacidad para repartir amor sin pedir nada a cambio.
Estoy realmente impresionada, no sé qué decir y, de repente me oigo preguntar:
• ¿Por qué te casas con ella? ¿O con él?
• Es una persona, no importa el género, me he enamorado de su alma, le adoro – responde excitado.

• Yo creo que para amar no hace falta casarse, con vivir a su lado es suficiente – explico convencida.
• Es verdad, pero a Tomás le hace ilusión hacer una fiesta y a mi me parece estupendo – contesta sonriendo.
Entonces se levanta, me coge de las manos, me besa en la frente, en los ojos y, a continuación, suavemente, en la boca, no permitiendo que lo piense, mientras sucumbo a sus encantos, como antes, cuando estaba loca por él.
Nos abrazamos y me susurra al oído:
• Sabes, me apetece mucho hacer el amor contigo, rememorar esos bonitos momentos de pasión que pasamos juntos.
• ¿Y Tomás? – pregunto con el corazón acelerado.
• No tiene porqué enterarse – responde mientras me guiña un ojo.
Y ahora veo claro que Marcelo no ha cambiado nada, que, aunque se case dentro de un mes y medio, seguirá siendo el mismo de siempre, un conquistador al que no le importan las personas, ni las almas, como él dice.
Así que, sin más y con voz temblorosa le digo:
• Ha sido un placer cenar contigo, pero será mejor que te marches, porque mañana tengo que levantarme temprano.
Me mira sorprendido y se acerca de nuevo, intentando convencerme, pero cuando está a punto de hablar le pongo un dedo en los labios, mientras le susurro:
• No lo estropees, ha sido una cita maravillosa, de la que tendremos un buen recuerdo. Seguramente no podré venir a tu boda, pero te deseo de corazón que seáis muy felices.
Y cogiéndole la mano tiro de él hasta la puerta, le beso en la mejilla y, mientras le empujo fuera, cierro la puerta. Ahora me siento liberada.
FIN

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