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«¿Y tú, cómo te suicidarías?». «Me cortaría las venas dentro de la bañera, dicen que así no duele». «¿En serio? Uf, no, no, demasiada sangre. Yo me tomaría un bote de pastillas».

A pesar de que hacía ya muchos años, la conversación resonaba en la cabeza de Marta como el eco de una caverna. Fue en una clase del último curso de carrera; el profesor dijo que si tenían claro cómo matarse, sabrían con quién trabajar. Una frase profética: Silvia lidiaba con jóvenes violentos; ella con mujeres en situaciones depresivas.

Agitó el bote de pastillas y lo dejó sobre la cómoda. Se deshizo de la bata de franela naranja, exhalaba un hedor rancio que le agradó en cierta manera. Tiró el resto de la ropa al suelo del baño y entró en la ducha. Se frotó los huesos con las manos y el dolor de las articulaciones disminuyó con el calor. Al jabonar el cabello lacio, el sumidero rebosó de pelo negro.

Aquel proceso había sido una batalla hasta entonces. Al fin, la energía había arrinconado a la desidia. Tenía que aprovecharla, dejar las cosas resueltas, acabar con todo.

Óscar llevaba toda la jornada revisando documentos mientras pensaba en la montaña que escalaría el próximo sábado. Cuando vio la silueta famélica de Marta aparecer en su despacho, se le iluminaron los ojos aguamarina.

—Hola, Marta. ¡Cuánto tiempo sin verte! —Levantó el cuerpo atlético de la silla y se alisó el traje—. ¿Qué tal estás?

—Seis meses —contestó ella. Le tendió la mano, húmeda y fría, y tomó asiento sin esperar a que se lo ofreciera.

—Sí que pasa el tiempo rápido. ¿Cómo lo llevas? —Una especie de bufido inundó la estancia con aroma de manzana.

—Hace semanas que no salgo, pero hoy me he levantado con fuerza.

—Me alegra escuchar eso —dijo con la mirada fija en los surcos malvas que rodeaban los ojos de Marta. Esos ojos color pera, tan vivos en otra época, ahora no eran más que dos vidrios vacíos—. Y ¿qué te trae por aquí?

—Quiero dejar las cosas en regla. Después de lo de Jorge, nunca se sabe, un día estás bien y al siguiente… —Movió la cabeza de un lado a otro y apretó los labios.

Óscar asintió condescendiente y sonrió para si; no estaba mal acabar la tarde del lunes con un testamento.

Marta regresó con rapidez al piso. Al entrar, el olor a humedad le golpeo en la cara. Se sentó en el sofá y agradeció el silencio, el ruido de la calle la había perturbado. Fijó la vista en la capa de polvo que cubría los muebles. ¿Qué pensaría la policía cuando la encontraran? Estaba segura de que ellos hallarían su cadáver. Vendrían alertados por los vecinos ante la pestilencia, echarían la puerta abajo y se toparían con el salón lleno de mierda; después, revisarían el resto de estancias y, al llegar a la habitación, darían con sus despojos junto al vaso de gin-tonic con el que se iba a tragar las pastillas. En un acto reflejo se cubrirían la nariz con la mano, los vómitos y diarreas de su cuerpo envenenado crearían una atmósfera repugnante.

Entró en la cocina, los cacharros formaban una pirámide irregular sobre el fogón. No había ni un vaso limpio. Cogió un bote de pepinillos vacío y preparó el combinado en él. Volvió al sofá y encendió el televisor, pero ni siquiera se enteró de que los montes ardían. Mientras sorbía la mezcla, pensaba que jamás volvería a ser Marta Roldán, la de la casa reluciente que los invitados alababan; la del trabajo incansable que no paraba ni la gripe; la de las cenas, los bailes y los conciertos. Ahora no era más que Marta, la que solo podía empeorar.

Apuró las últimas gotas, se sirvió otro y fue a la habitación de Jorge. Al abrir la puerta tomó una respiración profunda y retuvo unos instantes el aroma a toallita y colonia fresca. De una zancada, traspasó la frontera que había permanecido cerrada seis meses y llegó a la cuna que destacaba en el centro del cuarto como un iceberg con su luminoso blanco azulado. Recorrió la suavidad de la madera con las yemas. A la izquierda, el cuadro de Peter Pan seguía ladeado sobre la pared turquesa; lo había atropellado ella, en la nube tormentosa de aquella tarde, cuando encontró a su bebé boca arriba, con los ojos fijos en la nada y el diminuto tórax inmóvil.

Cuatro botes de pepinillos después, renqueó hasta el dormitorio y se tiró boca arriba en el colchón. Pensó en Silvia, la única amiga que conservaba tras conocer el infierno. ¿Debía llamarla para despedirse? Sería mejor dejarle una carta. Se incorporó y anduvo mareada hasta el escritorio. Apenas había redactado media línea torcida cuando el timbre la sobresaltó. Se quedó inmóvil, segura de que era algún vendedor molesto. El timbre berreó de nuevo y una voz familiar lo secundó:

—¡Marta, sé que estás en casa, ábreme!

¿Cómo se habría enterado? De otra forma no tenía sentido que se presentara sin avisar, vivía a más de cien kilómetros y trabajaba como una condenada en el reformatorio. Tal vez Óscar había sospechado y la había telefoneado.

—¡Sorpresa! —gritó Silvia cuando Marta abrió la puerta.

En la mano izquierda sujetaba una cuerda sobre la que flotaban tres globos de colores metálicos y en la derecha agitaba una botella de cava. En menos de un milisegundo, el gesto alegre de Silvia se volvió espanto.

—No me mires así, al menos hoy me he vestido.

—¿Qué coño…? —Aquel espectro que le abría la puerta de una cloaca no parecía su mejor amiga—. ¿Por qué no me has dicho que estabas tan mal?

—No quería molestarte.

Silvia entró en el piso y lo recorrió sin disimular el asco.

—Feliz cumpleaños, Marta. Pensaba regalarte una noche de borrachera, pero veo que no es lo que te hace falta. Vamos a hacer las maletas, te vienes conmigo. No te preocupes por este desastre, contrataremos una empresa de limpieza y fumigación.

—No, Silvia, no quiero ser una carga, ni para ti ni para nadie.

—¿Crees que te voy a dejar tal cual? Me gustaría que me dieras la oportunidad de ayudarte. Además, ¿qué significa esto? —Cogió el bote de pastillas—. No he olvidado aquella clase y creo que tú tampoco. O vienes conmigo o te ingreso a la fuerza.

Pararon dos veces para que Marta vomitara. Cuando tuvo el estómago libre de alcohol, se quedó dormida. Silvia condujo en la oscuridad. Le había dicho que irían directas a su casa, pero se le había ocurrido otra idea que podía sacarla unos milímetros del pozo enfangado en el que se hallaba. Cambió la trayectoria y subió por la carretera angosta sin iluminar que conocía tan bien.

Temió que al parar el motor Marta se despertara, pero debía de estar en sueño profundo porque no hizo ni un movimiento, ni siquiera cuando Silvia le echó por encima la manta que llevaba en el maletero. Luego ella también se recostó e intentó dormir.

La alarma del móvil sonó al tiempo que el espectáculo comenzaba. Silvia sacudió con cuidado a Marta y susurró:

—Bienvenida al paraíso.

Marta abrió los ojos y, confusa, se incorporó. Un hemiciclo de fuego ascendía sobre el mar en calma, dispuesto a terminar con las tinieblas. A lo lejos, la luz del faro salía casi del borde de la roca escarpada.

Dudó si había llegado a tomar las pastillas. Tal vez estaba muerta y aquello era realmente el paraíso. Mas no, el dolor incansable que le retorcía las tripas y le oprimía el pecho le aseguraba que continuaba en la tierra. Pero esta vez había algo más entre sus tripas: una emoción remota, casi olvidada, se abrió paso desatando algún nudo férreo y llegó hasta el pecho de plomo, que vibró ante el derroche de belleza que le ofrecía la vida.

2 comentarios sobre “Sangre y pastillas

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