JANIS MULLIGAN

Muerte a los Belleterre

Llamo suavemente con los nudillos a la puerta de la alcoba de mi hermana. La dulce voz de Elke me da permiso para entrar. No es que sea algo necesario, pero me gusta cumplir con las normas de educación. ¿Qué pasa? Uno puede ser un criminal, pero educado, eso sí.

Pam y Elke están recostadas en la gran cama con dosel, vistiendo unos cortos camisones que les da un aire de actrices porno que tira para atrás. Lucho con el impulso de arrancarlos y me siento en el borde de la cama. Ellas se mueven, sinuosas como serpientes libidinosas, hasta abrazarse a mí y mordisquearme los labios. Por un momento, las lenguas de los tres se unen en un punto central. Dios, creo que las hormonas las vuelven aún más juguetonas. Pero me he hecho una promesa y tengo que cumplirla.

¿No os lo he dicho? Bufff, ¿dónde tengo la cabeza? Mi hermana y su novia se han quedado encintas, casi al mismo tiempo. Una está de seis semanas y la otra de ocho. ¡Voy a ser papi!

Me he prometido a mí mismo dejarlas tranquilas durante el embarazo, que reposen y disfruten de su maternidad, las dos juntas. Según Elke, es lo más bonito que les haya podido pasar. Las suelo visitar cada día para interesarme en su salud y escuchar su nueva versión de la vida, bajo el prisma de llevar una nueva vida en su interior. A veces es interesante, otras enervantes, pero nunca aburrido.

―           ¿Cómo os encontráis esta tarde? – les pregunto, acariciando el sedoso cabello de la noruega.

―           Hermanito, estamos embarazadas, no enfermas – Pamela se ríe con ganas.

―           Sí, ni siquiera tenemos tripita aún – Elke acaricia el vientre de su amada.

―           Es que quiero ser un padre modelo – me encojo de hombros.

―           Yo no lo fui. Abandoné a mi familia para vivir aventuras.

“¿Tuviste hijos, verdad?”

―           Varios. Un chico y dos chicas con mi esposa y unos cuantos bastardos diseminados a lo largo de los años siguientes. No tuve relación con ninguno, pero sí con mi hija María, a la que llevé conmigo a la Corte.

―           No quiero que mis hijos sean bastardos – musito entre dientes y mi hermana me mira con sorpresa.

―           No lo serán. Serás hijos nuestros – dice con aplomo. – Incluso legalmente. Elke y yo lo hemos pensado largamente para que nosotras seamos sus madres y tú su padre. Hay muchas maneras de marear una perdiz, como decía papá.

―           Sí, lo sé.

―           Yo asumiré la maternidad de ambos niños – asegura Elke. – Serán fruto de una inseminación artificial… de tu esperma.

―           Sí, no será difícil falsificar los certificados de nacimiento y más si dais a luz aquí, en la mansión – asiento, comprendiendo lo que han pensando ellas.

―           Hemos decidido casarnos tras el parto – me anuncia mi hermana.

―           ¡Eso es maravilloso! – la abrazo fuertemente, a la vez, y ellas chillan de alegría.

Una noticia como esa alegra en sobremanera el tormento en el que vivo. Va a cumplirse el tercer mes desde el secuestro de Katrina y la preocupación no deja de roerme las tripas. Acabo de dejar pasar la segunda tanda de barcos con cargamentos ilegales. He cumplido con cuanto me han pedido, como un buen chico, y no solamente con los Belleterre, sino con los sicilianos y los malteses también.

Esos cabrones me han permitido hablar con mi esposa en tres ocasiones, sólo después de insistirles en una tener una prueba de vida. Tres breves conversaciones telefónicas en las que he podido intuir por el tono angustiado y roto de Katrina, el infierno por el que está pasando. Se perfectamente que las conversaciones han estado vigiladas y controladas, pero conozco a mi mujer y conozco lo que hay implícito en la forma de contarme las tareas domésticas a las que la obligan llevar a cabo. Lo que me imagino me hace arder el estómago y coloca un nudo permanente en mi garganta. He estado a punto de echar al traste todo el plan y ordenar un ataque espontáneo. Pero me refreno, diciéndome que seguramente sería la muerte de Katrina y la de muchos de los hombres que enviara.

Así que me encuentro atrapado por las circunstancias, esperando que ciertas condiciones se den para que mis planes avancen con seguridad. No puedo hacer otra cosa que morderme la lengua y mover mis peones lentamente.

Por las noches, Krimea se acurruca contra mí, aportándome su calor y su consuelo. Desde que Pam y su chica quedaron en estado, no he vuelto a dormir con nadie, más que con Krimea. La mulata comparte toda mi ansiedad y preocupación. Ella ama a Katrina tanto como yo.

Al menos, Iris se ha recuperado totalmente de sus heridas. Suelo visitarla un par de veces a la semana. Ha aportado ideas muy buenas para el club y para los negocios, en general. Me ha convencido de invertir en varios restaurantes de áreas de servicio, con los cuales puedo lavar los elevados ingresos de las mansiones. El personal que trabajará en estos restaurantes será sacado de entre los inmigrantes que llegan a través de las cooperativas agrícolas de los colombianos. Iris tiene buenas ideas y muy claras. La verdad es que me siento bien con ella, como si la conociera de toda la vida, y ella se adapta perfectamente a mi manera de ver las cosas.

Abandono los aposentos de las futuras madres y me cambio de ropa en mi vestidor. Pienso pasar un rato en el gimnasio, que ha sido ampliado para acoger también las necesidades de los chicos de La Facultad. Me encuentro con Román y Tomás, dos de los chicos mayores, haciendo una serie de ejercicios en el banco de pesas. En el otro extremo, Basil está corriendo sobre una cinta. Es mucho mejor que salir a correr con el día tan desapacible que hace. Ocupo otra cinta, a su lado. Me saluda y sonríe a su manera, levantando sólo una comisura.

―           He estado hablando con Sadoni – me suelta, de improviso. – Los nuevos están a punto de cumplir su entrenamiento.

―           Sí, estuve esta mañana en la academia. Hacer que los profesionales que hemos hecho venir pasasen con ellos el ciclo de entrenamiento, ha servido para mejorar y aligerar el curso.

―           Si, fue una buena idea de Sadoni, amén de habituar a esos mercenarios a nuestra forma de hacer las cosas – asiente Basil. – Me preocupa el precio que nos está costando todo esto. Apenas podemos mantenernos con los gastos.

―           Habrá que aguantar como sea, hasta que podamos entrar en acción. Espero obtener mucho dinero y concesiones una vez acabe todo esto.

―           Dios te oiga.

―           ¿Cómo van los equipos de la isla? – pregunto, iniciando mi propia carrera de medio fondo.

―           Según lo marcado. Han alquilado varias propiedades en diversos puntos de la isla y una cala entera en Pisinale, entre salientes rocosos. Es ideal para que desembarquen nuestros hombres, aislada y solitaria.

―           Bien. Supongo que todo se ha hecho a través de nombres y empresas ficticias.

―           Por supuesto. Córcega no es un sitio donde se pongan demasiadas pegas a las inversiones.

―           Mejor. Ahora repasaré la última información que hayan enviado.

Hemos estado enviando diversos equipos para recopilar toda la información posible sobre los Belleterre, y no solamente de la gran villa oculta en los bosques, donde retienen a Katrina, sino de todos sus negocios, trapicheos, contactos, y posesiones. Esa información nos está viniendo de miedo para ajustar aún más el plan definitivo.

Una hora más tarde, tras una buena ducha y trasegando un batido vitamínico, Basil y yo nos encontramos en mi despacho. Basil deposita dos carpetas sobre la mesa. Las abro, al sentarme, ojeando los papeles. Un nuevo informe sobre la vigilancia de la villa. Ya sabemos qué sistemas de alarma tiene instalados, la cantidad de gente armada que está desplegada, así como sus puntos estructurales. Conozco donde están los refuerzos más cercanos y las autoridades que pueden acudir en su ayuda, en caso de alarma. El lugar es una antigua villa campestre en el interior de la isla, entre bosques tupidos. No tiene apenas vecinos y es enorme, disponiendo de algunos campos rotulados cercanos a la gran casa, y por lo demás, está rodeada por el bosque. Una estrecha carretera, con bastantes baches en el viejo asfalto, conduce hasta allí. Los Belleterre sin duda disponen de sitios más centrales que esa finca, pero han hecho de ella su residencia y se sienten seguros y fuertes allí. Pienso aprovecharme de ello.

El clan constituye la aristocracia criminal de la isla. Ellos controlan a las bandas menores, como si fuesen una familia de la mafia. Tenemos información sobre la gente que tienen sobornada localmente. Policías, personal del ayuntamiento, jueces, abogados, y hasta un senador. Hemos aprendido todo eso a costa del sufrimiento de Katrina. He tenido que olvidarme de ella en estos meses para dejar que los Belleterre se confiaran, y por ello, lo van a perder todo.

―           Más de lo mismo – dice Basil, repasando los papeles frente a mí.

―           Sí, esto es una repetición de lo que ya tenemos.

―           Estamos más que preparados para actuar.

―           Puede, pero no veo… espera… ¿Qué es esto? – hay una invitación doblada entre el papeleo. — ¿Una fiesta?

Parece la invitación de una boda, en cartulina crema con letras doradas. Está escrita en francés, pero está traducida al dorso, con la caligrafía de uno de mis hombres.

“Queda invitado a la celebración del septuagésimo aniversario del señor Giovanni Belleterre, patriarca de la familia. El evento tendrá lugar en la villa Liberté, en Suara, a partir de las ocho de la tarde del día 22 de octubre.”

―           ¡Eso es! ¡Es lo que necesitamos! ¡El puto cumpleaños del viejo! – exclamo, golpeando duramente la mesa.

―           ¿Estás seguro? Será un evento con muchos invitados, posiblemente inocentes.

―           Por eso mismo. Mantendrán la seguridad, pero tendrán que desconectar varios puntos de alarma. Podremos acercarnos mucho más y… ¡Joder! Necesito un plan estratégico y nadie mejor que Sadoni – me pongo en pie.

―           Está bien, aunque deberíamos esperar a tener más información sobre esa fiesta. Aún queda algo más de dos semanas.

―           Pero es una maravillosa noticia, Basil – le beso en la frente, lleno de alegría.

 

Esa noche, la cena tiene un tinte diferente, mucho más animado y alegre. La apatía que había caído sobre la mansión parece disolverse. Aunque no les he contado nada a las chicas, éstas saben leer bastante bien en mí y saben que las cosas se han precipitado, para bien o para mal. Sin embargo, la impaciencia me consume y sé que no voy a poder pegar un ojo en toda la noche, sino desahogo un poco esa ansiedad.

Así que tomo el móvil y le mando un mensaje a Alexi, que debe de estar en su dormitorio, en el piso de arriba. Krimea me observa con una ceja levantada, pero no dice nada. Cinco minutos después, Alexi llama a la puerta y la mulata la hace pasar, examinándola a su vez. La jovencita viste un pijama de dos piezas, de suave franela verde y rosa, y calza unas zapatillas de conejitos peludos, muy graciosas. Sus grandes ojos verdosos me traspasan mientras se acerca a la cama, a un gesto mío.

―          No sé si habéis coincidido antes, pero os presentaré. Krimea, ella es Alexi, de Ucrania. Está ayudando a Juni, arriba. Alexi, ella es…

―          Tengo todos tus temas, Krimea – me corta la chica, dándole un par de besos. – Te he visto desde lejos en otras ocasiones, pero no quería acercarme.

―          No muerdo a nadie – bromea la mulata. – Pareces muy joven…

―          Oh, ya he cumplido los dieciocho – asegura la pecosa, sonriendo de esa manera tan maravillosa.

―          Ah…

Alexi se sube de un salto a la cama, al dar yo una palmada sobre la sábana. No he estado con ella desde que le cedí mi cuerpo al viejo gruñón, pero Alexi se muestra radiante al sentarse a mi lado. Me mira embelesada. Krimea me mira desde el otro lado de la cama, como pidiéndome instrucciones. Sabe que vamos a compartir cama, pero no lo que yo deseo en concreto.

―           Únete a nosotros, Krimea – murmuro, para alegría de Alexi. No pensaba que la ucraniana fuera una fan de la americana.

Mantengo la espalda apoyada contra el mullido cabecero, por lo que me encuentro con el torso erguido y desnudo. Sólo llevo puesto el holgado boxer, casi por respeto, ya que suelo dormir desnudo. Sin ninguna timidez, esta vez, Alexi se cuela bajo mis brazos y se pega a mi pecho, entregándome sus pequeños y gordezuelos labios, que estiro con delicados mordiscos. Su lengua se cuela en mi boca con agilidad y precisión, dejándome saborear el aroma del chicle que ha dejado sobre la mesita de noche, segundos antes.

Una de mis manos se desliza bajo la cintura del pantalón de pijama de la chiquilla, manoseando con tiernos pellizcos sus pequeños y duros glúteos. Gime en mi boca y atrapa mi lengua para succionarla. Con mi otra mano, indico a Krimea que se acerque. Se coloca a cuatro patas detrás de Alexi, dejando que su increíble melena de esparza por ambos lados de su rostro, colgando como oscuros estandartes. Se arrodilla y pega sus senos a la espalda de la jovencita, encerrándola en un cálido sándwich. Sus brazos la abarcan e introduce sus manos bajo los costados de la parte superior del pijama. Alexi se retuerce un poco por las momentáneas cosquillas que siente, pero acaba alzando sus brazos y poniéndolos alrededor de mi cuello para dejar espacio a las manos de Krimea. Los menudos senos, libres de sujeción, se afilan en sus remates con los expertos dedos morenos.

―           Eres preciosa – murmura la mulata, entrometiendo su boca entre las nuestras.

―           Gracias – responde Alexi, mordisqueando la barbilla de Krimea mientras yo le meto la lengua hasta el paladar.

Ya no hay más palabras, sólo gemidos y suspiros. Lenguas que lamen piel, bocas que succionan, dientes que pellizcan suavemente… Krimea se encarga de hacer desaparecer el juvenil pijama de Alexi, con dos o tres tirones efectivos. Manos que buscan, que aferran y acarician, manos ávidas y juguetonas… Los dedos de Alexi siguen minuciosamente diferentes tatuajes de la mulata, regodeándose en las curvas y líneas sobre la piel.

Me encanta mirarlas. Me atrae la contraposición de la piel blanca y pecosa de la ucraniana, con el bronceado y acaramelado cuerpo de la mulata. Se abrazan, se frotan, y ruedan sobre sí mismas, mientras que sus labios y lenguas se atarean en un duelo sin agravios ni perdedores.

Cuando me harto, las llamo con un siseo y les muestro un pene bien dispuesto y repleto de sangre, que les brindo con una mano. Con sonrisas felinas, gatean lentamente hacia mí, mostrándome la sinuosidad de sus músculos jóvenes y ansiosos.

Han llegado a un acuerdo tácito, sin palabras. No disputan mi carne, sino que se tumban de costado, una mirando a la otra, y dejan que mi miembro caiga en la misma línea divisoria de sus cuerpos, en donde sus lascivas bocas se ocupan de darle un trato principesco, entre ruidos de chasqueos salivosos y quejidos de pura lujuria.

¿Y dicen que el cielo no existe en la Tierra? Ilusos…

* * * * * * *

Sadoni aconsejó que debiéramos esconder nuestras tropas. No sabemos quienes nos pueden espiar. Basil repasó toda la mansión y la academia con contramedidas electrónicas, tras la muerte del topo, y no encontró nada. Pero más vale prevenir…

Últimamente, me he vuelto algo paranoico con tantas traiciones y sorpresas. Así que hemos alquilado unos cuantos almacenes en un puerto de Marruecos, en donde hemos enviado, poco a poco, hombres y equipo. Desde allí, han partido en un carguero especial hacia Córcega. Ha habido un desembarco nocturno, con auténticas lanchas de desembarque recuperadas de desechos militares, en la cala controlada que hemos conseguido bajo tapadera. Hombres, equipo y hasta vehículos se han desplegado hacia sus objetivos, con todo sigilo. Unos se han quedado en los barracones que se han preparado en el litoral; otros se han desplazado por parejas o por equipos de cuatro hombres hacia posiciones preparadas, diversos pisos francos cercanos a los objetivos finales. Han comenzado a crear la infraestructura que necesitaremos para el asalto final. Todo eso nos está costando el capital del que disponemos, pero no pienso ponerle precio a la piel de mi esposa. No solo voy a liberar a Katrina, sino que quiero obtener el control de las dos islas, primero Córcega y luego Cerdeña.

Sé que tendré que enfrentarme a la mafia marsellesa, controlada directamente por Arrudin, y a los sicilianos en Cerdeña, pero creo firmemente que estamos preparados para ello.

Finalmente, llega el momento de moverme, de ponerme en marcha. Falta un día para el día D. La ansiedad me puede, deseo entrar en acción. No quiero contar nada a las chicas, ni siquiera a Nadia. Esto es personal. Así que me decido por visitar a Iris, más que nada por desahogarme.

―           Me alegra verte – me saluda poniéndose en pie y besándome fugazmente en los labios, al entrar en su despacho.

―           Yo también.

―           No tenía apuntada esta reunión. ¿A qué es debido?

―           A nada en particular – le digo. – Estaba aburrido en la mansión y he decidido venir a verte.

―           ¿Tú solo? Nadia no viene contigo.

―           Psss… estoy un poco harto de llevar niñera a todas partes.

―           Sí, eres un poco demasiado grande como para que te lleven de la mano – bromea ella.

―           Además… esta mañana me he levantado de un humor muy delicado y no quería que ninguna se diera cuenta.

―           ¿Qué tipo de humor? – pregunta ella, mordisqueándose la uña del pulgar pintado de rojo oscuro.

―           Ya sabes… algo cachondo – susurro, aferrando el bulto de la entrepierna.

Iris se ríe, socarrona, y agita una mano.

―           Pues has venido al sitio adecuado – me contesta, pulsando el intercomunicador. – Que no me molesten en un par de horas. Ah, y que Moira vaya a mi dormitorio…

―           ¿Moira?

―           Quiero educarla personalmente. Es nueva.

Es mi turno de sonreír. Iris se pone en pie y la imito. Se cuelga de mi brazo y me conduce a sus aposentos.

―           Sabes que me atraen las mujeres mucho más que los hombres, pero siempre como dominante – me dice.

―           Sí.

―           Sin embargo, siento algo diferente contigo, algo que compensa, de alguna manera, mi fiereza con las chicas.

―           ¿Te sientes sumisa conmigo? – levantó las cejas con la pregunta.

―           No exactamente. Es más bien una intensa afinidad lo que siento por ti. Como si estuviésemos de acuerdo en todo, como unos gemelos o algo así. Compartimos muchísimas cosas, placeres, ideas, y anhelos. Al menos es lo que creo, dado el poco tiempo que hace que te conozco.

―           Puede ser – me encojo de hombros, cruzando la puerta de su dormitorio.

―           Sí, puede ser – me susurra, besándome en la mejilla. – Es una lástima que no nos hayamos conocido antes.

―           ¿Por qué? ¿Te hubieras casado conmigo? – bromeo.

―           ¿Quién sabe? Pero sin duda, habrías cambiado mi vida. Quizás hubiera evitado ciertos malos tragos…

―           Eso no podemos saberlo. Tan sólo podemos estar seguros de lo que sentimos en este momento. Eres una mujer muy peculiar, dotada de un finísimo instinto y de unas ideas muy claras. Me siento muy bien, a tu lado, arropado, protegido, y eso es algo que no he sentido con muchas personas.

―           Me halagas – sonrió ella, dándose la vuelta para que le baje la cremallera de la espalda.

Unos suaves toques en la puerta nos interrumpen. Moria abre la puerta ligeramente y asoma la cabeza. Iris agita una mano, indicándole que entre. La miro largamente. Se trata de una muchacha esbelta, enfundada en un vestidos etéreo, que parece flotar a su alrededor a cada paso. Lleva el pelo muy corto, como si algún peluquero enloquecido lo hubiera cortado a trasquilones, y es del color de la madera vieja. Unos largos pendientes rutilantes cuelgan de sus lóbulos, acompañando su desnudo y largo cuello.

Dos pupilas del tono de la miel me devuelven la mirada. Las aparta enseguida, dirigiéndolas al suelo como una buena esclava, pero hay algo en ella que no habla de sumisión ni obediencia. Aún no sé qué es, pero la forma de su mentón, la apretada mandíbula, y su afilada nariz, me hacen pensar en una bella ave cazadora, o quizás en una fiera criatura élfica surgida de algún bosque primigenio.

―           Coño, se parece a Anne Hattaway en Los Miserables – replico inconscientemente y la chica se ruboriza levemente.

―           ¿Ves? A eso me refería. Hemos pensado los dos lo mismo – da una palmada la Reina Iris. – Moira, éste es el Gran Patrón, el señor Talmión.

―           Mucho gusto, mi señor – responde la joven, con dulce tono y cierto acento gaélico.

―           ¿De dónde eres, Moira?

―           De Edimburgo, mi señor.

―           Vaya, una escocesa en el Temiscira. Suena extraño.

―           No todos los escoceses son Brave Heart – acaba bromeando Iris, despojándose de su vestido. – Aunque Moira aguanta el dolor tan bien como el mismísimo héroe. Desnúdate, esclava.

La chica escocesa deja caer el vestido con un solo movimiento de su cuerpo, como si ya estuviera totalmente suelto de sus ataduras, y queda amontonado a sus pies. Su cuerpo es delgado, pero no exento de sinuosidad ni de una aturdidora belleza que me conmociona. Lleva dos prensores aplicados a los largos y duros pezones, unidos por una cadenita que cuelga bajo su pecho. Debe de llevar bastante tiempo con ellos puestos, porque los pezones están amoratados. Apretando su cintura, un ancho cilicio de cuero mortificaba su vientre.

―           ¿Anda todo el día así? – pregunto a Iris.

―           Al menos ocho horas, por voluntad propia.

―           Fiuuuu – silbo, impresionado. – ¿Y qué quieres hacer con ella, ahora?

―           Sólo ha conocido a un varón en su vida. Es hora de que conozca a alguien más, alguien como tú, querido. Es un entrenamiento más para ella, pero también una especie de recompensa.

Asiento y le hago una señal con el dedo, para que se acerque a mí.

―           Quítame la ropa – le pido. Iris asiente y se tumba en la cama, para mirarnos.

Los dedos de Moira tiemblan levemente al desabrochar los botones de mi camisa, pero muestra una concentrada expresión de interés. Su amplia y bien delineada boca se curva en una bonita sonrisa, en la que surge a veces la punta de su lengua debido a la tarea.

―           ¿La ropa interior también, mi señor? – me pregunta de rodillas, una vez que ha bajado el pantalón.

―           Todo.

Aunque reacciona con rapidez, el boxer se queda por mis rodillas cuando Moira descubre mi miembro. No deja escapar ninguna imprecación, pero se queda un tanto extasiada con su visión, a centímetros de distancia.

―           No se parece en nada a la del director del orfanato, ¿verdad? – comenta Iris, con cierto tonillo burlón.

―           Nada de nada – murmura Moira.

―           ¿Lo soportarás?

―           Cuanto desee mi señora – es su única respuesta. No cabe duda que es valiente.

La tomo de la mano y la conduzco hasta la cama. Se sienta en el borde y yo me tumbo al lado de Iris.

―           ¿Qué es eso del director de orfanato?

―           Oh, Moira es huérfana. Sus padres murieron en un accidente cuando tenía diez años. Al no disponer de más familia, quedó a disposición del estado, en un orfanato de Edimburgo. Ya era demasiado grande para que la adoptaran fácilmente, así que pasó a depender de familias temporales. El director acabó llevándosela a su casa. Sin embargo, estaba solo y nadie lo sabía. Su mujer se había marchado meses antes – relata Iris.

―           Me convirtió en su criada primero. Tuve que aprender a cocinar y a atender todas las tareas de su casa. Cuando me hice mujer, a los catorce años, me metió en su cama – siguió la propia Moira.

―           Joder, qué cabrón. ¿Y cómo saliste de allí?

―           Había una cajetilla completa de Zaleplón en el armario del cuarto de baño, que su esposa, que padecía insomnio, se había dejado atrás al marcharse. Empecé a ponerle todos los días una píldora en el desayuno. Cuando se acostumbró a los efectos, le puse dos. Poco tiempo después, se quedó dormido al volante y se estrelló – acaba diciendo ella, con la misma importancia que si hablara del desayuno.

―           Coño, qué bien pensado. ¿Cuántos años tenías cuando ocurrió? – me deja impresionado.

―           Despójate del cilicio, Moira – le ordena la Reina.

―           Dieciséis años, mi señor – contesta, desabrochando la correa de su cintura.

―           ¿De dónde sacaste la idea? – me intereso.

―           De un documental. Cuando le hicieron la autopsia, el somnífero salió en los resultados, pero, como esperaba, la dosis estaba en proporción con un uso habitual. Pensaron que solía tomarlo para dormir y aún estaba activo en su sangre. Dictaminaron que fue un accidente.

Me fijo en la piel enrojecida y sangrando en algunos puntos. Le indico el cuarto de baño con un gesto y ella comprende que deseo que vaya a curarse. Al quedarnos solos, Iris me echa los brazos al cuello y besa lentamente.

―           ¿Qué piensas de ella? – me pregunta.

―           Parece lista y dispuesta, pero no entiendo muy bien su caso. Si es masoquista, ¿por qué mató a ese hombre? ¿Por qué no se quedó como esclava con él?

―           Porque era muy joven. Aún no había desarrollado su necesidad de ser dominada. Sabía que estaba pasando por algo malo y se protegió como pudo. Cuando volvió al orfanato, no comentó nada de lo ocurrido con nadie. Se lo tragó todo y su mente empezó a buscar una salida. Creo que fue entonces cuando empezó a buscar que alguien la dominara.

―           Comprendo. ¿Cómo ha llegado aquí?

―           Al cumplir la mayoría de edad, encontró un trabajo. Cuidaba de una señora mayor. Cuando ésta murió, su hija la tomó como asistente y la trajo a vivir con ella, aquí, a España. Con ella, descubrió que respondía mucho mejor a las órdenes de una mujer que a las de un hombre. Cuando su señora la abandonó para volver a Inglaterra, Moira se presentó al casting de la doctora, y de la Escuela…

―           … aquí – acabo la frase. Moira nos contempla desde la puerta del baño, las manos unidas ante su sexo desnudo.

―           Ven aquí, esclava. Quiero ver si recuerdas algo sobre amar a un hombre – la insta Iris, con un gesto autoritario.

Moira se sube a la cama, quedando de rodillas ante su Reina. Ésta baja su mano y aferra mi pene, alzándolo. Moira lo mira de reojo.

―           Aún le queda por crecer y endurecer. Quiero que uses tu boca y lengua para eso. ¿Lo has hecho alguna vez? – le dice su dueña.

La joven asiente débilmente y se inclina hasta tomar el miembro de la mano de Iris. Está fría, sin duda por habérsela mojado con agua. Sopesa el pene y una de sus manos se desliza bajo mis testículos con suavidad. Sí, no es la primera vez que toma una polla en sus manos. Se entretiene palpándola, estirándola, e iniciando varios intentos de masturbación. Se muerde el labio al notar como mi sexo responde a sus estímulos, a pesar de ser un tanto zafios.

―           ¡Usa la boca! – ordena Iris, impulsando el cuello de la chica hacia abajo.

Abre la boca inmediatamente y pretende tragar. Sus dientes me arañan el glande y me sobresaltan. Iris le da una fuerte cachetada en una nalga.

―           ¡Cubre tus dientes con los labios, tonta! – la regaña. – Con suavidad, más lento… así… usa más saliva…

Siguiendo los consejos de la Reina, quien se entretiene acariciándome la nuca con languidez, la mamada de Moira gana varios puntos. Incluso alcanza a meterse la polla hasta traspasar su garganta, algo que pocas mujeres han conseguido. Iris se incorpora algo más y alarga su otra mano hacia las esbeltas nalgas de la escocesa. Sus dedos se deslizan hacia abajo, buscando una meta definida.

―           Ya está toda mojada – me susurra, girando su rostro hacia mí y teniendo sus labios a milímetros de los míos. – Le gusta lo que está haciendo.

―           ¿Y a ti? – le pregunto.

―           Aún más – su boca se apodera de la mía, con pasión. La mano que apoyo sobre la cabeza de la esclava se mueve hacia el regazo de Iris. No sé cuan mojada estará Moira, pero su dueña no le va a la zaga.

Los manoseos de Iris sobre el trasero de la joven y el trajín de mi pene en su boca, la acaban poniendo tan exaltada, que casi nos suplica empalarse de una vez. Iris le mete un dedo en la boca, para que succione bien sus propios jugos, mientras le explica que hace tiempo que no trata con un hombre. Sin duda, se ha estrechado y un tamaño como el mío le hará daño. Pero por lo que puedo ver en sus ojos, le da igual. Quiere cabalgarme ya. Iris le mete un par de dedos en la vagina, comprobando la humedad y, al mismo tiempo, ensanchándola cuanto puede. La chica de pelo corto agita las caderas con la elegancia de una bailarina.

Con un ronquido sensual, Moira me cabalga, rozando su lampiño pubis contra mi embravecido miembro. La mano de Iris sujeta mi pene para que no se doble y la esclava pueda introducírselo lentamente. Rebulle, bufa como un gato rabioso, y acaba apoyando las manos sobre mis hombros, pero no consigue engullir más que la mitad de mi erección. Le suplica perdón a su señora por ello, mientras su rostro adopta la expresión más lasciva que he contemplado alguna vez. Llora y goza a la misma vez, por diferentes motivos.

Al acelerar sus movimientos, su boca queda entreabierta, aspirando aire cuando puede ya que la presión del glande contra su cerviz le corta la respiración de gusto. Su culito se menea erráticamente, haciendo que los músculos de su vagina me expriman como un puño. Puede que sólo haya estado con un hombre, pero ha aprendido todos los requisitos necesarios para hacer que palmes de placer.

Iris le pellizca los senos, hinchando sus pezones. Deslizo una mano por el claro que me dejan las rodillas de la Reina y, sin aviso, le meto uno de mis largos dedos en el coño, de un tirón. Se envara, alzando el culo de sus talones, pero acaba sonriendo y se deja caer de nuevo sobre el dedo. Con la otra mano, atraigo el rostro de Moira hasta mí, para saborear sus labios. Sus jadeos entran en mi propia boca, aspirando su dulce aliento. Nuestras lenguas se enfrascan en una ancestral batalla sin vencedor. Mi mano se aposenta sobre su deliciosa nuca, libre de cabello. Noto el temblor de su espalda, puras ondas de placer que van a morir allí, bajo mis dedos. Parece tan frágil que podría romperlo sin querer con mis dedazos.

―           Cambia… por favor, cambia de p-posición – balbucea Iris. Abro los ojos y Moira y yo la miramos. Se está metiendo dos de mis dedos. — ¡Fóllatela por detrás… y deja que me coma el coño, por Dios!

Ante una suplica así, un caballero debe comportarse, digo yo. Así que pongo a cuatro patas a Moira, le abro bien las piernas, y deslizo más de medio rabio de un solo golpe, haciéndola aullar, loca de gusto. La Reina Iris no tarda en abrirse de piernas ante la nariz de su esclava y aferra su cabeza, tirando obscenamente de ella para aplicar la boca de la chica a su anegado coño. Se corre antes de que lo haga yo, sin apenas dejar respirar a la chica. Después lo hago yo, regando el interior de Moira, sin preguntar ni interesarme. He decidido que no pienso preocuparme más si una chica se queda preñada de mí.

Cuando abro los ojos, Moira está jadeando, los ojos cerrados, la mejilla sobre la ingle de su dueña, desfallecida por los orgasmos que ha empalmado. Iris me mira, sonriente, y acaricia con un dedo la mejilla de su sumisa.

―           Ya te avisé cómo sería – le dice y Moira solo sonríe, con los ojos aún cerrados.

Iris sale de debajo, dejando a la chica que se reponga, y se abraza a mí. Está dispuesta a un segundo asalto, a que la perfore con fuerza, como otras veces, y juega con mi miembro, sabiendo que pronto estará en forma, de nuevo. Entre beso y beso, sobre mi glande, me sigue hablando sobre la intensa afinidad que siente hacia mí. No habla de amor, jamás lo ha hecho. Sabe perfectamente lo que siento por Katrina o por mi hermana, pero si se refiere al cariño y al respeto que nos une, y a la admiración que siente por mí, desde el primer momento en que me vio. Por mi parte, sé que todo eso es cierto. Se puso delante de las balas que me buscaban…

Dos horas más tarde, al salir de la ducha y empezar a vestirme, se cuelga de mi cuello, sus ojos clavados en los míos, con el largo flequillo rubio casi cubriéndolos.

―           Estoy muy preocupada por tu esposa – susurra, con un tono sincero y lleno de emoción. – No quiero que pienses que le deseo mal alguno, o que aprovecharía esta situación para acercarme más a ti. Quiero que comprendas que soy totalmente sincera cuando te digo que espero que consigas recuperar a Katrina algún día. Mientras tanto, cuenta conmigo para lo que necesites…

Me inclino y beso la punta de su nariz de estatua griega. Esta mujer me está prestando un gran apoyo psicológico, dada su gran entereza. Me despido de ella y me dirijo directamente a la base de Torrejón, donde me espera un vuelo privado con destino a la costa almeriense. Esta vez viajo solo y rápido.

A las afueras de la ciudad andaluza, un Cessna bimotor me espera para depositarme en un aeródromo militar marroquí, donde aceptan mi presencia previo pago de los pertinentes sobornos. No creo que nadie pueda comprobar dónde he ido, ni qué he hecho. Ya he dicho que me he vuelto algo paranoico.

Nathan Lemox es el capitán del equipo mercenario que he contratado y que lleva dos días esperándome en la costa africana. Yo soy el número veinticinco del equipo, a pesar de las protestas de Basil. Se trata de un hombre de mediana edad, de pelo rubio pero rapado casi al cero. Luce un denso bigote, al estilo de los oficiales del SAS británico, cuerpo al que Lemox perteneció durante quince años.

Ha estado esperando mi llegada bajo la sombra de un hangar, en un extremo de la pista. Tras saludarme, me conduce hasta un apartado hangar pintado de verde, ocre, y gris. En el interior, el equipo al completo apura unas cervezas y unos bocadillos. Me saludan en silencio, con movimientos de la cabeza o de la mano. Todos me conocen, pues he pasado el entrenamiento con ellos, al menos las horas que he podido.

―           El equipo ya está cargado y preparado – me informa Lemox, señalando al gran y antiguo Hércules T19 que se esconde en el hangar.

―           ¿De rampa trasera?

―           Yap – contesta con una sonrisa que mueve su bigote rubio.

Sabe que he hecho seis saltos de entrenamiento tan sólo, así que una rampa es mucho mejor para saltar de noche que una puerta lateral. Es algo que agradezco, de verdad.

―           Saldremos en tres horas y media. Tenemos un vuelo de dos horas y cuarenta minutos hasta el objetivo, así que el salto será justo al anochecer.

―           Bien – le contesto.

Uno de los hombres me trae una mochila con mi propio equipo. Ropa de camuflaje, chaleco antibalas, casco, gafas nocturnas, protector de ojos, botas, guantes, y capote impermeable. Jesucristo, parece que vamos a la guerra… Al menos no llevamos todo el equipo que se suele usar en una incursión. No llevamos comida, ni mantas, ni otros artículos necesarios. Vamos a saltar sobre una fiesta. Allí tendremos lo que necesitemos y, si no, pues… es que estaremos muertos.

Me cambio de ropa y parece que mi cuerpo se prepara para la acción tan sólo con ese simple gesto. Para llenar el tiempo de espera, decido preparar la gran mochila que aterrizará antes que yo, atada a mi cintura. Repaso el pequeño botiquín con vendas, antiséptico, vitaminas, antibióticos y dos chutes de morfina. Cuento con cuatro barritas energéticas y una cantimplora que lleno con una botella de agua mineral. No te fíes del agua de grifo en África.

Al menos, no cargo con ningún cacharro electrónico, así que me dedico a las armas. Una Glock con dos cargadores, un machete de dos filos, cuatro granadas aturdidoras, y un fusil de asalto Heckler & Koch G36, con seis cargadores. Pero como no soy un tipo de disparar mucho, añadí al equipo una katana de toda confianza, por si acaso. Cuando todo esté cargado, la mochila pesará cerca de cuarenta kilos, más mi propio peso; eso me convertirá en un bulto difícil de frenar. Ese es mi miedo, que el paracaídas no sea capaz de frenarme…

A pesar de lo acostumbrados que pueden estar a estas situaciones, los mercenarios no hablan mucho durante el trayecto. La carlinga de carga del avión es incómoda, con esos estrechos bancos en los laterales y las mochillas a nuestros pies. Las bromas y los comentarios son burdos e hirientes, en su mayoría, poniendo de manifiesto el humor negro que nos embarga.

―           Diez minutos para salto – suena la voz del copiloto en el sistema de audio, sobresaltándome. Mis tripas se remueven.

Todos se han callado, mirándose alternativamente. La famosa luz roja se enciende, una en cada lateral del avión. Imito a mi compañero, que comienza a ajustarse todos los atalajes lo más fuerte que puede, ya que se suelen aflojar durante el viaje.

―           ¿Has saltado a oscuras antes? – me pregunta. Le respondo negando con la cabeza. – No mires abajo, no verás nada y te pondrás nervioso. Sólo mantente atento al golpe de la mochila contra el suelo. Dale un par de metros a la correa. Eso te indicará el momento de prepararte para rodar.

―           Gracias – respondo.

―           Cinco minutos para salto – anuncia el altavoz.

La rampa trasera chirría al descender, mostrando una oscuridad cada vez más impenetrable. El sol queda a nuestras espaldas y el horizonte contrario está negro. La luminosidad roja parece pulsar al ritmo de los motores.

―           ¡A la rampa! – exclama el capitán Lemox y el equipo se levanta y se sitúa en la línea, mochilas en mano y la correa arrastrando.

Noto como todos murmuran entre dientes, con un ritmo parecido. No sé si están cantando o rezando, pero apostaría por lo segundo. Repaso mis otras experiencias, aunque fueran diurnas. Lemox me ha dicho que saltaremos a ochocientos metros de altitud y que despliegue el paracaídas a quinientos, así que programo el altímetro de muñeca con ese parámetro. Mis ojos se clavan en la noche exterior y trago saliva.

―           ¡Un minuto! ¡Primer hombre a la rampa! – aúlla el capitán, por encima del silbido del aire.

Un fornido sueco, al que llaman Dinamo, es el primero en situarse a un metro del borde. Detrás de él, Lemox consulta su reloj cronómetro y alza la mano, exclamando “¡Salta!” Sin titubeos, el sueco da un paso y se deja caer por el borde. Por un momento, desaparece de la vista. El segundo hombre ya está en el borde, esperando la señal de Lemox. Antes de que se deje caer, Dinamo aparece más allá, en el cielo, como si remontara el vuelo por sus propios medios. “¡Salta!”

Un hombre cada segundo y medio, es lo establecido. Pronto me toca a mí, pues me han situado en el centro del grupo. Miró al capitán pero éste solo está pendiente del reloj. Una palmada en el hombro. “¡Salta!”

Me cuesta dar el paso que me lleva fuera de la rampa y el vacío más absoluto me recibe, cayendo hacia la oscuridad. El aire silba en mis oídos y contengo el aire en mis pulmones por instinto. Levanto la muñeca y me centro en el altímetro. 3, 2, 1… Tiro del seguro y la tela se despliega sobre mí. El fortísimo tirón me hace escupir una maldición, pero mi corazón se tranquiliza al sentirme casi flotar. Manipulo los tensores como me han enseñado, para caer en una espiral.

Mala suerte, he ido a caer en el bosque, atravesando árboles, y me he quedado colgado de unas ramas. Desato la correa del atalaje de la cintura y mi mochila golpea el suelo inmediatamente. Al menos no estoy muy alto. Busco la pequeña linterna en los bolsillos del chaleco. Cubro el haz con la mano y me la pego al pecho. La enciendo y la muevo con cuidado, hasta distinguir mi entorno inmediato. Lo que pensaba.

Me suelto del arnés y ruedo al caer en el suelo. Perfecto, me felicito. Debo esconder el paracaídas inmediatamente. Un siseo llama mi atención, una sombra agita la mano en la noche.

―           ¿Te ayudo? – me pregunta en un susurro y se acerca cuando le hago una señal.

Es Nudongo, un joven congolés, de piel tan oscura como el carbón. Trepa como un mono y me lanza una punta de la tela para que tire. En pocos minutos, hemos recuperado el paracaídas y lo metemos en la mochila del pecho, que dejo escondida bajo una gruesa capa de mantillo.

―           Disponemos de veinte minutos para reagruparnos el punto Alfa – me dice Nudongo, consultando su brújula fosforescente.

―           Guía tú – contesto, mientras compruebo el armamento.

Pistola en el muslo derecho, machete en el izquierdo. Katana a la espalda. La pequeña mochila con el botiquín, las granadas, y cuando necesito queda asegurada en mi espalda. Finalmente, tomo el HK G36 y retiro el seguro, colocando el selector de disparo en ráfaga corta.

Nudongo parece como si se hubiera criado en aquellos parajes porque se pone a caminar sin ningún titubeo, moviéndose con toda seguridad en la noche. A los diez minutos, nos encontramos con asfalto a nuestros pies. La carretera. Nos escondemos entre los árboles al distinguir unos faros. Asistentes a la fiesta, pienso.

―           El punto de reunión está en esa colina – me indica el mercenario, señalando una pequeña cresta.

No se ha equivocado. El capitán Lemox y dos hombres nos esperan, apostados detrás de unos anchos robles.

―           ¿Estamos todos? – le pregunto lo primero.

―           Sí. Ya he enviado los grupos a colocar los inhibidores de frecuencia. Estoy esperando confirmación.

Respiro aliviado. Este es uno de los temas que más me preocupaban, que nos descubrieran al caer y activaran el dispositivo del collar de Katrina. Pero, ahora, con los inhibidores cubriendo toda la zona, será imposible detonar el dispositivo ni utilizar los móviles.

―           Nos toca ocuparnos de las líneas fijas – dice, poniéndose en marcha.

Según la información adquirida, las líneas de telefonía e Internet, así como las señales de alarma, pasan por un torreón al noroeste de la entrada de la finca. Bordeamos las alambradas con cuidado. Los detectores de movimientos están calibrados para una altura de metro y medio, así que tenemos que movernos agazapados. Seguramente, al acercarnos a los edificios, estos chivatos estarán desconectados por los invitados, que es lo que nos permitirá infiltrarnos.

El torreón en cuestión es un grueso pilar de cemento, con una escalerilla en un lateral. Medirá una docena de metros de altura, con una especie de nido arriba. Lemox echa un vistazo con su anteojo nocturno, mientras que los demás nos mantenemos en cuclillas.

―           Hay un centinela arriba y otro abajo, como sabíamos – me comunica. – Nudongo, ocúpate del que ronda, en silencio. Jimmy…

―           ¿Sí? – responde un tipo reseco y maduro, con un extraño rifle a la espalda.

―           ¿Puedes cargarte el de arriba desde aquí?

―           Mejor me subo a un árbol.

―           Vale.

Nudongo se ha abierto paso a través del alambre de espino y de la valla metálica con unos afilados alicates. Una vez dentro, saca un largo machete y se interna en la oscuridad. Mis oídos están atentos al silbido del disparo con silenciador pero Jimmy vuelve a aparecer a nuestro lado y no he escuchado nada.

―           Bien hecho – masculla el capitán, dirigiéndose al agujero que ha practicado el congolés.

Un latino llamado Cotijo, con rostro maya, sube rápidamente por la escalerilla y corta las líneas, aislando la villa. Estamos dentro y ahora debemos seguir las indicaciones para sorprender los centinelas. Hay que hacerlo sin prisas, con mucho cuidado, dejando que la fiesta crezca y nos oculte. Nos deslizamos con sigilo bajo los árboles, caminando paralelamente a los senderos que utilizan los centinelas.

―           Aquí grupo Lechuza, sector norte limpio. Ninguna baja, tres ratones cazados – resuena en nuestros auriculares el informe de nuestros compañeros.

La noche es clara y estrellada. La temperatura, a pesar de estar cercano el invierno, es moderada. La luna está en cuarto menguante y no alumbra demasiado, algo que nos conviene. La correa de mi visor nocturno me molesta algo en la nuca, pero no es cuestión de detenerme ahora. Lemox alza el puño, indicándonos que nos detengamos. Nos detenemos y me pongo de rodillas, descansando de la forzada posición que llevamos manteniendo desde que hemos entrado.

El capitán se señala los ojos con dos dedos extendidos y luego señala con la mano en lanza hacia un grupo de árboles. Al cabo de unos segundos, puedo percibir el resplandor de un cigarrillo, brillando en el momento de darle una calada. El tío está apostado detrás del tronco. ¿Cómo lo ha visto el capitán? Le da una palmada en el hombro a Nudongo, que sonríe con fiereza, desenfundando el enorme machete.

Le veo avanzar muy lentamente, mirando donde pisa a cada paso para no hacer ruido. Rodea el árbol y desaparece de mi visor, pero puedo escuchar un sonido seco.

―           ¡Vamos! – susurra el capitán.

Cuando llegamos a su altura, Nudongo aún está tratando de desclavar el machete del tronco. Hay un cadáver decapitado a sus pies. Le echo una mano a recuperar su arma y me asombra lo que pesa la hoja. Ahora comprendo cómo se ha clavado de esa forma en la madera.

―           Grupo Ardilla, informe – susurra Lemox al micrófono del hombro.

―           Aquí grupo Ardilla, sector Este limpio. Estamos desactivando sensores biométricos.

―           ¿Alguna baja?

―           No. Simons ha recibido un tiro en el chaleco. No es grave. Cuatro ratones pillados.

―           Bien. Corto.

―           La caseta de generadores debe de estar cerca ya – le digo, poniendo la mano sobre su hombro. Asiente.

Nos ponemos en marcha. El terreno ahora sube algo más y los árboles empiezan a dejar paso a enebros y arbustos densos. El tejado de un gran cobertizo aparece ante nosotros. Está totalmente a oscuras en el visor.

―           No hay constancia de que haya vigilancia aquí, pero no podemos dejar nadie libre detrás de nosotros – dice Lemox y estoy de acuerdo con él. Libre significa con vida, por supuesto.

―           Nudongo y yo echaremos un vistazo – susurro, poniendo el seguro del rifle y poniéndolo en bandolera tras sacar la espada.

―           OK – nos dice, alzando el pulgar.

Nos acercamos al gran cobertizo en silencio. Las ventanas están demasiado altas para echar un vistazo. Nos movemos hasta unas puertas enormes, cerradas con un grueso candado. Por la holgura de las batientes, puedo mirar al interior, pero todo está a oscuras, aunque resuena el sordo zumbido de un generador, al menos.

―           Demos la vuelta al edificio, tú por un lado, yo por el otro – me propone el mercenario negro.

―           Vale.

Armas afiladas en manos, nos movemos en direcciones distintas, rodeando el cobertizo. Al llegar a la esquina del lateral, arriesgo un vistazo, asomando sólo un lado de la cara. Bien, nadie a la vista. Me dirijo hacia la otra esquina, la que da al frontal del edificio. Hay un coche al ralentí ante la gran puerta principal. Tiene los faros apagados, pero hay dos tipos en el interior. Están fumando y charlando. Deben ser la patrulla montada, tomándose un descanso. Mala suerte, coño.

Un pitido en mi auricular. Recuerdo lo que significa. Cambiar a la banda cuatro. Giro la ruedecilla del receptor que llevo al cinto y selecciono el cuatro. La voz de Nudongo me susurra enseguida:

―           Tienen las ventanillas bajadas. Uno por cada costado, directo al cuello.

―           Recibido.

Con mi estatura, me resulta difícil avanzar de cuclillas pero agacho la espalda cuanto puedo y me acerco al 4×4 desde el ángulo ciego. No sé cómo lo ha hecho, pero Nudongo ha llegado antes que yo, y eso que los tiene encarados hacia él. Aún me estoy incorporando cuando su sediento machete entra por la ventanilla, segando el cuello del tipo, de lado a lado. Su compañero se queda boquiabierto cuando la sangre de la yugular salpica su rostro.

―           Pero… ¿qué coño…?

No le dejo tiempo de decir nada más. Empuñando la katana con ambas manos, la clavo en un ángulo mortal, que penetra por la clavícula y alcanza el corazón inmediatamente. Se queda fulminado, como un toro apuntillado, mientras su colega se desangra rápidamente a su lado. Mi compañero cambia de nuevo la frecuencia de su receptor y avisa a Lemox. Yo limpio la katana en la camisa del muerto, mientras miro a todas partes.

―           Los demás grupos han asegurado el perímetro – nos dice el capitán, al reunirse con nosotros. – La incursión ha sido perfecta. Nadie nos esperaba.

―           Joder, por una vez… – farfullo. – Vamos a rodear la casa e iniciar la segunda fase.

―           OK, jefe.

Nos encontramos con una caseta de unos dos metros de altura, de dónde surgen ladridos. Son los perros que normalmente acompañan en las rondas, pero que esa noche han sido confinados para no molestar a los invitados. Al fondo, a unos doscientos metros, los edificios de la villa están muy iluminados y engalanados. Lemox se acerca y deja caer un par de cápsulas de gas en el interior de las jaulas. Jimmy, a mi lado, está arrodillado, peinando los abiertos campos con su mira telescópica. Los perros pronto se callan, aturdidos y adormecidos.

―           Me apostaré sobre el tejado de la caseta y cubriré este frente – indica Jimmy al capitán.

―           De acuerdo. Donaldo está cubriendo el otro lado.

―           Bien.

Con los francotiradores cubriendo nuestro avance, me siento más ligero. Se ocuparán de cualquiera que trate de escapar o de llegar desde el exterior. Todos los demás nos acercamos a la casa principal, rodeando los accesos. Lemox susurra seis nombres por la radio, para dejarlos apostados fuera, y los demás, a una orden, avanzamos armas en ristre. Toco el hombro de Dinamo, quien asiente, desviándonos hacia una de las fachadas laterales de la alargada casona. Podría decirse que es un ala, alejada del bullicio principal. Antes de girar la esquina, lanzo un vistazo al avance de los mercenarios. He visto multitud de veces el asalto de los grupos especiales de la policía en muchas películas, pero jamás pensé que sentiría esa superioridad intoxicante al avanzar en grupo, con los ángulos cubiertos, y el dedo en el gatillo, presto a presionarlo.

La línea principal de hombres dispara al acercarse a los escalones del porche de pizarra y madera, cazando a unos cuantos tipos bien vestidos y apostados de control. Ni siquiera han tenido tiempo de echar mano a la funda sobaquera. Los fusiles de asalto fogonean en la noche, con sus característicos y cortos tableteos. Me alejo con Dinamo, imaginándome los cuerpos que ruedan por el suelo, los pechos ensangrentados. Antes de colarnos por una ventana, escucho los gritos de los asustados invitados, al menos de los que revoletean cerca de la gran puerta abierta de par en par. Están siendo empujados hacia el interior, todos gritando. Ya se ha liado, me digo con alegría.

Dinamo y yo nos movemos en silencio por un iluminado pasillo, muy atentos a lo que pueda surgir de alguna puerta cerrada. Otros compañeros están haciendo lo mismo en otros lugares de la villa, en un movimiento de barrido. Sin embargo, Dinamo y yo tenemos otra misión: encontrar a Katrina, antes de que los Belleterre quieran utilizarla de escudo. Los disparos resuenan apagados y dispersos, ahora. No debe quedar apenas resistencia. Ahora empezaran a registrar los edificios contiguos. Atrapados por sorpresa, los pocos soldados de la familia Belleterre que aseguraban la fiesta han debido caer sin poder oponer más que una tibia resistencia.

Mientras Dinamo me cubre, yo abro puertas y examino estancias. Tres dormitorios pequeños, sin duda del servicio, vacíos. Una despensa. Un pequeño cuarto de limpieza y ropa de camas. Un cuarto de baño. ¿Dónde mantienen a Katrina?

Dinamo me empuja con el hombro, metiéndome de cabeza en la última estancia registrada. Los disparos llenan el pasillo. Dinamo gruñe pero sigue disparando. Cuando salgo, encarando con el HK G36, todo ha acabado. Dos tipos de edad madura yacen al fondo, acribillados. Dinamo se atiende una herida en el muslo, mientras le cubro. ¿Qué significa la presencia de esos dos tipos allí? ¿Estaban cubriendo el pasillo? ¿Por qué? No tiene lógica alguna. La respuesta ilumina mi rostro.

―           Esos estaban protegiendo a alguien – murmuro al sueco, que asiente mientras aprieta fuertemente el torniquete.

―           Los he sorprendido apostados ante la puerta del fondo – masculla.

―           ¿Puedes andar?

―           Sí. Vamos. Me da en la nariz que estamos en el buen camino.

Avanza procurando no cargar peso sobre la pierna herida, pero el cañón de su arma no tiembla lo más mínimo. Me señala una puerta al llegar al final del pasillo. Dinamo se sitúa de espaldas a la pared contraria, encarando la puerta, y yo la abro desde un costado. Hay unas escaleras de madera que descienden. ¿Un sótano?

Bajamos muy lentamente las escaleras, apuntando nerviosamente. Es un sótano, pequeño y lleno de cajas. Han instalado un catre en un rincón. Una bombilla desnuda cuelga de un cable, iluminando pobremente los rincones. En uno de ellos, una mujer se mantiene de pie, portando un simple camisón transparente. Detrás de ella, sujetándola por la cintura, Julián sostiene el disparador del collar levantando, como si la amenazara con él. Ambos tienen el rostro demudado, sin duda atenazados por temores distintos. En un primer momento, no reconozco a mi esposa, cubierta por las sombras. Tiene algo distinto…

¡Los muy desgraciados le han rapado la cabeza! La bilis me sube a la garganta y las lágrimas se vuelven incontenibles. ¡Malditos cabrones! ¡Hijos de puta desgraciados! ¿Qué han hecho con su maravillosa melena blonda? Por un momento, me viene a la cabeza la imagen de los prisioneros de los campos de concentración nazis. Ahora sólo hay un suave plumón casi incoloro sobre su cráneo.

Dejo colgar el rifle sobre mi pecho y desenfundo la espada. Pegar tiros en un sótano tan pequeño no es una buena idea. Las balas suelen rebotar. Dinamo se queda cubriéndome en las escaleras mientras que yo desciendo, la punta de la katana por delante. Sonrió ferozmente al acercarme. Los ojos de Katrina se abren mucho al reconocer mi cara pintada.

―           Eso no va a funcionar – le digo al altanero Belleterre, señalando el disparador con la punta de la espada. – Hay inhibidores funcionando.

Sin duda ha tenido que apretar ya el botón, porque lo deja caer al suelo sin más. ¡Pedazo de escoria!

―           ¡Le romperé el cuello! – me amenaza, pasando un brazo debajo de la barbilla de Katrina.

―           ¿Seguro? ¿Lo has hecho alguna vez? ¿Sabes lo flexible que es un cuello humano? ¿Crees que te daré tiempo a hacerlo? Puedo ensartarte como una puta mariposa con un par de pasos.

Noto como traga saliva y sus ojos se mueven enloquecidos, buscando una salida.

―           Suéltala ya. Iremos a reunirnos con tu padre y negociar un acuerdo bajo mis términos – digo con toda serenidad, bajando la espada.

No le queda otra que aceptar. Quita su brazo del cuello de mi esposa y suspira, dejando caer los hombros. Katrina corre hacia mí mientras que Dinamo baja para ocuparse de Julián. Se funde en un fuerte abrazo, estallando en un llanto histérico. La alzo a pulso, sin dejar que ponga los pies en el suelo, y dejo que llore sobre mi hombro cuanto quiera.

―           Aquí Jefe. ¿Cómo va la pesca, capitán? – pregunto por el micro, activando el receptor.

―           Aquí Líder – responde tras unos chasquidos. – Edificios controlados. Todo el mundo está aquí.

―           Bien. Envíame al artificiero. Estamos en el ala Este, tercera puerta a la izquierda, un sótano.

―           OK

Katrina sorbe fuertemente y se limpia las lágrimas. Levanta esa pelada cabecita y sus ojos buscan los míos.

―           Tienes la cara negra – murmura, de manera infantil, lo que me hace reír.

―           Tonta. La tengo pintada. He venido a matarles – le digo, antes de besarla.

―           No. Quiero hacerlo yo – el odio que destila su voz me asusta.

―           ¿Qué te han hecho, cariño?

―           Ahora no, Sergi. No quiero hablar de eso…

El artificiero del grupo baja las escaleras a toda prisa. Se trata de un canadiense de nombre Rufus. Es uno de esos tipos maduros y rubicundos, con cara de cajero de banco, que no cesa de mascar chicle. Nadie diría que es un aguerrido mercenario. Se hace cargo del collar de inmediato, apartándome a un lado. Repasando a mi esposa con la vista, me doy cuenta que no lleva ropa interior debajo de aquel camisón que no deja nada a la imaginación. Está temblando, en pie, sin atrever a moverse mientras el mercenario trastea en su cuello. Me mira lastimosamente, las manos crispadas sobre su pecho. Nunca la he visto más necesitada que ahora, ni siquiera cuando la tuve esclavizada.

―           Ya está – masculla Rufus, tras un sonoro clic. Separa con cuidado el collar y lo saca escaleras arriba.

No sé qué responder, así que cierro la boca. Me desabrocho la guerrera y la ayudo a ponérsela. Le queda súper grande, pero es mejor que nada. Los faldones le sirven de minifalda.

―           Tenemos que encontrar algo para tus piernas. Hace fresco para ti – le digo.

―           Vayamos al dormitorio de Aina. Algo habrá – me coge de la mano, tirando de mí.

Envío a Dinamo con Julián para que Galeno le eche un vistazo a su pierna – Galeno es el encargado de los primeros auxilios y remiendos del grupo, también es el experto en escalada. Los pasillos están desiertos. Todo el mundo se encuentra agrupado y retenido. El dormitorio de Aina es inmenso, con una cama grande y otra más pequeña en un extremo. Katrina se introduce en el vestidor y elige unas mallas oscuras y unas botas que le vienen bien. Se deja puesta la guerrera de camuflaje, pero sí consigue un gorrito de lana, multicolor, con el que tapa su cabeza pelada.

Cuando llegamos al gran salón, compruebo que todos los invitados y residentes han sido reunidos allí y obligados a entregar sus documentos de identidad y teléfonos. Lemox se reúne con nosotros. Me sonríe con su rostro pintado de oscuro. Le devuelvo el gesto, contento de nuestro éxito.

―           Me han estado preguntando quienes somos y qué queremos – me susurra.

―           ¿Y?

―           Lo que estaba estipulado, que es una operación antidroga de INTERPOL – ya hemos planteado esta salida como excusa, para los asistentes inocentes que hubiera. – Les he requisado sus identificaciones y teléfonos, así como cualquier arma que llevaran encima.

Dos de los mercenarios están haciendo fotos a cada persona que se encuentra allí, independientemente de si poseen identificación o no. Es cuestión de minutos que reestablezcamos las comunicaciones y enviemos los datos a Basil para que los pase por reconocimiento facial y nos informe de quienes son en realidad. En cuanto a mí, todavía nadie me ha reconocido. Sin embargo, en cuanto me acerco a la familia Belleterre, que está sentada en una mesa al lado de la cálida chimenea, veo el rostro de Giovanni que se crispa y el de Julián enrojecer de odio. Ya ha debido informar de todo. Ramus, el hijo mayor, me señala con el dedo y comienza a gritar que se trata de una trampa. Se lleva un fuerte culatazo en el estómago que le deja tirado en el suelo, engurruñido como una pasa. Todo el mundo cierra la boca, de inmediato.

―           Los inhibidores están apagados – informan por la radio. – Línea segura.

―           Bien. Enviad los datos. Quiero saber quienes están aquí – respondo, sin soltar el hombro de mi esposa.

Me llevo a Katrina a la cocina y pongo una tetera al fuego. Regreso al salón y atrapo una botella de vodka del suministro que tiene el catering y dos vasos. Mientras el agua hierve, obligo a Katrina a meterse dos vasos entre pecho y espalda, que ponen color en sus mejillas. Más tarde, sosteniendo una taza humeante entre sus dedos, acaba contándome lo que ha pasado en poder de los Belleterre.

Con voz débil y susurrante, Katrina me habla de cómo ha sido degradada cada día, por todos ellos. La han violado, la han entregado a sus hombres de confianza, la han humillado, azotado, y vejado de mil formas. La obligaron a dormir en el sótano y jamás salió al exterior del edificio. La obligaban a hacer las tareas domésticas más degradantes, me explica, enseñándome las asperezas que tiene en las palmas de las manos. La despertaban de madrugada sólo para decirle que jamás volvería a abrazarme, que la harían desaparecer cuando llegara el momento, y se reían como hienas de su desesperación.

―           Hace una semana, Julián decidió raparme completamente con una maquinilla, mientras m-me… – musitó, mirando su taza y con la barbilla temblorosa.

Acabo poniéndole un dedo en la boca. Si la sigo escuchando, no habrá venganza porque iré en busca de esos sifilíticos hijos de la gran marrana y les rajaré el vientre de un tajo. Y eso es demasiado rápido.

―           Oh, Sergi… mi vida – me dice sin dejar de darme besitos en todas partes. – Creía que no te vería nunca más. Eso es lo que más me dolía, más que todas las bestialidades que han hecho conmigo… quería verte otra vez, antes de…

―           No te abandonaría nunca, cariño. Removería el cielo y la tierra por encontrarte – le contesto, pasando mi mano por esa cabecita suave y casi lampiña.

―           Pero… ahora… – baja los ojos y sus mejillas se arrebolan.

―           ¿Ahora qué?

―           Me han usado otros hombres – murmura con dificultad. – Ya no soy digna de ti… estoy sucia…

―           Ya te lavaré con agua de rosas y lejía – bromeo. – No quiero que pienses en eso. Ni se te ocurra creerte esas gilipolleces, ¿vale? Eres mi esposa, mi socia, y mi luz. Esos cabrones han podido usar tu cuerpo, pero, como dice mi madre, eso se lava y se estrena otra vez. Yo quiero eso que tienes dentro de ese coco calvo – presiono con un dedo sobre su frente y la hago reírse, aunque sus ojos están anegados de lágrimas.

―           Gracias, mi amor – me abraza tan dulcemente que me olvido de lo que aún queda por hacer.

Pero ahí está el capitán para recordármelo. Recibimos las primeras confirmaciones de Basil, vía mail encriptado. Al parecer, Nadia le está ayudando con el sistema de reconocimiento facial. La información es fluida y directa. Hemos pescado políticos corruptos, altos funcionarios locales, y un buen ramillete de jefes criminales, así como algunos ricos playboys mediterráneos. A medida que van llegando más confirmaciones de identidades, vamos separando el grano de la paja. He acertado con este paso. Muchos de los invitados no disponían de documento de identidad, y otros eran identidades falsas. También es cierto que tenemos aprisionados a mucha gente inocente y de cierto peso en la isla o en el continente.

Pero eso ya lo esperaba. Es el motivo de haber utilizado un evento como éste, para incrementar la presión y conseguir el poder de un solo golpe. Desde que hemos reestablecido las comunicaciones, están llegando informes de varios lugares de la isla. Los planes que ideamos Sadoni y yo han dado sus frutos, incluso han ido más allá.

Los soldados que desembarcamos en la isla, han sembrado el caos en numerosos objetivos: atracos, incendios, varias explosiones sospechosas, y unos cuantos secuestros bien organizados. Todo esto ha mantenido las autoridades ocupadas durante la velada, bien lejos de la villa.

Por otra parte, el retén de soldados corsos que servirían de refuerzo en caso de ataque a la villa, ha sido tomado a la fuerza por una fuerza superior y bien organizada: mis soldados, por supuesto. Las autoridades, ocupadas en asuntos más urgentes, o simplemente demasiado untadas por los Belleterre, no han acudido a cierto rifirrafe organizado en las afueras. ¿Qué son unos cuantos disparos en una noche de locura como la que ha vivido la isla?

Al ir terminando con sus objetivos, mis soldados se han retirado hasta cortar los accesos a la villa, en espera de cualquier represalia, algo que evidentemente no va a ocurrir. Los que han asaltado el cuartel de los Belleterre controlan los prisioneros. La familia Belleterre ha quemado todas sus naves esta noche.

Aprovecho la presencia de mi esposa para que nos haga de buena traductora, ya que su francés es mejor que el mío. Instalados en uno de los despachos, devuelvo la documentación a los inocentes asistentes, que no dejan de comentar la agresiva actuación policial –como si me importara lo más mínimo—, y les entrego un salvoconducto para los retenes que están custodiando las carreteras, en la campiña. Me disculpo por las molestias con una sonrisa y puntualizo que pronto todos serán investigados por su posible asociación con narcotraficantes. Esas palabras son mano de santo para que se acallen sus protestas y se retiren a sus vehículos de inmediato.

Cuando estos infortunados e inocentes invitados se han marchado, lo que queda bajo nuestro control son todos aquellos que han tenido tratos con los Belleterre, que trabajan bajo sus alas, que les rinden vasallaje, o simplemente reciben regalos e incentivos de ellos, doy la orden de subir a todos los miembros de la familia a un furgón. Katrina y yo nos subimos a otro coche, junto a un par de hombres, y partimos en la noche. Pronto nos encontramos con el control dispuesto en la zona y se nos unen dos coches más, llenos de hombres.

Nos dirigimos a la zona del litoral que controlamos, donde hay un barco de pesca esperándonos. Varios de mis hombres suben a bordo, empujando a los Belleterre, que están lívidos y callados. Seguro que en sus mentes, rebota mi juramento, devorándoles con angustia. Nos dirigimos a alta mar, en plena noche, lejos de cualquier testigo, ni siquiera llevamos piloto para el barco; uno de mis soldados tiene titulación marina.

Me planto ante los cinco miembros de la familia, que están sentados y maniatados en la cubierta. Sus ojos están llenos de un tremendo temor que ha ido sustituyendo a la rabia e indignación que sentían. Están en alta mar, sin que nadie sepa su paradero, y eso no tiene buena pinta. Sin duda, las imágenes de los famosos “paseítos” de los mafiosos por el bosque pasan por sus mentes.

Desde hace unos minutos, sobre la misma cubierta, entre aparejos y redes, mis hombres han estado soldando varios trozos de vigas de acero, creando unas “X” de mediano tamaño, casi de la altura de un hombre, que han sido colocadas sobre la borda de estribor, en pie. Todo el mundo trabaja en silencio pero con ánimo. El asalto ha salido mejor de lo que nos esperábamos. Tan solo hemos tenido unos cuantos heridos que ya han sido atendidos, ni una baja. Podemos estar orgullosos.

―           ¿Qué vas a hacer con nosotros? – me pregunta el patriarca.

―           Bueno, aún estoy dudando. ¿Sabes? Venía dispuesto a negociar, al menos hasta ver lo que habéis hecho con mi esposa…

El patriarca clava una dura mirada en su hijo menor.

―           Podemos llegar a un acuerdo – propone, pero ni él mismo se lo cree.

―           Verás, Giovanni. Un asunto como éste puede salpicar en cualquier dirección. Es algo que siempre has sabido, por lo que no habéis hablado con nadie de todo eso, ni a vuestra gente de la isla, ni a Arrudin – Katrina se acurruca a mi costado.

―           Lo saben los sicilianos y los señores malteses – gruñe Ramus.

―           Que, al igual que vosotros, se han callado el chantaje al que me habéis sometido. Así que no cuentan. Nadie conoce mi implicación, nadie puede recriminarme nada.

―           ¿Y? – Julián sigue mostrándose chulo.

―           Pienso quedarme con vuestra parte. Me será fácil suplantaros. Córcega y Cerdeña constituyen un buen puesto de control para el tránsito del Mediterráneo.

―           Cabrón – musita Julián.

―           ¿Para qué es eso? – Aina señala las equis con la barbilla.

―           Oh, lo verás ahora mismo – y hago una señal a mis chicos.

El clan Belleterre es puesto en pie, de mala manera y cada uno de ellos es atado a las aspas de una equis, de pies y manos. Los cinco quedan expuestos sobre la borda, de espaldas al mar, sostenidos tan sólo por unos cabos tensos atados a los cancamos del costado de la cabina central. Expuestos a la fría brisa nocturna, juran como antiguos arrieros, a gritos.

―           Juré que os ataría yo mismo las piedras a los pies antes de tiraros al agua. Lo he pensado mejor – les comento, sin soltar a Katrina. – Giovanni, te voy a dar una oportunidad, tal y como me la diste a mí. Quiero que escojas cual de tus hijos va a sobrevivir.

La declaración los toma a todos de sorpresa, incluso a mi esposa, que me recompensa con un fuerte pellizco en el costado. Aparto su mano y me quedo mirando al patriarca.

―           ¡Dios, no puedes hacerme esto! ¡No puedo elegir entre mis hijos! – me grita.

―           ¿Ah, no? A mí me parece que siempre has tenido un favorito.

―           ¡No es cierto!

―           Yo creo que sí, pero no es de mi incumbencia. Tienes que elegir uno si quieres que tu apellido sobreviva.

―           ¿Matarás también a mis nietos? – aúlla, tratando de soltarse.

―           No, pero quitaré de en medio a tu esposa y, entonces, los adoptaré y cambiaré su apellido – amenazo, mirando a Ramus.

―           ¡Bastardo!

―           Oh, no sabes lo que has puesto en marcha, patriarca – se ríe Katrina.

―           ¿A quién eliges? ¿A tu primogénito, que tiene esposa y descendencia? ¿A tu hija, una incestuosa loca de remate? ¿O a tu hijo más joven, mimado, vicioso, y altanero?

―           ¡Maldito seas! ¡A Julián! ¡Libera a Julián! – estalla el anciano.

―           ¿Ves como sí tienes un favorito? – me toca reírme.

―           ¡Padre! – exclama Ramus, agitando la cabeza como un loco.

A su lado, Aina empieza a reír a carcajadas y escupirle a su hermano mayor:

―           ¿De verdad te creías que iba a escogerte? Me alegro que mi Julián se salve…

―           No sé, no sé – hago un alto en mi reflexión, mirando hacia el que ocupa la equis más alejada, el que no ha abierto la boca en todo el rato, Marco Saprisa, el cuñado mariposón de Giovanni. – Creo que él me sería de más utilidad. ¿Tú que piensas, querida?

―           Lo sabe todo de los negocios de los Belleterre y creo que estaría sumamente agradecido – me contesta Katrina.

―           ¡Sí, por supuesto! ¡Sería un honor para mí! Conozco todos los tratos y negocios, a quienes están sobornados y quienes nos deben favores – exclama el orondo hombre, los ojos esperanzados.

―           ¡Traidor! – escupe Giovanni.

―           ¡NOOOO! – chilla Julián como una rata asustada.

Katrina ha desenfundado el machete de mi muslo y se acerca al cabo que sostiene la equis de Julián. Mi mujer luce una sonrisa que me da miedo, los ojos brillantes, fulgurantes de odio.

―           Oh, sí. Recuerdos a Neptuno – musita, cortando la cuerda.

La equis se vuelca hacia el mar lentamente. Julián aún tiene tiempo de escuchar los gritos de su padre y de su hermana, antes de sumergirse en el agua helada y ser arrastrado hacia el lóbrego abismo con rapidez.

Katrina se planta ante los demás y empieza a saltar de uno a otro, señalándoles con el machete.

―           Pito… pito… gorgorito…

El siguiente cabo en cortarse es el de Aina, que cae gritando un histérico y largo “¡GUARRAAAAAAA!” Con los brazos cruzados, la contemplo, orgulloso de su temple. Espero que esto la ayude a superar la mala experiencia. Llorando, gritando, y agitándose como un poseído, Giovanni Belleterre ve con horror como sus hijos se hunden en las profundidades del mar que le vio nacer. Sé bien que es algo que ningún padre debería ver: la muerte de sus hijos. Además, ha comprendido perfectamente que todo el legado de su familia va a desaparecer, que serán olvidados. Sí, pienso que he conseguido darle donde le duele.

Katrina, parada ante él, le mira largamente, centrada en las lágrimas de dolor que el anciano derrama, antes de cortar su cuerda. Mi esposa se asoma por la borda como si quisiera asegurarse de que ninguno va a salir a flote.

―           ¡Bajadle! – señalo a Marco Saprisa, y cuando mis hombres lo dejan en cubierta, se tira a mis pies, agradeciéndome haberle perdonado la vida. – De ti depende conservarla. Necesito alguien que me aconseje sobre los negocios de Giovanni.

―           Sí, sí, perfectamente. Le pondré al día de todo, lo juro – responde, besándome las botas.

Doy orden de volver a la isla. Dejo a Katrina en una de las casas de la costa, al cuidado de mi gente, y vuelvo a la villa. La pobre está derrengada por todo cuanto ha pasado y ha sucedido. Está a punto de amanecer cuando llego a mi destino. Los mercenarios se han ocupado de agrupar los cadáveres y cavar una fosa común. Después los han cubierto con varios sacos de cal que han encontrado en un cobertizo. No tardarán en desaparecer.

Llamo la atención de los que aún quedan bajo custodia, que se encuentran adormilados y de muy mal humor. Algunos exigen sus derechos, creyendo aún que somos agentes de la INTERPOL.

―           Señores, debo comunicaros que el clan Belleterre ha desaparecido al completo. RASSE asume el control desde este momento – exclamo en voz alta.

Uno de los presentes escupe a mis pies. Hago una seña a uno de los mercenarios que ya se dispone a atizarle para que se detenga. Sin decir nada más, desenfundo la afilada katana y de un rápido movimiento, le rajo el vientre. Cae de rodillas, los ojos casi fuera de las órbitas, incapaz de creerse que sus tripas intenten escapar de su abierto vientre. Tarda un buen rato en agonizar en el suelo, delante de los demás, que se han quedado blancos como el yeso.

Hago que Marco Saprisa avance un paso y lo presento a todos.

―           El señor Saprisa ha ofrecido sus servicios para mediar en este traspaso de poderes. Todos le conocéis y sabéis que es un hombre de confianza y recursos. Él me aconsejará sobre los temas pendientes en la isla y cuanto esté relacionado con los Belleterre. Nada va a cambiar. Vuestros acuerdos y privilegios se respetarán, así como vuestros deberes. Todo seguirá como si Giovanni siguiera al mando, sólo que estaremos nosotros. Cualquier intento de represalia o golpe de poder, será duramente reprimido.

No necesitan decir nada. Han visto el poderoso asalto que ha depuesto a los antiguos capos. A lo largo del día, conocerán cuanto ha sucedido en la isla. No hace falta que RASSE demuestra nada más; aprenderán a vivir con nosotros. Ya habrá tiempo de modificar los acuerdos y condiciones, a medida que vaya conociendo el terreno. No les queda más remedio que aceptar, impresionados por la fuerza que he llevado a su tierra. Marco Saprista ayudará a que las cosas se atemperen y recuperen su trayectoria habitual. El traspaso del poder se ha hecho con poca sangre, pero a partir de este momento, voy a controlar el Mediterráneo, empezando por Córcega y Cerdeña.

Una vez a solas en la villa, recorro los edificios calibrando sus posibilidades. Necesitaré quedarme un tiempo para asentar mi poder en los diversos estamentos criminales. Pero, por el momento, Katrina necesita recuperarse y olvidar lo que ha pasado en manos de esos hijos de mala madre. La pobre está muy tocada y necesita los cuidados intensivos de sus amigas. Así que hay que volver a Madrid, me digo. Sin embargo, tendré que volver muy pronto, quizás con Pam y Denisse, que tiene que ver la manera de que los bienes y propiedades de los Belleterre pasen a mi control. Esta finca me parece genial para dedicarla a uno de nuestros proyectos aún en el tintero. Sería el sitio ideal para una nueva mansión.

* * * * * *

Regresamos a Madrid en un vuelo privado. Katrina está tumbada en un cómodo diván de cuero, su cabeza recostada en mi pecho. Cubre su calvicie con un gorrito Nike que ha comprado en el aeropuerto. Mira las nubes por la ventanilla mientras sus dedos juegan con mis pectorales, por encima de la camisa.

Ha hablado por teléfono con todo el mundo de la mansión. Le han deseado ánimos y le han hecho diferentes propuestas como actividades para cuando llegue. Todos quieren ayudarla a olvidar lo que ha pasado.

―           Cariño, tengo algo que decirte – le digo, suavemente.

―           ¿Sí?

―           Cuando nos secuestraron, me volví algo loco cuando tuve regresar solo.

―           Tuvo que ser duro. Yo me sentí muy mal también.

―           Sí. Pensaba en que si te perdía, no volvería a ser el mismo, nunca. Lo que me rondaba por la cabeza era el hecho de no haber tenido la oportunidad de contar con un hijo de ambos, un heredero para el conglomerado RASSE…

―           Oh, Sergi… qué bonito…

―           El caso es que se lo comenté a Pam y, aunque no es lo mismo, se ofreció para concederme un vástago.

―           ¿Un hijo? ¿Tu hermana?

―           Sí, ella y Elke, las dos se ofrecieron. ¿Te molesta?

―           No, no, por supuesto – me sonríe. – Ya lo pensé cuando supe que Rasputín necesitaría un descendiente tuyo para seguir anclado a la vida. Que mejor que un hijo entre hermanos…

―           Sí, pensé que sería ideal. El caso es que estos meses han sido muy duros, sabiéndote prisionera, sin saber lo que estaba pasando. Envié hombres a la isla, a vigilar la villa y a comenzar a preparar el asalto. Me volvía loco cuando me informaban que no conseguían verte en el exterior.

No responde pero se cuelga de mi cuello e inclina mi cabeza para besarme suavemente, por un largo instante.

―           Por las noches, Krimea se acostaba conmigo solo para abrazarme, cuando podía dormir. Cuando la paranoia me atenazaba, me metía en la cama con Elke y mi hermana, sin importarme la hora. Ellas han sido mis muletas mientras no te he tenido a mi lado.

―           Amo a mi cuñada, de veras – me sonríe – y a esa rubia tontorrona también.

―           Las dos están embarazadas – dejo caer con un murmullo.

Los ojos de Katrina se abren con sorpresa y los clava en mí.

―           ¿Las dos?

―           Sí, casi al mismo tiempo.

―           Eso… eso… ¡es maravilloso! – me abraza fuerte, incorporándose. – Mis niñas embarazadas… bien… bien…

―           ¿En qué piensas? – le pregunto tras un rato en silencio.

―           En que voy a dejar de tomar la píldora.

―           ¿Qué?

―           Quiero darte un heredero para RASSE, mi semental – me susurra, antes de hundir su lengua en mi boca.

 

                                                                                                   CONTINUARÁ…

 

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