JANIS MULLIGAN

La deuda

Me despierto y bostezo con fuerza, estirando todo mi cuerpo. Como de costumbre, estoy desnudo e inmerso en olores femeninos. Me incorporo sobre un codo. Mi hermana está a mi lado, de bruces y aferrada a la almohada con un brazo. Sus bellas posaderas me saludan, alegremente desnudas. A su lado, Elke ronca suavemente, acostada boca arriba. Tiene una de sus manos posadas sobre su pálido vientre y aún hay semen entre sus muslos.

Creo que las aburrí follando anoche. Llevo haciéndolo cada noche durante las últimas tres semanas, llenándolas de nata a las dos, a consciencia. Si de ésta no se quedan encintas, tendré que poner velas a todos los Santos.

Me bajo de la cama en silencio, dejándolas dormir, aunque es cerca de mediodía. Me ducho y me visto, bajando a desayunar, o lo que sea que se haga a estas horas. Carmina se desvive por prepararme unos huevos a la Benedictina o lo que desee, pero tengo suficiente con abrir el gran frigorífico y sacar algo de picotear y un batido de chocolate.

En ese momento, Basil entra en la cocina, buscándome. Me hace una seña para que le siga a mi despacho. Tragando la loncha de jamón que tengo entre los dedos, me encamino detrás de él.

―           El segundo barco ha cruzado el estrecho esta madrugada – me comenta Basil.

―           Bien. Uno menos.

―           El último se espera la semana que viene.

―           Bien. ¿Los están controlando?

―           Sí, por supuesto. El primer barco atracó en Budapest. La carga oficial eran sacos de potasio con factura a nombre de una empresa checa. Ésta se hizo cargo de todo, así que también distribuye la mercancía ilegal.

―           Comprendo – suele ser lo habitual.

―           Ya te comentaré qué suceder con este nuevo barco.

Un correo electrónico de los Belleterre, recibido dos semanas atrás, nos indicó los nombres de los barcos que debíamos dejar pasar, así como su bandera y procedencia. Ya había llegado el segundo y esperábamos el tercero. Tres barcos en un mes.

“Sin duda es bastante tráfico para unos tíos que viven en una isla”, me digo. Seguramente las cargas también pertenecen a los malteses y sicilianos, aunque aún es pronto para saberlo.

Al quedarme solo en el despacho, busco algo en lo que volcar la atención. No quiero pensar en lo que estará pasando Katrina en poder de esos corsarios. Sé que no puedo fiarme de ellos ni de su palabra. Lo intuí en cuanto vi los ojos de loco de Julián. Ese cabrón no iba a respetar nada, ni esperar. Katrina se ha convertido sin duda en su nuevo juguete.

Me desespero porque no puedo hacer nada por el momento. Ya hemos enviado un par de grupos a Córcega y han encontrado la villa. Tampoco es que estuviese muy oculta, que digamos. Los Belleterre se sienten muy seguros en su feudo. Varios de nuestros hombres han quedado apostados, vigilándola, a la espera de ver a Katrina u otra cosa extraña. Mientras, otro equipo está buscando un inmueble en la costa, con embarcadero propio y alejado de miradas curiosas. Necesito una cabeza de playa para cuando llegue el momento.

Sin embargo, no hay buenas noticias, ni de una propiedad de esas características, ni de una aparición de mi esposa en las inmediaciones de la finca, lo que viene a decir que debe de estar retenida en una habitación. Habrá que seguir esperando, por desgracia, y conseguir más información. Necesito saber cuánta gente armada hay en esa finca, con qué refuerzos cuentan en caso de urgencia, si tienen el apoyo de la policía local, si hay alarmas que conectan la propiedad con la comisaría, y, sobre todo, aprender más de su estructura interna. Debo conocerlos mejor antes de asaltar la finca, porque sé con certeza que esa será la única forma de sacar a Katrina con vida de allí.

Por otra parte, hemos intentando averiguar quien filtró la noticia de nuestro viaje a Ibiza y no hemos sacado nada en firme. El viaje fue inesperado y poca gente lo sabía, sin embargo, ese número se eleva a más de una docena de personas. Tampoco es que fuera un secreto sumario, pero que los corsos se enterasen por una tonta indiscreción de alguno de nosotros, me parece muy improbable. La información tuvo que volar directa hasta ellos, de alguna manera.

Nadia llama a la puerta de mi despacho y asoma la cabeza. Le hago un gesto para que entre y me pasa un par de peticiones de las obras de Algete que le ha dado Basil. Lo anoto en mi agenda para ocuparme más tarde y le comento sobre el entrenamiento de las nuevas tropas. Nadia me informa de lo que ha hablado con el jefe Sadoni, que los últimos reclutas han llegado esta misma semana y que los entrenamientos llevan un buen ritmo. Al menos eso me tranquiliza. Vamos a necesitar efectivos en poco tiempo y muchas armas nuevas, lo que me recuerda hablar con Basil sobre el cargamento comprado en las Antillas. Fusiles de asalto, munición, granadas de todo tipo y radio tecnología de último diseño. Joder, me he gastado una pasta en juguetitos.

Denisse nos interrumpe, entrando en el despacho pero le digo que no importa. La hago sentarse y Nadia se apoya sensualmente en su respaldo, dejando la mano sobre el hombro de su chica. Me encanta observar el cariño que se tienen. Dos parejas en firme entre mis chicas, y Katrina y yo hacemos la tercera. Es un buen signo de estabilidad, ¿no?

―           ¿Qué quieres hacer con la propiedad que visitaste en Ibiza? ¿Seguimos adelante con la compra? – me pregunta.

―           No, paraliza el asunto. Necesitamos efectivo si encontramos algo en Córcega.

―           Podemos alquilar en vez de comprar – medita mi bella abogada.

―           ¿Tú crees? ¿Piensas que este asunto será entrar y salir y que después nos olvidaremos de ello? – uso un tono demasiado irónico, creo.

―           Bueno, yo…

―           Si entramos pegando tiros en esa isla, será para hacernos con el control permanente de esa zona del Mediterráneo. De otra forma, estaríamos igualmente jodidos, ya que los sicilianos se apoderarían de ella e incrementarían su poder.

―           Ajá – cabeceó Nadia.

―           Necesitamos varias propiedades en la isla que nos anclen a ella y que generen beneficios para los habitantes locales. Deben pensar que traemos oportunidades para mejorar sus vidas y hacer que confíen en nosotros. Es una isla y, como tal, un sistema de vida bastante cerrado. No confiarán demasiado en los extranjeros. Ni siquiera lo hacen en los franceses y llevan trescientos años dependiendo de su gobierno – me encojo de hombros.

―           Comprendo – dice Denisse. – Hay que cambiar un gobierno por otro.

―           Exacto. En su momento, los Belleterre deben desaparecer e instauraremos el gobierno de RASSE, aunque ya veremos qué vertiente tomar cuando llegue el caso.

―           Así que lo que pensabas crear en Ibiza, lo trasladarás a Córcega, ¿no?

―           No exactamente. Aunque las dos sean islas, Córcega no tiene el mismo volumen de visitantes que nuestra isla blanca. Deberá ser algo diferente, al menos eso es lo que creo. Habrá que estudiarlo. De todas formas, necesito liquidez para lo que pueda surgir.

―           Bien, así se hará. Me pondré en contacto con el señor Canollers para comunicarle tu decisión.

Las chicas se marchan, tomadas de la mano, y me enfrasco en otros asuntos que llaman mi atención. Cuando Pam entra sin llamar, me doy cuenta que han pasado dos horas y que es la hora de almorzar. Mi hermana insiste en que debería visitar a la reina Iris, en Temiscira. Tiene una serie de ideas y planteamientos que supondrían mejoras puntuales en el sistema. Ellas lo han hablado ya pero yo debería saber de qué se trata, antes que se pongan en marcha. La verdad es que tiene razón, debería centrarme más en los negocios. Además, es hora de que conozca más a fondo a la reina amazona. Le prometo que esa misma tarde me ocuparé del asunto mientras nos dirigimos al comedor.

Sobre las cuatro de la tarde, Nadia y yo salimos en un coche hacia el Temiscira, acompañados de dos escoltas. Aunque me molesta bastante llevar tanta niñera, debo olvidarme de ello. Ya no me fío de ir confiado por la calle. Más vale pecar de prudente. Cuando llegamos, uno de los escoltas se queda en el exterior y el otro en el coche, en la rampa cubierta. Ambos están comunicados por radio. Nadia entra conmigo en el club.

Una bella chica, vestida con un sensual uniforme de doncella, elaborado con tafetán, tul, y encajes, nos conduce hasta el despacho de la reina Iris. Por lo que veo, el juego de rol sigue entre las chicas aunque el club esté cerrado. Se lo toman en serio. Me hace entrar y Nadia se queda fuera, dándonos intimidad.

La reina canaria me espera sentada tras un pesado y enorme escritorio de madera tallada. Iris luce completamente maquillada, con sombras enormes y oscuras que destacan perfectamente sus ojos marrones claros. Su rostro sensual y latino se ilumina al levantarse de la silla y sonreírme. Nada de darme la mano, sino un par de besos en las mejillas. Su meloso acento canario se hace evidente cuando me pregunta por lo ocurrido en el viaje a Ibiza.

El secuestro y la estancia en Córcega no es de dominio público, pero sí el accidente en Ibiza. Es lo que hemos utilizado como excusa para explicar la ausencia de Katrina. Así que la reina Iris se muestra muy preocupada por el estado de salud de mi esposa.

―           Está fuera de peligro y se repone del accidente en una bonita residencia de reposo en Mallorca – le explico.

―           Me alegra muchísimo, señor Talmión. Todas hemos estado muy preocupadas por ella.

―           Se lo haré saber de su parte, pero, por favor ¿puedes llamarme Sergio como todo el mundo?

―           Por supuesto. Sergio, bonito nombre.

―           A propósito ¿no nos hemos visto antes, en alguna parte?

―           No lo sé. puede ser. He participado en un par de “realitys” para la televisión y he sido chica del sorteo de la ONCE, así que…

―           Sí, tienes razón. El caso es que hay algo familiar en tu forma de moverte… no sé… Bueno, da igual. Háblame de lo que has pensado para el club.

―           Oh, sí, desde luego…

Charlamos de manera larga y tendida. Tiene buenas ideas, sobre todo para mejorar los shows y cuanto puede ofrecer el club a los clientes. También me hace saber que ha aumentado el número de socios durante el verano y me pide opinión sobre organizar una fiesta al aire libre, para despedir la temporada.

―           Me parece una buena idea. ¿Has pensado en algún sitio en especial? – la animo.

―           Verás, la finca “Esperanza”, en Las Rozas, es bien conocida por albergar espectáculos de todo tipo, desde pases de moda hasta fiestas taurinas. Posee unos magníficos jardines y varios cenadores, así como un edificio plenamente acondicionado. He tanteado al propietario y podríamos alquilarla para la primera quincena de setiembre.

―           Sí, me parece magnífico. ¿Te encargarías tú de prepararlo todo?

―           Sí, por supuesto con la ayuda de Pam y Elke – sonríe ella.

―           Veo que has hecho una buena amistad con mi hermana.

―           La verdad es que fue algo más que una amistad.

―           ¿Ah, sí?

―           Compartimos afecto y cama, las tres, pero estaba más interesada en Pamela. Sin embargo, acabé dándome cuenta que tenemos caracteres incompatibles, ella y yo. Dos dominantes no pueden estar juntas, por mucho que lo deseen.

Eso mismo pienso yo. Pamela puede someterse por amor, como hace conmigo, pero nunca lo hará por lujuria.

―           Así que nos separamos a tiempo y quedamos como buenas amigas – acaba diciendo.

―           Me alegro por vosotras.

―           Espero que no te haya molestado – murmura, poniéndose en pie y caminando hacia la ventana.

―           ¿A mí? ¿Por qué?

―           Sé que ambas te comparten, a pesar de sus mutuos sentimientos – deja caer, sin mirarme, con un dedo apartando los visillos.

No contesto, pues la afirmación me ha tomado por sorpresa. No creí que mi hermana contara nada nuestro a una extraña. Deben tener más confianza de la que imagino entre ellas.

―           Tenemos una relación muy especial – acabo confesándole.

―           Sí. Es realmente hermoso que dos hermanos se quieran así, y que, encima, compartan la novia de ella.

―           Bueno, Elke va en el lote. Pam no se separaría nunca de ella.

―           Lo sé, lo he vivido – se ríe, girándose hacia mí. El blanco vestido que lleva se pega a su cuerpo divinamente. — ¿Y qué hay de Katrina? ¿Lo acepta?

Asiento, admirando sus poderosas curvas, sentado en mi sillón.

―           Las tres están muy unidas, desde antes de la boda. Nunca le hemos ocultado a mi esposa que mantenemos una relación incestuosa.

―           Así que sois un matrimonio abierto – con un dedo, se tira de una punta de su aspaventado pelo rubio, el cual forma una aureola alrededor de su cabeza.

―           Podría decirse así.

―           ¿Las demás mujeres que te rodean también tienen cabida? – la reina Iris avanza sensualmente hacia mí. Ras gruñe, hambriento.

―           En su momento, sí.

―           Mi madre, ¡qué morbo! – susurra, colocándose a mi lado, y pasando un dedo sobre mi hombro.

―           Deberías estar habituada. Diriges un reino de amazonas, querida. Dispones de sumisas a tus órdenes.

―           No es lo mismo. Aquí controlo y dirijo, imponiendo mi fuerza de voluntad – lentamente, se sienta sobre mi regazo, manteniendo sus dos pies juntos y colgando por mi lado derecho. Abarca mi cuello con su brazo. – Tú dejas que ellas elijan, que tengan pareja y libertad para elegir, pero, finalmente, siempre te rondan y te comparten, por amor, supongo.

―           Así es.

―           A eso me refiero… el pecado surge de ellas… se te ofrecen como en un viejo ritual celta…

―           Sí, tal y como te estás ofreciendo tú – no me deja acabar. Sus labios se unen a los míos.

Su ardiente boca me devora con pasión, totalmente entregada. Su lengua demuestra ser muy experta, deslizándose sobre mis labios y dientes, con una agilidad increíble. Succiona mi aliento, ávidamente, y gime al tiempo de hacerlo, con un deseo que me pone enfermo de deseo. ¡Dios, qué mujer!

Noto su firme trasero rotar sobre mi regazo, buscando algo duro contra lo que frotarse. Coloco una de mis manos sobre el muslo más cercano. La sedosa tela del vestido resbala sobre su prieta carne magníficamente depilada. Ella entreabre las piernas, dándome permiso para introducir los dedos en un mundo cálido y mítico.

―           Estaba realmente deseosa de hacer esto – musita, su frente contra la mía, uno ojo clavado en otro mío. – Llevo tiempo queriendo sentirte… me han hablado tanto de ti…

No me siento demasiado romántico en este momento, así que optó por girarla sobre mi regazo y hacer que encare el escritorio. Sus piernas se abren, cabalgando mis rodillas. La inclino hacia delante, haciendo que apoye las palmas de sus manos sobre la madera. Ella suspira, intuyendo lo que quiero de ella. Sus nalgas de alzan, permitiéndome que levante lentamente su vestido hasta poder deslizar una mano con comodidad y bajar unas minúsculas braguitas hasta sus muslos.

Mi mano recorre toda su entrepierna, arriba y abajo, notando la humedad que va creciendo en ella. Uno de mis gruesos dedos se instala sobre su clítoris, frotándolo con fuerza, sintiendo como se endurece. Iris jadea, los ojos cerrados, la frente apoyada sobre el dorso de las manos que mantiene sobre la mesa. Sus caderas empiezan a seguir el ritmo de mis dedos.

Con la mano izquierda, desabrocho el cinturón y la bragueta. Con un poco de trabajo, despliego mi miembro fuera del pantalón. Estoy anormalmente duro y ansioso, y no sé el motivo. Quizás necesito desahogar la tensión que acumulo con el secuestro de Katrina. No doy opción a que Iris vea mi miembro, sólo lo siente, punteando desde abajo.

―           Quieta, quieta – la instó a mantener quieta la pelvis, que no hace más que restregarse contra mi glande.

Está tan mojada que introduzco la punta sin ningún tipo de freno. Ella se envara, alzando la cabeza y gimiendo. Sigo empujando lentamente, notando como su vagina se abre al paso de mi pene. Se queja cuando llevo la mitad del miembro introducido, y, poco después, me encuentro con el fondo del órgano. La reina murmura algo que no entiendo, pero que parece tenerla extasiada. No es muy profunda vaginalmente, que digamos, pues apenas he podido meter veinte centímetros, pero eso sí, ¡qué calentito se está dentro! Creo que podría hornear sus propios pasteles, ahí dentro.

Con las manos sobre su cintura, controlo el movimiento de su cuerpo, follándola lentamente, haciendo que se estire y contraiga contra el escritorio. Al aumentar el ritmo, aumentan sus gemidos. Embate tras embate, se van convirtiendo en pequeños chillidos de gozo. Subo una mano y pellizco duramente uno de sus senos, sobre la tela del vestido que no tiene escote alguno. No parece llevar sujetador alguno. El duro pezón desaparece entre mis dedos y la hace exhalar una exclamación de dolor.

No creo que esté demasiado acostumbrado a este trato. Iris domina y castiga, no recibe dolor. Creo que tampoco se folla a muchos tíos por lo que puedo sentir. Si mis sentidos no me engañan, se ha corrido ya dos veces. La empujo sobre el escritorio, obligándola a posar el pecho sobre su superficie. Mi polla chorrea fluidos al sacarla. Le echo el vestido sobre la espalda y le doy un par de fuertes cachetes en las blancas y talladas nalgas.

―           Prepárate, Iris… te voy a follar duro, bien duro – le digo, ensartándola de nuevo, esta vez en pie.

―           Oooh… madrecita de mi vida… me vas a mandar al hospital – balbucea, la mejilla contra la madera.

De un solo empujón introduzco medio miembro en ella. Es suficiente si quiero empujar con fuerza. Casi de inmediato, el escritorio empieza a traquetear sobre sus robustas patas torneadas. Iris gruñe a cada envite, un gruñido que brota de lo más profundo de sus entrañas. Las diferentes estilográficas caen de sus soportes, el pisapapeles vibra y se aleja hacia el borde contrario. Algunos papeles se deslizan hasta el suelo debido a los descontrolados embates que me acercan al dulce final.

Iris ni siquiera se apoya ya sobre los pies, mantenida casi a pulso por el empuje de mis caderas y el pene. Creo que se ha derramado otra vez porque sus muslos están mojados. Me da igual ya. Si no se corre, peor para ella… ahora voy a hacerlo yo.

No lo hago en el interior de la vagina. Ni siquiera sé si toma anticonceptivos, así que sacó mi miembro en el justo momento en que el primer disparo de semen se produce. Cae sobre una nalga, los siguientes procuro que se deslicen a través de la raja de los glúteos, bañando ano y perineo.

―           Deberías llamar a una de tus sumisas para que lamiera toda esa leche – le digo con una sonrisa, retirándome para que se incorpore.

Sonríe, el rostro arrebolado, y, sin palabras, se deja caer de rodillas ante mi polla. La toma en su mano y la contempla largamente, sintiendo como va perdiendo dureza, entonces, la limpia a lengüetazos, con mucho esmero y dedicación. No parece sorprendida por el tamaño, así que Pam ha tenido que hablarle de ello también.

Cuando queda satisfecha con la limpieza, me guarda la polla en el pantalón y se pone en pie, apretando el botón de un interfono.

―           Que traigan té y pastas – solicita. Entonces, se limpia como puede el semen que ha quedado en sus nalgas.

Me acerco para ayudarla. Ella niega con la cabeza, en un primer momento, pero se deja hacer.

―           No quiero, con esto, obligarte a una relación ni nada parecido – me dice, con un tono bajo y confidencial, mientras que me pasa otro Kleenex. – Ha sido más curiosidad que otra cosa. Quería probar, ya sabes.

―           No te preocupes. Sé de lo que es capaz la curiosidad femenina.

Se ríe con suavidad y le subo las braguitas antes de dejar caer el vestido.

―           Lo ideal habría sido en una cama, con algo más de tiempo – me dice, caminando hacia un mullido sofá bajo la segunda ventana de la habitación y sentándose. Palmea el asiento con la mano, indicándome que me siente a su lado.

―           Bueno, lo tendremos que dejar para otra ocasión, pero no me disgustaría.

―           Te tomo la palabra.

―           Tenía la sensación de que eras lesbiana, Iris.

―           Setenta-treinta, básicamente – responde un gesto de la mano. – Mis relaciones sentimentales son únicamente con mujeres, pero, a veces, necesito un buen pene para quedarme a gusto, ya me entiendes.

―           Sí, claro. Me gustaría invitarte a la mansión cuando Katrina regrese. Pienso dar una gran fiesta.

―           Me sentiría muy honrada de acudir – un golpe en la puerta da paso a una chica que porta una bandeja con un servicio de té completo. No es la misma que nos recibió, sino otra, aunque viste de la misma forma. Deposita la bandeja sobre el escritorio y recoge los papeles que han caído al suelo.

―           La verdad es que no he tenido la oportunidad de hablar contigo en profundidad – le confieso, contemplando como la chica sirve el té con mucha delicadeza y movimientos muy medidos, tras arreglar el caos del escritorio.

―           Bueno, comprendo que los sucesos han mantenido tu atención en otra parte – contesta ella, aceptando la taza que deposita su sumisa en su mano.

―           Pero no es excusa. El Reino de Temiscira es nuestro club más nuevo y me he despreocupado al ocuparse plenamente Pam y Elke de todo – le doy las gracias a la chica con un movimiento de cabeza cuando me ofrece mi taza.

―           De todas formas, ese es un privilegio de propietario, ya que dispones de una gerente aquí – se ríe ella, soplando levemente la humeante porcelana. Instintivamente, la imito.

En ese instante, mi mano izquierda sale disparada hacia la cara de Iris, sin ser consciente de ello. El manotazo arranca de sus sorprendidas manos platillo, taza y cucharilla, salpicando líquido caliente en todas direcciones. Mi propia taza cae al suelo, donde se quiebra en varios pedazos, al soltarla. En mi mente, Ras grita:

―           ¡NO BEBÁIS! ¡HUELE A VENENO!

Iris, con los ojos como platos, me mira, sin saber qué me ocurre, así que exclamo:

―           ¡El té está envenenado!

La sumisa, que ha regresado al escritorio para tomar el platito con pastas, lo deja caer al suelo, no tanto por la sorpresa, sino por el hecho de sacar una ridícula pistolita de alguna parte de su vaporoso vestido. La sorpresa me deja paralizado. Iris cae sobre mí y suenan varios disparos.

Me impulso con los pies hacia atrás, volcando el sofá y arrastrando a Iris conmigo. Gracias a Dios que no estaba pegado totalmente a la pared, por lo que quedamos medio protegidos al otro lado del acolchado asiento. La puerta se abre violentamente y Nadia asoma empuñando su Glock. No lo duda ni un instante, tres disparos en tan sólo un segundo. La asesina es despedida hacia atrás, por encima del escritorio. Nadia está sobre ella en un abrir de ojo, apartando el arma del suelo con una patada. La sangre aparece bajo el cuerpo. Mi chica se arrodilla para comprobar su estado.

Por mi parte, me levanto e intento hacer lo mismo con Iris, pero gime lastimosamente al hacerla girar. Su espalda está manchada de sangre. La ha alcanzado un disparo. Me giro hacia las chicas que están apareciendo en la puerta.

―           ¡Rápido! ¡Que alguien llame a la doctora Ramos! ¡Iris está herida! – les grito. — ¡Qué traiga una ambulancia! ¡VAMOS!

―           Eduardo, Raúl… controlad las salidas. ¡Que no salga nadie! Hemos sufrido un atentado aquí dentro – comunica Nadia por la radio. Después se gira hacia mí, aún acuclillada al lado de la asesina. – Sergio, la chica está mal pero aún vive.

Pongo en pie el sofá e instalo a Iris sobre él, boca abajo. Desgarro con las manos la parte superior del vestido, relevando un pequeño agujero sangrante sobre el omoplato derecho y otro más abajo, pegado al costado izquierdo, por debajo de las costillas. Una de las chicas ya ha traído unas toallas y me ayudan a comprimir las heridas.

―           Nadia, llama a la mansión – le digo, manteniendo las manos apretando la toalla enrojecida. – Que manden más hombres. Hay que registrar esto y organizar una investigación.

Hay que registrar todo y comprobar si no hay nadie más implicado. Se debe iniciar toda una investigación policial sin que la policía intervenga. De nada nos sirve denunciar un hecho así. Mi cabeza pulsa con fuerza, mis ideas embotadas por la impresión. ¿Una asesina entre las chicas del Temiscira?

Joder… joder…

―           Que una de vosotras se ocupe de la hija puta esa – señalo a las chicas. – Hay que mantenerla con vida hasta que hable. ¡Usad más toallas!

En apenas quince minutos, la Dra. Ramos se presenta con ambulancia y todo. Es la propietaria de una clínica privada que tengo contratada para atender a mis chicas y mis hombres, y es de toda mi confianza. Examina rápidamente a las dos mujeres. En cinco minutos, me lleva aparte.

―           Me voy a llevar a Iris. Las balas aún siguen dentro pero no creo que hayan tocado nada vital. La intervendré de inmediato. En cuanto a la otra… – menea la cabeza. – Tiene una bala en las tripas y otra le ha segado la columna. No sé si llegara con vida.

―           ¡Qué le den! ¡Es la asesina! Quiero interrogarla mientras respire, pero necesito que le calme el dolor para poder hipnotizarla.

La doctora me mira como si se me hubiese ido la olla. La mirada que le devuelvo es letal. No estoy bromeando. Asiente y abre su maletín. Toma una jeringa y se la clava directamente en el cuello a la herida, que sigue quejándose bajito. Enseguida se relaja y se calla.

―           El efecto de la morfina no durará mucho con el daño que tiene – me avisa la doctora.

―           Vale – contesto mientras contemplo como el conductor de la ambulancia y el paramédico se llevan a Iris en una camilla.

Cuando la Dra. Ramos se marcha, hago que todo el mundo salga menos Nadia. Nos inclinamos sobre la agonizante mujer y la obligo a mirarme. Está sudando y tiene el semblante lívido. Tengo entendido que una bala en el vientre duele un montón, así que hay que darse prisa. La mirada de basilisco es de lo más intensa que puedo sacar en mi estado.

―           Escúchame, niña, ¿cómo te llamas? – le pregunto, los ojos clavados en los suyos.

―           Noe…lia…

―           Bien, Noelia, ya no te duele apenas, pero tienes que contestar a lo que te pregunte. Así te sentirás mejor, ¿comprendes?

―           Sí…

―           ¿Para quién trabajas?

―           Nico…la Arrudin…

Asiento. No puede ser de otra manera.

―           ¿Desde cuándo?

―           Cinco a…años…

―           ¡Maldita sea! Ha estado infiltrada en la mansión – jadea Nadia, dándose cuenta de lo que eso significa.

―           ¿Supiste de mi viaje a Ibiza?

―           Sí… escuché a… Pamela hablarlo con… reina Iris… informé de ello…

―           Arrudin no parece haberle dado valor a esa información – comenta Nadia.

―           No, está demasiado atrapado por mi chantaje. Tengo muchas pruebas de sus actos criminales. No se atreve a hacer nada directamente contra mí, pero eso no significa que sus socios se estén quieto. Llevan demasiado tiempo perdiendo ganancias, como es el caso de los Belleterre. Así que alguien sí ha usado esa información – me giro de nuevo hacia la chica herida, que está jadeando cada vez más tenuemente. — ¿Por qué matarme ahora?

―           Órdenes nuevas… Arrudin quería aprovechar… el ataque de los c-corsos… y convertir… les en chivos… expiatorios. S-sergio… no quería hacerlo… lo juro… pero amenazaba… mi familia…

―           Lo sé, pequeña, lo sé – la tranquilizo, acariciando su mejilla. Una bocanada de sangre muy oscura resbala desde su boca. Está a punto de marcharse. – Ahora ya no importa. Descansa, Noelia, cierra los ojos…

Exhala su último suspiro en paz y sin dolor, es lo único que merece que haga por ella.

―           ¿Qué piensas?

―           Que puede que ese cabrón de Arrudin se haya ahorcado él solo. Hay que filtrar esta noticia y darle énfasis.

―           ¿Para qué? – parpadea la colombiana.

―           Porque puede suponer la ruptura de los corsos con Arrudin y entonces, se quedarían solos… sin posibles refuerzos – sonrío.

Nadia cabecea, comprendiendo.

Dejo a Nadia a cargo de los hombres, poniendo patas arriba la habitación de Noelia, y regresó a la mansión con mis dos escoltas. Todo el mundo está en vilo, esperando una explicación, pues cuando llamó Nadia, ésta no dio ninguna. Les cuento el intento de asesinato y el acto de valor de Iris, interponiéndose ante las balas. Pam se tapa la boca con las manos mientras Elke le pone las manos sobre los hombros.

Le pido a Basil que peine electrónicamente la mansión, una vez más. Noelia ha vivido aquí al menos un mes y no sé que puede haber dejado atrás. Así mismo, hay que cambiar todos los códigos y contraseñas, y también el horario de los cambios de guardia y los recorridos de vigilancia. Si hay que asegurarse, hay que hacerlo bien. Está totalmente de acuerdo conmigo y me susurra lo contento que está al saber que el topo ha sido descubierto.

―           Hemos tenido un golpe de suerte para variar – le contesto, y asintiendo se marcha, dispuesto a poner en marcha todo el tinglado.

―           Debería ir a la clínica. Iris está sola allí – me comenta Pam, con el rostro demudado.

―           La doctora la está operando ahora. Me ha prometido llamarme nada más termine, con el resultado que sea. Entonces, será el momento de visitarla, si está despierta – se abraza a mí y me besa la mejilla, dándome la razón. – La salvé de beber el veneno y ella se echó sobre mí cuando la asesina disparó, quizás como agradecimiento por haberla salvado. No sé, suena extraño decir que le salvo la vida y que ella esté dispuesta a morir segundos después.

―           Siempre he tenido un buen pálpito respecto a Iris y veo que estaba en lo cierto. Quizás habría que invitarla más a la mansión – sonríe Pamela, colgándose de mi brazo.

―           Es lo que le he prometido antes de que se la llevara la ambulancia.

Antes de que nos sentemos a cenar, claramente desmotivados, me llama la doctora. La intervención ha salido bien e Iris se repondrá. Ahora se está recuperando de la anestesia y debe descansar. Mañana podremos visitarla. Todos nos alegramos de la noticia y Pam se abraza a su novia, ambas llorando de felicidad. Aunque no mantengan relaciones, está claro que el ama canaria ha dejado una fuerte impronta en mi hermana.

Nos sentamos a cenar, recuperado el apetito, y bromeamos entre nosotros. Sin embargo, yo planifico. Estoy un poco más cerca de liberar a Katrina, pero me guardo los planes para mí. Todo esto me ha enseñado lo despreocupados que hemos sido con la seguridad. Aún debo recordarme que no estoy controlando ya un simple club. Estoy jugando en Primera División.

―           Pero lo hemos hecho bien, ¿no?

“Sobre todo tú. Le has salvado la vida a Iris”, le digo en silencio, sorbiendo de mi tazón de consomé.

―           Olí el cianuro, un fuerte olor a almendras amargas. Lo reconocí inmediatamente. Tú no estás acostumbrado a ese veneno. Tenía que actuar y no podía perder tiempo avisándote.

“Lo has hecho muy bien, Ras. Te doy las gracias sinceramente”.

―           Hombre, si tú mueres, yo te sigo, así que también se trata de mi vida.

“Voy a hacerte un regalo, como recompensa por tu rápida actuación, algo que llevas deseando últimamente”.

―           ¿Ah, sí?

* * * * * *

Me detengo en el rellano y sonrío ante las palabras.

―           ¿De verdad? ¿No lo dices en broma? ¿Vas a dejar que desflore a Alexi?

 

El tono de Ras es casi infantil e impaciente. Lo he pillado totalmente por sorpresa y, por ello, me regodeo.

―           Palabra de honor. Dejaré que controles mi cuerpo y vayas al dormitorio de Alexi. Pero recuerda, debes portarte como yo lo haría. Es conmigo con quien ella quiere hacer el amor, no con un viejo perverso.

―           Ya, ya, comprendo. Me portaré bien y puedes llamarme la atención si empiezo a descontrolar…

―           No dudes que lo haré. Venga, toma el control.

Me dejo llevar por la ola que entra en mi mente. No es nada agresivo porque me entrego sin luchar. Al final, me quedo en segundo plano, sin poder girar la cabeza, ni alzar un dedo, sujeto por un férreo control que nunca antes he conocido. ¿He hecho bien en ceder tan fácilmente? ¿Me devolverá mi cuerpo? Ya lo veremos. Al menos puedo esconderle mis pensamientos, tal y como lo hago siendo la parte dominante.

Ras se pasa unos minutos en lo alto de la escalera, acostumbrándose al cuerpo físico. Mueve los dedos de las manos, da unos cuantos pasos de prueba, flexiona las rodillas, y se inclina varias veces hasta tocar el suelo con la punta de los dedos. Satisfecho, sonríe y se ajusta mejor el pantalón, tocándose de paso el paquete.

―           Ah, como lo echaba de menos.

―           ¿Tu cuerpo? – le pregunto.

―           No, este pedazo de miembro.

―           Fantasma.

―           Desaprovechado.

Sube las escaleras, riéndose entre dientes. En la sala de la televisión, se topa con Juni, quien está viendo un programa de corte social, con uno de los más pequeños abrazado a ella, evidentemente dormido. Sentada al lado de su madre, Lena roe una manzana. Varios niños se sientan ante el monitor, pero la mayoría está en la sala de juegos, disfrutando de los ordenadores y de las diversas máquinas que hay.

―           Buenas noches, Sergio – saluda Juni en su idioma natal.

―           Buenas noches, querida Juni – contesta Ras, en la misma lengua.

―           No sueles subir tan tarde. ¿Ocurre algo?

―           No te preocupes. He recibido noticias del hermano de Alexi y quería dárselas cuando antes. Mañana puede que viaje y no quiero que se me olvide.

 

¡Qué bueno es mintiendo! Todo sale de forma natural, como si lo llevara pensando años. Ni se me habría ocurrido esa excusa.

―           Por supuesto. Creo que está en su habitación. ¿Quieres que te…?

―           No, no hace falta. Sé dónde está. Dulces sueños, Lena.

―           Ti también, Sergei – contesta la niña, dejando el corazón de la manzana sobre la mesita.

Ras olfatea al detenerse ante la puerta del dormitorio de Alexi, como si pudiera detectarla sólo por el olor. Quizás es cierto, no conozco sus limitaciones con mis sentidos. Llama suavemente con los nudillos y empuja la puerta.

―           ¿Puedo pasar, Alexi?

 

La joven está volcada sobre su portátil y gira el cuello hacia la puerta, quedándose asombrada de verme en el quicio. No esperaba la visita.

―           Sergio – musita y una sonrisa se abre en su bello rostro.

―           ¿Cómo estás?

―           Bien, gracias. Estaba acabando unos ejercicios.

―           Entonces, ¿no molesto?

―           No, nada de eso, pasa, pasa.

―           Bueno – Ras se deja caer en la estrecha cama y apoya sus manos atrás, inclinándose –, he acabado de cenar y me aburría escuchando a esas cacatúas. Así que me he dicho: ¿Por qué no visito a la preciosa Alexi? Hace días que no hablamos, ¿verdad?

―           Estás ocupado con el… con la ausencia de tu esposa – rectifica ella enseguida. – Es comprensible. Y no creo que las chicas de abajo sean cacatúas – musita con una sonrisa.

―           ¿Chicas de abajo? ¿Así es como las llamáis? – es el turno de Ras de reírse cuando Alexi asiente. – Alexi, creo que tenemos algo pendiente.

 

El ceño de la chica se frunce y sus ojos se elevan, como si quisieran buscar en el interior de su cabeza. Al instante comprende lo que Ras ha querido decir y se sonroja.

―           ¿Te encuentras bien esta noche? Me refiero a si te duele la cabeza, estás enferma, o sufres ese endiablado periodo…

―           No, no, estoy bien – susurra ella.

―           Bien, bien, perfecto. ¿Por qué no vienes aquí y te sientas a mi lado? – no puedo verla, pero sí sentirla. Su sonrisa es lo más parecida a la mueca “todo dientes” del lobo de Caperucita.

Alexi se levanta de la silla del escritorio y estira el pantaloncito corto de flores y corderitos que lleva puesto como pijama. Una camiseta blanca, de lo más normal, cubre su torso. Camina descalza sobre el parquet y se queda en pie delante del que cree que soy yo. Su mano entrelaza la muñeca contraria a su espalda y permanece así, esperando. Es la pura imagen de la inocencia, debo reconocer. Debo estar atento a que Ras no pierda los guarros con esa actitud. Creo que es lo que más le pone…

Los ojos de Ras se concentran sobre todo en el encantador rostro de la chiquilla. Tal y como está, sentado en la cama, su estatura es casi igual a la de Alexi. Sigue el contorno de su redondeado rostro, de sus inflados carrillos pecosos, de su boquita de piñón con el labio inferior tembloroso por la timidez… Los ojos verdosos se entrecierran, parcialmente cubiertos por los abatidos párpados de largas pestañas rojizas…

En ese momento, me doy cuenta que está utilizando la mirada de basilisco y ni siquiera me he enterado. Es toda una experiencia contemplar cómo la utiliza, con qué grado de experiencia e intensidad. Ras es todo un maestro. No sólo la mantiene hechizada, sino que hace burbujear todos sus bajos instintos y deseos a la superficie. Debo practicar más, me digo.

Sin más palabras, Ras ha levantado un brazo, acariciando una mejilla pecosa con un par de dedos. Alexi le sonríe, los ojos chispeantes. Uno de los dedos acaba sobre sus labios, juguetón. Ella atrapa la mano con las suyas y succiona lentamente el dedo, de una forma absolutamente licenciosa, repleta de intención. Su pequeña lengua sale disparada, repasando los demás dedos de mi mano. Es una extraña sensación lo que saco de ello. Noto el roce de su lengua sobre la piel, pero es algo lejano que activa recuerdos más bien. ¿Así es cómo lo siente Ras, o es más intenso cuanto más se une a mí?

Ras atrae el rostro de Alexi hacia él, utilizando el dedo como si fuese un anzuelo romo. Finalmente, cambia el dedo por su propia lengua. Alexi le echa los brazos al cuello y deja que el apéndice se hunda hasta su paladar. Pone toda su pasión en el beso, aspirando la lengua dulcemente, y paseando la suya por todas las partes que puede. Se separa jadeante, necesitada de aire, pero con una mirada de felicidad.

Ras le hace levantar los brazos y saca la camiseta por la cabeza. No hay sujetador alguno debajo. Dos pechitos de gran aureola rosada vibran ante nuestros ojos. Alexi no realiza ningún gesto para taparse, luciendo una sonrisa confiada. Mis dedos son llevados hasta la cintura elástica del short y lo impulsan piernas abajo. Ella levanta una rodilla y después la otra, dejando que le quite la prenda. Unas braguitas pequeñas, con limones y naranjas salpicando su superficie, me hacen sonreír.

―           Quítatelas y túmbate en la cama.

 

Alexi obedece en silencio, siempre con una franca sonrisa. Se queda desnuda, mostrando un diminuto penacho de vello rojizo sobre su pubis. Sube una rodilla hasta apoyarla en la cama y se desliza como un pececito, quedando boca arriba y mirándome.

―           ¿Te han comido el coño alguna vez, pequeña? – pregunta Ras, con la lujuria bailando en la sangre.

―           N-no… nunca.

―           Bien, pues voy a hacerlo yo ahora. Haré que grites de gustito, niña.

 

Ella se lleva un nudillo a la boca, mordisqueándolo, el rostro congestionado, mezcla de rubor y de excitación. Sus piernas se entreabren solas, deseosa. Ras se pone en pie, mirándola, y, muy despacio, se despoja de mi camisa y luego del resto de la ropa, quedando desnudo ante ella. Los ojos de Alexi se aferran a mi sexo con veleidad. Si tuviera que apostar, lo haría sobre cuantas veces ha soñado con mi polla después de aquella mamada.

Ras se arrodilla en el suelo y apoya mi torso sobre el colchón, introduciendo la cabeza entre aquellos blancos y esbeltos muslos ansiosos. Las manos de Alexi suben por encima de la cabeza en el momento en que mis labios besuquean tiernamente su entrepierna, aferrando la almohada y tirando de ella.

Sé que me he comido coños suficientes para escribir un libro y que me encanta el sabor de una mujer excitada, pero es una simple fruslería comparada con la dedicación del Monje. Él más bien degusta primero, sorteando los puntos más sensibles, concentrado en abrir bien todos los rincones. Luego, se lanza a devorar con auténtico apetito, como todo un gourmet. Usa la lengua con profundidad, generosamente aplicada y embadurnada de saliva, pringando todo a placer para luego succionar con fuerza, largamente.

No es de extrañar que la pequeña Alexi comience a dar botes con las caderas enseguida. Sus manos aferran aún la almohada, colocada ya bajo la nuca, los codos apuntando al techo. Tiene los ojos cerrados y gira el cuelo de un lado para otro, con un rictus de loco placer en su boquita. Sé que se está corriendo con cada espasmo de su pelvis. Intenta no gritar para que los niños no la escuchen, pero sus acallados resuellos son aún más morbosos para nosotros.

Pero el lujurioso Ras no la deja en paz. Sin dejar que se recupere, la gira sobre el colchón, dejándola de bruces, el rostro enterrado en la almohada. La abre totalmente de piernas, dejando al alcance de su boca una virginal vulva aún temblorosa, y un apretado esfínter que atrae enseguida su atención. Separando los cachetes con las manos, Ras aplica la lengua arteramente sobre el comprimido anillo. Despacio y con mucha saliva va relajando el fuerte músculo. Al mismo tiempo, uno de sus dedos sigue jugando traviesamente con la vagina, manteniendo el fuego bien encendido.

En un momento dado, deja caer un abundante salivazo que se desliza mansamente entre los glúteos. Sin apartar los dedos atareados en el suave coñito, utiliza el otro índice para embadurnar copiosamente el ano. Alexi ya está agitando las nalgas y jadea, mordiendo la almohada. Su corazón parece galopar en el pecho, tanto que hasta puedo escucharlo.

La punta de mi dedo se interna al aflojar el esfínter. Ras no tiene prisa. De nuevo activa la lengua, pasando del culito al coñito y viceversa, mientras los dedos complementan su magia. La joven ucraniana encoge las piernas, manteniéndolas tan separadas como puede pero alzando su trasero hasta pegarlo a mi hambrienta boca. Su entrepierna queda totalmente expuesta a los manejos del viejo, que hunde aún más el dedo en sus entrañas.

―           ¿Te gusta lo que te estoy haciendo?

―           Ooooh, sí… sííí… mucho, Sergio – más que un jadeo, es un bufido lo que sale de su casi amordazada boca. – Tu d-dedo va a hacer que… se me escape…

―           ¿Qué se escape la mierda? – se ríe obscenamente el cabrón.

Alexi no contesta, pero es evidente dado los suaves pedos que se le escapan. El viejo ha pasado un brazo alrededor del muslo de la chiquilla para acariciarle el clítoris con la huella del dedo pulgar, lo cual está haciendo que Alexi se agite como una muñeca de trapo en manos de un epiléptico. Sus caderas rotan sin cesar y la almohada está llena de babas. No creo que Alexi haya experimentado un placer igual a éste en su vida. El grueso dedo sigue internándose en su recto, friccionando cada vez con más rapidez.

―           Estoy llegan…do… Sergio… voy a hacerlo – gime muy bajito.

―           Eso es, niña, córrete. Abandónate a mis dedos, goza todo lo que puedas…

Puedo notar como los músculos de su espalda se tensan, como si se encabritara. Muerde con fuerza la almohada y eleva el trasero al cielo, las piernas estiradas y temblando violentamente. Dos, tres segundos, y luego se derrumba de bruces con un largo gemido.

―           Dale algo de tiempo – le aconsejo al viejo.

―           ¿Tú crees? Que descanse mientras intento meterle la polla muy despacio. No puedo ser brusco, ¿verdad?

El Monje Loco se controla, pero no tiene escrúpulos, ni modales cuando se trata de meterla en caliente. Aún me pregunto, dado su extrema lujuria, por qué repetían sus amantes con él. ¿Acaso les gustaba ese trato?

Se tumba en la cama, al lado de la chiquilla y, con una mano, la atrae hasta acomodarla sobre el vientre y pecho. Aprovecha la ocasión para besarla largamente media docena de veces, a la par que una mano acaricia la delicada espalda femenina como si de una mascota se tratase.

―           Cabalga mis muslos, pequeña – le susurra al oído y ella repta hacia atrás, mientras asiente. – Ahora, levántame la polla con las manos. Así – Alexi manosea el esponjoso y largo miembro, y una sonrisa aparece en su rostro, quizás un recuerdo de nuestra última vez. – Te vas a sentar encima y, con cuidado, te la vas a ir metiendo en el coñito.

―           Es muy gorda, Sergio. No sé si podré – de la sonrisa ha pasado a un gesto de preocupación.

―           Si puedes, ya verás. Lo vas a hacer muy bien, para agradarme, ¿verdad?

―           Claro que sí, Sergio. Quiero dejar de ser una niña – la sonrisa vuelve a aflorar, con determinación.

Planta las rodillas en el colchón y avanza unos centímetros andando sobre ellas. Con la punta de la lengua asomando por los labios, toma el pene en su mano y lo lleva torpemente a su entrepierna. El glande se pasea por sus pliegues íntimos, sin encontrar un camino claro, dejando rastros de líquido seminal entre sus muslos.

―           ¡Vamos! ¡Métela en tu coñito!

―           N-no puedo – se disculpa con un mohín. — ¡Es gordísima! Va a rajarme entera…

―           Ese es tu problema… ya te coseré después – deja escapar mi boca, lo que la hace mirarme con expresión desencajada.

―           ¡Control, Ras, control! – gruño.

―           Vale, vale, te ayudaré. Déjame a mí – Ras mete la mano entre los muslos de la chica y toma el pene, apuntalándolo.

La punta del miembro se afianza en la inexperta vulva, pero eso es todo. El glande choca contra el himen, que es de esos casi exteriores. No traga más que un centímetro de pene. Un reniego en ruso surge de mi garganta. No es lo que esperaba el Monje Loco y me rió por ello. Ras contaba con desvirgarla a lo bestia. Introducir lo que pudiera del miembro y empujar sin contemplaciones. Le ha salido el tiro por la culata.

―           ¡Jodida niña!

―           ¿Te has enfadado conmigo? – el puchero que hace Alexi me llega al alma, pero sólo exaspera a Ras.

―           Sí, putilla, es que eres de porcelana, coño. Quiero que empujes tú, hacia abajo, quiero que te empales lentamente sobre la polla. ¿Entiendes?

―           Sí, claro. Empujaré…

―           Así controlaras el descenso y el dolor, si lo hubiera, pero no quiero que tardes una eternidad. Quiero estar follándote a todo trapo en cinco minutos, sino empujaré yo. ¿Sabes a qué me refiero?

Alexi asiente gravemente. Está abochornada y asustada por las duras palabras. No se esperaba algo así de mí, pero, la verdad, yo sí. Son las cosas de cosas que tengo que soportar con Ras en mi cabeza. Alexi coloca sus manos sobre mi pecho y, con los dientes apretados, se deja caer sobre el empinado miembro. Ras lo sujeta con una mano para que no se doble y, con un fuerte quejido, la delgada tela del himen de la chiquilla se rasga. Se muerde el labio, ahogando un nuevo grito de dolor, aunque es consciente de la sangre que nos está manchando a todos.

―           ¡Chica valiente! – la adula Ras, dándole una palmada en el exterior del muslo.

El empuje ha introducido una decena de centímetros en su vagina y Alexi jadea, alejando el dolor y recomponiéndose de la impresión.

―           ¿Estás ya preparada?

Alexi se pasa la lengua por los resecos labios y asiente. A pesar de lo experimentado, creo que se siente llena de lascivia, deseosa de ser colmada, de convertirse por fin en toda una amante. Gime fuertemente cuando mis caderas empujan un poco, introduciendo más centímetros. Intenta soportarlo pero se le escapa un sollozo. Ras la atrapa por debajo de las axilas, levantándola en vilo y sacando la polla de un tirón. La sostiene en alto, con las rodillas dobladas, y sonríe maliciosamente.

―           Tranquila, vamos a empezar de nuevo, con suavidad – la tranquiliza, si es que esas palabras pueden tranquilizar. – Tú no te preocupes, tenemos toda la noche, pequeña…

Alexia se estremece, incapaz de quejarse, ni de escapar.

                                                                                                                          CONTINUARÁ…

 

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