FRANCISCO J. MARTÍN
Sólo se oía el murmullo de gente haciendo cola y esperando su turno, roto por alguna carcajada o algún estornudo,
— ¡El siguiente, por favor! —Llamó Mason.
Acababa de finalizar con el cliente anterior y sin descansar un segundo llamó al siguiente. El trabajo era cansado, uno y otro y otro cliente sin parar ni un momento, aunque realmente lo que le importaba era ver la sala de espera y las personas que esperaban sentadas, en concreto dos de ellas. De hecho, mientras atendía las gestiones que le solicitaban sus clientes no perdía detalle de las caras, los gestos, las miradas, y los movimientos que ambas realizaban.
Mason los venía observando desde hacía casi un mes. La mujer iba habitualmente todos los martes, pero desde hacía unas semanas también aparecía un hombre un poco antes de las 10 de la mañana, casi simultáneamente, y ambos se sentaban en la misma zona de sillas, incluso en las mismas que la vez anterior si era posible. Desde esa zona se veía con claridad el espacio dedicado a los buzones de los apartados de correos. Esperaban hasta que se repartía la correspondencia, como máximo hasta las 10 y media, y después se levantaban e iba cada uno a su respectivo buzón, lo abrían, recogían la correspondencia y salían de la Oficina. Así cada martes.
Aunque aparentemente no tenía por qué ser un proceder anormal, a Mason le parecía que ahí había algo extraño. Siempre iban sólo los martes y llegaban a la misma hora, antes del reparto, sabiendo que tendrían que esperar. Ninguno de los días que estuvieron allí sentados se habían saludado entre sí, aunque no paraban de cruzarse miradas, ni tampoco saludaron a ninguna de las personas que entraban en la Oficina, dando la sensación de que ninguno era de aquella zona. Por otro lado, la mujer llevaba siempre un carrito de compra, que parecía vacío, cuando en las cercanías de la Oficina no había tiendas ni mucho menos supermercados.
Mason no sabía bien qué pasaba, pero había sido instruido muy bien por el FBI, tenía experiencia en misiones similares, y se olía que algo importante se estaba cociendo. Seguiría informando a su grupo de detectives, ya habían solicitado comenzar a seguir a ambos sospechosos y seguro que muy pronto obtendrían más información relevante.
— Algún negocio sucio se esconde detrás —Se convenció Mason, mientras continuaba rellenando el impreso de giro postal que su cliente le estaba pidiendo.

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