ALBERTO ROMERO

Alboroto de Sirenas

Marta bajó por la calle que la llevaría directa al convento dudando sobre si llamar
preguntando por Concepción, o si sería demasiado arriesgado. Josefa podía
aparecer y verla sería lo último que quería por el momento.
Por la mente de Marta rondaban las dudas sobre cual era la razón de que Josefa
estuviese en Barakaldo, o que hacía en un convento de monjas.
Durante la noche había pensado mucho en la conexión que tendría con la
monja que le había acompañado en su viaje hasta Bilbao. Le escamaba que se conocieran y hubieran viajado juntas cuando Josefa había salido de Madrid a la carrera.

Mientras desayunaba en una cafetería cercana siguió pensando si acercarse al
convento a preguntar por la hermana Concepción y hacerse la simpática con ella
para sonsacarle información de Josefa. Eran demasiadas preguntas y problemas
por todas partes. Estaba hecha un mar de dudas.
Habló con su madre por teléfono y le contó toda la verdad de cual había sido
su destino repentino. Adela quedó muy preocupada, pero confió en que su hija no
haría ninguna tontería, y le pidió que la mantuviera informada. Marta le dio instrucciones para Deyan y Antonio antes de colgar.
Justo al hacerlo una ambulancia pasó por la calle a gran velocidad. Marta levantó
la mirada del café y vio como tras la ambulancia pasaba un coche de la Ertzaintza
a la misma velocidad del rayo. Llevaba las sirenas puestas a todo volumen,
alterando la paz del barrio a aquella hora.
Se levantó sorprendida al ver por el escaparate de la cafetería que iban en dirección
al convento.
Pagó el desayuno y salió a ver que sucedía impulsada por el pálpito de que
algo había ocurrido en el convento.
Se acercó despacio por la acera y se detuvo unos metros antes de la entrada.
La ambulancia se paró delante de la puerta y el coche de la policía hizo lo mismo.
Tres sanitarios y dos policías entraron a la carrera en el convento.
Marta se quedó paralizada al ver que su intuición estaba en lo cierto y algo pasaba
en el interior, donde se encontraba Josefa.
A los pocos minutos salieron los sanitarios con una camilla cubierta por una sá-
bana blanca.
¿Un muerto? Pensó sobresaltada al ver como metían aquel bulto en la ambulancia
y se marchaban.
El coche de la policía seguía allí y Marta se quedó en el hueco de un portal,
parapetada por el saliente de la puerta, observando con las gafas de sol y el pañuelo
en la cabeza.
A los pocos minutos la escena la dejó petrificada: Del convento salieron dos
monjas y Josefa llorando como magdalenas, y se montaron en el coche policial.
Uno de los policías trataba de consolar a Josefa sin mucho éxito mientras le abría
la puerta trasera del vehículo.
Se marcharon muy rápido, pero ya con las luces y sirenas apagadas.
Marta estaba bloqueada por lo que acababa de ver, sin saber que hacer.
Aquello era lo último que podría haber imaginado en cien años. Tenía que contárselo
a Antonio.
Unos metros más lejos, oculto por la sombra de un árbol y dos coches, alguien
la vigilaba a ella. Marta salió del portal que la parapetaba y caminó calle abajo,
acercándose al convento con el móvil en la mano.
La figura que la vigilaba continuó en el mismo sitio controlándola a distancia,
sin que Marta se percatara de su presencia…

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