JANISS MULLIGAN

Negocios en Ibiza 

Estos últimos días me han supuesto mucha tensión y cabreos indiscriminados, sumergido en mucho trabajo y problemas. Es ahí cuando suelo echar de menos el trabajo machacón de la granja. ¿Quién pudiera estar ahora talando árboles u ordeñando? Katrina dice que me quejo por vicio y quizás tiene razón. Mi problema es que estoy acostumbrado a enfrentarme a los problemas directamente, de cara, y éste negocio es más de dar rodeos, de asentar posiciones, de buscar alianzas y tratos. Eso hace que me irrite y necesite soltar vapor. Menos mal que puedo escaparme a la academia y subirme al ring con algunos preparadores, ya que se han quedado casi sin hombres. Hemos mandado de vuelta todos los soldados que nuestros socios europeos nos “prestaron” y hemos cubiertos los puestos con los que hemos entrenado. Su lealtad no está asegurada al cien por cien pero confío en ellos y en su preparación.

No es que me queje. Los negocios van muy bien, a pesar de la fuerte crisis que barre Europa. Lo cierto es que nuestra clientela no es de la que está en paro, con problemas de desahucio, o bien con el sueldo congelado. No, nuestros clientes siguen ganando dinero, puede que incluso más que antes, y siguen gastándolo alegremente.

Sin embargo, los roces con los socios mediterráneos de Arrudín han ido en aumento, y, con ello, los mensajes de aviso de Maat. Quien quiera que sea este informador anónimo está demostrando disponer de buenos contactos y, sobre todo, acceso directo a esos grupos hostiles porque sus avisos son cada vez más precisos. Gracias a ello, hemos podido salvar de ser apresado un cargamento de los colombianos, vía Turquía, y un asalto a un correo enviado a Alemania.

Desgraciadamente, no hemos podido proteger todos nuestros asuntos en el Mediterráneo e incluso fuera de él. Parte de nuestro personal de castings ha sido arrestado Croacia y en Libia, y vapuleado en Nápoles. Aunque nuestros hombres siempre son discretos al montar nuevos planes de reclamo, las fuerzas enviadas por los socios de Arrudín parecen estar muy bien informadas de donde se encuentran. Eso me hace sospechar que tenemos de nuevo un problema de topos en nuestro seno.

Finalmente, he decidido que los castings se repartan globalmente y no solo en los países del este, buscando escapar de la presión enemiga. Ahora que contamos con las cooperativas agrícolas para poder traer legalmente a cualquier persona a España, hay que aprovecharlo. Sigo manteniendo la política de ser totalmente sinceros con las chicas que reclutamos: a qué trabajos se pueden dedicar, cómo vivirán, y cuánto ganarán. Así que contamos con material suficiente y de calidad que viene tanto a trabajar en la cama como en los campos. Mantenemos equipos de reclutamiento en Sudamérica, Asia y Europa. De esa forma, paliamos el veto que nos están imponiendo en el Mediterráneo.

Pero aún así, me jode un huevo saltar cada vez que un puto correo de Maat llega a nuestra bandeja de entrada. Voy a tener que indagar en serio quien cojones es el tal Maat…

Le estoy dando muchas vueltas a cómo solucionar todo este asunto, pero sin socios mediterráneos que nos apoyen, lo veo difícil. Arrudin supo atraer a la gente adecuada a su bando, desde un principio. Me siento atascado, maldita sea. Lo he hablado con Basil hasta la saciedad y no quiero que Katrina se dé cuenta de lo preocupado que estoy. Gracias a Dios, está lo suficientemente entretenida con el primer curso que se imparte en la Escuela de Protocolo y Modales. Sí, finalmente el palacio de Godoy ha sido inaugurado hace algo menos de un mes. Katrina insistió en ofrecer una actualización gratuita a todas nuestras chicas y la Dra. Garñión se lo ha tomado muy en serio, desarrollando esquemas de influencia personalizados. Cada dos semanas, dos chicas de cada club y mansión llegan a la Escuela, para asistir a un curso de preparación y superación. Al cado de catorce días salen renovadas y potenciadas para su puesto de trabajo, con una maravillosa sonrisa en sus labios. No quiero saber qué está inculcándoles Isabel, pero realmente funciona. Las chicas son felices con lo que hacen y su profesionalidad es reforzada exponencialmente.

Calculo que en cuatro meses, todas las chicas que trabajan para nosotros estarán debidamente actualizadas y la Escuela podrá iniciar su primer Master para Profesionales Sexuales. De hecho, Katrina ha utilizado los contactos de nuestros socios europeos como boca a boca; está plenamente segura que dispondrá de una buena lista de espera para cuando llegue el momento.

En verdad, me siento sumamente agradecido que mis chicas se lo tomen tan en serio, pues yo no podría estar pendiente de todo, por mucho que quisiera. Katrina se siente muy motivada con la Escuela, pues ha sido el resultado de un interés personal. Pam y Elke aún siguen rondando el Temiscira, a pesar de la competencia de la Reina Iris, y se ocupan de cualquier problema que surja. Por otra parte, los agentes contables que he preparado para hacer la ronda de los demás clubes, han demostrado ser muy capaces con sus funciones, aportando soluciones en la mayoría de las ocasiones. En verdad, entre todos hemos optimizado el negocio y da resultado.

Muñiz me ha puesto en contacto con un compañero y conocido suyo, dedicado a diseñar parques de atracciones, exposiciones mundiales, y otras monstruosidades. Se llama Edward Saxwell y es de Cardiff, Reino Unido. Nos hemos reunido en Lisboa para que pudiera ver el terreno y así preparar algunos primeros bocetos. Se trata de un hombre metido en la cincuentena, de rostro alargado y bonachón, y barriga cervecera, pero demuestra poseer una buena intuición. En cuanto le comenté por encima nuestras pretensiones, quedó entusiasmado, y eso que no le hablé nada de nada sobre nuestras ideas sexuales. Me aseguró que conocía a gente estupenda que trabajaba en decorados para cine –en Hollywood, me advirtió con el dedo levantado, no los de Pinewood—y que tenía algunas ideas sobre el tema, ya que había fantaseado con algo parecido años atrás, para un proyecto que no vio la luz.

Así que, teniendo a Saxwell ocupado en el proyecto me siento más tranquilo. Por otra parte, los primeros contactos con la banca portuguesa han sido provechosos. Aún sin haber nada seguro, están muy interesados en un proyecto de ese calibre. Todo dependerá de cómo le vendamos la burra… o el parque, jejeje…

Unos gritos y risas infantiles me sacan de los informes en los que estoy enfrascado, volcado sobre mi escritorio. Con un suspiro, me pongo en pie y me acerco al amplio ventanal que se abre al lateral de la mansión, específicamente sobre la piscina y la gran extensión de piedra y césped que la rodea. Los más jóvenes de La Facultad chillan y saltan al agua con esa alegría desbordante que vincula los niños con el verano. Uno de los monitores vigila la docena de niños de ambos sexos, desde la protección de la sombra de un olmo y de un ciprés.

―           Suficiente trabajo por esta mañana, Sergei.

―           Sí, basta de peticiones y recursos, que se me está poniendo cara de abogado – contesto a Ras. – Subamos a ver a Juni.

Ras rebulle en mi interior, o al menos eso imagino, contento como un rapaz. Subir a La Facultad significa que verá a Alexi, pero no comenta nada más. No hace falta, la cosa está clara. La verdad es que no esperaba que Ras se encoñara así con una mujer, pues en su vida anterior nunca lo hizo. Sin embargo, Alexi le ha llegado muy adentro y, aunque no lo pone en evidencia, sé que desea verla. No es que detecte lo que el monje realiza en mi interior, pero mi mente juega a ponerle cara y expresión a sus comentarios. Le dejé muy claro que no pensaba forzar la voluntad de la joven, que le había dado un trabajo y la oportunidad que la vida le había negado. Tras la primera pataleta, lo asumió y no ha vuelto a sugerir nada, pero noto cómo se queda extasiado cuando hablo con ella, atesoro la sensación de cómo la admira a través de mis ojos, e incluso cómo la olisquea usando mi propia nariz.

Juni está planchando un buen montón de ropa, ayudada por una de las doncellas. Me saluda al verme entrar y sopla una guedeja de cabello que se ha escapado de su moño, cayendo sobre un ojo.

―           Hola, Juni, he visto a los peques en la piscina. ¿Qué están haciendo los mayores?

―           Están en clase cívica – me contesta con su peculiar acento. El castellano de la mujer es cada vez mejor, pero su acento bieloruso no la abandona.

Los niños de la Facultad no disponen de vacaciones; están atareados todo el año. Sin embargo, en verano su aprendizaje se relaja un poco más, dejándoles disfrutar de actividades al aire libre que les curten y divierten. Sin embargo, la clase cívica es indispensable para los mayores, ya que les enseña a entender y a moverse en el modelo social en el que van a crecer. La mayoría proviene de países con serios problemas civiles y políticos, con sociedades tambaleantes o desestructuradas; incluso algunos han sido criados en ambientes de pobreza y crimen, así que hay que condicionarlos antes de que puedan salir de la mansión y acudir a un buen colegio. Básicamente, lo que se les enseña es a congeniar con otros niños, a volver a tomar confianza con los adultos, a conocer el sistema monetario, las distintas costumbres urbanas, y el adecuado respeto hacia los demás. Hay muchos pequeños detalles cotidianos a los que no damos importancia alguna, pero que, para ellos, se convierten en un muro infranqueable si no se tienen en cuenta.

Me dirijo al dormitorio de Alexi, situado en la zona norte, destinada a educadores. Llamo con los nudillos y la puerta no tarda en abrirse. Alexi me mira con esos adorables y enormes ojos verdosos, una mano aún apretada sobre el pomo.

―           Sergio – susurra.

―           ¿Ocupada?

―           No hasta después del almuerzo – me responde, echándose a un lado para dejarme entrar. Me inclino sobre ella para depositar un suave beso sobre su frente, la cual queda a la altura de mi vientre.

Compruebo que ha decorado la habitación a su gusto. Hay pósters de Maroon 5 y Bruno Mars en la pared sobre la cama y uno enorme en frente, con toda la familia de la saga Crepúsculo. Sobre el coqueto escritorio blanco, la pantalla del ordenador está ocupada por el reproductor de música virtual, el cual emite el último éxito de Christina Aguilera. Separo con un dedo la tela del oscuro estor de la ventana y contemplo los niños chapoteando en el agua.

―           ¿No te apetece bañarte? – le pregunto.

―           Ya estuve antes, temprano, a solas – se queda en el centro de la habitación, con las manos unidas a la espalda. Parece una niña de apenas doce años, con aquella ropa ancha y su aire inocente.

―           ¿Qué te parece esta vida? – me giro hasta sentarme en la cama, la cual está impecablemente hecha.

―           De cuento, Sergio – sonríe, sabiendo que es lo que siempre me contesta.

―           Bien. He recibido la contestación del Colegio Calderón. Empezarás a finales de setiembre, junto con Patricia. Te han aceptado…

Su rostro se ilumina como si recibiera el haz de unos focos invisibles, la clara piel escondiéndose bajo las adorables manchitas de sus pecas. No sabe qué hacer con las manos, las cuales ha pasado delante. Su sonrisa es brutal, amplia y sincera. Extingo sus dudas al abrir mis brazos y Alexi se echa en ellos, abrazándome. Besa rápidamente mi mejilla en un par de ocasiones. Sus brazos aprietan fuertemente mi cuello. Por mi parte, no reprimo el impulso de colocar la mano sobre sus redondas y pequeñas nalgas. Bajo el holgado pantalón, su carne se muestra cálida y acogedora, así que aprieto con suavidad.

―           ¿Cómo llevas tu amistad con Patricia? – sé que las dos han intimado en estas semanas, pero no conozco el grado.

―           Nos llevamos muy bien – responde ella, apartando un poco el rostro de mi hombro, pero sin soltarme el cuello. – Patricia es muy simpática y me ayuda en todo.

―           No siempre es así. ¿Has conocido a Irene?

―           Sí, vino el otro día a bañarse. Patricia nos presentó…

―           ¿Y?

―           Creo que estaba celosa de mí aunque no he comprendido el motivo.

―           ¿Patricia no te ha contado nada de lo que hay entre ellas? – me sorprende que la canija no le haya dicho nada.

Alexi baja la vista y asiente, el pudor asomando a sus mejillas. Alzo su barbilla con un dedo, mirándola a los ojos huidizos.

―           Explícamelo…

―           Irene es su… sumisa.

―           Así es. ¿Solo eso? – Alexi se encoge de hombros. – A ver, ¿qué es para ti una sumisa?

―           ¿C-cómo una sirvienta? – creo que se hace la tonta. Nadie puede ser tan ingenuo.

―           Más bien su esclava, aunque Patricia nunca la lleva al extremo…

―           ¿Esclava? ¿Por eso lleva ese collar de perro al cuello? – sus ojos se vuelven redondos con la sorpresa. Me parece que Patricia no le ha explicado demasiado sobre el concepto.

―           Ajá. Irene acata cualquier orden y capricho de su señora y no muestra opinión alguna sin su consentimiento.

―           ¿Patricia la ha comprado?

―           ¿Comprado? – ahora es mi turno de no entender.

―           Patricia es suficientemente rica como para comprar una esclava. Ella vive aquí – Alexi abarca la habitación con un gesto. – Sé que se pueden aún comprar esclavos, por mucho que digan las Naciones Unidas…

Mi carcajada la sorprende. Retira sus manos de mi cuello y apoya sus nalgas en mi pierna, quedando de perfil aunque aún mirándome. Me acomodo mejor sobre la cama.

―           Patricia es una invitada aquí, igual que tú. Katrina y yo la acogimos cuando su madre murió. No dispone de bienes ni dinero. Irene es una esclava voluntaria.

―           ¿Voluntaria? – esta vez, su mano sube hasta tapar la boca, en una muestra de asombro. — ¿Por qué alguien quería ser esclavo voluntariamente?

―           Es cuestión de carácter, sobre todo… digamos que le gusta que Patricia la domine, le imponga reglas y castigos. Es como un juego con varias fases, un juego en el que tú no has sido incluida, de ahí sus celos.

―           Ahora comprendo – murmura ella, bajando la mano. — ¿Patricia la azota?

―           A veces, pero nunca con fuerza – sonrío ante la suavidad de su pregunta.

―           ¿Y se acuestan… juntas?

―           ¿Tú que crees? – Su sonrojo es suficiente contestación.

―           P-pero… también son amigas. Las he visto cuchichear, reírse, y perseguirse.

―           Por supuesto. Primero fueron amigas y luego amantes – puedo casi escuchar los engranajes de su cerebro al llegar a la conclusión.

―           ¿Patricia quiere hacer lo mismo conmigo? – la pregunta es apenas un murmullo.

―           No, absolutamente no. Ya hablé con ella y se lo prohibí. Solo será tu amiga, a no ser…

―           ¿A no ser? – sus ojos se entrecierran, fijos en los míos. Qué fácil sería usar la mirada de basilisco…

―           A no ser que tus sentimientos cambien y desees otra cosa, por supuesto.

Suspira y niega lentamente con la cabeza, apoyando su trasero aun más sobre mi muslo.

―           Alexi, ¿has tenido relaciones de algún tipo con alguien? – me decido a preguntarle. Aún no hemos hablado de su vida amorosa.

Vuelve a negar, manteniendo los ojos bajos, sus dedos atareados en retorcerse los unos sobre los otros.

―           ¿No ha habido ningún novio, ningún amigo especial?

―           No, nadie.

―           ¿Algún beso? ¿Una caricia?

―           Solo mi tío… Stanislas – no quiere mirarme.

―           ¿Tu tío te tocó? – le pregunto, girando con un dedo su rostro hacia mí.

―           Me besó y metió su mano bajo mi falda – me confiesa tras asentir. – Pero solo lo hizo los dos o tres últimos días antes de llevarme con el Tío Sebas. No llegó a… a…

―           Bueno, eso ya pasó. Ahora tienes la oportunidad de escoger quienes serán los afortunados en recibir tus besos, sean chicos o chicas – le digo mientras la estrecho de nuevo entre mis brazos, consciente de que las lágrimas han aflorado a sus ojos. – Nadie te va a obligar a nada, te lo juro, chiquilla. Es hora de que tu corazón sane con sosiego…

Alexi me aprieta fuerte y la escucho inspirar con fuerza, controlando sus lágrimas, al hundir su rostro en mi hombro.

―           ¡Cuanta ñoñería!

“Creí que Alexi te volvía más sentimental.”, ironizo mentalmente.

―           Una cosa es ser sentimental y otra declamar los folletinescos versos de Corin Tellado, no te jode…

 

Alexi aprovecha ese momento para decir algo que no puedo entender, ya que mantiene su boca contra mi camisa.

―           ¿Cómo dices? – pregunto.

―           … que solo tú mereces mis besos, Sergio – repite, sin despegarse.

―           ¡Ya decía yo!

 

Con calma, con calma, me digo, tanto a mí como al viejo. Alexi se siente muy agradecida y lo más seguro que sea el síndrome del Príncipe Azul lo que experimenta en este momento. He salvado su culo, literalmente, y le ofrezco una nueva vida que ella nunca creyó posible. Otras, por menos, han entregado su virginidad, ¿no?

―           Estoy casado, Alexi – contesto, intentando separarla de mí, pero se aferra con más fuerza aún, negándose a que la aparte.

―           ¡Burro!

―           No es eso lo que he escuchado – musita ella, junto a mi oído esta vez.

―           Imagino lo que pasa por tu cabeza ahora mismo, pero todo eso no es más que el deseo de agradecer lo que he hecho por…

―           Los niños mayores comentan que todas ellas son tus esposas, que las metes a todas juntas en tu cama – me corta ella. Las palabras son bien claras ahora, aunque Alexi no quiere que le vea el rostro y mantiene su mejilla contra la mía.

―           Estoy casado con Katrina, legalmente, pero mantenemos cierta relación liberal y múltiple – admito, desconcertado por lo que conocen los niños de La Facultad.

―           ¿También con Patricia? – sacude mi cuerpo al mismo tiempo que pregunta.

―           Sí, también Patricia.

―           ¿Y cuándo me tocará a mí? ¿Cuándo me harás mujer? – me susurra en un jadeo, que me hace estremecer por completo.

―           ¡Alexi! – consigo apartarla y mirarla a los ojos. Las lágrimas los enrojecen pero su mirada es decidida y firme.

―           ¿Qué? – su barbilla temblorosa atrae mi atención. – Sueño contigo cada noche, desde que… me contaron lo que sucede en el piso de abajo. Sueño cómo me abrazas, sueño con tus besos, con tu sonrisa… – Alexi se ha lanzado y ya no puede detenerse—y solo espero el momento en que me lleves también a tu cama, Sergio.

―           P-pero…

―           ¡NO DIGAS UNA SOLA PALABRA, CAPULLO! – me advierte Ras, frenético.

―           ¿No te gusto, Sergio? Sé que mis pecas son…

―           No, no se te ocurra quejarte de tus pecas, tonta – le seco las lágrimas con el pulgar, y le sonrío.

―           Soy pequeñita, sobre todo comparada contigo, pero siempre me han dicho que soy mona y graciosa.

―           Y lo eres, Alexi, eres muy atractiva – mis manos vuelven a posarse sobre sus nalguitas, cuantificando mi interés.

―           ¿Entonces…?

―           Mi relación con todas las mujeres de la planta de abajo es consecuencia de una larga historia y una gran confianza. Formamos un círculo de amor y cariño muy especial. Debo consultarlo con ellas porque no quiero convertirte en una amante ocasional, no te mereces eso.

―           Nunca me he acostado con una mujer pero si tú me lo pides, lo haré. Haré lo que más desees, en cualquier momento – musita, mirándome fijamente. – Solo quiero que me beses… por favor…

―           ¡O la besas o tomo el control, joder!

 

No me queda otra. Tampoco hay que ser imbécil. Si Alexi está segura de lo que quiere, ¿Quién soy yo para negarme?  Aún sin maquillar, sus labios aparecen húmedos y casi rojos, temblorosos y anhelantes, esperando mi decisión. La aprieto contra mi cuerpo y su boca queda un tanto por encima de la mia, ya que ella se mantiene en pie y yo sentado en la cama. Deslizo una de mis manos desde sus nalgas hasta su espalda, notando como se estremece, debido a la situación. Alexi se inclina, acercando su boca esos escasos centímetros que la separan de la mía, y, con mucha delicadeza, mordisquea mi labio inferior. Su aliento huele a chicle de canela. Soy consciente de que se trata de una boca virginal, tímida, y emotiva. Me recuerda a los inicios con Patricia.

Mis labios pellizcan los suyos, con igual delicadeza, y toman la iniciativa, abriendo su boca como una flor ante el rocío. La punta de mi lengua toma contacto con el hinchado labio inferior y acaba lamiendo lentamente toda la superficie. Alexi, impulsivamente, deposita varios besos sobre el húmedo apéndice, antes de sacar el suyo propio y unirlo al mío por primera vez.

Es como accionar un interruptor. En el momento en que las dos lenguas se enroscan, Alexi se funde entre mis brazos. Su boca busca hundirse en la mía, introduciendo su pequeña lengua todo lo profundamente que puede. La oigo gemir y gruñir, aspirando mi aliento al no querer despegarse para respirar. Finalmente, succiono su lengua fuertemente, tomándola entre mis labios.

―           Aaaaahhh – jadea al echar su cabeza hacia atrás. Yo la sigo, aún con su lengua atrapada entre mis labios. Mantiene los ojos cerrados, la lengua totalmente fuera de la boca, lo que le da una expresión de pura lujuria.

―           Esto es un beso con lengua… ¿te gusta? – susurro sobre sus labios.

―           Muchooooo – replica con un quejido.

―           ¿Quieres más besos?

―           Síííííí…

Se cuelga de mi cuello, introduciendo su pequeña lengua en mi boca, totalmente desatada en su pasión. Sus labios aspiran cuanto pueden, sorbiendo mi saliva de una forma deliciosa, no por su experiencia sino por su deseo irreprimible. Mis manos tallan su cuerpo por completo, deslizándose de arriba abajo. Sobo sus nalgas y muslos, su cintura y espalda, su vientre y senos, todo por encima de la ropa. Alexi gime y se retuerce, sin soltar mi cuello en ningún momento.

Finalmente la aparto, sentándola sobre mi pierna. La chica jadea, recuperando el resuello, y clava sus ojos en mí. Sus mejillas están arreboladas de tal forma que el rubor casi disimula sus innumerables pecas.

―           Ábreme la bragueta, Alexi…

Sus ojos verdes se desorbitan durante unos segundos, verdaderamente sorprendida por mi suave petición, pero parpadea varias veces, recuperándose cuando comprende que no es ninguna broma.

―           ¿Te atreves a hacerlo? – le pregunto con un susurro y ella encoge uno de sus hombros. – Vamos, arrodíllate y hazlo. Seguro que lo has pensado alguna vez, ¿verdad?

El que no me conteste y me obedezca lo dice todo, por supuesto. Alexi clava sus rodillas en el suelo de madera, protegidas por la fuerte tela de sus jeans, y alarga tímidamente sus dos manos. Se atarea primero con el cinturón de cuero y luego con el botón central de mi pantalón. Me echo hacia atrás, colocando mis manos sobre la cama y permitiendo que mi cuerpo se repantigue contra la pared. Alexi, sin levantar la vista, sigue atareada con los demás botones de mi bragueta. La punta de su lengua asoma por una de las comisuras de la boca, en un gracioso gesto de concentración.

―           Ya está – musita, mirándome de reojo esta vez.

―           Bien. Mete la mano y busca el tesoro…

―           ¿El tesoro? ¿De qué se trata?

―           Seguro que lo descubres, ya verás…

Sus labios se curvan en una sonrisa durante lo que dura un parpadeo, sin duda motivado por un pensamiento lascivo que ha cruzado su mente. Introduce una de sus pequeñas manos en el interior de mi pantalón y la noto deslizarse sobre mi boxer, buscando algo que, en primera instancia, no encuentra. Por fin, la mano encuentra el miembro morcillón que se pega al muslo, descendiendo con él. A medida que Alexi tira del pene, su boca se redondea y se abre, adquiriendo un inequívoco gesto de sorpresa. Su mano se afana en sacar el miembro en toda su magnitud y me divierto con cada mohín que realiza.

Cuando lo consigue, deja reposar mi pene sobre sus dos manos y se queda absorta, admirándolo, sentada sobre sus talones. Se atreve a levantar los ojos y clavarlos en los míos, la boca aún entreabierta.

―           ¡DIOSSSS! – deja escapar. — ¿Esto es normal?

―           ¿No has visto antes un pene?  — Alexi lo niega, sacudiendo la cabeza. – Bueno, te diré que puede que no veas otro miembro de este tamaño, a no ser que recurras a éste.

―           ¡Es brutal! ¿Qué quieres que haga? – me pregunta tras esbozar una sonrisa.

―           Juega con ella, curiosea y experimenta. Seguro que tienes muchas ideas…

―           ¿De verdad?

Asiento y alargo una mano, acariciando su pelada nuca. Sus manos se cierran sobre la base de mi pene, apretando tiernamente para, tras unos segundos, ascender por todo el tronco. Antes de cubrir el glande, descienden de nuevo, convirtiéndose en un cálido y enervante movimiento que repite sin descanso. Mi pene adquiere esa relativa dureza que consigue erguirlo. Es muy raro que mi polla consiga una erección firme y dura como la mayoría de los hombres. Es demasiado grande para eso, pero me conformo con poder elevarla completamente y que aún se muestre dúctil y blanda. Creo que a las féminas les encanta…

Alexi se regodea en sus caricias, cada vez más concentrada en sus manoseos que, ahora, se concentran en dejar el glande al descubierto. Una de sus manos lo aprieta delicadamente haciendo que el líquido preseminal surja y se derrame sobre sus dedos. Instintivamente, se los lleva a la boca para saborearlo. Eso me produce un agradable calambre en mi bajo vientre.

―           ¿A qué sabe? – le pregunto.

―           Solo es caliente y salado.

―           ¿Quieres probar mi polla? – vuelve a encogerse de hombros pero sus ojos la traicionan. Poseen un brillo determinante que no estaba ahí hace unos minutos.

Sus sensuales labios se posan sobre el glande y depositan varios volátiles besos que, lentamente, se convierten en una suave succión. Su deliciosa boquita se prende a mi carne como si se estuviera amamantando de mi esencia. No tengo que darle consejo ni explicación alguna sobre la manera de encarar el asunto. Alexi parece aprender de sus propios avances y de la intensidad de mis gruñidos. Acaba retorciendo su boca sobre el extremo de mi glande, aplicando su movediza e inquieta lengua sobre el orificio del meato, como si quisiera ensanchar de alguna forma el estrecho canal. La presión de los labios y la forma en que los comprime y retuerce sobre la sensible piel me hace gemir cada vez más.

Acaricio su cabecita con una de mis manazas y ella me lo agradece innovando nuevas caricias bucales. Noto sus dientecitos recorrer todo el tallo, generando diminutos mordisquitos que endurecen mis testículos como nunca. ¡Esta niña es un prodigio! ¿Qué será capaz de hacerme cuando tenga experiencia?

Me decido a mostrarle nuevas formas. Hago que mi glande golpee suavemente sus labios y mejilla, llenado su rostro de saliva y líquido seminal por igual. Ella se ríe y saca la lengua todo lo que puede para que actúe como colchón. Mi polla resuena con un sonido húmedo y morboso. Introduzco mi miembro en el suave y cálido hueco de su garganta, friccionando lentamente allí. Alexi agacha la barbilla para cerrar más el cepo, formando un estrecho estuche que puedo follarme delicadamente. Se ríe más alto y se contorsiona debido a las cosquillas que siente, hasta que deja escapar mi pene.

―           ¿A qué sabe ahora? – vuelvo a preguntarle.

―           A ti… a príncipe – contesta mientras sus manos sopesan mis testículos. El pantalón queda a medio muslo.

Su hermosa cara está llena de babas y se relame continuamente. Inclina de nuevo la cabeza para retomar la dulce mamada. Estoy a punto de cerrar los ojos y sumergirme en la calidez de su boca cuando la puerta se entreabre en silencio. Solo el estar frente a ella me hace advertirlo. La cabeza de Patricia asoma para echar un vistazo. Se cubre la boca con una mano al contemplar la escena, ahogando una risita. Se apoya en el marco de la puerta, aún sin abrirla por completo, mirando atentamente como su amiga retoza con mi miembro.

Le hago una seña para que se mantenga en el sitio y que no interrumpa. Alexi ni siquiera se ha dado cuenta de la presencia de Patricia. Se mantiene a tres patas, sobre las rodillas y sobre una mano; la otra se ocupa de pajearme lentamente mientras sus labios y lengua hacen de tope. Sobre el parquet, los jugos que caen de su boca están formando un charquito que va agrandando lentamente.

Patricia se muerde el labio inferior en ese gesto tan característico de ella y aprieta las manos sobre su entrepierna, cubierta por unas mallas de andar por casa. Niego con la cabeza, indicándole que no le permito unirse a nosotros. Creo que es demasiado pronto para coaccionar tanto a Alexi. Pero ya no puedo pensar en nada más, pues el placer me atrapa plenamente.

―           ¡Abre la b-boca, Alexiiii! – susurro y la atrapo por la nuca para que no pueda apartar la cabeza.

Contemplarla así, de rodillas, con las manos caídas hasta el suelo y la boca abierta, los ojos entornados por el deseo y el temor primerizo, me hace alcanzar un orgasmo de antología. Nuestros cuerpos tiemblan al unísono, el mío por el placer que sube por mi columna, el de ella por la tensión y la necesidad de agradarme. Un borbotón de espeso esperma choca contra su labio superior. Alexi cierra los ojos instintivamente, pero adecua la boca para que las siguientes emisiones caigan sobre su lengua ofrecida.

Como si lo hubiera hecho mil veces, espera pacientemente, con la lengua extendida, a que descargue completamente. Entonces, mirándome intensamente, traga todo el semen que llena su boca y acaba relamiéndose como una gatita ahíta y feliz por su hazaña.

―           Has estado maravillosa, Alexi – la alabo, tirando de ella para ponerla en pie y abrazarla. Me como su boca, haciéndole ver que no hago ascos a mi propio sabor. Al mismo tiempo, le indico a Patricia que se marche. — ¿Qué te ha parecido?

Alexi me mira, sus manos acariciándome el cogote. Sus ojos adoptan una cualidad felina de tan cerca. Sonríe y se sonroja a la misma vez, lo que le otorga una belleza casi élfica, gracias a tantas pecas.

―           Gracias, Sergio, ha sido… sublime – murmura antes de besarme de nuevo.

―           Pero solo he disfrutado yo – le tiro de la lengua.

―           No importa… solo… ¿lo he hecho bien?

―           Creo que… has nacido para esto, Alexi. ¡No quiero decir que hayas nacido para ser puta! – me disculpo rápidamente, lo que la hace enrojecer aún más, si eso es posible. – Tan solo que reaccionas instintivamente y con mucho acierto. Nadie pensaría que era tu primera mamada…

―           ¡Pues lo era! – se ufana ella, con una radiante sonrisa.

―           ¡Pues me has dejado para el arrastre! – exagero, sabiendo que es lo que desea escuchar.

―           ¿Cuándo…? – se corta en el mismo momento de enunciar su pregunta.

―           ¿Lo demás? – me río.

―           Sí – musita, bajando la vista.

―           Tranquila, Alexi. Será una ocasión especial, para recordar, ya verás…

Asiente y se aparta para dejar que me levante. Me subo el pantalón y arreglo mi ropa. Me inclino y le doy un último beso, dejando que ella succione mi lengua a placer. Me despido y salgo de su habitación, para encontrarme a Patricia que está esperándome en el pasillo, apoyada contra la pared. Con una carcajada, amaga un puñetazo a mi vientre.

―           Veo que Alexi ha aprendido a chuparla como Dios Manda – susurra.

―           Pues ha sido su primera vez…

―           ¡No jodas!

Asiento y me inclino hasta poner un dedo delante de los ojos.

―           Aquí llega la advertencia – farfulla Patricia.

―           Así es. Alexi se me ha declarado hoy, de ahí la situación, pero no he querido desflorarla aún. Me ha dicho que está dispuesta a cualquier cosa con tal de entrar a formar parte del grupo.

―           ¡Bien!

―           Sí, pero antes tengo que hablarlo con las demás. Quiero decir que, en este momento, Alexi está que toca las campanillas de caliente que se ha quedado y quiero que le entres…

―           ¿Quieres que me insinúe?

―           Exacto. Si hay un momento idóneo para ello, es ahora. ¿Te importa?

―           ¡No, que va, de rechupete! Pero, ¿estás seguro? Antes me dijiste que no la tocara y ahora…

―           Ahora es ahora y antes, antes. Ahora necesita una amiga que la ayude a sacarse la espinita y tú eres la adecuada. Pero recuerda, es virgen y quiero desflorarla yo, así que nada de cosas raras.

―           Vale, vale…

―           Bien… ¡A emputecerla! – musito en su oído, empujándola hacia la puerta.

Patricia toca con los nudillos y me lanza un beso volado antes de traspasar la puerta.

―           Hay que decirle a Juni que grabe este encuentro y los siguientes. ¡Esto no me lo pierdo por nada!

* * * * *

Como es lógico, RASSE dispone de varios agentes inmobiliarios repartidos por la península, al acecho de fincas, solares, y diversos inmuebles de índole precisa. Son necesarios si quiero adquirir nuevos terrenos para nuestros negocios. Uno de esos ojeadores es Julián Canollers Berroa, el cual posee una distinguida agencia inmobiliaria en Badalona, y le estoy echando un ojo al boletín virtual que me envía cada dos meses por correo electrónico.

Por el momento, está lo de siempre: viejos colosos en el centro de Barcelona que no se pueden derruir y que cuesta demasiado reformar con cierto mimo como para que sean interesantes, o bien inmensos barrios residenciales en el extrarradio. Nada que me atraiga. Sin embargo, de los últimos anuncios de la lista, uno resalta por su localización. No está en Cataluña sino en Ibiza, concretamente en el interior de la isla, y por los pocos datos que se remiten –apenas unas líneas y dos fotos—, parece interesante. Una gran hacienda rural…

Todo el mundo sabe que, actualmente, es el momento de comprar, con la devaluación de la vivienda y tal. Claro que hay que disponer de dinero y, por los dioses, yo lo tengo, ¿no?

Así que le envío un correo al señor Canollers, pidiendo más datos sobre la finca. Es media tarde cuando recibo un dossier informático que arranca un pálpito en mi interior. Según éste, podría resultar una buena inversión, aunque piden un buen pico por la finca. Me uno a la cena mientras no dejo de rumiar las posibilidades.

Katrina, tras intentar establecer una conversación conmigo en dos ocasiones, me lanza una patada en la espinilla, a la par que su mirada me atraviesa como un mortal rayo.

―           ¿Dónde coño estás? – me interpela bajito, lo que no quita que Denisse alce la cabeza, mirándome.

―           Mmm… cariño, ¿Qué pensarías de una escapada a Ibiza este fin de semana? – sorprendo a mi esposa.

―           ¿A Ibiza? – sus ojos se abren del todo.

―           Sí.

―           ¿A Ibiza de verdad? ¿De verdad de la buena? – sus dedos se clavan en mi brazo, impidiendo que suba el tenedor hasta mi boca.

―           Coño, pues claro…

―           Oh, cariño, papá no me dejó ir nunca por mucho que se lo pedí y pataleé – sus ojos se humedecen por la emoción. Luego hablan de los ricos y sus caprichos… ahí está ella, hija única y requetemimada y Víctor no permitió que pisara la isla de la lujuria. Claro que yo tampoco la hubiera dejado ir, conociendo sus aires de Ama del Calabozo.

―           Pues deja que te diga, Katrina de mi alma, inspeccionaremos una finca que nos han ofrecido y, cuando terminemos, nos vamos a ir a una de esas discos infernales que siempre has querido conocer.

―           ¿Harías eso por mí, Sergio? ¿Iríamos a Pachá, a Privilege, o a Paradis?

―           Pues claro, monina – Katrina, con un gritito, se pone en pie y rodea la mesa para abrazarme y besarme. Las demás se ríen. – Ya sabes lo que me jode bailar, pero no me canso de exhibir a mi preciosa mujercita.

―           Te quiero muchísimo – esta vez el beso se alarga.

El sábado de buena mañana aterrizamos en el aeropuerto de la isla, en San José. El grupo se reduce a Katrina, Nadia y yo, así como tres soldados. Apenas vamos a estar dos días, así que he escogido el mínimo de personal. Alquilamos un par de coches en uno de los mostradores y la colombiana se queja de que no haya ningún vehículo blindado disponible.

―           Nadia, que estamos en Ibiza, no en Pakistán – comenta Katrina con gracia.

―           Vale, vale – gruñe la killer.

Ella ocupa el asiento de copiloto en el elegante BMW al que nos subimos Katrina y yo. Los otros dos soldados nos anteceden a bordo de un robusto Volvo V60. La capital, Eivissa según sus moradores, está cerca y nos alojamos en el Gran Hotel Ibiza, el elegante casino de la isla.

La suite es genial, moderna y blanca, como debe ser. A media mañana, el calor aprieta y decidimos bajar a darnos un chapuzón en la gran piscina de agua salada, enmarcada por unos maravillosos jardines. Como siempre, Katrina aprovecha para dar la nota. Hasta consigue quitarme el aliento cuando desliza su pareo sobre la hamaca. Su bikini debería tener otro nombre porque contiene la mínima expresión de tela que puede llevar una pieza denominada como tal. Encima es de color blanco y apenas cubre sus pezones y la mitad del delta de su pubis. Tengo que atrapar al vuelo a uno de los camareros que, enganchado a la visión del exquisito cuerpo bronceado de Katrina, ha tropezado y lanzado la bandeja por los aires. Lástima de cafés y refrescos…

Nadia se sienta en una hamaca, con unos shorts mimetizados y una amplia y vaporosa camisa que oculta el arma que lleva a la cintura. Las armas, tanto la de ella como la de los soldados, fueron facturadas dos días antes por mensajería y el paquete estaba esperando en la recepción del hotel. No tiene intención de divertirse y me recuerda un bello felino echado a la sombra, somnoliento y peligroso.

Me hago unos cuantos largos, desentumeciendo los músculos y cuando salgo, chorreando agua en el pétreo borde de la piscina, noto los ojos de varias cincuentonas alemanas clavados en mí. Katrina se ríe antes de tirarse al agua. Tras una hora, una buena ducha para quitarnos los restos salinos y subimos a cambiarnos para almorzar.

Tanto Katrina como Nadia me preguntan por la hacienda que vamos a visitar y les cuento lo que sé: que se encuentra a las afueras de Sant Rafel, casi en el centro de la isla, y que es una finca agrícola algo abandonada.

―           ¿Piensas en un nuevo club? – me pregunta mi mujer.

―           Siempre pienso en nuevos clubes – me río – pero, por el momento solo estoy interesado en el terreno. Veremos si puedo conseguir un buen precio y ya habrá tiempo de pensar en acondicionar un nuevo local. Por ahora, tenemos suficiente con las obras de la mansión. Aún no nos hemos recuperado de los gastos del Temiscira.

―           Tienes razón, precioso. Tan solo digo que Ibiza es el sitio perfecto para disponer de un local de nuestras características – comenta Katrina, cortando un trozo de buey de mar.

―           Por eso estoy interesado en una finca extensa. Una mansión en Ibiza sería ideal. No hay lugar mejor para la prostitución de alta élite – Nadia asiente en silencio. — ¿Qué pasa?

―           No puede ser que nadie haya tenido esa idea hasta ahora. Alguien tiene que controlar la prostitución en la isla y no creo que esté muy dispuesto a consentir tu intrusión – explica.

―           Bueno, ya nos enteraremos de cómo va eso y solucionaremos el problema en su momento. Hoy solo vamos a mirar una finca. Siempre podemos montar una grandiosa discoteca llena de guiris, ¿no?

Las hago reír y brindamos con el exquisito vino blanco con el que acompañamos la mariscada.

Tras el almuerzo nos ponemos en marcha. La C-731 nos lleva directamente a Sant Rafel, cruzando los montes interiores. La carretera ha sido asfaltada hace poco, por lo que apenas es un paseo. Julián Canollers nos está esperando a la puerta de un pequeño mesón, al borde de la carretera. Con él hay un hombre menudo y reseco, cercano a los setenta años. Lleva una gorra de pana marrón que cubre una aplastada maraña de pelo cano. Cuando el agente inmobiliario nos presenta, descubro que es uno de sus ojeadores locales, de nombre Camilo.

Camilo encabeza la ruta con su coche, un viejo Terrano abollado, en el que le acompaña Canollers. Nos guía a través de un carril terrizo que desciende la loma de una colina. A unos quinientos metros, nos encontramos con una verja y una tupida alambrada reforzada por altos setos. Nos bajamos de los coches. Nadia indica a los soldados que se queden en el vehículo y los otros dos coches, el nuestro y el de Camilo, siguen finca adentro.

El caserón está cerca de la entrada y parece bastante deteriorado. Parte de la techumbre se ha desplomado, así como varias paredes. Un gran portón doble de madera pintada en verde nos da paso al interior. Es evidente que habrá que echar todo eso abajo. Rodeamos la casona y nos encontramos con dos edificios que se alzan en la parte de atrás, formando unas especies de alas independientes de la casa. A la izquierda, un cobertizo que se mantiene en pie a duras penas y a la derecha unas grandes cocheras que han sido modernizadas no hace mucho. Sin duda, guardan ahí tractores y vehículos agrícolas.

Los tres edificios abrazan un gran patio enlosado con piedra negra, de la cual brota un gran pozo artesano, casi completamente lleno de agua. Camilo me indica el caudal del nacimiento sobre el cual está construido el pozo y es verdaderamente abundante. Además, me explica que la vena de agua corre colina abajo, por lo que se puede construir una gran alberca o piscina para aprovechar más agua.

Canollers me comenta que hay disponibilidad de red eléctrica así como redes telefónicas. Echamos un largo vistazo al terreno que corre paralelamente a la carretera por unos mil quinientos metros y abarca más de cuatro mil metros, hasta el final de la falda de la colina. Por lo visto, el terreno ha sido alquilado para varias cosechas de las que no queda traza alguna. Sin embargo, para deleite nuestro, Camilo nos dice que la mitad de estas tierras son edificables, gracias a la reforma del último PGOU.

―           ¿Qué piensas? – le pregunto a Katrina, llevándomela a un aparte.

―           El terreno es perfecto. Estamos en el centro de la isla, entre los dos puertos de Ibiza y cercanos a una población mediana. Esta carretera es la que lleva a Sant Antoni de Portmary, otro gran centro turístico – me contesta, haciéndome saber que tiene en cuenta todos los factores.

Asiento, de acuerdo totalmente. Creo que ya lo tenía decidido antes de venir.

―           Bien, voy a darle una contraoferta a Canollers. A ver si podemos rebajarle algo…

Canollers se frota las manos como si fuera un usurero del siglo XII. Creo que su mente está atrapada en el montante de su comisión. De todas formas, me asegura que pasará mi oferta en cuanto llegue a su hotel y que me llamará en cuanto tenga contestación.

Nos subimos al coche y remontamos el polvoriento carril hasta la carretera.

―           ¿Regresamos? – me pregunta Nadia. Apenas son las siete de la tarde, el sol aún aprieta.

―           ¿Qué tal si pasamos por el spa del hotel antes de bajar a cenar y, después, antes de ir a bailar, probamos suerte en el casino? – propongo.

―           ¡Perfecto, cariño! – Katrina me da un achuchón en el asiento trasero del BMW.

Poco después nos encontramos con un ligero atasco en la carretera. Hay una serie de conos en la calzada que obligan a frenar y usar solo una vía. El tráfico en dirección a Eivissa está siendo desviado por unos agentes de la Guardia Civil. Cuando llegamos a su altura, detienen el coche un momento para dar paso a una grúa. Nadia aprovecha para informarse.

―           Al parecer ha habido un accidente múltiple. La carretera estará cortada algunas horas, así que nos desvían por un polígono industrial. Volveremos a la carretera a unos seis kilómetros – me comunica.

―           Está bien.

Los agentes hacen señas para que continuemos y tomamos la estrecha carretera. Se ven naves enormes a diestro y siniestro, la mayoría pintadas de verde y azul, con rótulos en blanco. Debemos bajar la velocidad a cuarenta. Toda una manzana de solares está en obras. Hay maquinaria por todas partes y gente con casco y chalecos reflectantes dirigiendo el tráfico. Una gran excavadora obliga al Volvo a detenerse mientras cruza la calle. Un sonriente obrero con casco amarillo nos sonríe, como pidiendo disculpas por la tardanza.

―           ¡Mierda! ¡Esto no me gusta! – exclama Nadia, girándose hacia nosotros y sobresaltándonos. Tiene los ojos clavados en la ventanilla trasera.

Me giro con presteza y compruebo que hay otra gran máquina detrás nuestra, impidiéndonos maniobrar. Nadia toma el walkie y aúlla: “¡Moveros, moveros!”, pero llega tarde. Un robusto cadenas, armado de una gran pala de acero, surge por el lateral del Volvo, a toda carrera desde la zona de obras, y se lleva por delante el coche como si fuese un juguete. El choque es brutal y los cristales revientan. El Volvo es llevado hasta la otra acera y allí queda volcado y aprisionado por la pala.

El soldado que hace de chofer en el BMW hace patinar las ruedas, en un intento de escapar con una rápida maniobra. Nadia ha sacado su arma y mete una bala en la recamara, preparada para liarse a tiros. En ese momento, algo muy pesado cae sobre el techo del vehículo con un gran estruendo. El metal se comba y deforma y todo el coche se estremece. Dos segundos más tarde, estamos en el aire. El coche está siendo izado por las fuertes pinzas del brazo de una grúa de derribo. Intento abrir una puerta pero está trabada por los ganchos de acero.

―           ¡Estamos atrapados! – Nadia está frenética. Katrina se abraza a mí, lívida.

El vehículo cabecea mientras es transportado sobre la zona de obras. A través del parabrisas, podemos ver una gran bañera de doce ruedas, uno de esos monstruosos camiones capaces de cargar casi cualquier cosa en su cuba, que nos espera abierta y vacía, como las fauces de un monstruo metálico.

Con un estremecedor chirrido de metal comprimido, los ganchos nos depositan allí dentro y el BMW queda encajado entre los duros laterales de la cuba, sin espacio para abrir las puertas y salir. Perdemos de vista todo lo que nos rodea, nuestras ventanillas superadas por las gruesas contenciones metálicas de la cuba. Se escuchan voces de mando y los motores de las máquinas rugiendo. Sin duda están quitando de en medio cualquier evidencia de nuestro paso.

―           ¡Esto es una emboscada! ¡Ese desvío… esos polis…! – brama la colombiana.

―           ¿Tú crees? – ironizo, mientras abrazo a mi esposa, intentando tranquilizarla. – Es la puta segunda encerrona en la que caemos, Nadia, y me da muy mal rollo, te lo juro.

Como si fuese el puñetero oráculo de Delfos, una neblina empieza a filtrarse con un fuerte siseo, a través del sistema de aireación del vehículo. En cuestión de segundos, mis ojos se llenan de lágrimas y escuecen un montón. La tos me asalta con ímpetu, impidiéndome tomar aire suficiente. La vista se vuelve borrosa y la mente se me embota. Solo puedo poner a Katrina bajo mi cuerpo para protegerla antes de perder la consciencia.

―           Creo que estamos jodidos, Sergio… Ha sido todo un honor compartir tu cuerpo, amigo mío – es lo último que escucho al caer en un ominoso pozo de oscuridad.

 

CONTINUARÁ…

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