FRANCISCO J. MARTÍN
— ¡Taxi! —gritó John, señalando con la mano al primero que había en la puerta del Hotel.
Mientras que se dirigía al centro, John R. iba inmerso en sus pensamientos sobre el negocio que se traía entre manos. Esta vez tenía delante un asunto que le iba a reportar un buen pellizco.
John vestía habitualmente traje sin corbata, solía llevar un bastón y un pequeño maletín. No debía pasar de los 40 y, como antiguo capitán del cuerpo de Marines, tenía gran experiencia y conocimiento sobre armamento y combate. Como él decía, era intermediario, negociante, trataba con todo aquello de lo que pudiera sacar un buen bocado.
Hacía tres semanas que había llegado a la ciudad, esperaba una nota en la que le dijeran la cuenta y el banco al que debía transferir el segundo pago, y a la vez, la dirección donde debía encontrar una furgoneta que contendría una primera muestra del arma solicitada. Debería probarla, se trataba de una modificación tecnológica y mecánica sobre una ametralladora estándar de gran calibre que, si todo salía bien, podría ser producida de forma industrial y vendida a varios países. El negocio potencial era muy grande y por ello la prueba era muy importante. Una vez establecido el lugar de recogida, y verificado que el arma realmente estaba allí, John contactaría con su equipo de expertos que someterían al arma a todo tipo de situaciones y tipos de prueba.
Los mensajes con el fabricante del arma se realizaban a través de cartas en sobres depositados en un apartado de correos que John había tenido que abrir en la Oficina Postal de la ciudad a la que se acababa de trasladar. No debía verse con él bajo ningún concepto, de hecho no sabía quién era, así como tampoco conocía exactamente quién le había pasado la información para realizar este negocio, sólo conocía que el dinero y la oferta venían de un grupo de exmilitares de alto nivel, llamado Grupo Alfa5, con los que ya había hecho varios trabajos. Sabía que si trabajaba bien cobraría mucho dinero y sin problemas.
— ¡Será…! —Gritó el taxista, dando un frenazo.
Una mujer mayor había surgido de entre dos coches y casi se la lleva por delante. Eso hizo que John, que golpeó con su cabeza el asiento delantero, volviera a la realidad y le indicó al taxista que lo dejara en el siguiente semáforo. Era martes, y desde que llegó a la ciudad tenía que ir todos los martes entre las 10 y 10:30 de la mañana a la Oficina Postal para revisar su buzón a la espera de recibir el mensaje. Aunque siempre había ido en taxi, hacía que lo dejaran en sitios diferentes, desde donde iba andando.
Por costumbre, solía llegar antes de las 10 y echaba un vistazo a la entrada de la Oficina
mientras tomaba un café en la cafetería de enfrente, por si veía algo extraño o sospechoso, no quería dejar nada al azar. Ese día, mientras esperaba la hora, recordó el incidente con el taxi y le vino a la cabeza un flash de la imagen de la mujer, parecía un poco mayor, quizás estuviera cerca de los 70, y por un momento le resultó familiar pero pasado un segundo pensó que era imposible ya que no conocía a nadie en la ciudad. Llegada la hora entró y se sentó, a la espera de que los oficiales de correos distribuyeran la correspondencia en los distintos buzones.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s