ALICIA SAN MIGUEL
La vi salir corriendo desde la ventana de mi habitación en la casa de verano. Los grandes jardines ocupaban casi toda la parte principal de la casa, un edificio victoriano que mi familia había heredado tiempo atrás, gracias a las ganancias obtenidas por la venta de seda en las Américas. El negocio había dado un estatus a los San Miguel, y nos habíamos convertido en una de las familias más importante del país.
Sagrario llevaba poco tiempo con nosotros.
Sus padres murieron en América y mi padre, decidió que con nosotros tendría una buena vida. Siempre pensé que había algo más detrás de toda esa historia, y aunque mi madre callaba, ella sabía que Sagrario tenía los mismos ojos que mi familia paterna.
La observé durante unos segundos y vi como se metía en el viejo laberinto. Siempre había sido nuestro lugar de escape, nuestro escondite cuando queríamos desaparecer de las estrictas normas que estábamos obligadas a seguir. Ser una familia importante nos obligaba a dar la imagen perfecta. Al fin y al cabo, una perfecta falsedad.
—¡Sagrario! ¡Donde estás! —oí como la llamaba mi madre acercándose a mi habitación— ¿Tú la has visto? —me preguntó malhumorada.
—No. Pero no estará lejos, madre.
—Hoy es el día de su presentación y su prometido no tardará en llegar ¡Donde demonios está esta chica! —volvió a gritar agarrando su vestido y buscando en cada habitación de la segunda planta.
Miré de nuevo a través del cristal y vi como Hugo, el chico de las caballerizas también entraba en el laberinto.
Salí de la habitación, miré a cada lado del largo pasillo para no toparme con nadie y no tener que dar explicaciones. Bajé la escalera principal hasta llegar al vestíbulo y sin pensarlo dos veces, abrí la puerta, elevé mi vestido y corrí al laberinto para buscar a Sagrario.
Me metí en sus estrechos pasillos, conocía cada recoveco de aquel lugar, las blancas estatuas que nos miraban y que sabían nuestros secretos.
Se oían voces, parecía una discusión y caminé despacio intentando escuchar cada palabra. ¡De repente un golpe! Un leve gemido y un llanto. Corrí tan rápido como pude hasta casi chocar con ella.
Sagrario estaba de pie, semi desnuda. A sus pies yacía el cuerpo el Hugo en un charco de sangre que se agrandaba lentamente hasta manchar el trozo de estatua con la que había sido golpeado por Sagrario.
—Pero… ¿Qué ha pasado? —balbuceé.
—Intenté convencerle —me contestó sin apenas un gesto en su rostro—. Me entregué a él por amor…
—¡Le has matado insensata!
—Deberíamos esconderle —comentó mientras se vestía.
—¿Qué estás diciendo? ¡Como le vamos a esconder!
—¡Relájate Alicia! —espetó mirándome fijamente— ¡No era más que un maldito mentiroso, que me prometió amor eterno! ¡Y yo le creí! —gritaba fuera de sí—¡Iba a escapar de ese maldito compromiso al que me obliga tu familia! y al final…
—Sagrario, escúchame…
—¡No! ¡Escúchame tú! A ti también te obligarán —me dijo señalándome con el dedo— A ti también te comprometerán con alguien a quien no amas. Te venderán al mejor postor.
—Pero ellos…
—¡No! —volvió a gritar— El estatus no entiende de felicidad.
La miré con tristeza.
—En el estanque —la dije—, cubierto con piedras no lo encontrarán.
Me miró perpleja, asombrada por mis palabras y asintió.
Cogimos el cuerpo, ella por las piernas y yo por los hombros. Intenté no mancharme, pero fue inútil y su sangre manchó  mi vestido azul.
El viejo estanque estaba vacío, era lo bastante profundo y tiramos el cuerpo sin pensarlo. Al tocar el fondo, Hugo se quejó. Nos asustamos y sin saber que hacer, ni como actuar, cogí una de las piedras que se utilizaron para las obras del muro y que se acumulaban a uno de los lados del viejo estanque. Sagrario respiraba agitada, se volteó y cogió otra piedra. Las dos primeras golpearon su rostro, el resto rompían cada hueso de su cuerpo.
Hugo quedó totalmente sepultado.
—Debemos irnos —me dijo Sagrario agarrando mi mano— Nos estarán buscando.
—Si, debes cambiarte para conocer a tu prometido. Él te espera —la sonreí con ternura y ella me devolvió el gesto entre lágrimas— Recuerda que hoy, la protagonista eres tú, Sagrario.
—¡Claro! —me contestó más animada— Después ya tendremos tiempo de planear como acabaremos con él.
Volvimos a correr como niñas a través del laberinto.

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