JANIS MULLIGAN

¿La última vez?

Alexi lleva diez días viviendo con nosotros. Juni le ha preparado una habitación en La Facultad, y la pequeña ucraniana se está adaptando perfectamente. Mi gobernanta parece contenta con la decisión que he tomado y trata la nueva candidata como si fuese una más de sus hijas. Por su parte, Alexi enseguida ha hecho buenas migas con los chiquillos y se toma muy en serio su cometido. La Facultad dispone de educadores especializados, pero tan solo tiene a Juni como personal que se implique emocionalmente con los chicos. Mi propósito es utilizar la empatía de Alexi y su necesidad de familia para que estreche lazos con los niños. ¿Qué soy un cabrón sin sentimientos? Creo más bien que al contrario. Es debido a mis sentimientos que se me ocurren estas cosas. ¿Qué más da que un sentimiento noble oculte un objetivo indirecto? El caso es que la causa sea la indicada y solucione la situación.

Katrina le ha dado una gran bienvenida y estaba dispuesta a ofrecerle un aposento en la mansión, justo al lado del de Patricia, cuando se lo impedí. Alexi no sería otra chica para nuestro círculo íntimo, sino que venía a trabajar en La Facultad. A cambio de eso, tendría alojamiento, un suelo, y una serie de bonificaciones como la de obtener educación gratuita. La ucraniana está demasiado tocada para lidiar con una relación de conjunto. Lo más seguro es que quedaría atrapada en un torbellino emocional si la presionáramos un poco. Lo mejor para ella era situarse al margen.

Desde un primer momento, en que la presenté a las chicas, le dejé muy claro que formamos una familia con lazos afectivos poligonales para que no se hiciera ideas raras al vernos. Todas las chicas han estado de acuerdo con esa situación y aunque han estado muy agradables con Alexi, han sido un tanto indiferentes con su presencia.

Patricia es la única que se siente muy ilusionada con Alexi. Sabe que en setiembre, ambas iniciaran Bachiller en el mismo colegio y puede que en la misma aula. De esa forma, la rubia tendrá una compañera de estudios y una amiga en casa, algo que echaba mucho de menos. Patricia hace coincidir sus ratos libres con los de Alexi para dar paseos por la finca, bañarse juntas en la piscina, o ir de compras a Madrid, para reponer un guardarropa para la ucraniana, pues me la traje con lo puesto.

―           Me parece estupendo que seáis amigas – hablé con Patricia, a los pocos días de la estancia de Alexi –, pero te advierto que no pienso consentir que la uses como otra Irene.

―           Sergio, no pensaba hacerlo, de verdad…

―           No es algo que tú quieras o no. Esa chica está destrozada por cuanto le ha sucedido desde que salió de su país. Lo ha perdido todo, toda su familia y sus esperanzas. En este momento, dada su timidez y su introversión, es candidata a convertirse en la sumisa de quien le de un poco de calor. Inconscientemente, podrías someterla. Por eso mismo, te advierto que no deseo eso en absoluto.

―           Entonces, ¿qué puedo hacer? ¿Retirar mi amistad? – Patricia pareció desilusionada.

―           No, al contrario, solo te estoy indicando qué tipo de amistad tienes que consolidar con ella. De igual a igual, ¿me comprendes?

―           Sí.

―           Enséñale cuanto desconozca, protégela de los demás en clase… y deja que ella elija sus opciones cuando aprenda de su entorno.

―           Vale. Nada de forzarla – Patricia supo enseguida a qué me refería. — ¿Y si me pregunta por lo que hacemos todas contigo?

―           Se lo dices, se lo explicas, y hasta puedes mostrárselo, pero, tú misma lo has dicho, nada de forzar a hacer algo que no esté segura.

―           Sí, papi – se cachondea, como siempre, pero creo que le he dejado bien claro sus opciones.

Otro asunto que me trae loco es la paliza que no para de darme Ras. Está loco por gozar de esa chiquilla. Dice que sueña con ello, aunque no sé si él puede soñar. Está muy emperrado con ella y me lo pide, me exige y me suplica todos los días. Se lo he dicho muy clarito. Nada de tocar a Alexi hasta que ella no lo disponga, hasta que no se sienta segura con su entorno y su vida. Si tienen que pasar años para eso, pues se tendrá que aguantar.

Katrina discute conmigo sobre el material educativo con el que hay que surtir la Escuela, como ella ha empezado a llamar al palacio de Godoy. Nos encontramos en mi despacho, ella sentada sobre mis rodillas y con una mano aferrada a mi cuello. Con la otra, acciona el “Avance Pag” del teclado para visionar un catálogo de material erótico.

―           No, no creo que sean necesarias “tabletas” para los alumnos. ¡Van a mejorar sus técnicas amatorias, no sacar la hipotenusa de un triángulo! – me negué a su petición.

―           Pero, cariño, con respecto a los triángulos, al menos camas más grandes…

―           Solo las camas de demostración práctica, las demás normalitas, de plaza y media. Katrina, que por mucho que paguen de matrícula, los alumnos no van a venir de vacaciones, sino a trabajar.

―           Que malo eres… pobrecitos alumnos – y empieza a comerme lentamente los labios. ¡Así no hay quien discuta, no te jode!

Basil nos interrumpe, entrando sin llamar. Es un hecho inhabitual en él, por lo que le miro a la cara, y no me gusta lo que veo. Le doy un leve cachete a mi esposa en las nalgas, indicándole que se levante. Katrina estira su falda arrugada al ponerse en pie y sonríe, pillada en falta.

―           ¿Qué pasa, Basil? – le pregunto.

―           Aún no lo sé, pero quería comentároslo – nos dice, pasando un dedo por la “tableta” que trae entre manos. Parece que se han aclimatado muy bien a las nuevas tecnologías. Yo aún aporreo las teclas de mi móvil, que no tiene pantalla táctil, joder.

Basil se sienta frente a nosotros y Katrina lo hace en la esquina del escritorio.

―           Acabamos de recibir esto en la dirección de correo de RASSE.

―           “A quien proceda. Peligra la carga del Miriatz. Asalto programado para esta tarde. Firmado Maat” – giro la tableta y leo el corto correo electrónico.

―           ¿Qué? ¿Qué es eso? – exclama Katrina.

―           ¿El Miriatz? ¿Es un barco? – pregunto a mi vez. — ¿Y quién coño es Maat?

―           No lo sé. También he supuesto que es un barco, así que he mandado un aviso a nuestra delegación en Barcelona, que es la única que tiene contacto con autoridades navales. Estoy esperando contestación – se encoge de hombros Basil. – En cuanto a Maat… puedes buscarlo en Internet.

Me pongo a ello enseguida y el resultado es un montón de fotos de frescos egipcios sobre una de sus antiguas diosas. Maat, al parecer, es el nombre de la diosa de la justicia y del equilibrio del cosmos en el antiguo Egipto.

―           ¿Qué parida es esta? – exclamo, sintiendo como el cabreo sube por mi nuca.

La tableta de Basil lanza un aviso y él la manipula en silencio. Pasados unos segundos, alza los ojos y nos mira.

―           El Miriatz es un carguero mixto, con bandera turca, que ha zarpado del puerto de Odessa y arribara pasado mañana en Barcelona. Parte de su carga la constituyen treinta y dos mujeres con destino a nuestra casa franca – su voz es casi un soplo.

―           ¿QUÉ? ¿Cómo coño…? – salto de mi sillón, haciendo que acabe chocando contra la pared. — ¿Por qué vienen esas chicas en un carguero cuando podemos traerlas legalmente a través de las cooperativas agrícolas?

―           Esta carga era la última de tres viajes pactados con nuestros antiguos transportistas, como compensación a la finalización de sus servicios. Solo se trataba de no interrumpir el flujo mientras los colombianos legalizaban la petición de mano de obra extranjera.

―           ¡Joder, maldita sea! ¿Qué carga trae ese barco?

―           Algunos coches, una bodega de guano tratado, y las chicas.

―           ¡La ostia! ¡Van a por ellas! Es lo único que nos afecta – golpeo la mesa con el puño.

―           ¿Qué les puede pasar? – pregunta Katrina.

―           Se apoderaran de ellas – susurra Basil. – Las venderán baratas para deshacerse rápidamente de ellas y como les han salido gratis, será un buen beneficio. Para las chicas no será nada agradable, pues seguramente serán adquiridas como carne para prostíbulos de la costa mediterránea, o llevadas al interior asiático. En cinco años, habrán muerto o enfermado. Para nosotros supone romper nuestro ciclo de cambio de chicas y tener que volver a iniciar un casting, con el problema añadido que si se corre el rumor, tendremos dificultad en encontrar nuevas chicas.

―           Nuestro sistema de captación para trabajos agrícolas está muy avanzado – responde Katrina. – Según el último informe que he leído, es mucho mejor que el casting habitual que se suele hacer.

―           Sí, es cierto. El sistema nuevo capta en profundidad, analizando las mujeres más dispuestas y las más atractivas. Ofrece un trabajo legal, con papeles en regla, y la posibilidad de acceder a un sobresueldo respecto al ocio – cabecea Basil. – Las mujeres saben cual es la vida que les espera aquí, saben de sus condiciones laborales, y de los incentivos. En un principio, creía que iba a ser un fracaso, pero tenemos más solicitudes que nunca y firman contratos por su propia voluntad.

―           Es mucho mejor decirles la verdad que engañarlas. De esa forma, pueden hacerse a la idea y prepararse para esta vida especial. Van a llegar concienciadas y dispuestas, lo que nos permite elegir las mejores en origen. Es un negocio y hay que invertir en el material básico.

―           Exactamente – me corta mi esposa. – Si seguimos racaneando en la inversión, sucederá lo mismo que a las demás redes de tráfico: material dañado, de segunda calidad, y poco dispuesto a colaborar. ¿De qué sirve? Al final, se pierde dinero por no invertir en una infraestructura de primera hora.

―           Sí, pero volvamos a nuestro problema. No se trata de jodernos, sino de un aviso – me paso un dedo bajo la nariz. – Saben perfectamente que quitarnos las chicas no va a perjudicarnos, salvo en nuestra conciencia, pero nos están diciendo que podemos controlar nuestro territorio, pero no las vías de comercio. Esto es malo, muy malo para nosotros. Hoy son chicas, mañana pueden ser diamantes, o bien maletines con dinero.

―           ¿Quién puede ser? – me aferra Katrina de un brazo, al preguntar.

―           No lo sé – responde Basil. – El apoyo de los cárteles de Colombia y el control que mantenemos en el estrecho han soliviantado a las familias italianas y a los contrabandistas griegos y turcos. Esta gente suele trabajar con Nikola Arrudin, si es que no son socios…

―           Ya sabíamos que la alianza con Gato Bala traería problemas. Controlamos una entrada al Mediterráneo, pero ellos controlan la otra: el canal de Suez – afirmo. – Si pudiéramos hacernos también con ella, el Mediterráneo seria nuestro. Arrudin no obtendría ni beneficios ni envíos, y tendría que utilizar la costa atlántica como ruta marítima, algo muy dificultoso ya que conocemos el celo de las autoridades francesas. Los italianos, griegos, malteses, turcos, y hasta los israelitas tendrían que pactar con nosotros…

―           Sí, toda una utopía – suspira Katrina. — ¿Qué podemos hacer con respecto a esas chicas?

―           Hay que avisar al carguero y que entre al abrigo de algún puerto en espera de que enviemos una escolta – decido. – Encárgate de enviarles un mensaje, Basil.

―           Sí, Sergio.

Basil se marcha y me quedo mirando a Katrina, quien vuelve a sentarse sobre mi regazo.

―           ¿Podremos salvarlas? – susurra.

―           No lo sé, cariño. Haremos lo que podamos, pero…

―           ¿Qué?

―           Le estoy dando vueltas a quien puede ser ese Maat…

Este hecho agria, por sí mismo, todo el día, que se convierte en una sucesión de asuntos turbios y desagradables. Finalmente, estamos sentados todos en el comedor, cenando, cuando el teléfono de Basil da el aviso de llamada. No es normal que Basil porte un móvil a la hora de la cena, pero está pendiente de varias llamadas, así que es perdonable. Me mira mientras asiente y pide a su interlocutor que repita lo que le está diciendo. Le da las gracias y cuelga. Sus ojos me indican que quiere hablar conmigo pero no allí.

―           Suéltalo, Basil. Todos los aquí presentes sabemos perfectamente lo que hace RASSE para ganar dinero – le digo, recorriendo con los ojos a todas las chicas.

―           El Miriatz ha sido abordado antes de llegar al puerto de Rodas por dos lanchas y una patrullera de la guardia costera griega. Se han llevado las chicas.

―           P-pero… ¿La guardia costera griega? ¿Cómo…? – Katrina no puede creérselo.

Todo el mundo se queda callado. Entonces, la furia rebosa finalmente mi mente.

―           ¡MALDITOS HIJOS DE PUTA! – estallo, barriendo con la mano platos y copas, que se hacen añicos sobre el suelo de mármol. — ¡Todos están conchabados con ese mierda de Arrudin, hasta las autoridades! ¡JODER!

―           Así es – responde Basil, suavemente. – Estoy a la espera de recibir noticias de que las chicas se encuentren en una comisaría o en un centro de inmigrantes, pero no tengo muchas esperanzas.

―           ¿Con quién has hablado?

―           Con un contacto del puerto de Barcelona. Le dejé el encargo de vigilar el carguero a través de la red marítima del Mediterráneo, tras enviar el mensaje de aviso. El Miriatz radió el abordamiento de la patrullera, de ahí que se enterara mi contacto.

Se me ha quitado el apetito. Sin hacer caso de la mano que extiende mi esposa, salgo al exterior, rumiando inútiles venganzas contra Arrudin, sin aún tener la confirmación de que esté implicado pero, en mi mente, se ha convertido en el rostro con diana. La noche es calurosa y llena de estrellas. Tratando de sacar algo en claro en aquella situación, inicio un recorrido por una de las rutas para caballo y, poco después estoy llevando un paso largo y rápido mientras mi mente cavila.

Cuando me sereno y regreso a casa, han pasado más de dos horas. Basil está en sus aposentos. Me comunica que no tiene ninguna noticia sobre las chicas secuestradas. No han pasado por ningún control policial. Esos mamarrachos piensan traficar con ellas y no puedo hacer nada.

―           ¡Se acabaron esos transportes! ¿Lo entiendes? ¡Ni aunque se lo debamos al puto Kremlin! Las chicas vendrán en avión, con un pasaje pagado y los papeles en regla, y no se hable más.

―           Claro, Sergio. Así se hará – me lleva la razón, procurando que no me enfade.

Subo al piso superior y echo un vistazo a nuestra sala de ocio. No hay nadie. Todo el mundo se ha recogido en su nido, así que yo también me voy al mío, aunque a disgusto. No tengo sueño pero no quiero estar solo. A ver que está haciendo Katrina…

La verdad, no está haciendo mucho. Más bien está sentada ante el tocador, con las manos sobre su regazo y dejando que Krimea cepille su pelo hasta dejarlo brillante como el oro. Katrina lleva un liviano y cortito camisón, con encajes en la manga sisa y en el borde de la prenda, que debe quedarse a mitad de las nalgas por lo que puedo imaginar.

Krimea, en cambio, luce un pijama veraniego en dos piezas, que casi podría pasar por un bikini. El culote blanco se amolda perfectamente a sus poderosas nalgas morenas, amenazando con estallar. El estrecho top que cumple como sujetador debe de tener mucho trabajo para mantener en su sitio los senos durante los inconscientes movimientos nocturnos. Me mira al entrar en el dormitorio y me sonríe.

―           ¿Estás mejor, cariño? – me pregunta mi esposa, sin menear su cabeza.

―           Sí, he estado andando un rato. ¿Todo el mundo se ha ido a la cama?

―           Ya ves, las has acojonado a todas con tu estallido – se ríe suavemente.

―           ¿Tú también? – le pregunto con tono socarrón.

Se encoge de hombros y me guiña un ojo a través del espejo del tocador.

―           Voy a ducharme. Huelo a tigre…

Me ducho con tranquilidad, repaso mi rala barba ante el espejo y, finalmente, salgo desnudo al dormitorio. Krimea y Katrina ya están metidas en la cama y ocupadas en darse suaves piquitos, ambas de costado, mirándose glotonamente. Es una postura muy habitual en ellas, pues no se cansan de contemplarse y besarse, casi cada noche.

Krimea, prácticamente desde su llegada, ha dormido casi a diario con nosotros, si no en la cama, a nuestros pies. Aunque se ofreció a los dos como sumisa, es mi mujer quien lleva el control y dominio de esa situación, y la mulata está sumamente maravillada por ello. Pienso que a Katrina le viene estupendamente el caso, ya que no ha vuelto a retomar su antigua actitud de ama terrible. Con lo que extrae de la sumisión de Krimea tiene bastante para atemperarse.

“¿Quién diría que una mujer como Katrina podía cambiar hasta ese extremo?”

―           ¡Lo que hace el amor y la mano dura!

“Por la mano dura no conseguí más que se reprimiera, pero no cambió.”

―           No cambió contigo, cachorro, pero con tu hermana, Elke y Maby… ¡Vaya si cambió! ¿O no te acuerdas ya de las veces que las sorprendiste?

“¿Y ahora, qué hacemos ante esto?” – pregunto, señalando a las dos hembras que entrecruzan sus largas piernas sobre la cama.

―           ¿Te tengo que hacer un boceto? ¡Salta sobre ellas y dales duro!

 

Si lo dice Rasputín, habrá que hacerlo, ¿no?

En cuanto me acerco a la cama, Katrina rueda sobre Krimea, intercambiando la posición y dejándome más espacio en la cama. Me tumbo a su lado, deslizando un dedo por el dragón tatuado en la espalda de la mulata, quien se estremece al contacto de mi apéndice.

―           Preciosa, haz que Sergio olvide lo ocurrido esta noche – susurra mi mujer a nuestra amante.

Krimea se gira, dándole esta vez la espalda a Katrina y me echa los brazos al cuello. Clava sus ojos en los míos y deja asomar la puntita de su lengua entre esos endiablados y gruesos labios, prometiéndome todas las travesuras del mundo. Las manos de Katrina se deslizan por los costados, ascendiendo hacia los senos de Krimea, apoderándose de ellos con ímpetu. Con un quejido, Krimea alarga sus labios y busca los míos. Hundo mi lengua en su fresca boca, sin espera. Ella la aprisiona suavemente con los dientes, juega unos segundos con ella, succionándola con el terciopelo de sus labios.

Los dedos de Katrina se entretienen en empitonar los oscuros pezones mientras me contempla, con la barbilla apoyada en uno de los hombros de Krimea. Intento sonreírle con los ojos, ya que tengo la boca ocupada. Es un rato difícil, pero creo que lo consigo pues ella me devuelve la sonrisa. Subo una de mis manos para juguetear con sus dedos y con los senos pujantes de la mulata, quien ya rebusca afanosamente con su lengua contra mi paladar. Krimea posee una de esas lenguas hechas para el vicio más exquisito. Ancha y muy rosada, con una agilidad increíble que la permite enroscarse sobre casi cualquier superficie. Yo lo sé y Katrina también, por eso mismo la atrapa por el frondoso moño que Krimea suele hacerse para irse a la cama y tira con fuerza de él, echándole la cabeza hacia atrás.

La lengua de Krimea abandona mi boca y se queja deliciosamente. El puño de Katrina conduce su cabeza hacia mi verga solitaria y su mano me soba con ternura, llevando mi sexo a su boca.

―           ¡Sin manos, putona! – sisea mi mujer. – La única que toca esa polla soy yo…

Krimea suelta mi pene y se aplica solamente que con labios y lengua. Los sonidos de aspiración me enervan, excitándome. Katrina se inclina sobre mí y une nuestras bocas, sin soltar el moño de la estadounidense. Hundo mi mano en la cabellera de Katrina, endureciendo el largo beso. La lengua de Krimea recorre toda la longitud de mi sexo, ensalivando deliciosamente la piel. Ni que decir que ya no me acuerdo del Miriatz, ni de las chicas raptadas.

―           Quiero follarte la primera – susurro a Katrina. Ella me sonríe y lame la punta de mi nariz.

―           Estoy tan cachonda que me correré enseguida… amor. Prefiero que te la folles y que la negrita me lo coma bien. Después me lo harás, sin prisas, toro mío.

A veces puede ser tan soez como un camionero, pero sabe como ponerme en el límite. Aferro la cabellera de Krimea y aparto su boca de mi glande. La coloco de bruces e introduzco la almohada bajo su pelvis, poniendo sus nalgas ofrecidas. Saco el culote a lo largo de sus piernas y noto como suspira de deseo. Katrina hace lo mismo con el sujetador para luego arrancarse el camisón ella misma y situarse al alcance de la boca californiana. Mi pene gotea con la cantidad de saliva que Krimea ha dejado en él. Paso mis dedos entre las piernas de la mulata, haciendo que se abra de piernas y casi pierda la compostura entre las caderas de mi esposa. Vuelve a lamer la vulva que más desea en el mundo, saciándose con el salado sabor de una vagina epicúrea y muy clasista, diría yo.

Krimea está totalmente preparada para mí, con el sexo rezumando jugos y latiendo sordamente por el deseo. Me cuelo en ella como el estoque de un matador, deslizándome en un coño hecho para recibirme. De todas mis chicas, Krimea es quien se ha amoldado mejor a mi tamaño. Puedo enfundarla algo más de la mitad de una sola estacada, algo que le encanta, a decir verdad. Gime largamente al notar la dura intrusión que la abre fieramente y levanta sus nalgas para enardecerme, todo ello sin dejar de lamer a mi esposa.

Me muevo sin brusquedades, adoptando un ritmo sereno y suave, que conduce mi miembro cada vez más adentro. Contemplo la increíble expresión de placer que se adueña del rostro de Katrina; como sus ojos se entrecierran, se achinan, aún intentando mirarme, pero ya desenfocados. Una de sus manos se cierra con fuerza sobre la cuantiosa mata de pelo que corona la cabeza de su sumisa, obligándola a incrementar la presión y el ritmo. Sus fosas nasales se dilatan, buscando más oxígeno, y su pequeña boca adopta un mohín lloroso, entreabierta, y jadeante.

Katrina se está corriendo en silencio y es consciente de que yo lo sé. Me encanta.

Pudiendo disponer de la mulata a placer, la clavo profundamente, retirando mi polla lentamente, deslizándola por sus húmedas paredes vaginales, para volver a enterrarme hasta el fondo con una riñonada que arranca, cada vez, un quejido placentero.

―           Oooh… my God… me p-artes en dossss… mi dueño – susurra, la nariz doblada sobre el pubis de Katrina.

―           Voy a… intentar sacártela por la… boca, perrita, e intentar follarme también a Katrina, de la misma… tacada – murmullo, con los dientes apretados.

―           Sería muy feliz si lo consiguieras – jadea.

―           Pero te empalaría de muerte, tonta – se ríe Katrina, participando en la broma.

―           No me importaría… m-morir si consiguiera daros el p-placer más sublime – y creo que es totalmente sincera en su confesión.

Como muestra de agradecimiento, tironeo de sus pezones hasta el límite, haciéndola gritar y agitarse. Está empezando a delirar de gusto, babeando sobre la rubia. Aumento el ritmo y le meto dos dedos en el culo. Krimea reacciona emitiendo unos hipidos entrecortados. Le doy más duro y ya grita. Katrina sonríe y se relame como una tigresa hambrienta. Acaricia el desmadejado moño de Krimea y acaba mordiéndose el labio con ese gesto de puta traviesa que me encanta, mientras la morenaza se corre, emitiendo gorgoritos de puro éxtasis.

―           ¡No te corras dentro! Deja que nos la bebamos, amor mío – suplica Katrina, con voz enronquecida.

La saco a toda prisa, pues estoy a punto de soltarlo todo, y avanzo de rodillas mientras las chicas se ponen en situación. Katrina no hace más que tocarme con su cálida lengua y me derramo como una fuente rota. Inundo su lengua y salpico su mejilla y nariz. Debe retirarse para tragar y Krimea ocupa su lugar, repasándome todo el cipote con la lengua y acogiendo los últimos fogonazos. Katrina la deja limpiarle la cara a lengüetazos y ambas se ríen, felices.

De ahí a pasar a intercambiar sus lenguas, hay un solo paso. Las contemplo, echado sobre el costado y la cabeza apoyada en una mano. En cinco minutos, estaré dispuesto para desfondar a la rubia, seguro. Así que me dejo llevar por el espectáculo…

* * * * *

Estiro las piernas en el espacioso hueco de la sección bussiness del vuelo que nos lleva a Lisboa. Al poco, la atractiva auxiliar de vuelo me alcanza una copa de frío champán. Me sonríe como una loba y le devuelvo el gesto. La exuberante morena con gorrito de fieltro de la TAP Portugal se aleja meneando con garbo sus potentes caderas.

―           Nos hubiera saltado encima de estar solos.

―           No sigas, no pienso hacerlo de pie en el baño.

―           Joder – y su tono es de desilusión. El pobre piensa que está muy falto.

Agito la copa en dirección de las chicas, dos asientos más atrás, en la otra hilera. Denisse me lanza un beso volado y Nadia alza su Martini, en respuesta. Aún sigo molesto por la perdida de nuestras chicas en el Mediterráneo. Ha pasado una semana y no hemos podido seguir su pista. La corrupción estamental consigue estos agujeros negros, por desgracia.

Según Ras, eso solo ha sido la punta del iceberg. Me gustaría que se equivocara, pero estoy de acuerdo con él. Estamos a punto de sufrir una nueva oleada de asaltos y acciones de guerrilla. He reforzado la seguridad en los clubes pero no puedo hacer gran cosa fuera de eso, solo esperar.

La cita que Denisse mantenía con el ayuntamiento de Lisboa me permite dejar un poco de lado toda esta cuestión. He pretendido que Katrina nos acompañase pero prácticamente se pasa el día en Aranjuez, dirigiendo con mano de hierro el equipo de decoración. La Escuela está a punto de terminarse y no hay manera de sacarlas de allí, a ella y la Dra. Garñión. Así que me dio un tierno besito, una palmada en una nalga, y me puso rumbo al aeropuerto, junto a Denisse y por supuesto Nadia. No he querido llevarme a más hombres, pues solo vamos a estar un día y una noche, y no saldremos del ayuntamiento o del hotel.

La reunión va a tratar de ideas preliminares. El gobierno local quiere saber qué pretendemos construir allí y su potencial para la zona. Lo típico. Habrá que dar unas palmadas, inflar unas cifras, apretar unas cuantas manos, y prometer lo que haga falta. No soy demasiado ducho en eso, pero Denisse es toda una fiera en manejar este tipo de cotarro, así que no me preocupo demasiado.

Me trago el contenido de mi copa y la levanto ante la mirada de la auxiliar, la cual no me quita el ojo desde su puesto en el office que nos separa de la clase turista. Dios, es una gozada contemplar como se menea al acudir, portando la botella de champán.

―           Deberías dejar la botella aquí para no molestarte – le susurro mientras escancia la bebida.

―           No me importa. Usted llame las veces que desee. Me encanta servirle – me responde, volcando su cálido aliento sobre mí.

Contemplo de reojo mis chicas. Están charlando muy animadas y Denisse no deja de reírse con las ocurrencias de la colombiana. Su lenguaje corporal me indica que se sienten cada vez mas cómodas entre ellas, aunque según los pajaritos de la mansión, solo se han acostado juntas en una ocasión, hace un mes. Creo que ha nacido una buena amistad entre ellas y me alegro sinceramente.

El ejecutivo que se sienta a su altura, en mi hilera, lleva admirándolas desde que despegamos. La verdad es que no es para menos, tanto la albina como la latina se merecen un altar y eso que van vestidas para trabajar. Sí, al menos no provocan, que ya es algo…

Veinte minutos después, sobrevolamos el aeropuerto de Portela, muy próximo a la ciudad. Tras pasar por control de aduana, nos espera un joven secretario, muy bien vestido y con el oscuro pelo engominado. Mientras se dirige a nosotros, no deja de saltar sobre la punta de sus zapatos, como si se estuviese meando y no quisiera decirlo. Nadia se ríe y hace temblar sus manos en el inequívoco gesto de que el joven está nervioso. Nos hace subir a una limusina con chofer que nos espera a pie de puerta y nos dirigimos hacia el centro de Lisboa.

El ayuntamiento se ubica en la plaza del Municipio, muy cercana a la Plaza del Comercio, y es una bella estampa con su fachada de gran dintel esculpido en piedra blanca, sus tapices colgando de la balconada, sin olvidar el empedrado a dos colores del suelo de la plaza. Grandes carpas sombrean varios parterres de plantas que se reparten ante el consistorio. Todos los edificios de la pequeña plaza son del mismo estilo, aunque no tan pomposos como el propio ayuntamiento. Según nuestro nervioso acompañante, el ayuntamiento se construyó sobre un palacete que ardió en 1863.

―           ¡Como si me importara una mierda! – masculla Ras.

Durante toda la mañana, veo mucho interés por nuestro proyecto en los distintos personajes que nos acogen. Hay consejeros de partido, abogados, varios banqueros, un par de políticos regionales y, por supuesto, el equipo de gobierno local, encabezado por la señora alcaldesa. Absolutamente todos me agasajan y me sonríen como fieras hambrientas, esperando mis palabras y, por lo tanto, la confirmación a los rumores que ya recorren la ciudad. No me extiendo demasiado, no es lo mío, pero les garantizo que va a tratarse de un parque temático histórico, con gran repercusión académica y turística. Generará bastantes puestos de trabajo directo e indirecto y aumentará enormemente la oferta cultural de la ciudad para el turista medio.

Compruebo la satisfacción y el alivio que embarga a todo el mundo y dejo a Denisse que se ocupe de las cuestiones más técnicas. La alcaldesa, señora Fontana da Silva, se enlaza a mi brazo y me aparta de los demás, con la excusa de probar uno de los aperitivos. Ronda los cincuenta años y tiene figura de ánfora preñada, pero irradia simpatía y optimismo. Su cabello está bellamente tintado de un suave caoba y recogido en un pulcro tocado ejecutivo. Es elegante y refinada, y posee un pequeño tic que la hace parpadear tres veces seguidas cada pocos segundos.

―           Este proyecto es importante para la ciudad, señor Talmión – musita mientras brindamos, con un perfecto castellano que me hace suponer que ha estudiado en alguna de nuestras universidades.

―           Lo sé, son tiempos apremiantes para todos. Estos puestos de trabajo salvarán a muchas familias.

―           Sin duda, pero no solo me refiero a eso. Lisboa tiene un buen turismo cultural y nuestro litoral, aunque no puede competir con Andalucía, se defiende. Sin embargo, no es suficiente oferta para esa clase de visitante que busca algo diferente.

―           En él hemos pensado al desarrollar este proyecto. Un visitante dinámico, maduro, de clase media-alta, abierto de miras, y que no suele viajar con esposa ni familia. Turista de fin de semana, podríamos decir.

―           Veo que nos entendemos. Así que no se preocupe por nada, que aquí le vamos a dar toda clase de facilidades y ayuda, ¿me comprende?

―           A buen entendedor, pocas palabras bastan.

La mujer se ríe y vuelve a topar su copa con la mía. Es toda una garantía contar con el apoyo pleno del gobierno local. Se necesitarán muchos permisos e inspecciones técnicas para levantar lo que pretendemos. Claro está que no sabrán nada, al menos de forma oficial, de lo que pensamos ofrecer como extras. ¿Seguiría riéndose doña alcaldesa si lo supiera?

Nos alojamos en el hotel Avenida Palace, un edificio antiguo (del siglo XIX) que se encuentra al final de la avenida da Liberdade. Una de sus fachadas da a la Plaza de los Restauradores y tiene vistas al castillo de San Jorge. Una joya en pleno centro de Lisboa y os aseguro que la cobran, sin embargo el servicio es magnífico y muy detallista.

He tomado una suite con dos dormitorios. El recepcionista no dejaba de lanzar discretas miradas a mis chicas, preguntándose cual sería su relación conmigo. La suite es todo cuanto se puede esperar de un lujoso hotel con ese prestigio. Muebles clásicos, bien conjuntados, colores cremas y anaranjados para las cortinas, y muchos detalles decorativos, como hornacinas con jarrones y algunos bustos. La suite está bien climatizada, ya que el verano ha llegado a Lisboa y el calor aprieta en sus calles. No tenemos hambre después de los surtidos aperitivos que hemos tomado en el ayuntamiento, sin hablar del vino que hemos bebido. Así que las chicas se han tumbado un rato en la cama y yo en uno cómodo sofá, y hemos dormido una buena siesta.

Me despierto el primero y estoy sudando, a pesar de la suave brisa del climatizador. Me meto en la ducha y acciono el grifo del agua fría y resucito rápidamente. Tomo uno de los albornoces del hotel, de un tono amarillo tostado, y me lo ato a la cintura. Entro en el dormitorio y me siento en el filo de la cama. Nadia no se ha desnudado para dormir, tan solo se ha quitado los zapatos. La camisa salmón que porta se ha arrugado considerablemente y tiene los bajos del pantalón subidos sobre sus pantorrillas. En cambio, Denisse se ha despojado de su traje ejecutivo, durmiendo en ropa interior. Me inclino sobre ella y deposito un suave beso sobre los finos labios fruncidos. Despierta enseguida, parpadeando. Cuando fija la vista en mí, sonríe coquetamente.

―           Estoy famélico – susurro.

―           Y yo – asiente.

―           ¡Pues anda que ésta que escucha! – exclama Nadia, incorporándose. Nos reímos con ganas.

―           Voy a pedir que nos suban café y té, así como un buen surtido de…

―           Lo que sea pero sin azúcar – advierte Denisse.

―           Sí, está echando caderas – la pellizca Nadia en una nalga, haciéndola saltar. — ¿Tú ves que se esté convirtiendo en una foca?

―           No y sigue siendo la abogada más sexy de todo Madrid – respondo.

―           Pardieu! ¡Antes lo era de todo Paris! – exclama Denisse, levantándose de la cama y metiéndose en el cuarto de baño.

―           ¡Espera, Denisse! ¡Déjame sitio! – Nadia sale corriendo detrás, dejando su blusa en el suelo.

Descuelgo el teléfono y llamo a recepción, encargo panecillos integrales, aceite, un bol de frutas troceadas, miel y algunos bollos y pasteles, así como café y té. Diez minutos más tarde, las chicas salen del baño, imitándome, aunque sus albornoces son más pequeños y tirando a yema.

Llaman a la puerta y Nadia deja pasar al camarero que empuja una mesita con ruedas, cubierta de un paño inmaculado. El hombre, de mediana edad, mira de reojo la larga pierna que Denisse deja al descubierto, sentada en uno de los sillones. ¡Estas chicas son puras exhibicionistas! Añado una buena propina y firmo el recibo.

Mientras merendamos, le pregunto a Denisse qué piensa sobre la reunión que hemos tenido en el ayuntamiento. Ella está satisfecha por el interés que demuestra el gobierno local. Le cuento lo que la alcaldesa me ha dicho y Denisse palmotea.

―           ¡Mejor, mucho mejor! – exclama. – Si los técnicos del ayuntamiento no ponen demasiadas pegas al primer borrador, se pueden iniciar los movimientos de tierra a finales de verano, incluso antes.

―           Primero hay que disponer de un proyecto en firme – la freno. – Tenemos la idea, pero no hay nada concreto. Quiero hablar con Muñiz. Puede que acepte el encargo, o bien nos indique algún colega que se especialice en este tipo de edificación.

―           Sí, tienes razón – asiente ella, devorando un panecillo cubierto de aceite. – Además, no disponemos de suficiente liquidez para acometer un proyecto semejante. Habrá que solicitar unos créditos…

―           Lo sé. Ya he hablado con Basil sobre ello. Tenemos una reunión con el Banco Comercial Portugués la semana que viene. Ya veremos qué nos dicen.

―           No creo que pongan demasiadas pegas. La contabilidad de los clubes es muy boyante – afirma ella.

―           Ya, pero necesito un presupuesto ajustado y, para eso, hay que saber perfectamente qué coño se va a construir y, sobre eso, no hemos pensado aún nada de nada.

―           Me apetece un masaje – nos interrumpe Nadia. — ¿Te apuntas, Denisse?

―           Sí, estaría bien.

―           Voy a llamar a recepción para que nos den hora – Nadia se levanta del sillón y se dirige hacia la mesita donde se encuentra el teléfono.

―           ¿Por qué no les pides una de sus sábanas impermeables y algo de aceite, en vez de una cita? – insinúo suavemente.

―           ¿Para qué queremos eso? – me pregunta Nadia, deteniéndose.

―           Porque así os podría dar yo ese masaje. No podéis imaginaros las manos que tengo – le dedico una enorme sonrisa.

―           ¡Santos apóstoles y mártires! – exclama Ras, con sorpresa.

―           ¿Tú? – me señala Nadia.

―           Yo.

La colombiana intercambia la mirada con Denisse y ésta sonríe pícaramente.

―           Está bien… el jefe nos va a hacer un masaje – acepta, descolgando el auricular.

―           ¡Bieeeeen! ¡Vamos a follarnos la colombiana! – a Ras solo le hace falta hacer la ola.

Ras llevaba mucho tiempo esperando un momento así, en el que pudiera sobar y hasta beneficiarse a la latina, y para que negarlo, yo también. ¿Por qué había dado este paso cuando me había pasado todos esos meses sin mover pieza? No lo sé. Quizás un impulso, quizás me había cansado de esperar. De todas formas, he sugerido empezar con un masaje para disponer de ciertas opciones. No quiero que Nadia se encabrone conmigo si no acepta que la toque.

Mi experiencia con los masajes se remonta a las friegas que padre necesitaba para su lumbago. Yo era quien podía apretar sus lumbares con más fuerza, así que madre me enseñó lo que sabía para ello. También tuve que masajear la pierna de Pam para rehabilitarla de su caída en la estación de esquí de Chamonix. Por otra parte, he recibido suficientes masajes, tanto relajadores como de rehabilitadores, que no creo ser ningún profano en la materia.

Una de las camareras de piso nos trae lo necesario. Cubro la cama con la gran sábana impermeable, dejando las almohadas dispuestas a media altura, y les digo a las chicas que se tumben de bruces, desnudas y codo contra codo. Denisse obedece de inmediato, acostumbrada a mis juegos y caprichos. Deja que el albornoz se deslice por sus brazos, hasta quedar abandonado a los pies de la cama. Muestra un estrecho culote de color marfil que ciñe sus caderas. Con prontitud, lo baja por sus piernas quedando desnuda. Se arrodilla sobre la cama y avanza hasta tomar posición sobre la almohada. Entonces, se deja caer de boca, dejando los brazos estirados hacia atrás, a ambos lados del cuerpo. La almohada queda sobre la parte superior de su pecho, bajo las clavículas, y ella deja caer su cuello para apoyar su cabeza sobre la sábana. Gira el rostro para mirar a su compañera por encima de su hombro.

―           Vamos, Nadia – susurra.

La colombiana inspira hondamente y la imita, despojándose del fino albornoz, y tumbándose al lado de su amiga, de la misma forma y condición. Nadia gira el rostro hacia el de Denisse, quedando ambos de perfil, y se sonríen.

―           Hola, guapa – comenta Nadia alegremente.

―           Hola – musita Denisse, antes de fruncir los labios y besar levemente la punta de la nariz de su amiga.

Contemplo aquellas cuatro nalgas perfectas que se muestran magníficas a mis ojos, mientras también hago caer mi albornoz. Las de Denisse son algo más amplias que las de Nadia, así como más redondas, blancas y muy atractivas. La colombiana es mucho más morena de piel, no solo por ser latina, sino porque Denisse es blanca como la leche por su albinismo. Así mismo, las nalgas de Nadia respingan más y están mucho más firmes, debido al ejercicio diario.

Sin embargo, las desnudas espaldas forman un espléndido descenso nacarado, como si se tratase de largas rampas para saltos de esquí, verdaderas pistas de piel en vez de nieve. Las cinturas se estrechan perfectamente antes de dejar paso a las redondeadas caderas y remontar en una vertiginosa ladera. Las piernas se estiran, largas y rectas; las caderas en contacto, al igual que sus manos están unidas, la derecha de Denisse, la izquierda de Nadia. El empeine de los pies posado sobre el blanco lino, las plantas ofrecidas ante mis ojos, enrojecidas por el roce de las alfombras.

La nuca rapada de Denisse atrae mi visión. Siempre he dicho que sería el sitio idóneo para lucir un pequeño tatuaje tribal, pero sé que en su profesión las marcas corporales no son bienvenidas. me quito el albornoz, quedando totalmente desnudo. No consigo fijarme en si me están mirando o no. Dejo caer un buen chorro de aceite con aroma a canela y limón sobre las espaldas de las dos y cabalgo las nalgas de Denisse con confianza. Mi pene se apoya sobre sus riñones. Comienzo a deslizar mis manos por sus omoplatos, pellizcando suavemente sus hombros y la base de su cuello.

―           ¿Cómoda? – le pregunto y ella asiente sin decir nada, tan solo sus ojos fijos en los de su compañera.

Embadurno su baja espalda antes de cambiar de cuerpo. Me coloco a horcajadas sobre los glúteos de la latina y noto como se envara cuando mi miembro se despliega sobre su piel. Sin embargo, no hace ningún otro gesto hostil. Mis manos se atarean sobre sus hombros y descienden por el canal de su espalda con mucha suavidad.

―           ¿Molesto? ¿Peso demasiado?

―           No, Sergio – me responde e intenta mirarme por el rabillo del ojo.

Vuelvo a cambiar de cuerpo y me dedico a masajear en serio, estirando los músculos dorsales, aflojando la tensión del esplenio y del serrato superior, y hundiendo con los nudillos el músculo longísimo del tórax. Denisse gime largamente, cerrando los ojos.

―           ¡Que bueno, Sergio! – musita.

Cambio de chica y le doy el mismo tratamiento a Nadia, solo que en ella insisto también en el trapecio y en el romboide mayor. Nadia no gime, pero se muerde el labio con disimulo. Las manos de las chicas, las que tenían unidas, se dedican ahora a acariciar mi pierna desnuda.

Un nuevo cambio de chica y me dedico a estirar lentamente las vértebras, a pulsar las lumbares y manipular los extremos del músculo oblicuo del abdomen. Esta vez debo sentarme sobre la parte posterior de los muslos de la albina para disponer de espacio, pero no por eso dejo de juguetear con mi pene, que está más que morcillón ya. Debido a los movimientos de mis manos y codos, mi miembro no deja de frotarse sobre las cálidas y redondas nalgas de Denisse y sorprendo a Nadia mirando con interés.

Cuando le toca su turno, ya no existe envaramiento alguno en su cuerpo, quizás debido por el leve toque de basilisco que la ha atrapado. Solo ha sido para que se relaje, ya que Nadia está dispuesta a la experiencia. ¿Qué cómo lo sé? Si no la hubiera deseado, lo habría dejado muy claro, tenedlo por seguro.

El masaje se vuelve más sensual cuando me dedico a los glúteos y tras frotarlos y enardecerlos compresivamente con ambas manos, me dedico a ellos, a ambos traseros, a la vez, una mano en cada uno. El aceite chorrea por el canal, irrigando los estremecidos anos y escurriendo a los lados de las palpitantes vulvas. Esta vez, el gemido parte de ambas gargantas. Las chicas permanecen con los ojos cerrados, totalmente relajadas y abandonadas en mis manos. Supongo que esto es mejor que el masaje de un profesional, ya que conmigo pueden entregarse sensualmente a las sensaciones, sin vergüenza alguna.

Mis dedos se hunden en esas simas inexploradas, aumentando el bochorno que sienten. Mis índices circundan los esfínteres, empujando suavemente, rotando, y acariciando hasta que los apretados anillos se rinden y se abren ante mí. Es una sensación tan maravillosa, tan gratificante… al menos a mi entender.

Ni siquiera rozo sus sexos. Mis manos descienden por las caras internas de los muslos, añadiendo más aceite y más calor. Los de Denisse se estremecen cuando desciendo y ella alza las nalgas con urgencia.

―           Guarrilla… ¿ya la quieres dentro? – musita Nadia, mirándola a través de sus pestañas entrecerradas.

―           Sí – suspira la francesa con otro estremecimiento.

―           Pues aún no he acabado – mascullo, cambiando a los muslos de Nadia, tras haber embadurnado a su compañera hasta la rodilla.

En cambio, Nadia no se estremece cuando acaricio y araño suavemente la cara interna de sus muslos, pero se abre de piernas como una puerta con los goznes cedidos. No creo que le haga ascos a un hombre en este momento, y menos a mí.

Me dedico a las corvas y los estilizados gemelos de Denisse, frotando su talón de Aquiles, afirmando el astrágalo, y embadurnando cada dedo. Mimo la sensible planta de los pies con mucho cuidado y deposito en cada una un beso que las hace reírse por las cosquillas.

―           ¡Media vuelta! – las insto y no se lo piensan, mostrándome sus exquisitas desnudeces. – Ahora os toca a vosotras…

―           ¿Quieres que te demos un masaje? – pregunta Denisse, alzando una ceja.

―           No, quiero que vosotras completéis este masaje. La parte delantera de vuestros cuerpos es tarea vuestra.

―           ¿Qué harás tú? – inquiere Nadia, con una mueca burlona.

―           A ver, ¿qué coño crees que haré? Pues miraros, por supuesto. Esto va a ser la leche…

Con una risita, Denisse se incorpora y toma el bote de aceite. Se arrodilla al lado de Nadia y empieza por encima de las rodillas, donde aún quedan partes de la piel a secas. Pellizca los largos músculos sobre el fémur y talla delicadamente la firme carne. Sus dedos ascienden por las ingles, dibujando oleosas y sinuosas sendas sobre los huesos de la cadera, que sobresalen temblorosos, lanzados hacia delante por el ansia.

Con dulzura, la abogada se atarea sobre el duro y plano vientre, detallando con la punta del índice la invisible división de los abdominales. Las palmas de sus manos comprimen los músculos oblicuos con un movimiento de presión y separación, haciendo que el pubis de Nadia tiemble.

Con un suspiro, la francesa llega a la zona de la cual no ha quitado la vista desde que ha empezado con el masaje: los perfectos pechos de Nadia. La colombiana la mira y pasa la punta de su lengua por el labio superior, en un gesto mudo de permisividad y complacencia. Denisse forma dos copas con sus manos y las coloca sobre los senos latinos que, en ese momento, son más puntiagudos que nunca, debido a la dureza de los pezones.

―           Más fuerte – susurra Nadia.

Denisse abre los dedos de sus manos y atrapa los senos, como si se tratase de dos garras, hundiendo sus dedos en la blandura. Nadia alza su tórax como queriendo entregarlo al tormento y su compañera se decide por apretar los pezones con tanta fuerza como puede. Detecto el esfuerzo que hace la colombiana para no chillar. Cierra la boca con determinación y no deja de mirar a Denisse, a pesar de que dos lágrimas se escapan de sus párpados inferiores.

La abogada recompensa su valentía, inclinándose hasta tomar uno de los pezones entre los dientes. Lo succiona, lo rechupetea, y lo mordisquea delicadamente, inflamándolo aún más. Nadia sube una de sus manos hasta los huérfanos senos de Denisse, que penden necesitados. En cuando siente la cálida caricia, su boca se lanza al encuentro de los labios de la colombiana y, en ese momento, creo que se olvidan de cuanto las rodea.

El masaje ha dejado de tener importancia, mi presencia no es relevante, y no creo que ni siquiera se acuerden de que están en otro país. Solo importa la unión de sus labios, la sedosidad que se comparte durante un segundo, hasta que las bocas vuelven a morderse mutuamente, en un puro intento caníbal. La invasión de una lengua glotona que no le importa la amenaza de las blancas piezas que defienden la entrada, el desalojado reguero de saliva que se desliza como el necesario aceite entre piezas de un motor y que acaba goteando sensualmente de la barbilla femenina.

No hay nada más hermoso que las bocas de dos mujeres hambrientas de besos enredadas en su pasión.

Denisse acaba tumbándose sobre el cuerpo de Nadia, luchando contra el deslizamiento del aceite que las obliga a abrazarse con más fuerza. Sus piernas se enredan, se aferran las unas a las otras, buscando apoyo y tracción, al menos suficiente para unir sus pubis y frotarse. La francesa consigue introducir una de sus manos entre los cuerpos casi fusionados y descenderla por el pubis de su amante, buscando su sexo con urgencia. No puedo distinguir si alcanza su objetivo, pero Nadia la muerde en el cuello, quizás como respuesta.

Finalmente, ruedan de un lado para otro hasta que organizan otra figura para amarse más intensamente. Denisse sigue estando sobre su amiga, pero esta vez su cabeza pende entre las piernas de Nadia. La colombiana, a su vez, tiene al alcance toda la entrepierna de su partenaire. Un bello sesenta y nueve al que voy a asistir. Las bocas, tan glotonas como siempre, se abalanzan ahora a abrirse paso entre otros labios diferentes pero igualmente apetitosos. Las lenguas se despliegan en todo su esplendor, buscando llegar a rincones de donde extraer nuevos sabores excitantes. Los muslos se abren, aceptando instintivamente un cuerpo que promete el éxtasis absoluto.

Al cabo de un par de minutos, Nadia comienza a arquear su cintura, mientras que las nalgas de Denisse son agitan y contraen locamente. Están a punto de correrse y no pienso permitirlo. Me coloco detrás del blanco trasero de mi abogada, de rodillas. Le doy una buena cachetada a una nalga, arrancando un grito de sus labios. Le acabo de cortar el orgasmo, me digo, sonriendo.

Denisse alza la cabeza y me observa por encima del su hombro. Jadea pero no se queja; ha comprendido lo que pienso hacer. Froto mi glande contra sus nalgas, sobre su vulva, dando lentos punterazos al aire. Supongo que Nadia ha dejado de lamer su sexo y está contemplando mi miembro muy de cerca, ante sus ojos. Entonces, me toca sorprenderme a mí.

Una cálida y húmeda lengua recorre toda mi polla, con un largo reguero de saliva. Mis huevos rebotan sobre un rostro que no puede ser otro que el de la colombiana. ¿Se ha decidido de una vez? ¿Ha superado su fobia? Debe de ser así, porque me la está mamando… y con ganas además.

Por su posición, Nadia no puede mejorar su lamida, pero si pone mucho énfasis en humedecerla completamente. Siento como sus dedos acarician mis testículos y ascienden por mi perineo hasta mi esfínter. ¡Coño, como se suelta la tía! ¡De reprimida a putón en segundos!

―           ¡Por Dios, méteme esa polla de unan vez, Nadia! – farfulla Denisse entre sus muslos.

La mano que me aprieta los huevos se desplaza hasta el tallo de la polla y guía el camino hasta la vagina de Denisse. ¡Como si me hiciera falta! Empitono a mi abogada con ganas. Hace semanas que no follamos y no se puede tener a una mujer así desatendida demasiado tiempo. Denisse gime desaforadamente, temblando bajo mis envites que, poco a poco, están llevando mi miembro a topar con su cuello uterino.

Nadia se entretiene mientras tanto en acariciarme las nalgas y lamer el clítoris erecto de Denisse.

―           Putain de chienne! ¡Me vais a… m-matar de gustooooo! – gime la francesa, apoyada en las rodillas de su amiga. – Aaaahhahaa… joder, j-joder… no puedo más…

Denisse se agita como un reo en la silla letal. Todo su cuerpo tiembla y se mueve, sin control. Sus manos escapan del apoyo que tiene en las rodillas de Nadia y queda desparramada sobre el cuerpo de su amiga, con la boca apretada contra uno de los muslos. Verla correrse así hace que yo también me dispare, llenando su vagina con una larga emisión.

Nos quedamos transpuestos unos segundos, jadeando y recuperando la consciencia.

―           ¡Sacadme de aquí, cabrones! ¡Me está goteando todo en la cara! – la ahogada voz de Nadia nos devuelve a la realidad.

Con una risotada, levanto a Denisse y la hago rodar a un lado. Nadia se pone de rodillas señalando el semen y los jugos que han caído sobre su frente y pelo.

―           ¡No es de coña! ¡Mira donde está tu asqueroso semen! – grita frente a mí.

―           No te preocupes, tonta, yo te lo limpio – Denisse le echa el brazo por los hombros y la atrae hacia ella. – Mira, problema solucionado.

Con un par de lengüetazos, Denisse se lo ha tragado todo y le sonríe. Nadia mantiene una expresión de asco que resulta ser bastante cómica.

―           Creo que lo que te pasa es que no se ha corrido – sentencia Denisse, sin perder la sonrisa.

―           ¡Claro que no me he corrido! Estaba a puntito cuando el señor ha decidido entrar en lidia y montarte…

―           ¡Bien que me las lamido a fondo! – me defiendo.

―           ¿Y qué esperabas? ¿Qué dejara que se la metieras en seco? ¿A mi pichunga? – gritó más alto la colombiana.

―           ¿Pichunga? – me quedo a cuadros, muerto de risa.

―           ¡Mi novia, coño! ¡Joder, me obligáis a decirlo todo! – Nadia se cruza de brazos, con expresión enfurruñada, que me hace reír aún más.

Denisse, con los ojos muy abiertos, la toma de las manos, descruzando sus brazos y mirándola a los ojos. Las dos están de rodillas, encaradas, con el rostro encendido.

―           ¿De verdad quieres que sea tu novia? – pregunta la abogada, muy bajito.

―           Solo si estás de acuerdo. Me gustaría muchísimo que lo intentáramos, Denisse. Llevo pensándolo varias semanas…

―           Oh, claro que sí, Nadia, cariño… por supuesto que quiero…

La francesa se abraza a la colombiana con fuerza, con los brazos al cuello y besando sus mejillas. La expresión sombría de Nadia se diluye enseguida, apareciendo una radiante sonrisa que hasta me emociona a mí. Pasa sus manos a la espalda de Denisse y la aprieta contra su cuerpo. Esta vez, el beso es bucal y profundo.

―           ¿Eso quiere decir que hemos perdido la oportunidad de hacerla nuestra?

“No lo sé. No depende de nosotros.”

―           ¡Maldita sea tu estampa, Sergio! ¡Eso pasa por culpa de tus remilgos!

―           Bueno, entonces es hora de retirarme – digo en voz alta, bajándome de la cama. – No me gusta inmiscuirme en los sentimientos de dos personas.

―           ¡Che! ¡De aquí no se va nadie! – exclama de repente Nadia, frenándome. – Ya que he decidido renegar de mi promesa, pienso montar esa polla, cueste lo que cueste.

No me queda que levantar las manos, rindiéndome ante su capricho. Denisse me mira, sonriente, indicándome así que le parece justo y equitativo.

―           ¿Estás de acuerdo, Denisse? – se gira la colombiana hacia ella.

―           Para que veas lo que pienso, seré tu colchón mientras Sergio te folla.

―           ¿Harías eso por mí?

―           Claro que sí. Además, no quiero que te arrepientas de no haber probado ese fenómeno el día de mañana y nos tiremos los trastos a la cabeza por ello. Pero debo advertirte, a ambos, que si esto va en serio, no habrá otro encuentro como éste en el futuro – Denisse es absolutamente sincera en este momento. — ¿Qué respondéis?

―           Que pienso igual – asiente Nadia.

―           Es vuestra relación y lo acepto plenamente – murmuro.

―           Soy totalmente monógama cuando hay sentimientos por medio, y siento algo bastante fuerte por Nadia – trata de explicarse la abogada. – Lo he pasado muy bien con las chicas y contigo, pero no existía un sentimiento profundo por nadie, salvo buena amistad y… admiración.

―           Lo comprendo, Denisse – y en verdad lo hago, aunque me duela.

―           Puedo entender a tu hermana y a Elke. Se quieren, pero también te quieren a ti, y te comparten con placer, pero yo no soy así…

―           Ni yo, cariño. Una vez se lo dije a Sergio, soy latina y me educaron con otros valores. Me siento muy atraída por ti, por tu personalidad, por tus maneras…

―           Bien, entonces, al asunto, queridos – dice con una sonrisa, mientras se tumba sobre la sábana impregnada de aceite.

―           Bueno, si hay que despedirse de ellas, habrá que hacerlo como un príncipe, ¿no crees?

―           Sip, hay que salir por la “puerta grande”, viejo – murmuro solo para mí, subiéndome de nuevo a la cama.

Sin decir una palabra, hago que Nadia se tumbe al lado de su nueva novia, quien la abraza tiernamente, como para darle ánimos. Me deslizo sobre la sábana, bajándome “al pilón” y abro las piernas de la colombiana para disponer de un inmejorable acceso. Cuando alzo los ojos, las sorprendo mirándose embelesadas. No me importa, ellas ponen el hermoso sentimiento, yo pondré la lengua…

A Nadia le han podido comer muchas veces la raja – se dice que no hay nada como otra mujer para comer un coño en condiciones—pero me siento bastante orgulloso de mis cunnilingus y de cuanto he aprendido de Ras para hacer gozar a una mujer. Así que me pongo a ello con especial dedicación, con lentitud y ganas.

Lo primero es humedecer ese coñito que se ha enfriado con la especial declaración de amor. Visto de tan cerca, es un coño aristocrático, se podría decir. Bien cuidado, mimado y hasta empolvado, como el de María Antonieta. A pesar de lo morena y velluda que es, Nadia no tiene un solo pelo en el pubis, ingles, e incluso trasero, ni siquiera sombra de vello, lo que me hace pensar que o bien se rasura todos los días, o bien se ha hecho una buena depilación láser.

Abro los labios mayores con los dedos de mis dos manos. Estoy acodado entre sus piernas, dejando que las dos se besen lánguidamente. El monte de Venus está hinchadito, casi como el de una adolescente. Paso mi lengua un par de veces sobre los labios menores para retraerlos y acceder al interior de una vagina que se ha alejado de los hombres. Entonces, me aplico en serio, buscando con mi lengua penetrarla todo lo que puedo. Al mismo tiempo, mis dedos juguetean con su clítoris.

Alargo las pasadas de mi lengua, incluyendo en el itinerario el apretado esfínter. Su pelvis comienza a moverse a cada contacto de mi boca y está gimiendo en la boca de Denisse. Una de sus manos cae de pronto sobre mi cabeza, acariciando mi crespo cabello. Es el momento de aplicar la lengua sobre el botoncito mágico y Nadia responde de inmediato, levantando su pubis, buscando la mayor presión con mi lengua.

Sonrío mentalmente y alargo una mano hacia el coño de Denisse, cuyas piernas se abren prontamente al sentir la caricia. No sé, pero eso no parece muy monógamo, ¿no? Utilizo dos dedos para penetrarla y el pulgar para rozar su clítoris. Mi lengua sigue atareada sobre el de Nadia y pronto las tengo a las dos botando al ritmo que impongo.

Las pongo en brete de alcanzar el cénit en un par de ocasiones, antes de permitir que se corran. Ninguna de las dos ha dejado de besar a la otra durante toda la manipulación. Han rotado las caderas, agitado las pelvis, estremecidos sus muslos, pero sus lenguas no se han separado en ningún momento. Tienen los mentones llenos de saliva y no dejan de gemir, poniéndome cardiaco con ello. La mano de Nadia atrapa mi pelo, obligándome a restregar todo mi rostro en su entrepierna, al correrse.

Me levanto sobre las rodillas, dejando que ambas se repongan. Nadia respira con dificultad y sus ojos van de mi cipote al rostro de Denisse.

―           Puedes cambiar de idea, si lo deseas – le digo y Nadia niega con la cabeza. — ¿Estás preparada para que te folle?

Deja escapar un jadeo y atrapa la mano de Denisse, apretándola. La abogada la abraza tiernamente, acogiéndola entre sus piernas. Su cuerpo forma una almohadilla que alza sus nalgas y la expone en una mejor posición. Clavo las rodillas entre sus piernas e inclino la cabeza hasta alcanzar uno de sus erectos pezones con la lengua. Juego con ellos unos segundos hasta que les susurro:

―           Cuando se la clave, Denisse podría decirte al oído cuanto te quiere y lo que hará contigo cuando os quedéis a solas…

Nadia sonríe y los ojos de Denisse brillan como si hubiera tenido una revelación mística. Aprovecho el momento para introducir el glande y un par de centímetros. Me detengo enseguida, al escuchar el gemido, y la miro a los ojos. Cierta expresión de sufrimiento nubla su rostro.

―           ¿Cuánto tiempo hace que no entraba una ahí? – susurro.

―           Mucho…

―           ¿Ni un miserable consolador?

―           Aún menos – jadea al empezar a moverme.

―           Malo, esto está muy estrecho.

―           Despacio… por favor, Sergio…

―           Levanta las piernas…

Me mira como si no entendiese lo que le pido. Denisse se encarga de alzar una de sus piernas, colocando la rodilla cercana a su propia oreja. Yo hago lo mismo con la otra, dejándola espatarrada. Vuelvo a meterle la polla, ahora un poco más profundo y más rápido.

―           Diossssss – sisea.

La mano de Denisse desciende hacia el vientre de su novia, adueñándose de su clítoris. Lo estimula lentamente y busca la humedad de la vagina traspasada, acariciando mi pene de pasada.

―           Me siento… llena… ¿M-me la has clavado t-toda?

―           Ni de lejos, Nadia, aún queda la mitad por entrar – le anuncio, sonriendo.

―           No más… no puedo…

―           Tranquila, cariño, Sergio sabe lo que se hace. Relájate, corazón – musita Denisse a su oído.

―           ¡Me voy a mear viva si sigue empujando! – se queja.

―           Pues méate, estás sobre una sábana impermeable – bromeo y empujo un poco más.

―           ¡SERGIOOOO! – grita en el momento en que alcanzo el límite de su vagina.

―           ¡No seas cabrón, Sergio! – me amonesta Denisse, pero lo que veo en sus ojos es un morbo bestial. Si la tocara ahora, estaría de nuevo mojada y dispuesta.

―           He llegado al límite, ahora a bombear, cariño – digo, dando piquitos en los labios de la colombiana.

Y me pongo a ello, muy lentamente, alzando el trasero como si estuviera extrayendo el fulminante de un barreno, con mucha lentitud, haciendo que Nadia note cada rugosidad de mi polla. Dos segundos después, me interno en ella de nuevo, siguiendo el mismo ritmo. Denisse sigue acariciándole el clítoris y la boca de la colombiana ya está entreabierta, buscando aire con desesperación. Sus manos se aferran a mi cuello, colgándose de él. Sus piernas están muy abiertas bajo mi peso, aún sujetas por una mano de Denisse y otra por una mía.

Mi retirada, en esta ocasión, es más rápida, saliéndome de ella por completo. Me está mirando, el labio pillado bajo sus incisivos, esperando el empujón que la volverá a llenar. Lo hago con fuerza, pero controlando el pedazo que introduzco. Cierra los ojos y las aletas de la nariz palpitan. Estoy seguro que, en este momento, se siente como una simple vagina, tan solo un coño bien abierto que estoy usando sin miramientos. Apenas puede moverse, aprisionada por mi peso y por el abrazo de su novia, con las piernas bien sujetas y extremadamente abiertas. Sí, seguro que lo piensa: “soy un coño para ser usado” y le está gustando, a su pesar.

Se la saco de un tirón, sin esperarlo, y Nadia abre los ojos, la boca redonda en una exclamación que no acaba de brotar. Se la clavo sin miramientos y todo su cuerpo se estremece con fuerza. Solloza sordamente, los ojos bien apretados.

―           Cariño, Nadia, ¿qué te ocurre? – le pregunta su novia, alertada.

―           Nada, solo se está corriendo inesperadamente – explico mientras doy otro embiste.

Me retiro y le doy un par de minutos para que se recupere. Denisse le limpia las lágrimas y la besuquea mientras sus piernas son recorridas por pequeños calambres que trata de apaciguar moviéndolas. Cuando ya respira normalmente, la atrapo por los tobillos, tirando de ellos con fuerza para girar todo su cuerpo. Nadia chilla, tomada por sorpresa, y se queda de nuevo sobre Denisse, pero esta vez de bruces contra su pecho.

―           ¿Qué vas a hacer, Sergio? – me pregunta la abogada.

―           Tengo que correrme y pienso hacerlo mientras os miráis. Para que luego digáis que soy un bruto sin emociones.

―           ¿O-otra vez? – pregunta con un soplo de voz mi guardaespaldas.

―           Otra vez, reina – le contesto al oído, metiéndole el rabo bien profundo, desde atrás.

Esta vez no hay ritmo ni miramientos. Quiero correrme y pienso darle fuerte hasta hacerlo, para que pruebe la tosquedad de un hombre. No sé, pienso que le hago un favor. Así se volcará mucho más en Denisse… nada de hombres por siempre. Adopto un ritmo de galope, introduciendo algo más de medio pene hasta topar con su cerviz. Denisse la abraza contra su mullido pecho, besando su frente y cabello y mirándome a los ojos.

Por mi parte, gruño y bombeó, extasiado en el larguísimo y entrecortado gemido que surge del pecho de la colombiana. En un principio, creí que la mirada de Denisse era de reproche por usar a su chica de aquella manera, pero a medida que me acerco al éxtasis buscado, me doy cuenta que está mordisqueándose el interior del labio, los ojos encendidos de lujuria. Quizás Denisse está descubriendo su verdadera personalidad sexual esta tarde, en un lujoso hotel de Lisboa.

―           Apostaría a que es así.

 

En ese momento, el gemido de Nadia se convierte en un lamento con palabras, ciertamente abrumada, y desmadejada en los brazos de su novia.

―           Dennniiiiiissssss… lo s-sssiento… me corro… oh, Dios mío… otra vez me corro… me c-corrooo… me corrooo… ME CORROOOOO…

Noto las contracciones de su pelvis, sus nalgas temblando bajo mi peso, el clamor de su exclamación convirtiéndose en un murmullo que acaba muriendo en su garganta. Me dejo ir mirando los hermosos ojos grises de Denisse, inundando el coño de Nadia de esperma, sintiendo esa sublime calidez de abandonarte en las entrañas de una mujer.

―           Creo que guardaras un buen recuerdo al menos de un hombre – susurro al oído de la desfallecida Nadia.

La mano de Denisse sube hasta mi cuello, aferrándome por la nuca. Sus ojos chispean, no sé si de rabia o de deseo. Tira de mí hasta alzar su cuello y antes de meterme la lengua hasta la garganta, susurra:

―           Puto conquistador cabronazo…

CONTINUARÁ…

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