GUILLERMO GONZÁLEZ

Ya habían pasado algunos días desde la reivindicación femenina estatal. El poso de las reflexiones hizo mella en algunas conciencias y el camino que emprendían algunos, siempre con pies de plomo, era significativo. Excepto el de arriba, el jefe, que seguía con la misma cara de rancio que endulzaba cínicamente el peso de su cuenta corriente. Había sido una lucha dura, unos preparativos muy tediosos con una labor de charlas y asambleas la mar de largas. Horas con las compañeras haciendo pancartas y concretando los puntos del paro, así como el recorrido de las manifestaciones. En estas ocasiones, Violeta siempre recordaba una frase de su abuela: «La responsabilidad y la causa tienen un precio».

Violeta estaba apurando su almuerzo en la cafetería: descafeinado y fruta. Desde el día de la huelga floreció algo heroico en la mentalidad de Violeta. Se había cerciorado de lo que eran capaces, lo había visto con sus propios ojos. Calles llenas, mujeres ayudándose y un parón total en la oficina. Bebió el último trago del descafeinado y paladeó el orgullo de volver a cruzarse con sus compañeras.

La jornada transcurría en la más estricta normalidad. A media mañana algunas iban a descansar y a tomar el almuerzo mientras otras cubrían esos minutos de relajación. Este ejercicio era rotatorio. Ordenadores portátiles, teléfonos móviles, pizarras de rotulador inundaban las mesas de madera blanca colocadas de manera aleatoria en aquel cubículo bañado de formalismo institucional. Allí se realizaban estudios y planos arquitectónicos. Una vez estaban terminados, iban al ayuntamiento o seguían el cauce natural del mundo: financiación con dinero negro o en alguna papelera.

−María, vete a descansar y a comer algo, que yo estoy ya.

−Gracias, Violeta. La verdad que me muero de hambre.

Violeta reactivó el ordenador de la suspensión y comenzó a abrir todos los programas, donde se reproducían dibujos a escala de edificios.

A pesar de toda la aureola de dignidad que desde el día de las manifestaciones estaba inmersa en el país y en la empresa, algunas cosas no eran tan fáciles. Los hombres hacían su trabajo en la planta de arriba, pero coincidían en la cafetería a la hora del almuerzo. El cruce de comentarios en la barra de un bar es un deporte inevitable.

Desde las miradas de algunos de los compañeros con los que tenía menor relación sentía una incomodidad tangible. Aquel día llevaba un jersey de pico. Las pupilas de los mismos iban en esa dirección. La contradicción afloraba en aquellas prácticas masculinas. A partir de la contradicción se producía el desorden; un desorden directamente conectado con la deontología. Primera sensación de rareza recibida en el cuerpo de Violeta.

Cuando la jornada laboral terminó, Violeta recogió su mesa y dejó anotados algunos recados para el día siguiente en un papel adhesivo amarillo en la parte superior del monitor de su ordenador. Agarró el abrigo del perchero y se fue a casa.

Vivía alquilada en un pequeño piso céntrico de la capital, suficiente para vivir en ese momento de su vida. Una nevera pequeña, una cama confortable y espacio personal.

Se preparó algo rápido para cenar. Dos filetes de pollo con una ensalada de atún y lechuga. Recogió un poco la sala de estar. Después encendió la radio:

«Las mujeres han dado un lección a este país», reproducía la voz de una mujer madura al otro lado del transistor. Una sonrisa se esbozó en el rostro de Violeta. Ya estaban ahí, una vez más, por muchas veces que habían estado invisibilizadas, habían roto la primera puerta de la realidad.

Pasó el debate y la información de servicio hizo acto de presencia. Dificultades de circulación por las carretas a causa de las lluvias y la extraña desaparición de un niño en el sur del país.

«Los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado están peinando la zona en la cual se vio por última vez al pequeño», dijo la voz tranquila de un hombre a través del aparato. La voz del locutor podría haber dado otra noticia menos grave con el mismo tono de voz. Inquietante.

La noticia copó los medios de comunicación del país durante los días posteriores. Incluso estaban haciendo campañas en su ciudad natal y algunas personalidades políticas se solidarizaban con los padres y familiares cercanos.

Era domingo por la mañana y el desorden volvió a aparecer en Violeta. Los domingos por la mañana solía pasarlos en casa con la tranquilidad que necesitaba su mente o con la necesidad de su cuerpo para sobreponer la borrachera del día anterior. Todo iba en función de la época. Este domingo era de los primeros. Desayunó un descafeinado y un bollo industrial de chocolate. Era el único que se permitía en la semana, el de los domingos. Enchufó la radio como de costumbre. Las noticias continuaban informando sobre la desaparición del pequeño. El foco estaba completamente mediatizado. Su uso creaba una alarma aterradora en la población. Los debates en los hogares tenían una estructura calcada: todos ejercían de policías y jueces mientras comían el cocido del último de la semana. El siguiente nivel de sensacionalismo en la reproducción de aquella noticia se vio cuando los peores presagios sobre el pequeño se confirmaron. El cariz de la información viró hacia lo violento.

Violeta apagó la radio y la tiró contra el sofá. Escuchar aquella noticia la había dejado exhausta. Apartó la radio que había aterrizado en uno de los cojines gordos color granate y se dejó caer contra el sofá. El desorden volvió a aparecer.

La aparición del desorden trajo la preparación de otro descafeinado, no por la dosis de cafeína reducida, sino por la intensidad del sabor.

«Hacen que giremos nuestros ojos allí donde quieren. Hace una semana éramos personajes históricas, ahora somos crueles asesinas. La dirección del desorden reside en apuntar nuestras conciencias hacia un agujero de decepción».

Violeta terminó el descafeinado. Depositó la taza vacía encima de la mesa baja que estaba encima de una alfombra marrón en mitad del diminuto salón de la casa. Violeta tenía la mirada fija en el techo. Comenzó a sudar sin darse cuenta y su calor corporal aumentó. La sensación de desorden era asfixiante, pero los pensamientos no dejaban de aparecer.

«Todo es destrucción controlada en una inyección de psicología. Quieren que cojamos un barco que nos lleve al puerto de la indiferencia y del no cuestionamiento. El barco se llama superficialidad. La superficialidad es una alfombra lisa e incolora, por la que pretenden que todas andemos con los ojos tristes y envueltos en individualismo. El individualismo es una enfermedad social que lleva a ver el mundo de forma diferente. Después de una ola de dignidad nos están metiendo a la fuerza una dosis de odio y miedo que no merecemos. A partir de esa dosis de odio quieren cultivar las tierras de medidas partidistas y sesgadas».

Violeta pasó el resto del domingo secándose el sudor. El descafeinado se le había acabado.

Volvió al trabajo el lunes y la rutina agresiva se apoderó del desorden. A la misma hora que abrió su oficina, una manifestación de pensionistas se daba dos calles más arriba.

El desorden tiene tres partes: una de dignidad propia y dos de control psicológico con sabor a descafeinado. En el turno del almuerzo fue a la máquina y con una moneda sacó un vaso pequeño de plástico lleno de desorden.

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