MOISÉS ESTÉVEZ

Salió bastante satisfecha de la consulta camino de la 47. Según el doctor, estaría a punto de cerrar un ciclo en el que las visitas serían suspendidas para que ella concluyera un tratamiento a nivel mental sin la necesidad de un apoyo terapéutico.
Le obsequió a sus papilas gustativas y a su pituitaria nasal con un exquisito y aromatizante café antes de tomar el metro.
Se permitió el lujo de hacerlo sentada en una pequeña y coqueta cafetería sueca, cuyo diseño estructural le permitía ver el mundo pasar ante sus ojos a través de un gran ventanal orientado a la calle.
El devenir de la sociedad ante ella no dejaba de sorprenderla. Una sociedad sometida a un ritmo vertiginoso que convertía a la metrópolis en un ente imparable, con un movimiento que no cesaba ni un minuto y que convertía a aquella urbe en el centro neurálgico mundial desde todos los puntos de vista.
En su fuero interno se preguntaba si todos aquellos individuos vivirían conscientes de que debajo de esa actividad frenética y rutinaria, había algo más complejo. Sucesos que pasaban inadvertidos para dichos individuos componentes de la masa social.
Acontecimientos siniestros y oscuros que personas como ella y sus compañeros trataban de dejarlos debajo de una alfombra imaginaria, encargados de ordenar y resolver, a costa de horas extras, mucha presión, sueldo escaso y tardes de psicólogo en su caso.

 

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