JANIS MULLIGAN

Una vuelta por el purgatorio

Fito & Fitipaldis suenan de maravilla en el equipazo de 600W del Jaguar XFR que he sacado del garaje de mi difunto suegro. Se estaba oxidando el pobrecillo, allí abandonado. He decidido dar una vuelta por el Purgatorio, para que vean que el jefe se interesa por el negocio, que siempre es bueno. Además, es hora de mostrar a Patricia cómo nos ganamos la vida. Le he dicho a Katrina que voy a conducir, que hace mucho tiempo que no manejo un volante. Me ha hecho prometer que llevaré protección. Así que se me ha antojado sacar uno de los carracos de la exposición rodante de Víctor y dejar de lado los 4×4. Patricia casi se mea cuando le dije que escogiera uno y, claro está, se lanzó de inmediato por el Lamborghini Diablo que parecía guiñarle, en negro y amarillo.

—    ¿De verdad que quieres ir hasta Valencia en esa lata? – le pregunté y ella alzó las cejas de sus bellos ojos, sin entenderme. – Eso no tiene suspensión, guapa. Se te va a quedar el culo pegado a las encías. Está bien para un paseíto pero no para un viaje largo.

—    ¡Vaya engaño! – bufó, con esa actitud desafiante que ha hecho suya en estos últimos meses.

—    ¿Qué te parece el Jaguar, preciosa? – le preguntó Nadia.

—    Mola. ¡Me pido delante! – exclamó, alzando la mano.

Así que aquí estamos, jalando kilómetros. Patricia y Nadia cantan todas las letras, la sudamericana casi en mi oído, pues está echada hacia delante en el filo del asiento trasero. He conseguido que la colombiana descubra el arte de Fito Cabrales. Nada como los productos ibéricos. Je.

Un Mercedes plateado nos sigue, con dos de mis hombres en el interior. Se lo he prometido a Katrina y me gusta cumplir. Además, ya no me molesta llevar sombras pegadas a mí, al menos desde que conozco a Nadia.

Han pasado dos meses desde la inauguración del Reino de Temiscila, y tanto el equipo de Pam como yo mismo estamos muy satisfechos del resultado, pues la cosa ha ido mucho mejor de lo que esperábamos. Al día siguiente de la velada de apertura, Iris le dio una lista a Pam con el número de chicos y chicas que el club necesitaba para mantenerse en pleno funcionamiento, así como cuales eran los puestos que debían reforzarse. Elke volvió a concertar una serie de castings, pero ésta vez buscando unos perfiles definidos, y la Dra. Garñión dispuso de nuevo material en dos semanas.

Como el club ya estaba funcionado, la nueva hornada ha sido debidamente reforzada a medida que se adaptaban a su trabajo, sin que ello supusiera ningún hándicap. A día de hoy, todos los puestos están cubiertos y mi jefe de instrucción se pasa algunas horas de más allí dentro. Creo que mantiene un rollo con alguna de las chicas, a pesar de lo feo que es, el pobre. Lo bueno de todo eso es que Nadia ya ha dejado de encargarse de la seguridad del club y está empezando a revolotear alrededor de Denisse. No sé cómo acabará el asunto.

Iris está demostrando que ha sido una elección magnífica. Tiene todo bajo control, con la ayuda de Mariana y Pavel, y Pam se está despegando del proyecto, ya que lo suyo es más bien creativo. Tengo que comentarle a Katrina que la use para ayudarla con la escuela de protocolo. Debe aprovechar esa vena creadora que ha surgido con fuerza. Volviendo a Iris… Me ha invitado a almorzar con ella. Pretende que tengamos una charla para conocernos mejor. Según Ras, eso es que quiere rollo – para él, cualquier mujer que nos salude quiere follar, básicamente – pero yo no estoy tan seguro. No deseo malinterpretar sus intenciones. Esa mujer es demasiado valiosa para meter la pata por un polvo.

—    Donde tengas la olla, no metas la polla.

 

“Exacto, viejo. Tú lo has dicho.”

—    Antes eso no te importaba.

“Pero he aprendido de mis errores.”

Aún tengo claro en mi mente el pase privado de la Reina Iris que pude contemplar desde el sistema de control de la habitación de seguridad del Temiscila. Cuando Iris nos dejó en la tribuna VIP, Nadia me hizo una seña para que la siguiera. Ya lo había hablado con ella anteriormente; quería supervisar los primeros pases privados de importancia. Por un momento, estuve a punto de decirle a mi mujer que me acompañara, pero lo pensé mejor. Primero tenía que comprobar cómo se iba a dar todo y si podía existir alguna clase de peligro para las chicas. Ya habría tiempo de disfrutarlo con ella.

La sala de control estaba bajo la arena del foso, en el lugar más inaccesible de todo el local, creo yo. No era demasiado grande, pero disponía de una pared llena de monitores, un gran escritorio adosado a ellos, y un panel de control para puertas y ventanas, así como los controles de los sensores de alarmas de todo el local. Uno de los rincones estaba ocupado por un frigorífico y, sobre él, un buen botiquín. También había un pequeño armero clavado en la otra pared, que contenía un par de escopetas y varias picanas de máximo voltaje. Aparte del sillón del escritorio, un par de sillas de metal descansaban a los lados de la puerta.

Nadia me indicó con la mano que acercara una de las sillas mientras ella se sentaba en el sillón giratorio y buscaba las cámaras idóneas en el programa de vigilancia. Eran dos cámaras que pasó al monitor principal, dividiendo la pantalla en dos tomas. Una era lateral y desde un ángulo superior, seguramente desde el techo; la otra era frontal y a la altura de los ojos.

Los clientes ya estaban esperando en la sala, sentados en dos ventrudos sillones de tela. En contra de lo que creía, eran dos mujeres. Nadia contempló mi rostro y se dio cuenta de mi sorpresa.

—    ¿Qué creías, que solo los hombres se decidirían? – la pulla tenía cierto tono despectivo.

—    No, no es eso. Esto en un club Femdom y es de lo más natural. Solo pensé que el primer cliente que pidiera un pase privado de la Reina sería un hombre.

—    Machista – no quise contestar a la puntilla.

Una de las mujeres debía rozar la cincuentena de años. Tenía el pelo corto y muy bien arreglado, con ondas y flequillo perfectamente dispuesto como una visera, todo en un tono caoba con reflejos rojizos. Poseía rasgos de una persona acostumbrada al mando, rasgos serenos y graves en una tez muy cuidada. Por lo que podía ver, se cuidaba y mantenía una buena figura. La otra señora era más joven, pasada la treintena. Parecía una mala copia de Marilyn Monroe, con el pelo corto y rizado, rubio platino, dos kilos de maquillaje sobre el rostro y unos labios de intenso rojo fuego. Su cuerpo se marcaba opulento y macizo bajo el caro vestido, quizás un poquito obeso se podría decir.

La sala en sí no tenía apenas comodidades ni fruslería. Se trataba, más bien, de una mazmorra. En un extremo se levantaba una especie de banco de trabajo de acero y, sobre él, se extendía en la pared una panoplia de artilugios para el dolor, como si se tratase del juego de herramientas de un taller de reparaciones. De allí colgaban látigos, fustas, cañas, paletas, y cuanto se pudiera requerir. También había esposas de metal, de cuero, mordazas de bola, y abre quijadas. Sobre la superficie del banco, varias bandejas de duro plástico contenían pinzas, pequeños ganchos, consoladores de diversos tamaños y toda la parafernalia necesaria. Pam había pensado en todo, ya os digo.

Frente a los dos sillones en los que se sentaban las damas, se encontraba un amplio diván de tela oscura. De las paredes colgaban diversas argollas y grandes clavos, a diferentes alturas, de los que se podía atar e incluso colgar a una persona.

La Reina Iris entró en la sala, acompañada de una joven de larga melena morena, que mantenía los ojos en el suelo. El kimono flotó en su estela, antes de acomodarse en el diván. La otra amazona se quedó estática ante ella, de pie, con las manos unidas sobre su vientre, y encarando a las dos mujeres.

—    Señoras mías, me han comentado que estáis de celebración – dijo la Reina Iris, con una sonrisa.

—    Así es, Reina Iris. Es el cumpleaños de mi ahijada – respondió la dama de más edad.

—    ¿Habían pensado en algo en particular? Esta sierva está a vuestra disposición para lo que necesiten, por supuesto.

La chica se estremeció al escuchar aquellas palabras, pero no levantó la mirada. Debía de ser de las chicas más jóvenes del Temiscira, pero no recordaba haberme cruzado con ella en la mansión.

—    Me gusta – dijo la rubia opulenta. – Parece tímida.

—    Está bien educada. No osará mirar directamente a no ser que se lo pidan – asintió Iris.

—    Lorena necesita aprender a dominar a otra mujer – explicó la dama madura, señalando a su compañera con un gesto lánguido.

—    Me parece estupendo. Dime, dama Lorena, ¿tienes alguna experiencia en la dominación?

—    No, reina Iris – contestó la seudo Marilyn. – Pero pienso en ella a menudo.

—    Está bien. ¿Qué te apetecería hacer ahora mismo con Naomi? – preguntó la Reina señalando a su sirviente con un movimiento de la barbilla.

—    No sé, no sé… quizás atarla…

—    Es un primer paso. Adelante – la Reina miró a la madura madrina con complicidad.

Lorena se levantó del asiento y caminó bien erguida hasta el banco de trabajo, donde escogió unas esposas de cuero sujetas a una cadena y un pequeño rollo de cordel natural.

—    ¡Contra la pared! – dijo con dureza al acercarse a la sirvienta, y ésta obedeció de inmediato, situándose de espaldas a la pared más cercana.

La rubia oxigenada colocó las esposas en las muñecas y le subió los brazos para pasar un eslabón de la cadena por una gran alcayata que había sobre la cabeza de la chica. Se apartó dos pasos hacia atrás para contemplar su obra y meneó la cabeza. Pareció no gustarle y miró a su alrededor hasta fijarse en el taburete que estaba bajo el banco de madera. Con presteza, lo tomó y regresó ante Naomi. Se subió en él y de esa forma pudo alcanzar otro clavo más cercano al techo. Esta vez, la cadena quedó más tensa, reteniendo las manos de la chica por encima de su cabeza.

Satisfecha, se bajó y tomó la cuerda, desenrollándola. La pasó sobre el cubierto pecho de la chica, apretando sin miramientos. El top de cuero quedó arrugado y uno de los jóvenes senos de Naomi apareció a la vista, mordido por el cordel. Lorena siguió encordando el cuerpo, bajando por la cintura, afianzándose sobre las caderas, y finalizando en un muslo. La carne se puso púrpura debido al apretado cordel. Tuve que reconocer que los monitores tenían una buena resolución.

La rubia repasó su trabajo y llevó un dedo a la boca de la sirvienta, introduciéndolo en ella. Naomi lo atrapó con su lengua y lo succionó obedientemente. Pasados unos segundos, descendió el dedo por el cuello y un hombro hasta acabar encontrando uno de los endurecidos pezones de la chica. Sin duda, la presión de la atadura los había puesto como rocas. Lorena pellizcó sin miramiento alguno, fuerte y rápido. El quejido que surgió de los labios de Naomi me llegó al alma y, sin duda, a Lorena también, ya que se pisó la lengua con los dientes en el mohín más lascivo posible.

—    Bien, bien – musitó la Reina Iris.

En su sillón, la madrina rebulló, quizás calentándose a toda prisa, pero no hizo ningún gesto que la traicionara. Lorena dedicó su atención a alternar los pellizcos en los pezones de la chica atada, sorbiendo sus gemidos al apoyar su mejilla sobre la de Naomi. Los macizos y erectos senos de la rubia se apoyaban firmemente sobre el pecho encordado, como si quisiera apuñalarlo con ellos desde debajo de su blanco vestido.

Cuando se hartó de frotarse, besuquear y pellizcar, Lorena desató el cordel y procedió a desnudar la sirvienta, dejándola aun encadenada a la pared. Escogió una buena caña de uno de los estantes y, al regresar frente a Naomi, se inclinó para admirar sus tersos muslos.

—    ¡Ábrete de piernas! – exigió y la joven sirvienta obedeció, con una mueca de temor.

La caña azotó la cara interna de los muslos sin demasiado fuerza, pero sí con la suficiente como para hacer que se quejara. Tras esto, Lorena se situó al lado de la sirvienta, apoyando también la espalda contra la pared, y azotó el pubis y vientre, esta vez con rigor. Ya no fueron quejidos los que brotaron de los labios de Naomi, sino gritos desaforados.

En el sofá, la Reina Iris sonreía abiertamente, contemplando la escena, al igual que la madura madrina que aún no había dicho nombre alguno. Ésta mantenía una mano oculta en su regazo que parecía indicar que estaba algo más que excitada.

Lorena colocó la caña entre los dientes de la chica y se colgó materialmente de sus pezones, utilizando ambas manos para pellizcarlos todo lo fuerte que pudo. Naomi agitó la cabeza, mordiendo la caña con desesperación, por lo que su grito quedó contenido.

—    Eres una chica valiente, pequeña – susurró Lorena, pegando su mejilla a la de ella. Deslizó una mano entre los muslos encendidos de Naomi. – Coño, esta guarra está destilando sin parar. ¿Te enciende el dolor, eh?

Naomi asintió mientras la baba se deslizaba por las comisuras de sus labios. Su rostro enrojeció aún más de lo que estaba. Lorena le quitó la caña de la boca para reemplazarla con dos de sus dedos, los cuales surgieron empapados de la vagina de la joven sirvienta. Lamió sus jugos con pasión, mirando directamente los ojos de su atormentadora. Creo que, en ese momento, pretendía retarla, y lo consiguió.

Lorena mordió la boca húmeda y la penetró con su lengua, intentando demostrar que mantenía el control, pero era evidente que no era así. Había sucumbido a la lujuria, algo que ningún amo aceptaría que ocurriese. Con presteza, desató los brazaletes de cuero, dejando la cadena colgando del clavo. Naomi cayó de rodillas, jadeante. Contemplé perfectamente como su columna se ondulaba por el largo estremecimiento que la recorrió. La rubia volvió a su sillón, donde se abrió de piernas soezmente, alzando el vestido hasta dejar sus caderas al aire.

—    Ven, zorrita, ven a comerme el coño… Quiero que te lo tragues todo…

Naomi avanzó a gatas, sabiendo que era lo ideal para el caso. Desnuda, meneó sus nalguitas a cada movimiento de rodillas hasta situarse entre las piernas estremecidas de la clienta. Lamió los dedos que ya estaban atareados sobre el inflamado clítoris, antes de aplicar sus labios a la vagina. El estrecho tanga celeste estaba apartado sobre la ingle, revelando un pubis exquisitamente recortado. Lorena dejó caer su cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y entregándose completamente a la caricia.

En el sillón vecino, su madrina se dejó de disimulos y hundió sus manos entre los muslos, tras tironear de su estrecha falda hacia arriba. No quitaba los ojos de lo que sucedía con su ahijada. No sabía si se entendía con la rubia, pero lo que sí estaba claro es que estaba deseando hacerlo. La estaba devorando con la mirada, atenta tanto a sus gestos de placer como a la tarea bucal de Naomi.

En silencio, la Reina Iris se levantó del sofá y se acercó al banco. Dejó resbalar el kimono por su cuerpo perfecto hasta quedar arrugado en el suelo. La vaporosa túnica rosa que portaba no era más que un sutil velo que dejaba entrever sus fastuosas formas. Tomó un cinturón fálico de entre las sensuales herramientas, dotado con un chato pero grueso consolador rosa. Con total pericia, se colocó el artilugio y, tras ello, se encaminó hacia las damas, dejando que el pene de silicona se bamboleara entre sus caderas.

Dio un sonoro golpe en las nalgas expuestas de Naomi y se sentó en su grupa. Lorena entreabrió los ojos y los clavó en la Reina.

—    Voy a recompensar a Naomi con esto – dijo, toqueteándose el falo rosa con los dedos. — ¿Te importa?

Lorena negó agitando la cabeza, incapaz de pronunciar una sola palabra. Creo que en ese momento se estaba corriendo. A mi lado, Nadia estaba contemplando la escena, tan callada como yo, con la mejilla apoyada en una mano, el codo doblado sobre la mesa. No quise ni mirarla por miedo de romper el encanto.

—    ¡Coño con la Reina Iris! – susurró.

La Reina restregó varias veces el consolador sobre la vulva de su sirvienta, sin duda para humedecerlo, y finalmente se lo clavó con lentitud, usando un par de dedos para guiarlo. Por un instante, Naomi tuvo que apoyar la mejilla sobre el vientre de la rubia platino, disfrutando de la sensación de plenitud. Lorena mantenía una mano sobre la oscura cabellera de su amante, con una sonrisa bobalicona en los labios.

—    Madrina… creo que deberíamos hacer esto mismo en casa, ¿no te parece? – Lorena giró el rostro hacia la mujer madura.

Ésta no contestó, solo se limitó a mirarla, totalmente desmadejada en el sillón, con el lateral del cráneo apoyado en el respaldo, y una mano hundida en el coño. Friccionaba su clítoris a toda velocidad y su boca se mantenía abierta, como un pez boqueando, sin dejar de mirar a su ahijada a los ojos.

—    Estoy harta de que me espíes en la ducha, o cuando estoy con mi novio. ¿No crees que es mejor que te metas en mi cama de una vez? Podríamos compartir este regalo que me has hecho… las dos juntas – sonrió Lorena mientras acariciaba la suave cabellera de Naomi, la cual no dejaba de berrear por los embistes de su Reina.

La madura mujer se corrió frenéticamente al escuchar aquellas palabras que sin duda llevaba tiempo esperando. Lorena alargó la mano que su madrina atrapó, ambas sonriendo. La sirvienta dejó escapar un estertor que indicó que se estaba corriendo como una burra, babeando sobre el vientre de la clienta.

En aquella ocasión, Iris no tuvo que hacer apenas nada, pues las clientas ya traían su propio morbo a cuestas, pero actuó como catalizador, sin duda. El caso es que me sirvió como indicativo de lo acertada que era la trama del club. Debo decir que solo en los siguientes tres días, se alistó una cincuentena de socios; lo que teníamos previsto en el primer año. El boca a boca hizo que al cabo del primer mes, rozáramos los primeros cien socios, y la cosa sigue subiendo.

—    Cuéntame como es El Purgatorio, Sergio – me dice Patricia, sacándome de mi abstracción.

—    Es mejor que lo veas en vivo, canija. ¿Leíste el informe, Nadia?

—    Si, Sergio. Parece muy interesante aunque aún no me hago a la idea como la gente puede divertirse en ese sitio.

—    Pues ya lo veréis esta noche.

—    ¡Va a estar petado! – exclama la chiquilla, refiriéndose, sin duda, a que es sábado.

El Jaguar se conduce como una seda y se aferra a las curvas como un bebé a los senos de su nodriza. Buen coche, si señor. Me hago la firme intención de probar más joyitas de esas. De todas maneras, ¿quién las va a disfrutar si no lo hago yo? Katrina conduce lo justo para que no se le olvide cómo manejar un vehículo. Solo Krimea coge el pequeño y brioso Alfa Romeo 4C. Las demás prefieren sus utilitarios o que las lleven.

No he querido llamar a los gemelos Josspin, anunciándole mi visita. Quiero ver como se desarrolla el club sin que sepan que estoy en él, o al menos sin darles tiempo a preparar nada en “mi honor”. Sé que se han hecho ampliaciones en el local, agregando dos áreas más a la gran estructura del juego, así como una sala más de refugio.

Nos detenemos en Paterna a almorzar, en un restaurante de carretera. Durante la comida, Patricia me pregunta si la voy a llevar también a los otros clubes. Ya había pensado que no era buena idea. El Purgatorio es diferente porque en él se reúne mucha gente joven y no tiene una temática exclusivamente sexual. Patricia no es tonta y sabe como son los clubes, los cuales son más burdeles que otra cosa.

—    Cuando tengas edad legal, canija – le digo finalmente y ella asiente.

Mientras Nadia se atarea con sus erizos de mar, yo contemplo como está cambiando Patricia. Aún queda en ella rastros de aquella chiquilla introvertida que conocí, pero cada vez menos. Ha vuelto a crecer y su figura posee un buen número de curvas que han aparecido súbitamente. Ya no se la puede tildar de canija, ni de niña; es toda una mujer. Lleva el pelo más largo que nunca, absolutamente dorado, con grandes rizos y ondas, y su rostro se está estilizando cada día más, ahora un tanto asaltado por el acné juvenil.

Más tarde, tomamos habitaciones en un hotel de la V-30, a la altura de la Fonteta de Sant Lluis, donde podernos ducharnos y cambiarnos. Además, no sé lo cansada que puede ser esta noche, y me gustaría dormir algo antes de volver a Madrid.

Patricia intenta meterse conmigo en la ducha, pero no la dejo, y la envío de vuelta a la habitación que comparte con Nadia. Ni siquiera sé por qué reacciono así. Puede que quiera darle la oportunidad de conocer alguien especial y que no se sienta atada a mí. Yo mismo me digo que es una gilipollez, y más teniendo a Irene como esclava. Patricia nunca podrá ser una chica normal, tiene demasiada experiencia.

Llamo a casa para escuchar la voz de Katrina. En un principio, quise que viniera con nosotros pero tenía una serie de compromisos. La escuela de protocolo está muy avanzada y muchas cosas dependen de su voluntad. Por otra parte, como me dejó clarito, era un asunto entre nosotros, como padre e hija.

—    ¿Padre e hija? – exclamé sorprendido. – Patricia no es mi hija. Un padre no se tira a su hija…

—    ¿Quién sabe? Tú te tiras a tu hermana, ¿qué hay de diferencia? – me lanzó ella, con una risita.

—    ¡Katrina!

—    Vale, vale, me he colado, pero no me puedes negar que la tratas como si fueses una hija, o, al menos, una hermana pequeña. Eres sobre protector con ella.

—    Puede que sí – tuve que reconocer.

—    Por eso no quiero ir. Aunque me llevo genial con Patricia, no actúa libremente si estoy delante. La coarto de alguna forma. Puede que se sienta algo celosa, no sé… El caso es que estará mucho más abierta a cuanto puedas enseñarle si yo no estoy.

—    Pero me gustaría que descubriéramos las particularidades que me han contado sobre el club los dos, tú y yo – la dije, abrazándola.

—    Y lo haremos, cariño, pero en otra ocasión – me contestó, apoyando su cabecita en mi pecho. – Cuando abramos la escuela haremos un viaje, los dos solitos.

—    Hecho.

A la hora de cenar, las dos chicas aparecen. Aprovechando la buena temperatura de la costa levantina, se han vestido escasamente. Nadia lleva un minishort con peto de tela vaquera y una camiseta de raso rojo con botines a juego. Patricia se ha enfundado un oscuro vestido ajustado que pone de manifiesto su cuerpo adolescente, zapatos de vertiginoso tacón y el pelo recogido en un gracioso moño alto.

Las silbo admirativamente a las dos cuando surgen del ascensor y sonríen ampliamente. La cola de caballo que ha creado Nadia con sus cabellos se agita al darme un tremendo puñetazo en el hombro, antes de susurrarme un quedo “tonto”. Hemos decidido cenar en el restaurante del hotel. Mis dos hombres ocupan otra mesa, cercana a la puerta.

Conducir hasta el barrio de Natzaret me trae muchos recuerdos, sobre todo del callado Maren, quien se encuentra muy desmejorado. Procuro que tenga todo cuanto necesite para divertirse antes de que la muerte venga a visitarle. Hay una gran y alta alambrada metálica rodeando la vieja estación, algo que en mi primera visita no estaba. ¿Por motivos de vandalismo? Unas grandes puertas están abiertas en la alambrada, con un guardia que da paso a los coches. La explanada sirve de aparcamiento y parece que pronto faltará sitio. Se está llenando rápidamente y apenas son las once de la noche.

Recuerdo a Maren diciéndome que de noche cambiaba el aspecto de la cutre entrada. Bueno, la verdad es que hay focos alumbrando la fachada de ladrillos, llena de graffiti. También hay focos apuntando al cielo, subiendo muy altos y moviéndose como antiaéreos. La localización debe de verse desde muy lejos. Otros focos barren la gran explanada como si se tratase de una zona estrictamente vigilada, pero no se ve un puto cartel con el nombre o logo del local por ningún lado. ¿Es que los gemelos no gustan de la publicidad? Por otra parte, viendo la clientela que está acudiendo, puede que no les haga falta.

—    ¡Dios, que cutre! – exclama Patricia, al entrar en el desvencijado edificio de la estación. Señala los papeles, latas y ladrillos de un rincón.

—    Es falsa basura – le digo, más atento a la sonrisa que luce Nadia.

Otro hombre, vestido con ropas militares y correajes, nos indica que nos esperemos al llegar ante la plataforma que nos tiene que bajar al subsuelo. Pretende que nos reunamos con un grupo que viene detrás de nosotros. Patricia chilla brevemente cuando la plataforma desciende, adentrándonos en la oscuridad total. Se aferra a mi brazo. Sobre nuestras cabezas una sirena amarilla gira en el techo, así como un sonido mecánico y repetitivo se acciona mientras la plataforma desciende. Sin duda, son medidas de seguridad.

Los demás chicos y chicas que nos acompañan no se muestran ni siquiera recelosos, como si ese viaje lo hubieran hecho ya cientos de veces. Charlan de sus cosas, de a quienes esperan ver en el local, o de los créditos que tienen para gastar de otras jornadas.

Cuando nos encontramos ante las grandes y macizas puertas de entrada, Nadia señala las palabras inscritas sobre el dintel.

—    ¿Dante? – pregunta.

—    Ajá – contesto.

—    Interesante.

La puerta se desliza con un estrépito que araña los nervios y muestra otro seudo militar que levanta la mano con cuatro dedos alzados. Cuatro personas. Recuerdo las explicaciones de Maren. De cuatro en cuatro. Dos parejas se adelantan con confianza y la puerta se cierra tras ellos. Al cabo de cinco minutos, vuelve a abrirse. A nosotros nos toca los últimos del grupo.

Un escáner nos barre y nuestras siluetas aparecen en una gran pantalla oscura, con todo lo que llevamos en los bolsillos o bolsos revelado. No hay armas ni drogas, así que el tipo nos permite acceder a las máquinas expendedoras.

—    ¿Para pagar la entrada? – pregunta esta vez Patricia, señalando las máquinas.

—    Algo así. Expenden créditos – explico metiendo mi tarjeta y tecleando una buena cantidad de tales créditos. Quiero disponer de suficientes para los tres. – En el interior, todo cuesta créditos. Sin ellos, no se tiene derecho a nada, ni bebida, ni comida, ni atención, ni protección…

—    ¿Protección? – enarca una ceja Nadia.

—    Exacto. ¿Habéis jugado una partida de rol?

—    En la Xbox – asiente Patricia mientras Nadia niega con la cabeza.

—    Bueno, pues imagínate que los créditos sirven para reforzar tu armadura o comprar armas nuevas, solo que no hay armas ni armadura – le digo.

—    No comprendo.

—    En este caso, aparte de las lógicas bebidas y cuanto sea necesario para la diversión, también puedes comprar protección, refugio, o bien negociar tu salida.

—    ¿Qué hay ahí dentro? – el tono de voz de Nadia se ha endurecido.

—    Nada peligroso, ciertamente, pero sí puede convertirse en molesto si no se tiene cuidado.

Patricia empieza a ponerse nerviosa y se pega más a mí. Tras recoger mis créditos en una nueva tarjeta, elegante y negra, con el nombre del club impreso en letras metálicas, nos situamos frente a la puerta secundaria, idéntica a la que nos ha franqueado el paso. El hombre acciona un pulsador y la puerta se abre, esta vez en silencio.

Junto a una luz infernal estroboscópica que no deja ver nada de lo que tenemos delante, la música nos impacta violentamente. El dulzón olor de la niebla artificial junto con la frescura del ambiente invade nuestras fosas nasales. Casi ciegos avanzamos lentamente, hasta dejar de estar en el campo de efecto de la luz fluctuante y repetitiva. Observo los rostros de mis acompañantes, disfrutando al ver su asombro. La verdad es que lo es. Yo mismo vi El Purgatorio cerrado y es muy, pero que muy diferente.

El público se reúne en corillos, alrededor de falsas fogatas que “arden” en el interior de destartalados bidones. Sobre estos, una cubierta de plexiglás forma un tablero de mesa, a través del cual se pueden ver las llamas simuladas ascender. Los vasos que descansan allí parecen hechos de latón o aluminio, sin duda irrompibles para mayor seguridad.

Nadia salta instintivamente un grueso cascote que hay en el suelo y descubre que el suelo no es liso, pero sí transparente, encerrando en su interior objetos diversos, prestando así la apariencia de escombros al local. La gente se sienta o se apoya en cualquier cosa, como viejos muros medio derruidos, gruesos cascotes que son, en realidad, cojines camuflados. Más allá, una ennegrecida viga hace de banco para un grupo de chicas que cotillean entre ellas. Los graderíos metálicos que vi la primera vez ya no están allí. Ahora son pequeños bancales o rellanos de ruinas varias, integrados con la pared, lo que presta un mayor realismo al conjunto.

—    ¡Esto es total! – exclama Patricia.

—    Sí, la verdad es que todo está muy conseguido – alaba Nadia.

Más hacia el centro de la grandiosa sala de techo tenebroso, una gran zona es usada como pista de baile. Al menos quinientas personas se encuentran allí, moviendo sus cuerpos al ritmo endiablado del “dance” más sublime, sin estar apretujados. Efectos luminosos caen sobre ellos en una mescolanza llena de alabanza. Flashes de colores, infrarrojos intensos, continuos destellos de láser, y decenas de focos giratorios que arrojan increíbles arabescos lumínicos sobre los bailarines.

—    ¡Quiero bailar! – grita Patricia, aferrando la mano de Nadia y arrastrándola hasta la pista. La colombiana ríe.

Contemplo como mis chicas se divierten saltando y moviendo las caderas y escuchando como el viejo Ras pide su eterno combustible: vodka y un coñito. Le consiento lo primero. Quiero ver más de todo esto antes de mover ficha. ¿No parece algo razonable?

Cuando mis ojos se acostumbran a los colores y movimientos que me rodean, empiezo a controlar mi entorno. Distingo el personal disfrazado fácilmente. Unos llevan bebidas, otros recogen vasos, y otros se mezclan con el público, charlando y flirteando. En una de las plataformas más altas, un Capitán América otea la cada vez más numerosa marea humana. ¡He ahí uno de los famosos superhéroes del local!

Una ratita presumida me está comiendo con los ojos. Debe de ser una de las chicas del local pues supongo que es un disfraz lo que lleva y no algún tipo de moda que desconozco. Su cabello está dividido en dos trenzas que, no sé como, mantiene curvadas en U –Patricia me dijo después que se hace trenzando el pelo alrededor de un alambre—, lo que le otorga un aspecto infantil. Eso, unido a su esbeltez y los pantys de rayas multicolores que porta, la hace parecer mucho más joven de lo que es en realidad. Una híper corta faldita plisada, de color naranja, rodea sus caderas, más como adorno que como vestimenta, dejando ver frecuentemente sus estrechas nalguitas cubiertas por los pantys de lycra. Un delantal con peto y encajes, tan diminuto como su falda, cubre su pecho, terminando un dedo por debajo de su entrepierna. Debajo del peto, un simple y elástico sujetador deportivo, de los enterizos, tapa sus menudos pechos. Para redondear el conjunto, un sinuoso rabo de un metro escaso surge levantando algo más su faldita, y calza unas manoletinas de piel parda.

Me devuelve la mirada con descaro y me sonríe ampliamente. Le hago una seña con el dedo para que se acerque. Cuando la hace, me doy cuenta que lleva pecas pintadas en la cara y unos simpáticos bigotitos tiesos postizos.

—    ¿Puedo servirte en algo? – me pregunta, poniendo sus manos a la espalda y fingiendo un candor que, seguramente, está muy lejos de sentir.

—    Me encantaría beberme un vodka con zumo de naranja. ¿Lo puedes traer?

—    Por supuesto. Me llamo Marisa.

—    Encantado, Marisa, soy Sergio.

Me da dos besos y sale disparada hacia algún rincón donde esté situada la barra, pues aún no he podido distinguirla. Me giro para echar un ojo a mis chicas. Siguen bailando como locas, pero ahora están acompañadas. Un chico de pelo muy corto se mueve a su alrededor, inclinándose sobre ellas para hablarles casi al oído. Viste con un estilo macarra, con pantalones anchos y camiseta de estilo, y calza deportivas inmaculadas. No sé, podría ser un pijo a no ser por los piercings que lleva en cejas y labios. Siempre he dicho que es un poco “choni” si abusas de ellos.

No me preocupa en absoluto. Nadia es muy capaz de frenar los pies al más pintado. De pronto, asisto a la respuesta de Patricia a la insistencia del macho. Sin pudor alguno, se acerca a su amiga, le echa los brazos al cuello, siguiendo el ritmo de la música, y le da un largo beso en los labios. Nadia ni se inmuta, aceptando la lengua de la jovencita. El tipo se queda con cara de pánfilo durante unos instantes hasta que, encogiéndose de hombros, se aleja en busca de presas más dispuestas. Mis chicas se separan y se parten de risa, aún abrazadas.

—    Aquí tienes, Sergio – Marisa está a mi lado, ofreciéndome una jarrita de aluminio, de esas de toda la vida que llaman pote de lata.

—    ¿De uso militar? – le preguntó, tomando la jarrita de sus manos.

—    Podría decirse que sí. Es lo más adecuado para no presentar aristas en un enfrentamiento. Al principio, los gerentes lo intentaron con plástico sanitario pero los clientes no estaban a gusto con eso.

—    Ya. Demasiado parecido a un botellón, ¿no?

—    Seguramente – se ríe ella, de forma muy graciosa. Es cierto que parece una ratita. – Así que optaron por el aluminio. Hay que lavarlo pero funciona muy bien y no se rompe.

—    Pero se abolla…

—    Bueno, así queda aún más de estilo fronterizo.

Ahora me toca a mí reírme. Le alargo la tarjeta del Purgatorio y es cuando me doy cuenta del extraño lector que lleva adosado a su brazo izquierdo, rodeando su bíceps. Teclea un número y pasa la tarjeta, con una habilidad que me deja pasmado.

—    ¿Deseas algo más? ¿Cualquier cosa? – me pregunta con ojos redondos antes de devolverme la tarjeta.

—    Por el momento, estoy bien. Me acordaré de ti si necesito algo más, Marisa.

—    Muy bien, hasta luego, guapo.

Admiro como mueve esas caderas, aún siendo estrechas, cuando se marcha. En ese momento, Patricia y Nadia regresan a mi lado, aún riéndose. La chiquilla me quita la jarrita y le da un sorbo antes de que consiga arrebatársela.

—    Nada de alcohol – la recrimino, antes de llamar la atención de un hermoso indio, con sus plumas y todo. – A ver, ¿qué queréis tomar, que aquí Jerónimo os lo trae?

Patricia sonríe al disfrazado camarero y le pide un San Francisco y un botellín de agua; Nadia es más de gin tonic, con un limón estrujado.

—    Ya he visto que teníais admirador y todo – le comento a Nadia.

—    Sí, pero Patricia le ha dejado sin palabras – se ríe un segundo pero alza las cejas y me mira. — ¿Te importa que me haya besado?

—    No, descuida Nadia. Sé cuan manipuladora puede ser este bicho – contesto, señalando con el pulgar a Patricia, quien me saca la lengua.

Las dos parecen muy dicharacheras y confiadas, con los ojos brillantes. Recuerdo lo que me dijo Dimitri cuando vine como agente contable sobre lo de inyectar cada hora gas hilarante a través de las bombas de aire. Yo me siento igual que siempre, pero conozco mi aguante con el alcohol, así que puede que estemos más contentos de la cuenta. Bueno, por ello me he traído el Mercedes-Benz con mis chicos dentro, para no tener que conducir a la salida.

Jerónimo trae las bebidas, incluido otro vodka con zumo para mí, y pasa la tarjeta por otro lector. Él lo lleva en su musculoso antebrazo, que es el sitio idóneo a mi entender. Claro que con lo flaquita que está la ratita, supongo que ha tenido que ponérselo en el brazo para que no se le caiga.

Las chicas me indican que necesitan ir al baño y les digo que aprovecharé para visionar más de la sala y, posiblemente, las zonas recientemente añadidas. Quedamos en un punto designado media hora más tarde y nos separamos.

Me encuentro con una zona recreativa muy bien acondicionada y de gran extensión, al norte de la puerta de entrada. Dispone tanto de juegos mecánicos y tradicionales, como billares, bolera y futbolines, como los últimos videojuegos más novedosos. Prácticamente todos los ingenios están ocupados por vociferantes jugadores, que no dejan de gastar créditos tras créditos. En una zona más apartada, pero aún en aquel universo lúdico, hay varias mesas de apuestas, con juegos más serios. Dados y cartas, sobre todo.

Una cantina extravagante, construida con traviesas y vigas retorcidas, y asientos de coches, se alza más allá. Está separada de la sala principal por gruesos paneles de duro plástico, idénticos a las puertas que muchos hospitales disponen en el departamento de Urgencias. Al cruzar tal barrera, el olor a fritura y a especias me asalta. Veo gente comiendo gigantescas hamburguesas o picando de cartuchos grasientos. Una ojeada a la gran carta expuesta en un cartel agujereado por disparos me indica que no es tan solo otra hamburguesería más. Disponen de platos vegetales, elaboradas ensaladas, diversos pescados al horno, y algunos platos combinados muy jugosos. Si lo hubiera sabido hubiéramos cenado aquí.

El sitio está planteado al estilo americano, con filas en trenecito de asientos traseros de distintos modelos de coches. Las mesas están hechas de hierros prensados por una gran hidráulica y recubiertos de una cubierta de plexiglás transparente. Ah, y no hay camareros sirviendo mesas, por supuesto. ¡La maldita influencia de ese jodido McDonald!

A medida que voy viendo la actitud del público, puedo darme cuenta de la manera en que juega. Todo el mundo juega en El Purgatorio, aún a un nivel muy básico. Entablar una simple conversación es jugar, pues ambos partícipes saben, en el fondo, que el otro puede estar tendiéndole una trampa. Bailar es también un juego muy básico, digamos como un escaparate para mostrar las dotes o la mercancía. Distingo grupos o pandillas que defienden su territorio o bien a uno de sus miembros; contemplo el movimiento de otro grupo de cazadores que envuelven a dos asustadas presas, lentamente, hasta hacerles comprender que no pueden escapar. Observo una rutilante hembra de dorada cabellera y escote vertiginoso, que atrae la atención de varios machos a la vez. Quizás los eche a pelear como parte de su propio juego.

—    ¿Has visto al tipo que intentaba ligar con las chicas?

—    ¿Dónde?

—    A tu derecha, en aquel cubículo que parece la cabina de un camión.

 

Efectivamente, eso me recuerda ese sitio, como si le hubieran quitado las ruedas a una destartalada cabina de camión, así como las puertas y todo el salpicadero con el volante. El tipo está sentado al lado de un hombre maduro, con un bigotito finamente recortado. Vista elegantemente aunque hay algo en su rostro que no me cae bien, como si no cuadrara con su aspecto. A su otro lado, una chica se sienta en silencio, la cabeza gacha, las mejillas con trazas de haber llorado.

—    Esa chica está aterrada – me dice Ras y él sabe sobre el terror.

—    Habrá perdido su parte del juego.

—    Puede, pero, como a ti, hay algo que no me gusta en esos tipos.

—    Bueno, podemos espiarles un rato, ¿no? ¿Tienes algo que hacer urgente, Ras? – le susurro con ironía.

—    Naaaa… hace días que no le doy por el culo a alguien –se ríe.

Me acerco todo lo que puedo, sin llamar la atención. No puedo escuchar lo que hablan pero sí puedo fijarme más en la chica. Tiene el pelo caoba, un tanto rojizo y muy corto, con un pelado pixie elegante que le deja toda la nuca rapada y un enorme flequillo por delante, que cae sobre uno de sus ojos. Posee un cuello delgado y bien definido y no puedo ver más de su cuerpo, tapado tras la mampara. Sin embargo, sí puedo detallar su rostro. Es una de esas caritas atractivas sin ser bellas, que nos atrae por un motivo sin definir. Yo diría que, en mi caso, son las innumerables pecas que salpican su nariz, pómulos, frente, e incluso labios. Es muy pecosa, con unas cejas bien definidas del mismo tono que su cabellera. Sus pestañas son largas y más rojizas, y sus ojos, cuando levanta su carita, puedo ver que son de un precioso verde mar. Su nariz es afilada y corta, casi aristocrática, y posee unos labios gordezuelos que se abultan en una boquita pequeña, que, en ese momento, está haciendo pucheros.

—    ¡Buuuffff! ¡Como me la pone esa niña!

—    Si está aquí dentro no puede ser tan niña – contesto, aunque en verdad parece muy joven.

—    ¡Tú que sabes! A Patricia no le han pedido ningún documento para entrar –tiene razón el viejo.

El tipo más joven, el de los piercings hace una llamada con su móvil y al minuto aparecen dos elementos más, con la misma pinta que el primero. Eso me huele a grupo instituido, pero si es así, ¿Quién coño es el tipo más viejo? ¿Su padre? ¿El patrón?

Los tres más jóvenes se mueven al unísono, alejándose de la cabina y perdiéndose entre la multitud. En un segundo, tomo la decisión de seguirles. Me escaman y me intrigan. ¿Qué le voy a hacer? Soy curioso por naturaleza.

Parecen llevar una dirección definida, hacia la pista central. Empiezo a calentar motores cuando distingo a Patricia y Nadia, apoyadas en la media columna de granito en la que hemos quedado para reunirnos. ¿Serán tan imbéciles de acosar a mis chicas? Decido quedarme al margen hasta ver en que queda la cosa. No quisiera comenzar una pelea en mi propio negocio. Los tres rodean a las chicas como perfectos depredadores. Distingo el gesto de fastidio de Nadia. Los ha calado rápidamente.

Me acerco más, hasta el punto de poder escucharles sin aparentar estar sobre ellos. Nadia ha pegado su espalda al granito, dispuesta a no dejarse sorprender, y coloca su mano en el pecho de uno de ellos, quien se ha acercado demasiado a ella para susurrarle algo. A su lado, Patricia aparta la mano que se ha posado sobre su hombro. Los tipos se ríen, bromean entre ellos, y dejan caer ingeniosas frases del tipo de: ¿Cómo es que estáis solas en un sitio tan peligroso como este? Seguro que necesitáis protección y ¿qué mejor que tres tipos guapos como nosotros?

—    ¿Qué tal si aceptáis una invitación, bellas? – dice uno de ellos, tratando de tomar a Nadia de la muñeca y tirar de ella.

—    ¿Qué tal si me sueltas la mano? ¿O prefieres perder la tuya? – responde ella.

—    A mira, una chica del otro lado del charco – se ríe otro. — ¿De dónde, guapa?

—    Colombia. ¿Sabes dónde queda?

—    Que graciosa, la chica – se ríen de nuevo.

—    ¡Tío, no me sobes más! – exclama Patricia, apartándose de un salto de la columna, solo para caer en los brazos de un compinche.

—    ¡Deja en paz la niña! – esta vez el tono de Nadia es helado, las palabras casi mascadas.

—    Eh, eh, tranquila, nena. Solo queremos ser amigos – alza las manos el que está a su lado, pero el que tiene tomada en brazos a Patricia no la suelta.

Veo que voy a tener que intervenir. Esos tíos tienen algo fijo en mente y no me gusta, aunque no tengo ni idea de lo que puede ser. Nadia me mira, haciéndome saber que siempre ha sido consciente de que estoy ahí. Comprendo que también está dispuesta a saltar. Bueno, no queda más remedio que liarla.

—    ¿Qué pasa? ¿Se os han acabado los chochitos fáciles?

—    Que va. Seguro que entre los tres no tienen ni un crédito para un ratito con una guapa camarera.

Aquellas palabras frenan mi avance y decido quedarme aún al margen. Dos chicas se mantienen cruzadas de brazos ante ellos, con sonrisas cínicas pintadas en sus labios bermellones. Son jóvenes, no más allá de veintidós años. Ambas llevan el pelo teñido de oscuridad azulada y sus ojos rebozan de negro intenso. ¡Góticas!

—    ¡Vosotras! ¡Malas putas! – exclama uno de los interpelados.

—    ¿Es que tenéis que andar jodiendo siempre? – pregunta otro, con mala actitud.

—    Eso depende de vosotros. Quedó muy claro que os quedarais en vuestro nido de escorpiones, pero si queréis otro asalto… por nosotras no hay problema, ¿verdad chicas?

La exclamación a aquella proclama llega desde detrás de ellos. Cinco chicas más, todas de negro como sus compañeras y con los mismos artificios en sus maquillajes, flanquean al grupo. A sus espaldas, distantes pero atentos, otros cuatro chicos EMO esperan, con las comisuras sangrantes.

Los tres Casanovas se miran entre sí, sabiendo que les superan en número y que si se lía el escándalo, los superhéroes caerán sobre ellos. Tienen las de perder y lo saben, así que se retiran profiriendo amenazas e insultos soeces. Las chicas góticas solo les responden con el dedo corazón levantado, al fin y al cabo son chicas, aunque sean oscuras.

—    ¿Estáis bien? –les pregunta la que habló primero.

—    Sí, gracias – contesta Patricia.

—    ¡Que tipos tan pesados! – gruñe Nadia.

—    No solo son pesados… pueden llegar a ser peligrosos – deja caer otra de las góticas.

—    ¿De veras? –se inquieta Nadia.

—    Si, hace un par de semanas que tuvimos que ponerlos en fuga. Intentaron violar a la hermana de Olive – dijo, señalando a una de sus amigas.

—    ¿Les habéis denunciado? –pregunta Patricia, cogiéndose del brazo de su amiga.

—    No llegaron a consumar el acto e iban enmascarados, así que no tenemos pruebas, pero sabemos que eran ellos. Por eso estamos vigilándolos, por si aparece una buena ocasión.

—    Mi nombre es Ágata – se presenta la que parece estar al frente del grupo.

Nadia y Patricia se presentan a su vez y besan sus mejillas. Ágata presenta a sus compañeras. Me fijo en la tal Ágata. Si se quitara parte del maquillaje… creo que sería hermosa. Lleva el oscuro cabello cardado, otorgándole un volumen asombroso y una textura casi vaporosa. Sus ojos son casi grises, por lo que debe de ser rubia natural. Una lástima de pelo. En cuanto a su cuerpo, los estrechos pantalones pitillos muestran unas piernas bien torneadas y unas caderas rotundas. El ajustado corpiño hace que sus senos rebosen literalmente, mostrando un canal profundo y sensual. El camafeo que lleva atado a su garganta con una cinta de raso púrpura parece realmente antiguo.

—    Esos tíos forman parte de una banda de proxenetas –comenta otra de las góticas, quizás la de más edad, llamada Camelia. – Se especializan en chicas extranjeras, del Este y africanas.

—    ¿Qué te apuestas a que la pecosa es extranjera? –el viejo ha tenido la misma idea que yo.

—    No sé, quizás podríamos tener una charla con el tío más viejo, ¿no?

—    El cual, sin duda, tiene toda la pinta de ser el que lleva la voz cantante en este asunto. ¿Te das cuenta de que ha enviado a esos tres a por las chicas?

—    Sí, Ras, me doy cuenta. ¿Por qué te crees que vamos a tener una charla con él?

—    ¡Juuas! Yo creía que era por la pecosa…

 

Controlo la zona antes de acercarme. No hay indicio alguno de que los tres esbirros estén cerca de su jefe. Quizás estén haciendo hora para no tener que volver ante él con las manos vacías. Me acerco rodeando la cabina de camión, para situarme a la espalda del tipo, que parece muy ocupado hablando a la chica al oído. Con un pequeño impulso, me deslizo sobre el asiento de cuero sintético, pegando mi muslo al suyo y empujando. Mi mano izquierda pasa por los hombros del hombre, en un remedo de abrazo de colegas, pero, en realidad, aprieto con fuerza el nervio de su hombro, extrayéndole un fuerte quejido.

Sus ojos buscan los míos, rabioso, pero se encoge al ver mi tamaño y mi cruel sonrisa. La carita pecosa de la chica se asoma un poco, al otro lado del tipo, mirándome con sorpresa.

—    ¿Quién eres? – jadea por el dolor de su hombro.

—    Oh, nadie importante. Por el momento, estoy más interesado en conocerte a ti. ¿Cómo te llamas?

—    Carrillo… Sebastián Carrillo…

—    Muy bien, señor Carrillo. Verás, estoy aún dándole vueltas a la idea en mi cabeza y no consigo situarte. Me han dicho que eres proxeneta de chicas extranjeras, ¿es cierto? – pregunto, apretando un poco más en su hombro. Deja escapar otro corto chillido y se arruga contra mí.

—    T-tengo chicas t-trabajando para mí… pero todo es legal.

—    Ajá, ¿y sueles contratar nenas aquí dentro?

—    No… no, que va…

Mi mano derecha sube hasta su pecho, pellizcando duramente el pezón bajo la camisa. Esta vez se muerde el labio para no soltar un berrido y llamar la atención. Contesta rápidamente, en cuanto le suelto.

—    ¡A veces, a veces!

—    Así que hace un rato has encargado a tus chicos que se interesaran por dos chicas bolleras, ¿no es cierto?

—    Volverán enseguida… y te patearán el culo, cabrón.

—    Claro, claro – me inclino hacia delante para observar a la chica pecosa que parece querer hacerse una bola en el asiento. – Hola, guapa, ¿y tú, cómo te llamas?

—    Alexi, señor – responde con un murmullo. Ras tiene razón, no es española.

—    A ver, Alexi, creo que vas a ayudarme con este tipo, ¿verdad? –se encoge de hombros, mirándole de reojo. Cuando presto atención, me doy cuenta que el tal Sebastián Carrillo la mantiene asida de la mano, con fuerza. – Suéltala, vamos.

El tío se resiste a ello pero, en cuanto acerco mi mano de nuevo a su pecho, la suelta y levanta la mano para mostrarme que está colaborando.

—    Alexi, sal de la cabina y da la vuelta. Siéntate a mi lado, estarás más cómoda y segura.

La chica asiente y se baja de un salto. Yo aprovecho para izar al tipo y correrle un poco más para dejarle sitio a Alexi. Carrillo no es un tipo duro ni pesado; es poco más que un pelele entre mis manos. Ya se sabe de la mayoría de proxenetas, solo saben hacerse los duros con las mujeres.

—    Pero tú eres otro proxeneta… – suelta Ras, de forma incisiva.

—    Ahora no, viejo – murmuro mirando como Alexi rodea la cabina.

Me doy cuenta de que es muy bajita, apenas un metro cincuenta calculo, y parece muy joven al mirarla de cerca. Viste unos apretados jeans y una camiseta de manga larga, de estrechas rayas horizontales negras y fondo tostado. Nada demasiado extraordinario para asistir al Purgatorio, por lo que intuyo que ha sido traída aquí a la fuerza, quizás. Se encarama a mi lado y quedo seguro de que es una niña, pues su mirada peca de ingenuidad y temor.

—    Dime Alexi, ¿De dónde eres?

—    De Ucrania, señor.

—    Soy Sergio, pequeña, o Sergei, como prefieras. ¿Cuánto tiempo llevas en España?

—    Seis años ya.

—    ¿Y cuántos años has cumplido? La verdad, Alexi.

—    El mes pasado cumplí dieciocho años, Sergio.

—    ¿Él entiende el ucraniano? – le pregunto usando su idioma natal. Ras no es muy ducho, pero se defiende.

—    No, nada de nada – me responde, iniciando una sonrisa tras su sorpresa. — ¿Y tú, cómo lo sabes?

—    Sé muchas cosas, pequeña – a mi lado, Sebastián rebulle y dejo de presionar el nervio de su hombro para pasar directamente a rodearle el cuello con mi antebrazo. — ¿Qué quería de ti este hombre?

—    Le llaman Tío Sebas y es un hijo de puta – escupe ella, usando el ucraniano.

—    Cuéntame lo que te pasa con él. Ya sabes que no te hará daño, nunca más.

Me mira con esos ojos tan dulces y necesitados y asiente. Una diminuta lengua pasa por sus labios en un tico nervioso. ¡Dios! Es la viva imagen de la inocencia.

—    ¡Dulces santos del cielo! Esa niña puede sonsacar lo que desee de cualquiera, incluso de mí. Es la encarnación de la más pura tentación…

 

Lo más aterrador del comentario de Ras es que sé que es totalmente sincero. No es que la chica sea categóricamente bella, pero posee algo, una mezcla de todas sus virtudes, que la hace irresistible a poco que te acerques a ella.

—    Mi familia vivía en Ridne, un pueblecito a veinte kilómetros de Sevastopol, en la península de Crimea. Como muchos otros ucranianos, estábamos sumidos en la miseria, sin futuro ni perspectivas. Así que papá decidió salir al extranjero y buscar algo mejor para todos nosotros.

Es la historia universal del emigrante, lo mismo en cualquier país; buscar esperanza y una oportunidad.

—    Él no podía dejarnos en Ucrania y enviarnos dinero, pues no teníamos casa, ni medios. Así que nos embarcó a todos en un carguero y cruzamos el Mar Negro hasta Istanbul – pronunció el nombre del puerto en su lengua original. – Según papá, Turquía no es buen lugar para nosotros, los ortodoxos. Seguimos hasta Mallorca, papá, mamá, mi hermano Luvic, mi otro hermano Dietor, la abuela Massia, y yo, que era la más pequeña. No había cumplido aún doce años. Pasamos varios meses en Mallorca. Papá encontró trabajo en pesquero y mamá fregando en la cocina de un hotel. Luvic, el mayor, aprendía en panadería. Dietor y yo quedábamos a cargo de la abuela.

“Pero la temporada terminó y los trabajos se acabaron, salvo el de Luvic, pero cobraba muy poco. Así que mamá se puso en contacto con una hermana suya, que ya llevaba años aquí en Valencia. Mi tía Geva nos consiguió apartamento barato y trabajo para mamá. Así que nos venimos. Papá se juntó con mi tío Stanislas, el marido de Geva, y trabajaba temporalmente en varias cosas. Pero la mala suerte nos perseguía. Primero fue la abuela Massia. Enfermó malamente y no teníamos dinero para médicos. Tosió hasta morir, la pobre. Después fue papá. El tío Stanislas lo acostumbró a frecuentar malos sitios y un día, en una discusión, lo apuñalaron en los riñones.

Necesitábamos dinero y Luvic aceptó distribuir droga desde el puerto. Era peligrosos, pero se ganaba buen dinero. Empezamos a levantar cabeza, pero tan solo por dos años. Después Luvic fue arrestado. Cumple diez años en Picassent, mamá intentaba que Dietor y yo no supiéramos nada de todo esto. Dietor tiene dos años más que yo y los dos estábamos en el mismo colegio. Mamá nos mantenía como podía, con la ayuda de su hermana, hasta que Dietor se enteró de cómo lo hacía.

El tío Stanislas es mala persona. Él y Geva no tienen hijos, gracias a Dios. Presionó a mamá para que empezara a recibir hombres. Mamá siempre ha sido muy guapa, pelirroja como yo, y tío Stanislas comenzó a venderla como su chulo. Ya hacía lo mismo con tía Geva, aunque ella no era tan guapa. Dietor lo descubrió y se enfadó muchísimo. Por entonces tenía diecisiete años. Echó a la calle, de mala manera, un cliente de mamá y cuando el tío Stanislas vino a ver lo que ocurría, le atacó con un cuchillo de cocina. Le cortó la cara pero mi tío sacó una pistola y mi hermano tuvo que huir para salvar la vida. De eso hace casi dos años y no sabemos nada de Dietor. Supongo que ha encontrado una nueva vida donde esté.”

Me paso la mano derecha por la boca. Siento la garganta seca y casi cerrada, más por la miseria que Alexi me cuenta que por la propia sed. Intuyo que está a punto de acabar y aprieto un poco el cuello de Sebastián, para que no se olvide que estoy pendiente. El tipo está escuchando a la chica hablarme en ucraniano y debe estar haciendo todo tipo de crucigramas mentales, creyéndome a mí también ucraniano. ¡Que se joda!

—    Mamá murió hace una semana, envenenada por las drogas que le suministraba tío Stanislas – esta vez me mira directamente, los ojos bien abiertos y derramando silenciosas lágrimas. Si en ese momento, me pide que crujiera el cuello del tiparraco de mi costado, lo hubiera hecho sin dudarlo. – Después del entierro, tío Stanislas dijo que yo era la única que quedaba de la familia y que tendría que ser yo quien pagara la deuda…

—    ¿Qué deuda? – pregunto intrigado.

—    No lo sé. Según él, papá le debía un dinero por cuidar de la familia…

—    ¡Maldito cabrón! – gruño y Sebastián gime al apretarle el cuello.

—    Así que hoy me ha traído aquí y me ha entregado a Tío Sebas para que me ponga con sus chicas. Les he escuchado hablar de ir a medias con los beneficios que yo genere. Cuando has llegado, él me estaba explicando lo que pensaba hacer conmigo –utiliza el castellano para decir eso y señala con un dedito al crápula que aferro. El acento eslavo dota las palabras españolas de un suave y delicado silbido.

—    Ya veo –respondo, aferrando la coletilla del tipo con fuerza y tirando de su cabeza hacia atrás.

—    ¡No, por favor! ¡Podemos hablarlo con tranquilidad! – farfulla a gritos.

—    Oh sí, podemos hablar de cómo quieres acabar en la playa, ¿con el culo petado o sin ojos? –y juro que estoy dispuesto a hacerlo.

Desesperado, Tío Sebas comienza a manotear y a retorcerse, buscando una vía de escape, un resquicio por donde deslizarse y salir zumbando. Pero mi mano mantiene firme el buen puñado de cabello que sostengo y a no ser que se los arranque él mismo, no voy a soltar. Me limito a levantar el puño derecho y soltar un trallazo, manteniendo su cabeza sujeta con la otra mano. El fuerte chasquido de la mandíbula rompiéndose me alegra la noche. Tío Sebas se derrumba como un guiñapo sobre el lugar donde debería estar el volante. A mi lado, Alexi se lleva una mano a la boca, impresionada.

—    Vámonos – la insto, saliendo de la cabina. Miró con atención en torno mía. Parece que nadie se ha dado cuenta de lo sucedido y no hay ni rastro de sus tres acólitos.

—    ¿Dónde vamos?

—    En busca de los superhéroes – y la chica me mira como si se me hubiera ido la chaveta.

No tardo en encontrar a Marisa, ocupada en llevar una bandeja hacia su destino. La freno por un hombro y tiene que hacer malabares para no derramar nada. Se me queda mirando asombrada y, de paso, fulmina con la mirada a la aún asustada Alexi.

—    ¿Puedes llamar algún superhéroe en este momento?

—    ¿Qué pasa? ¿Tienes problemas?

—    Puede. Necesito un superhéroe enseguida. ¿Puedes llamarlo? – mi tono no la deja pensar ni dudar. Asiente y acciona una tecla del lector que lleva en el brazo.

Realmente son rápidos. Antes de que se cumplan los dos minutos de espera, tengo un Batman tan grande como yo a mi lado, y un Spiderman preguntando a Marisa qué ocurre.

—    Yo os he llamado. Me llamo Sergio Talmión y soy…

—    ¡El puto presidente de RASSE! – exclama Marisa, sin dejar que termine de presentarme. — ¡No me jodas!

—    ¿Estás segura de que es él? – le pregunta Batman.

—    No sé, nunca le he visto. Solo conozco su nombre por lo que he escuchado a los gemelos – confiesa Marisa, sin quitarme los ojos de encima. – Parece muy joven para ser él, pero, por otro lado, tengo entendido que heredó la organización, así que…

—    Lo mejor será que llaméis a los hermanos Josspin, los gerentes, y todo se aclarará – les digo, agitando una mano. – Pero antes de nada, hay un tipo con la mandíbula rota en la cabina del camión que hay allí. Se dedica a vigilar y pescar chicas aquí dentro. Es un puto proxeneta de cuidado. Quiero que lo metáis en alguna parte de la que no pueda escaparse.

Ambos superhéroes se miran y se ponen en movimiento. Marisa me hace una señal para que la siga. Atrapo la mano de Alexi y tiro de ella. Nos lleva hasta la barra principal, que está a un nivel inferior del piso. ¡Por eso no la veía! No hay escalones para bajar, sino suaves rampas recauchutadas. Es un mostrador enorme, con al menos quince camareros de ambos sexos en su interior. Otros van y vienen a través de dos entradas en sus extremos, portando bandejas. Varias cubas con ruedas, conteniendo cubiletes vacíos y sucios, son introducidas por una puerta trasera. Supongo que allí estará el tren de lavado y un acceso al almacén. Pero Marisa no nos lleva allí, sino que se dirige directamente a una puerta estanca, como la de los barcos, con ojo de buey y todo, situada en un muro destrozado y quemado. Gira la rueda de presión un cuarto y espera. Una voz surge de algún oculto intercomunicador.

—    ¿Sí?

—    Soy Marisa, tengo que ver a los gerentes.

Con un chasquido, la puerta cede hacia dentro. En el interior, bajo una luz blanca y fija, unas escaleras metálicas ascienden hacia un piso desconocido.

—    La sala de empleados, así como la sala de control y las dependencias de los gerentes están arriba – nos explica la ratita, subiendo las escaleras con ese meneito que parece tan suyo.

Nos conduce por un amplio pasillo hasta una puerta de madera, con una plaquita: “Dimitri y Dalali Jasspin, gerentes.” Marisa llama y la puerta se abre inmediatamente. Nos encontramos en un gran y lujoso despacho, con un par de cómodos sofás, un gran escritorio, varios monitores repartidos sobre un largo anaquel y hasta un cyclostatic en un rincón. Pero lo que llama realmente la atención es el gran ventanal que se abre al club. Desde allí, se puede ver toda la zona central de la gran sala. Dimitri está de espaldas a nosotros, mirando la clientela. Su hermana se sienta ante los monitores, controlando diversas cámaras. Dalali es quien se gira para preguntar a Marisa lo que desea y se queda boquiabierta al verme.

—    Verá, señorita Dalali, este caballero pretende ser… – intenta explicarse la ratita.

—    ¡Sergio! P-pero…

—    ¿Cómo se te ha ocurrido venir sin avisar, hombre? – exclama Dimitri, girándose al escuchar a su hermana. Se viene hacia mí con los brazos abiertos.

Nos abrazamos efusivamente. La verdad es que esos dos me caen geniales. No nos vemos desde mi boda, aunque nos mantenemos en contacto por videoconferencia cada diez días. Dalali lo hace a continuación, pero también me besa las mejillas. Marisa tiene los ojos como platos. Sin duda piensa que le ha tirado los tejos al jefe, me digo divertido.

—    Eso es todo, Marisa. Gracias – le comunica Dimitri.

—    Marisa – me giro hacia ella, tomándole una mano por sorpresa. – Te agradezco muchísimo tu ayuda. Ya nos veremos – y le beso dulcemente la parte interna de la muñeca. La noto estremecerse.

—    ¿Qué sucede para que te presentes así? – me pregunta Dimitri, mientras yo contemplo como la ratita se marcha.

—    He traído unas amigas para que experimenten El Purgatorio. Así que no podía deciros que estábamos aquí, ya sabéis, para que todo siguiera el curso ordinario – sonríen pero dejan de hacerlo cuando notan mi semblante serio. – Nos hemos topado con anzuelos para chicas actuando libremente en la sala.

—    ¿Anzuelos para chicas? – Dalali parece confusa.

—    Así es como llaman en Los Ángeles a los tipos que engañan a las chicas recién llegadas a la meca. Les ofrecen un refugio, comida, y cama hasta que se instalen, pero acaban prostituyéndose al cabo de un mes para ellos – le explica su hermano.

—    ¿Eso sucede aquí, en El Purgatorio? – se asombra ella.

—    Acabo de rescatarla de uno de esos tiburones – señalo a Alexi con el pulgar y ella enrojece divinamente. – Tus superhéroes lo tienen en custodia, pero hay tres esbirros suyos aún sueltos.

—    Llama a Ismael – le dice Dimitri a su hermana.

El tal Ismael tarda cinco minutos escasos en llegar. Me esperaba un Superman, o bien un Thor, por ser el jefe de seguridad, pero me encuentro con un más bien bajito Nova. Pero eso sí, bajo su ajustado traje marrón su cuerpo está perfectamente cincelado por el ejercicio. La máscara con la gran estrella oculta su cabello y sus ojos, pero muestra una boca simpática y burlona.

Me escucha atentamente mientras le doy la descripción de los sujetos y no parece nada sorprendido por lo que está sucediendo en el club. Supongo que ya está al tanto de los rumores y solo esperaba confirmación para actuar.

—    ¿Qué podemos hacer por ti? ¿Necesitas algo? – me pregunta Dimitri al quedarnos de nuevo a solas.

—    Nada, de veras.

—    ¿Estás enfadado con nosotros? – pregunta suavemente Dalali.

—    No. Este tema no es fácil de descubrir y de atajar, pero ahora que lo conocéis…

—    Lo tendremos muy en cuenta, no te preocupes – me asegura su hermano.

—    Voy a bajar a ver cómo lo llevan las chicas. Espero que esos tipos no vuelvan a poner los pies aquí – saben que no es un deseo, sino una orden.

—    Descuida. Sus rostros y datos pasaran a la lista de no gratos. No volverán.

—    Y estaremos muy atentos a nuevos casos – me asegura Dalali, poniéndose de puntillas para besarme en la mejilla.

—    Me alegro. Ya hablaremos – me despido, colocando una mano sobre el hombro de Alexi y sacándola de allí.

Marisa nos está esperando al lado de la puerta con el ojo de buey. No dice nada pero se coloca a un par de pasos detrás de mí y nos sigue donde vayamos. Creo que se ha nombrado ella misma acompañante oficial, algo así como una ayudante. Me dirijo hacia donde deben estar las chicas. Nadia está charlando con Ágata, ambas acodadas a uno de los bidones ardientes. Se miran fijamente, entre risas y confidencias, y brindan con sus cubiletes cada tres segundos. Parecen que se caen bien. Patricia está saltando como una loca entre los cuatro EMO que la ovacionan, agitando la melena como una hippie de los sesenta. Deberé comprobar que no se haya metido un par de chupitos por el coleto.

Nadia me ve y, disculpándose con su acompañante, me sale al paso.

—    ¿Dónde estabas? Te he buscado cuando no has aparecido, incluso te he llamado. Estaba preocupada.

—    Lo siento, tengo el móvil apagado. Me entretuve haciendo de samaritano – sonrío y obligo a Alexi a dar un paso al frente. – Ella es Alexi.

—    Hola – dice con timidez.

—    Hola, Alexi, yo soy Nadia.

—    Encantada, Nadia. Tengo una prima que se llama como tú pero no es tan bonita…

—    Vaya, gracias – responde Nadia, enarcando una ceja. – Ese acento no es de España, ¿no?

—    Ucrania. ¿Y el tuyo? – pregunta Alexi, sonriendo por primera vez.

—    ¡Me has pillado! De Colombia. Ven, te voy a presentar a otra amiga – Nadia se la lleva hacia la pista, donde Patricia sigue haciendo el ganso.

Las miro alejarse. Alguien se sitúa a mi lado. Miro de reojo. Es Ágata.

—    ¿Así que tú eres el Gran Jefe? – me pregunta, de repente.

—    Vaya, veo que ya habéis hablado de mí. Soy Sergio – me presento y extiendo la mano.

—    Ágata.

—    ¿EMO?

—    Más bien gótica clásica, lo de la sangre me gusta verla y si acaso derramarla, pero no chuparla.

Me río con ganas.

—    ¿Qué te ha contado Nadia?

—    No mucho, es muy reservada. Solo que eres un pez importante y ella está a cargo de tu seguridad. Por cierto, ¿realmente ese bombón es una mujer peligrosa? – me pregunta, señalando a Nadia con un gesto de la cabeza.

—    No te gustaría verla bajo presión, te lo aseguro.

—    Vaya… ¿Y tú, puede saberse a qué te dedicas?

—    Espectáculos.

—    ¿Como conciertos y eventos?

—    Un poco de todo.

Nadia regresa en ese momento y no lo hace sola, Patricia escolta también a Alexi. La rubia se acerca a mí y me suelta en un susurro:

—    Creía que la única niña que te gustaba era yo. ¿Me vas a sustituir? – el tono es de cierto recochineo, pero la mirada muestra una anhelante pregunta.

—    Alexi tiene dieciocho años.

—    ¡Coño! ¡Parece incluso menor que yo! – se asombra.

—    Por otra parte, aún no he decidido nada sobre ella. Se ha quedado sin familia y sin hogar. Acabo de salvarla de un proxeneta, así que no es un capricho.

—    Vale, lo siento, no lo sabía – se excusa, bajando la mirada.

—    Quizás te venga bien una amiga de verdad y no una esclava – le digo, empujándola con el codo.

—    Irene es mi amiga – se queja.

—    Lo que tú digas. Marisa, por favor – le indico que se acerque y lo hace con su sonrisita de siempre. — ¿Hay algún sitio en que podamos sentarnos todos y podamos charlar tranquilos?

—    Por supuesto, jefe. Puedo llevarles al refugio VIP.

Es una buena idea. Le pido a Patricia que se lo proponga a sus nuevos amigos góticos, pues parece que ambas han forjado lazos esta noche. Los demás parecen entusiasmados con la idea. Han escuchado alabanzas del nuevo refugio, pero aún no han podido admirarlo. Con ello, acabo de convertirme oficialmente en el tío más guay de la noche. Por mi parte, empiezo a estar harto de andar para todos los lados. Quiero sentarme y hablar seriamente con Alexi. No me he planteado nada en firme hasta que Patricia ha hablado del tema. Todos seguimos el balanceo de la ratita, quien nos conduce a través de la grandiosa sala hacia la zona que aún no he mirado, por supuesto.

Se detiene ante una doble puerta con lector. Pasa una tarjeta propia que actúa como llave. Nos encontramos con unas amplias escaleras que forman un suave giro a la izquierda. Al subirlas comprendo cual es el nuevo refugio. La primera vez que estuve aquí las paredes exteriores de ambos refugios, uno en cada extremo del Purgatorio, estaban repujadas con los restos de edificios cortados por supuestos bombardeos, formando verdaderas gigantescas casas de muñecas con apenas fondo. Lo que los gemelos habían hecho era otorgar profundidad a aquellos rellanos de habitaciones, formando verdaderos miradores bastante cómodos por lo que puedo ver.

De esa forma, podemos asomarnos y otear el vasto refugio con sus cientos de hogueras y sus confortables huecos, en todo su caótico panorama. Da un poco la sensación de ser los afortunados, los mejor guarecidos, al estar más altos. Marisa nos hace entrar en un salón con varios grandes divanes. Pegados a las paredes, hay diversos muebles, como una mesita de apoyo con una vieja máquina de coser, una silla con una pata rota, y un viejo televisor en un rincón. El muro que vuelca al refugio no existe apenas, es más bien un conglomerado de retorcidos hierros y algunos trozos de mampara que cumple la función de valla para que nadie caiga al vacío de casi nueve metros. Las demás paredes están agujereadas en algunos sitios, como si hubiese penetrado algún tipo de obús en el edificio.

Mientras nos instalamos, le pido a Marisa que traiga varias botellas de vodka, ron, y whisky, dos docenas de variados refrescos, y una cubitera con hielo. Le atrapo la mano al tiempo que me giro hacia Alexi.

—    ¿Has cenado algo? ¿Tienes hambre? – le pregunto y ella se encoge de hombros. Eso es un sí en el lenguaje de tímidos. – ¿Te parece bien un par de cuñas de pizza?

—    Sí, claro – sonríe.

Se lo comunico a la ratita y me veo asaltado por los comentarios de los góticos, quienes están alucinados con cada detalle. Uno de ellos estudia arquitectura y reconoce la magnitud de la obra empleada. El edificio parece estar a punto de caerse pero, en realidad, debe pasar todos los controles de calidad. Al igual que yo, en mi primera vez, se preguntan quien es el diseñador del club.

Marisa regresa, acompañada de un chico disfrazado de pirata, con un simple chaleco sobre su pecho, que muestra sus fuertes brazos y la tableta definida de su vientre, y otra opulenta compañera vestida de Vampirella. Todos nos preguntamos cómo es que esas tiras de vinilo no se mueven sobre sus pletóricas curvas. ¿Las llevará pegadas a la piel? Tras dejar todo sobre las mesitas que han traído de otras habitaciones, Marisa se inclina y me comenta:

—    Esta planta está reservada para tu uso. Hay otras habitaciones con más asientos e incluso camas. Nadie subirá a molestar. Aquí tiene un pulsador por si necesita algo más – me entrega un pequeño mando, muy parecido al de un coche.

—    Muchas gracias, Marisa. Toma la tarjeta de créditos, factura todo esto y quédate el resto como propina.

—    P-pero, Sergio, aquí hay mucha pasta – exclama, abriendo mucho los ojos.

—    Te lo mereces, ratita – y ella sonríe y asiente. Finalmente, se inclina más y me besa en la mejilla. Menos mal que Patricia está atareada charlando con sus góticos.

Insto a Alexi a comerse la pizza y escancio una Coca en un vaso con hielo. No le gusta el alcohol. En cuanto da el primer bocado, su cuerpo la reclama por el hambre que debe sentir y devora la gran cuña en rápidos mordisquitos. Me mira y enrojece al comprender que me divierte mirarla comer. Le da un largo trago a su bebida y se atarea con el segundo trozo de pizza.

—    ¿Qué piensas hacer ahora? Tu madre ha muerto, tu tío te ha vendido, y no te queda más familia que unos hermanos desubicados – le digo, casi en un murmullo. Allí no hay música estridente y podemos hablar bajo.

—    No lo he pensado, pero no me quedaré con tío Stanislas. Puede que suba a Barcelona.

—    ¿Qué hay allí?

—    Es una gran ciudad. Encontraré trabajo en algo.

—    ¿Qué sabes hacer?

—    Cualquier cosa de las faenas de la casa, cocino, y también sé limpiar pescado y mariscos. Dietor y yo no trabajábamos, solo íbamos a la escuela.

—    ¿Tienes algún título? – le pregunto, quitándole con el pulgar una mancha de tomate de la comisura.

—    No empecé Bachiller, pero acabé la primaria con buena nota.

—    ¿Te gusta estudiar?

—    Sí, bastante.

—    Bien. Escúchame, Alexi, yo vivo en Madrid, con mi esposa…

—    ¿Estás casado? – se asombra ella.

—    Si. Se llama Katrina y es húngara.

—    Oh, por eso sabes…

Sin duda se refiere al idioma. La dejo creer lo que quiera.

—    Vivimos en una casa enorme que compartimos con varias amigas. Patricia y Nadia son dos de ellas, pero hay unas cuantas más, entre ellas mi hermana Pamela. Una planta de la mansión está reservada para una escuela de huérfanos que llamamos La Facultad. Son chicos que proceden de zonas conflictivas del este. Los acogemos, los educamos, y los devolvemos a la sociedad.

—    Eso está bien. Hay que ayudar…

—    Sí. Te propongo que te unas a ellos, no como compañera ya que son mucho más pequeños que tú, pero sí como monitora. Ayudarías a su educación y, al mismo tiempo, podrías seguir estudiando. Tendrías tu propia habitación y una compensación económica para tus gastos. Incluso podrás acudir a un colegio privado o a una universidad para graduarte. De hecho, Patricia está inmersa en ello y creo que le encantaría que fueras su compañera.

—    ¿D-de verás? ¿No te estás burlando? – Alexi parpadeaba, algo confusa.

—    Palabra que no. Te estoy ofreciendo una oportunidad de vivir, sin presiones, sin maltratos.

—    Oooh… Sergio… ¡Gracias, gracias! – se abraza a mi brazo y apoya su mejilla pecosa en él. – Trabajaré con esos niños y verás como no te defraudo. Seré la mejor de todas las chicas que… – no pudo seguir hablando debido a las lágrimas.

Nos quedamos en silencio, ella llorando, yo acariciándole el suave pelo. Pensaba en su desesperación, que no la había hecho desconfiar lo más mínimo de mí. Ni siquiera había planteado una duda, una pregunta inquisitiva. Alexi sabía que no podía caer más bajo de lo que se encontraba y cuanto había visto en mí la animaba a confiar, aunque hubiera sido un crápula. Ya no tenía nada que perder. Es terrible que una chiquilla pase por una experiencia así.

La mayoría de los góticos estaban contemplando la gente que se acurrucaba en los refugios de abajo, mientras acababan sus bebidas. En otro sofá, Nadia había dejado de hablar y pasaba su lengua por el cuello de Ágata, quien gemía bajito, la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados. En un momento dado, Nadia me miró y sonrió, sin apartar los labios de la pálida piel de su nueva amiga.

¿Qué queréis que os diga? Nadia no parece cortarse lo más mínimo delante de mí. Ya lo demostró allá en Colombia, cuando compartimos aquella chica.

—    En el fondo, creo que le gusta ponernos los dientes largos, aunque no comprendo los motivos.

“Yo tampoco, viejo, y eso me hace pensar.”

—    ¿En qué?

“En posibilidades.”

—    Me gustan las posibilidades.

“Pero hay que darle tiempo…”

—    ¿Y qué sucede con la chiquita? ¿También hay que darle tiempo?

“No la ayudo por eso, Ras. Tengo la oportunidad de cambiarle la vida y no pido nada a cambio.”

—    Pero lo sabrás igual que yo… si se lo pides ahora mismo, se entregará fácilmente.

“Lo sé, pero no pienso hacerlo. Lo que suceda en el futuro, cuando ella se asegure de que no pienso pedirle nada a cambio de mi ayuda, dependerá totalmente de ella.”

—    Te estás volviendo demasiado filántropo.

“Solo con ciertas personas y tú lo sabes bien.”

Alexi rebulle contra mi brazo. Se ha quedado dormida debido a la intensidad de las emociones que ha experimentado este día. La abrazo y la dejo que se arrellane mejor contra mi costado, la mejilla posada en mi pecho, esta vez. Duerme con la boquita entreabierta. Su mano derecha aprieta mi costado, como queriendo fundirse conmigo en el abrazo. Suspira en sueños. La contemplo largamente.

Cuando levanto la cabeza, los góticos se han marchado y Nadia tiene su mano perdida entre los muslos de Ágata, a la par que devora su boca con ansias. Sonrío y me digo que hoy ha sido un buen día.

CONTINUARÁ

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