JANIS MULLIGAN

El reino de Temiscira

Nunca he visto a Pamela tan nerviosa como en este caso, o al menos que recuerde. Incluso la sosegada Elke anda de un lado para otro, frenética, con la tablilla debajo del brazo. Parece que entre las dos están haciendo una carrera para tachar cuantas más cosas de la interminable lista que han redactado.

La culpa es de la falta de tiempo. Como en todos los actos que no dependen de uno, la garantía y la fiabilidad no son absolutos y las dos semanas de las que disponían no han resultado suficientes. Todas las cuestiones de intendencia, infraestructura, comodidad, e ingeniería se han resuelto satisfactoriamente, pero no así otras como servicio, seguridad, y espectáculo.

En contra de lo que pretendía, Pam ha tenido que recurrir a diversos profesionales no condicionados. Lo que significa que va a ser difícil mantener en secreto lo que el club puede ofrecer. Así que todos hemos aportado nuestro granito de arena a mi hermana y mi cuñadita. Por eso estamos aquí, entre el caos que hay montado en el local, cinco horas antes de su inauguración. Jeje, “pa vernos”.

Pam ya sabía que no podría contar con toda la plantilla requerida en la apertura, pero pensaba cubrir la mayoría de los puestos. Pero lo que se piensa e imagina es muy diferente de la realidad, sino que se lo digan al gruñón de Hitler. Como ya he comentado, el club dispone de veintiséis chicas que forman el núcleo duro del reino amazónico. Estas chicas deben ocupar todos los puestos, según sus cualidades, claro. Pero en una inauguración con la flor y nata de Madrid no son suficientes, sobre todo porque no existe aún una experiencia real.

Así que, hace tres días reuní a toda nuestra familia y la insté a producir nuevas ideas y soluciones. Nadia fue la primera en ofrecer sus servicios y ocuparse de la seguridad, un tema totalmente empantanado para Pam y Elke. Ese era uno de los grandes retos para ellas. Vamos, o sea, no puedes llegar a un reino de amazonas y que la seguridad esté a cargo de unos cuantos gorilas. Toda la puesta en escena se iría al garete. Sin embargo, aún no disponían de chicas duras y capaces. Ahí fue donde Nadia hizo hincapié. Ella dirigiría la seguridad, aportando algunos hombres de nuestra academia. La mayoría debería estar escondida y solo aparecería en casa extremo. Con un par de hombres en la puerta y Nadia dando rondas por el local debería ser suficiente.

Katrina se encargó de todo el catering, contratando uno de sus famosos amigos chef que dejarían bien alta la calidad de la cocina. Así mismo, el propio equipo prometió ocuparse de conseguir suficientes camareros de ambos sexos, tanto para servir bandejas de aperitivos como para atender las dos barras y los “nidos”. Pam se ocuparía de suministrarles las ropas adecuadas y darles indicaciones pertinentes, así como de hacerles firmar una cláusula de confidencialidad que Denisse ya había redactado.

Krimea propuso estar a cargo del sistema de audio y de los juegos de luces. También realizaría las presentaciones necesarias durante la velada. De cosecha propia, aumentó la ya extensa variedad musical que Elke había conseguido. Desde un principio, habían tenido muy claro que en un sitio así no se podía ejecutar la misma música que aparecía en un top de radio. Así que se decantaron por fragmentos de piezas musicales, interpretadas por las mejores orquestras del mundo, archivados y numerados en el servidor interno del club. Brahms, Wagner, Tchaikovsky, Falla, y Stravinski, entre otros, así como arias de diferentes óperas y adaptaciones recientes de temas clásicos a música electrónica, y también bandas sonoras de muy diferentes filmes. Nadia se encargaría de ambientar la sala y de pasar los temas elegidos para los diferentes números de la noche.

A mi me quedó unas cuantas cosillas. Por ejemplo, suministrar las dos chicas necesarias para ocuparse de los coches. El club dispone de servicio de aparcacoches y Pam insistió mucho en que tenían que ser chicas. Sería la primera impresión que los futuros socios se llevarían del club y era muy importante. Así que pedí voluntarias en nuestra academia armada. ¿Qué pasa? ¿Acaso os creíais que no hay chicas en ella? Pues las hay, aunque no todas las que me gustaría. Elegí a las dos que me parecieron más guerreras, como no.

Pam había contratado varios artistas circenses para los espectáculos de ambientación, pero aún no tenía a nadie para las plataformas y jaulas que se repartían por el local. Según me dijo, había pensado en contratar gogos y bailarines de fiestas, pero le indiqué una idea mejor. ¡Que coño! Tenemos en nómina a las mejores bailarinas sensuales, que aceptarán con los ojos cerrados. Así que llamé a San Sebastián y hablé con Rogelio Audart, el gerente del TNT, el cual no tuvo problema para prometerme cuatro de sus mejores chicas. Lo mismo sucedió con Mauro y los gemelos Josspin.

Para la inauguración dispondríamos de bailarines sensuales suficientes. Pam se puso muy contenta porque se fiaba más de esas chicas que de cualquier bailarín profesional. Además, serían mucho más impúdicas y lascivas. Fue entonces cuando me habló de los sumisos que pensaba contratar.

—    ¿Sumisos? ¿No es un club femdom? – le dije.

—    Tonto, se supone que son amazonas y, como tales, tienen esclavos masculinos que las sirven y las dejan embarazadas cuando necesitan hijos.

—    Es cierto – tuve que admitir.

—    Ten en cuenta que el club estará abierto tanto a hombres como mujeres. Habrá parejas de amantes y matrimonios que asistirán. Tenemos que tener disponibles algunos ejemplares masculinos, bellos y bien sumisos, para lo que se tercie. Los utilizaré como camareros la mayoría del tiempo, para cubrir los puestos de las chicas requeridas.

—    Bien pensado, pero no sé donde sacar tipos así.

—    Tranqui, hermanito, que de eso ya me ocupo. Ahora empezaremos con lo que tenemos, pero tengo una lista de personal que pienso pasar a la Dra. Garñión, con los puestos que necesito y las características.

Así que, ahora, a pocas horas de la apertura de nuestro nuevo club, me dedico a asumir el papel del socio esnob y jodido que todo camarero teme, para así estar seguro de que nada fallara a la hora de la verdad. Acompañado de Denisse, quien está presente por la improbable posibilidad de que una última inspección de los bomberos o de la policía venga a meter la pata, recorro las gradas, indolentemente, activando los cortinajes automáticos, los pulsadores electrónicos para llamar al servicio, los controles individuales de los climatizadores. Pateo los pilotos de las luces de emergencia, pido las bebidas más raras que se me ocurren a las sorprendidas chicas que me encuentro, y compruebo la acústica en todos los rincones.

En un momento dado, me encuentro con Pavel y Mariana, que miran todo el caos desde la puerta que comunica las habitaciones de las chicas con el local. Ellos dos son quienes siguen controlando el local, una vez lo ponga definitivamente en marcha mi hermana. Se ha decidido que Iris, la Reina Dominatrix controlará a las chicas, pero solo para instituir la jerarquía necesaria para la marcha interna del club. Pavel se encargará de suministrar, como siempre, cuando necesiten las chicas, así como de su confort. Mariana llevará el control comercial del Temiscira: almacén, arreglos y suministros, así como la coordinación de los puestos de trabajo.

—    ¿Crees que lo conseguirán, Sergei? – me comenta Pavel, con semblante preocupado.

—    Seguro que sí, viejo. Ya verás.

—    ¡Que distinto es esto al “Años 20”! – dice Mariana, poniendo una mano sobre mi brazo.

—    ¡Y tanto! Pero va a ser una bomba, ya veréis.

—    No sé, pero eso de que solo sea para socios… va a limitar mucho la clientela – gruñe Pavel.

—    ¿Aún no ha hablado Pamela con vosotros? – me asombro.

—    No, está muy liada – responde Mariana.

—    Vamos a ver si os lo explico con precisión, aunque los detalles son cosa de mi hermana – carraspeo.

—    Conozco los detalles – intercede Denisse. – Me he asegurado que todo sea legal.

—    Mucho mejor. El Reino de Temiscira es un club privado. Queremos que funcione solamente con socios exclusivos. Todos pagarán una cuota anual que les garantizará que el coche en el que lleguen no quede en la calle, a la vista de paparazzi. Su llegada al club será totalmente discreta y oculta, ya lo veréis esta noche. Así mismo, se les garantiza exclusividad y discreción en el interior, o sea, que no habrá ningún tipo de cámaras, que todo el personal tendrá firmada un contrato de confidencialidad, y que no se permitirá la entrada a persona alguna ajena al local. También tendrán derecho a una reserva de mesa o “nido”, a una primera consumición gratuita, y el derecho de traer uno o dos invitados.

—    Pamela ha tenido una muy buena idea en ese punto. Si el socio trae a dos invitados, tienen que ser de sexo opuesto. Nada de dos hombres o dos mujeres.

—    Inteligente. El caso es que los invitados quedan totalmente a cargo del socio, siendo éste responsable de las pérdidas ocasionadas o del perjuicio. Así que un socio puede ser expulsado porque su invitado cometa una indiscreción. Esta es la mejor garantía para acallar cotilleos.

—    Las cuotas aseguraran el mantenimiento del local, los pagos del personal, y la contratación de diversos espectáculos – sigue Denisse.

—    ¿De cuánto estamos hablando? – pregunta el viejo homosexual.

—    La cuota es de 25.000 € al año.

Mariana silba, impresionada.

—    Un cálculo por lo bajo nos hace pensar que el primer año tendremos cincuenta socios, pero podrán ser más de trescientos al iniciar el tercer año – enumera mi abogada.

—    Así que no nos interesa mucha clientela, sino que sea selecta. Las chicas deben interpretar un papel muy estricto, que condiciona sus vidas. Han sido entrenadas para ello, así que lo harán mejor si no están saturadas de socios – hago hincapié en esto. — Dentro de Temiscila no existirá el dinero. Todo se pagará a través de la tarjeta de socio. Sin ella, el socio, aunque sea más conocido que el Papa, no podrá acceder.

—    Todos los gastos son cargados en la tarjeta, tanto de las distintas consumiciones como los de cualquier servicio especial. La facturación es general, sin desgloses, y los socios tienen la oportunidad de que se les facture a través de una empresa de índole más legal – puntualiza Denisse.

—    Los ingresos provienen, más que nada, de los diferentes shows privados, y también de las carísimas copas que se servirán. El show más básico es un excitante baile entre amazonas guerreras, mezcla de combate y caricias lésbicas, y donde el socio no podrá tocar. Después está el sexo oral con esclavos o sumisas, en el que solo se podrá tocar o ser tocado con manos, pies, y boca – voy enumerando con los dedos, para no dejarme ninguno atrás. – Para una relación completa con estos esclavos o sumisas, habrá que conseguir el permiso de una amazona, quien comunicará si el personaje en cuestión está dispuesto para ello o condicionado por algún castigo u otra razón. En cuanto a los espectáculos privados entre amazonas y sumisos, los socios podrán asistir a ellos, pero no podrán tocar a ninguna de ellas, a no ser que contraten otro sumiso para uso propio. Esperamos que estos shows privados sean los más solicitados, y para ello se han condicionado algunas mazmorras, en el edificio nuevo, bajo las habitaciones de las chicas.

—    Curioso – asiente Pavel.

—    Muchas reglas – protesta Mariana, que es más directa y bruta.

—    Pues hay más – me río. – No se puede requerir a ninguna amazona guerrera por precio alguno. Las guerreras no se venden, pero si pueden ser vencidas o seducidas en sus juegos. Digamos que pueden actuar como amantes de lujo, pero los socios deberán recordar que son dominantes y que, sin duda, acabaran sufriendo en sus manos y bajo sus reglas. Conseguir meter una de esas amazonas en la cama puede costar muy caro, tanto económicamente como moral y físicamente. Pero, bueno, esto se ha hecho para “millonetis” con pedigrí y pesos pesados multimillonarios, así que no tendrán problemas con eso.

—    Los shows que se organizarán en el anfiteatro serán gratuitos, como parte del espectáculo general. Los “nidos” del anfiteatro poseen unas cortinas de gasas y seda que caen del techo para cubrir todo el cubículo – señala Denisse. – De esa forma guarda la intimidad del acto en sí, pero no esconde la identidad de quien está en el interior. Eso y las mazmorras son los únicos sitios privados que existen en el Temiscira. Contamos con que muchos de los socios prefieran ser vistos por sus iguales en sus relaciones, como antiguos patricios narcisistas.

—    La idea es jugar con el ego y la envidia de los más ricos de la ciudad y que paguen por conseguir lo que nadie más puede – sentencio al despedirme de ellos.

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Hemos regresado a la mansión para arreglarnos. Pam, Elke, Nadie y Krimea lo han hecho antes, pues tienen que estar presentes desde el momento de la apertura. Me ducho con tranquilidad, paso una cuchilla sobre mi incipiente barba, y me visto con ropas de estilo sport pero elegantes. Pantalón Dupont de algodón egipcio, en color crema tostada, un polo celeste de Ralph Lauren, y una americana muy liviana de Duzzle. Guapo pero sencillo.

Patricia es la primera en bajar. Quizás por ser la más joven y enérgica. Viste unos minishorts de delgada pana azul, sobre unos pantys amarillos limón que apuñalan los ojos. Zapatos de tacón a juego con el short y una blusita de un tono yema de huevo completan el conjunto. Mona y extravagante, sobre todo porque no lleva sujetador y los pezones casi taladran la tela de la blusa. Prefiero cerrar la boca; no quiero broncas esta noche. El problema es que Patricia absorbe cuanto ve hacer a las chicas y su forma de vestir es lo primero, pero ella no tiene la edad legal para hacerlo.

Patricia demuestra estar ansiosa por partir hacia Temiscira, ya que es toda una oportunidad para ella, una ocasión especial. Aunque es menor de edad, he decidido que asista a la inauguración. Patricia pertenece a la familia y debe conocer todos nuestros negocios. Ya la llevará a visitar los demás clubes del país durante las vacaciones. ¿Qué por qué he llegado a esta conclusión? Pues porque creo que si ya tiene edad para follar, también la debe tener para ver qué se cuece en el interior de un club, ¿no?

Tengo que morderme el labio cuando las chicas bajan la escalinata. ¡Madre mía! ¡Que espectáculo!

No he visto a las que ya han partido, pero, al parecer, Krimea ha diseñado unas túnicas de seda y muselina que terminan a mitad del muslo, con un corte asimétrico diferente para cada una. También los colores cambian con cada modelo, así que todas irán parecidas pero diferentes esta noche. El caso es que las túnicas se transparentan bastante en ciertos sectores, como las piernas, o los pechos. Katrina y Denisse giran delante de mí, mostrando sus divinas figuras. Katrina lleva el cabello recogido en un exótico recogido que deja varios bucles cayendo en cascada sobre un hombro. Denisse, por su parte, ha levantado su blanco flequillo en vistosa visera que le da un aspecto muy simpático.

—    Queridas, sois dignas de recibir un bocado, pero procurad tener cuidado al inclinaros que se os puede ver hasta las amígdalas – las felicito, dándoles sendos traviesos pellizcos en las nalgas, que las agita como fulanas consentidas.

—    ¿A mí no me dices nada? – se queja Patricia, con un mohín.

—    No puedo, eres menor de edad – le susurro, haciendo una mueca de impotencia que la hace reírse.

Patricia se aferra a mi brazo y se frota contra mí como una gata caliente.

—    Vámonos ya – me susurra cuando bajo los ojos hacia ella.

—    Canija, hay que dejar que lleguen los potenciales clientes antes de aparecer por allí, sino trae mala suerte – le digo y la chiquilla pone los ojos en blanco, desesperada.

—    Entonces, ¿esperamos aquí como tontos? Podríamos ver la tele, ya que tal – contesta, elevando el tono, lo que hace que Katrina, Denisse y Basil la miren, intrigados.

—    La niña que está deseosa – expongo, encogiéndome de hombros.

—    Primero vamos a cenar – informa mi esposa. – Me apetece una buena marisquería.

Denisse echa el brazo por el hombro de la jovencita y la mira detenidamente.

—    Pareces un canario escapado de la jaula. Necesitas una joya… vas desnuda.

—    ¿Desnuda? ¡Pero si soy la que más ropa llevo de todas!

—    Es una forma de hablar. Ven a mi habitación, te dejaré algo apropiado.

Nuestra abogada es una señora con mucha clase y con “savoir faire”. Ha calmado rápidamente la ansiedad de Patricia y le ha dado una pequeña lección sobre moda y estilo. Tomamos el Land Cruisser ya que somos cinco pasajeros más el chofer. Dos hombres más nos siguen en el Mercedes. Le indico la dirección de la marisquería El Gran Barril, en la calle Goya, al lado del Palacio de Deportes de la Comunidad. Es uno de los sitios preferidos de Katrina. Bueno, agradable, nada pijo y con excelentes productos.

No es una cena propiamente dicha, sino un buen picoteo lo que pretendemos. Una buena fuente de cigalas al Oporto para abrir boca y ensuciarse los dedos; unos mejillones tigre bien rebozados y unos caballitos de salmón como entremeses, y de plato fuerte un increíble y suave pudín de cangrejo y rape que quita el “sentio”. Hay que dejar sitio en el buche para lo que van a servir en el Temiscira, al menos para probar las delicias que el chef ha prometido.

Sentado a la mesa redonda y bromeando entre nosotros, casi parecemos una familia, con el maduro Basil presidiendo como patriarca. El ambiente no puede ser más festivo y personal. Katrina atrapa mi mano, bajo la mesa, y la aprieta dulcemente. Creo que la misma idea ha pasado por su cabecita.

Nada indica la presencia de un club cuando nuestros coches frenan ante la fachada del edificio. Los antiguos letreros y luces del “Años 20” han sido retirados y ninguna iluminación destellante llama la atención en el exterior. Todas las ventanas se mantienen cerradas y suavemente iluminadas desde el interior, como si se tratasen de viviendas. Pamela lo ha querido así. Tanto los muros de las fachadas como los huecos de las ventanas han sido debidamente insonorizados y, como he dicho, las ventanas están iluminadas por focos indirectos. Aunque alguien se asomara a una de ellas, desde el exterior, no vería nada y si intentara entrar, se toparía con una pared a unos diez centímetros.

Una ancha puerta rectangular constituye la entrada principal, pero se mantiene cerrada. Dispone de un lector de tarjetas en una lateral y se abre a un vacío vestíbulo descendente. Es la entrada de peatones, como la llama Elke. Por ahí entrarán los socios que lleguen caminando, pero eso es algo poco frecuente. El tipo de socios que intentamos captar no se menea a pie ni en la playa. Casi todo el mundo llegará en coche y procuraremos que ninguna lumbrera de los medios pueda fotografiar su entrada al club.

Para ello, se ha instalado una gran puerta de garaje en la fachada principal, que es activada desde el interior por el equipo de seguridad. El coche es captado por las cámaras y tras unos segundos la puerta se abre, dándonos paso. También hay un número de contacto en la tarjeta para avisar de antemano de la llegada y que el coche no tenga que detenerse en el exterior. Una entrada rápida, se podría decir.

Una rampa larga y recta nos conduce a la auténtica y principal entrada del club. El coche se detiene ante ella para que nos bajemos. Nos encontramos en un callejón cerrado y aislado; nadie puede vernos, ni siquiera los vecinos. Nuestro chofer arranca de nuevo y conduce el vehículo hasta el otro extremo del callejón rampa, donde se encuentra el aparcamiento privado y cubierto, con capacidad para cien coches. Si no hubiéramos traído chofer, una de las aparcacoches lo habría hecho.

Las saludo de todos modos –soy un jefe guay- y las dos me sonríen. Aunque son soldados, esta noche están muy guapas con esos ceñidos monos de cuero, sin mangas. Sus trabajados brazos están cubiertos con repujados brazaletes de metal y cuero que les otorga un fiero aspecto. Un amuleto de madera tallado con dos lanzas cruzadas sobre una “T” mayúscula, reposa sobre su escote. Calzan unas brillantes y negras botas militares.

Aunque ya he visto el local y las instalaciones a la luz del día, todo cambia completamente con la luz y el ambiente adecuado. Así entramos en un vestíbulo adornado con lujuriosas plantas. De las paredes gotea agua, que cae y salta entre las piedras y hiedra que las cubren. Dos altos braseros llameantes presiden la entrada, iluminando débilmente la estancia. Dos de mis hombres controlan la entrada. Visten camisas amplias, de corte isabelino, con amplias mangas, y unas calzas oscuras se pegan a sus piernas y se pierden en el interior de unas botas idénticas a las de sus compañeras de fuera. Los mismos talismanes cuelgan de sus cuellos, pero portan algo que los diferencia: los dos collares perrunos que se cierran sobre sus cuellos.

Es el símbolo de su esclavitud. Según la leyenda, los únicos hombres que podían poner el pie en el reino de Temiscira eran los esclavos y sementales de las guerreras amazonas. Convivían con ellas y la servían en todo. Pam y Elke han querido mantener esa tradición y así aportar algunos puestos masculinos, que siempre son necesarios. Así que, para estas primeras noches, hemos tenido que disfrazar a mis hombres y a los camareros pertinentes en esclavos. También puede que haya algún bailarín o actor portando el collar de perro, pero no estoy seguro.

Todas las mujeres del club son amazonas de pleno derecho, sean guerreras o sumisas. Tras discutirlo bastante, hemos decidido no disponer de esclavas hembras. En la leyenda, no todas las amazonas eran guerreras; muchas mujeres libres se agrupaban en su reino, solo que no eran aptas como soldados, así que se dedicaban a otras tareas, como criar los hijos, atender el templo, trabajos artesanales –herrería, alfarería, curtiduría y otras artes- o bien, en el caso nuestro, atender a las guerreras, por devoción y sumisión.

En el muro del fondo del vestíbulo, se halla una gran puerta redonda, construida en duro plástico que simula bronce. El emblema de las lanzadas cruzadas sobre la gran T está cincelado sobre ella. Se desliza a un lado como la laja de piedra del sepulcro de Cristo, permitiéndonos acceder al local. Una joven morena, con una túnica celeste muy cortita, se hace cargo de nuestros abrigos, con los ojos bajos y una enorme sonrisa.

El gran salón bajo el anfiteatro luce muy diferente a la luz de las antorchas de las paredes. El fuego se refleja en los grandes y pulidos escudos expuestos, aumentado por la luz indirecta de los ocultos focos. Ánforas sobre trípodes de metal de yerguen en los rincones, así como alfombras y pieles se reparten en suelo y paredes.

Pamela y Elke nos esperan, acodadas en el mostrador principal. Puedo ver el orgullo en la sonrisa de mi hermana. Se lanza a mi cuello con un chillido que expresa la desbordante alegría que la embarga. Después abraza a Katrina con fuerza, haciendo que sus pechos coincidan durante unos segundos. Elke me sonríe con esa mezcla de amor y timidez que la hace única, pero no se acerca a abrazarnos, más contenida que su novia.

—    Veo que la cosa va bien – comento con Pam, aferrándola por el talle.

—    ¡Muy bien! Apenas son las once y media de la noche y hay más de cien invitados aquí dentro – exclama, agitando la mano libre. La otra la mantiene sobre mi trasero.

—    ¿Cómo va todo? – pregunta Katrina, más pragmática.

—    Por ahora aguantamos. Ya se han requerido varios servicios de sumisas y todo el mundo pregunta por los shows privados, aunque nadie se ha decidido aún – comenta Elke.

—    Es pronto todavía. Tienen que beber más. no dejéis de usar las strippers. Son expertas en calentar ambientes – las aconsejo.

Pam señala la jaula que hay frente al mostrador, donde una estilizada morena de pelo mojado se mueve lánguidamente al suave son de la música. Viste una especie de cota de malla, formada por anillas, y una larga falda de tiras de cuero. Las tiras se abren con cualquier movimiento, revelando sus largas y desnudas piernas. Un collar de perro y una cadena une su cuello a los barrotes de la jaula, impidiéndole que pueda girarse de cara a la pared. No baila al estilo de un club de strip tease, sino que ondula y se acuclilla, como si estuviese cansada de mantener una misma postura y buscara activar su corriente sanguínea, pero, al mismo tiempo, resulta ser un movimiento tan lascivo como enervante. Parece que la chica le ha tomado el punto ideal.

—    ¿Han comenzando con los espectáculos abiertos? – pregunto.

—    Si, ya han actuado dos veces. Un combate a tres bandas, una genialidad de las chicas del Mundo Medieval, y un número de malabares con fuego.

—    Que el próximo sea un poco más sensual – indico, repitiendo las palabras de Ras.

—    Si, ya lo había pensado – asiente Elke.

Nadia se acerca a nosotros, con una diabólica sonrisa en su rostro. Está que cruje la jodia, con esa túnica malva que se mueve como una neblina sobre su cuerpo al caminar. Porta el brazo derecho totalmente cubierto de una armadura reluciente que parece acero: brazalete, codal, guardabrazo y hombrera picuda. Sobre la túnica, a la altura del pecho, una estrecha cota de malla de escamas, más parecida a un top, cubre sus senos. Tomo su mano y, alzándola, la hago dar una vuelta sobre si misma. Nadia se ríe, encantada con el mudo halago.

—    ¿Parte del disfraz de jefe de seguridad?

—    No, pero lo encontré entre los trajes de combate y decidí que debería llevar algo que me identificara, ¿no te parece?

—    Si, lo has clavado, querida – la alaba Katrina. — ¿Algún problema hasta el momento?

—    No, la cosa está muy tranquila, aunque es temprano – responde Nadia, con un encogimiento de hombros.

—    Voy a ver que tal va Krimea – le digo a Katrina.

—    Te esperamos en el nido del anfiteatro.

—    Vale.

Deslizo mis dedos por los barrotes de la jaula al pasar por delante y la morena me sonríe. No sé si es que me conoce o es amabilidad. Subo las escaleras que me llevan al pasillo del segundo salón, un tanto más pequeño. Éste está situado en la otra cara del club, un piso más arriba. Contiene la misma disposición que el primero, una barra, varias mesas bajas con cojines, un office, una zona de lavabos, y otra jaula, esta vez con una rubia de pelo muy corto y pechos explosivos dentro.

Allí se ubica la sala de control, en la cual me encuentro a Krimea lidiando con el listado musical. Una ventana con cristal de un solo sentido le permite ver el foso y el anfiteatro, desde una posición de perfil. La abrazo por detrás y hundo mi nariz en su cosquilleante cabellera. Noto como aprieta sus firmes nalgas contra mi pelvis. Apoyo la barbilla en su hombro y contemplo la vista que dispone del anfiteatro. Está a la mitad de su capacidad. El público parece aceptar de buena gana la disposición de los nidos. Asientos muy bajos y mullidos, enormes cojines, y mesitas que no levantan dos palmos del suelo, forman acogedores nidos semicirculares que encaran, gracias al suelo inclinado, el foso. Cada nido dispone de un sendero escalonado que permite a los sirvientes ir y venir con bebidas y platos, sin molestar otros nidos. Pamela lo ha diseñado así en vez de colocar asientos individuales. Ha reducido el número de espectadores un tanto, pero ha dado más intimidad. Ha diseminado los nidos para que ninguno estorbe la visión a otros, si hace caer su cortinaje. En cada nido cabe un máximo de ocho personas sentadas, pero el espacio es ideal para cuatro y así disponer de sitio para una o dos sumisas arrodilladas sobre las mullidas alfombras. El amplio anfiteatro contiene treinta y tres nidos, lo que da un aforo de doscientos sesenta espectadores sentados y casi otro centenar de personas repartidas por los dos salones. Suficiente para lo que pretendemos, creo. Veo que Katrina y sus acompañantes han tomado lugar en la tribuna de honor, situada inmediatamente sobre el foso de arena. Hoy va a ser para nosotros, los propietarios.

—    ¿Te diviertes? – susurro en su oído.

—    No mucho. Esto es aburrido. No soy un disjockey, no tengo que mezclar música, solo ordenar el listado y disponer los temas para las actuaciones – me contesta, girando su naricita y besando mi mejilla. – Menos mal que puedo jugar con la iluminación y divertirme.

—    Vaya. Yo creía que ver todo desde aquí sería divertido.

—    Lo que me pone es caliente. Ya he observado dos mamadas y todo tipo de caricias. Además, contemplar el culo de Nadia subir y bajar escaleras, con esa túnica, me tiene loca – confiesa.

—    ¿Te gusta Nadia?

—    ¿A quién no? – susurra, girándose y aferrándose a mi cintura.

—    Me refiero a si te interesa de una forma personal.

—    No me lo he planteado.

—    Ya hemos comentado eso anteriormente. Si conoces alguien que te guste… ¿Lo sabes?

—    Si, claro, Sergio. Alguien… no lo creo – pasea un dedo por mi pecho.

—    Así que si se trata de algo más que una atracción – dejo el contexto en el aire y ella se encoge de hombros, sin alzar los ojos.

—    Os tengo a vosotros. A ti y a Katrina…

—    Pero tengo entendido que Nadia no se ha liado con ninguna de vosotras.

—    No, tan solo con el servicio. Es como si nos respetara porque nos entregamos a ti.

—    No me he pronunciado jamás sobre esa cuestión con Nadia – la informo.

—    Lo sé, pero actúa de esa forma.

—    ¿Y qué esperas para hablar con ella?

Suspira y niega en silencio, moviendo la cabeza. Ah, Krimea y su baja estima de esclava. Tendré que meter las narices en el asunto.

—    ¿Estás tonto? ¿Por qué la azuzas a los brazos de la pistolera? Si esas dos inician un romance entre ellas, Krimea dejará de meterse en nuestra cama, capullo.

“No lo sé, viejo. Puede ser.”

—    ¡Y una mierda! Krimea es nuestra concubina.

 

Suena cabreado, lo que me hace sonreír. Ras no quiere perder a ninguna de las chicas. Su ego jamás desaparecerá y aún no me ha perdonado que no haya metido a Nadia en la cama. Deslizo un dedo sobre las nalgas de la estadounidense y le mordisqueo un descubierto hombro, antes de despedirme. Desciendo hasta surgir por la parte más baja del anfiteatro y me acomodo en la tribuna. Katrina y yo nos sentamos en el cómodo asiento del medio; Denisse junto a Patricia, en el de mi derecha, y Basil solo en el de la izquierda.

Una chica de pelo ensortijado y castaño aparece con una gran bandeja, enviada sin duda por Pam. Va vestida con una falda tubular de vinilo, con una gran raja en un costado que muestra casi completamente una de sus piernas, y un top de cuero sin espalda, abrochado con tiras al cuello y a la cintura. Este parece que es el uniforme de las sumisas. Deja bebidas en las mesitas así como una bandejita con garrapiñados y cremosos bombones. Me mira de reojo y yo intento reconocerla de las fichas ojeadas, pero no lo consigo. Sin duda debe de ser una de las camareras que aporta la empresa de catering. Me inclino sobre el oído de mi esposa.

—    Recuérdame que controle el personal contratado antes de que se vaya.

—    ¿Vas a influir sobre ellos? – me pregunta, frunciendo el ceño.

—    Depende de lo que ocurra esta noche, pero lo mejor será borrar de sus mentes cualquier posible escándalo, ¿no crees?

—    Tienes razón. La cláusula de confidencialidad no es suficiente.

Calculo por encima las entrevistas que deberé hacer. Buff, otra noche sin dormir, seguro. Es imperativo que la Dra. Garñión incentive más personal. Me digo que tengo que hablarlo urgentemente con Pamela. Me fijo en la pequeña carta que la chica ha dejado sobre mi mesa. Es una lista de precios de bebidas. ¡Coño, un Moët-Chardón cuesta mil pavos! ¿Quién ha listado esos precios?

—    ¿Qué te pensabas? ¿Qué las copas iban a costar cinco euros? – se ríe Katrina, adivinando lo que estoy pensando. – Esto tiene caché, cariño. Que te traiga un ron con cola una preciosidad de estas no puede costar menos de veinte euros.

—    Tienes razón, cielo. Soy un roñica – me disculpo.

—    Además, aquí se van a vender botellas y no copas, ya verás. El alcohol va a fluir como la sangre corría en el Coliseo – me susurra, mordiéndome el lóbulo.

—    Eso es lo que te gustaría, ¿verdad?

No me contesta pero sé que es así. La violencia excita a Katrina más que otra cosa en el mundo entero. Lo he vivido en carnes propias. Le doy la vuelta a la carta y veo que hay un texto sobre un fondo difuminado con el símbolo de las dos lanzas cruzadas y la T. Recoge la leyenda del reino de Temiscira y su evolución hasta nuestros días. Un buen detalle.

“La legendaria isla-reino de Temiscira, en Asia Menor, nunca fue conquistada por hombre alguno. Naydima, la última reina de las mujeres guerreras, tras rechazar un nuevo intento de conquista de sus beligerantes vecinos, pidió a Ares y Poseidón que ocultaran la isla para siempre, permitiendo que las amazonas vivieran en paz, lejos del mundo que los hombres controlaban.”

“Al paso de los siglos, las amazonas se han integrado en la sociedad moderna, pero recordando siempre de donde vienen y quienes son, manteniendo así sus ancestrales tradiciones y su fortaleza. Hoy, gracias a la amplia permisividad de la sociedad, el reino ha regresado a la luz del sol y ha abierto sus puertas a los elegidos.”

“Tan solo los visitantes deben recordar las Tres Leyes de Temiscira:”

  1. Ningún socio o invitado tocará amazona alguna de Temiscira sin permiso expreso de ella misma.
  2. Todo esclavo o sumisa de Temiscira pertenece al reino y, por lo tanto, se acoge a sus Leyes.
  3. Todo socio o invitado de Temiscira obrará por su cuenta y riesgo en el interior del reino.

De esta forma, todos los visitantes quedan advertidos de las consecuencias de provocar la furia de las amazonas. Las creadoras del reino, o sea mi hermana y su novia, son de la firme opinión que estas reglas se tienen que llevar a rajatabla, como una perfecta representación del reino, y estoy de acuerdo en ello. No hay mejor publicidad que la noticia de un severo castigo.

—    Es una buena idea – comento con mi esposa, mostrándole el reverso de la carta.

—    Ah, Pam me habló de esto pero no lo había visto aún.

—    Una formal advertencia para los listillos – puntualiza Denisse. Basil me pide la carta para echarle un vistazo.

Me retrepo contra el asiento, probando su comodidad. Se está bien en el nido. Mullido, con buena temperatura, y con todo confort. El diseño ha quedado genial. Giro el cuello para abarcar parte del anfiteatro que se alza sobre mí. Es una gloriosa visión. Los nidos quedan sobresaliendo de la estructura de las gradas, dispuestos sobre pequeños salientes rematados por gárgolas. Los bloques de hormigón con los que se ha construido la estructura han sido recubiertos de lajas de granito para conseguir el aspecto pétreo necesario. Las escaleras y senderos están recubiertos de brillante mármol sintético. Debajo de cada nido, oscilan coloridos pendones con los nombres de antiguas reinas amazónicas, escritos en griego cirílico.

Desde mi posición, alcanzo a ver las cabezas de los ocupantes de varios nidos, pero no puedo percibir qué están haciendo realmente. Desde una posición inferior, los nidos se protegen a sí mismos. Nuestra tribuna es la más baja de todas, casi al nivel de la arena. Tan solo desde un punto más elevado, se puede cotillear y, para remediar esto, están los cortinajes automáticos. Puede que más tarde eche un vistazo desde la cabina de Krimea.

Un suave gong resuena, amplificándose en todo el recinto y acallando las conversaciones. Frente a mí, en las paredes que se elevan desde la arena, unos grandes paneles se deslizan mostrando el enorme tanque de agua dulce que se esconde tras ellas. La iluminación del anfiteatro disminuye, dejando que el resplandor azulado del agua atraiga nuestra atención. Es un acuario colosal donde nadan pequeños peces coloridos, algunas tortugas de marisma, y unas cuantas bellas sirenas.

Si, eso he dicho, sirenas. Al menos cinco o seis chicas bucean con agilidad, vistiendo tan solo una diminuta braguita de escamas fluorescentes. Cuando compruebo que llevan más de tres minutos haciendo cabriolas subacuáticas sin salir a respirar, empiezo a fijarme mejor.

—    ¿Esas chicas no respiran?

“¿Ves lo que muerden con los dientes?”

—    Si, es como una pequeña bola.

“Son pequeños respiradores. El tubo llega hasta un cilindro que portan atado a la nuca, bajo las desplegadas cabelleras. Hay que fijarse muy bien para verlos. Deben de tener aire para unos quince minutos. ¿A qué parecen sirenas de verdad?” – le explico a Ras.

—    Pam me habló de esta compañía – me susurra Katrina, acariciándome el muslo. – Según me comentó son toda una revelación en Europa con su show acuático.

—    ¿Qué hacen?

—    Ya lo verás.

Se deslizan como delfines entre dos aguas, sin apenas mover sus brazos, solamente ondulando sus cuerpos y piernas. Sus cuerpos se rozan con el cristal o entre ellos, formando figuras complejas y sensuales. Todas llevan las cabelleras sueltas y muy largas, lo que las hace agitarse como algas marinas. En un momento dado, se sujetan de los tobillos, unas a otras, formando una especie de trenecito y sorprenden a todos los espectadores al desatar la braguita de la que tienen delante. En segundos, varios trozos de tela flotan a la deriva, cayendo hasta el fondo. Las sirenas se han quedado desnudas, mostrando sus sexos totalmente depilados sin ningún pudor.

Se eleva una fuerte ovación que me confirma que el anfiteatro se está llenando. Pasan unos minutos de medianoche. De repente, entre una nube de burbujas, un objeto grande y largo baja al fondo del acuario. Cuando la agitación del agua lo permite, puedo distinguir que es una especie de poste tallado, como un tótem indio. Parece de madera pero no flota. Sin duda debe de llevar un fuerte peso en el extremo para que se quede vertical en el agua. Las sirenas nadan a su alrededor, como si lo estuvieran calibrando.

Todas retroceden agitando los brazos cuando varios ganchos o arpones brotan del poste, casi a la misma vez. Comprendo que es la representación de un gigantesco anzuelo, un ingente peligro para las sirenas, supongo. Lentamente, las mujeres acuáticas se acercan, perdiendo su desconfianza; orbitan el gran anzuelo y examinan cada puntiagudo garfio que parece tentarlas. Se acercan más y los olisquean, incluso una deja de morder su respirador para lamer lentamente el curvo gancho. Puedo percibir como tiembla lo que hasta ahora me parece metal. Debe estar hecho con algún plástico deformable y pintado con tintura metálica.

Otra sirena va más lejos y succiona un segundo garfio, engulléndole más profundamente a cada movimiento de cabeza, más como una felación que si se hubiera tragado el anzuelo. Es una alegoría, por supuesto. Comprendo entonces lo que las sirenas van a realizar, a partir de ese momento. Sobre la mitad del poste, dos sirenas se encaran entre ellas, dejando el artefacto entre ambas. Se dan las manos para conseguir acercar sus cuerpos lentamente. Los grandes anzuelos quedan contra el pubis de una y entre las piernas de la otra. Sin soltarse de manos, unen sus narices con un beso esquimal antes de agitar sus caderas y empalarse lentamente, cada una en su anzuelo.

—    Ostias – murmuro al contemplar como ambos garfios desaparecen en el interior de sus vaginas, mientras ellas se agitan lentamente, las manos unidas.

Cada una de las sirenas toma posición sobre el extraño tótem, el cual se agita y vibra debido a los espasmos de todas ellas agenciándose un anzuelo que acaba siendo tragado por su sexo. Seis sirenas acaban atrapadas por el sádico utensilio y se agitan y retuercen hasta perder las fuerzas con la pequeña muerte del orgasmo que las vence. Finalmente, el gran anzuelo múltiple es izado del agua, exponiéndolas a la asfixia, y el número desaparece más allá del muro.

La gente aplaude, poniéndose en pie. La puesta en escena ha calado, por lo que veo. Katrina también lo hace y acabamos todos imitándola.

—    ¡Te lo dije! ¡Son muy buenas! – me mira, agitando sus manos. Su sonrisa es sincera y abierta.

—    Ras quiere visitarlas en los camerinos – le digo, devolviéndole la sonrisa.

—    ¡Ni de coña! – exclama, dejando de aplaudir y alzando un dedo.

—    ¿Celosa? – parpadeo con incredulidad.

—    No. Conflicto de intereses. Eres el boss. No puedes ir a meter mano a los camerinos. No sería serio ni ético.

—    Eso es aceptable para el viejo y comprensible para mí – la tranquilizo.

Percibo que la mano de Patricia está en la de Denisse. La jovencita tiene el rostro arrebolado, debido al espectáculo de las sirenas, seguramente. Es como si el contacto con la abogada la serenase o la llenase de valor para disimular el ardor que siente. Sé que Denisse no es mujer de tontear con menores, no creo que la atraigan lo más mínimo, pero le presta todo el apoyo posible, sin excusas.

Aprieto el botón de llamada y pido una botella de champán y varios gin tonics a la chica que asoma. No es la misma que nos ha atendido antes. Para Patricia pido una cola con un chorreón de ron y me lo agradece volándome un beso. La noche se está animando. Pam asoma un instante para decirme que el aforo ha llegado a las trescientas personas. El anfiteatro está lleno.

—    ¿No te dije que iba a ser un éxito? – exclama mi hermana, sentándose sobre mis piernas y dándonos la mano, a mí y a Katrina.

—    Si, pelirroja, pero eso significa que nos encontramos al límite de nuestra capacidad…

—    Si y eso también significa que tenemos que racionar las chicas todo lo que podamos – contesta, poniéndose en pie y marchándose con rapidez.

—    Necesitamos más chicas, ¿verdad? – Katrina también lo ha deducido.

—    Si, algunas más. Lo bueno de una noche como ésta es que permitirá comprobar donde escaseamos y lo que necesitamos en realidad.

Me giro hacia Basil, quien está mirando a todas partes, con mirada pensativa.

—    ¿Qué opinas, Basil? – le pregunto.

—    No creí que las chicas acertaran tan de pleno. Ha sido una magnífica idea. El “Años 20” había bajado en sus ingresos y empezaba a estar obsoleto. No he visto las cifras, pero a “grosso modo” la inversión puede recuperarse en el primer año.

—    Es lo que pienso. Todo depende del número de socios que hagamos en los tres primeros años.

—    Pienso que van a ser bastantes – sonríe, alzando los ojos hacia los nidos del anfiteatro.

—    Voy a enterarme del siguiente espectáculo – le soplo a mi mujer.

—    Puedes preguntarle a la chica – y alza una de sus cejas con ese tic peculiar de niña mandona.

—    No puedo quedarme aquí como el puto Calígula viendo los juegos. Debo supervisar que todo vaya bien y descubrir los puntos débiles. Doy una vuelta y regreso – gruño.

—    Está bien, cariño, pero no te olvides de que estamos aquí.

Me despido con un suave beso y me pierdo en la arcada inferior, que me conecta directamente con el mostrador del primer salón, el cual está bastante animado. Un par de reuniones, hombres y mujeres, charlan y brindan con chupitos de mezcal Cuervo. Ya hay una botella vacía sobre la barra. La chica de la jaula –otra diferente de la que estaba al llegar nosotros- los tiene entretenidos. Elke está hablando con un camarero. Me acerco a ella, por detrás, y la abrazo, inclinando la cabeza y mordisqueando su cuello. La noto suspirar y alza su mano, rozando mi mejilla delicadamente con la punta de sus dedos. Huele a violetas y un extraño almizcle que imita la tierra mojada.

—    Sergio, por favor… – musita, casi en un quejido.

La comprendo enseguida y la suelto. El camarero se ha marchado en cuanto ha visto mi movimiento. Elke me quiere, lo sé, pero no se siente a gusto si me acerco a ella cuando Pam no está presente. Por mucho que intenta racionalizarlo, es más fuerte que ella. Siente como si la engañase y no está dispuesta a que eso ocurra. Ya lo hemos hablado en cierta ocasión, pero se me suele olvidar.

—    Lo siento, no he podido resistir esa carita pecosa y tímida – le digo, alzando las manos cuando ella se gira para encararme.

Sonríe y encoge los hombros, como quitándole importancia. Se pone de puntillas y me besa la punta de la nariz.

—    ¿Por qué no le llevas esto a Krimea? La pobre estará sedienta – señala un combinado que han dejado ante ella.

—    Por supuesto, mi bella noruega – la piropeo tomando el frío vaso.

Krimea está cerrando los paneles del acuario con un servomotor y me recibe con alegría. Se traga medio combinado de un par de sorbos. Elke tenía razón, la mulata está más seca que una duna. Acciona otro servo más pequeño y le pregunto qué es.

—    El panel de la pantalla panorámica. Asómate – me indica su ventana de observación.

No sabía de su existencia. El gran muro que se eleva sobre el acuario, tan solo cubierto por varios estandartes largos y algunas antorchas, ha dejado aparecer una pantalla tan grande como la de un buen cine. Los estandartes se han recogido hacia el alto techo, aunque las antorchas se mantienen encendidas en sus lugares.

—    Ya la he inaugurado antes, con los dos primeros espectáculos – me comenta. – Hay un par de cámaras de primer plano que se mueven por varios raíles de alambre. A la gente le encanta ver la expresión de los participantes.

—    Nadie me ha comentado que hubiera cámaras y pantalla. Espero que sean las únicas, sino adiós confianza…

—    Pam me ha dicho que no hay más, salvo las de vigilancia. El control de todas ellas está muy limitado.

—    Mejor.

En el foso, varios encapuchados están desplegando material que surge de las dos camufladas puertas de los extremos. Al parecer están instalando una especie de pequeño ring entre piscinas de plástico.

—    ¿Cuál es el siguiente espectáculo?

—    Es una exhibición de lucha, sin armas. Creo que los golpes son reales – me dice Krimea, antes de apurar el vaso.

—    ¿Quieres otro?

—    No, ya me he bebido dos. Tengo que mantenerme lúcida ya que debo hacer presentaciones. Cuando puedas le dices a una camarera que me traiga una botella de agua.

—    Claro – pero no me voy, ya que algo en el anfiteatro atrae mi atención.

La ventana de observación se encuentra a la altura de los nidos de medio nivel, un poco por encima. En uno de ellos, un hombre de mediana edad, con una gran tendencia a la alopecia y un traje impecable, sostiene levantada la falda de una de las sumisas. Sentada a su lado, una mujer más joven que él, de platinada cabellera, se muerde las uñas, mirando al interior de la falda. Me acodo mejor en la ventana, dispuesto a observar.

La sumisa mantiene los ojos bajos, la bandeja aún en una mano, a un costado. Con su otra mano, levanta la otra mitad de su falda de vinilo brillante. Puedo observar parte de sus piernas. Me pregunto si llevaran bragas bajo las prendas.

El hombre comenta algo con su acompañante. No creo que sea su esposa, pues es mucho más joven que él. Encarando a la sumisa, le da una serie de instrucciones mientras agita un dedo. La joven asiente y se aleja. ¿Qué le habrá pedido? Cuando estoy a punto de marcharme, la sumisa regresa. Porta una especie de palangana de acero con una jarra en su interior. Una pequeña toalla se comba sobre su antebrazo izquierdo, como el paño de un camarero francés.

—    ¿Qué miras? – me pregunta Krimea, colocándose a mi lado.

Señalo con el dedo, pero no le explico nada. La sumisa deja la palangana sobre la mesa baja y, poniéndose erecta, se desabrocha la falda. ¡Pues no, no llevan bragas debajo, eá! El hombre saca una serie de objetos de la palangana que puedo reconocer como una brocha de enjabonar, un bote de espuma de afeitar, y una cuchilla de desechar. Vacía media jarra en la palangana de lo que creo que es agua y después indica a la sumisa que se sitúe a su derecha, ya que el hombre es zurdo.

Desde donde estoy no distingo demasiado vello en el pubis de la chica –posee un pequeño triángulo justo por encima de la vulva- pero quizás el hombre no desee ninguno. Con pericia, enjabona el pubis y cuando empieza a rasurar, con calma y tino, su compañera se inclina adelante, el puño en la barbilla, dispuesta a no perderse ni un solo detalle.

Debido al escaso vello de la sumisa, el hombre tarda apenas un par de minutos. Tras ello, enjuaga la zona y la seca con la toalla que la propia chica le alarga. Sonríe satisfecho y se gira hacia su acompañante. Tomándola de la nuca, acerca su boca a la de él y la besa, alargando su lengua. Con la otra mano, empuja a la sumisa hacia delante, aferrándole una nalga. La rubia acompañante acaba colocando sus labios sobre el ahora lampiño coño.

Entonces, el hombre se echa hacia atrás, acomodándose en el sillón, y contempla como la rubia platino devora el sexo de la sumisa, a grandes lengüetazos. La chica en pie se estremece, se agita, colocando sus manos sobre la bien arreglada cabellera de la supuesta dama. Puedo ver como contrae las nalgas al lanzar su pelvis hacia delante, como queriendo que aquella mujer se la trague por completo. No sé si es teatro o es que está muy excitada por cuanto está viendo a su alrededor. Me obligo a recordar que las chicas de Temiscira no son profesionales; han sido escogidas por su capacidad de morbo y vicio.

—    Esa tía se está corriendo a muerte – comenta Krimea con un tono risueño.

Y es absolutamente cierto. El hombre ha tenido que alargar la mano y sostener a la sumisa, cuando sus rodillas le fallan, debido al placer que le confiere la lengua de la clienta. Un último espasmo y se desliza hasta el suelo, donde queda de rodillas, la cabeza inclinada. La rubia platino se relame como una gata satisfecha y pasa un par de dedos por las comisuras para enjugar las últimas gotas. Después, se enjuaga la boca con un par de sorbos de champán. El hombre el traje le entrega una tarjeta de crédito junto a la falda de vinilo, y la joven sumisa, sin vestirse siquiera, se aleja hacia las dependencias de abajo.

—    Ras tenía razón. Estos tíos se siente como Césares y ni siquiera esconden sus vicios. No lo hemos tenido en cuenta y puede desequilibrar nuestras previsiones – le digo a Krimea.

—    ¿Para peor?

—    ¡Que va! ¡Al contrario! – exclamo con una sonrisa. – Debo volver a la tribuna, querida.

—    Bien, bien. Presentaré el siguiente número en diez minutos.

Al pasar por el segundo salón, me encuentro con Nadia que está “convenciendo” un cliente para portarse bien. Le tiene empotrado contra la jaula, el brazo doblado en un doloroso ángulo y le está hablando suavemente al oído. La stripper del interior de la jaula se mantiene pegada en el otro costado, pero sonríe ladinamente. Pienso que seguramente el tipo ha demostrado tener las manos demasiado largas. Un amigo se mantiene al margen, no queriendo atraer la atención de la morena colombiana. ¡Eso es seguridad!

Me desentiendo y me dirijo a la tribuna principal. Veo que han servido unos canapés con una pinta de foto de portada. Engullo un par de ellos al sentarme. Sabe a foie y melocotón, una mezcla sorprendente que inunda mi paladar.

—    Oño, esshto stá mu güeno – alabo, trasegando otro.

Katrina se ríe y me pone uno diferente en la boca. Piña y Camenberg, sobre una pequeña porción de bizcocho salado. Patricia se ríe al ver la cara que pongo; se está chupando los dedos y tiene nata sobre el labio superior.

—    ¿Y tú qué te estás comiendo, golfa? – le pregunto.

—    Se ha tragado todos los pastelitos que han traído – la denuncia Denisse, haciendo que saque la lengua aún con restos.

—    ¿Cómo va todo? – me pregunta Katrina, apoyando su cabecita rubia sobre mi hombro.

—    Como un cohete hacia la estratosfera. He presenciado un rasurado de pubis con cunnilingus incorporado en uno de los nidos, sin que se preocupasen de que los demás les vieran. Y cuando venía hacía aquí, Nadia llamaba la atención a uno de los clientes.

—    ¿Ah sí?

—    Es muy considerada ella, ya sabes. Con toda la mala leche de una colombiana de Cali.

—    Pobrecito.

—    Pos zi – sentencio. – Pero la verdad estamos superando todas las expectativas. Creo que hemos pasado de los cuatrocientos asistentes.

—    Ya veo que esto está lleno.

—    También los salones y las barras.

—    Puede que jamás se haya visto tantas fortunas reunidas en un solo sitio, que no sea celebrando el cumpleaños de su Majestad en la Zarzuela – gruñe Basil, quien parece llevar ya medio pedal.

En ese momento, la musical voz de Krimea presenta por megafonía la presentación de un arte de lucha amazónico, mezcla de savate y krav magá israelí, con contacto real. Al fijarme en la arena compruebo que se ha montado un ring elevado pero sin cuerdas. Es una plataforma acolchada simplemente. A su alrededor, hay cuatro piscinas medianas de plástico, de dos metros de lado, al menos. Están llenas de diferentes líquidos. Una parece que está media de lodo; otra de simple agua. La tercera parece llena de sangre o pintura roja, y la última contiene un gran grumo verde y tembloroso que recuerda a la gelatina.

La música, hasta el momento suave y melódica, se transforma en algo que va subiendo en ritmo y escalas, agitando la sangre y el sistema nervioso. No ha aumentado de volumen, sino en su frenesí instrumental.

Varias mujeres desfilan sobre la arena hasta detenerse detrás de una de las piscinas. No van vestidas con kimonos o prendas deportivas, sino que lucen las sensuales armaduras amazónicas, en parte cuero, en parte metal. Exhiben grandes zonas de sus cuerpos desnudas, como las piernas, la espalda, o las nalgas. Sin embargo portan un peto acolchado que cubre sus senos y clavículas, muñequeras y guanteletes de lona y paja prensada. Unas extrañas polainas protegen sus espinillas, lo que les da el aspecto de calzar altas botas, pero llevan los pies descalzos.

Dos de ellas suben al tatami y se colocan dos casquetes de grueso cuero acolchado que les tapa las orejas, las sienes, y los arcos de las cejas. Sus cabelleras, atrapadas en sendas colas de caballo, son sacadas por la parte superior del casco, oscilando con cualquier movimiento. Se saludan, palmeando sus manos y comienzan un extraño y lánguido baile sobre la punta de los dedos de los pies. Adivino la agilidad que esconden en aquellos movimientos controlados. Es como un detonador a punto de saltar. No conozco esta mezcla marcial en particular, pero sé lo que es el Krav Magá, y es muy duro. No es un arte noble como el Karate o el Kung Fu, no, nada de eso. Es la técnica depurada que utilizan los marines y el ejército israelí en combate, y es para hacer daño, daño de verdad.

El primer encontronazo de las luchadoras se resuelve en un mutuo bloqueo. Las cinturas zafan los cuerpos, impidiendo el encadenamiento de golpes. Las dos chicas bailotean de nuevo, las morenas colas barriendo sus repeladas nucas, ahorrando aliento y fuerzas. De repente una rodilla salta al aire, en un imposible movimiento que eleva a la chica a la altura del rostro de su contrincante. Ni siquiera la he visto flexionar las rodillas. Su adversaria, tomada también por sorpresa, la deja impactar sobre su mejilla, pero rueda hacia atrás con el golpe, lo que atenúa bastante la fuerza del impacto.

Sin dejar que se reponga, la agresora intenta pisarla, usando los talones. La que está en el suelo es hábil y la elude hasta ponerse en pie con un torbellino de piernas. Vuelven a estudiarse, a buscar un hueco por el que atacar. Esto no está ensayado, ni de coña. Es un combate real, aunque sea entre compañeras.

Se traban nuevamente en un complicado bloqueo. El pie de una intenta envolver la pierna de su adversaria y se tambalean, intentando no perder la verticalidad. Un codo consigue eludir el brazo que le está trabando e impacta como un resorte en el peto acolchado. La chica que recibe el golpe se tambalea un par de pasos hacia atrás, distancia oportuna que su rival aprovecha para atraparla de la muñeca y llevar a cabo una llave de luxación. Para no terminar con la muñeca rota, debe seguir el movimiento y aceptar la caída para escabullirse, pero se da cuenta, en el último segundo, del error que ha cometido. Su adversaria no pretende derribarla en el suelo, sino hacer que despegue de él.

Con un grito de rabia, se ve impulsada fuera del tatami, justo hacia la piscina con el moco verde. De nada le sirve contonearse en el aire, tan solo para no caer de bruces en la gelatina. Se queda allí tumbada, de espaldas, hundida en aquella masa verdosa que la traga con ansiedad. Sobre el tatami, su compañera se acerca al filo y se inclina ante ella, demostrándole respeto. El combate ha terminado.

Aplaudo con fuerza. Es genial. No hay árbitro, ni reglas, tan solo el conocimiento y la consciencia de las dos guerreras. El combate acaba al ser sacado del ring. Otras dos suben mientras las demás compañeras ayudan a la caída a salir de la piscina del moco verde. Puedo ver furiosas patadas y vistosas llaves, así como movimientos de gran belleza, pero, en general, la pelea es rápida y brutal, y acaba en menos de lo que dura un asalto de boxeo. Van a lo que van. Recuerdo un consejo de mi sensei: “Si se quiere escapar, hay que escapar; si se quiere continuar golpeando, hay que golpear aún más fuerte.” Es eso, en suma. Aquí no hay puntos, ni amagos de golpes, sino resolución efectiva y rauda.

Nadia se encuentra a nuestro lado, en pie, observando también con atención. Las aletas de su nariz palpitan, absorbiendo la esencia de la violencia controlada.

—    Quizás tendrías que hablar con el sensei de esas chicas – me dice, de repente. – Ese estilo vendría muy bien a las más agresivas y no ser solo un camelo.

—    Dispongo de un buen instructor en la academia, pero lo tendré en cuenta.

Asiente y sigue mirando. Conoce mis propias capacidades y sabe que conozco el tema. No tiene que insistir o convencerme. Katrina nos mira alternativamente, con el ceño algo fruncido. No está acostumbrada a la conexión que Nadia y yo compartimos. Nos entendemos con apenas una frase. Es algo que no comparto con nadie más y es una lástima.

Un par de botellas de champán más tarde, junto con una fuente de dados de carne caramelizada y nubes de sesos de cordero con nueces trituradas –una delicia pakistaní- la voz de Krimea vuelve a llamar la atención de todo el local. Son las dos de la madrugada y la noche está en pleno apogeo. El tatami y las piscinas han sido retirados y la arena rastrillada.

—    Damas y caballeros, esperamos de todo corazón que el Reino de Temiscira sea de su agrado – el acento hispano californiano apenas se nota ya en la pronunciación de Krimea. – Ha llegado el punto álgido de la noche. Es el momento en que todos ustedes conozcan quien tiene las riendas de este reino, quien es la Señora de las amazonas… ¡Salve, Reina Iris, Dominatrix de Temiscira!

Las luces vuelven a atenuarse. La música se convierte en una fanfarria de trompetas y tambores. Varios focos barren la arena del foso, el cual tiene más de cincuenta metros de largo por una veintena de anchura. Del fondo de mi derecha, surgen dos amazonas ataviadas con fastuosas armaduras que cubren muslos, tronco, y brazos. Un casco griego corintio de alto penacho colorido completa el conjunto. A su espalda, cuelga una pelta –un escudo en forma de media luna que usaban los hoplitas- y una jabalina; a su cintura, cubierta por una tenue faldita blanca, un kopis de acero se balancea.

Cada una de ellas sujeta la cadena de un delgado leopardo que tironea nerviosamente del collar que le retiene. Detrás de ellas, dos musculosos y aceitados hombres casi desnudos dejan caer pétalos de flores sobre la arena, al paso de un elefante asiático que avanza con la trompa alzada. Un conductor camina a su lado, muy atento a su paso, vara en mano. El animal porta un ancho palanquín sobre su lomo, en el que está tumbada una mujer. El palio de tela de la estructura impide que la luz de los focos incida sobre ella, manteniéndole en una anónima sombra.

Los murmullos se elevan en el anfiteatro. Detrás del elefante, otras seis fastuosas guerreras, tanto o más adornadas que las que sujetan los felinos, custodian un grupo de igual número de mujeres encadenadas y casi desnudas.

La pequeña comitiva se detiene ante un gran asiento de madera y cuero, instalado en el punto central del anfiteatro, y los dos esclavos ayudan a la dama del elefante a apearse. Lánguidamente, la soberana amazona se dirige hacia su trono, y se instala en él con toda dignidad y haciendo una seña para que el conductor del elefante saque al animal del foso.

Viste como una gran señora asiática, con un abierto kimono de seda roja con brocados dorados y ribetes oscuros, bajo el cual se entreve una etérea túnica de un pálido rosa. Cabalga una de sus bellas piernas, la cual queda totalmente al descubierto al abrirse el kimono, revelando las cintas entrecruzadas de su sandalia, que ascienden por su fina pantorrilla. Debo reconocer que Iris sabe interpretar su papel. Se queda estática, los antebrazos descansando sobre la bruñida madera y los ojos clavados en la tarea que los dos esclavos machos están realizando ante ella.

Estos levantan una serie de postes que están enterrados en la arena, por el procedimiento de tirar de unas sogas. Los postes de madera, de unos dos metros de altura, cimbrean al quedar verticales y encajados en alguna especie de base, que los mantiene firmes. En apenas unos minutos, seis postes quedan levantados sobre la arena. Entonces, los dos esclavos retroceden hasta quedar a los lados de la Reina, donde recogen dos grandes abanicos de plumas clavados en la arena, e, indolentemente, mueven el aire en torno a la mujer.

Las dos guerreras de los leopardos se instalan ante el trono, obligando a los grandes felinos a echarse sobre la arena. Las otras amazonas empujan a las mujeres encadenadas hacia los postes y se ocupan de aprisionar sus muñecas en un lazo corredizo que desciende de la parte más alta de cada poste. Quedan de cara al público, con las manos en alto, apoyadas sobre la punta de sus pies, los trémulos pechos adelantados por la posición. En la pantalla gigante cambia el plano general que abarca todo el foso, para centrarse en el rostro de la Reina Iris. Uno de los esclavos se inclina a su lado, sosteniendo un micrófono que no sé de dónde ha sacado. La voz de la Reina, profunda y serena, resuena en todo el anfiteatro:

—    ¡Bienvenidos a mi reino, queridos invitados! ¡Soy la Reina Iris, Dominatrix de Temiscira! ¡He aquí seis de mis súbditas, seis sumisas sobre las que he recibido quejas de ustedes! – un murmullo recorre los nidos. — ¡Estas perras han obviado sus deberes! ¡No se han entregado con toda la alegría que yo misma les pedí!

Todos podemos ver como los ojos casi dorados de Iris centellean bajo la luz, magnificando su real enfado. Tiene el ceño algo fruncido, lo que otorga una firmeza y gravedad adecuada a su rostro casi cuadrado. Sus gruesos labios están pintados en un rojo pálido y perfilados con un tono más oscuro. Las sombras de sus párpados se vuelven huidizas hacia las sienes, degradándose desde un tono malva hasta un celeste muy tenue. De pronto, sus labios se retraen, mostrando unos dientes parejos y blancos en una sonrisa que peca de cruel.

—    ¡Pero nos hemos reunido aquí para enmendar ese error! ¿Verdad, hermanas mías? – las demás amazonas dieron un breve chillido conjunto de afirmación. — ¡Proceded, amazonas!

Las amazonas se acercan a las reas y desanudan los tops, dejándolos caer sobre la arena. Los pechos aparecen, temblorosos por los jadeos de las chicas, quienes intentan ocultarlos vanamente tras los estrechos postes. Enseguida las faldas siguen el mismo camino. Las sumisas quedan desnudas salvo por el calzado, los adornos de sus brazos, y el medallón del Reino que cuelga entre sus pechos. Las guerreras se apartan para que la Reina pueda echar un vistazo al conjunto. Iris chasquea los dedos.

La primera amazona, a mi izquierda, da un paso al frente y alza el puño bien alto. Su dedo índice se alza, atrayendo la atención del público. Ella y sus compañeras corean el número con fuerza: “¡UNO!”. Entonces, con celeridad, extrae una fusta de su cinturón, y lanza un buen golpe sobre las nalgas desnudas de la rea, quien chilla brevemente. Automáticamente, la amazona que está a su lado la imita, y justo al golpear la tercera inicia su propio movimiento. A continuación, la cuarta, y como si fuese un mecanismo de relojería, todas completan el primer azote, una detrás de otra.

La primera guerrera recomienza el ritual. Alza el puño e índice y corazón se alzan. “¡DOS!”. Los fustazos se abaten, secos y nada compasivos, en su peculiar cadencia. Las sumisas chillan e intentan zafar sus posaderas. Cuando el puño se levanta por tercera vez, mostrando alzados el pulgar y dos dedos más, todo el anfiteatro corea el número. “¡TRES!”. El ansia de contemplar la violencia del castigo flota en el aire.

Las cámaras de primera plano recogen las expresiones de dolor de las sumisas, amplificándolas en la gran pantalla. Estoy seguro que más de un cliente se estará mordiendo el labio de deseo, al contemplarlas. Le pregunto a Katrina de quien ha sido la idea de este espectáculo y me responde que lo ha diseñado la propia Iris.

—    Es el mejor reclamo en que se podía pensar – musito y ella asiente. Tiene los ojos muy brillantes, una seña de su excitación.

El público aplaude y silba cuando la Reina Iris alza una mano indolente, indicando el final de la aplicación de la fusta. Los sollozos y chillidos de las reas han puesto todos los ocupantes de los nidos en pie, dispuestos a no perderse ni un detalle. Han coreado a pleno pulmón cada uno de los diez azotes impartidos, como auténticos patricios romanos en los Juegos.

Pero el show no ha terminado, por lo que veo. Las guerreras guardan las fustas pero extraen, del pequeño morral que llevan sobre una cadera, dos puntiagudas agujas de unos diez centímetros, que quedan testimoniadas por un primer plano. Sin hacer caso de los sollozos y peticiones de clemencia, aferran fuertemente un seno de las reas y con lentitud traspasan el inflamado pezón. Los alaridos se elevan, poniendo la piel de gallina en muchos. La segunda aguja se clava en el cúmulo nervioso de la mama que queda sin tocar.

—    Un poco duro esto, ¿no? – comento, molesto.

—    Es puro teatro, cariño – me responde Katrina si apartar los ojos del show.

—    ¿Cómo? ¿A qué te refieres con…?

—    Todas las sumisas tienen los pezones ya perforados pues portan piercings. Las agujas han penetrado por los agujeros cicatrizados. Solo es una actuación y un poco de sangre falsa.

Asiento, más tranquilo.

—    ¿Estabas preocupado por hacerle daño a esas esclavas? ¿Te estás volviendo mojigato?

“No era por eso. Esto es un club privado, ¿vale? Pero eso no significa una mierda si tenemos una denuncia por maltrato y torturas. La policía entrará a saco y cerrará el local sin miramientos. Pero si podemos demostrar que es solo una actuación, entonces mucho mejor.”

—    ¿Así que solo es preocupación por el negocio?

“Si, viejo. Ellas son sumisas, esclavas voluntarias. No me voy a preocupar de sí les hacen más o menos daño. En el fondo, lo necesitan.”

—    Estaba preocupado por si te estabas volviendo ñoño.

“¡Vete a tomar por culo, viejo!”

En el foso, las amazonas extraen las agujas y las reemplazan por unas cadenitas con pequeños enganches de mosquetón que se introducen en las heridas de los pezones. La cadena une ambos pezones y tira de ellos hacia abajo por el peso. Los rostros muestran sufrimiento, bien orquestado por el oscuro rimel corrido de sus ojos. Es un buen truco.

Las amazonas liberan las manos de las reas pero, a continuación, conectan las cadenitas de los pechos a un pequeño gancho que los postes tienen a media altura, lo que obliga a las sumisas a inclinarse para que la postura no fuerce los pezones. Entonces, levantando las falditas de sus túnicas, las guerreras descubren los falos que portan debajo. Tironean de las correas traseras que afirman los cinturones fálicos, dejándolos erectos y preparados, y, sin ningún tipo de miramiento, traspasan las expuestas vaginas de sus compañeras.

Un excitado murmullo recorre el anfiteatro, al ver aquellas reas ser empitonadas contra los postes. Se sujetan con sus manos y gozan de su maltrato, como las perras que son. La cámara recoge cada expresión de entrega y placer, con los ojos cerrados, las fosas nasales dilatadas por la excitación, y aquellos gestos sensuales de sus bocas resecas.

Las amazonas embisten con sus caderas, enérgicamente. Unas sujetan su rea del cabello, elevando su rostro para que los invitados no se pierdan detalle de la lujuria que la embarga; otras empujan tanto que la aplastan contra el poste y no le queda más remedio que abrazarse a él.

En pocos minutos, los orgasmos se suceden como tracas invisibles. No hay micrófonos de ambiente –algo que tengo que comentar con mi hermana—por lo que no podemos escuchar sus gemidos y suspiros, pero los primeros planos no mienten, ni tampoco las rodillas que se doblan. Sin decir nada más, la Reina Iris se levanta de su trono y deja la arena, con una altivez y autoridad que quisiera para él más de un soberano real. Los dos esclavos y las amazonas con los leopardos la siguen de cerca. Al poco, las otras amazonas atrapan a las reas de la cadenita que cuelga de sus pechos y las arrastran fuera del foso. El público truena y silba, excitado. Creo que es en este momento cuando va a empezar de verdad el negocio.

Efectivamente, las llamadas a las camareras se incrementan y se sirven bebidas en casi todos los nidos, y, aunque no puedo verlo, me imagino que habrá muchas peticiones y conversaciones con sumisas y amazonas. Krimea aparece en la tribuna, finalizada su tarea. Ha dejado seleccionada una lista de temas y trae champán y vodka muy frío. Ya me conoce. Dos minutos después, Pam y Elke nos visitan, cogidas de los brazos de la propia Reina Iris.

—    Señores Vantia y Talmión, tenemos el placer de presentaros a la Reina Iris – intercede mi hermana, con toda la etiqueta. Por lo visto, se toma el juego en serio – Dominatrix, os presento a los propietarios del Temiscira.

Mi esposa y yo nos levantamos, la Reina Iris avanza su mano, y se la beso en vez de estrecharla. Katrina va más lejos y hace una graciosa reverencia. Veo que la canaria parpadea, algo confundida. No espera, sin duda, que los dueños del club sigan la pantomima, pero estamos en público, ¿no? Hay que mirar por el negocio.

Nos apretujamos como podemos en el nido, dejando sitio para todas. Patricia se sienta en la alfombra y Katrina sobre mis rodillas. Felicitamos a Iris por su puesta en escena y por toda la teatralidad que imbuye en sus actos. Una pequeña sonrisa delata el orgullo que siente, aunque intenta no reflejar demasiadas emociones ante nosotros. Discutimos ciertas necesidades que han quedado reflejadas con la inauguración y Elke las anota en su lista.

—    Tenemos grandes proyectos para este club, Reina Iris – comento, mirándola a los ojos.

—    Por favor, señor Talmión, solo Iris.

—    Nosotros somos Sergio y Katrina – le devuelvo el tuteo.

—    Lo sé. Nos hemos cruzado varias veces en la mansión – sonríe.

—    Lo siento, pero no puedo decir lo mismo – se excusa Katrina. – No me he fijado demasiado en las chicas que rondaban por allí.

—    Es natural, no debe disculparse, por favor – hay algo en la sonrisa de Iris que evoca algo en mí, pero no consigo situarlo. – Su hermana ya ha comentado algo conmigo de esos planes. Estoy un poco preocupada por lo ambiciosos que son.

—    ¡Hay que pensar a lo grande! – exclamo con una risa.

—    Necesitaremos casi el doble de personal para ello – me devuelve la pulla.

—    Más bien, el triple – aclara mi esposa. – Ya estamos en ello.

—    Si, los nuevos puestos se irán incorporando con fluidez. Un entrenador de combate pasará por aquí todos los días para entrenar a las chicas pertinentes. Mi idea es que os encarguéis de la seguridad del local vosotras mismas, ya que sois amazonas – puntualizo y ella asiente.

—    Ya tengo una chica preparada para hacerse cargo de la cabina de control – se gira hacia Krimea, con una de sus bellas sonrisas que parecen ser su marca personal. – Así que es posible que no te necesitemos más. Has estado magnífica, gracias.

—    No hay de qué, Reina Iris.

En ese momento, el comunicador de Pam suena y se lo lleva al oído.

—    Cinco minutos – contesta y corta la comunicación. Encara a Iris y le dice: Tiene un pase privado en la mazmorra dos.

—    Hora de ganarse el pan – exclama con un suspiro, antes de ponerse en pie. – Me gustaría seguir hablando con calma, señores.

—    Podemos almorzar juntos – accede Katrina.

—    Sería ideal. Hasta otra, Katrina, Sergio.

La contemplamos abandonar la tribuna y me quedo pensativo, en pie, mirando la ahora desierta arena, donde aún quedan levantados los postes de castigo.

—    ¿En qué piensas, cariño? – me susurra Katrina, aferrándose a mi brazo.

—    ¡Ya caigo a quién me recuerda Iris! – exclamo, chasqueando los dedos.

—    ¿A quién? – pregunta Pamela, mirándome con intriga.

—    A tía Natividad.

—    ¿La tía Nati?

—    Tiene su misma sonrisa de golfa – sentencio antes de sentarme y servirme un vodka.

CONTINUARÁ…

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