ANA LESMAN

Recordaba de niña su escritura vacilante, su lápiz desgastado. Sus tímidas palabras. Sueños vertidos, junto con ensueños, en un maravilloso diccionario, mezcla de sus ansias por conocer tesoros ocultos tras aquellas hojas impolutas, puerta de sabiduría que la despertaron a un incipiente y temprano amor.

Como hojas caídas lentamente fue explorando, poco a poco, la magia que le transmitía aquel maravilloso ejemplar. Allí, en su imaginario, se unían tantos vocablos desconocidos. Palabras fascinantes, impresas en la retina como haces de luz embebido cuando la noche ganaba la batalla al día. Inolvidable época en la que soñar despierta era un sueño sublime.

Fantaseaba a su corta edad qué voz elegiría para su  ficticio lector. Le contempló en su pasión, adicto a las palabras, a sus letras, a las que siempre adoró.

Pero el tiempo es inexorable y la niña creció. Sus textos aprehendidos de un majestuoso diccionario los guardó en los pliegues de un laberinto irreal que para sí creó.

Y sin apenas reflexión contempló que la edad de la inocencia se esfumó. El desenlace se acercaba a su final.  Pronto llegaría el día en que la memoria no tuviese memoria. Que la vista se perdiera en el infinito sin fin. Y la voz callada de sus textos no resplandeciera sobre ningún teclado. Apagada, sin color, como la primavera que se muere en cada rayo de sol.

Pero en su mente, para la eternidad, quedó prendido aquello que escribió, aquello que sintió y todo lo que amó.

Y  también todos los besos convertidos en versos,

que  perdió.

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