JANIS MULLIGAN

Iris la dominatrix

El invierno ha pasado, atenuando el recuerdo de Crux y asentando la presencia de Nadia en la mansión. Se ha adaptado muy bien a nuestras idas y venidas caprichosas. El jefe instructor Sadoni ha calibrado perfectamente los conocimientos de la colombiana y solo ha sido necesario un corto curso de actualización sobre el entorno inmediato y sobre los últimos avances tecnológicos de espionaje y defensa.

Krimea ha hecho migas enseguida con Nadia, quizás por las gotas de sangre latina que corren por sus venas también. No lo sé, pero se han hecho buenas amigas. Otra de tantas, es Patricia, la cual parece muy feliz de intimar con las dos. Estoy hablando de amistad, no de sexo, porque, al parecer, ninguna de las tres ha compartido cama.

Nadia se ha dedicado exclusivamente a perseguir criadas, como si fuera la puta María Antonieta. Siempre hay un revoloteo de uniformes a su alrededor y soy consciente de que las mejores atenciones de todas ellas son para Nadia. Café siempre caliente, el mejor trozo de tarta, o el filete más jugoso acaban entre sus manos con una sonrisa de complicidad.

En cuanto a su cometido, Nadia ha tenido que cambiar un poco su estilo. Allá, en los Farallones de Cali, paseaba todo el día con la automática a la cintura y el machete rebotando en el muslo. Usaba ropa cómoda y fresca y llevaba el pelo permanentemente recogido en una cola. Todo eso ha tenido que modificarse. La mansión se ha convertido en un centro para mucha gente. Hay niños que la recorren de arriba abajo; hay chicas formándose durante ciertas horas del día, y muchos visitantes acuden, tales como el arquitecto Muñiz, su ayudante, o los peritos de las obras que se están llevando a cabo. Así que nada de armas a la vista, corrección en la vestimenta y, como ha aprendido al ver a las demás chicas, siempre guapa y arreglada.

Es algo que Nadia llevaba en la sangre y que había enterrado profundamente al convertirse en una killer. La ha alegrado mucho retomar esa rutina perdida. Eso no la hace menos peligrosa ni descuidada en su trabajo, pero ha magnificado su autoestima. ¿Y qué decir de mí? ¡Alegra mis ojos!

Se ha tomado al pie de la letra lo de ser nuestra escolta. Nos acompaña cada vez que salimos de la mansión y si tenemos que dividirnos, intenta alternar su presencia con uno y con otro para que no la echemos en falta. Ha incrementado la seguridad personal en torno nuestra. Siempre hay un coche siguiéndonos, lleno de soldados. Las chicas también llevan escolta, aunque menor, en sus desplazamientos. Patricia es recogida y llevada al colegio por dos soldados, cada día.

Al principio era tedioso estar siempre acompañado, pero Nadia no ha querido escuchar protesta alguna. La protección es vital en este negocio y ha conseguido hacérnoslo ver a todos. Ya no me ponen nervioso las sombras que me siguen, ni sus comprobaciones de seguridad, aunque siempre prefiero que sea ella la que esté a mi lado.

Esta misma mañana, Katrina y yo hemos hecho el tour habitual y semanal por las obras en marcha. Primero al Temiscira –el antiguo Años 20-, donde las reformas están a punto de terminar. Es increíble lo que ha ideado ese chico para el club. Aún habiendo trabajado y vivido en su interior, apenas lo reconozco al traspasar la puerta. Las dos plantas superiores han desaparecido, convirtiéndose en todo un anfiteatro que rodea un profundo foso. Debo concretar que hemos comprado un par de inmuebles adyacentes para ampliar el club y alojar a las futuras chicas.

En el espacio que queda bajo las gradas, se ubican un par de mostradores de mármol sobre pequeñas columnas de falso granito, así como diversos nidos de almohadones y hamacas colgantes de tela, desde donde los clientes pueden ver, a través de las estrechas arcadas que sostienen las gradas, el fondo de la arena. Se han adecuado lavabos en los distintos pisos y se ha anulado la cocina. Ya no se puede cenar en el club aunque Elke ha planteado un magnífico surtido de canapés y frutas en todo momento.

Pam en persona ha diseñado las gradas con la ayuda de su amigo Santi. No es ninguna aglomeración de butacas encaramadas a una pendiente, no, nada de eso. Los estrados están formados por pequeños bancales o terrazas, apoyadas sobre cuatro arcos de cerrado contrapunto que forman una superficie sobre la que se instala un confortable nido para una decena de personas. Hay una treintena de estas terrazas repartidas por las dos caras inclinadas del anfiteatro, con estrechos huecos de acceso para que puedan traer cualquier cosa que pida el cliente.

Es un pequeño caos para el ojo contemplar todos esos pequeños arcos desde el fondo del foso, donde se halla la arena de combate, pero en su caso permite que se pueda ver el espectáculo desde cualquier parte del local, y, lo que es más importante, el especial ambiente que se forma en los nidos de las gradas.

Entre la miríada de trabajadores, carpinteros, decoradores, yesistas, pintores, y otros entes de indistinta fauna, Pam aparece subiendo la rampa que lleva al almacén. Manosea un eterno bloc de notas donde apunta todo lo que necesita, las reformas a hacer sobre la marcha y las ideas que se le van ocurriendo. Creo que ha encontrado su vocación.

—    Hola, parejita – saluda mientras deja un beso en la mejilla de Nadia.

—    ¿Y Elke? – le pregunto. Es extraño verla sola.

—    Está escogiendo el color para las habitaciones de las chicas – nos dice, señalando hacia el lado que colinda con el inmueble recién adquirido. – Los pintores empiezan este fin de semana.

—    Veo que lo tenéis todo a punto – comenta Katrina, girando sobre sí misma, con las manos en el talle.

—    Creo que en par de semanas máximo podremos inaugurar – Pamela está radiante de alegría.

—    Para entonces las chicas estarán listas.

—    Isabel ha hecho un gran trabajo con ellas – apunta mi hermana.

—    Aún le quedan algunos detalles. De hecho, esta tarde estoy citado con ella – dejo caer.

—    ¿Citado? – Katrina se gira hacia mí, con una ceja alzada.

—    Si, quiere que asistamos a una especie de presentación.

—    No me ha dicho nada.

—    Es que me crucé con ella esta mañana. Me lo dijo casi de paso. Puede que esté algo más liada de la cuenta – le quito importancia.

—    ¿Ahí es donde las chicas pelearan? – pregunta Nadia, señalando el foso.

—    Habrá combates, si, pero no solo eso. Es un escenario para todo tipo de evento, ritual, o castigo femdom – le explica Pam, aferrándose a su brazo y girándola en dirección a una de las arcadas.

Noto un tironcito en la entrepierna al verlas así abrazadas. Sería todo un placer poder verlas a las dos en la cama, o con mi esposa, o con Krimea…

—    No te aceleres. Si la deseas, solo tienes que utilizar la mirada.

“No. No pienso obligarla a nada.”

—    Creo que te estás volviendo gilipollas desde que te has casado.

Le dejo despotricar en mi cabeza. Sé que está molesto conmigo por no haber tocado aún a Nadia. Que se joda el monje.

—    Ah… hablando del tema – Nadia se encara con mi hermana. – El jefe Sadoni ha aceptado tu propuesta, pero deberá ser en sus horas libres.

—    ¿De qué se trata? – pregunto con curiosidad. ¿Para qué necesita mi hermana a mi entrenador?

—    Necesitaremos un experto en combates para entrenar a las chicas y dar visos de realidad a los combates. No podemos hacer una chapuza – me dice Pam, abriendo las manos.

Tiene razón, por supuesto. Cuanto más real, más atractivo será el club.

—    Ya habíamos estado buscando entre especialistas de cine y asesores de combate, hasta que Elke tuvo la idea. ¿Para qué buscar fuera si lo tenemos en casa?

—    Y de los mejores – asevera Nadia.

—    Pobres chicas – susurro.

—    Si es duro, tanto mejor, así las chicas ahorraran el tiempo de gimnasio.

—    Creo que tu hermana ha pensado en todo. No conocía esa faceta suya.

“Yo tampoco, pero me están demostrando que ambas se manejan muy bien con todo esto, compenetrándose. Pam es la planificadora y Elke la de las ideas”.

—    ¿Tienes en mente una fecha para inaugurar? – pregunta Katrina mientras desliza una mano en el interior de uno de los bolsillos traseros de mis jeans.

—    Este año, el 21 de marzo cae en viernes. ¿Por qué no celebrar la llegada de la primavera en el reino de las amazonas? – nos pregunta Pam con una sonrisa ladina.

—    ¡Que buena idea! – palmea Katrina, entusiasmada.

—    Pero eso te da poco más de dos semanas. ¿Estará todo listo? – me preocupo.

—    Si, hermanito. Mañana mismo empezaré a enviar las invitaciones.

—    ¿Invitaciones? – no sé a que se refiere.

—    No pensarías que pondría carteles por ahí para anunciar la apertura, ¿no? Esto es un local de prestigio. Solo VIPs – sacude un dedo delante de mi cara.

—    Comprendo.

—    Tengo en mi agenda a los mejores de la comunidad de Madrid, desde abogados a políticos, pasando por jueces y empresarios. No te preocupes, será discreto y con buen gusto.

Poco después, aparece Elke, quien nos abraza a todos como si no nos hubiéramos visto esa misma mañana. No tardamos en despedirnos y seguir con las visitas. Rumbo a Aranjuez.

—    No sabía que tu hermana fuera tan… dinámica – sonríe Nadia, ya en el interior del coche.

—    Ni nosotros – responde Katrina con una risita.

—    Creo que hasta ella se sorprende, pero me alegra un montón – confieso.

El palacio de Godoy está de nuevo en pie, aunque no acabado. Se está modificando su interior para hacerlo más funcional como institución dedicada al aprendizaje, aunque sea sexual. Aprender es aprender, ¿no? Todo lo que constituía los patios centrales y la piscina, se van a convertir en una zona de ocio y entrenamiento a la que se puede acceder directamente desde la entrada principal, sin tener que entrar en el palacio.

El inspector del seguro aún sigue merodeando por la obra, como si fuese un sabueso celoso. Nos estrecha la mano y nos informa de que las obras se han adelantado a lo que todos pensaban. Sin duda es algo que alegra a la compañía, pero le dejo bien claro que si se produce algún fallo estructural por las prisas, demandaré a la aseguradora.

El hombre se deshace en promesas y garantías. Sé perfectamente que ha puesto el máximo interés en revisar personalmente los pedidos de materiales y la actuación de los obreros, asegurándose de que no hubiera fallo alguno, pero debo dejar constancia de mi poder.

El equipo de decoración ya está en el sitio y ha reclamado la atención de Katrina. Están haciendo fotografías y planos visuales para comenzar a trabajar en el estudio. Me reúno con ellos. Nadia intenta meter la cabecita entre uno de mis brazos para curiosear el plano que están mostrando a mi esposa. Con una risita, la introduzco en el círculo, permitiéndole fisgonear a placer.

—    Oh, Sergio, va a quedar maravilloso – me sonríe Katrina.

—    Eso espero. Se está invirtiendo un montón de pasta para que esto sea una cutrería.

—    No se preocupe, señor Talmión. Como le estaba diciendo a su esposa, pretendemos forrar las salas principales con diferentes maderas, tanto suelo como paredes. De esa forma, alejaremos de una vez la frialdad que siempre ostentaba este edificio. Todos los tubos, eléctricos, de agua y desagüe, y de calefacción, han quedado ocultos, pero no sellados. Así, en caso de necesidad, no habrá más que retirar ciertos paneles y llevar a cabo los arreglos pertinentes sin tener que destrozar paredes o suelo.

—    Me parece muy bien – respondo.

—    La zona de vestíbulo, las escalinatas y pasillos, así como el salón de actos, serán revestidas de falso mármol. Dispone de todo el aspecto del mármol más lujoso, pero tiene la resistencia del granito. Más adelante quisiéramos conocer su opinión sobre tonos de pintura, cortinajes, y, por supuesto, muebles.

—    Perfecto – dijo Katrina, tomándome del brazo y abandonando la improvisada reunión.

—    El inspector tiene razón. Las obras van adelantadas con respecto al calendario – musito a su oído.

—    Es lo que suele pasar cuando el dinero no falta y hay alguien bien encima de los obreros.

Joder con la faraona. Solo le falta el látigo. El caso es que el palacio de Godoy puede estar terminado en cuatro o cinco meses. Podríamos iniciar un curso para el otoño, sin duda.

—    ¿Has pensado en algo para la inauguración? – le pregunto a mi mujer.

—    ¿Una fiesta?

—    No, me refiero al primer curso.

—    Ah… Pensaba utilizar nuestras propias chicas. Un curso de actualización para todas y uno de alta élite para las que consigan las mejores notas.

—    Me parece bien – es algo que ya habíamos hablado, pero lo de las notas me toma por sorpresa, y se lo hago saber.

—    Bueno. Perdimos a las chicas que teníamos aquí, en el palacio, y las de Sant Marçal, bueno, están ya muy vistas. Necesitamos que las chicas se renueven y qué mejor que sean ellas las que demuestren estar motivadas y preparadas para ello. Según Isabel, el curso de actualización puede arrojar datos muy personales sobre todas ellas. Qué las impulsan a seguir, hasta que nivel pueden llegar, cuales son sus campos preferidos…

—    Entiendo – cabeceo.

—    Las mejores, tanto físicamente como mentalmente, serían ascendidas a chicas de élite. Eso constituiría un aliciente perfecto para todas las demás. sería como un ascenso y un reconocimiento.

¿Os he dicho alguna vez que encima de guapísima, mi niña es muy lista? Eso de que las rubias son tontas no son más que burdas falacias y envidias. Al subir al coche, Nadia se pone en comunicación en el coche escolta para que nos adelante y tome rumbo hacia Algete pero sin regresar a Madrid, sino dirección Alcalá de Henares. Quiero ver como van las obras de la carretera que llevará desde la R-2 hasta Algete. El nuevo ramal se bifurcará casi a la altura de la prisión de Alcalá-Meco, cruzará la M-113 y atravesará toda la Dehesa Nueva, hasta pasar casi por la puerta de la nueva mansión y conectar con Algete.

Aún no se puede llamar carretera, sino camino de tierra batida, con más agujeros que un barco salido de Pearl Harbor, pero puedo comprobar que es bastante llana y casi recta. Denisse se encargó de hacer un trato con el gobierno de la Comunidad para utilizar una de las viejas realengas de ganado y así no tener que expropiar apenas terrenos. Tengo que acordarme de pedirle los detalles de las adquisiciones. Llegamos a la ubicación de la construcción una hora antes de que los obreros pararan para almorzar. Verónica Marquada, la ayudante del arquitecto Muñiz, nos está esperando. La sonrisa que puedo entrever en los labios de la opulenta Verónica, al comprobar que mi esposa baja también del coche, me hace saber cuanto le gusta Katrina. Coño, ¿a quien no?

Hubiera preferido ver al arquitecto en persona, pero al parecer se encuentra en el estudio resolviendo ciertos problemas del gran tejado-prado que está a medio construir. Desde la distancia a la cual estamos, se ve bien poca estructura levantada. Solo son hierros aparentemente retorcidos que se elevan, entrecruzados cerca de su base. Una gran estructura de cemento y acero galvanizado forma una especie de marco sin terminar que se eleva del terreno como una ladera de poca inclinación.

Verónica, casi diminuta a mi lado, me explica que ese será el tejado del edificio y que tendremos que dar un rodeo para observar la estructura habitable. Me impresiona las dimensiones del tejado, que será cubierto de tierra y plantado de hierba, setos, e incluso árboles. Calculo que tendrá el doble de un campo de fútbol de ancho y uno más de largo. Sin embargo, el edificio en sí no es rectangular, sino que adopta otros ángulos fuera de la vista. Hay que acercarse para ver toda su magnitud. Dios, ¡deja enano al palacio de Godoy!

La fachada rugosa que simula corteza de árbol aún no ha sido colocada y, por lo tanto, los muros exteriores, o lo que sea que lleve, no existen todavía. Las estructuras metálicas donde su ubicarán los molinos de viento tampoco están terminadas. Comprendo enseguida que los enormes y larguísimos postes serán insertados a las espirales de acero que suben hacia las nubes y que, más tarde, todo el brazo armado serán envuelto en la misma sustancia rugosa que la fachada.

La estructura habitable ocupa la totalidad de la zona construible sobre la meseta. El tejado prado ha sido construido de tal forma que queda como un escalón que esconde el edificio. Cuando esté cubierto con la tierra, será casi invisible desde la nueva carretera. Solo se conseguirá ver las ramas del “árbol caído” y parte del tronco que se perderá en la tierra, que en realidad contiene las dependencias menores y almacenes que se están levantando en la dehesa húmeda del río. Allí se plantaran jardines y todo tipo de vegetación protectora, ya que agua no le faltará.

Para Nadia es la segunda vez que viene a esta construcción y ha cambiado totalmente desde que estuvo la última vez. Está impresionada por lo que intentamos hacer y a la vez por su simplicidad.

—    ¿Esto va a ser un puticlub? – la escucho preguntarle a Katrina.

—    Más bien una mansión de placer, como la de PLAYBOY – responde mi esposa, con una risita. — ¿Por qué? ¿Te interesa trabajar en ella?

—    No, solo constataba algo que se dice en mi país – se encoge de hombros.

—    ¿Qué se dice en tu tierra? – pregunto, tomándola por sorpresa.

—    Que los europeos lo hacen todo a lo grande. Los hoteles de Santo Domingo, los casinos de Toronto, la presa de Guavio en mi país, en la comarca de Cundinamarca… Todo a lo grande, inmenso y exagerado.

—    No lo creo. Los chinos son peores – se ríe Katrina.

—    ¿Qué pretendéis hacer aquí? Un burdel es un burdel, ¿no?

—    No para un tipo rico. Un millonario no va a un burdel solo a desfogar. Primeramente, no necesita desahogarse con cualquier puta. Seguramente, dispone de esposa y de amante. Un hombre o una mujer así ha adquirido cierto vicio que solo el dinero puede otorgar…

—    ¿Cuál? – me pregunta.

—    Consumir belleza y clase. Ese tipo de cliente no va con putas, sino que adquiere temporalmente una exquisitez y complacencia que no encontrará en ningún otro lugar. Una diosa como las que ofrecemos no están en la calle, comprando el pan, o cruzando por un semáforo. No te topas con una famosa modelo en los grandes almacenes, comprando ropa de pret a porter o lencería barata. No, esas mujeres salen en limusinas, comen en elegantes restaurantes y en cómodos reservados. Duermen la mayor parte del día porque su hábitat es la noche y el glamour. Acuden a eventos a los que no seremos jamás invitados y se codean con las más importantes personalidades del planeta. Nuestras chicas son de esa clase, de esa condición, y solo pueden ser encontradas ahí dentro – le digo, señalando la obra, donde destellan las chispas que brotan de los sopletes y atruena el ruido de la gran maquinaria que se ocupa de la dehesa.

—    Esa es la verdad, Nadia. Un tipo con dinero está harto de tirarse a lo que se tercia, su secretaria, la joven doncella de su casa, las amigas de su esposa… pero siempre anhela algo diferente, algo que no se suele encontrar. Una bella persona con la que hablar de temas que jamás tocarías con tu esposa o amistades, con la que puedes realizar todas tus fantasías sexuales, ya que las conoce todas, y, encima, a la que puedes llevar a la ópera y ser la envidia de todos. Eso es lo que encontrarán aquí – Katrina es tan vehemente como yo.

—    Además de tener todos el lujo y confort de cualquier hotel de la más alta categoría. Aquí no hay reporteros con cámaras indiscretas, ni personalidades cochabanas que se irán de la lengua en cuanto los pierdas de vista. Puede salir desnudos al jardín si lo desean, o participar en una orgía en la enorme piscina que pronto excavarán sin que lo capten con un teleobjetivo – abarco los alrededores con las manos. – Todo estará vigilado y controlado, garantizando la máxima discreción, y eso es lo que verdaderamente genera dinero, en realidad.

Nadia asiente, comprendiendo el concepto. Sabe que todo está a un nivel superior al que ella ha podido acceder jamás. No ha conocido nunca uno de esos millonarios de “noble cuna”, tan solo promotores sin escrúpulos y ricos integrantes de cárteles cuyos gustos y placeres no eran tan sibaritas, sino más bien casposos.

—    Venga, es hora de regresar. Me muero de hambre – anuncio tras media hora más de fisgoneo.

—    ¿Podemos parar de camino en una venta, cariño? – me pregunta Katrina. – Se me antoja un buen plato de cocido madrileño.

—    Sus antojos son órdenes, mi bella señora – le hago una parodia de reverencia que arranca una risita en ambas, aunque Verónica me lanza una mirada mortal.

Entre bromas y pellizcos, nos subimos al coche. Sin embargo, mi cabeza está funcionando a pleno rendimiento, escuchando los sabios consejos de Ras y ajustando las metas que mantenemos. Sé que con respecto a las obras, ellas mismas condicionan su prioridad. Primero habrá que ocuparse de la inauguración del Temiscira, y, para ello, debo ver con mis propios ojos los avances que ha conseguido la Dra. Garñión con las chicas. Lo demás ya está encaminado y controlado. La academia de protocolo y etiqueta, como llama Katrina al palacio de Godoy, aún tardará en producir dividendos pero entiendo que nos ayudará muchísimo en otros campos. En cuanto a esta mansión de Algete, ya nos preocuparemos cuando esté ocupada, aunque auguro grandes estipendios con el empuje necesario.

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Pam llama con los nudillos y asoma su rojiza cabeza por la puerta de mi despacho.

—    ¿Vienes, hermanito? Ya es la hora.

—    Por supuesto. Deja que apague esto – contesto, apagando el ordenador de mesa.

He estado hablando por videoconferencia con el gerente del TNT, un tipo muy recomendado por Mauro, y, por lo visto, muy cabal para el puesto. Estoy muy satisfecho con los resultados que me ha mostrado. Se llama Rogelio Audart y rondará los cincuenta y cinco años. Las chicas también opinan muy bien de él, así que me siento contento.

Elke nos espera en el pasillo y me alegra aún más la tarde al ver sus muslos casi desnudos. Lo que lleva puesto no puede llamarse minifalda.

—    ¡Por los cuernos del diablo! ¡Elke! ¿Es que piensas matarme de un calentón? – exclamo con cierto retintín.

Ella se ríe como es de su costumbre, tapándose la boca con una mano. Pasa sus brazos por mi cintura, dándome un cálido achuchón, antes de tomar la mano de Pamela y tirar de ella por el pasillo.

—    Venga, vamos, que Isabel nos espera – nos comenta.

Tenía ganas de charlar seriamente con la Dra. Garñión y ésta nos ha citado esta tarde en su despacho, para ponernos al día sobre sus avances con las candidatas al nuevo club. Katrina se ha desentendido del asunto y se ha marchado con Nadia a comprar zapatos, creo. Denisse y Krimea están tiradas en el solarium de la piscina y no pretendo molestarlas. Estas cosas son para mí.

—    Estaba deseando comentar contigo este aspecto – me dice Pam, cogiéndome del brazo mientras que Elke se aferra a su mano en el otro costado. – La doctora solo ha hecho comentarios generales en el último mes, reservándose el informe final hasta asegurar los resultados.

—    ¿Eso significa que si nos ha citado es que ha tenido éxito?

—    Podría ser.

—    Ya veremos – no dudo de los manejos de la profesional. Ha demostrado ser inmune a la mirada de basilisco y saber muy bien como manejar una psique humana. Sin embargo, lo que pretende raya casi el control mental.

El despacho de la doctora está al final de la galería, yuxtapuesto al muro norte. Lo ha escogido porque está situado en la zona menos frecuentada de la mansión. Las chicas usadas en la prueba disponen de habitaciones en el piso superior y bajan a la sala de estudios, justo al lado de su despacho, a través de las mismas escaleras que usan los chicos de La Facultad. Pam llama con los nudillos y escuchamos la voz de la doctora permitiendo la entrada.

—    Por favor, acomódense a su gusto – nos indica, señalando tanto el sillón que hay al otro lado del escritorio, como el pequeño diván tapizado de verde que se apoya contra una de las paredes. Mi hermana y Elke optan por el diván, así que me quedo con el sillón. – Tengo entendido que esta mañana has estado en las diversas obras.

—    Así es, doctora.

—    Isabel, por favor.

—    Si, Isabel. Katrina y yo hemos estado supervisando los tres lugares.

—    Queremos inaugurar el Temiscira para el día 21 de marzo. ¿Hay algún inconveniente? – interviene Pamela.

—    Por mi parte, ninguno, querida – sonríe la psicóloga. – Es una magnífica noticia.

—    Pues tengo una mejor aún. La obra de Aranjuez está adelantada. Creemos que estará terminada en cinco meses – anuncio.

—    ¡Bien! – exclama, dando una palmada en su mesa. – Me pondré inmediatamente a perfilar los cursos pertinentes…

—    Katrina me ha hablado de su intención de actualizar a las chicas y obtener así un sistema de puntuación – le digo, a instancias de Ras.

—    Si, ya hemos hablado de eso. Me parece muy conveniente experimentar antes con las chicas de la casa y así prepararnos para el lanzamiento de un curso, digamos “libre”.

—    Entiendo. Bien, dicho esto, volvamos a lo que nos interesa. ¿Qué puede contarnos sobre el curso “Amazona”?

La doctora mira a mi hermana, sabiendo que es ella quien ha bautizado la operación, y sonríe. Extrae una carpeta de una cajonera y la abre ante ella. Compruebo de un vistazo que son las fichas de las chicas elegidas.

—    Le ruego que empiece por el principio, como si no supiéramos nada del asunto – la digo suavemente.

—    Si, será lo mejor. Bueno… para la recreación de un club de índole femdom se necesitaban chicas de ciertas características y condiciones. Debían de ser atléticas y flexibles para representar sus papeles de amazonas, y ser capaces de mostrar agresividad y dureza ante los machos o ante otras mujeres más sumisas. Uno de los principales problemas es que la mayoría de las chicas que se dedican a la prostitución llevan asumidas un rol sumiso, por necesidad. Las pocas dominantes que se dedican a ello tienen ya un mercado ganado y cubierto. No era lógico que dejarán de percibir sus dividendos para unirse a nosotros.

—    Muy lógico, por supuesto – comento.

—    Así que para descubrir nuevos valores, Pamela pensó en iniciar un casting a nivel nacional y sin restricciones. Mujeres de todos los ámbitos y de todas las edades enviaron sus currículos, lo que permitió cribar las aspirantes que entraban en nuestros planteamientos. Se hizo una entrevista a cada una de ellas para valorar el físico y su primer límite moral.

—    Muchas desistieron cuando descubrieron que tendrían que lidiar a veces con hombres y cobrar por ello – apunta Pam.

—    Si, pero eso ya lo sabíamos al no contar solo con profesionales. Sin embargo, los primeros tests que diseñé permitieron fijarnos en dos docenas de mujeres con posibilidades. Nos pusimos inmediatamente a trabajar con ellas. Las trajimos a esta mansión, las alojamos en ellas, e inicié un curso más intensivo.

—    Me gustaría saber en qué consiste ese curso, de forma general, claro – dejo caer suavemente.

—    Bueno, básicamente, es un medidor de límites. Con los tests primarios ya tenía las chicas clasificadas en dos grupos: las agresivas y las sumisas. Pero tenía que ahondar más en ellas, hasta saber cuales de las agresivas podrían derivar hasta el sadismo, o bien que sumisas abrazarían el masoquismo, por poner un claro ejemplo. El curso alcanzaba otras cuestiones, como límites morales y éticos, condicionamiento psicológico, tendencia al exhibicionismo, competividad, y sentido artístico.

—    ¿Sentido artístico? – no comprendo para qué.

—    Para representar bien sus papeles, las chicas deben disponer de cierto grado de teatralidad, o bien debería desarrollar su sentido artístico.

Debo reconocer que Isabel piensa en todo. No se me hubiera ocurrido eso hasta que hubieran llegado los problemas, seguro.

—    Con esto, debo confesar que los avances resultaron ser más intensos y condicionantes de lo que creí en un principio. Las chicas se adaptaron enseguida a sus ejercicios y a cuanto se requería de ellas. Ahora, las conocemos de una forma más íntima y segura. Disponemos de diez dominantes, dos de las cuales se han iniciado en el sado; trece sumisas, de las que cinco aceptan el dolor y gozan de él, y dos ambivalentes, o sea que pasan de un extremo a otro. Una lo hace dependiendo quien sea su pareja y la otra inicia grandes periodos en una u otra vertiente.

—    Fantástico, ¿no? – aclamo.

—    Si, suficientes para empezar. Habrá que seguir buscando chicas según lo que el público y los espectáculos requieran – puntualiza la doctora.

—    ¿Podemos contratar artistas que no traten con el público? – pregunta Pamela.

—    Si, como relleno irán bien, pero no como espectáculo fuerte. Se notaría enseguida que es de pega – advierto e Isabel asiente, de acuerdo conmigo.

—    Lo ideal es que nuestras chicas lo hagan todo, de forma genuina. Ese será el auténtico éxito del Temiscira – dice la doctora, poniéndose en pie. – Condicionando a las chicas, puedo llevarlas todo lo lejos que me permita su propia vertiente sexual. Conseguiré que las sumisas sean cada vez más sumisas, que las masoquistas imploren por su dolor, y que, en general, las agresivas y dominantes amazonas apabullen a cualquier hombre que ose levantar la voz en su reino. Solo necesito disponer de las chicas y controlarlas durante unos meses.

—    Me parece ideal – digo y me giro hacia Pam y Elke. Ambas asienten firmemente. — ¿Usa drogas para el condicionamiento?

Esta vez, he tomado a la doctora por sorpresa. Me mira y parpadea, tratando de descubrir cual es mi verdadera postura. Finalmente, suspira y decide decir la verdad.

—    Solo tranquilizantes. Necesito que descansen durante ciertos periodos del día de y la noche para que las improntas mentales sean más eficaces. No me gustan las drogas sicodélicas, ni las alteradoras de conciencia; embotan más que ayudan. Uso sedantes y anabolizantes, en cantidades medidas. Más tarde, cuando las chicas empiezan a acostumbrarse a los sedantes, tengo que iniciar una medicación que contrarreste su dependencia. En general, son las únicas drogas que utilizo en el condicionamiento. Todo lo demás, es pura técnica de hipnosis y condicionamiento mental.

—    Bien, Isabel, me quita un peso de encima.

—    ¿Podríamos ver un ejemplo de esa técnica? – pregunta Elke, hablando por primera vez.

La Dra. Garñión mira su reloj de pulsera y abre otro cajón repleto de cajetillas de DVDs grabados. Busca una anotación en particular y saca un par de ellos que deja sobre el escritorio.

—    Tengo que controlar una nueva sesión en pocos minutos, así que mejor se lleven estos discos. Se trata de la alumna más aventajada del grupo. En uno de los discos están detalladas sus sesiones. En el otro, está grabada su prueba final. Creo que podría convertirse perfectamente en la reina Dominatrix – nos comenta, casi con orgullo.

—    Muy bien – tomo los dos discos en una mano y le digo, al salir. – Ha despejado muchas de mis dudas. Gracias, Isabel.

—    ¿Dónde vamos a verlo? ¿A tu despacho? – me pregunta Pam, alejándonos por el pasillo.

—    Estaríamos más cómodos y tranquilos en nuestra sala privada, arriba.

—    Tienes razón – y las dos se me adelantan escaleras arriba, cogidas de la mano.

Los discos llevan el nombre de Iris en la cubierta. Uno es “Sesiones Iris”, el otro “Prueba Iris”. Mientras inserto el disco de las sesiones, Pam y Elke se sientan en el gran y mullido sofá frente a la gran televisión, dejando un espacio entre ambas para que me siente. Mando en mano, lo hago y ellas me arropan con sus brazos. Solo nos faltan las palomitas, leñe.

Una parpadeante imagen salta de repente en la gran televisión. Recoge fijamente una cama, donde duerme una mujer. Sé que las chicas están alojadas de cuatro en cuatro, pues las habitaciones son espaciosas. Isabel lo quiso así desde el principio. Supongo que cada cama tendrá una cámara que la espía.

Unas manos aparecen en el encuadre de la imagen y colocan unos grandes auriculares sobre los oídos de la supuesta Iris. El rostro de Isabel asoma un poco después, aportando una leve sonrisa. Inmediatamente, podemos escuchar la suave letanía que surge de los cascos. Sin duda, ha sido añadida cuando han editado la cinta para tener constancia de las instrucciones del momento. El caso es que también nos hacemos eco de la suave y sensual voz que no deja de susurrar. Es como uno de esos cursos mórficos de ayuda, en los que el paciente es ayudado durante el sueño por consejos e instrucciones seudo hipnóticas. Según madre, estaba muy de moda a finales de los 70, salvo que lo que se le repetía hasta en la sociedad en los oídos no era que dejara de fumar o no comiera bacón.

—    Eres superior a cualquier hombre. Los hombres no siempre llevan la razón. Tienes los mismos derechos que cualquier hombre, incluso más que ellos, pues eres mujer. Las mujeres dan vida. Las mujeres deben elegir a sus parejas. Ser pareja de una mujer no es malo. La felicidad también se encuentran entre dos mujeres…

Y sigue así horas y horas, saltando de un tema a otro, unos cotidianos, otros sexuales, pero todos dejando claro la igualdad o supremacía de la hembra humana. Está perfectamente claro que el subconsciente de la mujer llamada Iris absorbe cada palabra, cada enunciado, y queda reflejado en la tensión de su hermoso rostro. Hay algo en ella que me hace evocar una odalisca mediterránea o una bailarina de la Antigua Grecia, aunque su cabellera es de un rubio pajizo. Será por sus marcados pómulos y sus ojos rasgados, o por la firmeza de su mandíbula. No lo sé…

Como si me estuvieran leyendo el pensamiento, una fotografía de busto de Iris aparece en el ángulo superior derecho. Es una buena foto de estudio, no una de esas que se utiliza para los carnés o para un currículo. Puedo ver el color de sus ojos, de un marrón muy claro, casi color miel. Parece tener algo de genes orientales con esos ojos rasgados y algo oblicuos. Sin embargo, los demás rasgos de su rostro no exhiben ninguna referencia asiática. Su nariz recta y ancha es de corte clásica, griega o romana, vaya usted a saber. Posee gruesos labios que se curvan en un mohín permanente y una barbilla pronunciada.

Realmente es hermosa. El lacio pelo rubio le cae apenas sobre los hombros en la fotografía, aunque la cámara lo muestra algo más corto quizás. La camiseta con la que duerme está tensada a la altura de su pecho, lo que demuestra su voluptuosidad. Algo me dice que la he visto antes, aunque por mucho que me devano los sesos, no consigo recordar dónde. Quizás sea una de esas chicas que buscan la fama y la he podido ver fugazmente en algún programa televisivo. La voz en OFF de Isabel comienza a leer la ficha de la mujer, poniéndonos así en antecedentes. A mi lado, mi hermana cabecea como si verificara cada palabra.

“Iris María Castellano. Soltera, 31 años, originaria de Cardones, Gran Canaria. Licenciada en Económicas. Se declara absolutamente lesbiana, desde su época de Bachiller. Compartió piso con una compañera durante cuatro años durante su vida universitaria en La Laguna. Confiesa que a partir del segundo semestre ya dormían juntas. Al acabar la carrera, se trasladó al continente para trabajar en una empresa de manufacturados en Ávila. Pronto estuvo viviendo con una sucesión de chicas que no revistieron demasiada seriedad para su vida. Se declara siempre dominante en todas sus relaciones. Suele llevar la voz cantante e, inconscientemente, encamina la relación hacia anular a su compañera, asumiendo todas y cada una de las decisiones, por pequeñas que sean. Presumo que es una hembra alfa, muy territorial y posesiva. Estos antecedentes la marcan como posible Dominatrix de todo este grupo…”

Aprieto el botón de avance y la vigilancia de la dormida sigue, aunque la letanía se ha modificado, así como la fecha en el ángulo inferior. Han pasado tres días. Ahora las instrucciones refuerzan su comportamiento posesivo. Avance. Cinco días. La sorprendemos masturbándose en sueños, gozando con las palabras soeces que la voz sensual murmura. La colcha está retirada. Iris tiene el camisón subido por la cintura. Sus dedos entran y salen de sus bragas como anguilas enloquecidas. Se muerde el labio inferior mientras se corre.

Nuevo avance. Una semana y media. Ahora está despierta pero lleva los cascos. No está en la cama, sino en el gimnasio de abajo. Está sentada en uno de los bancos de pesas, tirando de una pesada mancuerna con el brazo izquierdo. Tiene buenos músculos, por lo que se puede ver. Esta vez el murmullo permanece oculto bajo la música que escucha, pero no por ello es menos efectivo.

Me levanto y retiro el DVD e inserto el otro.

—    No había visto esto antes – me dice Pam.

—    Ni lo sabíamos – puntualiza Elke.

—    He leído sobre este sistema. Es el que utilizan los agentes del Mossad para entrenarse en sus misiones.

—    ¿Les creará problemas a las chicas? – pregunta la noruega con evidente preocupación.

—    Mientras el texto subliminal sea tan solo un refuerzo de sus propias personalidades no debería haber ninguno. Tan solo se aferraran aún más a sus gustos y creencias – respondo, activando el PLAY. – Pero es algo que deberíamos comprobar cada cierto tiempo.

—    ¿No te fías de Isabel? – levanta una ceja Pam.

—    ¿Te fiarías tú si estuvieras entre ellas? – le pregunto, señalando la tele.

—    No – responde, bajando los ojos.

—    Pues eso. Mejor es controlar que arrepentirse.

La fecha de la nueva imagen es de hace apenas una semana. Todas las pruebas han sido secretas y controladas por Isabel. Nadie más sabía que se estaban efectuando. Iris entra en su habitación. Viste elegantemente, con una blusa de satén gris perla, y una falda de tubo azul oscuro, con raya diplomática. Lleva un gran collar al cuello, que descansa sobre el cerrado cuello de la blusa. Sus botines de alto tacón repiquetean en el suelo. Esta vez, hay una cámara dando un gran angular de la habitación. En el encuadre entran tres de las cuatro camas y parte del armario.

—    ¿Dónde has estado, Iris? – pregunta una de sus compañeras, tumbada en su cama con una revista en las manos.

—    ¿Y esa ropa? Tú no tenías eso en el armario – advierte otra.

—    He ido de compras – responde Iris, desabrochando el collar y dejándolo en el cajón de su mesita.

—    ¿De compras? ¡Pero si no podemos salir de aquí!

—    Puede que vosotras no, pero yo sí. La Dra. Garñión me ha llevado en su coche – contesta con su peculiar acento canario. Sin embargo, su actitud es fría y distante con sus compañeras.

—    ¡Me encantan esos botines! – exclama la tercera compañera, señalando el calzado.

—    ¿Te gustan de verdad? – sonríe Iris, esta vez con una calidez sorprendente.

—    Si, por supuesto, y parecen caros.

—    Vamos, acércate, míralos bien…

La chica, una morenita esbelta y de no más de veinte años, se baja de un salto de la cama, estira su pijama de franela, compuesto por un ancho pantalón rosa lleno de ositos de peluche y una vieja camiseta de Nirvana, y da un paso hacia Iris, inclinando un poco más la cabeza.

—    Lo que decía… son de los caros…

No puede acabar la frase. La mano de Iris la atrapa del pelo y la impulsa al suelo con violencia, dejándola de rodillas. Intenta protestar pero la presión sobre su pelo se incrementa y finaliza tartamudeando por el dolor.

—    Te voy a permitir tocarlos, ¿de acuerdo, Patty? – dice Iris entre los dientes apretados, acuclillándose.

—    S-ssi…

—    Me los vas a quitar suavemente y luego las medias. ¿Estás dispuesta?

—    Si, Iris… me haces daño.

—    ¿Qué ocurre, Iris? – pregunta otra de sus compañeras, con los ojos muy abiertos, bastante impresionada por su actitud.

—    Chitón, Eli. Quédate en tu cama y observa calladita. Puede que aprendas algo.

—    Pero…

—    ¿Quieres ocupar el sitio de Patty? – Iris se pone de pie, mirándola fijamente. La llamada Eli sacude la cabeza e intenta esconder la cabeza entre los hombros. – Vamos, Patty, a lo tuyo, quítame los botines, cariño…

Con algo de temor, la joven descalza a su compañera, sentándose sobre sus talones desnudos. Gatea para poner la pareja de zapatos a los pies de la cama de Iris, cuando ésta chasquea la lengua.

—    No, no. Ya que te interesan, deberías olerlos y aspirar el aroma a cuero nuevo que aún tienen. Cuero y sudor, es una buena mezcla, ¿verdad? La más excitante del mundo – le dice con una pequeña sonrisa.

Patty le devuelve la sonrisa pero niega con un vehemente movimiento de su mano. La patada que recibe sobre uno de sus senos no es muy fuerte pero lo suficientemente precisa para hacerla retorcerse de dolor en el suelo, adoptando una postura fetal. Ha llegado de una forma tan veloz que no ha podido apartarse.

—    No era ninguna sugerencia, zorra – masculla Iris, quien, al ver el movimiento de las otras dos compañeras de cuarto, alza un dedo avizor. – Quietas ahí, putas. Ya os diré cuando podéis moveros.

—    ¡Que cabrona! – murmura mi hermana, hincando sus dedos en mi brazo.

Patty, con los ojos anegados de lágrimas, recupera su postura arrodillada, e hipando toma uno de los botines. Introduce su pequeña y respingona nariz en el interior y aspira un par de veces.

—    ¿A qué huele, Patty? – le pregunta Iris, sentándose en su cama.

—    A cuero y… pies.

—    Exacto, MIS pies. ¿A qué huelen divinos?

Patty asiente rápidamente, sin dejar de verter lágrimas.

—    ¿Después de olerlos, no te gustaría saborearlos?

Patty no contesta, solo inclina más la cabeza y sus hombros se estremecen con el nuevo sollozo.

—    Te he hecho una pregunta, Patty. ¿No vas a responderme? – el tono de Iris vuelve a ser glacial.

—    Sí…

—    Si, ¿qué?

—    Si, me gustaría s-saborearlos…

—    ¿Qué más? – el pie de Iris se apoya esta vez en el otro seno de la chica, pero sin hacer fuerza.

—    ¿P-por favor, Señora? – musita la joven tras meditarlo unos segundos.

—    Muy bien, Patty. ¿Ves cómo no es tan difícil? – y la recompensa acariciando lentamente el seno con la planta del pie. – Ahora, quítame las medias, zorrita.

Patty gatea rápidamente hasta la nueva ama del dormitorio, dispuesta a obedecerla. Puedo ver en sus ojos el temor al daño y algo más, quizás deseo. Con una mano, levanta la falda de tubo. Iris resbala su trasero sobre la cama, colocando sus piernas estiradas, facilitando la tarea. Patty comprueba que no son unos pantys, sino medias para liguero, y acciona las pequeñas pinzas metálicas que cuelgan de los lazos ribeteados de puntillas de raso negro. Lencería de primera, me sopla Ras, con su habitual puntualización. Los dedos de la chica más joven enrollan la media con habilidad, pierna abajo. Cuando deja los dedos al descubierto, Iris levanta el pie y lo apoyo en el hombro de Patty.

—    ¿Un besito? – bromea y Patty inclina la cabeza para besar la punta de los pies, antes de dedicarse a la otra media.

La chica sorbe la humedad de su nariz. Ha dejado de llorar y se concentra en su tarea. Iris coloca el nuevo pie libre de tejido ante el rostro de Patty, meneándolo con suave cadencia.

—    Quiero que chupes cada dedito, lentamente, con profundidad, llegando bien entre dedo y dedo. ¿Sabrás hacerlo? – pregunta dulcemente Iris.

—    Iris – musita una de las compañeras atónitas en las otras camas.

—    Como vuelvas a interrumpirme, Bea, te vas a ganar toda mi atención – la mirada de Iris es fulminante. La chica cierra la boca. — ¿Y bien, Patty? ¿Has hecho alguna vez esto?

La joven niega varias veces, pero no abre la boca.

—    Pero si has estado con chicas, creo recordar.

—    Si, pero…

—    Pero, ¿qué?

—    Nada de pies, Señora.

—    Así que no has jugado nunca con los pies. Entonces, ¿qué hacíais?

—    Pues… besarnos y frotarnos…

—    ¿Solo eso? – se ríe Iris y Patty asiente vehementemente. — ¿Cuándo fue eso?

—    En el insti…

—    En el insti, ¿qué? – esta vez el bamboleante pie le da un toque en la barbilla.

—    Fue en el instituto, Señora.

—    ¿Y desde entonces? ¿Nada? Has sido muy reservada en estas semanas, Patty. No sé apenas nada de ti.

—    Solo he estado con una chica, Señora.

—    ¿Solo con una?

—    Bueno, he estado con ella hasta poco antes de venir aquí – las mejillas de Patty enrojecen con fuerza.

—    Así que te iniciaste con una chica y desde entonces habéis estado juntas.

Patty asiente, mirando el movedizo pie ante sus ojos. En este momento, creo que es deseo lo que siente, pero no puedo estar seguro.

—    Por lo que veo, esa chica te controlaba en todo – Iris se detiene, pero al no obtener contestación, sigue suponiendo. – Creo que al final eras tú la única en complacerla. Seguro que te pasabas horas con la nariz metida entre las piernas de tu amada, pendiente de cualquiera de sus caprichos.

Patty enrojece aún más, si eso es posible, y baja los ojos.

—    Está claro que no has practicado apenas juego lésbico, pero si has aprendido una magnífica lección…

—    ¿Cuál, Señora?

—    La obediencia, por supuesto. Solo ha sido necesario un pequeño reactivo para que te vuelvas muy atenta. Ahora, cumple con lo que te he pedido – el tono restalla como un látigo.

Patty toma el pie con ambas manos y se introduce el dedo gordo completamente en la boca. Se ve que no es ninguna experta, pero pone mucho interés y dedicación a la faena. Su lengua se retuerce alrededor del apéndice, succionándolo, ensalivándolo. La punta de la rosada lengua baja hasta el sudoroso intersticio, entre el dedo gordo y su inmediato contiguo, sin importarle aparentemente el sabor. Sobre mi hombro, noto la mano de Elke buscar la de su amada, y juguetear con sus dedos. Creo que esto se va a poner interesante.

—    ¡Iris, déjalo ya! ¡No tiene nada de divertido! – exclama Bea, sentándose en el filo de su cama.

Iris la mira de reojo, pero no deja que Patty se detenga.

—    Sigue así, putilla, lo estás haciendo muy bien para no haberlo hecho nunca. Bea, cariño, veo que la envidia te puede. Vamos, ponte en pie.

—    No, mejor me voy de aquí – contesta, enfurruñada.

—    Si sales por esa puerta, Basil y la doctora sabrán de tu escondite para la cubertería de plata – Iris lo suelta con una amplia sonrisa que pone de manifiesto su bella estructura de pómulos. Dos primorosos hoyuelos se abren en las comisuras de los labios.

—    ¿QUÉ? Yo… yo no sé…

—    Ooh, si lo sabes. Yo lo sé y Natalia también lo sabe. Ambas conocemos el escondite del jardín. Una sola palabra y mañana estarás de patitas en la calle y puede que abriendo ficha en la comisaría.

—    Dios, Iris – los hombros de Bea caen sin fuerzas.

—    Ven aquí, zorra. De ti depende que lo sepan o no – me asombra como el tono de Iris es capaz de adoptar tantos registros. – Quiero que desnudes a Patty, que se lo quites todo, pero en ningún momento puede apartar su boca de mi pie.

—    Pero…

—    ¡Búscate la vida!

Es como si hubiese recibido una bofetada en la cara. Bea se arrodilla detrás de Patty y tironea suavemente el pantalón del pijama, nalgas abajo. Puedo notar como ésta traga saliva y contonea las caderas para ayudar a su compañera. Primero levanta una rodilla y deja que Bea le saque la pernera, luego la otra. Las bragas blancas de algodón siguen el mismo camino, con un risueño comentario de la “Señora”. Bea se detiene, pensando sin duda de que manera sacará la camiseta por la cabeza. La sube por el torso, revelando que Patty no lleva sujetador alguno para dormir. Le hace pasar el brazo derecho y luego se cambia de lado para hacer lo mismo con el izquierdo. La camiseta queda colgando de su cuello mientras la morenita no deja de ensalivar el pie. Entonces, con cuidado, procurando molestar lo menos posible, sube la prenda por la nuca, arrastrando el cabello, corona el occipital y desciende por la frente hasta formar una especie de venda sobre los ojos. Se detiene, dejando que Patty se acostumbre a ello. Enrolla aún más la camiseta y baja a lo largo de la nariz. La lengua de Patty está titilando sobre la planta del pie. Con rapidez, Bea pasa la camiseta sobre la boca y lengua de su compañera y sonríe, exhibiéndola.

—    Bien hecho, Bea. Ahora, me vas a ayudar a recompensar a Patty por su faena.

—    ¿Cómo?

—    Ha dejado mi pie bien húmedo y pienso metérselo en esa vaginita que estoy viendo desde aquí.

—    ¿El pie? – exclama Patty, de nuevo temerosa.

—    Si. ¿Acaso no te han metido nada en el coñito?

—    S-si, claro, Señora, pero… un pie es mucho…

—    Tranquila, ya verás como Bea te ayuda, ¿verdad, zorra? – pregunta Iris, mirando a la susodicha.

Pam suspira en mi oído y su mano derecha se posa sobre mi muslo, crispándose allí. Su alma dominante está excitándose.

—    ¡Joder, la puta como está! – exclama Bea al pasar sus dedos sobre el sexo de Patty, quien se ha tumbado en el suelo, en el pasillo entre las camas. — ¡Está goteando!

Iris, sonriendo, se inclina y mete lentamente un dedo entre las piernas de la chica más joven.

—    ¿Te ha gustado lamer mis pies? Si, creo que sí – suelta con una risita. El rostro de Patty se congestiona como nunca. Tiene la boca entreabierta, en un gesto anhelante. – Escúpele en el coño, Bea. Mójalo más…

Bea se afana dejando caer saliva mientras que son sus manos empuja el pie derecho de Iris contra la pelvis. El dedo gordo penetra a la perfección, casi chapoteando, pero el problema empieza a la hora de meter un segundo dedo. Patty gime e intenta apartar el pubis.

—    Tranquila, Bea, no tenemos prisa. Tenemos toda la noche – se ríe Iris.

El segundo dedo finalmente toma el rumbo correcto y se desliza entre los labios interiores. Patty gruñe pero abre más los muslos. Iris, mordisqueándose una uña, desliza su pierna izquierda, que está libre, entre las piernas de la inclinada Bea. Ésta respinga un poco, quizás por la sorpresa, pero debe de estar bien caliente porque enseguida pone su cuerpo a frotarse lentamente sobre la suave piel de la espinilla.

No me sorprende en absoluto ver como Eli, olvidada sobre su cama, mete la mano bajo su camisón. No pierde detalle de lo que están haciendo sus compañeras y la mano no deja de deslizarse entre sus piernas recogidas y juntas. Creo que Iris ha sido el detonador de este dormitorio. ¿Las camas de las habitaciones habrán sido repartidas por Isabel? Tiene todo el aspecto de que sea así. Es muy posible que haya metido a una dominadora en el dormitorio con tres sumisas para catalizar sus reacciones.

Patty gime profundamente y agita sus caderas cuando Bea, con un esfuerzo, consigue introducir toda la puntera del pie de Iris. La morenita se muerde un nudillo, los ojos cerrados, las aletas de su breve nariz palpitando como si no pudiera respirar.

A mi lado, Elke lleva un par de minutos frotando un muslo contra otro, buscando una reacción que no acaba de llegar. Su breve minifalda está tan subida que ver su ropa interior no es ningún reto. Deslizo mi mano izquierda entre sus piernas, palpando la cara interna de sus bellos muslos. Gime deliciosamente y posa su mejilla sobre mi hombro.

Al otro lado, mi hermana nos observa. Ha recogido sus piernas, enfundadas en unos amplios pantalones bombachos, y apoya sus manos sobre mi hombro. Se inclina sobre mi mejilla y me besa.

—    La pobre se ha puesto caliente con todo eso – susurra en mi oído. ¡Como si no pudiera notar el calor que desprende mi hermana! ¡Todos nos hemos puesto como motos con la filmación! – Hazla gozar, cariño…

¿Qué puedo decir cuando me piden algo de una manera tan… educada?

Elke se abre de piernas a medida que mi mano asciende lentamente. Al mismo tiempo, sus manos se aferran a mi brazo, lanzando su pelvis hacia delante. La miro de reojo. Su piel blanca ha tomado esa tonalidad rosada oscura que indica en ella que tiene toda la sangre en las mejillas. Sus pecas se hacen menos evidentes. Sus largas pestañas casi blancas están medio abatidas, pero sé que me está mirando a través de ellas. Su respiración es un jadeo sostenido. Mi mano llega hasta el estrecho culote que porta y me sorprendo de lo mojados que están sus muslos. Me pregunto cuando tiempo lleva destilando esos jugos.

Mi dedo corazón se apoya plenamente sobre su sexo aún tapado y noto como vibra entera, con un estremecimiento lleno de lujuria. ¿Cómo puede excitarse así una mujer en tan poco tiempo? Agito mi dedo, pegándolo al lugar indicado y notando como los labios se abren, hambrientos, bajo la sedosa ropa interior.

—    Más fuerte, Sergio – me susurra.

Iris reclama mi atención en la pantalla. Está regañando a Eli.

—    ¡No las mires! ¡No te has ganado el derecho de gozar con ellas!

Eli aparta la vista y se queda mirando la cerrada puerta. Su mano ha aparecido de debajo del camisón. Está tan arrebolada como todas ellas. Excitada y molesta, todo a la vez.

—    ¡Solo te permitiré hacerlo si me miras a mí! – deja caer Iris, con una sonrisa diabólica mientras controla el movimiento de Bea contra su pierna.

Eli le da la espalda, con el mismo gesto que una niña enfadada, los brazos cruzados.

—    Eli, como te vea tocarte sin mirarme a la cara, detendré todo esto de inmediato. No creo que eso sea lo que tus compañeras desean en este momento…

La chica mira de reojo, contemplando como Patty chilla, agitando la pelvis mientras más de medio pie de Iris se pierde en su interior. Bea aún mantiene su mano en el talón del pie penetrador pero ya no hace fuerzas para empujar y controlar. Se mantiene laxa, a cuatro patas, frotando su pubis contra la pierna de Iris. Tiene la larga camiseta con la que duerme por encima de la cintura y sus caderas, aún cubiertas con la sucinta braguita rosa, se deslizan con morbosidad arriba y abajo, desde la rodilla hasta el tobillo. La cara interna de sus muslos está enrojecida y húmeda, tanto por el roce como por las secreciones que ya han desbordado la prenda íntima.

Imagino que, para Eli, sus dos compañeras están poseídas de alguna manera. Sus mentes ya no rigen, sumergidas en la lujuria más pura. Pienso que internamente, sabe que debe dejarlas que se desahoguen, que se libren de sus demonios internos, pero el problema es que ella también posee los suyos propios. No está en la mansión por caridad, ni para hacer un master. No, está buscando una oportunidad que está pérfidamente relacionada con un vicio propio.

Mientras introduzco dos dedos bajo el culote de Elke y friccionó con fuerza su anhelante coñito, contemplo como Eli se pone en pie, los ojos bajos, y de un tirón, pasa su camisón por encima de la cabeza. Sin una palabra, se sienta en los pies de su cama, de cara a Iris y, muy despacio, mete sus dedos debajo del elástico de su braga. Iris sonríe como si hubiera ganado los mil metros libres.

Elke aúlla y muerde mi brazo cuando le meto tres dedos en la vagina. Sus blancos y esbeltos muslos se cierran con fuerza, y aspira hondamente, preludio de su inminente éxtasis. Pam no se ha quedado quieta, por supuesto. Me ha desabrochado el pantalón, consiguiendo sacar mi polla, la cual está acariciando como si fuese un pequeño tótem al que adorar. Desliza mi pene entre sus manos pero no quita los ojos de su novia. Le encanta observar como se corre.

El grito de Elke coincide con el Patty. La noruega se aferra a mi brazo con desesperación, agitando las caderas en todos los sentidos. Tengo que sacar los dedos antes de que me los parta. Bendito Dios, que lujuria. Tras varios espasmos, se queda quieta, el rostro enterrado bajo mi brazo. En la televisión, el orgasmo de Patty no ha sido menor, ni mucho menor. Colapsada por el pie de Iris, se ha derrumbado bajo un placer demoledor, que ha vaciado todo un torrente de fluido en el suelo.

—    Hala – se ríe Iris — ¡que guarra!

—    ¿Estás bien, hermosa? – le pregunto a Elke cuando la noto recuperarse.

—    Fóllatela…

—    ¿Qué? – lo ha dicho tan bajito que creo no haberla entendido.

—    Quiero que te folles a Pamela, min store mannlige* (noruego) – me susurra antes de pasar su cálida lengua por mis labios.

Dicho y hecho. Aparto a mi hermana de mi herramienta, a la cual está sobando con brío, y le arranco los anchos pantalones. De un tirón, la deposito sobre su amada, quien la abraza y la besa de inmediato. Las dos quedan tumbadas sobre el gran sofá. Me pongo en pie para situarme mejor y echo un vistazo a la pantalla. Bea se está corriendo, el culo alzado, recibiendo suaves cachetes de Iris, y la cabeza baja, apoyada en el vientre de Patty, quien le acaricia la melena cobriza.

Con los pulgares, le abro las nalgas a Pamela y muy suavemente busco su vagina con la punta de mi pene. Las escucho susurrarse cuanto se quieren antes de empujar con mis caderas. El amor es maravilloso. Pam gime y se contorsiona, pero se impulsa hacia atrás, queriendo más. No debo dejarla desatendida tanto tiempo, pierde la costumbre de soportar mi tamaño.

Por mi parte, no estoy para ganar un maratón. El calentón también me ha afectado. Voy todo lo lento que puedo para aguantar. Eli se corre, farfullando y mirando directamente el hermoso rostro de la líder del dormitorio. Creo que le ha sido más fácil de lo que se creía.

—    Aaaahh… Sergi… me matas… quisiera estar a-así todo el tiempo… entre vuestros brazos – balbucea Pam, corriéndose mientras muerde los labios de su amor.

Me dejo ir con esas palabras. Saco mi miembro del cálido estuche que lo encierra y riego los muslos de ambas. Esto es felicidad, no lo que te da Bankinter…

En la tele, Iris se ha puesto en pie, se ha desnudado totalmente y se ha estirado sobre su cama, llamando a sus tres perritas para que no dejen de lamerla hasta alcanzar varios orgasmos. Me afirmo en que esa dominante mujer debe asumir el liderazgo del Temiscila, al menos de momento. ¿Quién sabe si puede aparecer otra Dominatrix mejor que ella algún día? Pero, por el momento, habrá que contar con ella y vigilar sus pasos.

—    Creo que ya dispones de tu reina amazona – susurro en el oído de mi hermana, antes de morderle el lóbulo.

 

CONTINUARÁ…

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