JANIS MULLIGAN

Adiós mundo cruel

El gran todo terreno da un rugido. No sé si es debido a la pericia de Crux o bien a una reacción instintiva, pero el caso es que el coche brinca hacia delante, como yendo al encuentro del pepino que vuela hacia nosotros. Crux, maldiciendo como un carretero, consigue enderezar el vehículo sobre la estrecha carretera. No es que avance una mierda, solo mover el morro un metro hacia la derecha, pero interpone el bloque del motor en el camino del misil.

No me queda tiempo más que para abrazar a Nadia y cubrirla con mi cuerpo. La sacudida es bestial, la explosión ensordecedora. Noto clavarse en mi espalda trozos de los cristales de las lunas, empujados por la onda explosiva. Ni siquiera soy consciente de que Nadia está gritando, la cara contra mi pecho. Una onda de calor nos alcanza rizándome los pelos de la nuca.

El coche es empujado violentamente fuera de la carretera, y cae rodando por la barranquera. Todo sucede en milésimas de segundos, en una sucesión de impresiones que constituyen diversos flashes para mi memoria. Solo puedo pensar que hemos caído por el barranco y que no tengo ni idea de la profundidad que tiene, ni del grado de inclinación de sus paredes. El pánico se apodera de mí.

Mis oídos se llenan del fragor del metal arrugándose y combándose por los sucesivos tumbos que el todo terreno da en su enloquecedor descenso. Intento formar una pelota con mi cuerpo, alrededor de Nadia. Noto un fuerte pinchazo en mi antebrazo. Aprieto más los dientes, a riesgo de partirlos unos contra otros. Finalmente, tras lo que me parece una bajada eterna, el coche se detiene.

La oscuridad que nos envuelve es apenas disipada por las pequeñas llamas que aún surgen del destrozado capó. El coche ha quedado sobre sus ruedas, si es que aún las tiene, y con el desaparecido morro mirando hacia arriba, hacia la desaparecida carretera. Siento nauseas y me trago la bilis.

—    ¿ESTÁIS BIEN? – me doy cuenta de que estoy gritando, sin control. – Nadia, Nadia…

Me incorporo como puedo y la sacudo suavemente.

—    Estoy… bien… creo – balbucea.

Intento girarme hacia delante y el asiento del conductor me lo impide. Seguramente los asientos delanteros han sido empujados hacia atrás. Alargo la mano y toco la nuca de Crux.

—    Crux, tío… respóndeme.

—    Estoy aquí… aún, jefe – me responde en un susurro.

—    Bien, gracias a Dios. ¿Jesús? ¿Gato?

—    La pierna…

—    ¿Qué?

—    Tengo la pierna atrapada – farfulla.

—    Crux, ¿puedes cortar el encendido? Esas llamas pueden incendiar el combustible.

—    Ya está hecho, jefe. Se desconecta automáticamente cuando saltan los airbags – me responde.

—    Bien. Nadia, hay que salir de aquí, ¿puedes hacerlo por tu ventana?

—    Creo que si – me contesta, retorciendo su cuerpo para deslizarse por el hueco.

Nuestra suerte ha sido estar en un coche blindado y cuadrado. El habitáculo trasero apenas se ha deformado, ni con el impacto, ni con la caída. No ha quedado ni un cristal sano, pero no importa. Sin embargo, la parte frontal del coche, así como el espacio del conductor y acompañante si ha resultado dañada, pero aún no sé cuanto. Por eso debo salir del coche y comprobarlo.

Seguir a Nadia es un poquito complicado. Su cuerpo es la mitad que el mío y se desliza como una serpiente hasta dejarse caer fuera. Mientras me esfuerzo en colarme por entre los hierros, me dice:

—    No tengo cobertura aquí abajo, maldita sea. Voy a asegurar el perímetro. Me da en la nariz que esos hijos de puta van a bajar a comprobar si estamos vivos.

Cuando apoyo las manos en el terreno y me incorporo, Nadia aparece con una gran linterna en las manos, pero apagada.

—    No la enciendas. Daría nuestra posición – comenta rápidamente. – Solo para emergencias.

—    Vale. Hay que apagar esas llamas. Nos delatan igualmente.

—    Aquí tengo el extintor – nos contesta Crux quien nos ha escuchado.

Nadia se hace cargo del asunto mientras le echo un vistazo a Crux. Me llevo una jodida impresión. El motor ha sido despedido hacia atrás y ha atravesado el cubículo. Mi jefe de seguridad está atrapado por la cintura y las piernas. Tiene la cara contra el airbag. Lo perforo con un trozo de hierro permitiéndole respirar mejor. Su propio asiento ha sido desplazado más de medio metro hacia atrás. Que los anclajes del asiento fallaran le ha mantenido con vida, pero no sé como sacarlo de ahí. No disponemos de herramientas. Mis ojos se van acostumbrando a la iluminación lunar. Puedo ver que está sudando y eso no es buena señal.

—    Bien, voy a comprobar a Jesús – le digo, esbozando una sonrisa para tranquilizarse.

—    Vale, jefe.

—    No tiene buena cara lo de Crux.

—    Ya veremos.

Nadia ha apagado las llamas y quedamos rodeados del manto nocturno, lo que me tranquiliza algo. Cuando me acerco a ella, está mirando hacia arriba, hacia la carretera. Distingo el perfil de las rocas y los matojos. Hemos vuelto a nacer, de verdad. Hay una caída abrupta en los primeros metros, pero después la ladera se alza, por lo que ha amortiguado nuestro incontrolado descenso. Podemos distinguir una docena de puntos luminosos, sin duda linternas, destellando. Nos están buscando y pronto empezarán a descender.

—    Hay un cajón atrás, en el maletero. Conseguiré equipo – Nadia se pone en marcha. Es buena, no se deja arrastrar por las emociones.

Forcejeo con la puerta del copiloto hasta abrirla. Bajo la linterna casi hasta el suelo del vehículo y la enciendo. De un vistazo, me doy cuenta del problema. A Jesús le ha sucedido lo mismo que a Crux, pero solo le ha pillado la pierna izquierda. También tiene mala pinta. Esa pierna parece rota al menos por dos sitios. Con un gruñido, empujo el asiento hacia atrás con todas mis fuerzas, doblando aún más los ya tocados anclajes. Jesús grita de dolor pero su pierna queda libre. Tiro de él con presteza, intentando no darle un golpe en la pierna. Le deposito sobre la hierba, escondido tras el coche, y le echo un vistazo a la pierna herida con la linterna.

Lo que me temía. Habrá que entablillarla pero ahora no hay tiempo. Hay que sacar a Crux. Miro de nuevo hacia la carretera. Las linternas están empezando a bajar. Pronto estarán aquí.

—    Crux, voy a tirar de tu asiento hacia atrás. Intentaré hacer sitio para sacarte – le digo, situándome a su lado.

—    No, jefe. No servirá de nada – me contesta con un jadeo.

—    ¿Qué dices? Te sacaré y…

—    Estoy jodido. Siento como mis tripas se deslizan fuera.

Arriesgo una mirada con la linterna, escudándome como puedo con la puerta. Enseguida me doy cuenta de que tiene razón. La sangre chorrea sobre el metal ennegrecido y algo viscoso se desliza como un grueso gusano sobre la tapicería del asiento. Aunque le sacara de allí, no duraría más que un par de horas sin la debida atención médica.

—    Te lo dije.

—    Crux…

Se me va la voz al ponerme de pie y mirarle. Él sonríe y me ofrece su mano.

—    Ha sido un placer servirte – me dice al atrapar mi mano.

—    El placer ha sido mío, Crux.

—    Hubiera querido tener más tiempo, pero la vida es así de perra… ¿Sabes? Me gustaría que me enterraran en la finca de mis padres.

—    Lo haré – mis ojos se humedecen por la emoción.

Nadia está a mi espalda, callada. Me aparta para inclinarse y besar a Crux en la mejilla. Sus manos se aferran con fuerza, con emocionada camaradería.

—    Lo siento, compañero.

—    Yo también. Debéis marcharos y llevaros a Jesús. Jefe, tú puedes hacerlo. Eres el tío más fuerte que conozco. Yo les entretendré lo que pueda. Solo necesito un arma.

—    ¿Te va bien un AK? – sonríe Nadia, ofreciéndole el arma rusa.

—    Perfecto – Crux le devuelve la sonrisa, aceptando el arma.

—    Tres cargadores, y una Glock con dos cargadores.

—    Intentaré llevarme unos cuantos conmigo… pero tenéis que iros ya…

—    Suerte – le desea ella, junto con otro beso.

—    No dejaré tu cuerpo aquí, Crux. Lo prometo – pronuncio solemnemente.

—    Adiós, jefe – gruñe, encajando los dientes. Escucho el seguro del AK47.

Nadia está acuclillada al lado de Jesús. Le ha quitado los zapatos y se los está poniendo ella. Se ha envuelto los pies en trozos de tela que ha cortado de su vestido, para que los zapatos no le bailen. Con sus propios zapatitos de tacón no habría llegado muy lejos. Al ponerse en pie, me doy cuenta que el vestido le ha quedado tan corto que deja todas sus piernas al aire.

Acabada la tarea, abre un gran bolso de lona que mantiene delante, sacando otra linterna con cordón que se cuelga del cuello. Puedo ver que en el interior del bolso, hay armas y equipo. Eso puede salvarnos la vida.

—    He encontrado esto para ti – me entrega una estrecha funda de cuero. Recuerdo que le hablé de mis preferencias.

Es una larga bayoneta con nudillos de acero en la empuñadura. Medirá casi setenta centímetros, de los cuales cincuenta son hoja, seguro. Meto la funda en la cinturilla de mis pantalones.

—    También tengo un juguetito – levanta una especie de bastón de plástico oscuro, de casi un metro de largo, acabado en una pinza. – Es una picana eléctrica para toros y bueyes.

—    Guárdala en la bolsa. Necesito las dos manos para llevar a Jesús.

—    Sé que eres fuerte pero vamos a bajar la ladera, de noche, sin luz… ¿podrás?

—    Tengo que poder. No hay otro remedio si queremos tener una oportunidad de salvarnos.

—    Esperemos que no dispongan de infrarrojos porque… estaríamos jodidos.

—    Amén a eso – masculla Jesús, antes de que lo alce y me lo eche al hombro, como un fardo.

El descenso es arduo y lento. La ladera es empinada, salpicada de rocas y grandes matojos. Nadia no conoce esta zona, pero cree que abajo hay un riachuelo y vegetación espesa. Ha pasado los brazos por las correas de la bolsa, colocándola como una gran mochila. Lleva en las manos un feo SR25 negro y dotado de una gran mira. La usa para mirar por donde bajar, pues es un visor nocturno. Jesús gime a cada paso que doy. Su pierna le está matando con el movimiento, pero no podemos detenernos a entablillarle la pierna. Poco después, su cabeza golpea mi espalda, laxa. Se ha desmayado por el dolor. Mejor, así puedo moverme más rápido.

Nos sobresalta la primera ráfaga. Los atacantes deben haberse puesto a tiro de Crux. Inmediatamente, hay respuesta a su fuego. El intercambio de disparos es continuo pero nos cubre la bajada hasta los primeros árboles. Después el sonido del AK desaparece. Nadia menea la cabeza y toma aire. Crux ha caído. Enciende su linterna. Espera que los árboles ahoguen gran parte de la luminosidad, pero debemos echar un vistazo por donde vamos. El murmullo del agua nos indica donde está el río.

—    Hay que cruzar – me dice, apagando la linterna y tocando el rostro de Jesús. – Esto es una cañada y la ladera parece remontar enseguida. Desde arriba, tendré más ventajas para defender una posición y puede que recobre la cobertura del celular.

Ella es la experta, así que asiento y la sigo. Gato Bala empieza a resultar pesado. El riachuelo es ancho pero de poco caudal, apenas si llega a la rodilla y está lleno de maleza. Deposito a Jesús con cuidado en la orilla contraria.

—    Necesito que eches un vistazo a mi espalda – le digo.

Me dejo caer de rodilla mientras ella me ayuda a quitarme la camisa. Casi apoya la linterna contra mi espalda para reducir el foco de luz al mínimo.

—    ¡Dios! La tienes llena de cristales clavados – exclama.

—    Lo sospechaba. Quita los más grandes.

—    Pero…

—    ¡Hazlo!

Noto sus dedos arrancar los trozos redondeados que la explosión ha clavado en mi carne como si fuesen perdigones. Aprieto los dientes pero enseguida el alivio premia sobre el dolor.

—    Es más aparatoso que grave – me comenta. – Están casi a flor de piel.

Por mi parte, me he mirado el brazo. Tengo un feo corte, sin duda producido por una esquirla de metal. Utilizo una manga de la camisa para vendarlo y cortar la hemorragia. Mientras me vuelvo a colocar lo que queda de la camisa, Nadia ilumina la cercana ladera hasta encontrar lo que busca.

—    ¡Allí! – susurra, iluminando unas grandes rocas que sobresalen como setas en el tronco de un álamo. – Me cubrirán mientras disparo.

Nos ponemos en marcha con brío. Nos queda un trecho corto pero difícil; tenemos que ascender cargados como vamos y cansados como estamos. Llegamos a las rocas jadeando. Es un buen sitio, como una pequeña terraza. Deposito a Jesús con cuidado, sobre la roca más grande, la cual le cubre por completo. Nadia toma posición en otra más pequeña, abriendo el bolso de lona y sacando cargadores y otras armas, entre las cuales una escopeta de cañón recortado del calibre 12.

Miró abajo, buscando los focos de las linternas. Están llegando a los árboles. Debo darme prisa. Me quito la camisa y Nadia me mira intrigada.

—    ¿Qué haces?

—    Para que me reconozcas cuando apuntes. No quiero que me agujerees más de lo que estoy.

—    ¿Vas a bajar? – se asombra.

—    Son demasiados para mantenerlos a raya con una sola arma. Tengo que pillarlos por sorpresa mientras se concentran en tus disparos.

Comprende de inmediato mi intención.

—    Ten cuidado.

—    Es lo que hay – le digo, buscando la picana dentro de la bolsa. Aseguro la funda de la bayoneta en mi cinturón y me lanzo a la carrera hacia el río.

Dispongo del tiempo justo para llegar al río y tumbarme en el agua, justo detrás de un gran seto de juncos. La frescura del agua alivia mi espalda. Me cubre el cuerpo por completo mientras procura mantener la picana fuera del elemento. Los primeros tipos pasan no muy lejos de mi escondite. Parecen muy atentos a posibles huellas y escondites. Cuento los haces de luz que distingo. ¡Joder! Son más de una docena. Va a ser muy difícil salir de esta.

—    Yo te guiaré. Puedo situarlos en la oscuridad mucho mejor que tú.

—    Está bien, viejo. Serás mis ojos y mis oídos.

—    Pues agacha la cabeza.

—    Se mueven muy rápido para estar heridos – dice una voz de repente, muy cerca de mí. La mayoría ya ha cruzado el riachuelo.

—    Pues por como ha quedado el coche, algo de tocados tienen que estar – contesta otro.

—    El que quedó atrás, el chofer, era el guardaespaldas que trajo de España.

—    ¡El muy cabrón se ha cargado a cuatro de los nuestros!

Bien por Crux, pero me doy cuenta de que esta gente sabe quienes somos y quienes viajamos en el coche.

—    Gato Bala los estará guiando, en un intento de escabullirse y llegar a la hacienda.

—    Pero el tipo ese de España, el que tenemos que atrapar, no sabe moverse por aquí, ¿no?

—    Eso me han dicho. Es un jefazo. No creo que esté acostumbrado a situaciones como esta. Por lo que pienso, solo dispondrán de unas pocas pistolas. Dos tipos y una cholita…

En ese preciso instante, Nadia efectúa su primer disparo, que organiza todo un revuelo entre los primeros hombres que están subiendo.

—    ¡La puta chiga que los amamantó! – exclama el que parece enterado de todo. – ¡Eso no es una pistola, es un rifle! Líder a Punta, Líder a Punta…

—    Aquí Punta – se escucha tras el chasquido del comunicador. – Parece que se han parapetado tras unas rocas y tienen un francotirador. Ha abatido a Luis.

—    ¡Mierda! Habrá que sacarlos de ahí. Mantened fuego de cobertura. Ya vamos con el lanzamisil.

—    Bien, Líder. Punta fuera.

La ocasión es perfecta. Debo aprovecharla a toda costa. Me pongo en pie mientras los dos chapotean en el agua, cubriendo mi propio ruido. En un par de zancadas me acerco a sus espaldas. Uno de ellos, el más bajo, lleva el lanzamisil sobre el hombro. El otro, más alto y viejo, al parecer, maneja una potente linterna.

Es quien escucha el chapoteo de mis pies y se gira rápidamente, buscando con el haz. La picana le alcanza en la garganta. La descarga eléctrica es aumentada considerablemente por el contacto de sus pies con el agua. Cae rígido hacia atrás, soltando la linterna. Su compañero apenas se ha apercibido de nada. Barboteando maldiciones, baja el lanzador, sujetándolo con una mano y echa mano a la pistolera. Soy más rápido. Le clavó los dos pinchos en el pecho y deja escapar un gemido escalofriante mientras se derrumba como un fardo.

—    Hay uno detrás nuestra.

—    ¿Líder? ¿Señor? – resuena detrás de mí.

¡La hostia! ¡El de retaguardia! Me he olvidado de él. Siempre hay un hombre en retaguardia en cualquier maniobra militar y estos tíos parecen lo son precisamente eso, soldados. Dejo que me apunte con el haz de su linterna y entonces le lanzo la picana. No es que pretendiera darle con ella, tan solo sobresaltarle y es lo que consigo. Sin duda, no sabe qué le he arrojado pero le obligo a echarse a un lado, apartando la luz de mí. Jamás he dado un salto tan desesperado, ni tan largo, que me lleva casi sobre él, al mismo tiempo que desenfundo la bayoneta.

El mazazo que se lleva en plena jeta, propinado con la guarda de la bayoneta, unos círculos metálicos para guarecer los nudillos, le hace caer de rodilla. Intenta palparse la nariz, pero abre los ojos desmesuradamente al comprobar que ya no está en su cara. Entonces, se acuerda que tiene un fusil de asalto colgado de su hombro e intenta ponerlo en ristre.

Claro, hombre, como si pensara darle tiempo para eso. La bayoneta penetra en su cuello con una facilidad espeluznante, saliendo por su nuca. Es como apuñalar un trozo de tocino. El tipo gorgotea por un momento, quedando colgado de rodillas sobre la delgada lámina de acero. Cae de bruces cuando saco la bayoneta.

Tres menos y uno de ellos, el líder. ¡Fenomenal!

Me acerco a los que han caído en el río. Aún están vivos. Hundo la cabeza del que portal el lanza misil en el agua, ahogándole. Después, arrojo bien lejos el potente arma, entre unas zarzas y juncos. Debo reservar al jefe. Me gustará interrogarle si acabamos con los demás, pero no puedo dejarle que se mueva de donde está.

No pienso perder el tiempo en atarle, así que le piso una rótula hasta escuchar el desagradable chasquido. Así es más rápido y eficaz. Aún inconsciente, el hombre gime de dolor. Le despojo de su comunicador y de las armas, que lanzo también lejos, tanto las que lleva él como las de sus compañeros.

Los disparos de Nadia son espaciados, controlando su eficacia y la munición de la que dispone. Me muevo hacia delante, buscando movimiento y destellos en la oscuridad. En este momento, me siento tremendamente vivo, con la adrenalina circulando por mi cuerpo con total libertad. Me siento capaz de realizar cualquier cosa, cualquier hazaña. Además, no tengo que rendir cuentas de cuanto haga, ni a quien mate. ¡Libertad absoluta!

Un quedo grito de dolor, más adelante, me hace saber que Nadia ha alcanzado a otro. Fogonazo a mi izquierda, a cinco metros. Ras me susurra su localización y distingo su silueta, oculta detrás de un árbol. Me obligo a observar un minuto. Otros fogonazos nos indican nuevas posiciones. Se han abierto muchísimo, buscando dificultar la puntería de Nadia, pero es algo que me conviene. Puedo ir cazándolos de uno en uno. Llego a la espalda del hombre con sigilo y le clavo cincuenta centímetros de bayoneta en los riñones, hasta que la punta de acero sale por el vientre. Soy consciente de cómo el aire entra en la herida al retirar el arma con un tirón. Muerte rápida.

Es como degollar pavos en Navidad. Solo cuesta el trabajo de atraparlos, en este caso, de llegar hasta ellos. Los que forman la retaguardia son silenciados por riguroso turno, como se hacía en aquel videojuego… ¿Cómo era? ¡Comandos! Si. Sucios nazis, juaaasss…

Pero la cosa se complica cuando sus compañeros empiezan a preguntarse por qué los de atrás no realizan fuego de cobertura, y, por otro lado, por qué no llega el Líder. Bueno, es lo que me imagino. Yo pensaría eso. El caso es que varios de ellos no dejan de mirar a sus espaldas, intentando comunicarse con los que están en retaguardia. Así que tengo que improvisar. Que no me gusten las armas de fuego no quiere decir que no sepa manejarlas. Me he entrenado con Crux y con los hombres de la sección. No soy un figura, pero tampoco un patoso.

Uno de ellos está llamando a voces a su compañero, el cual, por cierto, yace a mis pies, en un charco de sangre que la tierra absorbe con avidez. Estoy escondido tras unos altos arbustos, por los que asomo el cañón del arma que le he requisado.

—    Me ha herido – gimo, usando el acento colombiano.

El tipo se despega de su escondite y se aproxima. La ráfaga casi le parte en dos. Salgo a correr y me lanzo al suelo unos metros más allá. Otro motivo de suerte es que no parecen usar visores termales, ni nocturnos. No habría podido acercarme a ellos, sin duda. Aún no comprendo porque no los usan, siendo una emboscada nocturna. A no ser…

¡Eso es! El ataque no estaba preparado. Nos habrían atacado de día, quizás en otro lado, pero, por algún motivo, no han podido hacerlo y han tenido que improvisar esta emboscada. ¿Acaso mi decisión de realizar una ruta por la selva, durante casi todo el día, ha impedido ese ataque? Si han venido a por mí y no me han encontrado en otro lugar, puede que se impacientaran. Podría ser.

—    Enrique, ¿qué ocurre? ¿Por qué disparáis contra nosotros? – escucho gritar a otro, mientras me arrastro. Me dirijo hacia su voz.

Me pongo de rodillas, apoyo el cañón del arma en una rama y enciendo la linterna, justo hacia el lugar donde surge la voz. Consigo deslumbrarle y cuando está gritándome que apague la linterna, le coso el pecho con una ráfaga. Pero los que quedan, al menos tres, empiezan a dispararme, bueno a la linterna que he dejado encendida sobre la rama. Mientras ellos se desahogan disparando contra la luz, doy un rodeo hasta acercarme al más lejano. Se lo huele cuando ya es tarde; ya estoy saltando sobre él cuando se gira. La bayoneta queda clavada en su pecho hasta la empuñadura.

Extraigo el acero mientras intento divisar los que quedan. Todo ha quedado en silencio. Nadie dispara, ni siquiera Nadia. Se han dado cuenta de que están solos y esto se ha convertido en una partida de ajedrez en tablas. Distingo un movimiento a mi izquierda, entre las ramas de un delgado ficus. Todo son sombras, pero creo que le he descubierto. Me acerco con mucho sigilo, la bayoneta preparada, hasta distinguir una gorra y una camisa que se mueven. También un arma apuntando a la ladera. Bingo.

Pero al acercarme más, el grito de Ras me hiela la sangre.

—    ¡No hay nadie, solo ropa! ¡Es una trampa!

Apenas me da tiempo a girarme cuando un cuerpo choca contra el mío, tirándome al suelo. Mi atacante es fuerte e impetuoso. Consigue quedar sobre mí y me propina un fuerte golpe en el rostro, antes de atrapar mi mano armada. Lanzo mi mano libre a la desesperada, intentando atajar su otra mano, que es la que me preocupa. No sé ni como lo consigo, pero la atrapo por la muñeca y el filo del machete me araña la piel del pecho.

Ambos gruñimos, haciendo fuerzas. El hombre intenta ganar ventaja de su posición, recargando el peso sobre su brazo, pero no es capaz de superar mi presa. Le tomo por sorpresa al arquear mi cuerpo repentinamente, arrojándole por encima de mi cabeza. Nos ponemos en pie a toda prisa, enfrentándonos cuchillos en mano. Está tan atento a la larga bayoneta que mi patada en el plexo solar lo pilla totalmente desprevenido. Mi siguiente movimiento le abre una larga brecha en el muslo. Le escucho maldecir con una sonrisa.

Un súbito disparo nos sobresalta. Detrás de mí, un cuerpo cae con la cabeza reventada. Nadia me ha salvado la vida. El compañero de mi oponente pensaba atraparme por la espalda mientras estoy enfrascado en la pelea. Aún cree que tiene una posibilidad, así que se lanza a la carga. Una simple llave de jiu-jitsu le pone de rodillas fácilmente. Llevo demasiado tiempo entrenándome como para que un tío como ese me gane la mano. Le traspaso el cuello con rabia y me quedo en pie, jadeando. Necesito un respiro, coño.

El atronador disparo de la escopeta me pone los huevos por corbata. No quiero ni pensar lo que eso significa. ¿Han llegado hasta ella? Estoy subiendo con largas zancadas cuando la voz de Nadia llega hasta mí.

—    Tranquilo, tigre. Estamos bien. Solo era uno que trataba de pillarme por la espalda.

—    Bufff… ¿Han caído todos? – pregunto desde mi posición.

—    Todos los que han bajado.

—    Me da igual si ha quedado alguno más arriba. No creo que se atreven a bajar cuando ninguno de estos conteste a sus llamadas.

—    Tendría que subir más por este lado para atrapar señal de telefonía. Hay que llamar a la hacienda.

—    Espera un momento, aún tengo que hacer algo. Voy a regresar al río. Cúbreme.

—    ¿Qué hay allí?

—    Tengo al jefe del grupo con vida. Pienso sacarle información.

Recupero una linterna y alcanzo rápidamente el riachuelo. El líder ha despertado y ha intentado alejarse arrastrando. Tarea vana. Me acuclilló sobre él, jugueteando con la larga bayoneta. Sus ojos no dejan de mirarla, muy asustado. El miedo es lo que más ayuda a la mirada de basilisco. El líder no tarda en confesar que su misión era atraparme con vida, secuestrarme. La orden proviene directamente de Europa. Me asegura que el mafioso ruso lleva meses sin venir. Según su hombre de confianza, está ocupado con un asunto delicado en Grecia, pero sin duda sabe que estoy aquí. Le pregunto por ese hombre de confianza y su respuesta es la que esperaba. Es uno de los lugartenientes del ruso.

No me gusta matar a sangre fría, pero no me queda opción. No puedo dejar ese hombre con vida. Minutos más tarde, me lavo las manos en el río y, de paso, corto varias gruesas cañas para entablillar la pierna de Jesús. Necesito un buen baño y cinco horas de sueño… ¡Hoy hemos sobrevivido!

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Le sonrío a la guapa azafata de Iberia cuando deposita el vaso de vodka helado en mi bandeja. Ella remolonea un poco antes de de marcharse, toda sonrisas y flirteo. Tomo un buen trago que siento deslizarse por mi garganta como una fanfarria de feria, prometiendo diversión y juerga.

¡Me encuentro de camino a España, vía Nueva York! ¡Por fin!

Crux regresa conmigo, en el ataúd precintado que viaja en la bodega. Eso empaña la alegría que siento por volver a casa, pero al menos cumpliré la promesa que le hice. Ya han pasado seis días desde el ataque, que es lo que he tardado en dejar las cosas atadas en Colombia.

Nadia consiguió comunicarse con la hacienda en cuanto ascendió por la ladera. Un helicóptero nos sacó de allí al amanecer, usando una camilla y un torno para Jesús. También sacaron los coches de la carretera y el que cayó por el barranco, recuperando así el cuerpo de Crux. Comprobamos que le volaron la cabeza, los cabrones.

Gato bala se está recuperando muy bien, aunque deberá guardar reposo por la complicada fractura. El cártel quedó muy impresionado con lo que hemos hecho Nadia y yo. No sé muy bien cuantos hemos matado cada uno, pero en total han sido dieciocho hombres, contando los cuatro que abatió Crux. También les ha mostrado que nadie está a salvo en esta guerra, que no se pueden dormir en los laureles. La vigilancia y protección ha sido aumentada por doquier.

Recreo de nuevo la conversación de despedida que he mantenido con Jesús, quien se encontraba en la galería interior, tumbado en una hamaca, con el pie en alto, totalmente enyesado. Vestía un liviano batín que mantenía abierto. Debajo, tan solo unos holgados boxers para combatir el húmedo calor.

—    Sergio, amigo mío. Tómate una limonada conmigo.

La limonada estaba más aliñada que la sangría que sirven en las cuevas de Sacromonte. El ron perfumado se deslizó por mi garganta, saciando sobre todo a Ras.

—    Vuelvo a darte las gracias por salvarme la vida, amigo mío. Estoy en deuda contigo, para siempre.

—    Habrías hecho lo mismo por mí – le quité importancia.

—    No lo dudes. Pero no solo me has salvado a mí, sino que has movilizado todo el cártel, preparándole para la guerra que se nos echa encima.

—    Hubiera sido mejor encontrar una forma de evitarla – suspiré. – Pero con Arrudin las cosas no funcionan así, desgraciadamente.

—    Pero, gracias a ti, estaremos preparados. Es lo que importa. Otra cosa… siento muchísimo lo de tu jefe de seguridad.

—    Si, yo también. Crux era un buen tipo. Me costará encontrar alguien parecido.

—    Bueno, de eso quería hablarte. ¿Por qué no hablas con Nadia?

—    ¿Con Nadia? – me sorprendí. – Nadia es tu escolta personal.

—    Quiero a Nadia como una hermana, pero aquí se está embruteciendo demasiado. Necesita un cambio de aires y creo que tu casa será perfecta. Creo que, aparte de mí, eres el único tío que le cae bien y conozco el ramillete de chicas que siempre tienes en casa. Será un hogar perfecto para ella, sin duda.

—    Pero…

—    Ya has visto de lo que es capaz, ¿no?

—    Si.

—    Solo necesitará una puesta a punto sobre el terreno y se convertirá en el mejor jefe de seguridad que podrías soñar. Fiel hasta la muerte.

—    Lo sé, pero es que… es tuya, Jesús.

—    No te equivoques. Nadia no es de nadie. Ella es la que ofrece su amistad y su lealtad. Es una asesina nata, sin prejuicios, ni juicios morales. Pero he visto como te mira a hurtadillas. Creo que está fascinada contigo, o con tu forma de vida, no lo sé. Creo que estaría dispuesta a seguirte hasta España. Puedes probarla una temporada y mandarla de vuelta conmigo si no sale bien – sonrió.

Me encogí de hombros. Era una posibilidad que no había contemplado.

—    Hablaré con ella.

—    Bien, compadre – de repente, suspiró. – Tendré que buscar a alguien tan guapo como ella, aunque tenga que afeitarle yo mismo cada día – ambos nos reímos con complicidad.

 

Parpadeo, regresando al presente, y apuro mi vodka. Miro por la ventanilla. Fuera solo hay nubes blancas y cielo azul, un poco monótono.

—    Es un poco temprano para empezar con el vodka, ¿no? – sonríe Nadia, sentándose a mi lado. Regresa del lavabo.

—    Bueno, como se dice, en alguna parte del mundo es la hora de los cócteles.

—    Muy bueno, patrón.

—    No me llames así, coño – rezongo.

—    ¿Por qué no?

—    Me suena a telenovela cutre.

La carcajada es tan limpia y divina que muchos pasajeros nos miran, la mayoría con una envidia mortal.

—    Ya sabes que fui actriz de telenovelas, aunque era chicuela.

—    Ya veo que has crecido – le digo, mirándole el escote que su blusa pone de manifiesto. – Soy Sergio para ti, como para los demás, tanto en la intimidad como en público. ¿Capice?

—    Alto y claro, patrón.

Gruño, cerrando los ojos. Es enervante. Supongo que cuanto más se lo diga, peor lo hará. Ha demostrado que es tan cabezota como yo.

—    Ya me has hablado de las mujeres que viven en tu casa, pero no me has dicho como debo comportarme con ellas. Por supuesto que le debo respeto a tu esposa, pero… ¿y las demás? – no me sorprende la pregunta.

—    Las considero mi familia, tanto mi hermana como todas las otras. Todas tienen mi más alta estima y confianza, así como todos los derechos de una… — busco una palabra adecuada.

—    ¿Esposa? – me ayuda ella con una sonrisa.

—    Si, exacto. No lo son legalmente, pero si moralmente. Eso no quita que algunas tengan su propia familia o pareja, como mi hermana.

—    Es una situación extraña – responde, adoptando un aire más grave. — ¿No hay celos entre ellas?

—    Eso es algo que debes ver por ti misma.

Echa la cabeza hacia atrás y alza la mano, pulsando la señal para la auxiliar.

—    Una Coca Light, por favor. Ah… y otro vodka para el patrón – le comunica a la chica con una sonrisa. – Clase Bussiness, ah… esto es vida. Siempre he querido viajar a España… creo que me va a gustar – musita, cerrando los ojos.

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Quedo sorprendido al comprobar que tan solo Basil es quien está esperando en Barajas. Muestra su sonrisa, con las manos cruzadas delante de su vientre, vestido siempre con la elegancia que le caracteriza. Su pelo grisáceo está peinado con toda corrección y pulcritud.

—    ¿Con tantas mujeres y no hay ninguna esperándote? – se mofa Nadia, a mi lado. – No estarán muy animadas con tu regreso…

Es mejor no hacerle caso. Abrazo a Basil y nos palmeamos las espaldas, aunque él tiene que ponerse de puntillas.

—    Basil, ella es Nadia Udarte. Se encargará de las tareas de Crux.

—    Descanse en paz – musita él. Les comuniqué a todos lo que había sucedido a través de una videoconferencia. – Bienvenida a España, señorita Nadia.

—    Llámeme simplemente Nadia, por favor – responde ella, encantada con la reverencia que nuestro tío mayordomo la obsequia.

—    Entonces así será, siempre que me tutee – es la respuesta de Basil.

—    Trato hecho – se ríe Nadia.

—    Tenemos que encargarnos de la documentación de Crux – les digo, cortando las sonrisas.

El cártel lo había arreglado todo para traerme el cadáver sin problemas. Uno de sus médicos en plantilla firmó el certificado de defunción aludiendo un accidente de montañismo. Una funeraria de confianza embalsamó y arregló el cuerpo, colocándolo en un ataúd precintado por un juez debidamente untado. Ahora, habría que abrirlo en la aduana, antes de entregarlo a otra funeraria que se ocuparía de trasladarlo hasta Benalmádena, donde se encuentra la finca de sus padres. Al desprecintar el ataúd, creí que el cuerpo estaría en peor estado, pero realmente fue todo un artista quien arregló el cadáver. No queda constancia de agujero alguno en el rostro que, por otra parte, luce sereno y natural, aunque lívido por supuesto.

La documentación queda en regla y un enviado de la funeraria, con la que Basil ya había hablado anteriormente, me comunica que el sepelio será mañana a las doce del mediodía. Habrá una misa al aire libre, si el tiempo lo permite. La verdad es que el tiempo no está para tirar cohetes. El invierno está cerca.

—    ¿Dónde están todas? – pregunto cuando nos subimos al confortable Mercedes, conducido por un joven cordobés que me presenta Basil como Lucas.

—    Expresaron su malestar por no poder recibirte en el aeropuerto, pero todas están ocupadas esta mañana – me explica. – Katrina tenía una reunión con el arquitecto Muñiz. Pamela y Elke están liadas con el curso que la Dra. Garñión ha puesto en marcha. Debo decirte que la mansión está un poco llena últimamente, con ese curso…

—    Ya nos ocuparemos de eso. ¿Y Denisse?

—    Se encuentra en Lisboa.

—    ¿Qué hace allí?

—    Ha habido un problema con el terreno que compraste allá. Unos okupas o algo así. Ha ido a solucionarlo.

—    Bien.

—    Patricia está en el colegio y la señorita Krimea está rodando un spot en la costa catalana.

—    ¿Ha empezado a trabajar? – una buena noticia, al menos.

—    Ha aceptado un contrato con una empresa de cosméticos.

—    Lo que yo te decía, patrón. Han huido todas al enterarse de que regresas a casa.

Basil me mira, intrigado por la pulla, pero agito una mano para indicarle que no tiene importancia. Cuando llegamos a la mansión, Nadia silba de admiración.

—    No es como la planicie de la hacienda. Aquí no hay montaña, ni selva que la rodee, pero si hay mucho más terreno que vigilar, aunque esté alambrado – le explico.

—    Esto es un palacio. La hacienda se queda enana.

—    El piso bajo contiene la cocina, salones para bailar o reunirse, comedores, despachos, y diversas dependencias de trabajo y consulta, como las bibliotecas – le indico mientras subimos los escalones de entrada. Se queda quieta, admirando la barroca fachada. – El primer piso está destinado a nuestras dependencias. En suma, dormitorios, baños, y boudoirs.

—    ¿Eh?

—    Ya te lo enseñaran las chicas.

—    En el segundo piso está La Facultad.

—    ¿Tienes una universidad ahí dentro? – me pregunta muy seria. No le he hablado aún de ello.

—    No, así es como llamamos al centro de huérfanos y refugiados que patrocinamos. Hay veinticinco niños de diversas edades y de ambos sexos viviendo y estudiando. Así que esto a veces parece una locura, sobre todo cuando suben y bajan para ir a la piscina, a las cuadras, o a las pistas deportivas.

—    ¿Qué piensas hacer con los huérfanos? – me pregunta, esta vez muy en serio.

—    Era un proyecto de mi suegro y lo he seguido. Luego te lo explico con calma.

La visita es bien amena, tanto para ella como para mí. Siempre es un gustazo ver las expresiones de asombro en la gente cuando les enseño todo el lugar. La presento al servicio y elige una de las habitaciones vacías del primer piso, como aposento. Al mirar el contoneante trasero de Sasha, me pregunta:

—    ¿Estas criadas se pueden tocar?

—    Es decisión de ellas, pero puedo asegurarte que no ponen muchas dificultades.

—    Me gusta esta mansión – sonríe.

—    Ya veo. Bien, cuando te instales te presentaré al jefe instructor Sadoni. Está a cargo de la academia de entrenamiento. Él te valorará y decidirá si debes hacer algún tipo de curso de actualización.

—    ¿Hay una academia de entrenamiento en esta finca? – parpadea Nadia.

—    Si, con instalaciones y todo. Está a unos cuantos kilómetros de la mansión, hacia el oeste. Mis hombres se entrenan conmigo y me conocen desde el mismo momento que empiezan. Eso crea vínculos, ¿comprendes?

—    Comprendo. ¿Cuál será mi cometido realmente?

—    Eres el jefe de personal de la mansión. Controlarás la seguridad, tanto del perímetro como en el interior. Podrás dar órdenes a cualquiera de los hombres, aún sin estar a tu cargo. Puedes hacer y deshacer los planes de contingencias, aumentar las guardias, o instalar más detectores. Así mismo, escogerás a los acompañantes en los viajes, eventos o trabajos que debamos realizar en el exterior. En la medida que se pueda, serás nuestra escolta personal, mía y de mi esposa.

—    Está bien.

—    Basil no es un mayordomo cualquiera, sino que más bien representa el administrador de Inteligencia aquí. Recuerda que no es un subalterno, sino tu igual – Nadia asiente, sin abrir la boca. – En cuanto a las chicas, tienes autoridad sobre ellas en cuestión de seguridad, pero no en otras cosas. ¿Te parece bien?

—    Si, puedo asumirlo. Otra cosa… ¿tendré que meterme en tu cama? – su mirada es directa.

—    Aún no te lo he pedido, ¿verdad?

—    No.

—    Comprendo que no te sientas bien con los hombres y no pienso pedirte nada que tú misma no desees. Tampoco te impediré relacionarte en la forma que desees con ninguna de las chicas, mi esposa incluida.

—    ¿De veras? ¿Tan liberal eres? – se asombra.

—    Si. Siempre que sea de común acuerdo.

—    Lo será.

—    Bien, deja las maletas ahí y vamos abajo. Tomemos algo para celebrarlo.

Nadia mira el gran armario abierto de par en par y vacío.

—    No te preocupes. Seguramente las chicas te llevarán de compras esta tarde antes de salir para Cataluña. Por si te has olvidado, mañana tenemos un entierro.

Las primeras en darnos la bienvenida son mi hermana y su novia. Nos tropezamos con ellas al bajar, ya que salen del salón que usan como aula. Una docena larga de hermosas mujeres suben las escaleras, mirándonos.

—    ¡Hermanito! – exclama Pam tirándose en mis brazos. Me besuquea sin dejar de reír. Sin dejarla en el suelo, Elke nos abraza a los dos. Inclino la cabeza y la beso dulcemente. La noruega se derrite, como siempre.

Las contemplo a placer, una vez que las suelto. Están más hermosas a cada día que pasa.

—    La felicidad os vuelve bellas, queridas – les digo y ellas se abrazan, risueñas.

—    Te hemos echado mucho de menos, Sergi – me comenta Pam.

—    Si. Y Katrina ha tenido que dormir varias veces con nosotras porque lloraba en la noche – me confiesa Elke.

—    Siento mucho que ocurriese eso. Chicas, esta es Nadia. Sustituirá a Crux – les digo, girándome hacia la colombiana, la cual aún está en las escaleras, contemplando las chicas con la boca abierta.

—    ¡Pobre Crux! – gime mi hermana, caminando hacia las escaleras. – Bienvenida, Nadia. Esta es tu casa. Yo soy Pamela y soy hermana de Sergio.

—    Pues no te pareces en nada – se ríe Nadia, bajando para ponerse a su altura y besándola en las mejillas.

—    Ya. Soy la rara de la familia. Todos morenos y yo pelirroja, ya ves.

—    Si, de las peligrosas – ambas se ríen.

—    Ella es mi novia Elke, de Noruega.

—    ¡Qué peligro tenéis las dos juntas! ¡Como fuego y hielo! – bromea la colombiana al besar a la rubia.

—    Me cae bien, Sergi. Dice cosas que ablandan a una chica – se gira Pam hacia mí, señalando a Nadia con un dedo.

—    No solo dice, también hace – dejo caer.

—    ¿Ah, sí? ¿De la Hermandad de Safo? – pregunta mi hermana, comprendiendo.

—    ¿Es que hay otra hermandad que valga la pena? – responde Nadia, medio en broma.

—    Tú lo has dicho – palmea las manos Elke.

—    No me dijiste nada sobre lo hermosas que son – me apuntilla cuando las dos se alejan escaleras arriba.

—    Todas son hermosas. A Krimea la habrás visto por la tele, ¿no?

—    Si. No es mi estilo de música, pero estoy al tanto del panorama. ¿Esa melena suya es de verdad?

—    Ya puedes jurarlo.

—    Coño, que morbo – se ríe.

—    Creo que vas a caerles muy bien a todas – le aseguro.

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Efectivamente, Katrina quedó muy contenta con la nueva adquisición, aunque lamentó mucho la muerte de Crux. Los dos habían intimado bastante en largas tardes de compras. Le sorprendió la vivacidad de la colombiana y se interesó mucho por su periodo televisivo. Katrina devora muchas telenovelas sudamericanas.

Por su parte, Nadia quedó algo más que admirada por mi esposa; creo que la palabra adecuada es prendada. Nadia nunca ha conocido a una mujer tan elegantemente natural, ni que posea esa hermosura exenta de artificios. Reconozco que Katrina es una diosa joven y vital, y que tiene la cabeza bien amueblada. Que os voy a decir, ¡me ha casado con ella!

Tampoco es que charlaran demasiado. Nada más entrar por la puerta, Katrina, ya avisada por su tío, saludó y me dio apenas el tiempo de presentarle a Nadia, antes de arrastrarme escaleras arriba a nuestro dormitorio. Ni siquiera bajamos a almorzar. Nos pasamos toda la tarde follando, recuperando los días perdidos. Pam se encargó de presentar Patricia a Nadia y cuando ésta se enteró que la colombiana era una pistolera, no se movió de su lado en todo lo que quedó de día.

Ni Denisse, ni Krimea han venido al entierro de Crux, pues una sigue en Lisboa y la otra en el rodaje. Se han disculpado por teléfono y les he dicho que no importa. Somos ya suficientes para darle las exequias. Hemos salido temprano en el AVE y un servicio de limusinas nos ha recogido en la estación para llevarnos hasta Benalmádena.

La finca en cuestión, de nombre Los Toreros, se encuentra en el Arroyo de la Miel, entre la costa y la sierra, un sitio típico y frecuentado por turistas, pero más tranquilo que la bulliciosa Costa del Sol. Hemos conocido a los padres de Crux, que nos han estado hablando de su tercer hijo, José. No les he contado nada de lo que sucedió en los Farallones de Cali. Creen que nos fuimos a un viaje de placer, él como mi escolta, y que acaeció un fortuito y desgraciado accidente.

Por nuestra parte, nos hemos enterado que Crux había estado casado y tenía una hija de seis años. Su mujer se separó de él cuando ingresó en la cárcel. La verdad es que Crux era un tío muy reservado con su vida. Jamás me habló de su familia. Ambas han venido a su entierro y la niña está triste, por lo que pienso que no había perdido el contacto con ella.

No es un entierro a la usanza de Andalucía por lo que puedo ver. Más bien parece uno de esos que salen en las películas americanas. Todo el mundo de pie sobre la hierba, rodeando el gran agujero excavado en la tierra. El ataúd se sitúa sobre una plataforma elevadora que se ocupara de bajarlo una vez acabado el ritual. Un sacerdote joven y de etnia gitana empieza la misa. Creo que su familia es evangelista, por lo que puedo deducir.

Después de decir unas palabras sobre el difunto, el sacerdote, que en realidad es primo de Crux, nos invita a decir nuestro propio panegírico. Me siento impulsado a adelantar un paso y abrir mi alma sobre el hombre que ha muerto por mí.

—    Cuando mi administrador me recomendó a José Cruz para el puesto de jefe de seguridad, no pensé que se convertiría en una persona tan inestimable para mí – el comienzo es casi un murmullo, pero voy ganando confianza a medida que sé lo que quiero decir. – Lo primero que me dijo fue que solía responder por el apodo de “Crux” y, desde ese momento, ese fue su nombre para todos los que estábamos a su lado a diario.

“Me confesó que había estado un tiempo en la cárcel y que había pagado un precio muy caro por ello. No comprendí lo que me quise decir hasta hoy, que he sabido que tenía una deliciosa hijita y una ex esposa. Aunque ese fue un detalle que nunca comentó con nadie, no era difícil comprender que Crux había tenido una vida agitada y llena de desgracias.

No puedo saber qué ocurrió para que se alejara de su familia, pero si puedo deciros como era durante el tiempo que trabajó con mi familia. Nuestro Crux era cabal y atento, serio y comprometido, meticuloso en su trabajo, y siempre tenía una palabra amable para los niños que viven en casa. En sus horas libres, tallaba caballitos balancines en madera para los huérfanos de La Facultad, y aunque no pudo comunicarme su última voluntad, estoy seguro que hubiera querido que el último caballito al que dio forma con sus manos, fuera para su hija.”

En realidad, lo he traído para sus padres, pero al conocer la existencia de una hija he cambiado de idea. Katrina me pasa una gran bolsa de boutique, de la que saco el caballo lijado y pintado amorosamente. Me acerco a la pequeña y se lo entrego en medio de un silencio tan solo roto por los sollozos emocionados de muchos familiares.

Vuelvo a colocarme entre Katrina y mi hermana y bajo la cabeza. Espero que todo esto acabe pronto, ya empiezo a estar harto.

—    ¿Por qué los humanos son tan hipócritas?

“Es su familia. Necesitan despedirse de él, sobre todo sus padres.” – le recrimino mentalmente.

—    Ya, ¿y tienen que esperar a que se muera para hacerle saber que le querían?

“Más vale tarde que nunca.”

CONTINUARÁ….

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