JANIS MULLIGAN

Nadia Udarte 

Estas tres semanas han sido una vorágine. Han estado llenas de largas reuniones, de viajes por todo el país vigilando rutas, y algunas sesiones de espionaje urbano para confrontar situaciones. El Consorcio es fuerte y vasto, quizás demasiado, por lo que tiene muchos agujeros en su entramado; unos agujeros que Arrudin sabe aprovechar muy bien, por supuesto.

Debo decir que fui aceptado oficialmente como asesor por todas las facciones del Consorcio. Los colombianos no están nada acostumbrados a los directos y efectivos golpes militares de Arrudin. Los pequeños cárteles rebelados presentan ahora un frente común, bien protegido, que rechaza infiltraciones y asaltos con facilidad.

Dejé bien claro cuales son las intenciones del enemigo y sus objetivos más directos. De esta forma, protegieron inmediatamente las rutas más importantes, así como los campos de producción. El contraataque sería difícil y lento, tal y como lo preveía, pero factible.

Lo primero que debían organizar era un servicio de inteligencia interna. Una red de información fiable y segura. No pueden fiarse ya de los informadores locales porque sin duda estarán comprometidos. Claro que crear una red lleva su tiempo. Hay que entrenar agentes, situarles, asentarles en el tejido social antes de que empiecen a generar frutos, pero es un primer paso necesario.

El segundo paso es una declaración “pública” de intenciones. Todo allegado a los cárteles debe conocer cual es la situación para poder decidir lealtades y también para anular el efecto conspirador del enemigo. Si el personal básico del entramado criminal conoce las causas y sus opciones, dificultará las falsas promesas de Arrudin. Por otra parte, podría incluso levantar sospechas y cizaña entre sus socios.

En tercer lugar, hay que averiguar quien dirige el cotarro. Arrudin es famoso por llevar personalmente las riendas de sus proyectos, pero dudo que esté físicamente en Colombia. Puede que hiciera viajes frecuentemente, pero sin duda tiene delegados aquí. Me puse en contacto con Basil y le pedí que me enviara una copia de toda la documentación sobre Arrudin que teníamos y una actualización de seguridad de los socios europeos. Con ello, expuse a los más directos colaboradores del ruso ante el Consorcio. Fotos y datos.

Hice un fuerte hincapié en que sus hombres buscaran pistas sobre el paso de alguno de esos hombres por territorio colombiano e incluso fuera, cerca de sus campos. Contactos en aduana, soplones de barrio, putas y comerciantes debían ponerse en alerta. Urgía averiguar quien aportaba las directrices y desde donde.

Tanto el Comandante como Gato Bala estuvieron de acuerdo con mis planteamientos. Hay que jugar a la defensiva antes de atacar. Edificar todo un montaje de contramedidas. Sin prisas pero sin pausas. Así que todo se puso en movimiento y yo con ello, de un lado para otro. Ni que decir que los preparativos para una guerra son cansados, llenos de tensión. Hay que controlar numerosas vías de actuación y coordinar muchísimos elementos. Gracias a Dios que yo soy era un asesor. El trabajo más duro lo hacen otros.

Con todo, me vi pateando diversos campos de opio en Bolivia, otros tantos de árboles de coca en Perú, y tirado en varias azoteas de Baranquilla y de Cartagena de Indias, mirando a través de unos grandes binoculares de visión nocturna. Insufribles reuniones a deshoras, en almacenes, sótanos, y habitaciones de hotel, siempre ocultos, encerrados, y vigilados. Ahí fue cuando empecé a comprender lo que significa el apodo de “topo”.

En todo momento, Crux y Nadia han estado a mi lado, protegiéndome y velando por mi confort. Eso es de agradecer y a tener en cuenta. Nadia siempre ha pensado en mí, en primer lugar, aún si eso hacía que ella tuviera que dormir en una silla. Crux y ella se han hecho grandes amigos. Se turnan en las guardias o bien las hacen juntos, se pasan largos momentos hablando, compartiendo ejercicios o limpiando sus armas. Creo que las únicas veces que he visto a Crux sonreír, ha sido con ella. Por eso mismo, no he dado pie a ningún lío entre la hermosa colombiana y yo, a pesar de los gruñidos de Ras. Me he retirado de la contienda. De todas formas, he estado muy atareado con los asuntos del Consorcio. En los momentos de descanso, siempre ha habido una joven criadita o una acompañante dispuesta a ocuparse de mí.

Sin embargo, no he podido observar intenciones románticas en Crux. No da paso alguno en esa dirección. ¿Acaso no le gusta Nadia? ¿Es gay? Ni idea. Se limita a ser un compañero de armas. Tampoco he visto que Nadia diera pie a algo más. Cuando le he preguntado a Jesús sobre su vida amorosa, se ha reído.

—    ¿Vida amorosa? Bueno, yo no me meto en esas cosas, pero Nadia es… como te diría… harina de otro costal. No va con hombres.

—    ¿Lesbiana?

—    Es algo más complicado, ¿sabes? Rajó ella misma el vientre de su novio por una cuestión de honor y, desde entonces, se acabó. No ha querido contarme nada más, así que mejor se lo preguntas a ella – fue su respuesta final.

Así que decidí mantenerme en un segundo plano, mejor. Podría haber usado la mirada de basilisco para aprovecharme, pero no soy de esos, ya lo sabéis.

Hablaba a diario con las chicas, por teléfono o a través de videoconferencia. Me echaban de menos pero volcaban sus esfuerzos y ganas en sus tareas. Katrina me hizo elegir uno de los bocetos de Muñiz para la nueva presentación ante el comité de Algete. Elegí uno que resultó ser la mezcla de dos bocetos iniciales. En él, el edificio en sí no es visible. Por una parte, un enorme tejado inclinado, recubierto de suave césped, oculta todo un segmento del edificio. La otra parte está disimulada por un enorme tronco falso que se enrosca y crece por encima de la vasta pradera que es el tejado, acabando en dos ramas que, en verdad, son dos molinos eólicos. Desde cien metros de distancia, Muñiz asegura que el edificio será prácticamente invisible como tal, aunque si será formidable en sus dimensiones. La verdad es que me gustó mucho esa integración urbana en la naturaleza. Finalmente, días después, Katrina me informó que había conseguido que el ayuntamiento aprobara el proyecto y estaba a punto de iniciarse las obras preliminares.

Por otra parte, Pam y Elke están sometiendo a sus candidatas a un casting peculiar, totalmente elaborado por la Dra. Garñión. Por ahora, los índices marcan que aceptan una de cada cinco chicas, número suficiente para organizar el núcleo, la carne básica, del Temiscira. Todas han estado de acuerdo en darle al club el nombre del legendario reino de las amazonas, y me parece bien.

En cuanto al palacio de Godoy y Osuna, las obras ya han empezado en serio, tras la limpieza, y según Katrina llevan buen ritmo. La reforma del TNT ya está terminada y el club funciona totalmente. La Villa de Basauri aún está acondicionándose, por lo que trabaja a medio rendimiento. Pero, por lo general, nuestros negocios están bien y recuperándose, lo que significa inyección de dinero para los grandes proyectos que estamos construyendo. Me gusta cuando todo va bien.

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Despierto temprano, como siempre. Los cantos y chillidos de los pájaros resuenan lejos de la planicie, arriba en la selva, pero son perfectamente audibles. Miro por la ventana de la hacienda. Hace una mañana espléndida y eso me anima a dar un paseo por esa densa vegetación que aún no conozco.

Aún siendo temprano, me encuentro a Nadia sentada a la gruesa mesa de la cocina, charlando con las maduras cocineras. Me brinda media sonrisa, esa peculiar contracción de sus gruesos labios que alza solo una de sus comisuras en una mueca de burla o desdén.

—    Buenos días – exclamo con voz sonora. Las mujeres me contestan casi a coro.

—    ¿Café, señor? – me pregunta una de ellas, tomando el asa de una gran cafetera bruñida por el fuego.

—    Por favor. Solo y dos de azúcar – contesto, sentándome frente a Nadia.

—    ¿Te gusta madrugar? – me suelta, sin mirarme.

—    Si. Es sano y, a veces, divertido.

—    ¡No me digas! – responde cínicamente.

Me colocan un buen tazón de humeante y aromático café delante y giro la cabeza para mirar a la dulce cocinera a los ojos, dándole las gracias. Ella enrojece de placer y agita una mano volviendo a sus quehaceres.

—    He pensado subir montaña arriba y pasear un rato.

—    Tendrás que cambiarte de camisa.

—    ¿Por qué? – pregunto, mirando mi brazo descubierto hasta el hombro por la camiseta sin mangas.

—    Aunque a partir de esta altura no es selva propiamente dicha, la vegetación es bastante densa, y no es, en absoluto, como la pintan en las películas. Aquí, en la meseta, la vegetación está controlada y dispersa. No hay demasiados insectos y tenemos mosquiteras. Allá arriba – señala con un dedo – la cosa es diferente. Cuanta más piel lleves al descubierto, más bichos te picarán y más arañazos y cortes te llevaras.

—    Tengo la piel dura – le digo, con una sonrisa parecida a la suya.

—    Bueno, yo te he avisado. Al menos toma unos guantes de trabajo. Habrá que trabajar con el machete y te protegerá de las espinas de los bejucos. No pienso abrir el camino para ti.

—    ¿Es que vas a venir conmigo?

—    No quiero que Jesús me caliente los sesos después, porque te hayas perdido allá arriba.

—    Que considerada – me río.

Se levanta de la silla, encogiéndose de hombros. Su mirada sigue siendo serena y fría. Le pide a una de las mujeres que nos preparen unos sándwiches para llevar y algo de fruta. Se gira hacia mí de nuevo.

—    Nos vemos aquí dentro de media hora. Te aconsejo que te cambies y te prepares. No va a ser un paseo por la playa, Sergio. Ah, y haz tus necesidades ahora…

—    Si, mamaíta.

Alza la nariz y se marcha de la cocina, sin duda a prepararse ella también. Decido hacerle caso y ponerme una camisa de manga larga algo más recia. Me remango los puños mientras pienso que debería ponerme un pañuelo al cuello, pero es algo que no uso. Toco en la puerta de Crux. Está tumbado en la cama, leyendo.

—    ¿Si, jefe?

—    Voy a subir a la selva con Nadia. ¿Tendrías un pañuelo para el cuello y unos guantes? Si no tienes, puedo pedírselo a Jesús.

—    Si, no hay problema. He traído de todo.

—    Muy previsor.

—    Siempre, jefe – dice, bajándose de la cama y sacando la maleta de debajo.

Me alcanza un liviano pañuelo de color azul oscuro que anudo por delante, dejando la nuca cubierta. Los guantes son de trabajo, de fuerte lona, aunque finos y ajustados, en lo que cabe. No podré hacer nada delicado con las manos, pero no me impedirán atrapar cualquier cosa en caso de necesidad.

—    No olvides tomar uno de los sombreros de las perchas que hay abajo, detrás de las puertas. Es importante.

—    Ya lo había pensado. Gracias. ¿No quieres venir con nosotros?

—    No, prefiero descansar y leer. Que os lo paséis bien – replica, tumbándose de nuevo en la cama.

—    ‘ta luego – me despido.

Nadia ya está esperándome. Dos largos machetes enfundados están cruzados sobre la mesa de la cocina. También hay dos cantimploras y dos pequeñas mochilas. Creo que por aquí la gente se toma en serio lo de andar por la selva.

—    ¿Qué hay dentro de las mochilas? – le pregunto.

—    Cosas necesarias para trajinar en los Farallones. Cuélgate el machete al cinto – me dice, desabrochando su propio cinturón. Ella también porta una funda con una automática.

Ato los cordones de la punta de la funda a mi pierna, debajo de la rodilla, para que el machete no oscile al andar, y me cuelgo la gran cantimplora en bandolera. Tiene, al menos, una capacidad de tres litros y está llena hasta la boca.

—    Quítatela, tonto – me dice Nadia, golpeándome el hombro. ¿Por qué todas las mujeres que conozco me pegan en el hombro? ¿Es algo que poseen las mujeres en los genes?

—    ¿Qué pasa? – le pregunto, quitándome la cantimplora.

—    Primero va la mochila. De la otra forma, la cantimplora quedará atrapada y no podrás beber cómodamente sin quitarte todo de encima.

Tiene razón. Fallo de novato. Nunca he ido de acampada, ni he pertenecido a los Boys Scouts. Son cosas de lógica. Me ayuda a ponerme la mochila. Es liviana. No sé lo que lleva dentro, pero pienso que será comida y una linterna, supongo. Vuelvo a colocarme la cantimplora y cuando me giro, me doy cuenta de que Nadia está mirándome fijamente.

—    ¿Qué? Sobre los calzoncillos no me has dicho nada – comento, abriendo las manos. Se ríe. Creo que es la segunda vez que le he arrancado una risa espontánea.

—    No es eso. Veo que te has puesto un pañuelo. ¿idea tuya?

—    Pos si. Se lo he pedido a Crux. No uso estas fruslerías.

—    Aquí es necesario – contesta, pellizcando el suyo, de un verde oliva. – Hay zonas de esporas, nubes de mosquitos, y otras cosas imprevistas.

—    Coño, me estás quitando las ganas…

—    Vamos, no seas quejica.

Fuera, nos encontramos con Jesús, quien está supervisando el arreglo de un viejo jeep militar, lleva un batín de seda y calza unas playeras, como si estuviera en una playa de Honolulu.

—    ¿Dónde vais tan temprano? – nos pregunta alegremente.

—    A casa de mi abuelita – le respondo con un gruñido.

—    Vamos a subir a la jungla. El señorito no se ha hartado aún de selvas y sierras – le dice Nadia, señalándome con el pulgar.

—    ¿No te bastó con las que hemos visto en Perú?

—    Bueno, subido a un todo terreno no parecen tan formidables.

—    Ya veo – asiente Jesús. – Así que quieres la experiencia dura, ¿no?

—    Más o menos.

—    Dios te pille confesado – masculla. – No volváis tarde. Esta noche quiero llevaros a cenar a la ciudad, para celebrar nuestros avances. Pronto te irás y no hemos tenido oportunidad de pasarlo bien.

—    Eso no me lo pierdo – me río, echando a andar detrás de Nadia.

Esta vez lleva unos amplios pantalones militares, pintados con camuflaje ocre y verde, y remetidos en las cañas de las gruesas botas. También porta una camisa de lona que parece desgastada de tanto lavarla, con las mangas subidas hasta los codos. Solo está abotonada hasta la mitad, revelando la camiseta deportiva oscura que lleva debajo. Se calza los guantes en ese momento y se coloca sobre la nariz unas gafas de cristales oscuros, tipo aviador. Decido imitarla en todo. Tomamos una vereda de grava que asciende por la falda de la montaña.

—    ¿Estás acostumbrado a andar? – me pregunta, frenando un poco para que me ponga a su lado. Su dedo índice coloca las lentes cromadas en su lugar en un gesto casual.

—    Si.

—    Eso está bien. Por lo menos no te quejarás cada cinco minutos.

—    Creo que tienes un concepto de mí algo desastroso.

—    ¿Tú crees?

Acelera de nuevo el paso, alejándose. Debo reconocer que la chica tiene fibra, pero le gusta tocarme los cojones. Ya veremos como acaba este paseo. El camino de grava se torna un sendero entre maleza cada vez más espesa. Sin embargo, tras más de quince minutos de marcha, la vegetación no es lujuriosa y húmeda. Cuando le pregunto, Nadia me explica que la selva con árboles de hasta cuarenta metros de altura se encuentra en la otra vertiente de los Farallones, hacia el Pacífico.

—    Está a una cota más baja de lo que nos encontramos, entre los doscientos y los mil metros – explica, desenfundando el machete par atacar unos espinos. – A esta altura, te encontraras con esto: palmas, ficus, cauchos, cargueros, ollas de mico, sapotes y camitos – señala algunos con el dedo, el machete enarbolado.

—    Eso facilita el paso, ¿no?

—    Un poco, pero la pendiente no favorece nada. Más arriba, por encima de los dos mil metros, la vegetación es sotobosque, rico en epifitas y hierbas de gran tamaño. Lo que hay cerca de las cumbres, a tres mil quinientos metros, son matorrales de ericáceas, bromelias terrestres, chusque, violeta silvestre, y algunos árboles alma negra.

—    Vaya, toda una lección de botánica – me río.

—    Me gustan las plantas – y, para reafirmarlo, destroza una corácea pita de dos tajos.

Durante otra media hora se mueve en zigzag para hacer la subida más liviana. Me maravillo con lo que veo a mi alrededor y, por el rabillo del ojo, la veo sonreír al ver mis reacciones. Hemos llegado a una pequeña pradera repleta de pequeñas flores violáceas y anaranjadas que ella llama carduñas. Cuando Nadia empieza a caminar entre ellas, miles de mariposas violetas alzan el vuelo. Estaban posadas sobre las flores de color naranja.

—    Fantástico – musito, entusiasmado por el espectáculo.

—    ¿Hay algo parecido en España?

—    En ciertos puntos muy concretos aún quedan maravillas de la Naturaleza. Águilas, lobos, algunos osos en el Pirineo, o bien nuestro famoso lince. Aún se encuentran parajes de densa vegetación en Galicia y los valles del País Vasco, pero el viejo continente está sobreexplotado.

—    Una lástima – curva los sensuales labios y se seca el sudor. No utiliza sombrero alguno. Pienso que debe estar acostumbrada.

—    El progreso – me encojo de hombros.

—    ¿Quieres descansar?

—    No, estoy bien.

—    Es cierto, estás acostumbrado a caminar – esta vez me mira a los ojos.

—    Dos años atrás aún me ocupaba del ganado en la granja y de talar árboles – la informo mientras desenrosco el tapón de la cantimplora.

—    ¿Has crecido en una granja? – me pregunta, con asombro.

—    Pues si.

—    Vaya…

Las gafas de aviador no me dejan verle los ojos, pero parece que su sorpresa es real. No sé lo que pensará de mí, pero parece estar bastante equivocada.

—    No sé lo que Jesús te habrá contado sobre mí… No soy ningún niño pijo de la capital, ni me han malcriado padres ricos y esnobs – le digo, cerrando la cantimplora.

—    Jesús solo me contó que habías sido su jefe una temporada, que vives en Madrid, y que lideras una organización que se dedica a la prostitución.

—    Y solo con esos datos, te has hecho una imagen mía muy fiel a la realidad, ¿verdad?

—    Es algo que no me atañe.

—    Eso es cierto.

Nadia sonríe al notar la exasperación en mi tono de voz.

—    ¿Y de mí? ¿Qué te ha contado? – me pregunta, retomando el paso.

—    Poca cosa también. Que mataron a tu hermano, que decidiste dejarlo todo y hacerte una killer, y que le hiciste una endoscopia en vivo a tu ex novio.

—    Ajá. ¿Y qué piensas conociendo esos datos? – no se gira hacia mí al preguntar, sino que sigue ascendiendo.

—    Conozco perfectamente lo que la venganza puede cambiar la vida de una persona.

Esta vez sí se detiene y se gira. Me mira intensamente, estudiando mi expresión. Me atrinchero detrás de mis propias lentes de sol.

—    ¿Has cumplido con una venganza? – me pregunta con suavidad.

—    Estoy en ello, Nadia, aún estoy en ello – murmuro, apartando la vista y agitando mi propio machete.

—    Te esta comiendo las entrañas, ¿cierto? – camina hacia mí, lentamente.

—    Si…

—    ¿Qué ocurrió?

—    Asesinaron a mi novia… por mi culpa – suelto con un suspiro.

Se muerde el labio y asiente. Su mano sube lentamente, dubitativa.

—    No es solo ira lo que sientes, sino remordimientos también – susurra y su mano acaba por acariciarme la mejilla. No hace falta que conteste. Ha dado en el clavo.

Retira la mano y se pone en marcha, sin palabras, dejándome atrás. Sus botas pisan con fuerza y se ayuda a subir aferrándose con los dedos enguantados a ramas y bejucos. Parece que se ha acabado la conversación y, sobre todo, la subida fácil. Con un suspiro, la sigo. La puñetera trepa como un mono, ladera arriba. De vez en cuando, sus suelas arrojan sobre mi cara restos de cortezas y tierra. En un momento dado, gira el rostro, sosteniéndose con una mano en un tronco inclinado.

—    Hay una cascada cerca. Nos detendremos allí y comeremos – me informa.

—    De acuerdo.

La cascada en si no es más que un pequeño chorro que cae desde unos cuatro o cinco metros a un pequeño estanque de piedra. La cornisa en la que se encuentra medirá una veintena de metros de anchura, luego el agua desciende por la ladera, perdiéndose en el subsuelo. Nadia alarga la mano y prueba el agua. Después, vacía su cantimplora para llenarla con agua fresca y limpia. La imito cuando ella acaba.

Nos sentamos sobre unas piedras tras quitarnos las mochilas. Me zampo uno de los sándwiches en dos bocados y luego mordisqueo una manzana. Vuelve a tomarme por sorpresa cuando comienza a hablar, sin mirarme. No ha dado pista alguna de esa intención.

—    Crecí teniendo una vida fácil, ¿sabes? Yo sí fui una pija, una niña mimada que estudiaba en uno de los mejores colegios privados de Bogotá – mordisquea su emparedado, pensativamente.

—    ¿Quién lo supondría viéndote ahora? – intento no dar una entonación demasiado humorística a mi contestación, pero de todas formas sonríe amargamente.

—    No he contado esto a nadie, ni siquiera a Jesús. Conoce algunos detalles pero no la totalidad.

—    ¿Por qué quieres contármelo a mí?

—    No lo sé. Quizás lo necesito, o bien solo porque eres un extraño que te marcharas de aquí para siempre… pero ha llegado el momento de soltarlo todo.

—    Te escucho – y esta vez lo digo con toda seriedad.

—    Mis padres murieron cuando yo era una cría y mi hermano Daniel, diez años mayor que yo, se ocupó de todo. Por aquel entonces, yo no sabía que trabajaba para el cártel, solo que me permitía todos los caprichos, mimándome.

—    ¿Sabias ya que existía el cártel?

—    Aquí todo el mundo sabe sobre eso. Crecemos con ello, muchos en su seno. Sí, ya sabía de que se trataba, pero no imaginaba que Daniel fuera un de sus soldados.

—    Comprendo.

—    Como te he dicho, estudiaba en un colegio privado de Bogotá, interna. Cuando inicié los últimos cursos de secundaria, Daniel alquiló una buhardilla muy coqueta en la ciudad, y me permitió dejar el régimen interno. Él también pasaba temporadas viviendo allí. Me decía que le habían ascendido en el trabajo y que ahora estaba más por capital. Por aquel entonces, vivía en el país de las maravillas. Era una de las chicas perfectas de la sociedad. Buenas notas, estaba entre la élite del colegio, miembro de las animadoras…

—    Lo puedo imaginar – le digo. Puedo imaginármela con ocho años menos. Deliciosa.

—    Empecé a tontear con el hermano mayor de una mis amigas ricas, Eduardo Malperino. Tenía veintiséis años y era un ambicioso abogado recién licenciado. Creo que todo empezó como un juego que me hacía sentir una mujer de verdad y no una cría. En verdad, Eduardo me hizo mujer, me mostró su mundo de adultos, llevándome a grandes fiestas, a reuniones políticas, a conciertos, a cenas… Daniel intentó advertirme que no me diese tanta prisa por vivir, pero yo estaba totalmente encandilada. Le engañaba y le mentía, asegurándole que no era una relación, que su hermana también iba con nosotros, que solo era una diversión, pero todo se iba complicando más y más.

—    Ya veo – asiento.

—    Eduardo conocía a mucha gente importante, más que nada debido a su familia. Me llevó a una gala televisiva de Caracol Televisión y me presentó a muchos altos ejecutivos. Me dijo que se habían interesado por mí y tras un par de almuerzos y entrevistas, me dieron un pequeño papel en una de las telenovelas de éxito. Estaba fuera de mí. Era la envidia de todas mis amigas y una heroína en el colegio. Ese verano, me ofrecieron presentar un programa juvenil de Disney… Todo iba de fábula.

—    Las fábulas suelen ser muy cortas – susurro y ella asiente, mirando su sándwich.

—    Un día, Eduardo me pidió un favor muy importante. Yo estaba dispuesta a lo que fuera. Había hecho tanto por mí. Me contó que había quedado con un cliente, semanas atrás, pero que otro asunto se había cruzado. No podía anular la cita para cenar y, evidentemente, no podía estar en dos sitios a la vez. Yo no sabía qué podía hacer por él. “Ve tú a cenar con el cliente. Solo se trata de llevarle unos documentos y acompañarle a conocer la ciudad”, me dijo, dejándome atónita. Le contesté que no tenía experiencia, que no sabía nada de leyes, que, en suma, era una cría. “Jamás serás una cría, no con ese cuerpo que te ha dado Dios”, sonrió. “Solo tienes que ponerte guapa y sonreír. Me salvarás.” – acaba envolviendo el medio sándwich que le sobra en el papel metálico y guardándolo de nuevo en su mochila. Se le ha quitado el hambre.

No la fuerzo a continuar. Acabo mi manzana y lanzo el corazón lejos, montaña abajo. Nadia bebe agua y finalmente continúa.

—    No podía negarme a lo que me pedía. Era tan poco en comparación con todo lo que él me había dado. La cita fue genial. El hombre, de una edad madura, era muy considerado y atento. Solo me tocó la mano mientras charlábamos en la cena y me acarició la mejilla en un par de ocasiones. Nada más. me lo pasé muy bien y Eduardo me regaló una increíble gargantilla por haberle sacado del apuro.

—    Pero no acabó ahí, ¿no?

—    No, solo fue el principio. Vinieron otras cenas, otras citas, otros clientes, al menos un par de veces al mes. Eduardo tenía otros compromisos o bien no podía presentarse ante aquellos clientes sin haber conseguido resultados. Así que me enviaba a mí. Yo no era tonta, a pesar de todo, y estaba dispuesta a ayudarle. Aunque no me acosté con ninguno, si hubo sexo oral con todos ellos. Me decía que era un precio pequeño, que estaba impulsando la carrera de Eduardo. Al menos hasta que me subastó.

—    ¡Coño! ¿Te subastó?  — le pregunto, asombrado.

—    Si. Un día me llamó por teléfono, citándome en un hotel. Me dijo que tenía una sorpresa preparada, que me pusiera bien guapa. Cuando abrí la puerta de la suite, contemplé con asombro una fotografía de mí, desnuda de cuerpo entero, en la gran pantalla de televisión. Aquella foto había sido un regalo de mi parte para Eduardo, por su cumpleaños. Varios hombres bien vestidos me miraron suciamente, sonriendo. Eduardo me explicó que había tenido que subastarme para cubrir unas deudas con aquellos caballeros y que el ganador de la puja me estaba esperando en el dormitorio. Estallé en lágrimas y gritos, llamándole de todo. No se inmutó, pero me volvió la cara del revés de un guantazo. Asustada y dolorida, me empujó hacia el dormitorio y me encontré con un viejo desnudo, sentado en la cama, esperándome.

—    Joder…

—    Cuando aquel hombre acabó de hacer conmigo cuanto quiso y se marchó, Eduardo entró y me dijo: límpiate un poco que los demás están deseando entrar. Te han estado viendo en la tele. Señaló unas cámaras ocultas que lo había grabado todo. Me eché a llorar, desconsolada, pero no me dejó. Me envió al cuarto de baño a adecentarme para recibir al siguiente cliente. Cuando todos acabaron me dijo que me duchara, que él no pensaba follarme después de tantos tíos. Esa fue la puñalada final. Me amenazó con cosas terribles si se lo decía a alguien. Yo era su puta; había invertido mucho en mí y pensaba recuperar mucho dinero. Yo era bien conocida debido a mi último programa juvenil y, por lo visto, muy cotizable para ciertos tipos ricos y depravados.

La observo en silencio. Nadia no inclina la cabeza, ni esconde la mirada. Está rememorando todo de nuevo. La vergüenza se ha apoderado de ella, como si fuera una adolescente aún, pero mantiene los hombros rectos y las manos sobre sus rodillas.

—    Es fuerte la condenada, como una mujer cosaco.

—    Sin embargo, al llegar a casa y enfrentarme con la mirada de mi hermano, no pude ocultar mi desgracia, mi vergüenza. Se lo conté todo, entre llantos e hipidos.

—    ¿Tu hermano fue en su busca?

—    Si, con un arma. Me agarré a sus piernas, le supliqué que no lo hiciera, pero estaba decidido a lavar mi honor con sangre. Solo que Eduardo no estaba solo y Daniel acabó muerto en una cuneta de Palmira.

—    Lo siento, Nadia. Tuvo que ser muy mal pasar por aquello – la puedo comprender. Quedarse sola, desamparada, y echándose la culpa de la muerte de su hermano.

—    Si, fue muy malo, pero tuve la suerte de conocer a Jesús. No le conocía de nada, pero se ocupó de todo. De recuperar el cuerpo de la morgue, del entierro, de mí…

—    ¿Gato Bala ya era jefe?

—    Estaba a cargo de una ruta. Es un Mazuela, de una de las familias fundadoras.

—    Vale. No lo sabía.

—    El caso es que me había quedado sola en el mundo y no sabía que hacer. Además, estaba aterrada sabiendo que Eduardo podría volver a por mí cuando quisiera. Jesús esperó a que enterrara a Daniel antes de hablar conmigo. Me llevó a dar un paseo por el cementerio y me contó todo lo que hacía mi hermano en el cártel. Me prometió que se encargarían de los culpables muy pronto y que se ocuparía de que no me faltase de nada. Tenía la garganta crispada por las emociones que sentía, así que solo pude murmurar una cosa: “Enséñame a ser mala.”

—    ¿Entraste en el cártel a esa edad? – me impresiona.

—    Si. No veía otra salida y deseaba, por encima de todo, vengarme. Trató de disuadirme con toda clase de pretextos, pero me mantuve firme. Finalmente, conseguí que me aceptara en un campo de entrenamiento del cártel durante seis meses.

—    Vaya.

—    Me trajo a la hacienda – señala con un dedo hacia abajo. – Durante ese tiempo, me entrenaron duramente. Mucho ejercicio físico para ganar en potencia y en resistencia, sobre todo. Me enseñaron a manejar todo tipo de armas. Por las noches soñaba con montar y desmontar automáticas. Aprendí técnicas de comandos, estrategia de guerrillas, a conducir todo tipo de vehículos… en fin, ya te puedes imaginar.

—    Si.

—    Y llegó el momento de ir a por Eduardo. Seguramente, habría estado buscándome como un loco, pues desaparecí de la noche a la mañana. No parpadeé siquiera al matar a mi primer hombre. Solo seguí la rutina de todo aquel entrenamiento. Maté a todos los que estaban en la casa, en total cinco. Eduardo temblaba como un flan cuando comprendió que no tendría piedad con él y murió suplicando. Finalmente, le pegué fuego a la casa para ocultar cualquier rastro. Desde entonces, trabajo para el cártel.

—    Te convertiste en una killer.

—    Si, he matado a muchos desde entonces. Algunos se lo merecían, otros no, pero no soy quien toma las decisiones.

—    ¿No has tratado de volver al mundo de la televisión?

—    Ese mundo se acabó para mí. Este es mi sitio, por el momento.

—    Vaya. Es toda una historia.

—    Es hora de seguir. Nos queda aún un buen trecho para rodear la montaña – se pone en pie y se coloca la mochila.

—    Te sigo – aunque tengo otras preguntas en el tintero.

Me paso toda la mañana rumiando la historia de Nadia. Es una mujer muy valiente. No tenía experiencia alguna cuando decidió meterse de lleno en una venganza de ese calibre. Al menos, yo tuve ayuda de Ras para dejar la granja atrás. Reconozco que tiene un carácter de granito.

Llegamos a un cortado en el que tenemos que escalar para pasar. Nadia saca una cuerda de su mochila para rapelar un buen trecho. “cosas necesarias para trajinar en los Farallones”, resuena su voz en mi cabeza. Chica lista. La verdad es que me cae cada vez mejor y no digamos a Ras. Llevo soportando sus comentarios desde que salimos de la hacienda.

Cuatro horas más tarde, sudados y cansados, decidimos detenernos a reponer fuerzas, esta vez, Nadia escoge una suave ladera donde crece tierna hierba, salpicados de dientes de león. Se sienta a la sombra de un par de ficus centenarios y saca sus reservas de comida. Hago lo mismo, dispuesto a compartir. Esta vez, Nadia devora sus sándwiches, hambrienta. Me zampo el que me queda y me atiborro de fruta. ¡Hay que ver la canina que da una caminata de estas!

Tras ello, me recuesto en la hierba, las manos detrás de la nuca, mirando las bajas nubes de las cimas.

—    Crucifiqué a una mujer – digo, de repente.

Nadia escupe el agua que está tragando, tomada por sorpresa. Me mira con los ojos muy abiertos.

—    ¿Qué dices? ¿Es broma?

—    No. Puso una bomba en uno de nuestros negocios y mató a muchas personas inocentes. Ordené que la clavaran a una cruz, como hacían los romanos. Sufrió durante muchas horas hasta confesar y luego le rompí las piernas para que muriera.

—    ¡Nojoda! – exclama ella, usando una interjección típica.

—    No soy un tipo violento, ni agresivo, pero digamos que si tengo una “mala consciencia” –no quiero hablarle de Ras- y si me buscan, me encuentran. ¿Jesús te ha dicho mi edad?

—    No. Eres joven, se ve. Supongo que un poco mayor que yo… ¿Veinticinco?

—    No, jejeje… resulta que podrías ser mi hermana mayor. Voy a cumplir diecinueve años.

Otra vez la dejo con la boca abierta.

—    Como broma está bien, pero no me gusta que me tomen el pelo – me dice, hoscamente.

—    Te aseguro que no es ninguna broma. Todo lo que voy a contarte, te lo podrá ratificar Jesús, si se lo preguntas.

Y como si una presa se hubiera roto, dejando salir un irrefrenable torrente de datos y de sentimientos, se lo cuento todo, todo. Ras intenta detenerme, diciéndome que no es pertinente, que no sabemos nada de ella, pero no me importa. Hay una conexión entre ella y yo, algo que ha nacido hace unas horas, algo que no puedo explicar pero que siento perfectamente.

A medida que le cuento mi vida, observo su reacción. Se ha colocado las gafas de sol sobre la cabeza, para verme mejor, sin duda. Su ceño está fruncido, concentrada en mis palabras. Tiene una pierna doblada, abrazando la rodilla con sus brazos. Le hablo de mi esposa, de mi relación con las mujeres de mi vida, y su ceño se frunce aún más. No es algo que comprenda. Su carácter latino es demasiado fuerte y posesivo. Nadia no compartiría su amor con nadie. Es una idea que no cabe en su mente.

Le hablo de la guerra que libra la organización en Europa y del motivo por el que he venido a Colombia. Le habló de Maby y del vacío que dejó al morir. Le habló de la mansión, de mis padres, de mi primer crimen… de todo.

—    Es cierto que nuestro negocio es la prostitución y el espectáculo, pero no soy ningún proxeneta chulesco. Todas las chicas se dedican a ello voluntariamente y son entrenadas para asumir esa vida. Disponen de cuidados médicos de primera, un sueldo digno, comisiones, y, sobre todo, disponen de elección – acabo. – Nuestros locales están muy bien acondicionados y los espectáculos que se representan son únicos.

—    Pero siguen siendo putas, mujeres que han caído en una mala vida… también fui como ellas.

—    Nadia, tú fuiste engañada y usada. Es un maltrato, por mucho que consintieras en ayudar a aquel cabrón. La prostitución como comercio en sí siempre ha existido y siempre existirá mientras que la lujuria sea una constante de la condición humana. ¿Por qué no dignificar esa profesión que, a todas luces, es necesaria? ¿Por qué caer en las hipócritas palabras de la sociedad victoriana que condena a ese sector social? ¿Qué diferencia hay entre una chica apostada al borde de una carretera, enseñando los muslos, y una modelo cotizada que sale en ropa interior en un anuncio? ¿Por qué se lanzan gritos de indignación entre los colectivos?

—    Estoy de acuerdo en que la sociedad es demasiado hipócrita por un lado y permisiva por otro. Me refiero a que esas mujeres deben recuperar su dignidad.

—    Te aseguro que la han recuperado bajo nuestras directrices y pronto se convertirán en altas meretrices, con lecciones de protocolo y varios idiomas aprendidos.

—    No lo sé. Todo eso suena estupendo, pero…

—    Tu educación no te deja aceptarlo, ¿no?

—    Así es. Pero, por otro lado, me has hecho descubrir un hombre que no sospechaba que pudiera existir. Eres… especial…

—    No me siento especial realmente. Creo que he madurado muy rápidamente, sin ser siquiera consciente de ello. No tengo recuerdo alguno de comportarme como un tonto adolescente. Para mí que pasé de ser niño a adulto, directamente.

—    Es triste – sus ojos esmeralda se clavan en mí.

—    Bueno… ahora que ambos nos hemos sincerado y confesado, ¿qué tal si seguimos? Empiezo a estar un poquito harto de esta montaña.

Nadia sonríe y cabecea. Se coloca las gafas sobre la recta y deliciosa nariz y se pone en pie.

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Aún no se ha puesto el sol cuando tomamos la estrecha carretera que nos lleva al valle del Cauca, en dirección a Cali. Es una caravana de tres coches, tres potentes Nissan Pathfinder, enormes y creo que blindados. En el que abre la marcha, van tres hombres; nosotros cuatros en el que va en medio, o sea, Jesús, Nadia, Crux (que hace de chofer), y yo, y en el que cierra la formación, cuatro hombres más. Según Gato Bala es lo habitual cada vez que baja a la ciudad. A pesar de la paz, las buenas costumbres no se pierden.

Nos lleva a un local llamado El Bochinche, en San Juan Bosco, en la calle 11. Es un cenadero criollo que lleva más de cincuenta años abierto. Todo el mundo parece conocer a Jesús. Los comensales parecen ser gente normal, familias y parejas cenando, nada de personajes puntillosos con el meñique levantado. Me gusta.

El dueño en persona nos acompaña hasta un reservado, tras un gran biombo de recia tela. Nos sentamos a una amplia mesa redonda y un camarero nos trae cerveza y fríjoles para todos, sin ni siquiera preguntar.

—    Este sitio empezó vendiendo deliciosos fríjoles y fue ampliándose con platos de comida criolla – nos cuenta Jesús. – Me encanta venir aquí en cuanto puedo.

—    Pues yo estoy famélico – aviso.

—    Es normal después de la caminata que nos hemos pegado – se ríe Nadia.

—    ¡Estáis tontos! Mira que rodear toda la montaña – nos increpa Jesús.

La verdad es que nos hartamos de comer carne a la brasa y frita y empanada. Plato tras plato, nos sirven sobrebarriga asada, gruesos filetes a la criolla, y pollo asado, todo acompañado de su original “maduro” entero, arroz blanco frito, tomate y limón. La verdad es que me pongo las botas, regando todo con abundante cerveza.

Mantenemos una distendida charla entre los cuatro, con abundantes anécdotas. Nadia intenta conseguir que Jesús cuente más cosas de cuando trabajaba conmigo y Crux presta mucha atención a cuanto narra. Sin duda ha notado que la relación entre Nadia y yo ha cambiado, intensificándose. Está muy hermosa esta noche, con su larga melena recogida en un alto moño y vistiendo un sencillo vestido sin mangas, gris marengo.

Al final de la cena, Jesús pide una botella de vodka helado, supongo que en mi honor, y nos la bebemos en varias rondas de brindis. Gato Bala está contento. Ha conseguido que el Consorcio cierre filas y siga mis consejos. Los planes se han iniciado y solo es cuestión de tiempo de frenar el avance de Arrudin y de replegarle de nuevo a Europa.

—    Es lo que a nosotros nos conviene. Crearle más dificultades a ese cabrón para que no pueda dedicarse a un solo frente. Si esto le obliga a abrir nuevos puntos de desembarco en la costa atlántica francesa, mucho mejor. Tendrá que montar una nueva infraestructura para eso y dejar de lado Marsella.

“Esa era mi intención desde el principio. Táctica de desgaste. Tenemos que intensificar nuestra vigilancia y bloqueo en el estrecho.”, replico en silencio.

Al menos, hemos acabado aquí y regresamos a España en un par de días. Echo mucho de menos a las chicas. Jesús se despide del dueño con un abrazo. Sus hombres están esperándonos en la calle con las puertas de los vehículos abiertas. Jesús insiste en llevarnos a tomar una buena copa. El camino nos lleva de regreso hacia los Farallones, pero por una estrecha carretera bautizada como Cañas Gordas, que nos acaba dejando en un polígono industrial a pie de las montañas, muy a las afueras de la ciudad.

Allí, entre naves industriales, se levanta un selecto club bien camuflado. Nada en su fachada indica la presencia de un local de alterne. No existe rótulo, ni neones, tan solo una puerta de acero con un par de focos sobre su dintel y varias cámaras. Nada más acercarnos, la puerta se abre con un crujido mecánico.

—    ¿Seguro que quieres entrar? – pregunta Jesús a Nadia.

—    Si, quiero verlo – responde ella.

—    Nunca has querido verlo antes.

—    Puede que haya cambiado de opinión – me mira de reojo al decir eso.

—    Está bien. Vamos, señores, traspasen las puertas del paraíso – se regodea Jesús.

El local tiene estilo, debo reconocerlo, pero no se acerca a lo que nosotros estamos diseñando, ni por asomo. El sitio es enorme, en plan nave industrial. Altas mamparas de metacrilato separan diversas zonas bajo el gran domo. Luces indirectas, suelo de madera, plantas y biombos, cómodos y profundos sillones de cuero. Es un night club chic y clásico. Un escenario central, de forma exagonal, con varias barras metálicas donde seis chicas hacen cabriolas y bailes sensuales. Camareras con ínfima ropa se mueven de un lado para otro, dotadas de las clásicas orejitas de conejo.

Un tipo delgado, bien vestido y con una flor en el ojal, se acerca a saludar a Jesús. Se llama Amador y es argentino, al menos lo deduzco de su acento cuando me lo presenta. Debe de ser el encargado del local.

—    Lo llamamos el Agujero. Este club es solo para los miembros del cártel y sus invitados. Ningún civil entrará aquí si no está acompañado de uno de nosotros – me explica Jesús. – Es nuestro recreo, un sitio para reponer fuerzas.

—    Ya, el descanso del guerrero, ¿no?

—    Exacto, compadre – me palmea la espalda. Se gira hacia Amador. – Bajaremos al foso.

—    Perfecto. El tercero está vacío. Enviaré unas chicas con bebida. ¿Algo en especial?

—    Que no falte el vodka frío – comento.

Unas escaleras bien iluminadas nos llevan al subsuelo y parece que hay un par de niveles. Nos quedamos en el primero, donde recorremos un pasillo salpicado de puertas a nuestra derecha. Jesús abre la tercera y nos encontramos en un coqueto salón, con un pequeño escenario dotado de la infalible barra de acero, y varios sillones. Un par de mesitas se sitúan a los extremos, dispuestas para acoger vasos repletos de licor.

—    Así que también es tu primera vez aquí – le sopló a Nadia.

—    Si, aunque ya me lo habían descrito.

—    Perdona la pregunta, pero… Jesús insinuó que los hombres no… que ya no…

—    No he estado con un hombre desde el día en que me subastaron – responde, sentándose en uno de los sofás. Me mira y me hace sitio para que me siente a su lado. – Es superior a mí, no puedo soportar el contacto con hombre.

—    Entonces…

—    Entonces me decanto por las chicas – dice con una sonrisa. – Tuve un par de experiencias con amigas, en el internado, y no me supone ningún problema.

—    Bien, es bueno saberlo – asiento, cabalgando una pierna sobre la otra. — ¿Lo has hecho con una profesional?

—    No, jamás, y aún no estoy segura de hacerlo.

Comprendo su recelo, pero sospecho que es más una cabezonería que una verdadera fobia. Varias chicas aparecen por la puerta. Portan bandejas con bebidas que dejan sobre las mesitas, junto a una gran cubitera lleno de hielo. Son cinco, apenas vestidas con unas medias y lencería fina. Sonrientes, se alinean ante nosotros, en poses incitantes.

—    Señora, caballeros, como invitados dejo que escojan. Me quedaré con las que dejéis atrás – dice Jesús, con una carcajada final. Ya conozco sus gustos.

Miro de reojo a Nadia. No la veo nada segura. Su pierna no deja de moverse, nerviosa. Decido ayudarla y, con un susurro, dejo caer:

—    ¿Qué tal si compartimos una?

—    ¿Compartir? ¿Los dos?

—    Si. Yo no te tocaré y me uniré solo cuando me lo pidas.

—    ¿Por qué? – me mira, arqueando una de sus gruesas cejas.

—    Porque no vas a decidirte nunca si no te empujo.

Me mira seriamente pero, al cabo de unos segundos, acaba meneando la cabeza y sonríe débilmente.

—    Está bien, pero te advierto que no esperes nada de mí.

—    Lo asumo. Venga, escoge, ¿Cuál te gusta?

Nadia observa el ramillete de chicas. Crux no ha escogido aún, dejándome ser el primero. Qué queréis que os diga, ser el patrón tiene sus ventajas. Dos morenas de rasgos claramente latinos, una con una larga melena hasta sus posaderas, la otra melenita cortada bajo las orejas; una rubia de bote, bastante pechugona; una mulata guerrera, de turgentes labios, y, por fin, una chica asiática menuda y esbelta.

—    La asiática, ¿te parece? – elige Nadia.

—    Perfecta – le hago una seña a la chica, quien se acerca contoneándose.

Viste un vaporoso camisón abierto desde el ombligo y que se detiene a medio muslo. Bajo eso, un sujetador y un culote, negros y calados, es lo único que cubre su cuerpo, amén de unas sandalias de plataforma.

—    ¿Cómo te llamas? – le pregunto.

—    Suni, señor – responde ella.

—    ¿Cuántos años tienes? – quiere saber Nadia.

—    Veinte, señora – ahora si puedo notar su acento y no parece colombiano.

—    ¿De dónde eres?

—    De Makati, Filipinas.´

—    Suni, querida – le digo con mucha suavidad. Ella me mira y la atrapo en la mirada de basilisco. — ¿te importaría que te compartamos mi amiga y yo?

—    No, señor, en absoluto.

—    ¿Te disgustan las mujeres? – le pregunta Nadia.

—    No, señora, para nada.

—    Eres muy bonita – la lisonjeo, observándola mejor.

—    Gracias, señor – y enrojece como una virgen.

La mirada de basilisco la ha dejado totalmente susceptible a nuestras palabras, sacando lo que queda de inocencia en ella. Nadia me mira, algo asombrada, pero prefiere no decir nada.

—    Suni, llévanos a un sitio más íntimo, ¿quieres?

—    Si, señor, por aquí, por favor – y nos entrega sus manos para conducirnos a otra sala, esta vez un dormitorio privado y totalmente equipado.

Nadia se sienta en la amplia cama y yo empujo a Suni hacia ella. “Baila para ella”, le digo. Se mueve sensualmente ante las narices de Nadia, con un ritmo armonioso y excitante. Se apoya en el tenue hilo musical que brota de algún sitio para contonearse lentamente. Los esmeraldas ojos de Nadia están fijos en ella, devorándola. Me acomodo en una butaca que se apoya en la pared, a un lado de la cama.

Mientras tanto, Suni ha empezado a rozarse contra las rodillas de Nadia. La mano de ésta pellizca a la filipina suavemente, en glúteos y cintura, arrancándole ahogadas exclamaciones y risitas por las cosquillas.

—    ¿Quién te trajo a Colombia, Suni? – pregunta de pronto Nadia. – No dejes de bailar, por favor.

—    Me embarqué, engañada, cuando tenía catorce años. Creí que íbamos a Estados Unidos. Mi familia es demasiado pobre como para ocuparse de mí. Sabía que no conseguiría un buen trabajo, pero prefería ser puta en América que en Filipinas.

Nadia asiente, como si la comprendiera, y le acaricia un esbelto muslo aprovechando que la chica se sienta sobre sus rodillas, cabalgando sus piernas.

—    ¿Qué pasó cuando llegaste aquí?

—    Que nos metieron en una nave del puerto durante unos días. Quitaron los pasaportes a quienes tuvieran, nos dieron una manta a cada una y un plato de arroz frito. Allí estuvimos tres días, después nos trasladaron a una gran casa de Bogotá.

—    Sigue – susurra Nadia, acariciándole las nalgas dulcemente.

—    Allí disponíamos de ropa, maquillaje, duchas, y camas propias. Dos días después, un hombre nos habló explicándonos dónde estábamos y lo que se quería de nosotras. Después de algunos lloros, aceptamos. No teníamos otra salida.

—    Eras muy joven entonces. ¿Tenías experiencia?

—    Un tío mío me había desflorado meses antes, pero no tenía más experiencia que esa. Tuve suerte dentro de lo posible, el encargado del burdel se encaprichó de mí y me hizo su amante. Tan solo atendía clientes distinguidos unas pocas veces a la semana.

—    Viejos salidos que querían tu juventud seguramente – la mano de Nadia pasa entre los muslos, que tiemblan.

—    Si. Todos eran viejos y olían…

—    ¿Y ahora? ¿Cómo te va?

—    Mejor – Suni se pellizca los pezones que ha dejado al aire, erectos y duros por todas aquellas caricias. — Ahora, con el cártel, nos tratan mejor aunque seguimos retenidas, sin papeles, ni decisión, pero disponemos de tiempo para nosotras. Incluso nos dejan salir de compras.

—    Si pudieras irte, ¿qué harías? ¿Volverías a tu país? – le pregunto suavemente.

—    No, mi país es aun peor que esto. Seguiría siendo puta – asiente sin girarse hacia mí, frotándose lánguidamente sobre las piernas de Nadia. – Me encanta follar. Me da igual que sean tíos gordos y viejos, o jovencitos salidos. Me gusta que me usen a placer. Solo me gustaría poder ir a la playa a nadar. Echo de menos el mar. Por lo demás, aquí lo tenemos todo, desde peluquería… a biblioteca.

—    ¿Y el amor? ¿Tienes alguna relación? – le pregunta Nadia, apartándole las manos de los pezones y ocupándose ella misma de tironear de ellos.

—    Tengo una relación con una compañera. Nos consolamos las dos y la ayudo a criar a su hija, aún pequeñita. Creo que la quiero en el fondo – nos confiesa.

—    Hay un abismo de esta joven a las chicas que trabajan para nuestra organización. Ellas son libres y su trabajo tiene horario y reglas. Nada que ver con esto. Suni, te prometo que hablaré con quien pueda para tratar de paliar todo eso.

—    Gracias, señor, muchas gracias – susurra, pasando un dedo por los gruesos labios de Nadia, quien lame la punta, rápidamente.

—    ¿Que te gustaría hacer ahora? – le pregunta Nadia.

—    Besarla…

Con una sonrisa, observo como la cimbreante asiática se inclina, atrapando con sus labios los de la colombiana. Pronto las dos están atareadas en un juego lingüístico sin palabras, cada una de ellas tratando de ahondar más en la boca de la otra. No sé que tienen dos mujeres besándose, pero, para mí, es de lo más hermoso del universo. Su compostura, su suavidad, su intencionalidad, todo es diferente al beso de un hombre con una fémina. Nosotros somos posesivos por naturaleza, queremos dominarla inconscientemente. Nuestros labios suelen acaparar totalmente su boca, como si quisiéramos taponarla, que acabaran sabiendo que no podrían respirar si no lo permitiéramos. Sin embargo, entre dos mujeres, todo es diferente, lleno de gracia, de dulce camaradería, de pasión compartida.

No sé, quizás en otra vida fui poeta.

Nadia se deja caer, de espaldas, sobre la cama, arrastrando con ella a la joven asiática, que no separa en absoluto sus labios. Una de las piernas de Suni se ha metido entre las de la colombiana, subiendo la falda una barbaridad. Sus pequeñas manos recorren el duro cuerpo de Nadia, agasajando sus senos, sus caderas, y cada una de sus curvas. Pero quiere tocar piel cálida, no raso y tafetán. Así que busca la disimulada cremallera de la espalda y abre el vestido, dispuesta a desnudar a su sorprendente cliente.

Por mi parte, tengo que aflojar el pantalón para darle cabida a mi pene, que está despertando juguetón. Me acomodo mejor y sigo observando el juego sáfico. El vestido gris ha descendido por el cuerpo de Nadia y se encuentra en un extremo de la cama. Contemplo el cuerpo de Nadia en ropa interior. Escultural, de perfección anatómica, al menos como me gustan a mí: las famosas 90-60-90…

La colombiana no tarda en arrancar el corto camisón transparente y dejar los pequeños senos de Suni totalmente libres. La filipina se los acerca a la boca y Nadia se afana en chuparlos y mordisquearlos sin consideración, haciendo que Suni se queje dulcemente y se agite, sosteniéndose sobre ella con las palmas de las manos en la sábana. Las manos de Nadia no dejan de juguetear con las pequeñas nalgas. Suni aprieta su pelvis contra la cadera de su cliente, más que deseosa. Sus gemidos no son para nada fingidos, lo sé. La mirada de basilisco no deja lugar al engaño.

Ver tanto ardor ha levantado totalmente mi manubrio, por lo que ya no cabe en el interior de mi pantalón. Pragmático, me levanto y me los quito. Ya aprovecho para desnudarme por completo y vuelvo a sentarme en la butaca forrada de tela satinada, con las piernas abiertas. Mis manos se atarean sobre el miembro, calentándolo aún más.

Es el turno de la asiática de apegarse a los senos de Nadia. Le quita el sujetador y los mórbidos senos aparecen pujantes y tan tiesos como si aún la prenda los moldease. Desde mi posición parecen operados, pero cuando Suni los estruja compruebo que son auténticos. Sin duda, Nadia se machaca los pectorales en el gimnasio para tenerlos tan elevados. Suni parece una chiquilla sedienta de leche materna. Se aferra a uno de los senos y después al otro, aspirando cuanto puede, pintando los pezones con lengua y saliva. Nadia gime entre dientes y, por un momento, desvía sus ojos hacia mí, quizás sintiendo algo de pudor por mi presencia.

De repente, se yergue como un muelle, los ojos desorbitados. Suni es empujada hacia atrás y queda cabalgando el regazo de Nadia, con las manos apoyadas atrás. La mira, estupefacta.

—    ¡Dulce Niño Jesús! ¿Qué es eso, Sergio? – me pregunta. Noto sus ojos clavados en mi miembro.

—    ¿Esto? – sonrío, empuñando la rígida carne de mi entrepierna. – Esto es la guinda del postre.

—    ¡Santa Mamita! – gime Suni, girando el cuello para mirarme. — ¿Piensa meterme todo ESO, señor?

—    Puede que todo no, Suni, pero habrá que probar, ¿no?

—    ¿Es de verdad o es un implemento? – pregunta Nadia, apartando a la filipina y saltando de la cama. Camina hasta mí sin acordarse de que está medio desnuda. Suni la sigue.

—    Te aseguro que es de verdad. Me cuesta lo mío en pantalones, créeme – bromeo.

Nadia se acerca para comprobar de cerca la naturaleza de mi miembro y se inclina sobre él.

—    Puedes tocarla, si quieres.

Retrae la mano que ha alargado instintivamente. Su boca se contorsiona en una mueca. Admiro sus senos colgando sobre mis rodillas.

—    No, mejor que la toque Suni – responde.

Con una sonrisa, la menuda asiática se arrodilla a mis pies y atrapa mi pene con ambas manos, quedando atónita con cuanto aún no puede abarcar.

—    ¡Es la más grande que he visto! – exclama, alegre. — ¡Qué calentita y suave!

Y pasa su lengua por el glande con la velocidad de una víbora. Se afana en humedecerlo y le pide ayuda a Nadia, pero ésta niega con la cabeza, sin apartar los ojos de mi polla.

—    Escupe sobre ella. Necesito saliva para lubricarla – le reclama la puta filipina.

Es muy erótico contemplar a Nadia dejar caer un grueso hilo de saliva sobre mi capullo, que Suni se encarga de repartir con los dedos. En pocos segundos, las manos de la asiática están llenas de babaza y mi polla resbaladiza. Entonces, intenta metérsela en la boca, lentamente. Es como una boa que desencaja las mandíbulas para tragar. Parece mentira que una chica tan menuda sea capaz de tal proeza, pero acaba metiéndose más de media polla en la garganta, respirando con dificultad. Cuando la saca, entre pequeñas arcadas, densas hebras de baba unen su boca y mi enardecida polla.

—    ¡Dios! – exclama Nadia en un gemido. No sé si está impresionada o cachonda. Coloca una mano sobre la cabeza de Suni. – Trágala de nuevo.

Ella misma empuja la cabeza de la putita contra mi polla. Suni traga cuanto puede, haciéndome notar la contracción de su garganta. Creo que podría llegar hasta su estómago si no necesitara respirar. Observo el rostro de Nadia, enrojecido y con los ojos pendientes de la hazaña. Creo que se ha excitado con eso, pero no se atreve a tocarme.

—    Quítale la braguita – le digo.

—    ¿Qué? ¿Cómo?

—    Que le quites ese culote y le toques el coño. Tiene que estar bien chorreando para cuando se la meta – la apremio. Se queda estática y, de repente, asiente, como si recuperase las ideas.

Se arrodilla detrás de Suni y le baja la prenda hasta medio muslo. Sus dedos se apoderan del coñito, totalmente depilado.

—    Está mojada – me dice, mirándome y sonriendo. – Mis dedos entran bien.

—    Tiene que estar más. Cómeselo a fondo…

Una expresión traviesa se apodera de su faz y asiente antes de inclinarse y meterse casi entre las piernas de la puta. Suni gime sobre mi polla, tomada por sorpresa. Es muy raro que alguien le coma el coño a una puta, por muy limpio que lo tenga. Medio impedida por la prenda íntima, Nadia acaba deslizándola piernas abajo hasta sacarla. Entonces hunde su nariz entre las nalgas y alcanzando así con la lengua los labios de la vagina. Pero la postura es forzada y se cansa, así que se acuesta boca arriba en el suelo y mete su cabeza bajo la entrepierna de Suni, quien se acaba sentado sobre el rostro de Nadia.

—    Ahora tú, bájale la braguita – le susurró a Suni.

La filipina se deja caer hacia atrás y medio gira sobre un costado hasta meter sus dedos entre las piernas de Nadia. Ésta abre los muslos inmediatamente, soliviantada. Los dedos de Suni tironean de la prenda, bajándola hasta las rodillas, pero ya no pasa de allí. Es Nadia la que alza una pierna para ayudarla a sacarla completamente. Desde mi posición contemplo ese pubis casi limpio de vello, tan solo atravesado verticalmente por una fina tira oscura. Ya veremos si puedo hacerlo mío. Atrapo a Suni por el cuello y la atraigo de nuevo a su tarea anterior.

—    Joder… joder… ¡que polla! – deja escapar antes de atarearse.

—    ¿Cómo lo llevas, Nadia? – le pregunto tras unos minutos.

—    Está goteando sobre mi cara – me contesta como puede.

—    Bien, es suficiente.

Me pongo en pie, alzando a Suni como una muñeca y llevándola a la cama. La coloco a cuatro patas y la siento jadear, excitada y nerviosa. Le paso la punta del pene entre las piernas, con delicadeza pero presionando. Sus caderas ondulan, deseosas. Nadia se coloca a mi lado para ver todo. La filipina tiene el coño chorreando. Estoy casi seguro que nunca lo ha tenido así.

—    Despacio, Sergio – murmura Nadia, cuando enfilo la vulva. – No le hagas daño.

—    Descuida. Siempre tengo mucho cuidado – mascullo mientras empujo.

—    Oh, señor… oh, señor… siento como me abre toda – murmura Suni entre fuertes jadeos.

De repente, comienza a agitarse como si sufriera un ataque. Los brazos no la sujetan y su rostro se entierra en las sábanas. Gruñe como una bestia, a la par que sus caderas se aprietan contra mí.

—    ¿Qué le ocurre? – pregunta Nadia, preocupada.

—    Se está… corriendo – gruño.

—    ¿Corriendo? ¿Ya? – se asombra.

—    En cuanto se la he metido, la muy guarra. No ha probado un calibre así en su vida. Túmbate ante ella y haz que te coma bien el coño. Le voy a dar caña por este lado.

—    Pero… pero…

—    ¡Vamos! ¡Si estás deseándolo! – alzó la voz.

Se sube a la cama de un salto y se abre de piernas ante el rostro de Suni, quien ya se está recuperando del sublime orgasmo. Sin una palabra, la filipina hunde la lengua entre los suaves y pálidos labios de la vulva de Nadia, quien la aferra del cabello como si fuesen unas riendas.

Por mi parte, inicio una suave cadencia, lenta para empezar, que me hace chapotear como un pato en aquel coñito asiático. Me fijo en la expresión del rostro de Nadia. Tiene la boca entreabierta, las aletas de la nariz comprimidas, el ceño arqueado en una muda pregunta puramente fisiológica. Me mira cuando puede y gira sus ojos hacia el interior cuando la vence el placer.

—    Aaaaaahh… virgencita… queeee lengua tienes, Suniiiiiiiii…

Más que una exclamación, es un grito de júbilo. Al igual que Suni no ha probado una polla como la mía, creo que Nadia jamás ha experimentado la lengua de una profesional.

Pierdo la noción del tiempo. Me he follado largamente a la puta filipina; le he metido los dedos en el culo y, finalmente, me he corrido en su cara y boca. Por su parte, Nadia se ha corrido varias veces, con las atenciones de Suni. Incluso ha aceptado que metiera la polla entre las dos cuando estaban frotando las pelvis, abrazadas. Eso ha sido todo un avance para Nadia, sentir un miembro masculino sobre su vientre…

Cuando empiezo a vestirme, Suni intenta levantarse para ayudarme y despedirme, pero no le quedan fuerzas. Nadia, desnuda a su lado, le sonríe, acariciando su espalda.

—    Quédate tumbada – le dice. – Lo has hecho muy bien y estarás cansada, corazón.

—    Sí. Gracias, señores, por su comprensión y cariño – balbucea antes de quedarse dormida.

Crux y Jesús nos están esperando en la sala grande del club. Se cachondean cuando nos ven.

—    ¿Qué pasa? ¿Es que os habéis casado? Porque habéis tardado como si lo hubierais hecho – exclama Jesús, golpeándome la espalda. Fea costumbre. El día que yo lo haga tendrá que buscar los pulmones en el estanco de enfrente.

A pesar de su aplomo, Nadia se ruboriza y me mira de reojo.

—    Nunca hay que meter prisa a unas damas – contesto alegremente y todos se ríen. Debo dejar que Nadia reflexione sobre lo que ha ocurrido. Puede que cambie de opinión, ¿Quién sabe?

Cuando nos ponemos en camino hacia la hacienda, usando la estrecha carretera de Cañas Gordas, son casi las cuatro de la madrugada. Uno de los hombres de Jesús se ha ofrecido a conducir, pero Crux no ha bebido apenas y asegura que lo hará él.

Gato bala se ha sentado en el asiento del conductor, como si sospechara que Nadia y yo necesitamos un poco de intimidad en los asientos traseros. De hecho, nos hemos sentado en los últimos, hablando en susurros. Tras un rato de marcha, su mano descansa en la mía, amparada por la oscuridad.

—    Gracias por esta noche, Sergio – musita. Puedo ver el blanco de sus ojos cuando me mira.

—    No ha sido nada.

—    Quizás para ti, pero para mí significa mucho.

—    ¿Por qué?

—    Porque me has hecho ver que estaba equivocada. Todos los hombres no son iguales…

—    Ni todas las mujeres, ¿verdad? – le digo, refiriéndome a su experiencia con una puta.

Nadia sonríe, mostrando la blancura de sus perlas, y asiente. Alarga la otra mano para atrapar la mía entre las suyas, y apoya su cabecita en mi hombro.

—    Es una pena que te marches. Creo que podrías haberme enseñado muchas otras cosas.

Pienso en eso mientras mis ojos se entretienen con los pilotos de frenado del vehículo delantero. Llevamos un rato subiendo por los Farallones.

—    Bueno, puede que venga de nuevo a visitaros. El Consorcio aún necesita ayuda. Además, puedes acompañar a Jesús cuando vaya a España. Estaría bien que…

Las luces rojas de los pilotos traseros del coche que nos antecede desaparecen, consumados por una fuerte explosión. Crux frena en seco, mientras el coche delantero se levanta por los aires, envuelto en llamas, hasta caer sobre el techo entre siniestros crujidos.

—    ¡Me cago en la puta! – exclama Crux, pudiendo controlar nuestro coche hasta dejarlo cruzado en la estrecha carretera.

—    ¿Quién…? – intenta preguntarse Jesús, mirando hacia atrás, hacia el coche de apoyo.

Me giro también y distingo el coche que se ha detenido. Los cuatro hombres bajan, armas en mano, para acudir en nuestra ayuda, cuando la tremenda descarga los alcanza, casi partiéndoles por la mitad.

—    ¡Disparan desde la ladera superior! – grita Nadia, buscando un arma en la cajonera bajo los asientos.

—    ¡No podemos salir del coche! ¡Nos acribillaran! – exclama Jesús, automática en mano.

—    Tenemos que salir de aquí aprovechando que el coche está blindado – apremia Crux.

—    Estamos copados – digo, mirando la posición en que se han quedado los coches. – Ni para adelante, ni para atrás.

—    Pues eso de ahí es una barranquera – señala Nadia con un dedo a través del cristal, refiriéndose al tenebroso borde derecho de la carretera.

—    ¡JODER! ¡JODER! – grita Crux, con las manos crispadas en el volante.

Delante de nosotros, un hombre se mantiene erguido sobre el asfalto, al lado del coche destrozado, las piernas bien abiertas y las manos en uno hombro, empuñando un puto lanzamisiles. No podemos más que mirar como un destello surge de la bocacha y una estela de fuego se precipita sobre todos nosotros.

¡Mamáaaaa!

 

                                                                                                      CONTINUARÁ…

Un comentario sobre “El legado II (13)

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