JANIS MULLIGAN

El reino de Gato Bala

Antes de proseguir con la narración de mi extraordinaria existencia, debo haceros una confidencia. Puede que alguno de vosotros ya lo haya supuesto, debido a mis andanzas, pero debo confesar que estoy acostumbrado a que las mujeres me miren y me deseen. Cuanto más tiempo las trato, más influyo en ellas, de una manera u otra, haciendo que, finalmente, me adoren literalmente. No sé si esta debilidad es mía o de Ras, pero el hecho es que nos incumbe a los dos. Ni siquiera me pregunto si es ético o no; me importa un pimiento. ¿Qué más da si Katrina me ama por mis actos o por la voluntad de nuestra mente? El caso es que me ama, ¿no?

Con esto, me refiero a que actúo por igual con todas las mujeres, limitándome tan solo con respecto a su condición social. Me da igual que sean blancas o negras, jóvenes o maduras, gordas o flacas, morenas o rubias, guapas o feas, católicas o budistas… lo que me atrae es su género; son hembras.

La hembra de cualquier especie constituye un individuo perfecto en la naturaleza. Incuba vida en su interior, la protege de cualquier daño o peligro, y puede alimentar a sus crías, incluso sin necesidad del macho. Pero la hembra humana va mucho más lejos aún. La ventaja que le otorga el intelecto la eleva un peldaño más. No solo puede proteger y alimentar a su prole, sino que puede estructurarle un futuro próximo, incidiendo sobre su educación.

La mujer es una criatura maravillosa en la que admiro todas sus cualidades. Eso quizás me convierte en un egoísta posesivo, no lo niego, pero si puedo permitírmelo, ¿por qué debería refrenarme?

Sin embargo, siempre existe la excepción que confirma la regla, o eso decía mi profe de Lengua, y para mi confusión, acabo de conocerla: Isabel Garñón, la ex psicóloga de mi esposa.

¿Qué es lo que la hace distinta? Dos cosas. Una, es absolutamente e irremediablemente lesbiana. No siente más que desprecio hacia los hombres y, para colmo, es extraordinariamente competitiva. Dos, me es imposible influir en ella. Ras y yo lo hemos intentado por pasiva y activa, de todas las maneras que conocemos, ¡nada!

Hemos llegado a la conclusión que debe de ser inmune debido a su propio conocimiento y uso de la hipnosis. Es una lástima, ya que una mujer como ella me sería de mucha utilidad, entregada a mi causa. En fin, tendré que lograrlo de una forma más clásica.

La doctora Isabel Garñón es una mujer en la cuarentena, atractiva, bien cuidada, y orgullosa de su condición. Posee un look de mujer académica, de corta melenita caoba, gafas de gruesa montura oscura que no pueden ocultar sus penetrantes ojos castaños, y un rostro afilado en el que apenas hay huellas de arrugas, salvo cuando se ríe.

Su cuerpo está bien entrenado y afinado por el Pilates y el gimnasio, y cuida mucho lo que come y bebe. Viste como una elegante ejecutiva, de forma muy parecida a la que utiliza Denisse, aunque usa más faldas que pantalones.

Cuando Katrina la trajo a casa, supe que había aceptado su propuesta de trabajar con nosotros. Es perfecto, pues nuestro equipo necesita la guía de un profesional. Llevamos demasiado tiempo tocando de oído.

Por supuesto, tengo que pasar por su escrutinio cuando Katrina nos presenta:

―           ¿Puedo preguntar tu edad? – se lanza directamente a tutearme, buscando descolocarme.

―           Solo si me dices la tuya – bromeo.

―           Cuarenta y cuatro – la directa contestación me borra la sonrisa.

―           Está bien, no es ningún secreto. Soy unos meses más joven que Katrina.

Sus ojos se clavan en mi rostro, con más atención si cabe.

―           No aparentas esa edad.

―           Según mi madre, nací viejo – bromeo de nuevo.

―           No me sorprende. Has realizado un vertiginoso ascenso en muy poco tiempo y siendo tan joven – responde, con un tono algo mordaz.

―           Bueno, no he estado solo – me alzo de hombros, mirando a mis compañeras.

―           Algo de eso me ha comentado Katrina – dice, siguiendo mi mirada y observando las demás chicas sentadas en los asientos de mimbre del invernadero.

Entonces, comienza un sutil interrogatorio por su parte. Me pregunta sobre mis orígenes, sobre mis anhelos, mis caprichos. Ras, mezquino, me sopla las preguntas que debo hacerle yo, como contrapunto, por lo que el asunto se convierte en todo un duelo dialéctico, del que ambos, ella y yo, disfrutamos. Creo que la he sorprendido con algunas de mis preguntas, lo que la lleva a profundizar más en mi corta vida.

Sus relampagueantes miradas me hacen comprender que ella no puede explicar mi sapiencia y experiencia, dado el entorno en el que me he criado. Claro que no pienso decirle que el genio loco de Rasputín habita en mi interior, y se lo he dejado muy clarito a las chicas: primero tengo que conocerla.

Casi desde el primer momento, tuve claro que la mirada de basilisco rebota en sus ojos. La voz sugerente con la que consigo grandes cosas la hastía, haciéndola bostezar, y tampoco responde a mis sutiles coqueteos. ¡No hay forma de entrarle, coño!

Sin embargo, se interesa y mucho en las relaciones que mantenemos en grupo, y supongo que no tarda nada en desglosar cada una de nuestras motivaciones en algún particular esquema clínico.

Por mi parte, como no puedo influir en ella, actúo como un pachá en su harén. Pido la opinión de una, la atención de otra, el mimo de una tercera, todo ello sin dejar de acariciar la pierna de Katrina. Con alegría, descubro que la psicóloga está muy al tanto de cada uno de mis movimientos, seguramente en un intento de estudiarme más profundamente.

La intervención de Pamela nos mete a todos de lleno en cuestiones serias. Pamela nos proporciona datos sobre lo que ha conseguido con la demanda de empleo. Trescientos cuarenta y dos currículos han llegado a la oficina de Mäelstrom, procedentes de toda España y hasta de las islas Canarias. Queda pendiente realizar una primera selección, usando edad, apariencia física y medidas.

―           Es importante citar a todas las candidatas para un contacto personal. Puedo elaborar un test de cincuenta preguntas que revelaran la inclinación y campo sexual de cada una de ellas – aconseja Isabel a Pamela.

―           Sería estupendo no tener que fiarnos de sus palabras – sonríe mi hermana.

―           Por supuesto. Normalmente, la mayoría de las candidatas no conoce aún, con seguridad, su propia inclinación. Esta se define con los años y la experiencia y esas chicas, en su mayoría, parecen ser demasiado jóvenes.

―           Está bien. Elaboraré un calendario que pueda permitir a todas ellas desplazarse hasta nuestra oficina para una entrevista personal. Así también averiguaré la disponibilidad de cada una. Elke, tenemos que empezar a llamar candidatas – la insta Pam, besándola en la mejilla.

―           Tendré el test preparado para esta misma semana – carraspea la doctora.

―           Perfecto – responde mi hermana, con una divertida expresión.

―           También he descubierto el paradero de algunos posibles colaboradores para la “escuela” – dice entonces, mirando a Katrina. – A través de ellos podré rastrear a los demás.

―           Lo dejo en tus manos, Isabel. La sede oficial se está reconstruyendo y tardará un tiempo en estar disponible, pero podemos iniciar un curso piloto aquí. Hay sitio de sobra – la pone al tanto Katrina, abarcando la mansión con un gesto de las manos. Noto su entusiasmo en el latido de su pulso, tras la rodilla.

―           Me gustaría elegir un despacho más tarde. Sergio, ¿qué piensas de todos estos asuntos?

―           Que constituyen un apoyo perfecto para nuestros negocios actuales.

―           Me refiero a dejar todas esas cuestiones en manos de mujeres.

―           No veo el problema. Mi hermana y mi esposa son las personas en quien más confío. Además, por propia experiencia, sé que las mujeres son aún más morbosas que los hombres. Nosotros somos almas simples, en verdad; solo nos interesan dos cosas: meterla y descargar.

―           Me alegra ver que lo tienes claro – me responde, tras reírse sinceramente. – Es cierto, las mujeres desarrollamos escenarios mentales mucho más sensuales y elaborados que los hombres, así que necesitamos estímulos eróticos más complejos para satisfacernos.

Asiento, dándole la razón. Al menos, en los negocios, parecemos estar de acuerdo.

―           Las aspirantes a amazonas y esclavas serán un grupo ideal para un curso experimental. Si logramos enfatizar sus conductas básicas y encauzar sus respuestas emocionales, podremos manipular cualquier cosa que surja en los “cursos normales” – nos explica Isabel, poniendo comillas con los dedos.

―           ¿Es eso factible? – pregunto, algo dudoso.

―           Por supuesto. No se trata de un lavado de cerebro, ni nada parecido, sino de potenciar sus propios estímulos y deseos, para ayudarlas a transgredir la personalidad social establecida. Es como darles un empujoncito.

En ese momento, Basil asoma prudentemente la cabeza, llamando mi atención. Me disculpo con la doctora y me reúno con mi asesor doméstico.

―           Ha llegado un vehículo comercial a la garita de la entrada.

―           ¿Y? – le miro, sin saber adónde quiere llegar.

―           Tiene el rótulo de una floristería, la misma que se encargó de la ofrenda floral del difunto Víctor. El tipo que conduce el vehículo es de edad madura y sudamericano. Quiere hablar contigo.

―           ¿La misma floristería de Gato Bala?

―           La misma y podría jurar que el tipo es un compatriota suyo.

―           ¿Y qué quiere?

―           Pretende requerir una deuda ficticia sobre unas coronas de flores del entierro.

En un primer momento, se me viene a la mente la cínica sonrisa de Jesús Mazuela. Sin duda, esas serían sus palabras si tratara de cobrarse el favor que nos hizo cuando el entierro de mi suegro. Pero, Gato Bala lleva unos meses en Colombia, requerido por su cartel; entonces, ¿de qué se trata?

―           No nos queda más remedio que ver de qué se trata. Hazle pasar, Basil, y envía a Crux a mi despacho – le digo.

―           Entendido.

Quince minutos más tarde, Basil hace pasar a un hombre metido en la cincuentena y bastante fondón. Su frondosa cabellera está totalmente gris, así como el bigote de morsa que le tapa la boca. Posee, al menos, veinte kilos de más, los cuales le marcan una tripa digna de una embarazada. Aún para el fresco otoño de Madrid, el tipo suda en las sienes y las axilas. ¿Será cosas de los nervios?

―           Usted dirá, caballero.

―           Señor Talmión – enuncia tras pasar una lengua roja y húmeda por los pelos de su bigote –, disculpe mi atrevimiento, pero vengo a reclamar la deuda pendiente que tiene usted con la floristería Belinda…

Frunzo el ceño al preguntar:

―           ¿Una deuda? ¿Seguro?

―           Si, señor – aduce con todo respeto, con su peculiar acento latino. – La floristería Belinda se hizo cargo de toda la ofrenda floral de las exequias del señor Víctor Vantia…

Así que no estoy equivocado. Este hombre parece hablar en nombre de Gato Bala, pero, por algún motivo, no quiere nombrarle. Estos colombianos son muy recelosos.

―           Está bien. Es justo. ¿Ha pensado en cómo desea el pago? – es una forma como otra de sacarle algún detalle más.

―           Pues quizás debería usted pasarse personalmente por nuestra tienda, así podría usted ver los albaranes en cuestión. Nuestro administrador tendrá mucho gusto en enseñarle cuanto desee.

―           Está bien. ¿Esta tarde? ¿A las siete?

―           Perfecto. Muy agradecido.

El hombre sonríe levemente, satisfecho con mi respuesta. Se inclina en una seca muestra de respeto, y se da media vuelta, saliendo del despacho.

―           Ese hombre escoge meticulosamente sus palabras, como si no quisiera que se le escapara una palabra de más.

―           Ya lo he notado, pero no sé a qué es debido aún.

Me pongo en pie y le hago una seña a Crux para que me siga. Cruzo la galería y llamo a Basil. Sin una palabra, conduzco a ambos hasta las caballerizas.

―           ¿Qué sucede, Sergio? – me pregunta Basil, inquieto.

Levanto una mano, mientras pongo en orden mis pensamientos. Me encaro a Crux.

―           Sin duda conoces el suceso Vantia y cuando sucedió aquí, ¿cierto?

―           Si, estoy al tanto.

―           Ese hombre pertenece al cartel de Cali y ha venido a solicitar nuestra ayuda.

Crux asiente, comprendiendo el mensaje. Basil, por el contrario, mueve los pies, nervioso. No parece gustarle el asunto.

―           Por algún motivo, Gato Bala no se fía de nuestras contramedidas y quiere verme en un sitio de su confianza. He aprendido a respetar su paranoia, así que no nos referiremos a este asunto para nada en el interior de la mansión.

Ambos asienten. Aquellas escuchas en casa nos hicieron mucho daño; si las volvemos a padecer, será un asunto muy serio.

―           Voy a dar orden de barrer toda la mansión – responde Basil, saliendo del gran establo.

En la mansión, Katrina ha hecho el tour con la doctora, la cual ha escogido un despachito de la galería más alejada. Me cuesta guardarme el asunto, pues las chicas merecen toda mi confianza, pero, por el momento, es mejor que no sepan nada. Tan solo doy una banal excusa a Katrina sobre bajar a Madrid.

Sin embargo, a medida que se acerca el momento, siento el hormigueo de la excitación en mi bajo vientre, como preludio del peligro. ¿Me estaré convirtiendo en un adicto a la adrenalina?

Cruz y yo nos dirigimos a Madrid con suficiente antelación. La dirección que figura al dorso de la tarjeta que mi visitante florista me dejó nos lleva a Argüelles, en la ribera del Manzanares.

Es una zona con más almacenes que viviendas, pero, aún así, al acercarnos a la floristería, un par de hombres nos salen al paso, indicándonos que metamos el Mercedes en el interior del almacén de carga. En cuanto el parachoques trasero traspasa el umbral, la gran puerta de chapa ondulada desciende, casi silenciosa. El intenso aroma a diferentes tipos de flores me asalta al bajarme del coche.

No debería extrañarme; los colombianos me han enseñado que por muy tapadera que sea, un negocio es siempre un negocio, y no hay por qué perder dinero con él. Puedo ver a varias chicas preparando ramos, elaborados con elegancia. Los humidificadores llenan de neblina acuosa gran parte del almacén, manteniendo las flores frescas mientras se embalan.

El emisario sale a nuestro encuentro. Viste en mangas de camisa y se le ve más sereno, sin duda al encontrarse en terreno seguro. Aún no sé su nombre y, al parecer, no tiene ninguna prisa en decírmelo. Con una sonrisa que apenas curva su gran bigote, nos hace pasar a un amplio despacho, seguramente insonorizado porque todo ruido queda amortiguado al cerrar la puerta.

―           Disculpe mi seco comportamiento esta mañana, señor Talmión. No quería que mi tono anunciara nada a quien pudiese estar escuchando – comenta, indicándome un cómodo asiento frente al escritorio.

―           ¿Cree usted que mi casa ha sido intervenida de nuevo? – le pregunto, cabalgando una pierna.

―           No lo sé con certeza, pero es mejor asumirlo así que cometer un error, ¿no cree? – contesta al ocupar su sitio tras la mesa.

Mira el reloj de su muñeca y teclea rápidamente en la consola del portátil que tiene abierto ante él. Con un fluido movimiento, gira el aparato hacia mí y, de repente, me enfrento al sonriente rostro de Jesús Mazuela.

―           ¡Es bueno verte, amigo Sergio! – saluda con su peculiar acento casi cantarín.

―           Ya ves. No dejas demasiadas noticias desde que te fuiste a hacer las Américas.

Una de sus broncas risotadas responde a mi chiste.

―           Sergio, te presento a mi tío Benavides. Está al cargo de nuestra “oficina” de Madrid y también se ocupa de darle solidez al asunto de las cooperativas agrícolas…

Alargo la mano y estrecho la que tiende Benavides.

―           Ya comentaremos eso en otra ocasión – me dice de pasada y solo me queda que asentir.

―           ¿Qué sucede, Jesús? – mis ojos se clavan en los de Gato, a miles de kilómetros. La videoconferencia es de gran calidad y seguramente estará siendo encriptada, si le conozco medianamente.

―           Los antiguos problemas entre los cárteles están resurgiendo, a pesar de la tregua firmada. Esta vez son los cárteles de la costa norte, en el Caribe, los que tratan de hacerse con el control.

―           Bueno, no sé mucho sobre aquella guerra entre cárteles, pero me suena que llevasteis el país al desastre.

―           Así es, hermano, y no queremos que vuelva a suceder.

―           ¿Y qué puedo hacer yo por ti?

―           Mis informadores en la costa norte han enmudecido, sin duda descubiertos, pero antes han conseguido filtrar un nombre; el del supuesto socio europeo que está financiando estos pequeños rivales codiciosos: Arrudín.

―           ¿QUÉ? ¿Ese cabrón está en Colombia? – la sorpresa me impulsa hasta ponerme en pie.

―           Siéntate, Sergio, que no te veo – masculla Jesús, llamándome al orden. – No sé si está en el país o solo enviando directrices desde su castillo francés. El hecho es que sabiendo cómo se las gasta, no me fío ni un pelo.

―           Es para no fiarse, desde luego. Ese tío tiene experiencia y gente preparada. Si está organizando una guerra, hay que temerle.

―           Lo sé. Creemos que ha unido a dos o tres caciques costeros, ávidos de las riquezas e infraestructuras de los grandes cárteles del interior – me cuenta Gato Bala, encendiendo un pitillo al otro extremo del mundo.

―           Ten por seguro que los habrá convertido en eficaces aliados – le digo, conociendo la importancia que Arrudín concede a la preparación militar.

―           Ahí es donde quiero llegar. Tú le conoces, le has estudiado e incluso hecho frente. Sabes cómo reacciona y cómo actúa. Te necesito como asesor, Sergio.

―           ¿En Colombia? – ese giro me coge desprevenido.

―           Esto no se puede hacer por videoconferencia – bromea Jesús.

―           Bufff… me pillas en plena expansión de negocios…

―           No sería demasiado tiempo, un mes a lo sumo… el tiempo suficiente para poner al tanto a mis expertos. Tenemos hombres, equipos, y armas como para enfrentarnos a lo que sea, pero no estamos acostumbrados a esas tácticas tan elaboradas. Los colombianos somos de sangre ardiente y gatillo fácil; no nos paramos a sopesar opciones – acaba la frase con una risita.

―           Te interesa mantener la amistad con Gato y, al mismo tiempo, que Arrudín no pueda expansionarse. Aunque no toques la droga como negocio, eso no significa que no puedas controlar su ruta…

“… y toda su infraestructura.” Acabo la frase, comprendiendo lo que Ras quiere decirme.

―           Está bien, Jesús, te ayudaré – contesto, ampliando así su eterna sonrisa macarra. – ¿Qué has pensado?

―           Quiero hacerlo con el máximo sigilo, pues tengo la impresión que vigilan cada paso que doy. Al amanecer, tienes una plaza reservada en un avión a Miami. No es un vuelo comercial, sino que ha sido fletado por varios organismos caribeños y americanos. Te unirás a un equipo de historiadores, arqueólogos y expertos marítimos que inician un proyecto para componer un mapa de barcos hundidos.

―           ¿Y qué voy a hacer yo con ellos?

―           Serás el experto en buceo. Tienes el físico apropiado.

―           ¿Buceo yo? ¡No he tocado una maldita botella de oxígeno en mi vida!

―           Tan solo viajarás con ellos en el avión. En cuanto llegues a tierra, te recogeremos. Simplemente desaparecerás.

―           Vale. Ya veo que tu paranoia ha ido en aumento, pero uno de mis hombres tomará un vuelo hasta Bogotá, así que envía a alguien a recogerlo. Es este y se llama Crux – le informo, moviendo el portátil para que pueda verle.

―           Hola, Crux. Conforme, hermano. Ya verás como nos vamos a divertir de nuevo, los dos juntos.

La verdad es que eso es lo que me da miedo…

***********************

El jet privado espera en el aeropuerto Cuatro Vientos, en uno de los hangares de la empresa Flights & Boats. Se trata de un moderno Dassault Falcon 7X, un jet poderoso y grande, con capacidad para una veintena de personas (tripulación incluida) y autonomía para algo más de diez mil millas.

Apenas ha amanecido cuando subo a bordo y me encuentro con una docena de sujetos sentados en los cómodos divanes y sillones del interior. ¡Cuanta diferencia hay entre este aparato y un vuelo comercial! Nada de filas de asientos simétricos, sino cómodos nidos de reunión o trabajo, con mesitas de apoyo alrededor de los sillones ergonómicos. Moqueta de calidad y colores claros y tranquilizantes en las paredes y mobiliario. ¡Que rápido se acostumbra uno al lujo!

Saludo a mis compañeros de viaje y me responden con ímpetu y alegría. La mayoría son hombres de mediana edad, salvo dos que resultan ser venerables ancianos académicos. Hay solo una mujer en el grupo y aunque está a punto de cumplir los sesenta años, pronto responde a mi descuidado encanto. Es ella la encargada de hacer las presentaciones.

Algunos se interesan por mi experiencia en el Caribe y en aguas americanas; otros intentan saber mi opinión sobre las traidoras corrientes del golfo mexicano. Intento eludir tales conversaciones pero no tengo excusa para ello. Gracias al destino, una llamada a mi móvil me da la ocasión de alejarme.  Es Katrina, quien no ha quedado muy convencida de mi partida. He sido sincera con ella y con las demás chicas. Les he dicho dónde voy y el por qué, pero, claro está, eso no las ha tranquilizado en absoluto; sobre todo a Denisse, quien ya vivió personalmente la experiencia en París.

―           ¿Has despegado ya? – me pregunta.

―           Estoy a bordo, pero aún en pista. Supongo que pronto despegaremos.

―           Aún estás a tiempo…

―           Cariño, me he comprometido. No va a pasar nada, ya te lo he explicado. Soy un simple asesor…

―           ¡Como si no te conociera! Prométeme que no te dejaras llevar.

―           Te lo prometo, cielo.

Una de las dos azafatas de la tripulación me sonríe al acercarse y me indica que debo ya colgar. Me despido de Katrina, pidiéndole que vuelva a dormirse, y apago el móvil.

―           Puede utilizar los teléfonos del avión una vez que despeguemos – me dice la azafata, recorriendo mi cuerpo con la mirada, aprovechando que estoy en pie. – Me llamo Araceli, ¿quiere que le traiga un café, una infusión, un zumo?

―           Soy Sergio y un té me vendría de maravilla, Araceli – contesto, marcando una gran sonrisa.

Escojo un asiento algo alejado del grupo y me enfrasco en la lectura de un folleto de la empresa. Los motores rugen y el aparato se estremece suavemente, como anhelando saltar hacia el cielo. Me abrocho el cinturón y le sonrío a uno de los ancianos, más próximo a mí. El despegue no tiene nada que ver con el de los monstruos comerciales. El jet es rápido y liviano; está en el aire sin que apenas me de cuenta de ello, ascendiendo como una flecha.

Araceli vuelve con una bonita taza mediana en las manos; la infusión humea. Me pregunta si deseo alguna pasta con el té, o bien me espero a que sirvan el desayuno. Noto como se interesa en mí, como sus ojos me recorren, ávidos y curiosos. Es bueno saberlo, este va a ser un largo viaje.

Al final, no me queda otra que entablar conversación con el anciano erudito. Me habla sobre el grupo y sus propósitos. Entre todos, piensan reunir suficiente información como para poder cartografiar un montón de restos y me confiesa que mi ayuda es inestimable para ello. Hay que comprobar que la información es veraz, y habrá que hacer numerosas inmersiones, tanto físicas como dirigidas. Mientras me cuenta todo ello, intento imaginarme si se decepcionaran cuando no me encuentren.

La compañera de Araceli, una hermosa marroquí de nombre Messué, me entrega el periódico del día con una sonrisa que promete todos los placeres del mundo. Araceli, desde el umbral de la cocinita, me mira, condescendiente. Me juego el pescuezo que esas dos han hablado entre ellas y que tienen algún plan. ¡Me encantan cuando las mujeres me utilizan!

La morena Messué es esbelta y cimbreante, con el pelo corto y lacio esculpiendo su pequeño cráneo. Tiene unos ojos enormes, oscuros, perfilados con esmero, y una deliciosa nariz semita, algo curvada, que remata sus turgentes labios. Araceli, por el contrario, es más voluptuosa, de curvas potentes y redondeadas. Lleva el cabello cobrizo recogido en un pulcro rodete sobre la nuca y sus ojos azulones se estrechan cada vez que sonríe. Ambas tienen la misma estatura, sobre el metro setenta, y se susurran cada vez que se cruzan. Buena señal. Aprovecho el momento y desayuno. Habrá tiempo de jugar después.

No sé en qué momento comienza una película, exhibida en varios monitores. Varias persianas se abaten sobre las ovaladas ventanillas y las luces del interior del aparato se amortiguan. Se trata de un documental de la NBC sobre naufragios españoles. Me quedo apabullado con las cifras que da el comentarista. ¡No tenía ni idea de que hubieran sido tantos! ¿Es que mis antepasados se dedicaban solamente a construir galeones y enviarlos a por oro?

Uno de los ancianos académicos se pone en pie y, tras pausar el documental, inicia una serie de comentarios que desatan preguntas y diferencias de opinión. Siento las miradas de las auxiliares sobre mí, desde su puesto en la zona de servicio. Es un buen momento para entablar conversación con ellas. Ya han recogido los restos del desayuno y los viajeros eruditos parecen bien enfrascados en sus disertaciones.

La pequeña cocina y zona de servicio se encuentran adosadas a la cabina de pilotaje. Las dos chicas murmuran entre ellas mientras me acerco. Capto el eco de sus risitas. Están de buen humor…

―           ¿Qué tal? – les pregunto, apoyándome en la mampara de separación.

―           Muy bien – responden con sonrisas y caídas de pestañas.

Están ocupadas en embellecer ensaladas en diversos platos, seguramente preparando raciones individuales para el almuerzo.

―           Un vuelo de estas condiciones debe ser más relajado que uno comercial.

―           Por supuesto – responde Araceli. – No es lo mismo servir a una veintena de pasajeros que a casi trescientos.

―           Nosotras dos nos bastamos para atender al pasaje y aún tenemos algo de tiempo libre – añade Messué, con un tono ronco.

―           Interesante. ¿Siempre habéis trabajado en compañías privadas?

―           No. Yo empecé en Iberia y Messué en Air France. Tuve la oportunidad de trabajar en esta compañía hace dos años – me detalla Araceli.

―           Ella me ofreció el puesto hace seis meses – puntualiza la marroquí mientras recubre el plato con film transparente.

―           Se nota que hay complicidad entre vosotras; algo más que compañeras de trabajo.

―           Compartimos piso y somos buenas amigas – asiente Araceli. Abre un armario frigorífico y apila los platos envueltos.

―           Ya veo. Es una ventaja.

―           Si – Messué limpia con un paño la dura superficie donde han estado trabajando. – Tómate un descanso, Araceli, yo acabo con esto.

Araceli se quita el oscuro delantal que lleva la leyenda de la compañía. Me mira de reojo y sonríe.

―           ¿Te apetece fumar? – la pregunta me sorprende.

―           ¿Fumar en el avión?

―           Por supuesto. Aquí no se puede salir al exterior a echar un pitillo – se ríe ella.

―           No fumo, pero no me importaría acompañarte.

―           Sígueme.

Cercana a la puerta blindada de la cabina, hay una bien disimulada escalerilla, estrecha y pendiente, que baja a la bodega de carga. La sigo, admirando ese trasero enfundado en la estrecha falda.

―           Este es el almacén para la zona de servicio. Aquí se guardan refrescos, latas de cacahuetes, bebidas alcohólicas, así como los productos perecederos – me comenta, señalando con un dedo de perfecta uña esculpida por la manicura hacia otra cámara frigorífica. – También almacenamos una remesa de mantas, almohadas, y tenemos un pequeño vestidor para la tripulación.

―           Ya veo – digo, observando como se quita los zapatos y se instala sobre una especie de pequeño diván formado por mantas apiladas y almohadones.

―           Lo llamamos “el nido” – confiesa con una sonrisa. – El almacén está presurizado y climatizado, separado de la bodega de carga. Además, posee un extractor que utilizamos cuando fumamos. Ven, siéntate…

¿Cómo negarse a tal petición? Me siento a su lado y contemplo como enciende un cigarrillo con pericia de fumadora.

―           ¿No te echaran de menos?

―           Messué se encargara perfectamente de cualquier cosa que surja. Aún quedan dos horas para preparar el almuerzo – me dice, echándome parte del humo a la cara. Su rostro está muy cerca del mío. — ¿Y tú, a qué te dedicas?

―           Rescate en el mar. Soy buzo profesional.

―           Ya le decía a Messué que no pegabas ni con cola con esos cerebritos – se ríe con ganas.

―           Bueno, ellos me dicen dónde tengo que mirar.

―           ¿Y con este pecho que tienes bajas a pulmón libre? – me pregunta, pasando un dedo sobre mi camisa.

―           A veces – le sigo el juego, buscando sus ojos con los míos.

―           Tienes un trabajo arriesgado…

―           No pienso en eso. Me gusta el mar y bucear, ¿por qué no sacar fruto de ello?

―           Seguro que has sido surfista antes…

―           Una temporada, en Tarifa. Me gustó vivir en la playa, sin preocupaciones.

―           Lo suponía – susurra, apagando el mediado cigarrillo en un cenicero dejado para tal caso. – Seguramente, estarías rodeado de chicas todo el día…

―           Si, muchas turistas, en su mayoría… dispuestas a follar en cuanto lo pidiera, ¿lo estás tú?

Asiente sin palabras, ya que traga saliva en ese momento, por la excitación que está revolucionando su cuerpo. No creo que ni siquiera se plantee cómo ha llegado a esta situación. Para ella, ha debido ser lo más lógico. Un pasajero que le ha gustado, un poco de flirteo y, finalmente, un encuentro amoroso en “el nido”. A lo mejor, tendría que preguntarse por qué está tan mojada…

Me inclino sobre ella, lamiendo delicadamente sus labios. Exhala un suave quejido mientras abre la boca y atrapa mi lengua. La degusta con pasión, libando mi saliva, succionando el suave apéndice. Sus dedos arañan mi pecho, por encima de la camisa, con ansias. La he llevado al celo más absoluto tan solo con mi voluntad. Sin dejar de besarla, me atareo en los botones de su blusa satinada. Ella alza los brazos y se cuelga de mi cuello, profundizando aún más con su lengua en el interior de mi boca.

Gruñe y agita sus senos cuando aparto el sujetador y pellizco sus ya tiesos pezones. Posee unos pechos grandes y macizos, bien cuidados y apretados por el ejercicio. Araceli es una mujer pletórica, de carnes prietas y abundantes, de esas que se desbordan cuando tienen su primer hijo, pero, por el momento, es toda una diosa. Amaso sus senos, dejando de ser delicado. Jadea en mi boca por la impresión, pero su cuerpo se pega aún más al mío, entregándose totalmente. Ella misma se remanga la falda, primero poniéndose en pie y dando un par de tirones, que arrastran la estrecha falda a lo largo de sus rotundos muslos hasta superar las caderas. Un delicado culote rosado, casi transparente y lleno de encajes, aparece ante mis ojos. ¡Me encanta la lencería fina y elegante!

Lo atrapo con los dientes y lo bajo a lo largo de sus piernas. Ella se ríe suavemente, alzando primero un pie y luego el otro. Apoyo mis dedos en su redondo trasero y aprieto en grandes y suaves pellizcos, que atraen sus caderas contra mi rostro. Se abre de piernas en cuanto siente mis labios deslizarse por su pubis. Quito una mano de sus posaderas y deslizo los dedos por su sexo. Los grandes labios rosados están inflamados de deseo, mostrando la vulva abierta y dispuesta, bien mojada. Apenas tiene vello púbico, hábilmente recortado en un gracioso penachito, del mismo color que su cabello.

Atrapo su clítoris con mis labios, retorciéndole y ensalivándole con movimientos bien precisos de mi lengua y de mis dientes. Siento sus dedos apoyarse en los laterales de mi cabeza, buscando sujetarse en cuanto empiecen a fallarle las rodillas. A medida que devoro su botón del placer, la escucho murmurar una letanía en la que solo puedo distinguir “Dios”, “que bien” y “sigue”.

El dedo corazón de mi mano derecha se ha hundido totalmente en su vagina, haciendo que palpite como una entidad viva e independiente. El índice de mi mano izquierda está atareado entre sus nalgas, aplicado delicadamente en dilatar su esfínter. En ese instante, Araceli se agita como una palmera ante un fuerte viento y sus dedos se engarfian en mis cabellos, como preludio a su primer orgasmo.

Retiro mi lengua pero no dejo de acariciar su ano hasta que los temblores remiten. Se deja caer a mi lado, sentándose sobre las suaves mantas. Sus pechos se agitan con una fuerte respiración. Me mira con ojos entrecerrados y una mueca simpática.

―           ¡Vaya con el buzo!

No digo nada, solo desabrocho mi pantalón. Sus ojos se abren con sorpresa cuando me quito tanto el pantalón como el boxer.

―           ¡Madre del Amor Hermoso! – exclama, irguiéndose.

―           Es producto de la descompresión. Necesita de mimos – respondo con ironía, echándome hacia atrás e irguiendo, con una mano, el endurecido falo.

Araceli no duda en ponerse de rodillas sobre el suelo de caucho negro y arrimar su rostro a mi pene. Lo frota contra su mejilla, contra sus abultados labios, como una gatita mimosa, antes de tratar de engullirlo. Se vuelve frenética cuando queda evidente que no es tan sencillo. Apenas puede tragarse el glande, por mucho que intente nuevas posiciones. La dejo hacer, divertido. Tanto rebullo genera un placer inesperado.

―           ¡Dios, es enorme! – jadea, empuñando el tallo con ambas manos.

―           Espero que le des cabida. Hay mujeres que no han podido.

―           ¡Joder! Si no puedo metérmela, me hago monja – masculla, poniéndose en pie y subiéndose a horcajadas sobre mi regazo.

Su coño gotea encima de mi entrepierna. No creo que pueda estar más preparada para enfundar mi polla. No deja que la ayude. Atrapa mi pene con una mano y se abre la vagina con la otra, las piernas arqueadas sobre mí. Sisea a medida que introduce carne caliente en su sexo, despacio, de forma controlada. Mantiene los ojos cerrados y frunce la nariz de vez en cuando, en una tierna y maravillosa expresión. Sujeto sus nalgas cuando noto que sus piernas tiemblan por aguantar tal postura. Me lo agradece llevando una mano, que ha quedado libre, a mi nuca, acariciándome el pelo.

―           ¿Ya está… toda dentro? – pregunta con voz forzada.

―           Ni por asomo – bromeo.

―           Por Dios…

―           Tranquila, hermosa, no te esfuerces. No suele caber entera la primera vez. Es como desflorarte de nuevo.

―           No creo que a los catorce años hubiera entrado un centímetro más que ahora – sonríe, inclinándose y besándome la punta de la nariz.

―           Ni creo que hubieras estado tan hermosa.

―           Gracias – y devora mi boca con pasión.

Dejamos de hablar y nos concentramos en follar. Bueno, al menos yo me concentro, ella está más por la labor de gemir y agitarse. Con su segundo orgasmo, se pellizca los pezones ella misma, con mucha fuerza. Los gemidos se convierten en chillidos cuando la giro y la empalo por detrás, el rostro y los pechos aplastados contra las mantas, sin darle descanso alguno.

Le azoto las nalgas con fuertes palmadas, al ritmo de mis embistes, y no me detengo cuando veo a Messué bajar las escaleras.

―           ¡Sssshhhh! ¡Se os escucha desde arriba!

Levanto a Araceli a pulso, apoyando su espalda contra mi pecho. Le meto un dedo en la boca, que ella lame y succiona como un bebé lo haría con el pezón de su madre. De esa forma, acallo sus quejidos y chillidos. No dejo de mirar a Messué, la cual se mordisquea una uña, mirando sin disimulo el émbolo que penetra a su compañera. Observa atentamente el goce de Araceli, que parece haberse abstraído de este mundo, regodeándose en las sensaciones placenteras que está experimentando.

La izo aún más al sentir mi propio placer. Mi polla sale del cálido estuche para acabar frotándose contra sus labios y clítoris. Con un súbito impulso, Araceli atrapa el glande con una mano, en el momento en que empiezan a surgir borbotones de esperma. Su cuerpo entero se estremece como respuesta a eso, corriéndose de nuevo, los ojos vueltos, la nuca apoyada en mi hombro.

Su mano esparce todo mi semen por su pubis y vientre y, finalmente, alza los dedos hasta su boca para lamerlos y limpiarlos. Messué da media vuelta y sube deprisa las escaleras. Creo que se ha puesto muy nerviosa.

―           Nadie… me había follado así – susurra Araceli, recuperando el fuelle.

―           ¿Es un cumplido? – le pregunto, mordiéndole el hombro.

―           Claro, tonto – me acaricia la mejilla. – Tengo que irme…

―           Está bien, pero dile a Messué que puede bajar.

Araceli se gira para mirarme a los ojos, las cejas enarcadas.

―           ¿Podrás…? – no hay celos, ni tensión en su voz.

―           Por supuesto.

************

La humedad agobiante de Miami me abofetea en cuanto asomo al exterior del jet. Soy inmune al frío, pero el calor me mata, de verdad. El sofoco cae sobre mí como una gruesa manta que no me dejara respirar con comodidad. Me giro para despedirme de las auxiliares. Me besan en la mejilla en vez de darme las manos. Ya tengo sus números de teléfono y su dirección en el bolsillo. La verdad es que ha sido un viaje inolvidable. Las primeras gotas de sudor resbalan por mis sienes al bajar la escalerilla.

Hay un minibus con el rótulo de un hotel esperándonos. Me uno a los expertos y diviso lo que puedo de la ciudad en el trayecto al hotel. Como se me prometió, hay alguien esperándome en el vestíbulo del hotel. Es un hombre de unos cuarenta años, de piel mulata, vestido con una camisa blanca y un pantalón crema. Antes de que me acerque al mostrador de recepción, me entrega una tarjeta de la floristería madrileña, con el nombre de Jesús Mazuela como gerente. Es la contraseña acordada.

―           Me llamo Eduardo Manisse y debemos marcharnos – se presenta con parquedad.

―           Está bien.

Le sigo hasta el parking del hotel, donde nos espera un coche. Se ocupa de meter mi equipaje en el maletero y conduce casi una hora, hasta un puerto deportivo. Un yate, de tamaño medio y nombre Alba Dorada está meciéndose en la punta de un embarcadero, con los motores al ralentí y, sin duda, totalmente preparado para zarpar. A bordo, has dos hombres más jóvenes y más caucásicos que Eduardo: Emilio y Nike, sea cual sea el nombre de ese diminutivo.

Eduardo es el encargado de sacar el barco del puerto y llevarlo hasta alta mar. Me comenta el itinerario, sin soltar los mandos. Nos dirigimos a Panamá y allí tomaremos el canal para acceder a la costa oriental de Colombia. Nike me lleva hasta mi camarote, y me echo un rato, sobre todo para combatir el jetlag.

Al atardecer, frente a la costa de Puerto Lempira de Honduras, Gato Bala vuelve a comunicarse conmigo, vía teléfono GPS. Me comenta la situación actual de su país, en recesión por largos años de guerra contra las FARC, por la guerra interna entre los cárteles, y la corrupción en general. Sin embargo, los cárteles parecen haber prosperado desde el fin de las hostilidades. Han hecho pactos y uniones que les han llevado a asegurar la producción y el mercado de la droga.

Una de las mejoras, de la que Gato Bala es en parte creador, es la nueva ruta de “almacenaje”. Para empezar, varias organizaciones humanitarias llevan material de ayuda a distintos países africanos. Una vez allí, almacenan la droga junto a productos locales que van a ser exportados como forma de pago, ya sean artículos de lujo como marfil, especie, o joyas, como productos perecederos como frutas tropicales, melaza selvática, o carnes exóticas en salazón. La droga está contenida por envases herméticos recubiertos por una capa orgánica que absorbe el olor de cuanto la rodea, anulando así totalmente cualquier vestigio de cocaína.

Entonces, estos cargamentos son enviados a distintas partes del mundo a través de compañías que no tienen nada que ver con los cárteles, aunque hayan sido creadas por los narcos. Las autoridades buscan otro tipo de tráfico: joyas, diamantes, animales, hachis… pero la cocaína no es detectada. De todas maneras, según Jesús, el consorcio (nombre de los cárteles unificados) sigue financiando partidas que serán “chivateadas” y apresadas. De esta manera, desvían la atención de la auténtica ruta. Toda esta infraestructura ha costado tiempo y esfuerzo, pero los cárteles se han asegurado rutas casi indetectables. Por eso Gato Bala se encontraba en Madrid, creando una cadena de floristerías que importa orquídeas y plantas tropicales de África y Asia, asegurándose así una coartada empresarial.

Al amanecer, llegamos a la bahía de Manzanillo y Eduardo saca turno para una de las vías del canal en una de las terminales del puerto. Un yate del tamaño del “Alba Dorada” no tiene apenas retraso en el sistema de esclusas de Miraflores, así que llegamos de buena mañana al lago Gatun, junto con varias decenas de embarcaciones de recreo. Mientras se llena la gran esclusa que contiene nuestro yate, junto con once más, entre veleros y yates, almorzamos unos ricos canelones que Emilio ha cocinado. Finalmente, a media tarde, pasamos bajo el gran puente de de Las Américas, donde cruza la carretera panamericana por encima de la desembocadura del canal en el Pacífico. Esa misma noche, dejamos atrás el brillo de las luces de la ciudad de Panamá y bordeamos por el interior el archipiélago de las Perlas. Sabiendo que a la mañana siguiente estaría en Colombia, me duermo como un bendito.

Eduardo me despierta y me entrega una taza de fuerte café. Estamos entrando en el puerto de recreo de Buenaventura. Me visto y salgo a cubierta. Una hora más tarde, Eduardo y yo nos encontramos en una carretera hacia el interior. Ni siquiera hemos pasado por la aduana, ni por algún tipo de control. Durante el viaje, me comenta las maravillas de la región y del lugar al que nos dirigimos, un macizo montañoso llamado los Farallones de Cali. Es una reserva natural donde se encuentra la “hacienda”, según sus propias palabras. También me habla sobre la bulliciosa ciudad de Santiago de Cali, de sus frenéticas diversiones y de la belleza de sus mujeres.

De esto último, he escuchado hablar en varias ocasiones. Por lo visto, los lugareños se precian de engendrar a las mujeres más hermosas de Sudamérica, premiadas con varios títulos de belleza como Miss Mundo. Muchas de las caras bonitas de la televisión colombiana proceden del valle del Cauca, pero también muchísimas chicas de compañía, modelos, e incluso se ha dado el caso de varias auténticas “killers” de angelical faz. Me gustará comprobar de primera mano la veracidad de esas afirmaciones.

Tras casi tres horas de marcha, llegamos al pie de una verdadera cadena montañosa, rodeada de selva húmeda.

―           Los farallones de Cali – masculla Eduardo. – Apenas vive nadie en esa maraña, salvo unos cuando indígenas Cholos, en la parte baja de los ríos que desciende hacia el mar. De vez en cuando, se detectan movimientos de las FARC, aunque cada vez menos.

―           Un buen sitio para tener una hacienda, sobre todo si no quieres que metan las narices.

Me mira y se ríe, cabeceando.

―           Antes teníamos campos sembrados, a casi dos mil metros de altura, pero ya no. Es más fácil traerla de Perú o Bolivia.

Eduardo deja la carretera y toma un camino sin asfaltar, aunque de tierra aplastada y firme, que se adentra en la lujuriosa jungla. Pronto el coche empieza a subir en largos tramos zigzagueantes, hasta llegar a una especie de punto de control, donde dos tipos nos encaran con siniestros rifles automáticos. Eduardo se hace conocer y le saludan amistosamente, dejándonos pasar. Poco después, llegamos a una gran meseta libre de selva que contiene una gran construcción tan amplia como nuestra mansión, pero algo más baja. Está rodeada de una treintena de casitas pequeñas, tipo bungalow. Eduardo señala hacia la montaña, al bajarse del coche.

―           Nadie puede construir a partir de este punto. Es reserva federal.

―           Así que sin vecinos, ¿eh? – me mofo.

―           Sin vecinos.

A una de las puertas de la gran hacienda, se asoma Jesús, seguido de varios personajes. Abre los brazos y avanza hacia mí. Nos damos un fuerte abrazo que le hace gemir cuando le levanto del suelo.

―           ¡Sergio! ¡Que alegría tenerte aquí!

―           Donde coño sea aquí – gruño, haciéndole reír.

―           ¡Estás en mi tierra, en Cali, en Colombia!

―           Ya… la tierra de las mujeres hermosas.

―           Jajaja… ¡exacto!

Y, súbitamente, tras volvernos hacia sus acompañantes, tengo la prueba perfecta de ello. A lado de Crux, quien, como siempre, no sonríe, se encuentra ella. La impresión me hace tragar saliva, pues la boca se me ha quedado repentinamente seca. Disimulo como puedo y saludo a mi hombre.

―           ¿Cuándo has llegado? – le pregunto.

―           Ayer. El señor Mazuela me recogió personalmente en el aeropuerto Eldorado de Bogotá.

Apenas le escucho, mirándola de reojo. Mide, al menos, un metro ochenta y se apoya indolentemente en la fachada encalada de la casa. Su oscuro pelo ensortijado está recogido en una alta cola y porta unas grandes lentes oscuras que ocultan tanto los ojos como sus cejas. Su postura y su peinado le confieren un gran parecido con Lara Croft, la hermosa protagonista de Tombraider. Creo sinceramente que hubiera estado mejor que Angelina Jolie para ese papel por lo que puedo juzgar de su figura. Porta botas de montañismo, unas ajustadas mallas oscuras y una holgada camisa masculina de safari. A su cintura, una canana con pistolera y cuchillo. Tengo la impresión que me devuelve la mirada bajo los oscuros cristales.

―           Se llama Nadia Udarte y vas a estar bajo su protección – me la presenta Gato para luego dirigirse a ella. – Ya te he hablado de él, Nadia. Es mi amigo Sergio y debes cuidarle.

―           Si, jefecito – responde ella sin moverse un ápice, con un fuerte acento colombiano. – Le cuidaré como una gallina clueca a sus polluelos.

―           Vaya – se me escapa, aunque en un susurro.

―           Bien – Jesús me suelta una fuerte palmada en la espalda. — ¿Aún bebes vodka frío?

―           Siempre.

―           Pues vamos adentro y brindemos un rato.

―           ¿Dónde la has encontrado? – le pregunto aprovechando que entramos los primeros.

―           ¿Te gusta? – sonríe.

―           Estoy casado.

―           Como si eso importara – se encoge de hombros. – Es la hermana de uno de mis mejores amigos. Dio su vida por mí y yo me he ocupado de ella.

―           ¿La convertiste en un soldado?

―           No. Eso me lo pidió ella. Dejó sus pinitos como modelo al enterarse de la muerte de su hermano. Quise que reflexionara, pero fue inútil. Siempre ha hecho gala de un tremendo carácter. Según sus palabras, quería ser una tigresa, no una muñequita para admirar.

―           ¿Y qué tal?

―           Te he puesto bajo su protección, ¿no? Eso debería decírtelo todo.

Me doy cuenta de que está a nuestra espalda, caminando felonamente y en silencio.

―           Me la pido…

El tono de Ras es jocoso y eso me jode. Quiero decir que me molesta que me haya calado… otra vez.

Jesús nos introduce en una pequeña y coqueta biblioteca, donde se levanta una pequeña barra con anaqueles llenos de bebidas espirituosas. Sirve vodka a todos, supongo que en mi honor. Junto a nosotros cuatro, hay tres hombres maduros que aún no me han sido presentados.

―           Bonita casa – digo tras el brindis.

―           La hacienda se construyó hará unos cuarenta años y ha sido totalmente acondicionada para que sea autosuficiente, tanto en agua y comida como en energía. Se podría resistir un asalto aquí, entre sus muros reforzados.

Me he dado cuenta de que está situada en un sitio estratégico por su altura y su disposición. Entre la vegetación controlada que crece entra las distintas casas, he visto garitas de vigía bien camufladas. Me ha costado distinguirlas hasta estar casi encima. Sin duda, estas instalaciones han sido fortificadas durante la guerra entre cárteles.

―           Los bungalows acogen a los hombres y al personal. Bajo ellos, hay depósitos ocultos. Diversos almacenes, un pequeño arsenal, un aljibe, así como un bunker antibombas para una docena de personas – me explica Jesús, con orgullo. – La casa grande queda a disposición de los oficiales y de los socios mayores, no solo como vivienda sino también como sala de guerra, ocio, o intendencia.

Me hace salir a una balconada interior, que se abre sobre el patio enlosado, y me muestra su simpleza y grandiosidad. La hacienda tiene algo más de cien metros de largo y una treintena de anchura. Gruesas tejas de lo que parece ser terracota recubren el largo tejado. Dos pequeñas alas en los extremos conforman un edificio en forma de C, con un piso bajo y un primero entre muros de piedra y hormigón encalados. Las ventanas son más altas que anchas, quizás en un intento de copiar las arpilleras de los castillos, y todas ellas están recubiertas con finas telas mosquiteras.

―           Seguro que quieres asearte y cambiarte de ropa. Nadia, llévale a su habitación. Después, lo traes a la sala de audio…

Salgo de la biblioteca con los ojos clavados en las apretadas nalgas que las finas mallas ponen de manifiesto. Parecen bailar para mí mientras ella me conduce hacia el ala norte, donde nos topamos con una rústica escalera de robustos peldaños de madera. Las gruesas paredes de la hacienda mantienen el sofocante calor y la humedad de la selva fuera. Dentro reina una suave y agradable penumbra donde predomina el murmullo de los grandes ventiladores, situados en cada habitación. Subimos y la sigo casi hasta el centro de la hacienda por un largo pasillo de losas de cerámica.

―           Hay tres escaleras al piso alto, dos en los extremos, en las alas, y una central. Puedes utilizar la que te venga mejor, pero la escalera central será la más cercana – me explica.

―           De acuerdo.

―           Y puedes dejar de mirarme el culo. Hemos llegado.

Tomado en falta, paso al interior de la habitación, que resulta ser tan espaciosa como la de un hotel. Una gran cama, un armario, un escritorio, y un mullido sillón componen el mobiliario. También dispone de baño propio.

―           Tu hombre está alojado en la habitación de al lado – me informa, quitándose las gafas oscuras.

―           Bien.

No quiero mirarla de nuevo, pero necesito saber de qué color tiene los ojos. Arriesgo una mirada, lo más franca posible, directamente a su rostro. Posee unas anchas cejas, bien delimitadas, que le confieren una mirada dura y penetrante, ya que se arquean en su entrecejo, como si estuviera enfadada. Pero tan solo es un detalle más para resaltar más esas pupilas felinas, de un extraño tono esmeralda. La estructura de su rostro, sus rasgos acentuados hablan de su sangre india, de su mestizaje generacional, de su orgullo latino.

―           Es toda una hembra. Tienes que tener cuidado con las emociones. Contrólate.

Mi maleta y mi bolsa de equipaje están sobre la cama. Me dirijo hacia ellas y saco una muda y algo de ropa, y me meto en la ducha, lo que me despeja y me sienta de maravilla. Al acabar, me enfundo unos amplios pantalones y me calzo las botas que Crux me recomendó antes de partir. Debo decir que me sorprendió sus conocimientos sobre el clima selvático. Cuando le pregunté sobre ello, respondió con un escueto: “En la cárcel se lee mucho.”

Nadia me está esperando mirando por la ventana, las manos a la espalda. Se gira y repasa mi vestimenta. Asiente, como si la aprobara. Tomo la funda con mi cuchillo del interior de mi maleta.

―           Si lo deseas, puedes escoger un arma y pertrechos – me dice, muy seria.

―           No suelo usar armas de fuego.

―           ¿De verdad?

―           Si.

―           ¡Que idiotez! Vamos.

Procuro no quedarme detrás de ella para que no pueda recriminarme de nuevo, así que avanzamos codo con codo. No sé por qué, pero me parece que sonríe ligeramente. La sala de audio se parece más a una sala de guerra del Pentágono que a una sala de proyección. Una gran mesa reina en el centro, con una iluminada cubierta de vinilo y varios monitores integrados. En una de las paredes, recubiertas de grandes pantallas, se refleja un enorme circuito cerrado de cámaras, que parece controlar todo el exterior y los pasillos de la hacienda. Por lo que puedo reconocer, hay sistemas de radar, control de satélites, y contramedidas automáticas, así como varios servidores blindados.

―           ¡Vaya tinglado tienes montado aquí! – exclamo al entrar.

―           Es como un puto videojuego – se ríe, indicándome que me acerque. – Toda la hacienda y sus accesos están monitorizados. Nada puede acercarse sin que lo detectemos.

―           ¿Con cuántos hombres cuentas aquí?

―           Unos cincuenta. A eso, hay que sumar varias cocineras, tres o cuatro sirvientes, y varias chicas de alterne que también ayudan en casa.

―           ¡Eso es todo un retiro! – le devuelvo la palmada en la espalda.

―           Venga, vamos a comer algo mientras esperamos al Comandante.

―           ¿El Comandante? – enarco una ceja mientras él me empuja fuera de la sala.

―           Es quien representa a los socios del cártel de Medellín.

―           ¿Los dos cárteles estáis unidos? – me asombro.

―           Era la única forma de terminar con la sangría de la guerra. Unimos recursos y dividimos ganancias; era eso o reventar el país.

―           Ya veo.

Jesús nos conduce a un pequeño porche sombreado y cubierto de tela mosquitera y grandes enredaderas. Una mesa mediana está preparada para sentarse a comer.

―           Nos ha costado aprender a confiar los unos en los otros – dice mientas nos sentamos. – No se perdona así como así, pero los intereses mutuos ayudan y las ganancias han aumentado en un ciento cincuenta por cien.

―           Ya no hay distracciones, ni pérdidas – apunto.

―           Así es. Ninguno de los cárteles del país puede competir con nosotros y no tratan de entrar en nuestro territorio. Tienen que pagarnos si quieren utilizar nuestras rutas.

―           Hasta ahora – comenta Nadia, pellizcando un trozo de pan.

―           Si, digamos que esta rebeldía de los cárteles atlánticos os ha pillado en bragas.

De repente, Nadia suelta una sorprendente y fresca carcajada, que me hace mirarla.

―           Le hacen gracia las expresiones de la madre patria – me explica Jesús. – Se tronchaba conmigo cuando regresé de Madrid…

―           … pillados en bragas – murmura la joven desde detrás de la mano con la que intenta sofocar la risa.

―           Pues si. La verdad es que no esperábamos esa respuesta de unos cárteles tan pequeños. La costa atlántica tiene un extenso territorio y unas rutas que siempre hemos respetado.

―           Pero algo querrán que no pueden conseguir de otra manera – expongo la pregunta de Ras.

―           Materia prima. Nosotros prácticamente controlamos la producción de coca en el país , así como de Bolivia y Perú. Ellos tienen que negociar para conseguir base.

―           Ajá, así que eso es… quieren más. Arrudin siempre aprovecha el descontento para abrir brecha.

―           Si, eso pensamos. Por el momento, han dividido el país en dos. Nos limitan el acceso a la costa caribeña y disputan nuestras rutas en el sur. Empezaron negándose a pagar por nuestros derechos y han acabado por asaltar algunos de nuestros almacenes y transportes.

Gato me pone al tanto de las acciones que, sin duda alguna, respalda Arrudin. Puedo ver parte de su juego en todos esos asaltos y robos, casi como una jugada de ajedrez.

Es entonces cuando el Comandante hace acto de presencia, acompañado de varios asesores. Se trata de un hombre enjuto y alto, de una edad indefinida pero evidentemente madura. Su pelo, tintado de oscuro, está fijado a su cabeza por una lustrosa gomina. Aunque viste de civil, con un traje fresco y alegre de lino blanco, mantiene una postura erguida y castrense. Me mira con recelo, intentando adivinar mis intenciones. Una vez hechas las presentaciones, varios sirvientes retiran los platos de la mesa y sirven café. Jesús hace una breve exposición de mi enfrentamiento con Arrudin y sus consecuencias.

―           Así que conseguiste unas tablas que se mantienen firmes – me comenta el Comandante, con una torva sonrisa en sus finos labios.

―           Si, conseguí arañarle una tregua – asiento, antes de sorber el fuerte café negro.

―           ¿Y qué nos aconsejas?

―           Cortar de raíz sus posibles proyectos.

―           Es un buen consejo, pero difícil de llevar a cabo – el Comandante amplia su sonrisa.

―           Puede ser, ya que carecen de un buen sistema de Inteligencia. Arrudin se ha encargado de aislar su propio núcleo y ahora no habrá forma de espiarle – resumo, mirando a Gato, quien asiente. – No queda más que jugar esta partida a la adivinanza. Lo bueno es que conocemos sus metas y sus motivos.

―           ¿A qué te refieres? – pregunta Jesús.

―           El verdadero motivo por el cual Arrudin ha iniciado esta guerra. ¿lo habéis pensado?

Ahora, el Comandante no sonríe.

―           Arrudin controla Francia y gran parte de la costa mediterránea a través de sus socios de Italia, Grecia y Malta. Pero eso no le sirve de mucho cuando mi organización controla la entrada al Mediterráneo.

―           Necesita que las rutas lleguen a la costa francesa – murmura el Comandante.

―           O bien que entren a través del interior de África – expongo la otra ruta evidente. – Pero, para ello, tiene que romper vuestra hegemonía. Controlar las mayores rutas de entrada de drogas a Europa aumentaría muchísimo su poder.

―           Entonces, lo que tenemos que hacer es dejarle sin bases operativas en Colombia – exclama Jesús, dejando caer su puño sobre la mesa.

―           Por supuesto, pero tampoco podéis descuidar vuestros lugares de producción. Arrudin es muy vengativo y si comprueba que no puede ganar en un lado…

―           Puede atacar la base de todo: los campos – comprende el Comandante.

―           Pero eso sería terrible para todos, él incluido – exclama uno de los asesores.

―           Arrudin no vive solo que de la droga. No es más que otro peldaño en sus planes. Las acciones deben ser contundentes y definitivas.

―           Eso significará iniciar una nueva guerra de cárteles – suspira Jesús.

No puedo dejar de notar que, en un extremo de la mesa, Nadia da vueltas a un gran anillo que lleva en el pulgar y sonríe malévolamente.

CONTINUARÁ…

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