LOIS SANS

La llegada de la nueva recepcionista a la oficina no dejó indiferente a ninguno de sus
compañeros, sobre todo a Martín, que sonrió embobado mientras repasaba a Teresa
detenidamente.
Cuando se dieron la mano, una inexplicable corriente les sacudió, mientras él hacia un
comentario jocoso de la situación, aprovechando para recrearse en la larga melena color
miel, los grandes ojos almendrados y se deleitaba con la blusa casi transparente y esos
vaqueros tan ajustados que estilizaban sus largas y delgadas piernas.
Estuvo toda la mañana pensando en ella, incluso intentó acercarse varias veces a su
mesa, sin embargo, parecía que todos se habían puesto de acuerdo en evitarlo porque
cuando no le reclamaban al teléfono, el jefe le buscaba para una reunión o su secretaria
le necesitaba para firmar unos documentos. Incluso fantaseó en pedirle que comieran
juntos, sin embargo, fue totalmente imposible.
Por la tarde le pasó una nota invitándola a tomar una copa al salir de trabajar, aunque ni
siquiera la vio. La centralita telefónica sonaba sin parar y se notaba que no estaba
acostumbrada, porque perdía las llamadas antes de pasarlas.
Por fin se acabó aquel largo día y el contable consiguió salir antes que nadie. Esperó
impaciente al lado de la puerta a que saliera la muchacha. No sabía que le diría, pero ya
se le ocurriría alguna cosa graciosa para metérsela en el bolsillo.
Transcurridos unos minutos apareció por la puerta, consultando el móvil y andando de
prisa. Él se apresuró a seguirla y la agarró suavemente por el brazo, pero ella se asustó
y dejó caer su pequeño bolso negro.
El contable no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Entre un monedero, las llaves,
las gafas de sol y un paquete de pañuelos de papel también había una pequeña pistola
gris.
La recepcionista se apresuró a recogerlo todo y murmurando una disculpa, marchó calle
abajo, casi corriendo, mientras él se quedaba paralizado por la impresión.
Cuando reaccionó, corrió hacia la misma dirección que había ido ella, pero al doblar la
esquina no había ni rastro de la chica, parecía que se la había tragado la tierra.
Continuó un poco más sin saber exactamente hacia dónde ir, ante la mirada atenta de un
hombre que lo observaba desde la esquina, sin que él se diera cuenta.
Martín pasó la noche en blanco, dándole vueltas a ese raro encuentro con Teresa. Era
difícil de creer que una chica tan guapa, sofisticada y… ¡Un momento!, observó que no
tenía ni idea de cómo llevar la recepción, no había conseguido pasar las llamadas
telefónicas y observó que tenía dificultad para coger los mensajes. Aunque eso era lo de
menos, la pregunta del millón era: ¿por qué llevaba una pistola? Realmente le atraía
muchísimo, no obstante, tenía muchas preguntas sin respuesta.
Mientras se estaba duchando pensó que debería hablar con su amigo Tomás, el jefe de
recursos humanos, seguro que le ayudaría a averiguar alguna cosilla de su historial, así
como qué había estudiado, donde había trabajado o si tenía pareja.
Se presentó a la oficina más temprano que de costumbre y fue directo al despacho de su
compañero, que aún no había llegado. Pasados unos minutos, la voz de su amigo sonó a
su espalda, fuerte y ronca, como siempre:
• Buenos días Martín, que agradable sorpresa –dijo Tomás sonriendo.
• Verás amigo mío, necesito tu ayuda. Es imprescindible que me facilites
información de Teresa, la nueva –aventuró el contable.
• Pareces preocupado, ¿hay alguna cosa que debería saber? –manifestó
sorprendido Tomás.
• No, no, tranquilo. Verás es que… me gusta y… bueno ya sabes…quiero saber
quién es esa chica –contestó guiñando un ojo.
• ¡Vaya hombre! No dejas de sorprenderme. Creo que a Marta no le va a gustar
que tontees con una compañera – dijo su amigo levantando el dedo índice a
modo de regañina.
• No tiene por qué enterarse, si a alguien no se le va la lengua – anunció Martín,
mientras en su cara se reflejaba una mueca de complicidad.
• Vete con cuidado, amigo mío, parece que intentas meterte en un juego peligroso
–replicó Tomás guiñando un ojo.
• Solo quiero saber quién es y donde vive. No creo que haya nada de malo en eso,
¿no? –insistió Martín, impaciente.
Su compañero se acercó al armario archivador y rebuscó entre las carpetas, sacando una
hoja de una de ellas.
• Aquí está su expediente: Teresa García Cervera, de 28 años, Licenciada en
Historia del arte, ha trabajado dos años en un Museo. ¿Algo más? – dijo con
retintín.
• ¡Vaya! Ya me parecía que no tenía mucho de recepcionista. Ayer estaba muy
perdida con la centralita. Bueno y ¿dónde vive? –inquirió su amigo.
• En la calle Mayor número 25, tercer piso. Parece ser que ha venido recomendada
por algún amigo del gran jefe, pero eso es secreto de sumario –dijo Tomás
dejando los papeles otra vez en su carpeta correspondiente.
• Muchísimas gracias, te debo una cerveza, anótalo en nuestra cuenta –sonrió
Martín mientras iba dirección a la puerta.
• ¡Anotada la cerveza! Y, sobre todo, no te he dicho nada. Espero que no te metas
en líos, recuerda que tienes pareja –apuntó Tomás.
Martín no escuchó el final porque salió a toda prisa hacia su despacho, sintiendo un
hormigueo en su interior.
Estuvo el resto de la jornada pensando en la información que le había facilitado su
amigo, sin embargo cuantas más vueltas le daba más enredado se le antojaba, había
demasiadas piezas que no encajaban en la historia de esa chica.
Por ejemplo, ¿qué hacia una licenciada en historia que ha trabajado en un Museo de
recepcionista? ¿Quién era esa persona importante que la había recomendado? Y, lo más
importante ¿por qué llevaba una pistola en el bolso?
Cuantas más dudas se le presentaban más le atraía la chica, por lo que no conseguía
sacársela de la cabeza y no sabía qué hacer.
Pensó que tal vez debería seguirla y así sabría qué hacía al salir de la oficina o quizás
presentarse a su casa para poder investigar cómo vivía y con quién.
A pesar de tener mucho trabajo y varias reuniones, no consiguió concentrarse. Las horas
pasaron lentamente para el joven, pero al final llegó la hora de terminar con la jornada
laboral.
Salió antes de hora y se escondió en la entrada del edificio con la intención de seguirla
para ver si se encontraba con alguien.
Unos minutos más tarde salieron varios compañeros, entre ellos estaba Teresa, que se
apresuró a excusarse, marchándose a toda prisa calle abajo, como el día anterior.
El contable salió de su escondite y saludando a sus compañeros, aceleró el paso detrás
de la chica a una distancia prudente. Al girar la esquina chocó con un hombre vestido de
gris, se disculpó y continuó detrás de ella hasta que se metió en una portería, entonces
aceleró el paso y al llegar observó que era la dirección que le había facilitado su amigo.
Subió las escaleras de dos en dos hasta la tercera planta. Llegó resoplando y maldijo su
suerte cuando se encontró con seis puertas exactamente iguales, en las que no figuraba
ningún nombre.
Decidió bajar al vestíbulo de nuevo para mirar si encontraba alguna pista en los
buzones. Estaba tan ensimismado intentando averiguar algún indicio que no se percató
que una sombra se dirigía hacia la escalera.
Sintió una gran decepción cuando vio que la mayoría de los buzones no tenían ni puerta
y ninguno llevaba un nombre o número de piso.
En fin, tendría que volver a subir, escuchar tras las puertas y, con un poco de suerte,
podría acertar la puerta adecuada.
Definitivamente se estaba volviendo loco, le había parecido ver a alguien espiando tras
la puerta de la entrada.
Una vez arriba, se detuvo en cada puerta y descartó una que se oía un hombre cantando
ópera, otra en la que lloraba un bebé, la siguiente se escuchaban a un volumen bastante
fuerte unos dibujos animados, la próxima no se oía nada, decidió probar suerte y llamó
al timbre. Pasaron unos segundos que le parecieron horas, hasta que la puerta se abrió y
apareció Teresa, tan bella como siempre.
Sin esperar a que le invitara entrar, se coló en el pequeño apartamento, ante la mirada
sorprendida de la chica.
Descaradamente, examinó cada rincón de la estancia. Era una habitación de unos
veinticinco mts cuadrados, casi vacía, con una bombilla de bajo consumo que
alumbraba tenuemente la estancia. A un lado había dos pequeñas ventanas con las
persianas bajadas. Al otro lado una mini cocina con una mesa y dos sillas. Tocando a
una de las paredes había una cama. Realmente era deprimente.
Ella le recriminó:
• ¿Se puede saber qué haces aquí? ¿A qué has venido?
• Necesito que me aclares algunas dudas. Resulta que me caes muy bien, pero no
me parece normal que lleves una pistola en el bolso –contestó Martín.
• Eso no es de tu incumbencia, será mejor que te vayas y lo olvides todo –replicó
la chica.
Entonces notó una presión en su espalda y girándose lentamente vio al hombre vestido
de gris, con el que había chocado está misma tarde, apuntándole con una pistola.
Desconcertado observó cómo conversaba con Teresa en un idioma que no pudo
entender, ruso o rumano.
Sin pensarlo dos veces y, antes de que el hombre pudiera reaccionar, Martín puso en
práctica lo aprendido en las clases de defensa personal y se abalanzó sobre él,
intentando quitarle el revólver.
Forcejearon unos minutos hasta que la pistola se disparó un par de veces, se oyó un
alarido y Teresa cayó al suelo, dejando un pequeño charco de sangre en el suelo.
El contable soltó la pistola y el hombre salió del apartamento corriendo. Martín estaba
muy asustado, se acercó a la chica y le tomó el pulso, parecía que había perdido el
conocimiento.
Buscó el móvil y llamó al 112 para pedir ayuda, mientras intentaba reanimarla. Parecía
tan vulnerable, se la veía tan bella y desprotegida, estirada en el suelo, herida. Tomó su
mano y la acarició suavemente, el tiempo se detuvo mientras esperaba la llegada de la
ambulancia. Cuando escucho las sirenas, puso una almohada que encontró en la cama
debajo de su cabeza y bajó las escaleras tan deprisa como pudo.
Cuando entró el médico de la ambulancia, detalló precipitadamente todo lo ocurrido y
se dispusieron a subir con una camilla.
Se llevaron una gran sorpresa cuando al llegar a la tercera planta encontraron la puerta
del apartamento cerrada. Llamaron al timbre reiteradamente, pero nadie abría. Martín
insistió en que intentasen derribar la puerta, había una persona herida al otro lado. Así
que entre él y el médico decidieron echar la puerta abajo.
El asombro fue aún mayor cuando vieron que allí no había nadie. Teresa había
desaparecido y el charco de sangre también, y eso, en cuestión de minutos. Y no habían
podido salir por el portal porque ellos estaban allí. Entonces ¿dónde se habrían metido?
Pasó varias horas en Comisaria explicando una y otra vez todo lo ocurrido, por lo visto
nadie le creía, incluso a él le parecía una pesadilla.
Estaba cansado y nervioso; necesitaba marcharse a casa cuanto antes. En cuanto lo
dejasen salir, llamaría a su amigo Tomás para contarle lo sucedido, seguro que le podría
dar su punto de vista y le ayudaría a colocar las piezas en su lugar.
Era consciente de que estaba en peligro, el hombre del traje gris estaba libre con una
pistola y podía encontrarle en cualquier momento. Y Teresa tenía que estar en alguna
parte, era imposible que se hubiera evaporado. Seguro que aquel hombre se la había
llevado, pero ¿dónde? Y ¿por qué?
Por fin le dejaron libre, no sin antes avisarle que estuviera disponible por si le
necesitaban de nuevo.
Salió a la calle mirando el móvil, tenía cientos de mensajes y varias llamadas de Marta,
seguro que estaba muy preocupada, era casi media noche.
Justo en el momento en que la llamaba, alguien le agarró por detrás y mientras le
quitaba el móvil le dejo paralizado mientras le apuntaba con una pistola. De pronto notó
un fuerte dolor en la cabeza y se desplomó.
Cuando abrió los ojos no podía moverse, estaba atado. Miró a su alrededor y se percató
que estaba en el pequeño piso de Teresa. Parecía que no había nadie más.
A pesar de estar en penumbra, observó los pocos muebles que había en la estancia.
Entonces se dio cuenta que tenía la cabeza a punto de estallar, la garganta reseca y
sentía frío.
Aunque en la habitación reinaba el silencio, le llegaba un sonido acompasado que
resultaba cada vez más molesto. Algo parecido al tic tac de un reloj.
Miró detenidamente cada rincón del alojamiento hasta que, cerca de la cama donde le
habían amarrado, percibió un pequeño aparato negro con unos dígitos rojos que
marcaban una cuenta atrás.
Advirtió que salían unos cables del artilugio, con los cuales le habían sujetado a la
cama. Entonces entendió que estaba amarrado al contador de una bomba y le quedaban
24 minutos.
Horrorizado intentó desatarse, forcejeo con todas sus fuerzas, pero el cable no se movió.
Intentó gritar sin conseguirlo, tenía la boca seca y no le salía ni una palabra.
Tenía los pies fríos y sin embargo de su frente resbalaban unos grandes goterones de
sudor. Estaba seguro de que de esta no salía, hoy sería el fin de su vida y no había
podido despedirse de Marta.
Por su mente fueron desfilando recuerdos de su vida, algunos buenos y otros no tanto.
Después de repasar los momentos vividos le parecía que su existencia había sido más
que interesante.
De pronto, se oyó un estrepitoso escándalo en la escalera, como si cientos de personas
subieran corriendo en dirección al piso. Se apresuró a gritar, en un intento desesperado
de salvarse del inminente final que iba acercándose impasible.
Con un gran estruendo, se abrió la puerta y entraron varios hombres armados. Uno de
ellos se acercó al aparato y con gran delicadeza lo abrió y cortó unos cables, mientras
otro le desataba y le ayudaba a levantarse.
Le explicaron que gracias a él habían desarticulado una banda terrorista que estaba
planeando un ataque en breve. Por un momento se sintió un héroe, agotado por todos los
acontecimientos acaecidos en las últimas horas, pero era un valiente que había ayudado
a encontrar unos saboteadores.
Le ayudaron a bajar la escalera y al llegar a la calle vio al hombre de gris con unas
esposas puestas y mientras él entraba en una ambulancia que le esperaba en la plaza,
aquel individuo era introducido al interior del furgón de la policía.
No tenía conciencia de las horas que habrían pasado, al parecer amanecía y se sentía
sucio, sediento, hambriento y desfallecido.
Cuando llegaron al hospital, le colocaron en una silla de ruedas, llevaba la cabeza
vendada, al parecer tendrían que coser algunos puntos en el lugar donde le golpearon.
Un enfermero le acompaño, pero justo al entrar y al fondo del pasillo creyó ver a
Teresa. Si, estaba seguro de que era ella. Pidió al sanitario que lo llevaba que se
apresurara en aquella dirección, sin embargo, al llegar, no había nadie. Menuda
decepción, tal vez la mente le estaba jugando una mala jugada.
Le introdujo en un box y le mandó estirarse en la camilla. Se quedó solo, con la mirada
fija en el blanco techo, intentó repasar la gran cantidad de acontecimientos que habían
ocurrido desde la llegada de la nueva compañera en la oficina, hacia dos días, o tres, no
lo recordaba, por qué no sabía ni qué día era hoy.
Cerró los ojos, dejándose llevar por el silencio del lugar y, justo cuando empezaba a
dormitar, creyó oír un leve murmullo, como si alguien se deslizará suavemente en
dirección a la camilla.
Entreabrió los ojos y vio a Teresa. Pensó que tal vez era una alucinación. La veía a su
lado, mirándole con una sonrisa en los labios, si no hubiera estado tan cansado la habría
besado.
La miró detenidamente, como la primera vez que se la presentaron, intentó abrir la boca, pero le puso un dedo en los labios.
Contempló todos sus movimientos, mientras preparaba una jeringa con un líquido que
sacó de su diminuto bolso negro, aquel que, unos días atrás, albergaba una pequeña
pistola gris.
Le vino a la memoria lo que le había contado la policía, habían desarticulado una banda
terrorista y ella ¿de qué bando estaba?
Le habría gustado preguntárselo, sin embargo, cuando ella le clavó la inyección, se dio
cuenta que no había vuelta atrás, era el momento de dormirse, quizás para siempre.

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