PSIQUE W

Rita era mi vecina, tenía la misma edad que yo, 8 años, y vivía en la casa que estaba frente a la mía. Nos llevábamos muy bien, siempre jugábamos juntas en la calle: a la comba, a las muñecas, a la rayuela, la gallinita ciega… Nos lo pasábamos muy bien, nos reíamos mucho, tanto que nuestras carcajadas se oían en toda la calle.

Pero empezaron a pasar cosas malas, cosas que nosotras no entendíamos. “Cosas de mayores que las niñas no podéis comprender”, nos decían nuestros padres, tanto a la una como a la otra, y nos prohibieron salir a la calle a jugar juntas. “El papá de Rita es malo. No puedes jugar con ella nunca más”, me dijo un día mi mamá cuando le insistí en salir a jugar con Rita. Mi mamá estaba irritada con mi papá porque se iba a la guerra, yo en cambio estaba contenta, pensaba que mi papá era un valiente por ir a pelear en la guerra.

Y también estaba contenta porque Rita y yo seguíamos jugando a escondidas a pesar de todo. Así fue como empezamos a vernos a través de los cristales de la ventana del salón que daba a la calle, nos hacíamos muecas y carantoñas la una a la otra y nos reíamos. Me divertía mucho jugando con Rita, hasta que llegaba mi mamá y me tiraba de las trenzas para apartarme a rastras de la ventana. Algunas veces se asomaba ella y murmuraba maldiciones contra los hombres que pasaban vestidos de azul y un gorro rojinegro en la cabeza. Yo le preguntaba que porque mascullaba esas cosas, y me respondía siempre lo mismo: “¡Ay niña! Cualquiera de esos puede matar a tu padre”. Y yo le volvía a decir: “¿Cómo lo van a matar, si son soldados como papá?”. Pero mi madre empezaba a sollozar y me dejaba sola en el salón con la duda. “Son cosas de mayores”, pensaba.

Pasaron los meses y los años, y Rita y yo seguíamos jugando desde nuestras ventanas. Un día, papá volvió, mamá se puso muy contenta y yo también, aunque papá estaba muy cambiado. Todo pareció volver a la normalidad, todo menos los juegos entre Rita y yo. Mamá seguía prohibiéndome que jugara con ella en la calle, yo me enfadaba, papá me daba un azote y mamá me castigaba. Pero me daba igual, siempre volvía a la ventana para ver a Rita.

Una noche oí un ruido muy fuerte que venía de la casa de Rita. Después empecé a escuchar gritos y el llanto de Rita y su mamá. Salté de la cama y entré en la habitación de mis padres para decirles que algo pasaba en la casa de Rita y que teníamos que ayudarla. Mi madre me gritó: “¡Dolores, vuelve a tu cama y cállate!”, pero yo salí corriendo para asomarme a la ventana por la que cada día veía a mi amiga Rita y jugaba con ella. Entonces pude ver como unos señores armados se llevaban al papá de Rita hacia el cementerio, mientras Rita y su mamá lloraban abrazadas en la puerta de su casa. Entonces mi papá me cogió con fuerza del brazo y empezó a darme bofetones y azotes, mientras yo lloraba y mi mamá le suplicaba que me dejara.

Esa noche lloré mucho, pero tenía el consuelo de volver a ver a Rita al otro lado del cristal. Al día siguiente Rita no apareció en su ventana, ni lo hizo nunca más.

Un comentario sobre “Al otro lado del cristal

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