JANIS MULLIGAN

Krimea

Es molesto que te metan unas cuantas balas en el cuerpo. Bueno, al menos para mí es molesto. Ya sé que sano más rápido que la mayoría de los mortales y que tengo un umbral muy alto para el dolor, pero aún así, jode. Pero solo por la maravillosa bienvenida que me brindan mis niñas, me pueden disparar todos los días. Ya te digo.

Al salir de la T4 de Barajas, Denisse nos está esperando, junto con algunos chicos. Como buena mediadora, se abraza primero a Katrina, toda ella sonrisas y besos emotivos. Luego, se cuelga de mi cuello y, tras una muda petición a mi esposa, me obsequia con un largo e intenso beso en la boca.

―           ¿Cómo te encuentras, cielo? – me pregunta con voz suave, cargada con ese acento que nos suele poner burros a todos los tíos.

―           Agujereado, Denisse, pero contento de estar de regreso.

―           Bien, me alegro. Todas hemos pasado mucho miedo cuando nos enteramos que te habían disparado.

―           La cosa fue más aparatosa que peligrosa, pero aún así, debo ir despacio – le digo, mostrándole mi cojera y mis movimientos entumecidos.

―           Por supuesto, jefe. Te cuidaremos entre todas.

―           Eso espero – susurra Katrina, con una sonrisa. – Hay alguien a quien queremos presentarte…

Denisse no se ha apercibido de la presencia de Krimea, que se queda en segunda plano, un poco alejada. Sigue usando una de sus gorras rasta, perfectas para ocultar su prodigiosa melena, que es lo que primero la identifica. Tomo a Denisse de la mano y la acerco a la morena, quien ya porta toda su colección de piercings en el rostro.

―           Te presento a…

―           ¿Eres Krimea? – se me adelanta Denisse, en inglés, extendiendo su mano. — ¿De veras eres Krimea?

―           Pues si, soy Krimea – dice la artista, soltando una divertida risita.

―           ¡Esto es la bomba! ¡Tengo tus CDs, así como la grabación de tu concierto en San Francisco! ¡Me encantas!

―           Coño con la groupie – dejo escapar. Nunca he visto a Denisse así de entusiasmada, a no ser follando, claro.

―           Eres mi primera fan europea – le dice Krimea, dándole un abrazo.

―           Bueno, una que ha aceptado – me susurra Katrina, con un guiño. – Quedan tres.

―           Lo harán igual. Krimea se hace querer.

―           Eso aún no lo he comprobado – me dice, haciendo una mueca llena de lujuria.

―           Deja que me recupere – mascullo.

De camino a la mansión, no hablamos nada sobre el asunto de Las Vegas, más que nada para que no haya habladurías entre los hombres. Entre todos, vamos comentando las afueras de Madrid por las que pasamos, las cuales no impresionan demasiado a Krimea. El Soto o Fuencarral no son tan diferentes del extrarradio de Las Vegas, salvo por el desierto.

Cuando llegamos a la finca, Krimea empieza a animarse realmente. Una extensión de terreno tan grande y con toda aquella vegetación es un paraíso a disfrutar para ella. Se queda muda al encontrarse ante la mansión.

―           ¿Aquí vivís? – pregunta, al bajarse del coche.

―           Si, esta es la casa de mi padre – le contesta Katrina.

―           ¡Esto es tan grande como un hotel!

Katrina y yo nos reímos, sabiendo lo gigantescos que son los hoteles en Las Vegas, pero algo de razón tiene.

―           Es un palacete del siglo XVII, pertenecientes a los duques de Valverde y Estuardo. Mi padre lo compró al mudarse a España y lo reformó y acondicionó totalmente – le explica Katrina, cogiéndola del brazo. – Puedes escoger tu habitación. Hay al menos diez o doce vacías.

Krimea la besa impulsivamente en la mejilla.

―           Gracias, Katrina. Os debo mucho, a los dos…

―           Ya nos lo pagarás, descuida – le digo yo, con una sonrisa maquiavélica.

―           Sabes que solo tienes que pedirlo – me contesta, mirándome fijamente.

En ese momento, mi hermana y Elke aparecen en la entrada principal, para darnos la bienvenida. Pam se me tira encima, aún sin dejarme subir todos los escalones, abrazándome con fuerza. Elke hace lo mismo con Katrina.

―           ¡Oh, joder, hermanito! ¡No vuelvas a darme esos sustos! – jadea, con la voz temblorosa.

―           Estoy bien, cariño. Sabes que soy duro de pelar, ¿no? – la tranquilizo lo que puedo.

―           Elke y yo lo hemos pasado muy mal, sin saber lo que había sucedido realmente – no me deja hablar, besándome los labios con piquitos rápidos.

―           Ahora me toca a mí, cuñada – la reprende Katrina con una exclamación alegre.

Secándose las lágrimas, Pam se funde en un generoso abrazo con mi esposa, y ambas se dan un feroz beso con lengua. Elke no tarda en caer sobre mí, aferrándose incluso con sus largas piernas. Al igual que mi hermana, llora, y no puede expresar su sentimiento. Solo llora y me besa. Cuando la puedo separar, me doy cuenta de la mirada que Krimea nos lanza. La verdad es que cuando le hablamos de la relación de Pam con Elke, no la pusimos al tanto de nuestra intrínseca relación, pero, vamos, tonta no es, así que va pillando cosas por su cuenta.

Pam no puede evitar ser un tanto fría al presentarle a Krimea. Es una intrusa y, además, la culpable de que me hayan herido, según ella. Sin embargo, le dan la bienvenida a la mansión. Denisse se ofrece para enseñarle las dependencias y hablarle del miembro que falta, Patricia, pues se encuentra en clase.

Niska y Sasha esperan a pie de las escaleras a que pasen todas las efusivas muestras de cariño, para ofrecernos las suyas, con respeto y entrega. Las besamos a las dos y Katrina se las lleva aparte, interesándose por la intendencia doméstica. A los pocos minutos, las dos criadas se ocupan de que nuestras maletas sean sacadas de los vehículos y la ropa debidamente tratada para su limpieza.

Una vez a solas, Pam y Elke nos acompañan, a mí y a Katrina, hasta nuestro despacho. Nos sientan en los cómodos sillones, casi frente a frente, y, sin más palabras, se suben a horcajadas. Pam sobre mis piernas y Elke sobre las de Katrina.

―           Cuanto te he echado de menos, cariño mío. Elke y yo soñamos con esto, cada noche – me susurra mi hermana, mordiéndome suavemente el labio.

Giro los ojos hacia mi esposa y la veo morreándose a fondo con la rubia escandinava, como fieras hambrientas.

―           Suave, Pam, que no estoy para brusquedades – la advierto, apartando mis labios de los suyos como puedo.

―           No te preocupes, hermanito. No tendrás que moverte en absoluto. Yo lo haré todo… todo…

Sus dedos ya están desabrochando mi pantalón, sacando mi rabo morcillón. Pam lo sitúa entre sus piernas, bajo la amplia falda que lleva, y se aparta las bragas a un lado, para sentirlo bien, al frotarse contra él.

―           Ah… tengo que hacer una copia de tu polla en silicona… te lo juro… Elke ya me lo ha pedido varias veces…

―           ¿No es mejor compartirme en vivo?

―           Si, mi vida, claro que si, pero no podemos disponer de ti a todas horas. Ahora, estás casado… y te debes, sobre todo, a tu esposa…

Mi pene crece, respondiendo a la estimulación de los muslos de mi hermana, hasta situarse, rígido, plano contra el vientre de ella.

―           Pam, todas sois mis esposas. Katrina es la única legal porque las leyes así lo marcan, pero me casaría con cada una de vosotras…

―           Puede que lo hagas algún día – rezonga ella, ocupada en empalarse lentamente.

Ya no es tiempo de hablar. Pam se alza lo que puede, colocándose de puntilla, tomando distancia para dejarse caer sobre mi miembro. Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, gimiendo mientras engulle polla. Aún no se le ha metido toda y ya se está corriendo, desmadejada sobre uno de mis hombros. La dejo descansar unos segundos y aprovecho para admirar a Katrina, quien está follando a Elke con dos dedos. La ha girado, sentándola de costado, como si le estuviera contando un cuento, pero le ha remangado toda la falda y le abierto las piernas para meter sus dedos vibrantes. Elke mantiene su rostro apretado contra el hueco del cuello de mi esposa, gozando sin freno. Katrina, mordisqueándose el labio, no para de preguntarle: “¿Gozas, vida? Déjame hacértelo otra vez.”

La verdad, ¡que bueno es estar en casa!

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Me he levantado temprano, aprovechando el fin de semana. Tengo que caminar y hacer ejercicio para recuperar mis músculos. Así que salgo, de buena mañana, a recorrer la finca. Llego hasta el campo de entrenamiento, hoy desocupado, pero me saludan los que están de guardia. Correspondo y me alejo, andando con un paso medido y tranquilo. Mi pierna va respondiendo mejor a cada día, aunque tengo el brazo un tanto rígido.

Cuando regreso a la mansión, solo Denisse está levantada, acostumbrada a madrugar. La beso tiernamente para darle los buenos días, y ella jadea al apartarse. Está deseosa, pero no es el momento.

―           ¿Qué piensas hacer hoy? – me pregunta.

―           Ponerme al día con los asuntos de la Facultad. Dejaré que Juni me cuente sus proyectos.

―           Está bien, pero el lunes tendremos que reunirnos con los comisionados de la agencia de seguros que se ocupa del palacio de Godoy. Han acabado de desescombrar la zona y los peritos están haciendo números.

―           Me parece bien, mi bella jurista – la piropeo al sentarme en la gran mesa de la cocina. Emma, la cocinera, me coloca un tazón de café delante y un surtido de magdalenas, croissants y biscochitos. Me encanta que me mimen, jejeje…

―           Hay otros asuntos pendientes, pero ya te los iré pasando, a medida que te integres.

―           Denisse, estoy herido, no idiotizado. Puedo hacerme cargo de muchas cosas, y, en verdad, lo estoy deseando. Esa estancia en Estados Unidos me ha abierto los ojos sobre un par de cosas.

―           Me alegro, jefe. ¿Qué va a pasar con Krimea?

―           ¿A qué te refieres?

―           ¿Va a quedarse aquí, se va a unir a la familia, va a trabajar para nosotros…?

―           No lo sé todavía. Dependerá de ella, de lo que busque o de lo que prefiera. Le he ofrecido representarla en su carrera, por lo pronto.

―           ¿Tú como agente? – se ríe Denisse.

―           Yo no. Sé que no sirvo para ese trabajo. Hay que engatusar, manipular, y lamer demasiados culos – le contesto, agitando una mano.

―           Conozco una buena agencia internacional, que tiene oficinas en Barcelona. Puedo hablar con ellos, a ver qué dicen.

―           Estaría bien, pero asegúrate que sean formales.

―           Por supuesto, jefe. Krimea me cae muy bien y pienso protegerla.

―           ¡Buenos días! – exclamó Patricia, entrando por la puerta.

―           ¿Qué haces levantada tan temprano en sábado, pitufa? – le pregunto, medio en broma.

―           Pues… pensaba llevarle el desayuno a la cama a Krimea, y proponerle dar un paseo a caballo. Ayer me dijo que siempre había deseado cabalgar – me confiesa, abrazándose a mí y sentándose en mi pierna sana.

―           Hablando de proteger – se ríe Denisse.

―           No sabía que fueras fan de Krimea – le digo, besando la punta de su nariz.

―           ¿En serio? ¿Te traes a casa a una de las artistas que están barriendo las listas y eso es lo que piensas? – responde, asombrada. – Le comería todo el mondongo si me lo pidiera…

―           ¡Joder! – me llevo una mano a los ojos. – Ya se ha liado esto…

―           Patricia, por favor, Krimea aún no sabe nada de nuestro… círculo – le explica Denisse. – Deja que se lo comentemos antes de presionarla, ¿vale?

La chiquilla se lo piensa un momento y acaba asintiendo.

―           De acuerdo, pero no tardéis demasiado, que quiero ser su fan número uno.

―           Está bien. Intentaré hablar con ella este fin de semana, aunque creo que ya se ha dado cuenta de varias cosas.

―           Si, creo que si – me confirma Denisse. – Esperemos que no se lo tome a la tremenda. Sale de un harén para caer en un clan de sumisas…

―           ¡Yo no soy una sumisa! – exclama Patricia, con un mohín.

―           ¿No? – le suelto al oído, haciéndole cosquillas. – Ahora mismo has dicho que si te lo pidiera, harías lo que fuese por Krimea. ¿Incluso someterte a ella?

―           ¡Cago en la leche, Sergio! ¡Tienes razón! – se da cuenta la chiquilla. — ¿Así que eso es sentirse dominada?

―           No, pero es un principio. Todo consiste en entregarse por amor, con diversos grados – le explica Denisse.

―           ¿Es lo que te pasa a ti con Sergio?

―           En un grado medio, podría decirse que si. Es mi jefe, pero le entrego algo más que la lealtad, por mi propia voluntad.

―           ¡Eres terrible con las chicas, Sergi! – me besa en la mejilla, con fuerzas. Después, se gira hacia Emma. – Emma, ¿puedes prepararme una bandeja con el desayuno para la señorita Krimea? Se lo subiré yo misma.

―           Si, señorita Patricia. Enseguida.

―           Miedo me da – le digo a Denisse cuando Patricia se marcha con la bandeja, varios minutos más tarde. – Krimea ha pasado por mucho. Es una superviviente, pero, al mismo tiempo, se someterá a una voluntad que se muestre poderosa y amigable. Así es como ha crecido y aprendido. En verdad, es otra sumisa, aunque sea solo para sobrevivir.

―           No creo que Patricia tenga la suficiente autoridad para eso. Ahora mismo es apenas un juego para ella.

―           Un juego en el que tiene experiencia – le recuerdo. – Dominó a su madre y lo sigue haciendo con Irene.

―           Solo podemos esperar y comprobar como reacciona Krimea.

―           Amén a eso, querida. – le digo, recordando que Katrina y Krimea se arrullan, sin ser casi concientes de ello.

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Me sumerjo en una frenética actividad, a pesar de estar aún convaleciente. Hay muchas cuestiones que tratar y atender, pero, por suerte, mis niñas están ahí para echarme una mano. El mismo sábado, tras desayunar, Basil me sorprende, dejando sobre mi mesa una carpeta con una ficha personal.

―           ¿Qué es esto? – le pregunto.

―           La ficha del tipo que ha sacado mejor nota en el centro de reclutamiento – me responde con una sonrisita.

―           ¿Ah, si? – me asalta la curiosidad y abro la carpeta.

Basil me deja leer a mis anchas, manteniéndose a mi lado por si tengo alguna pregunta. El tipo se llama José Cruz Olmedo y ha nacido en Málaga, hace treinta y dos años. Responde al apodo de Crux y tiene ascendencia gitana, por parte de madre. Ha cumplido condena de cuatro años y medio por agresión y posesión de estupefacientes, en el penal de Alaurín.

Las fotografías de su ficha muestran un tipo serio, de piel cetrina y barba cerrada, con una larga cabellera oscura y algo aceitosa. Sus puntuaciones en las diversas materias y aptitudes son impresionantes, y más siendo alguien sin entrenamiento militar anterior.

―           Este tío parece Jason Statham – bromeo, refiriéndome al actor que encarna a Frank Martin, el conductor suicida de la película Transporter.

―           Me han informado que es un hombre serio y reservado, nada dado a exageraciones. Un compañero de celda, a su salida de la cárcel, le pasó la circular del reclutamiento. No tardó demasiado en inclinarse por esa opción, sin trabajo, ni recursos. Prefirió eso a seguir delinquiendo.

―           Eso está bien. ¿Qué has pensado para esa joyita?

―           Ambos sabemos que necesitas un segundo. Yo no puedo hacerme cargo de todo ello. Sugiero que lo uses como escolta personal y ayudante personal, al menos de momento. Veamos como reacciona, ¿no te parece?

Tengo que admitir que Basil tiene toda la razón. Necesito alguien de confianza a mi lado.

―           Está bien. Envíamelo dentro de una hora. Dame tiempo a que lea su ficha por completo y repase otros asuntos.

―           Por supuesto – me contesta Basil, saliendo del despacho.

José Cruz… “Crux”… Ya veremos…

Un poco más tarde, Denisse entre en mi despacho. Me saluda mientras deja su eterno maletín sobre uno de los sillones. Admiro su estilo impecable. Traje de chaqueta y falda, en un azul serio y elegante. No lleva corbata pero si un largo pañuelo al cuello.

―           ¿Nos ponemos a revisar esos documentos? – me pregunta.

―           Espera unos minutos. Tengo que entrevistar a un nuevo escolta.

―           ¿Vas a usar escolta? ¿Tú? – se asombra.

―           Me hago viejo, querida – le sonrío. — ¿Has visto a Katrina?

―           Ha salido para Aranjuez.

―           ¿Se ha ido sola? – me preocupo.

―           No, llevaba a dos chicos. Todas tenemos claras tus indicaciones. Nada de salir solas.

―           Exacto.

―           El caso es que estaba citada con el arquitecto y quería comentar con él varias de sus ideas.

Dos secos golpes en la puerta nos interrumpen. Denisse abre la puerta, encontrándose con la mirada del hombre que espero.

―           Adelante, señor Cruz. Siéntese, por favor – le hago pasar. Denisse le calibra en silencio.

Sin embargo, lo mismo hace el hombre conmigo. Muchos de los reclutas no me conocían personalmente hasta el día de la crucifixión de Marla. Con esa exhibición, conseguí un par de cosas; la primera fue que todos recordasen mi rostro, la segunda, una jodida aureola de sádico. Bueno, debo decir que el sambenito me importa una mierda. Esto es una puñetera organización criminal, no el claustro de un monasterio.

―           El centro de reclutamiento me ha recomendado especialmente su persona cuando he solicitado un escolta y ayudante personal – expongo llanamente, mirándole a los ojos. – Tiene unas magníficas puntuaciones en las áreas más difíciles.

―           Gracias, señor Talmión – dice, mientras sus ojos repasan la figura de Denisse, quien apoya su duro trasero en una esquinita de mi escritorio. Sin embargo, me hago el loco y no se la presento. Él aún no es nadie, no se ha ganado el privilegio.

Ya no lleva el pelo tan largo como aparece en la fotografía de su ficha personal. Luce un corte moderado, tampoco nada militar, pero que le sienta bien. Ya no aparenta ser el macarra camellero del Perché que metieron en el talego. Sus ojos castaños se muestran serenos y pasan de mí a Denisse, con una frecuencia casi regular. Exhibe, casi con orgullo, una cicatriz que cruza el puente de su nariz. Es evidente que el golpe le rompió la nariz, achatándola por el centro, y le rasgó la carne en un corte longitudinal de unos cuantos centímetros. Por otra parte, José Cruz tiene una especie de tic en los labios. Los mueve ligeramente, cada cierto tiempo, haciéndolos sobresalir un tanto, como si fuese a dar un beso.

Por lo que puedo ver, el duro entrenamiento le ha hecho recuperar su nervudo cuerpo, tensándolo como una buena cuerda de guitarra. El malagueño mide un metro ochenta, mínimo, y se mueve con languidez, siempre sin prisas. Según las observaciones de sus mentores, el hombre es sereno en sus decisiones, así como práctico y metódico. Es un experto en cuchillos y navajas, y un buen tirador conla Beretta.Destacaen boxeo y savate, pero no como arte, sino como apoyo a su sucia forma de pelear.

―           ¿Cuáles serán mis cometidos? – pregunta de repente.

―           Bien. Creo que debemos conocernos poco a poco, los dos – no contesta y solo encoge un hombro. – hará de chofer en ocasiones, pero más que nada, como escolta.

―           Muy bien.

―           A medida que tomemos confianza, podrá ayudarme en otras cuestiones personales. ¿Le parece bien, señor Cruz?

―           Todo perfecto. Preferiría que me tutease, señor Talmión.

―           Lo mismo digo. Yo soy Sergio.

―           Y mis amigos me llaman Crux.

―           Entendido – le ofrezco mi mano.

―           Un asunto claro y conciso, como me gustan – comenta Denisse, con cierto tono burlón.

―           Vale. La abogada tiene prisa, Crux, ya la irás conociendo. Ahora, déjanos solos, por favor, tenemos asuntos que discutir.

―           Por supuesto.

Crux se retira con ese paso característico suyo y espero la opinión de Denisse.

―           Me gusta. Parece saber lo que hay que hacer – me confiesa, aún mirando hacia la puerta, ya cerrada.

―           Si, esa es la impresión que he tenido.

―           Confirmo eso. Me gustan los tíos callados…

Diez minutos más tarde, Denisse levanta la nariz de entre los papeles que cubren el gran escritorio, y me suelta, buscando mi mirada:

―           Ayer, Krimea me preguntó si yo pertenecía a tu harén.

Me quedo sin saber qué contestar, evidentemente.

―           ¿Un harén? – acabo preguntando, más que nada por decir algo.

―           Bueno, la verdad es que parecía totalmente convencida de que era así, y no se la notaba molesta por la idea.

―           Pero… ¿de dónde ha sacado esa idea?

―           No es algo descabellado, Sergio. Ha descubierto que tanto tu hermana como su prometida babean por ti; que tu flamante esposa me mete la lengua en el esófago a la mínima oportunidad, o que la joven Patricia gusta de dormir la siesta con ustedes dos. No nos escondemos de nadie, la verdad.

No me queda otra que confirmar todo eso. No hemos ocultado nada ante los inquisitivos ojos de Krimea.

―           De hecho, ella ha vivido en otro harén, según me ha contado – continua Denisse –, solo que era algo diferente. Allí, ella permanecía encerrada junto a las otras odaliscas, teniendo como diversión telenovelas venezolanas, o grandes partidas de XBOX. Solo salía para ensayar y actuar, siempre con vigilancia.

―           Si, es la única libertad que te da un jodido jeque, ya sabes. Derechos, cero.

―           Me lo puedo imaginar. Krimea ha quedado maravillada con que todas nosotras trabajemos, salgamos y tengamos una vida social totalmente independiente. Se entusiasma con el simple hecho de que te ayudemos con tus asuntos laborales, y no digamos de que Pam y Elke tengan una relación estable entre ellas, que encima no afecte para nada su incondicional entrega hacia ti. En cuanto a Katrina, está acostumbrada a que haya una esposa oficial, como madre del futuro heredero, pero no está acostumbrada a que esa esposa se relacione, para nada, con las mujeres del harén. Por ello, honra a Katrina muchísimo…

―           Denisse, todos esos sentimientos no concuerdan con la mentalidad de una chica occidental, criada en Los Ángeles – la interrumpo.

―           Es lo que pretendo explicarte, Sergio. Krimea posee dos vertientes –no quiero hablar aún de personalidades-, una repercute con su faceta social y mediática, como cantante y actriz, como ídolo de masas, pero no es más que de cara a la galería. En cuanto se retira a la privacidad, está condicionada por cuanto le ha sido inculcado por el jeque y sus educadores. Toda su adolescencia ha sido entrenada, dirigida, y, finalmente, sometida, a la voluntad de un hombre posesivo y cruel.

―           Visto así…

―           Krimea no quiere ser una esclava, pero, paralelamente, no sabe actuar de otra forma que esa. No está capacitada para elegir o tomar decisiones.

―           ¿Todo eso te lo ha contado ella? – le pregunto, admirado.

―           Por supuesto que no, Sergio. Jamás lo admitiría ante nosotros, ahora que nos hemos convertido en su Olimpo personal.

―           ¿Desde cuando eres psicóloga? – la miro inquisitivamente, haciéndola reír.

―           Tonto… solo hay que saber escuchar. Soy abogado, ¿recuerdas? Y muy buena, por cierto…

―           Por supuesto, querida – mi mano busca la suya. — ¿Qué me aconseja mi bella picapleitos?

―           Aún se está decidiendo, creo, pero pronto puede sugerirte algo, una propuesta interesante… una que no te interesará rechazar.

―           Bueno, pues estaré esperando.

Denisse asiente, soltándose de mi mano, y retomando la lectura de uno de los pliegos.

―           Denisse – susurro.

―           ¿Si?

―           Gracias, cielo.

Su sonrisa irradia todo el despacho. Que fácil es agradar a una mujer tan solo con una palabra dicha en su justo momento.

Katrina regresa justo para el almuerzo. Es la primera comida de Krimea junto a todos los miembros de la mansión, Basil incluido. Se la nota algo envarada, pero presta atención a cuantas conversaciones se cruzan en la gran mesa. Hablamos en español, pero intentamos vocalizar bien y despacio, para que ella pueda comprender. Está un poco oxidada, pero su hispano californiano es bastante bueno, así que pronto nos coge el pulso a todos.

―           El desescombro del palacio ha finalizado, al menos, la parte más complicada. Todo el centro del enorme edificio ha quedado devastado, tanto la estructura como los patios internos – relata Katrina, masticando lentamente su ensalada. – Como ya sabes, los pisos se volcaron hacia los patios, sepultando la piscina bajo toneladas de escombros.

―           Si, pude verlo en las fotografías del informe del seguro. ¿Se han podido recuperar muebles y tapices originales?

―           Algunos, otros se han perdido, destrozados. Lo que se ha recuperado está siendo limpiado y restaurado.

―           Bien.

―           El inspector de la aseguradora ha acampado prácticamente en la obra, anotando todo cuanto se realiza. Es un coñazo – me sopla Denisse, sirviéndose un poco más de agua.

―           Ernesto Gálvez. Representa al Grupo AXA – confirma Katrina. – Habrá que discutir con él para cualquier cambio en los planos. Tiene la última palabra en lo que la aseguradora cubre.

―           Bueno es saberlo…

―           La señorita Marquada, ha sido muy gentil de hacerme llegar los últimos planos modificados – comenta Katrina.

―           ¿La ayudante de Muñiz? ¿Esa jovencita y regordeta? – intento ubicarla en mi mente.

―           Si. Es muy eficiente, y no está gorda…

―           He dicho regordeta… jamona, opulenta, ¿mejor? – me disculpo con una sonrisa. Las mujeres siempre se defenderán ante los hombres, aunque luego se degüellen entre ellas.

―           Si, cariño. Mejor.

Me hubiera gustado contemplar a Katrina con un casco de albañil sobre su cabeza. Es una imagen que aún se me hace un tanto irreal y cómica. Sin embargo, conociéndola, sin duda se ha preparado ex profeso para ese paso. Se habrá peinado con un rodete que recoge sus largos cabellos rubios sobre la nuca, para que no le estorben cuando se coloque el casco. Compruebo que viste de forma casual, con unos jeans que le marcan perfectamente las caderas, y un fino jersey remangado. Algo que no desentona entre albañiles y currantes.

―           Cariño, es genial. Verónica propone…

―           ¿Verónica?

―           La ayudante del arquitecto Muniz, Verónica Marquada – bufa Katrina, molesta por las interrupciones. — Propone aprovechar el daño de la voladura y del derrumbe para realizar una salida directa desde los patios centrales. De esa manera, todo cuanto pensamos ubicar en la zona de ocio: la piscina cubierta, el solarium, y el gimnasio, pueden disponer de acceso desde la calle.

―           Me parece bien. En verdad, tú eres la experta en esto. Me dijiste que querías hacer algo en la línea de los colegios privados que has conocido.

―           Si, así es. Comprobé por mí misma como esa gente tiene mucha experiencia en acomodar estudiantes y rentabilizar el espacio. Será más o menos lo mismo, pero atendiendo a otro tipo de clientela.

Dejo que Katrina nos explique el por qué del cambio de emplazamiento de diversas áreas en el Palacio de Godoy. Nos comenta sus planteamientos en el enorme sótano del palacio, antes desaprovechado como trastero y bodega. Ahora, alojará un gran almacén, una despensa para latas y botes, así como el cuarto de las “escobas”, donde se guardará todo el equipo para la limpieza y mantenimiento.

El piso bajo quedaría para ubicar la gran cocina, la despensa con dos cámaras –con acceso desde la calle- y el vasto comedor. Todo ello ocuparía medio piso. En el resto, el salón de convenciones y varias aulas. En el primer piso, se situarían más aulas, una gran sala de estudios, así como los despachos del profesorado y administración. Al fondo, junto a las escaleras que llevan al último piso, se situará una sala de ocio para estudiantes. El piso superior estará dedicado a vivienda. Los dormitorios de las alumnas, con baño incluido todos, y las diversas zonas de descanso.

Como veo que Katrina lo tiene todo estudiado y planteado, me dedico a observar a Krimea, quien mastica con la mirada puesta en mi esposa, casi con adoración. Recuerdo lo que Denisse me ha comentado antes y percibo que tiene razón.

Al acabar el almuerzo, Denisse recibe un mensaje del arquitecto Muñiz, citándonos en Algete, esa misma tarde. Al parecer, Muñiz ya dispone de un primer borrador de la estructura y quiere mostrárnosla “in situ”. Le pregunto a Katrina si desea acompañarnos, pero mi esposa tiene otros pensamientos. Ha quedado para ir de compras con Krimea y declina la oferta, aduciendo que ya pedirá a Verónica el croquis del proyecto del arquitecto, y así opinar. ¿Desde cuando sabe tanto mi mujer de proyectos arquitectónicos?

―           No te quejes. Tienes la suerte de poder delegar estos asuntos más mundanos en los hombros de las personas en quien más confías.

“Vale, viejo. Solo era una pregunta.”

―           Yo tengo otra. ¿Se dejará dar por ese culazo la tal Verónica? Bebe los vientos por ti.

Ni caso. Es hora de darle su primer trabajo a Crux. Le doy un toque a su móvil, para indicarle que se agencie un coche y nos recoja en la entrada principal. Elige un oportuno Lance Rover Crusader, blindado, que ni siquiera sabía que teníamos, y nos conduce, de forma suave y hábil, hasta la finca de Algete. Aún es pronto para que la gente del lugar sepa quienes somos, pero supongo que las habladurías han empezado. Pronto nos señalarán con el dedo y murmurarán. Bueno, no puedo hacer nada sobre eso.

Desde luego el arquitecto es un tío preparado. Ha desplegado una mesa de campaña para abrir los planos que trae. Muñiz es un personaje muy simpático y lleno de recursos. Como persona no es gran cosa. Apenas un metro sesenta, cincuenta años, barbita rala, y encima cojea por una polio que le dejó la pierna derecha como un fideo. Pero el tío rebosa de energía, así como de ideas. Es uno de los mejores arquitectos de Madrid y podríamos decir de España.

―           Señor Talmión – me aprieta la mano con franca energía – permítame reiterar cuanto le agradezco la libertad que me ha otorgado en este proyecto. No estoy limitado más que por la naturaleza.

―           Bueno, bueno, aún no he visto sus primeros bocetos – me río, acercándome a la mesa dispuesta.

―           Como puede ver, me he basado en la idea de un observatorio de aves. Si esta es una zona protegida, con un alto valor ornitológico, que menos que fusionar el entorno y la necesidad, ¿no?

―           Puede ser una buena idea, señor Muñiz.

―           Bien, aquí tiene algunos bocetos a lápiz sobre posibles fachadas. Tenga en cuenta que esto es una simple apreciación… los primeros pasos de un bebé – bromea.

―           Entiendo – la verdad es que ese hombre parece haber entendido a la perfección lo que intento levantar allí. Una especie de retiro para la contemplación y la depuración urbana –sobre el papel-, pero con la ostentación y el buen gusto de un palacete privado y oculto.

Cada uno de los bocetos muestra unas grandes vidrieras o bien una amplia galería acristalada, desde las cuales los clientes pueden contemplar el especial entorno de jardines y fuentes que se levantaran allí. La forma del edificio en si cambia con cada boceto, pero solo es un detalle de preferencia. Hay una en la que predomina una gran esfera geodésica que parece cubrir las redondeces de una serie de edificios chatos. En otra, el inclinado y enorme tejado que cubre todas las instalaciones, sirve de base para una pradera artificial en la que se podrían celebrar todos los picnics de la historia. Una de las que más me impactan se asemeja a un enorme tronco de árbol podrido y caído de costado sobre la planicie. La “madera” está horadada por cientos de agujeros que no son otra cosa más que ventanas, de todos los tamaños y formas. Las entradas se abren una decena de metros por delante, subterráneas, y dos gruesas ramas que aún se retuercen son, en realidad, dos molinos eólicos disimulados.

―           ¡Son muy buenos, señor Muñiz! – exclama Denisse y tengo que reconocer que tiene razón.

―           Aún no sé qué es lo que puede decir el consejo municipal de una estructura así – mascullo.

―           No se preocupe por eso. No hay ninguna normativa que regule la construcción en este municipio. Ya me he informado. Supongo que un proyecto así le insuflaría una publicidad muy necesaria. No creo que se nieguen – nos informa. – Pero todo esto no son más que ideas que podemos retocar, fusionar, u olvidar. Lo importante es la disposición básica – y enrolla todos los bocetos para dejar espacio al gran plano que tiene debajo.

―           ¿Qué ha pensado? – le pregunto, aún tocado por lo que me ha presentado.

―           Ya se han hecho la mayoría de las mediciones del subsuelo, así como el muestreo geológico que pedía el ayuntamiento. Tal y como se nos advirtió en un primer momento, la firmeza del suelo es cambiante. Solo disponemos de esta gran terraza – señala el estrato más elevado – con suficiente garantía para edificar un edificio de las dimensiones pretendidas.

―           Bien. Por lo menos, no nos toma por sorpresa – le digo.

―           Así es. Pivotaremos toda esta área para asegurarla, pero no voy a diseñar una cimentación profunda, ni ningún tipo de sótano. Se nos llenaría de agua y los cimientos se oxidarían.

―           ¿Entonces? – pregunta Denisse.

―           Se usaran pilotes impermeables y dejaremos así, un espacio estanco y vacío, que puede ser bombeado en caso de necesidad. Si hay algún desbordamiento imprevisto del río, la estructura siempre quedará a salvo.

―           Bien pensado – le felicito.

―           Gracias, señor Talmión. He pensado que el club, sea cual sea la idea que escoja, debería construirse de espaldas al río. A su trasera, todo serán jardines, piscinas, estanques, campos recreativos y estructuras de recreo. Quedaran ocultas por la fachada de la estructura principal y, desde el río, la nueva vegetación que se plantará, actuará como biombo natural. Toda la flora que vamos a necesitar dispondrá de agua suficiente, merced a la filtración subterránea de todo este terreno de escaso valor.

―           ¿Así que los aparcamientos quedaran ocultos? – sé que para la clientela, este dato es importante.

―           Así es. La nueva carretera pasará a doscientos metros, hacia el este – señala con una mano el arquitecto. – El desvío se puede controlar y disimular, una vez fuera de los límites del control del ministerio de Obras Públicas y Urbanismo.

―           Perfecto – susurro, suficientemente motivado por los buenos planes. Me he propuesto que esta nueva mansión, que sustituirá al palacio de Godoy y Osuna, sea aún más fastuosa e íntima. No sé si eso es lo que sentían los reyes y faraones, al construir algo que perduraría enla Historia, pero yo quiero que esto conserve mi huella.

―           Está bien, señor Talmión. Daré consistencia a estos bocetos y le llamaré la semana que viene para que de su visto bueno. Si pudiera elegir uno o dos de ellos para entonces, podría presentarlos al consejo municipal.

―           Será un placer, señor Muñiz – me despido, dejando que Denisse le estreche también la mano.

Detrás de nosotros, Crux se mantiene apoyado contra el gran 4×4, realmente atento a cualquier movimiento en el paraje. Creo que Basil ha hecho una buena elección. El tipo me gusta.

_____________________________________________

Solo apercibo mis puños. No dejo que mi mente se distraiga en otra cosa; solo mis puños, apenas borrones en movimiento, golpeando el saco, una y otra vez, con fuerza mesurada, pero con rabia contenida. Me dejo llevar por la fantasía que calma mi mente: es el cuerpo de Anenka el que estoy destrozando, convirtiéndole en una pulpa sanguinolenta. Los golpes retumban en el desierto gimnasio, a medida que incremento la pegada. Secos, brutales, letales.

Acabo de destrozar a la perra de la rusa y comienzo, con nueva alegría, con esa cucaracha de Arrudin. En este momento, esos dos constituyen mi fijación; dos asquerosas babosas a aplastar.

Termino con una tremenda patada que hace oscilar el saco casi un metro sobre su eje. Escucho aplausos detrás de mí. Katrina y Krimea me han estado observando, al parecer, sin que me diera cuenta de su presencia.

―           ¡Eres el mejor, nene! – exclama mi esposa.

Me doy cuenta de que se acerca a mí, llevando de la mano a la artista americana. Esto me huele a nueva sorpresa.

―           ¿Te entrenas así cada día? – me pregunta Krimea.

―           Cuando puedo. A veces entreno con un maestro.

―           Ahora comprendo lo que pasó en Los Ángeles – me dice, con una gran sonrisa.

―           Fue mejor que estuvieras inconsciente, créeme – bromea Katrina.

―           ¿Qué sucede? – le pregunto a mi esposa.

―           Nada, nene. Solo queríamos darte la noticia de que Krimea ya dispone de representante – puntualiza mi rubia esposa.

―           Ah, maravilloso. ¿Se trata de la gente que te presentó Denisse? – le pregunto a Krimea.

―           Si. Es una buena agencia de fama internacional. Incluso escuché hablar de ella a unos artistas invitados en el casino, allá en Las Vegas. Sé que con ellos tendré buenas oportunidades.

―           Me alegro mucho. Me gustaría que te adaptaras cuanto antes a este país.

―           No te preocupes, Sergio. Esto es muy parecido a California… ¡si hasta se habla hispano! – ríe su propia broma.

―           Espero que no te escuche nadie del Frente Ibero. Joder, hispano… ¡Puffff! – la amonesto.

―           Bromas aparte. Me han prometido un buen mercado musical y no solamente América, sino también UK y Alemania – casi bate palmas de alegría.

―           Había pensado que podríamos salir a cenar los tres, esta noche, para celebrar la noticia – propone Katrina.

―           Me parece genial – admito, contemplando los chispeantes ojos de Krimea. — Pero, ¿solo los tres…?

―           Las chicas tienen otros compromisos – agita la mano Katrina, quitándole importancia. Quiere intimidad, por supuesto. Conoce a Krimea mejor que ninguno de nosotros.

¡Coño! ¡A veces soy el último en enterarme!

Y hablando de ello, hubiera sido mejor no enterarme de algunas cosas. Como si se hubiera desatado una alerta nacional, las chicas se llevaron esta tarde a Krimea de compras, aduciendo que no disponía de vestuario alguno. Una artista de su talla no podía consentir un trauma como aquel –palabras de Patricia, cuando se enteró de que todo cuanto tenía Krimea, se quedó en su suite del Wynn. Pero, tonto de mí, nunca imaginé lo que significaban aquellas palabras, ni tal acto… ¡Imagínense, una cantante sin vestuario llevada de compras por Madrid por dos modelos, una pija millonaria, y una adolescente enloquecida!

Menos mal que Denisse estaba conmigo, trabajando…

No he querido ver el montante de las facturas, pero con solo ver la cantidad de bolsas que están empaquetadas en el pasillo, a la puerta de la habitación de Krimea, y los nombres de los establecimientos impresos, ya me hago un cálculo. Sin embargo, con un delicioso mohín, Krimea me deja bien claro que todo eso no es más que un préstamo, que nos lo devolverá en cuanto empiece a trabajar.

No tengo ni idea de cómo consigue calmar mi alma de avaro, pero lo hace. Quizás sea el increíble aspecto que ambas lucen, al bajar la gran escalinata de la mansión. ¡Madre mía! ¡Que dos increíbles orquídeas humanas! Si Ras tuviera garganta, se le secaría, seguro. Portan, con total elegancia, dos vestidos de noche, que tienen toda la pinta de ser de renombrado diseño. Katrina lleva uno negro, con toda la espalda al aire, un peto de lentejuelas y encaje, y vuelo por encima de la rodilla. Krimea se ha decantado por un tono crema, con falda muy corta, de amplios volantes, y un escote de vértigo. Con unas sonrisas beatíficas, me besan suavemente en la mejilla, más que nada para cerrarme la bocaza.

Le pido a Crux que prepare dos coches y que escoja a dos compañeros para que nos acompañen toda la noche. Después de la charla que me ha dado Basil, al enterarse de que hemos estado en Algete, sin más protección que un escolta, me queda muy claro que ya no me muevo por mi propia cuenta.

Siguiendo la indicación de Katrina, he hecho reserva en Saray, un restaurante turco con espectáculo de su conocimiento, en Coslada. Se encuentra en Valleaguado Sur, próximo al parque dela Rambla, y no tiene pérdida, pues, como su nombre indica en turco, es un palacete oriental construido en ladrillo rojo. Cuando nos dejan en la puerta, le indico a Crux que él y los chicos se turnen para cenar.

El interior del restaurante es muy acogedor, decorado con sutiles cortinajes, divanes bajísimos, repletos de mullidos cojines satinados, cortinas de abalorios que separan diversas zonas, y todo el suelo recubierto de pulida madera. El encargado, un tipo que parece haberse dejado el camello amarrado en la cocina, nos lleva hasta nuestro reservado. Le pido que dispongan una mesa para mis chicos y que les sirvan lo que deseen, lo que me otorga una nueva y profunda reverencia. Ese tío tiene una puta bisagra en la espalda, seguro.

Las chicas se sientan una a cada lado de mi espacio, teniéndome como centro de sus chanzas. El restaurante dispone de una excelente carta de vinos de Anatolia, y Katrina, la experta en vinos, elige un Doluca blanco, joven y suave, así como un buen tinto de reserva Antik Kirmizi, del 2003, también de la casa Doluca, para acompañar los meze –entremeses- que nos traen. Tanto para Krimea como para mí, resulta ser nuestro primer contacto con el vino turco y no nos defrauda nada.

Katrina me ha ido descubriendo nuevos sabores en diferentes cocinas extranjeras. Hoy toca la turca, como antes lo hizo con la libanesa, o la hindú. Sus sabores y texturas son bien diferentes a lo que estoy acostumbrado, pero igualmente sabrosos. Sin embargo, Krimea si parece estar familiarizada con ellos. Particularmente, a mí, los entremeses me fascinan. El queso blanco turco mezclado con tomate y pepino, los pimientos rellenos de arroz, los dados de pollo carcasiano, bañados en salsa de nueces, los mejillones fritos, el lakerda (pescado en salazón), las aceitunas verdes y negras, el lebleli (garbanzos tostados) y el sucuk (salchichón sazonado), traspasan mi paladar, dejando huella.

Cuando los camareros traen las dolmas –verduras rellenas-, salen las odaliscas al escenario. Hay que reconocer que son magníficas bailarinas. Sus cuerpos se cimbrean al ritmo del laúd, del qanún, de la nay, y del pandero tar. Estas no son chicas surgidas de una academia en la que enseñan la danza del vientre, sino auténticas bailarinas semitas, de piel morena y brillante, y profundos ojos negros. Su arte me atrae, me hechiza, se introduce bajo mi piel. Noto a Ras tirando de mí, intentando convencerme de disponer de una de ellas.

Me repongo bebiendo un buen trago de vino y sobando el muslo de Katrina, bajo la mesa. Ella me sonríe, como si hubiera adivinado lo que me ocurre.

―           ¡Igualitas que Shakira! – exclama Krimea, observando los ondulaciones de las bailarinas.

―           ¿Conoces a Shakira? – le pregunto.

―           Coincidimos en una gala en beneficio del Síndrome de Dawn, en Los Ángeles. Es muy simpática y… dinámica – se ríe, al expresar su opinión.

La conversación es fácil con ella, pero bastante superficial. No quiere responder a cuestiones demasiado personales, como si le diera vergüenza su vida pasada. No pretendo presionarla y parece que Katrina sigue la misma norma.

Nos sirven una carne exquisita, espalda de cordero asada y cortada en dados, con una salsa de pepino rallado con base de yogurt. Según Katrina, la carne se llama adjem pilaf y la salsa cacik. Mientras nos comemos el cordero según la tradición pastoril, o sea con los dedos, Katrina suelta una pequeña bomba, que me hace escupir salsa a mansalva.

―           Krimea me ha pedido que intervenga por ella. Desearía ser tu concubina.

¡Hala! ¡En toda la frente, así, en seco!

―           ¿Y eso a qué viene?

―           Verás, según me ha confesado y que yo veo totalmente lógico, Krimea no se ha criado con una familia convencional. Su madre murió siendo ella aún niña. Su padre se pudre en la cárcel y ni siquiera le conoce. Estaba a cargo de su hermano, doce años mayor que ella, y de sus tíos paternos.

Cuando la miro, Krimea asiente, como confirmando los datos.

―           Se ha educado bajo cierta imposición masculina, siendo la única niña de la familia. Después, al alcanzar la adolescencia, el jeque la tomó bajo su “protección”, obligándola a acceder a sus diversos caprichos.

―           Eso ya lo sabía – dijo, mojando una sopa de pan en la salsa.

―           ¿Y qué conclusión sacas de todo eso? – Katrina ha sacado su tono más burlón. ¡Odio cuando hace eso!

―           Que está demasiado acostumbrada a obedecer. No sabe manejarse por sí sola – contesto antes de tragar.

Katrina se queda mirándome, sorprendida.

―           No soy tonto, Katrina, aunque a veces lo simule. Además, recuerda bien quien mantengo asomado a la ventana de mi alma…

Mi esposa asiente y hace un gesto que ambos conocemos. Es su forma de disculparse. Krimea no tiene porque saber nada de Rasputín.

―           El caso es que tienes razón. Krimea necesita un… mentor.

―           Pero… si es así, ¿por qué huiste del jeque? – me encaro a Krimea, echando por tierra la respuesta en la que digo que no soy tonto. Katrina suspira, decepcionada.

―           Se volvió obsesivo con todo lo que se relacionaba conmigo. Con cada vez más frecuencia, me entregaba a sucios depravados, a ciertos… experimentos que… – la voz de la americana se corta con un quejido.

Alzo la mano, demostrando que he comprendido la idea. Katrina, para darle tiempo a la morena a reponerse, me relata como la cantante le hizo ciertas preguntas cuando comprendió que todas las chicas de la mansión eran mis amantes.

―           ¡Sin esperarlo, se ha topado con otro harén, solo que diferente al del jeque! – exclama Katrina. – Eso es algo que ella conoce a la perfección y este serrallo dispone de mucha más libertad…

―           Así que ha pensado ingresar en él por propia voluntad – acabo yo por ella.

―           Así es – Katrina se levanta y se coloca detrás de la silla de Krimea, apoyando sus manos sobre los desnudos hombros de la cantante. – Le gustas como hombre y, encima, te está muy agradecida por salvarla. También se lleva muy bien conmigo…

“Quizás demasiado.”

―           Lo ideal para ella, sería pertenecer al harén… entregarse a ti…

―           Puedo ofrecer la mayor parte de mis futuros ingresos como dote, a cambio de que me aceptes, Sergio – murmura, clavando una mirada imploradora en mí.

―           No he aceptado nunca nada de ninguna de mis chicas – contesto.

―           Cuando le ofrecí el control de la empresa de mi padre, tuve que hacerlo junto con una propuesta de matrimonio. Sabía que, de otra manera, Sergio no aceptaría – le explica mi esposa, entre risas.

―           No pretendía ofenderte con esa propuesta. Solo deseo que comprendas que no bromeo en absoluto y que estoy dispuesta a someterme a ti, Sergio.

―           ¿No quieres ser libre? — Le pregunto, usando un último cartucho. Por mi parte, ya me he decidido. Estoy deseando meterla en la cama redonda.

Krimea agita su melena con su firme negación. Después, alarga las manos, atrapando una mía y otra de Katrina, sobre la mesa.

―           Sé perfectamente que la gran cama que compartís no tiene nada que ver con la esclavitud del serrallo que he abandonado. Tanto Katrina como las demás chicas han sido muy amables respondiendo a mis curiosas preguntas. Me han contando maravillas sobre ti y tu portentosa masculinidad; tantas que creo que han exagerado bastante…

Katrina se lleva una mano a los labios, intentando reprimir la risa. Contemplo a Krimea con seriedad, como sopesando mi decisión. Ella retuerce sus dedos, esperando inquieta. Una vez más, me maravillo que una hembra así quiera ser mi esclava.

¡Dios existe!

―           Krimea, lo siento infinitamente, pero no puedo aceptar tu proposición…

Tanto Katrina como la cantante se quedan pasmadas con mi respuesta. Mi esposa ya daba por hecho mi aceptación, y, ahora, titubeando, intenta interceder. Krimea parece a punto de echarse a llorar. Las acallo a las dos con un gesto.

―           Ya no soy un hombre soltero y libre para aceptar una mujer más en mi vida. Estoy casado con ella – les digo, al mismo tiempo que con mi mano libre acaricio una tersa mejilla de Katrina. – Solo podemos aceptarte los dos, como matrimonio, para que seas nuestra concubina. Tendrás que servirnos a ambos, por igual, Krimea.

―           Oh, querido – gime de pura felicidad Katrina, acariciando mi nuca con sus largas uñas. – Es lo más bonito que me han ofrecido jamás. ¿Qué contestas, Kri?

―           Lo mismo que tú, Katrina… Es la oferta más maravillosa que me han hecho en mi vida. Será todo un placer y un honor serviros.

―           ¡Perfecto! – atrapo sus manos y las uno con las de Katrina, bajo un firma apretón de mis dedos.

―           ¿Cómo debo llamaros? – nos pregunta.

―           ¡Nada de “amos”! Ya tuve bastante AMO por un tiempo – se ríe Katrina.

―           Si, puedes tutearnos como hasta ahora, pero…

Krimea se queda a la expectativa, esperando condiciones.

―           … siempre con respeto y, desde luego, nada de ropa íntima. Me gusta el acceso rápido.

La cantante sonríe y enrojece, al mismo tiempo. Interroga a mi esposa con la mirada.

―           Ya te diré mis preferencias a solas – le indica Katrina, con una voz cargada de lujuria, y estirando su figura.

―           ¡JODER! ¡VÁMONOS YA A CASA, A FOLLAR!

 

_____________________________________________

Me he quitado los zapatos y la camisa, antes de dejarme caer de espaldas sobre la gran cama redonda. He preferido dejarle la iniciativa a Katrina; me trae buenos recuerdos. Las dos están de pie, en mitad del enorme dormitorio. Krimea respira agitadamente, los brazos caídos a lo largo de su cuerpo. Katrina está a su espalda, bajándole la cremallera del vestido y dándole cortos besitos en el cuello, que parecen tener la virtud de poner muy nerviosa a la cantante.

El tejido resbala hasta quedar en el suelo, a sus pies. Sus senos aparecen, plenos, hermosos y turgentes. Una minúscula braguita intenta tapar su tatuado pubis. Me llama poderosamente la atención el precioso tribal que engloba su ombligo.

―           ¿Te gusta lo que ves, esposo?

―           Pues, la verdad… me gustaría recorrer con la lengua cada trazo de tinta – cabeceo.

―           Mi cuerpo es vuestro para lo que deseéis – musita Krimea.

Estoy impaciente por sentir toda esa mata de pelo deslizarse sobre mi cuerpo, acariciándome mientras me cabalga, o bien tirar de ella con fuerza al rendirme al éxtasis. Katrina ha debido pensar algo parecido, pues ha deslizado sus manos por la melena azabache, usándola para abarcar los tiesos senos de Krimea.

―           ¿Tiemblas, Kri? – le pregunta mi rubia, al oído.

―           De ansiedad, mi dulce señora – jadea.

―           Jajaja… no te creas nada de esa afable apariencia, Krimea. Katrina puede ser muchas cosas, pero dulce no es una de ellas – me río desde la cama.

―           Aguafiestas – gruñe, apretando con fuerza un pezón oscuro y duro. — ¿Soportas el dolor, cielo?

Krimea baja la cabeza y niega. Lo vi con mis propios ojos, cuando su antiguo amo la azotó delante de mí. Se orinó de dolor. Repentinamente, gira el cuello, intentando mirar a Katrina.

―           Por ti, soportaré cuanto sea necesario. Úsame como desees, Katrina.

―           Buena respuesta – la felicita mi esposa, besando esos labios gordezuelos.

―           Bájale la braguita, Katrina – pido sin moverme. – Que se gire; quiero contemplar con detenimiento esa obra de arte.

Enrojeciendo de orgullo, Krimea expone su cuerpo ante nuestros ojos. No son solo unos magníficos tatuajes, dignos de cualquier célebre artista, los que me impactan, sino la forma en como se ondulan y se estiran sobre sus perfectas formas. Su cuerpo es, en si mismo, una escultura de carne, moldeada por unos excelentes entrenadores y unos cirujanos estéticos de primera. Hay que reconocer que el jeque invirtió una buena cantidad de dinero en ella. Peor para él, ahora la disfrutaré yo.

―           Venid a la cama…

―           Es hora de que compruebes la verdad sobre mi marido – comenta Katrina, tomándola del brazo. – Desnúdalo…

Se mordisquea el labio mientras desabotona mi pantalón. Katrina se queda arrodillada a su lado, muy atenta a la expresión de su rostro. Krimea tironea del bajo del pantalón hasta deslizarlo por mis piernas.

―           El boxer también – musita mi rubia esposa.

La impresión alcanza a la cantante cuando mi calzoncillo llega a medio muslo y revela mi pene a medio armar.

―           Fuck! The mother who bore me! This is a missile! – exclama por lo bajo y abandonando su petulante hispano.

―           ¿Qué decías sobre exageraciones? – se burla Katrina.

―           ¿De verdad pretendes meterme todo ESO?

―           Hasta que mis bolas tropiecen, concubina – la llamo al orden con una sola palabra.

―           Perdón, Sergio – se disculpa, agachando la mirada, pero sus manos tiemblan, aún aferradas a la cinturilla de mi boxer.

Pero a pesar del temor que esgrime, puedo notar como sus manos se tornan ávidas en sus caricias, recorriendo mi polla con ansia. Sus pupilas se clavan en mi carne íntima, como queriendo fijar en su memoria mis dimensiones y mi prestancia. Katrina me mira y me sonríe, conociendo lo que Krimea está sintiendo en ese momento.

―           Aplica tu lengua – la insta mi esposa, empujando su cabeza hacia abajo.

Esos divinos labios se abren al acercarse a su objetivo. Resbalan lentamente sobre mi prepucio, hasta que la húmeda lengua asoma, cual ciega criatura sensual buscando su alimento a través del tacto y del gusto. La verdad es que consigue hacerme gemir con un par de pasadas. Es una lengua acolchada, gruesa y grande; una lengua de mamona natural, nacida para mamar sin descanso. Los grandes rizos de su melena se vienen hacia delante, con la postura que asume, cayendo sobre mis muslos, casi ocultando su rostro. Tengo que apartarla para no correrme anticipadamente. ¡Coño con la esclava!

La atrapo por el pelo, obligándola a mirarme.

―           Mi esposa está esperándote. Mírala, está congestionada por el deseo – le digo.

Krimea gira el rostro y mira a Katrina, quien no deja de pellizcarse cruelmente los endurecidos pezones, sobre el brillante peto de su vestido. Tiene la boca entreabierta, jadeante, donde un pequeño mohín de anhelo y deseo curva sus labios hacia abajo.

―           ¿Qué deseas que haga, mi señora? – le pregunta, ronroneando y gateando ante ella.

―           Ven, perrita mía – la llama mi esposa, tumbándose en la cama y abriendo los brazos.

Se fusionan en un apretado abrazo, la americana encima, y sus labios comienzan un feroz combate libidinoso, donde las lenguas se usan como lanzas que buscan profundizar en el interior de las bocas. La rubia, quien solo se ha quitado los altos tacones, mantiene su falda en la cintura, dejando que la entrepierna de Krimea se frote contra la suya con desesperación. Entre las dos, están impregnando las braguitas de jugos de pasión.

De repente, Katrina rueda, dejando a nuestra concubina bajo ella. Queda a horcajadas sobre su seno y aprovecha para sacar el vestido por encima de su cabeza. Luego, se inclina, abriendo totalmente las piernas tatuadas, e instala su boca cómodamente sobre la vagina coronada por la efigie de un pequeño duende burlón. Con un estremecimiento, Krimea la imita, apartando la braguita y hundiendo su lengua en el maravilloso coño de mi esposa.

No puedo quedarme contemplando tal escena. Es superior a mis fuerzas. De rodillas, avanzo hasta colocarme entre los pies de la cantante. Katrina levanta los ojos y mira mi miembro erecto, desafiando la gravedad. Alarga una mano para tomarlo con delicadeza y lo conduce al deseado coño de Krimea.

―           Traspásala – me susurra.

Dicho y hecho. Con suavidad, me hundo en aquella carne ardiente que se estremece a mi paso. Los jadeos que se escapan de la garganta americana me estimulan totalmente. Katrina aquieta las caderas que comienzan a botar instintivamente.

―           La muy puta se está corriendo con solo metérsela – bromea mi mujer.

―           Sigue comiéndole el clítoris, cariño. Haz que recuerde esta noche mucho tiempo.

Me sonríe ladinamente antes de inclinarse y dedicarse a prolongar el orgasmo de Krimea. Por mi parte, inicio un suave y lento vaivén, sacando casi todo mi miembro para volverlo a introducir, tardando al menos diez segundos en las dos operaciones. Krimea se está poniendo frenética entre eso y la lengua de mi esposa. Chilla y se retuerce bajo el peso de Katrina, como si la estuvieran torturando, pero es placer, sin duda alguna, lo que sufre.

―           ¡Puta vaca! ¡Quiere más, mucho más! – noto el áspero sabor del descontrol de Ras que sube desde mis entrañas. Debo refrenarlo y dejar que alimente mi propia libido.

Acelero mis embestidas y, así, crecen sus aullidos. Ha dejado de lamer el coño de Katrina, totalmente enloquecida. La rubia opta por cabalgas uno de sus duros senos y frotar su clítoris contra el pezón. Está erguida sobre sus rodillas, mirándome y tironeando como loca de uno de sus pezones. Creo que los gritos de Krimea la alteran tanto como a mí.

Finalmente, reconozco el vahído que suele asaltarla en sus fuertes orgasmos y tengo que acogerla entre mis brazos cuando cae hacia delante, sin fuerzas. No por ello dejo de perforar el sexo de Krimea, la cual parece estar amasando un colosal orgasmo en sus entrañas. Como si mis pensamientos hubieran actuado de gatillo, su vientre se colapsa, arqueando los riñones y las caderas. Dos, tres enloquecidos espasmos indican su clímax, así como un gorgoteo asfixiado surge desde detrás de las nalgas de Katrina. Me vacío en su interior largamente, y Katrina me besa el pecho, al sentir mi estremecimiento.

―           ¡Dios bendito! – exclama, mirando nuestros pubis aún unidos.

Me hace apartarla para ver de qué se trata esa humedad que siento. De la vagina de Krimea, arrastrando mi propio semen al exterior, se desliza un largo reguero de fluidos, obstaculizados por mi propio miembro. Si no la tuviera aún metida, habría surgido con fuerza, como una buena meada.

―           ¡Eso es correrse, nene! – chilla Katrina, contemplando tal proeza.

Se baja del pecho de Krimea, acariciándole el rostro, admirando la laxitud que la envuelve, entregada al largo orgasmo.

―           Lo… siento… – murmura la americana, con voz débil.

―           ¿Por qué? – le pregunta Katrina, besándola en la mejilla.

―           Es vergonzoso… como si me orinara…

―           ¿Siempre te ocurre cuando te corres?

Krimea niega con la cabeza. Toma aire y traga saliva.

―           Solo cuando… me descontrolo… el pene de Sergio…

―           ¿La polla de mi nene te ha producido eso? ¡Genial! Creo que te vas a convertir en una yonki de esa polla… jajajaja… ¡Una yanqui yonki!

La broma también me hace reír. Me levanto para ir a por un poco de champán frío. Estamos sedientos y hay que celebrar esto, antes de seguir follando toda la noche, ¿no?

¿Acaso ustedes pararían?

No siempre consigues una esclava de esa calidad para amenizar tu matrimonio…

CONTINUARÁ…

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