JANIS MULLIGAN

Los Angeles -Madrid

Maldita sea mi estampa. Quería salir sin armar escándalo…

Pero, como he dicho antes, la suerte es una dama esquiva. La salida del aparcamiento subterráneo del hotel también está cubierta, y el colmo de la mala suerte es que son dos viejos conocidos. El tipo al que le partí la ceja en la gasolinera, es quien se mantiene vigilante, medio resguardado tras el gran coche. El otro, a quien le acaricie los huevos un rato, se dedica a parar los vehículos y echar un buen vistazo a su interior, maletero incluido. Mira tú por donde a ninguno de los dos se le he ha olvidado mi cara.

El que tiene la mano en alto da un respingo al reconocerme, echando rápidamente mano a su arma, a la cintura, mientras grita algo a su compinche en árabe. Seguramente, se está acordando de todos mis santos muertos. Me encañona y me ordena que salga del coche. A mi lado, Katrina se encoge en su asiento, asustada. La cosa no pinta nada bien, coño.

―           Deja que se confíen. Son solo dos.

De todas formas, no puedo hacer otra cosa más que obedecer. Salgo del Mustang, con las manos en alto. Un movimiento del arma me indica que me aparte a un lado. El otro tipo se acerca, arma en mano también, y me da un bien estudiado golpe en los riñones que me pone de rodillas. Si se lo hubieran dado a otro hombre, estaría en el suelo, boqueando en busca de aire y retorciéndose de dolor. No es que haya sido una caricia, pero simulo mucho más daño del que me ha hecho en realidad. Ras es un experto en estas lides de simular y engañar.

El matón que me ha sacado del coche introduce la cabeza bajo la capota extendida del Mustang, que le obliga finalmente a arrodillarse en el asiento del piloto, el pecho contra el respaldo, para poder mirar bajo los paquetes que llenan el estrecho asiento trasero. Katrina me mira por el hueco de la puerta abierta, demostrando su desesperación. No puedo más que sonreírle mientras me revuelco en el suelo.

Todo sucede en un simple segundo. Una pierna aparece entre los regalos, enfundada en unos jeans que parecen a punto de estallar, tomando al tipo por sorpresa. La suela de la zapatilla deportiva no le alcanza bien, pero le golpea lo suficiente como para echarle hacia atrás, contra el volante. El matón chilla por la impresión y Katrina reacciona como una víbora, lanzando su mano izquierda y aferrándole los testículos con histérica fuerza. Aún en el suelo, meneo la cabeza. El tipo no tiene suerte, por Dios. De nuevo le van a castigar los huevos, primero el marido y luego la esposa. Creo que debería dedicarse a otra cosa.

El que está encima mía exclama el nombre de la chica que brota de debajo de los paquetes de regalos, como una bailarina surge de una tarta, y se lanza a auxiliar a su compañero. Esta vez no me refreno en absoluto. Tengo prisa y estoy enfadado. No es para menos. Aún de rodillas, lanzo mi puño con toda mi fuerza, contra la espalda de ceja partida. El crujido es atroz; no creo que ese hombre vuelva a ponerse en pie nunca más, al menos sin ayuda. Cae al suelo como un fardo, inconsciente. Me pongo en pie y me inclino hacia el interior del coche. El tipo que hay dentro no deja de chillar. A pesar de los dos sopapos que le ha dado a Katrina, esta se mantiene aferrada tanto a sus testículos como a su mano armada. Krimea le está arañando toda la cara, gritando como una condenada.

Introduzco mi mano, cortando de raíz todo el escándalo al partirle el cuello con un seco movimiento. Le saco de un puñado y Katrina sale corriendo del coche para arrojarse en mis brazos, sollozando. Ha sido un momento difícil para su alma de pija ultra mimada, pero lo ha llevado bastante bien. Le acarició las mejillas y seco sus lágrimas histéricas. Al mismo tiempo, miro a Krimea y le pregunto si está bien. Ella asiente, aún mirando de reojo, con la boca abierta, los ojos desencajados del tipo que agoniza en el suelo.

Miro a nuestro alrededor. Hemos tenido suerte de que no haya nadie más en ese momento. Me pongo en marcha rápidamente, metiendo los dos cuerpos dentro del todoterreno, y sacándolo de en medio. Lo dejo aparcado un poco más allá, mientras que Katrina ayuda a Krimea a esconderse de nuevo. Esta vez, salimos al Strip sin más contratiempo.

―           Dirección al aeropuerto, toma la interestatal 15. Es la carretera más directa a Los Ángeles, bordeando el Mojave – me dice Krimea, con voz sofocada.

―           Entonces, ¿vamos a California? – pregunta Katrina con voz aún aguda por el miedo.

―           Si, no nos queda otro remedio. No sé si alguno de esos dos podrá hablar, o si alguna cámara me ha captado, pero habrá que suponer lo peor – les digo. – Necesitamos alejarnos de ellos, todo lo que podamos…

―           Conozco a gente en Los Ángeles, gente que me deben aún favores. Necesito un pasaporte, aunque sea falso – arguye Krimea, con toda la razón. Esa chica no pierde los nervios tan fácilmente. Eso es bueno.

―           Necesitamos establecer nuestras opciones y si podemos contar con alguna ayuda, mucho mejor. Rumbo a Los Ángeles – expongo lo que Ras me dice.

No hay que ser un lince para saber que el jeque enviará gente muy pronto y será cuestión de horas que consigan averiguar nuestro paradero. Hay que deshacerse del Mustang; da más el cante que un flamenco en una colonia de pingüinos, pero, por el momento, aprieto el zapato contra el acelerador, tragando millas.

Dejamos atrás el aeropuerto internacional McCarran y cruzamos por las idílicas calles de Silverado Ranch para aprovisionarnos algo, antes de emprender la marcha por el desierto. Es media mañana cuando cruzamos el límite del estado y nos adentramos en el Mojave californiano. La carretera está vacía. Nadie de la zona viaja a pleno sol en el desierto, salvo nosotros. La verdad es que pega fuerte, aún con la capota retirada. El viento caliente nos quema la piel, pero ahora no es cuestión de detenernos.

La verdad es que si no me hubiese motivado la prisa, no habría tomado jamás esta ruta. Es demasiado solitaria y nuestra única defensa es mantenernos a cubierto, en núcleos poblados. Por eso, cuando Krimea propone adentrarnos por las carreteras secundarias del desierto, no le hago ni caso. Estaríamos muertos en un par de días, en cuanto Abdel empezara a cerrar el círculo. Hay que mantenerse en cabeza de carrera y llegar cuanto antes a la civilización, donde podemos escondernos y maniobrar con astucia.

Nos detenemos en un área de servicio polvorienta y de apariencia abandonada. Según el cartel que bordea la carretera, es la última gasolinera en doscientas millas. Viva el desierto, joder. Lleno el depósito mientras que las chicas compran agua y algo para comer. Parece que están haciendo buenas migas.

De vuelta al coche, Katrina toma el volante para que yo pueda comer y descansar algo. Hemos guardado todos los regalos en el maletero y liberado el asiento trasero. Krimea, con un goteo de información, empieza a contarnos su historia.

Nos habla del lugar donde vivía, en la grandiosa y terrible Los Ángeles. El distrito se llama Watts, el barrio Kleptow. Antiguamente, había varias fábricas siderúrgicas que se convirtieron, al cerrarse, en fortalezas para bandas. Allí creció, siguiendo los pasos de su hermano mayor y de sus primos. No pertenecía a la banda realmente, pero se movía bajo su protección, así que colaboraba en lo que le pedían. En aquel tiempo, aún no era mucho, pero empezaba a descollar como una chica bonita y con talento, lo que atraía la atención de los miembros mayores.

Abdel bin Yatallah llegó, vio el potencial de la zona para sus proyectos, y compró todo el vetusto polígono industrial. Acalló las protestas de las bandas usándolas para que asustaran a los moradores y propietarios de las viviendas periféricas, y vendieran a bajo precio, mudándose a otra zona. Lo fue comprando todo, calle a calle.

La gente malvendió sus hogares y sus propiedades, buscando un hueco en otros distritos. Entonces, Krimea conoció al jeque, a través de su hermano. La escuchó cantar en un par de ocasiones, tocando su vieja guitarra, y supo ver el diamante en bruto que había bajo aquella capa de tosquedad urbana, según él.

Durante años invirtió dinero y recursos en ella y, cuando su hermano murió en un arreglo de cuentas entre bandas, Abdel se la llevó a Las Vegas, dejando el barrio ya remodelado. Cuando Krimea empezó a tocar verdaderamente las estrellas del firmamento artístico, llegó el momento de rendir cuentas. El jeque le dejó muy claro que le excitaba mucho convertirse en el dueño y señor de una artista famosa como ella. A cambio de toda su ayuda y desvelo, ella le serviría como esclava durante cinco años. Hizo que firmara un contrato con esa condición y, así, se convirtió en su odalisca favorita.

Crimea ha soportado esta situación durante un año; el primero de los cinco que ha firmado. Su libertad ha quedado totalmente restringida. El jeque la mantiene en el serrallo todo el tiempo, salvo cuando debe actuar. En ese caso, varios de sus guardias la acompañan en todo momento. Abdel no solo la usa físicamente cuando le apetece, sino que, últimamente, ha convertido en una costumbre pagar con su cuerpo a ciertos socios americanos. La ofrece como forma de pago. Por eso mismo, intentó escapar. Ya no le importa la fama, ni la fortuna. Si debe vivir sometida a esclavitud, expoliada de todo derecho y placer, no quiere ser una estrella.

―           Te ayudaremos a escapar de él. Puedes aprovechar tu fama para empezar de nuevo en otro país, donde le sea más difícil manipular a la gente – le dije, tras devorar una barra de cereales. — ¿Verdad, Katrina?

Mi rubia no aparta los ojos de la carretera, pero tiene las mandíbulas apretadas. Mal rollo. Finalmente, me mira y dice:

―           Me gustaría ayudarla, de veras, pero pienso que nos estamos metiendo con los intereses de los tipos más ricos del mundo. Los saudíes no suelen perdonar las ofensas. Tenemos un frente abierto en Europa, cariño, y si empezamos también a tener presiones desde Oriente Medio… se nos van a complicar bastante las cosas.

―           Tu mujer tiene razón, Sergio. No os podéis arriesgar a salir mal parados por mi culpa – tercia la morena tatuada.

―           Aún no hay nada decidido. Primero, debemos encontrar un sitio seguro y luego discutir nuestras opciones.

Rodamos sin parar día y medio, cambiándonos al volante y dejando atrás el desierto. No dejamos de lanzar nerviosas miradas al retrovisor, pero, por el momento, no aparece nadie gritando nuestro nombre. ¿Hemos topado con un hijo de puta previsor? Lo único que nos faltaba, coño. Finalmente, entramos en un núcleo urbano lo suficientemente grande como para medio pasar inadvertidos: Barstow.

Debe de tener diez o quince mil habitantes, pero es demasiado pequeño como para cambiar de coche allí. Lo único que puedo hacer es meter el Mustang en un aparcamiento del centro, para alejarlo de miradas evocadoras. Cuantos menos lo vean, menos lo recordarán. Tomo un par de habitaciones en un pequeño hotel familiar, llamado Oberón Hall. Lo regenta una señora de unos sesenta años, reseca como el clima de la zona. Nos duchamos, nos cambiamos de ropa y dormimos hasta bien entrada la noche. Dejamos el sitio de madrugada, cuando menos gente puede vernos. Eso es vivir a salto de mata, me dice Ras, con toda razón.

Al amanecer, llegamos a Victorville, pero aunque es una ciudad más grande, aún no me parece suficiente. Solo paramos a desayunar en una bonita cafetería. A pesar de nuestra preocupación, estamos fraguando mucha amistad con Krimea y ella con nosotros; una huida así une a cualquiera. Creo que Katrina ya no se negará a ayudarla. Por mi parte, no pienso abandonarla en las manos de ese puto jeque. ¡Malditos moros esclavistas!

Tampoco nos detenemos en la siguiente ciudad, Hesperia, que es aún más pequeña. Pretendo llegar a San Bernadino, tras consultar el GPS. Es el centro del condado y una gran ciudad con casi trescientas mil almas. Un lugar apropiado para deshacernos de este coche.

―           Lo echaras de menos, ya verás.

Claro que le voy a echar de menos, joder. ¡Es un puto Mustang GT 500!

Tras almorzar en una masiva área de descanso, repleta de grandes camiones, nos salimos dela I-15para tomar la estatal 215, lo que nos supone dar un pequeño rodeo hasta San Bernadino. Tenemos suerte y nos encontramos un gran concesionario de coches en el extrarradio. Entrego el Mustang, con el papeleo necesario, para que lo devuelvan a Nueva York. Pago sin rechistar lo que el rubicundo tipo del mostacho me pide como gastos pertinentes. Katrina, mientras tanto, elige una berlina Mercedes-Benz de la clase E, del 2009, en color gris urbano. Firmo el contrato diciéndole que lo entregaré, en quince días, en el aeropuerto de Los Ángeles.

Aunque ya es tarde, no nos quedamos en la ciudad a descansar, ni tampoco retomo la I-10 que me llevaría directamente al centro de Los Ángeles. Sigo la 215 valle abajo y sigo por ella incluso cuando se convierte en la comarcal 91, estrecha y obsoleta.

―           ¿Dónde piensas ir? – me pregunta Katrina.

―           Quiero que piensen que hemos cambiado de coche y hemos enfilado hacia L.A., sin pausa. Pero no estoy tan desesperado, cariño. Vamos a cambiar de nuevo de coche.

―           ¿QUÉ?

Krimea se ríe en el asiento de atrás.

―           ¿Por qué ponérselo fácil? Tenemos dinero en efectivo para hacerlo – sonrío. – Ahora quiero conducir una buena furgoneta americana, de esas que pasan desapercibidas, con rótulo y todo…

Ahora es el turno de Katrina de reírse. Le encanta que la sorprenda. El sitio elegido para pasar la noche es Rubidoux, una ciudad de apenas treinta y tantas mil personas, alejada de la ruta principal de los valles. Es perfecta para mis planes. Oh, si pudiera daría un gran beso en los labios a los militares que idearon Internet.

A pesar de ser casi las diez de la noche, nos acogen amablemente en el Seasons, un motel familiar con camping, que se levanta idílicamente a pie del monte Rubidoux. Cuando le comento que necesitaría alquilar una furgoneta para hacer una mudanza, me informan que el señor Talisias alquila todo tipo de vehículos y tractores. El dueño del motel se ofrece a llevarme él mismo a primera hora de la mañana. Bendita hospitalidad californiana.

Cenamos con unos sándwiches que la esposa tiene a bien prepararnos y nos vamos a descansar. Bueno, Katrina parece tener otros planes, por lo visto.

―           Nene – me susurra, subiendo su pierna por mi muslo –, llevas unos días sin hacerme caso. Eso no debería suceder en una luna de miel…

―           Es verdad, cielo. Te tengo olvidada con tanta carretera – le guiño un ojo mientras le sobo el muslazo.

―           Es que eres maloooo – gime con vocecita de niña.

―           Habrá que remediarlo – le digo, girándome hasta quedar sobre ella. Aparto la sábana con los pies. – Escoge un número.

―           ¿Un número, nene? ¿Y eso para qué? – me pregunta con asombro.

―           Tú escoge, el que quieras…

―           El siete.

―           Bien. Voy a pasar siete minutos comiéndote el coñito, cariño – le digo al deslizarme cuerpo abajo, haciéndola reír.

Siete minutos aferrado con dedos, boca y lengua a la vagina de la rubia es mucho tiempo; demasiado incluso para una lengua como la mía. No tarda ni dos minutos en correrse la primera vez, pues está bien deseosa. Un trabajito de dedos doble, en vagina y ano, la pone en órbita al cabo de un minuto, y vuelve a correrse entre balbuceos, treinta segundos más tarde. Ni siquiera la dejo recuperar el aliento. Sus jadeos me acompañan todo el tiempo, sus estremecimientos son cada vez más largos y duraderos. Creo que me ha arrancado dos mechones de pelo, la jodía.

―           ¡SERGIOOOO… QUE ME… MATAAAASSSS! – chilla a pleno pulmón, arqueando todo su cuerpo con el último orgasmo que le arranco.

―           ¡Había que recuperar el tiempo perdido! – le digo, con una mano en la mejilla, contemplando el precioso rubor que cubre las suyas.

―           Te quiero mucho, nene – me susurra, echándome los brazos al cuello y besando mi frente.

―           Está bien, pero acuérdate de eso cuando te la meta toda en el culito – le digo con sorna, poniéndome de rodillas y girando su cuerpo con facilidad, hasta dejar sus nalgas postradas ante mí.

―           Neneeee… que mañana tengo que viajar sentadaaaa – suplica, pero sé que no es más que fachada. Ella misma levanta sus preciosos glúteos y los abre con sus dedos de uñas púrpuras.

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Seguimos por la comarcal 91, descendiendo por los valles, tal y como hacían los campesinos para vender sus cosechas en el mercado mensual de la costa, allá por 1920. Riverside, Corona, Anaheim, Fullerton, Norwalk, y, finalmente, Compton, nuestro destino.

A medida que nos hemos acercado a ella, hemos podido ver como la zona se degrada, como se mestiza la población. Apenas se ven blancos por las calles, solo latinos y afroamericanos. Compton, en la década del 2000, ha sido clasificada como la ciudad más peligrosa de los Estados Unidos. Sus bandas son sanguinarias y belicosas, especialmente los Bloods y los Crips. Al aumentar exponencialmente los inmigrantes mexicanos y latinos, las bandas hispanas se han fortalecido, disputando extensos territorios a los afros.

Si, pues ahí es donde nos ha metido Krimea, joder.

Compton es el distrito vecino a Watts, el antiguo barrio de nuestra chica tatuada. Sería de locos acudir a su antigua banda, ya que trabaja para el jeque. La venderían en segundos, eso si no nos disparan nada más vernos. Sin embargo, dice que conoce gente en Compton que puede solucionar el tema de su pasaporte, así como escondernos. Ras insiste en mantenerme atento, aunque Krimea sea nuestra guía. No hace falta que me lo repita.

La furgoneta es amplia y cómoda. Es blanca, con dos rayas negras que enmarcan la publicidad del negocio de alquiler. Nadie la toma en cuenta, entre tantos vehículos parecidos. Es lo que pretendo. Hay espacio suficiente en la parte trasera como para que Krimea vacíe parte de nuestras maletas, buscando ropa para ella y para Katrina; una ropa que las permita moverse por el barrio sin llamar demasiado la atención. La verdad es que lo tienen difícil. Katrina no suele usar ropa de esa clase, que digamos.

Las dos tienen más o menos la misma talla aunque Katrina es algo más alta. Usan unos jeans anchotes, de los llamados “cagados”, zapatillas deportivas y un par de sudaderas mías, con lo cual disimulan por completo sus formas femeninas. Katrina se recoge el pelo en un apretado moño que cubre con la capucha de la sudadera.

―           Vale, perfectas – les digo, levantando el pulgar.

―           La verdad es que no nos parecemos en nada a como visten las chicas aquí – ríe Krimea. – Suelen mostrar mucha más “carne”.

―           Pero no creo que se paseen muchas rubias como Katrina por aquí, ¿no? – le recuerdo.

―           No, eso no. Sería un bollito de nata en plena calle.

―           Tú tampoco eres negra, ni nada de eso – le espeta Katrina.

―           Pero tengo sangre mestiza y actitud. De todas formas, también debo ocultarme. Seguramente, habrán corrido la voz de mi huida.

―           ¿La gente sabe que perteneces al jeque? – se asombra mi esposa.

―           Esas cosas siempre se saben, cariño – le responde ella.

Dejamos la furgoneta aparcada en un callejón y Krimea nos conduce a través de calles mal asfaltadas y de bloques de viviendas de la década de los setenta, con aspecto miserable y sucio.

―           Aquí es – nos dice, señalando un alargado edificio de tres plantas, con todos los ventanales faltos de cristales.

Parece un almacén y los grafittis llenan toda la fachada de ladrillos. Un viejo Buick quemado hace de monumento, a un lado de la puerta principal. Sin embargo, me doy cuenta que los grandes batientes entreabiertos están reforzados con láminas de acero, en el interior.

―           ¡Vaya estercolero! – se queja Katrina.

―           Solo es una fachada. A pesar de la miseria que puedas ver, esta ciudad tiene una de las rentas más altas de los Estados Unidos, y sin pagar al fisco – comenta Krimea, empujando uno de los batientes. – A esta gente no le interesa que nadie meta las narices en sus cosas y esta es la mejor forma de ahuyentar a cualquier inspector.

Un tío enorme y negro surge de debajo de las escaleras. Pesará como poco ciento cincuenta kilos y medirá casi tanto como yo. Una túnica con motivos africanos recubre su orondo cuerpo, anulando su figura. En sus dedos salchichas brillan ocho grandes sellos dorados que forman dos palabras: LOVE y GUNS. Una gorra del revés, con la insignia de los Dodgers, campa sobre su apepinada cabeza. Avanza luciendo una grandísima sonrisa que pone al descubierto toda la fila superior de dientes de oro. Abre las manos, ofreciendo un abrazo a Krimea.

―           ¡Tuck, viejo perro! – exclama ella, arrojándose en sus brazos.

―           La pequeña Ty… ¿o debo llamarte Krimea? – le responde el coloso, acogiéndola como si no pesara nada.

―           Solo tengo un nombre para los amigos.

―           Bien dicho, nena. Ya no eres tan enana, zorra – exclama él, admirando su cuerpo.

―           He crecido. Estos son compañeros míos. Sergio y Katrina. Son esposos.

Tuck me ofrece el puño para que lo choque y hace lo mismo con Katrina, quien me imita, casi forzada.

―           Tuck, tengo que ver a Karim. ¿Está donde siempre?

―           Espera, le llamaré – dice el barrigudo negro, sacando un móvil de alguna parte de la túnica. – Karim, tienes visita. La hermanita de TeoDog, ¿te acuerdas de ella? Bien.

―           ¿Me verá?

―           Si, podéis subir a la tercera planta. Está supervisando las obras – nos indica las escaleras.

―           Luego nos vemos, Tuck – se despide Krimea, haciéndonos una seña de que la sigamos.

―           Claro, zorra. Paz.

Hay papeles y cartones en las escaleras y en los pasillos, así como botellas vacías y muchas pipetas de crack usadas. Esto parece un fumadero. Sin embargo, todas las puertas están cerradas y reforzadas. ¿Qué habrá dentro? La curiosidad me puede. Subimos a la tercera planta y el pasillo está ocupado con palés de cemento y ladrillos, algunas vigas de acero que sobresalen por una ventana, y varios tipos con casco de albañil deambulando de un lado a otro.

Las puertas están abiertas y puedo vislumbrar lo que esconden, al menos en esa planta. Lo que yo creía apartamentos es tan solo un espacio vacío y enorme. Sin duda han echado abajo todas las paredes medianeras, pero mantienen las puertas y las paredes exteriores. En el interior hay un gran foso con pendiente, que se ha comido parte del piso de debajo.

―           ¿Están construyendo una piscina en el interior? – pregunta Katrina con asombro.

―           Eso parece, cariño – le contesto.

―           Os lo dije. No es lo que parece. Karim lleva tiempo convirtiendo este viejo almacén en su palacio privado. No tengo ni idea de lo que puede haber en las otras plantas – se ríe Krimea.

Un elevador diesel transporta la estatua de una mujer con ánfora, hasta el borde de la piscina, donde un par de hombres esperan para situarla. Hay un entramado superior, contra el techo, que sustenta varios focos y un par de ventiladores. Rodeando la vacía e inacabada piscina, una fila de delgadas columnas se alza, majestuosas en su acabado. Puedo imaginarme como quedara todo esto, una vez acabado. Creo que quien sea apuesta por un gusto barroco.

―           Ah, sin duda la célebre Krimea, ¿no? – resuena una voz algo fatua.

Nos giramos y nos topamos con un hombre delgado, de mediana edad, e impecablemente vestido. Tiene una tez cetrina y sus ojos son intensamente negros. Una bien recortada barbita adorna su mentón.

―           Así es, Karim – responde Krimea.

―           ¿Me conoces?

―           Te conocí cuando mi hermano te visitaba.

―           Eres hermana de TeoDog, según me ha dicho Tuck.

―           Si.

―           Lo siento, no te recuerdo, pero ahora dispones de suficiente fama como para tener tu propio respeto – sigue hablando con suavidad, casi con desgana, y eso me pone nervioso. – Vayamos a un sitio más tranquilo. Aquí hay demasiado ruido y polvo.

Le acompañamos hasta las escaleras y descendemos al piso inferior, también en obras. Nos hace pasar por una de las puertas y podemos vislumbrar toda la estructura férrea que requiere la cimentación de la piscina, aún sin rellenar de hormigón. También están construyendo varias plataformas con anclajes de acero. Supongo que será el sitio elegido para situar la gran depuradora que necesitará una piscina de ese tamaño, así como la caldera para climatizar el agua.

Karim no conduce hasta una escalera más pequeña, metálica y en espiral, que baja al primer piso, y, casi de repente, ya no escuchamos nada. La escalera termina en un acogedor salón enmoquetado y decorado con mucho gusto. La insonorización es perfecta. Karim nos señala unos sillones y nos pregunta si deseamos beber algo. Niego con la cabeza y Krimea le agradece el gesto.

―           ¿Qué puedo hacer por una artista reconocida?

―           Necesito documentación para salir del país – expone Krimea, con cierta vacilación.

―           Ya veo. ¿Problemas con la poli, el fisco?

―           No. No tengo nada con las autoridades. Solo que he… rescindido mi contrato de forma algo brusca.

―           Ajá y es mejor alejarse un tiempo para que las cosas se serenen, ¿no?

―           Exactamente, Karim. ¿Puedes ayudarme?

―           Puedo ponerte en contacto con alguien, si, pero ya sabes que no será barato.

―           Lo sabemos – le digo.

Se queda mirándome, como analizando mi acento. Después asiente y retoma la conversación con Krimea.

―           Está bien. Ya es tarde. Mañana, a primera hora, haré unas llamadas. ¿Tenéis un sitio para quedaros?

―           No queremos ir ningún hotel – niega Krimea con la cabeza.

―           De acuerdo. Tuck os acompañara hasta un lugar donde podréis descansar. Mañana seguiremos con este asunto.

―           Te estoy enormemente agradecida, Karim – le dice Krimea, poniéndose en pie y aferrándole las manos.

―           Es un placer ayudarte, jovencita. Me has hecho pasar momentos muy agradables con tu arte.

Tuck nos está esperando abajo y nos hace cruzar la calle. Camina bamboleando su cuerpo de una pierna a otra, pero demuestra que está ágil y que posee buenos músculos. Nos conduce tres manzanas más abajo, hasta un vetusto edificio de doce plantas en el que se puede ver macetas de marihuana en las ventanas, junto a los aparatos de aire acondicionado, y ropa colgada de improvisados tenderetes en el ojo de patio. Tuck le entrega una llave a Krimea.

―           Cuarta planta, apartamento 22B. Hay cerveza en el frigorífico.

Después de eso, se da media vuelta y se aleja, desplazando su mole con orgullo. El ascensor huele a demonios y es claustrofóbico. Al salir al rellano, me digo que nadie ha limpiado ese pasillo en siglos. El suelo está manchado de algo oscuro y pegajoso y no quiero averiguar qué es. Es mejor ir sorteando manchas como si fuese un campo minado. Sin embargo, en cuanto Krimea abre la puerta, ese mundo sórdido y desagradable desaparece. El apartamento es amplio, con grandes ventanas en el salón y en la cocina. Los muebles son viejos pero están limpios y cuidados. Los electrodomésticos funcionan todos y el piso entero huele a limpio.

―           Debe de ser uno de los pisos francos de Karim – comenta Krimea.

―           Hay un par de dormitorios con camas grandes – exclama Katrina desde otra habitación.

―           Me interesa más el contenido del frigorífico. Estoy hambriento – les digo, entrando en la cocina.

No solo hay cerveza. También hay huevos, algo de fiambre y el congelador está lleno de platos precocinados.

―           ¿Lasaña o canelones? – pregunto a las chicas, mostrándoles los paquetes.

Se deciden por la lasaña. Busco un recipiente adecuado para el microondas y, cuando lo encuentro, agujereo el plástico que envuelve la pasta, antes de cerrar la puerta.

―           Dieciocho minutos. ¿Picamos algo mientras? – me giro, preguntándoles.

Las dos me están observando. Krimea con los brazos cruzados y el hombro apoyado en la jamba de la puerta de la cocina, Katrina sentada sobre la mesita que hay bajo la ventana. Las dos tienen una sonrisa en los labios.

―           ¿Siempre es así? – le pregunta Krimea a la rubia.

―           Tiene sus momentos – la puya de Katrina las hace reír. ¡Que monas ellas!

Les paso unas latas de cerveza y abro un paquete de lonchas de pechuga de pavo, que dejo sobre la mesa.

―           Así que recién casados, ¿no? – pregunta Krimea, de repente. – Pareces muy joven.

―           Pronto cumpliré los diecinueve. Sergio es unos meses más joven.

―           ¿Y habéis decidido casaros así como así, o bien hay algo de fuerza mayor? – sus ojos se derivan al vientre de Katrina.

―           ¡Oh! Ya veo – replico, comprendiendo su alusión. – Podría decirse que si, pero Katrina no está embarazada. Se trata de una cuestión de negocios, solo eso.

―           ¿Un matrimonio concertado? – se sorprende la morena.

―           Más bien buscamos una igualdad de estatus ante nuevos negocios – sonríe Katrina.

―           Socios eternos – bromeo a mi vez.

―           Bueno, es una razón válida, como otra cualquiera. ¿Por qué llamarlo solo amor? – Krimea demuestra tener un humor muy peculiar.

Es nuestro turno para hablar, durante la cena. No damos detalles de la organización, pero hablamos sobre la guerra comercial que nos amenaza y sobre nuestros planes. Le hablamos de Pam y de Elke, de la muerte de Maby, incluso del vacío que dejó tras su muerte en todos nosotros.

―           Creía que mi vida era complicada – musita muy bajito, soltando el tenedor en su plato vacío. – Pero, en el fondo, solo debo obedecer. No tengo que tomar decisiones, ni pesan responsabilidades sobre mí como las que tenéis. Creo que sois demasiado jóvenes para cargar con todo eso.

―           Puede ser, pero no estamos solos – admito, sentado a la mesita de la cocina que hemos abierto y despegado de la ventana. – Disponemos de los más leales consejeros y nos arropan nuestras familias y amigos.

―           Si, eso nos da la fuerza para seguir adelante, a pesar del dolor – acaba Katrina, cogiendo mi mano.

―           ¿Sabéis? Viéndoos así, os envidio. Parecéis tener muy claro lo que esperáis de la vida. Me habéis ayudado sin dudarlo, sin temer las consecuencias – los ojos de Krimea se vuelven acuosos por la emoción. – No sé cómo acabará todo esto, pero tened por seguro que, ocurra lo que ocurra, siempre estaré en deuda con vosotros. Para toda la vida.

―           Bueno, sería un buen motivo para brindar, ¿no? – digo con una risotada, quitándole hierro al asunto.

―           ¡Eso! ¡Brindemos! – exclama Katrina, alzando su lata de cerveza casi vacía.

―           Por las deudas y la amistad – propone Krimea, uniendo su lata a las nuestras.

―           ¡Hasta el fondo! – apuntillo y los tres acabamos las latas y las lanzamos directamente al fregadero, riéndonos.

Esa misma noche, ya de madrugada, el susurrante tono de Ras me despierta. Miro a mi alrededor, en la oscuridad, buscando cualquier amenaza. La habitación no me es conocida, hasta que recuerdo, pero el cuerpo que me abraza si lo es. Ver a Katrina dormida me tranquiliza.

―           Está llorando.

“¿Quién”?

―           Krimea. ¿La escuchas?

Es cierto. La oigo en cuanto presto atención. Sus sollozos son cortos y contenidos, pero aún así audibles.

―           Debe de estar muy asustada por lo que se ha atrevido a hacer. Esa chica ha crecido dependiendo de otros y aunque es una luchadora, no puede sustraerse a esa necesidad. Ahora, más tranquila, todas esas sensaciones y miedos afluyen a su mente.

“Tienes razón, viejo. ¿Qué puedo hacer?”

―           Tú no, aún te ve como un soldado protector, pero no te abrirá su alma, a no ser que…

“¿Qué?”

―           Que uses la mirada del basilisco con ella.

“No. Ni hablar. No pienso aprovecharme de ella.”

―           Es lo que me temía. Katrina es quien debe ocuparse de esto.

“¿Katrina?”

―           Si. Debe arroparla, confortarla, demostrarle que no está sola…

“¡Pero si Katrina no quería ayudarla!”

―           Esa fue una decisión lógica, pero enseguida se vio compensada por una reacción sentimental. No te preocupes, lo hará bien. Despiértala…

Beso suavemente a la rubia en los párpados cerrados, susurrando su nombre. Murmura algo, aún dormida, pero acaba por despertar. La hago prestar atención hasta que escucha los sollozos.

―           Deberías ver qué le ocurre, ¿no crees?

Asiente mientas baja los pies de la cama. Solo lleva unas braguitas para dormir, así que se encasqueta mi camiseta y sale de la habitación. Puedo escuchar los murmullos de ambas, pero no distingo las palabras. Ni siquiera han encendido la luz, hablando entre ellas a oscuras. Pasan diez o quince minutos y casi me vuelvo a dormir, cuando distingo las siluetas de las dos en la penumbra de nuestra habitación.

―           Cariño, ¿podemos dejarla dormir con nosotros esta noche? – me pregunta Katrina con mucha suavidad. La mantiene abrazada, con un brazo por encima de sus hombros. Krimea también viste una camiseta, pero mucho más cortita, que dejará entrever seguramente parte de sus tatuajes.

―           Por supuesto – contesto, echándome a un lado y palmeando el centro del colchón.

―           Gracias – musita la morena, con la voz gangosa.

―           Venga, tú en medio. Así te protegeremos los sueños – le dice Katrina, tumbándola a mi lado y colocándose ella en el otro extremo.

―           Sssshhh… no pasa nada. Nosotros vigilaremos. Ya verás como todo se soluciona – le digo al oído, subiendo la sábana hasta taparnos a los tres.

―           Sois muy buenos… los dos… no me merezco… – solloza débilmente.

―           Ssshhhh… calla… duérmete – le digo, acariciando sus rizos.

―           Abrázate a nosotros. A quien quieras de los dos… mañana será un nuevo día – la acalla Katrina con un par de besos en la mejilla.

Pronto su respiración se normaliza, los sollozos cesan, y su mente se hunde en el mundo de Morfeo. Por mi parte, me paso gran parte de la noche en vela, rumiando opciones.

______________________________________________

Han pasado dos días desde que estamos aquí. Como había prometido, Karim llamó a la mañana siguiente a uno de sus contactos y un tipo de mediana edad, con aspecto de bibliotecario (con bigotito y todo) le tomó unas fotos digitales a Krimea. Karim nos dijo que en tres días, a lo sumo, tendría un pasaporte falso que la permitiría abandonar el país.

Tuck llegó al apartamento al mediodía, acompañado de una señora que bien podría ser su madre -en realidad era su madrastra-, por lo rolliza y negra que lucía. Traía algunas bolsas de artículos para reforzar el frigorífico y la señora aportaba un guiso casero que olía a gloria. No hemos salido del apartamento para nada, ocultos como ratas. Karim nos ha dicho que hay orden de buscarnos en todos los barrios de Los Ángeles. El tiempo es vital.

Parece que dormir con nosotros le ha sentado bien a Krimea. Se la ve más animada y esperanzada. Mejor, porque yo no las tengo todas conmigo. Tengo muchas dudas. Además, Ras no se fía de los ojillos astutos de Karim. He interrogado a Krimea sobre la amistad que unía a Karim con su hermano, pero no he sacado nada en claro.

―           No queda más remedio que estar ojo avizor.

“Pues si. Tan alerta como un búho.”

Tuck también ha traído una guitarra para alegría de Krimea. Se pasa casi todo el día rasgueando, recordando viejos blues, y componiendo nuevos temas. Katrina se sienta a escucharla, encandilada por su voz. No sé, pero esas dos se están haciendo muy amigas, con un sentimiento diferente, me parece, al que une a Katrina a Pam o Elke, por ejemplo.

Hay que decir que mi rubia no ha tenido nunca una amiga de verdad. Ha tenido sirvientas y esclavas, amistades de conveniencia o de “cautiverio” en el internado parisino, pero amigas, lo que se dice amigas, ninguna. Incluso Maby y las demás, cuando vivieron con ella, eran sus amas y verdugas. Eso no quiere decir que no se apreciaran al pasar el tiempo, pero no era verdadera amistad; como camaradería y respeto, se podría catalogar.

Ras también se apercibe del tema. No sé a donde llegara esa amistad forjada por la tensión y el peligro, pero no pienso inmiscuirme.

Al tercer día, decido hablar directamente con Karim. No podemos quedarnos más tiempo. A cada día que pasa, aumentan las probabilidades de que alguien nos reconozca y nos delate. Así que, sin comentar nada con las chicas (las dejo entonando temas de los Beatles), me encamino al cuartel de Karim. Por lo que me ha comentado Krimea, Karim no lidera una banda como tal, sino más bien una asociación de buscavidas. No tienen colores, ni lema, ni siquiera motivación. Karim es un tío con una vista increíble para los chanchullos y se ha ido rodeando de tipos afines. Tocan todos los palos de la baraja, desde tráfico de estupefacientes a robos planificados, salvo la protección a negocios. Karim es de la opinión que ese es un mercado que hay que respetar, al menos en Compton.

Karim me escucha atentamente, mientras mantiene un ojo en el decorador gay que ha contratado y que está repartiendo órdenes a diestro y siniestro por la zona en obras. Él también creía que el falsificador acabaría antes y le llama delante de mí, obteniendo una grata respuesta.

―           Esta tarde traerá el pasaporte. Podréis salir mañana temprano – me dice con una sonrisa.

―           Bien. Krimea se alegrara mucho. Queda el tema del pago. ¿Cómo lo hacemos?

―           Con dos mil dólares bastará para cubrir al experto, junto con mi comisión, por supuesto.

Calculo mentalmente el dinero que nos queda en efectivo y creo que es suficiente. Tendré que tirar de tarjeta para los billetes de avión, pero no importa. No es la poli la que nos persigue, sino un puto jeque pervertido. Cuando llego al apartamento, dispuesto a comunicarle la noticia, noto en las chicas un extraño movimiento de sobresalto. Están sentadas donde las deje, en el sofá del salón, una en un extremo y la otra en otro. Krimea tiene la guitarra sobre su regazo, las piernas cruzadas. Todo es aparentemente inocente.

―           ¿Esas dos se estaban besando?

La verdad es que no lo sé con seguridad, pero esa es la sensación que me ha dado. No obstante, no soy quien para preguntar, de momento. Además, si las dos se entienden, sin duda será bueno para mí, que saldré ganando como siempre. Entonces, ¿de qué me quejo?

Me hago el suave y les comunico que esta misma tarde tendremos el pasaporte de Krimea. Con un gritito, se me echa al cuello, doblando las rodillas y quedándose colgada. Miro a Katrina y alzo las manos, como preguntándole lo que tengo que hacer. Ella sonríe.

Como prometió, Karim llega al piso, pasadas las ocho de la tarde, con el pasaporte de marras. Es un trabajo fino y bien hecho. No creo que haya problemas con él, aunque, en verdad, no soy ningún experto en esa cuestión. Le entrego dos mil dólares en un sobre y Karim se los mete en el bolsillo interior de su americana, sin ni siquiera mirarlos. Esa sonrisa aviesa y eterna que no le abandona… Me obligo a apartar esos pensamientos de mi mente desconfiada. Ya tenemos el pasaporte, que es lo que importa.

―           Solo tenemos que largarnos de aquí. Yo tampoco me fío. No esperamos a mañana. Podemos irnos esta misma noche.

“Pensaba lo mismo. Podemos pasar la noche en el aeropuerto. Se lo diré a las chicas en cuanto Karim se marche.”

―           Tuck ha insistido en que cenemos en casa esta noche, como despedida. Su madrastra está haciendo rosbif con salsa de almendras y manzanas, una delicia. Podríamos celebrar de paso que este negocio puede ser una excelente oportunidad para ambas partes. ¿Quién sabe cuando podréis necesitar un tipo como yo? – se ríe y su propuesta me sorprende, pero es solo una cena. Después podremos marcharnos sin ruido. — ¿Qué me decís?

―           Por supuesto, Karim, será un placer – contesta Krimea, aún maravillada con su pasaporte.

___________________________________________________

Me despierto con un extraño regusto en la boca. Intento abrir los ojos y tengo que cerrarlos, con un gemido. La intensidad de la luz me ciega.

―           Está despertando – dice una voz a mi espalda.

―           Joder, es una bestia. No hace ni una hora que ha cenado. Le he espolvoreado la carne con tanta dextramina que tendría que estar siete horas en coma, coño – contesta otra voz más lejana.

Intento moverme pero no puedo. Al final, llego a la conclusión de que estoy sentado en el suelo, con la espalda contra una pared, sobre la que me han recostado. La conciencia va y viene, como olas machaconas en una playa nudista. Me hundo de nuevo en la oscuridad.

No sé cuanto tiempo ha pasado, pero las sensaciones son ahora más vividas, más claras. Por lo menos, siento el guantazo en mi cara. Abro los ojos y esta vez soporto la luminaria. Consigo enfocar el rostro que tengo frente a mí. Es Karim, el bueno de Karim, el Judas.

―           A ver, guaperas, ¿puedes entenderme? – me pregunta, sonriente.

―           Oh, si, desde luego que si – balbuceo.

―           Bien, porque quería presentarte a una persona que tiene mucho interés en conocerte – se pone en pie y se aparta un poco, dejándome ver a quien tiene detrás. – Su eminencia, el jeque Abdel bin Yatallah…

Sus ojos crueles y entrecerrados me miran fijamente, como si estuviera tomando las medidas para mi ataúd. Es un hombre enjuto y fibroso, bien metido en la cincuentena. Esta vez no lleva chilaba ni nada de eso. Va vestido a lo occidental, con un buen traje beige oscuro, con una camisa oscura sin cuello; tampoco lleva corbata, pero si unos caros gemelos en las mangas.

Su saludo es simple y brutal. Me suelta una dura patada en la boca que me mueve todos los dientes. Ese hombre está acostumbrado a hacer daño personalmente y, en ese momento, temo por lo que le puede hacer a Krimea.

―           ¡Idiota! ¡Preocúpate por ti!

“Nosotros aguantaremos lo que sea. Ellas no y lo sabes.”

―           ¡Tenemos que buscar nuestra oportunidad!

“Y la tendremos, viejo, y la vamos a disfrutar, a no ser que nos peguen un tiro de inmediato.”

―           ¡No seas gafe! ¡Seguro que querrá divertirse antes!

La verdad es que es lo que espero. Una sola oportunidad para vender cara mi vida.

―           Así que tú eres Sergio Talmión. Me han hablado de ti y de lo que has hecho en España, pero creía que eras mayor. Eres un jodido crío – me dice el jeque, en un perfecto y suave inglés que entiendo a la perfección.

―           ¿No ha escuchado hablar del empuje de la juventud? – contesto tras escupir un buen salivazo de sangre sobre sus zapatos.

Me gano una nueva patada, esta vez en el pecho. Finjo toser por si acaso.

―           Quiero saber por qué has ayudado a escapar a mi chica. ¿Qué pretendías con ello? ¿Echar raíces en Estados Unidos? ¿Es algún encargo de la organización?

―           ¿Me creería si le dijera que estoy de luna de miel? – le suelto tras reírme un par de segundos.

―           Lo sé. Me han informado de tus andanzas.

Vaya. Le he subestimado. Este saudí tiene un buen sistema de información, pero no se lo cree. Todo es tan alocadamente kafkiano que no se lo creería nadie. Para él, mi boda es una mera pantalla de humo que enmascara mis intenciones reales. Bueno, eso puede servirnos de tabla de salvación.

―           Pues verá… mi señora vio a la suya en una gasolinera y la quiso como regalo de bodas. ¿Quién soy yo para negarle nada a mi flamante esposa? Así que intervine… pero la perdimos de vista…

―           ¡Perro! – esta vez intenta alcanzarme la ingle, pero me contorsiono a tiempo y me golpea el vientre.

―           No obstante, la volvimos a ver en su actuación del Encore… hay que decir que es tan asquerosamente depravado que no solo se contenta con esclavizarla, sino que tiene que exhibirla para ver como los demás babean… jejeje… típico de un jeque cabestro.

Esta vez es Karim quien me atiza y con un puño de bronce, además. Esa hostia si que la siento, leches. Escupo otro cuajo de sangre y les miro a los ojos. El jeque está que trina. Bien.

―           Como Krimea estaba guardada a buen recaudo, tuve que ingeniármelas para hablar con ella y proponerle la fuga…

―           ¡MENTIRA!

―           Creo que prefirió a arriesgarse a soportarle un solo día más. Ella misma pateó la cara de uno de sus guardias, antes de que yo le partiera el cuello.

―           ¡Perro sarnoso, hijo de una furcia camella!

Se abalanza sobre mí, dándome patadas con tal furia que no atina a apuntar en condiciones. Es la rabieta del niño que ha perdido su juguete favorito, ese que le ha costado más trabajo conseguir. Karim tiene que sujetarle, mientras le dice:

―           Es lo que él quiere, sacarle de sus casillas, jeque. Hay mejores sistemas…

―           Si, tienes razón, Karim. Aún es pronto. Ellas no han despertado.

Joder. Esas palabras no me gustan ni un pelo, pero procuro que no se me note. Tenía toda la razón al no fiarme de Karim. Nos ha entregado, pero eso si, después de cobrar su dinero…

―           ¡Tuck! Dale agua a este mierda. No quiero que se deshidrate – exclama Karim, llevándose al jeque.

El masivo lugarteniente de Karim desciende una empinada rampa, apalancando los pies con fuerza. Es entonces cuando me doy cuenta de que estoy dentro del foso a medio terminar de la piscina cubierta del jefe semita, seguramente esposado a una tubería. Tuck lleva una botella grande de agua en las manos. Se arrodilla delante de mí (de otra manera no puede inclinarse) y me pone el gollete en la boca. Le miro a los ojos y trago despacio. Tengo la boca tan seca que empiezo a toser. Karim y el jeque salen de la piscina y los pierdo de vista.

―           Un poco más, por favor – imploro suavemente.

Tuck asiente y vuelve a colocar la botella. Clavo la mirada de basilisco con toda intención, fervientemente. No veo animosidad alguna en los ojos de Tuck. Es un buen signo, me parece.

―           ¿Quieres algo más? – me pregunta.

―           No, por ahora no, porque no creo que me vayas a soltar las manos, ¿no?

―           No, eso no – me contesta con una sonrisa.

―           Gracias, de todas formas. Quizás más tarde necesitaría ir al baño, ¿podría ser?

―           Ya veré que puedo hacer – jadea, poniéndose en pie.

Me quedo solo en el interior de la piscina. Escucho con atención y no me parece que haya nadie más en la zona de obras. Pero el sitio es muy grande y no puedo estar seguro. Al menos, he conectado con Tuck. Ya he dicho que la mirada de basilisco no es una hipnosis profunda; solo incrementa el deseo inconsciente de la persona hacia algo que ya desea o comprende. Tuck no parece muy de acuerdo con la decisión de su jefe de entregarnos (el maldito juego a dos barajas. ¡Odio las cartas!), así que puedo hacer cierta presión sobre su estado de ánimo. Plantando en su inconsciente los dos conceptos semillas que me han pasado por la mente, el que me pudiera quitar las esposas y la de poder ir al baño, puedo optar a que germinen en una disposición hipnótica al pasar las horas. Esa es mi esperanza.

Dos horas más tarde, se me suben los testículos a la garganta y tengo que hacer un esfuerzo para no demostrarlo. Por el ruido, varias personas se mueven en la zona en obras, pero cuando veo al jeque bajar la rampa arrastrando del denso cabello a Krimea, sé que va a pasar algo malo. La deja tirada sobre el cemento y ella me mira, a través de las lágrimas. Sus labios dibujan un “I’m sorry” silencioso. Aprieto los dientes con más fuerza.

Dos de los guardaespaldas del jeque bajan una especie de caballete metálico al interior de la piscina, sin duda sacado del material de la obra.

―           ¡Desnudadla y colocadla sobre el caballete! – ordena el puto jeque y sus guardias lo hacen encantados, por supuesto.

Le rasgan la camiseta y le arrancan literalmente los jeans. Después la ponen boca abajo sobre los hierros cruzados y atan sus muñecas a las patas del caballete con cinta aislante, dejándole los pies libres. De esa forma, Krimea queda en braguitas, con la espalda expuesta. Es entonces cuando me doy cuenta de la larga fusta que porta el jeque en una mano. No sé de donde coño la ha sacado, pero es una de esas fustas de entrenamiento para caballos.

―           Quiero que observes lo que has conseguido con tu heroicidad. Te advierto que si apartas la mirada, la fusta buscara la cara de esta muñeca, y te garantizo que soy muy bueno azotando – me dice el jeque, muy suavemente.

Ese tío es un sádico, joder. Krimea me mira, muy asustada y sin dejar de llorar. Intento tranquilizarla con la mirada, pero está demasiado asustada. Chilla al primer golpe. Es un trallazo meditado que cruza toda su espalda. El jeque se ha alejado unos pasos de su víctima para tomar una distancia adecuada y poder así medir la fuerza de sus golpes.

Krimea se revuelve enloquecida sobre el caballete, sin poder soltarse. Sus ligaduras le permiten mover su cuerpo unos centímetros en ambas direcciones, todo lo que dan de si sus brazos, pero no puede escapar. Grita y aúlla con cada fustazo. Las marcas cruzan su espalda, sus nalgas y sus muslos, sobreponiéndose a sus coloridos tatuajes, y cortando la piel en algunos sitios.

Diez, veinte, treinta golpes caen sobre ella. Ya apenas se mueve, solo gime con los golpes. Su cabeza ha caído hacia delante y su gran mata de pelo le cubre la cara. Estoy apretando tanto los dientes que puede que haya roto alguno por la presión. No aparto los ojos del castigo y, por primera vez en mi vida, experimento la extraña sensación que el tiempo se ralentiza a mi alrededor.

Es muy extraño. Paso de un estado alterado, de furia reprimida, a una calma innatural en la que puedo observar cada movimiento, cada detalle, con total claridad. Mi mente se vacía de todo el tropel de emociones intensas que la llenan, que la colapsan, y se concentra solo en los detalles que me salpican como gotas de realidad.

El rictus de la boca del jeque al golpear, la malignidad de su mirada, el estremecimiento del cuerpo de Krimea, o las sonrisas depravadas de los guardaespaldas. Puedo percibir cada gota de sudor que salta al aire o escuchar la respiración contenida del verdugo en cada golpe. En mi interior, la rabia, el miedo, y la tensión que producen estas y otras emociones, se concentran, se licuan y se amalgaman en mi torrente sanguíneo. No tengo otra forma de explicarlo. Noto como si toda mi ira recorriese mis venas, fundiéndose con mi sangre, calentándola. Por primera vez, entiendo la expresión “hacer hervir la sangre”. Es como si un fuego sobrenatural llenara mis arterias, alimentando mis músculos, endureciendo mi carne, al mismo tiempo que mi mente se queda serena y vacía, como preparada para una explosión de energía que se acumula en mi cuerpo. Me siento capaz de arrancar las esposas de la tubería, pero mi mente fría me dice que no saldría con vida del foso, y posiblemente Krimea tampoco. No es el momento.

Tengo que dejar que la morena siga sufriendo y sintiendo ese fuego pulsando en mis venas. El jeque se detiene al llegar al fustazo cuarenta y seis. Krimea ha perdido la conciencia. Los he ido contando, uno a uno, grabando su número en mi memoria como posible incentivo. El destino quiera que pueda devolverlos a su origen. La espalda de la chica está ensangrentada y el cabrón jadea sobre ella, los ojos encendidos.

―           Tu esposa es muy hermosa – me dice, recogiendo la larga fusta. – Lástima que las occidentales no me gusten, pero tengo un hermano que enloquece con las rubias, literalmente. Sería un buen regalo para él. ¿Qué me dices?

―           Piensa muy bien lo que estás haciendo y las amenazas que estás profiriendo, jeque. Llegará un momento en que tu Dios te hablará al oído.

―           Alá es mi juez, infiel. No tienes derecho a pronunciar su nombre.

Me encojo de hombros, restándole importancia. Tengo que atraer su furia contra mí.

―           Siempre había tenido al Único por compasivo y misericordioso, adalid de hombres justos y rectos… tú eres escoria, jeque, apenas un escupitajo en el suelo…

El cabrón se ríe, comprendiendo lo que pretendo. Hace un gesto hacia sus hombres y estos desatan las muñecas de Krimea y, entre los dos, la sacan del foso. El jeque se acuclilla ante mí, a unos metros, y levanta mi barbilla con el extremo de la fusta. Me mira a los ojos, buscando mi desesperación, pero no me sale de los cojones que la encuentre.

―           Despídete de tu esposa, Sergio Talmión. Pienso mantenerla en el peor de los burdeles de Riad. No la volverás a ver, infiel.

―           Lo mismo te digo, jeque. Abre bien los ojos…

El golpe de fusta corta mi frase. El jeque se alza, escupiendo sobre mí, y se marcha. El oído me pita por el fustazo, pero sonrío al quedarme solo. Mi mente se ha mantenido firme y serena, soportando toda la presión emocional. Siento anudarse los músculos de mis antebrazos, deseosos se probarse contra las esposas de metal, pero me contengo. Sufriría mi carne al insensibilizarse, el metal la cortaría profundamente. No hay necesidad de ello. Pronto vendrá…

Por el pedazo de cielo que puedo ver a través de una claraboya, calculo que se acerca el atardecer. Sonrío cuando veo, una hora más tarde, a Tuck asomarse al borde del foso. Trae un plato en las manos y baja con todo cuidado, casi haciendo equilibrismo. Su peso no le hace precisamente ágil.

―           ¡Hombre, la cena! – exclamo con cinismo.

Él sonríe, divertido por mi humor.

―           ¿Qué tenemos en el menú? ¿Langosta termidor?

―           No, más bien pollo y verduras – contesta, arrodillándose a mi lado.

―           Bueno, también sirve. ¿Me vas a dar tú de comer?

―           Si, Karim me lo ha dejado bien claro.

―           Bueno, recordaré los tiempos en que mi madre me alimentaba – suspiro.

―           Es una pena, me caes bien, y, en verdad, aprecio a Krimea – me confiesa en voz baja, mientras mete una porción de pollo en mi boca con el tenedor.

―           Parece que tu jefe no piensa igual.

―           Son solo negocios. No es personal…

―           Disculpa, pero que me aten, secuestren a mi esposa, y azoten a mi amiga, si es personal.

La mueca de su boca me indica que no es solo eso. Mientras mastico, refuerzo la mirada lentamente. Me concentro en aumentar su remordimiento.

―           ¿Qué van a hacer conmigo cuando no le sirva al jeque? ¿Un tiro en la nuca?

Tuck niega con la cabeza, al mismo tiempo que introduce una carga de tiernas verduras en mi boca.

―           Suéltalo, Tuck, ya soy mayorcito.

―           El jeque quería algo especial y con mala leche. Mañana llegará una carga de hormigón para el suelo y paredes de la piscina. Te enterraran en él, vivo.

Palidezco seguramente porque noto como mi sangre se retira del rostro para acudir a mis testículos, que se han empequeñecido instantáneamente.

―           Lo siento – se disculpa sinceramente el obeso negro.

―           Ya… sé que no es culpa tuya. ¿Podría orinar? La noticia ha hecho que casi me mee encima…

―           No puedo soltarte las manos, tío.

―           Joder, Tuck. Llevo toda la noche y todo el día en esta posición. Me duele todo el cuerpo de los golpes. ¿Crees que podría con un tío de tu tamaño?

Lo piensa detenidamente y asiente. Saca la llave de las esposas y libera mis manos, incluso me ayuda a ponerme en pie. Me indica un rincón alejado del foso donde soltar el chorro y le obedezco mansamente. Vuelvo ante él, cabizbajo, como si la noticia de mi muerte me hubiera destrozado. Me siento y llevo mis manos a la espalda, como un cordero. Cuando Tuck se inclina a mi lado, para ponerme las esposas, giro la cabeza, atrapando su mirada con la mía.

―           Por favor, Tuck, no las aprietes más – susurro.

Se limita a escuchar el clic del cierre y ponerse en pie, mirándome con fijeza.

―           Me gustaría tomarme un café mañana, antes de dejar este puto mundo – escupo y eso le hace marcharse rápidamente, avergonzado.

Cuando me quedo solo, nuevamente, suspiro con alivio. La mirada de basilisco ha funcionado. Tuck ha cerrado las esposas solo sobre una de mis muñecas. La suave sugestión ha prendido en su dividida mente, haciéndole creer que ha cumplido con lo que le han encargado, pero, al mismo tiempo, su inconsciente me ha dado una oportunidad para salvarme.

―           Te dije que funcionaría si hacías suficiente presión.

―           No lo dudé, viejo – le respondo, poniéndome en pie.

Flexiono los músculos y las extremidades, haciendo desaparecer el hormigueo y los posibles calambres. El fuego sigue ahí, latiendo, esperando a que lo invoque.

―           ¿Así que esto mismo lo sentiste el día de tu asesinato?

―           Si, un fuego líquido en mi cuerpo que me daba aliento y fuerzas para vivir. Consiguió que me resistiera a morir…

―           No sé si es un alivio o una mala premonición, pero me siento extraño, muy calmado y centrado. Ya veremos en lo que queda, pero ahora, es tiempo de buscarse un arma…

Salgo de la piscina con cuidado. Como esperaba no hay más vigilancia. ¿Quién espera que salga por mi propio pie de mi tumba? Me acerco a un haz de gavillas de hierro, dejadas allí para el encofraje. Sopeso una de ellas. Es gruesa, al menos de tres centímetros de diámetro, y no llega a los dos metros de larga. Perfecta para jugar con algunas cabezas.

―           Ras, tu uso de mis sentidos es más sensible que el mío. Alértame de cuanto detectes.

―           Así lo haré, Sergio.

Ahora sé más cosas sobre este sitio, unas porque las he visto con mis propios ojos, otras porque he escuchado de ellas. Sé que hay un enorme montacargas que lleva desde el subsuelo hasta la tercera planta y por el que meten los materiales de construcción. Sin embargo, no se detiene -ni siquiera es visible- en la planta baja. Esto es como una fortaleza. Solo un sitio para entrar, solo unas escaleras para subir, fácilmente defendible, pero tiene numerosos agujeros para escapar, lo cual me va a venir de perlas.

Lo primero que hago es buscar el montacargas y llamarlo al tercer piso. No sé la hora que es, pero supongo que ya han debido cenar. La vigilancia estará en un momento bajo, así como la cantidad de miembros en el cuartel. Abro sus puertas de rejillas metálicas y las atranco para que nadie vuelva a llamarlo. Recuerdo la escalera secundaria del piso inferior, pero aquí, en el tercer piso, la escalera ha sido demolida para abarcar uno de los muros de la piscina. El hueco de la nueva escalera ha sido situado más al fondo, cerca de la pared norte, pero la escalera aún no ha sido añadida.

―           Así que solo hay acceso por las escaleras principales. Bien. Vamos a dar caña, viejo – le susurro, apretando el bo de hierro en mis manos.

Mi estrategia es simple, muy simple. No sé el número de miembros que hay en el edificio, pero pretendo obstruir el tramo de escaleras que suben al primer piso, y una vez impedido el paso a posibles refuerzos, voy a reventar sus putas cabezas, uno a uno, hasta encontrar a mi esposa, a Krimea, a Karim, y, por supuesto, al jodido jeque Yatallah, por ese orden a poder ser.

Desciendo la escalera principal con cuidado de no pisar nada que me arruine el sigilo. Las puertas están cerradas en su mayoría, pero la más alejada de mí, o sea la primera al subir, está abierta. Debo arriesgar un vistazo. No puedo dejar enemigos desconocidos a mi espalda.

Cuatro tíos están jugando al póquer (¡otra vez las cartas!) alrededor de una mesa cuadrada y pequeña. Una chica regordeta, de descubiertos muslos carnosos, se apoya en el hombro de uno de ellos, mientras deja que el tipo le meta la mano bajo la corta faldita. Les escucho soltar mascadas palabras entre sus dientes, con un acento tan cerrado que solo entiendo “fucking” y “suck mother” de todas ellas. Pero no tardan apenas en pedirle, a la chica, más bebidas para todos.

―           Voy abajo a por hielo – les dice ella, bamboleando su agresivo culo y dirigiéndose hacia la puerta en la que me escondo.

La aferro al salir, tapándole la boca y bajando las escaleras con ella entre mis brazos. La dejo inconsciente apretándole la yugular. Le encinto las muñecas y le tapo la boca, dejándola en el hueco bajo las escaleras. Allí no la verá nadie. Recojo la cubitera del suelo y la lleno de hielo. Una vez a un lado de la puerta, lanzo la cubitera al interior, rebotando en el suelo y esparciendo hielo por doquier. Los cuatro jugadores saltan de sus sillas, sobresaltados. Dos de ellos sacan armas de fuego, feas semiautomáticas plateadas, y salen a ver qué ocurre, mientras pronuncian el nombre de la chica, supongo.

Sorprendo al primero destrozándole una rodilla con el hierro. Grita y cae al suelo, momento que aprovecho para ganar el hueco que deja y clavar la punta de la gavilla bajo el mentón de su compañero, que aún no sabe qué ocurre. Muere sin saberlo, de todas formas. El hierro penetra por la parte blanda de la barbilla, atravesando el velo del paladar y penetrando en el cerebro. Retiro mi bo con un seco tirón, dejando que el tipo se desplome en el suelo, y, con el mismo movimiento, tomo impulso y me giro, aplastando el cráneo del primer matón, que no cesa de gemir en el suelo, aferrándose la pierna.

Ah, silencio, que bien.

Me encaro a los dos jugadores que quedan, unos metros más al fondo. Me miran con ojos desorbitados, sin comprender cómo está ocurriendo esto. Uno de ellos echa a correr, intentando esconderse entre los cimientos de la piscina y la preinstalación de maquinaria. Ya le pillaré. Su compinche, algo más lanzado, saca una agudísima y peligrosa navaja, aún sabiendo que jamás podrá alcanzarme con la distancia que me permite la gavilla. Solo me dura un minuto. Le fracturo la muñeca y el antebrazo con un bloqueo ikuna y solo para asegurarme que no me joderá después, le destrozo el hombro contrario.

Voy en busca del último, con tranquilidad, siguiendo las indicaciones que me da Ras.

―           Puedes salvar la vida, colega – digo en voz alta. – Solo necesito información. No tengo nada contra ti.

―           Solo… soy un trilero, tío. No llevo armas, ni soy peligroso – musita saliendo de una zona oscura con las manos en alto. La verdad es que pesará cincuenta kilos y tiene una cara de pánico que tira para atrás.

―           Acércate. ¿Dónde están las chicas?

―           En el primer piso, en el dormitorio que le han dado al jeque – farfulla, explicándome enseguida su ubicación con respecto a este piso.

―           ¿Cuantos escoltas trae el jeque?

―           Cuatro. No tienen habitaciones asignadas… no sé si duermen aquí o no…

―           ¿Cuántos de la banda están en el piso de abajo?

―           Tuck y otros tres o cuatro haciendo la guardia. Nosotros éramos el relevo.

Le sonrío enseñando dientes.

―           Mala suerte – le digo y traga saliva. — ¿Dónde están los demás miembros?

―           En las casas de al lado – me suelta rápidamente cuando la gavilla le acaricia las costillas. – Hay un sistema de alarma que los avisa en caso de necesidad. Estarán aquí en un par de minutos…

Siempre y cuando puedan subir por las escaleras, claro. Es lo que había imaginado. Este sitio es un fortín, pero también una ratonera si se controlan las salidas. El tipo me acaba contando cada una de las vías de escape que hay. También hay otro detalle. Las puertas del primer piso están todas blindadas y se abren desde dentro, así que el camino más seguro son las escaleras secundarias del piso en que nos encontramos y que utilizamos el primer día.

―           Recuerdo que llevan a un saloncito con moqueta en el suelo.

―           Si… si, eso es… ¡Son las dependencias de Karim!

Me describe la distribución en un par de minutos. Salón comedor, un gran despacho con biblioteca, la cocina, dormitorios y cuartos de baño. Este tío es una mina de información.

―           ¡De rodillas! – le indico, sacando el gran rollo de cinta aislante.

Después de dejarle empaquetado y sentado en un rincón, busco por el piso hasta encontrar lo que esperaba: varios bidones pequeños de diesel para la maquinaria. Tomo uno de ellos y retomo las escaleras principales. La chica aún sigue inconsciente en su hueco. la saco de allí y la subo de nuevo al piso superior, alejándola de cualquier posible daño. Al bajar de nuevo, pruebo con las puertas. Como esperaba, todas ellas están cerradas. Según mi informador, los centinelas están en el piso bajo, controlando la puerta de entrada, y en el tejado. Karim lo tiene bien montado, pero nunca esperó que el golpe le viniera desde el interior. Suerte para mí, ¿no?

Aparentar miseria significa acumular un montón de mierda que puede arder como una tea, como viejas sillas, un par de mesas, e incluso un armario. En silencio, acerco todo ello a las escaleras, las cuales forman un ángulo recto. Después, empapo bien los muebles con el combustible, y empiezo a tirar las sillas. Unas voces surgen de abajo, exclamando “¿Qué coño pasa?” Ni caso. Enciendo el coctel Molotov que he fabricado unos momentos antes y lo arrojo escaleras abajo, prendiendo las sillas. Arrojo las mesas y, a continuación, empujo el armario, formando una barricada ardiente. Para colmo, escancio el combustible que me ha sobrado, creando un río de fuego.

Como pensaba, la perfecta insonorización del primer piso no permite escuchar nada, pero supongo que los centinelas están dando la alarma y llamando a Karim, así que me doy prisa por subir las escaleras y bajar por las secundarias de caracol. Solo hago que poner un pie sobre la moqueta de raros arabescos, cuando uno de los matones del jeque entra en el saloncito. No le doy tiempo a pensar. La gavilla zumba en el aire y se lleva parte de la cara del hombre. Un largo chorreón de sangre salpica uno de los caros cuadros. Le doy una patada en el pecho antes de quitarle su arma. No me gustan las armas de fuego, pero cuantas menos deje detrás de mí, más seguro estaré. Un molesto zumbido resuena en el piso, seguramente la alarma. Tengo que moverme con rapidez y decisión. Ya no hay marcha atrás.

Sorprendo a Tuck viendo la tele, sentado en uno de los sofás del salón. No puede ponerse en pie a tiempo, ni apoderarse de la Glok que se encuentra sobre la mesita.

―           Es mejor que te quedes al margen, colega. No quiero hacerte daño.

No tengo tiempo para atarle, así que le golpeó en la sien con mi puño. Estará inconsciente, al menos veinte minutos. Puede que sean suficientes. Cuando paso delante de la cocina, un estampido me sobresalta y un fuerte dolor me alcanza en el costado izquierdo. ¡Mierda! Me han sorprendido. Uno de los matones del jeque surge de allí, dispuesto a rematarme. Utilizo la gavilla como una jabalina, casi a bocajarro. El hombre desorbita los ojos, contemplando el pedazo de hierro que sobresale de su vientre. No le dejo reaccionar. Le empujo al suelo y pateo su mano, arrancándole el arma. Resuella cuando le arranco la gavilla, destrozándole los intestinos. Soy misericorde y le aplasto la tráquea con el pie, librándole del sufrimiento.

Aprieto mi costado y retiro la mano tinta en sangre. No me duele, quizás por el shock o quizás por el fuego que ahora se está incrementando en mis venas. Pero si sigo sangrando así, pronto no tendré fuerzas. Me quito la camiseta y la uso como tapón, dando un par de vueltas de cinta aislante a mi cintura. Servirá por el momento.

Según mis cuentas, quedan dos matones, Karim, y el jeque. Puede que también deba contar con los centinelas del tejado, cuando decidan bajar. Sabiendo lo que quiero, sin duda me están esperando todos juntos en alguna habitación, parapetados tras las chicas. Ahí está lo peliagudo de mi plan, que me quedo sin opciones.

―           Vamos, siempre hay alguna salida. Ahora debemos seguir. No tenemos mucho tiempo.

―           Tienes razón, viejo. Lo que importa es que aún estoy vivo.

Me detengo ante el dormitorio de Karim, según las indicaciones del tipo de arriba. Ras me indica que hay alguien en el interior. Le doy un tremendo patadón a la puerta, desencajándola. Un par de balas zumban en el hueco. Bien, está esperándome. Mucho mejor así, de uno en uno.

―           ¡Maldito cabrón! – aúlla, disparando varias veces más. — ¿Te crees Terminator?

Ya no está tan calmado ni seguro de sí mismo, jeje. Ahora saborea el miedo y la bilis en su garganta. Me encantan estos momentos… Arriesgo un rápido vistazo. Vislumbro una cama colocada de canto, con el colchón haciendo de parapeto. Debo reconocer que es una buena defensa, pero también es un muro que te impide ver cuando te escondes detrás. Saco una de las armas requisadas de mi cintura. Anulo el seguro y meto una bala en la recámara, tal y como me han enseñado. Ni siquiera apunto, suelto una primera andanada al bulto y salto al interior, sin dejar de disparar. Como espero, Karim se ha refugiado detrás de su alto colchón y ni siquiera se ha dado cuenta que he entrado. Vacío el cargador y le lanzo la pistola, moviéndome a un lado con una celeridad que nunca he tenido. Ni siquiera jadeo, atiborrado de adrenalina. El rostro de Karim asoma, esgrimiendo una cruel sonrisa. Seguro que ha visto mi arma en el suelo.

Chilla como una chica cuando me ve por el rabillo del ojo, saltando sobre él. Me llevo todo por delante, cama, colchón, y personaje, mientras él intenta dispararme. Sus balas se van al techo y el duro encontronazo contra la pared, le roba el aliento y el arma. Hundo mi puño en su estómago, obligándole a regurgitar la cena de forma violenta. Mi talón le machaca un tobillo, que cruje como una caña seca. Corto su alarido con un tremendo revés que le mantiene en pie con su inercia. Le aferro del pelo, mirándole. Creo que se mea al ver mi cara; sin duda le parezco la puta muerte.

―           Me parece que te voy a meter las treinta monedas por el culo, Karim.

Desvía sus ojos hacia la puerta, con una mueca. Tengo alguien a la espalda. Me giro a toda prisa, alzándole como un guiñapo. Siento como se estremece al recibir la ráfaga que iba destinada a mis anchas espaldas. El pistolero reniega al comprobar lo que ha conseguido, disparando una ráfaga de tres balas con su Ingram. ¿A quien se le ocurre?

Aprovecho su confusión para lanzarle a su agonizante jefe. Caigo sobre ellos, como si me tirara a la piscina, aplastando sus cabezas contra el suelo. Me aseguro de que ambos estén muertos cuando me levanto. Un pinchazo en mi brazo derecho me hace descubrir que una de las balas me ha alcanzado a mí también. Me acerco a recoger mi gavilla cuando mis ojos se posan en algo que hay colgando de una de las paredes del dormitorio del difunto Karim. Una maravillosa katana, de empuñadura nacarada. La empuño y la saco de su funda de bambú. Está muy afilada y muy bien equilibrada. No es un arma de exposición, sino una auténtica espada, digna de un samurai. Tengo ganas de comprobar si en verdad soy bueno con ella, tal y como me adula mi entrenador tras la clase de kendo.

Miro los cadáveres al pasar sobre ellos. Me hubiera gustado hacerle más daño a Karim, pero las cosas son así. Supongo que el otro es uno de los centinelas del tejado. ¿Dónde estará su compañero? Recojo la Ingram, me la cuelgo al hombro y, con una súbita inspiración, también me apodero de mi útil gavilla. Cada vez estoy más seguro que el jeque se ha atrincherado en su habitación, con los dos matones que le quedan. Necesito una estratagema que me permita sacarles. No puedo entrar como un toro embravecido sin que me cosan a tiros. De nuevo miro a los dos muertos a mis pies y sonrío. Karim es muy esbelto, pero el otro es de robusto y de buena constitución. Le aferro del cuello de la camisa y lo arrastro por el pasillo. Hay tres puertas cerradas. Se supone que la habitación del jeque es la que está sola a la derecha, pero debo comprobar las otras dos que hay enfrente. Podría ser una trampa para atraparme en un fuego cruzado.

Con mucho cuidado, acciono los pomos, comprobando que las puertas no están cerradas con llave. Manteniendo el cadáver por delante de mí, me asomo para echar un vistazo. En una hay dos literas, en la otra, una cama de matrimonio, todas vacías y sin utilizar. He acertado. Bueno, es hora de saber si lo que he ideado dará resultado.

El cadáver se encuentra en el suelo de la última habitación explorada, de bruces, con la reventada cabeza esparciendo aún grumos de materia gris por el suelo. Levanto la gavilla y la dejo caer con toda mi fuerza en la espalda del muerto, clavándola como una lanza. Tras esto, levanto el cuerpo con esfuerzo. Las fuerzas me están fallando. Pero consigo mantenerle de pie, sujetándolo por la gavilla, como una mariposa ensartada. Tomo impulso y salgo corriendo hacia la puerta de enfrente, que supongo cerrada. Con un tremendo golpe, clavo en la madera el cuerpo. Al momento, resuenan una serie de disparos. Las balas atraviesan la madera y se encajan en el cuerpo, mientras yo caigo al suelo, arrastrándome hacia el lado en que se abre la puerta.

―           Creo que le hemos dado, eminencia – puedo escuchar a través de la agujereada puerta.

―           ¿Seguro?

―           Hay sangre que se desliza por debajo de la puerta, señor.

―           Comprobadlo.

Justo lo que espero. En el momento en que la puerta empieza a girar hacia el interior, disparo la Ingram en diagonal, intentando que las balas no se dirijan al fondo de la habitación. He supuesto que cualquiera que abriera la puerta, estaría pegado al filo, preparado para echar un vistazo por la primera rendija que se abra.

Así, encomendándome a Maby para que me espere al otro lado, empujo la puerta y entro, al vaciar el cargador. La puerta se atranca. Hay un peso al otro lado que me impide abrirla del todo. Una bala me alcanza en el muslo que tengo apalancado contra ella. Otras dos zumban como abejorros enfurecidos por mis oídos. Doy un último empujón y la puerta cede. Los dos últimos guardias del jeque están apiolados en el suelo, contra la puerta. Un nuevo disparo me alcanza, atravesando mi músculo trapecio izquierdo. Un chorro de sangre surge de mi cuello, salpicando mi rostro. De un manotazo, aparto la sangre de mi ojo. El jeque Yatallah está pegado a la ventana, al otro lado del dormitorio, guarecido tras el cuerpo de Katrina, quien me contempla, con el rostro demudado por el espanto. Seguro que debo de tener una pinta escandalosa.

―           ¡NO TE ACERQUES! ¡LA MATARÉ! – me grita, histérico, colocando el cañón de su revolver en la sien de Katrina.

―           Bueno, bueno, jeque… ya no estamos tan altivos y crueles, ¿verdad? – le sonrío. Incluso a mis oídos, mi voz suena hueca y fría.

―           No puedes… acercarte… — solloza. — ¿Cómo has podido…?

―           Dijiste que te habías informado sobre mí, pero, al parecer, no te dijeron todo lo que soy capaz de hacer. Ahora, será mejor que apartes esa arma de la cabeza de mi esposa. Podemos terminar esto como un par de hombres, sin dolor…

―           ¡NO! ¡Soy el jeque Yatallah! ¡Soy el viento del desierto!

―           Eres solo un cadáver, jeque, y lo sabes. Dependerá de ti si pasas a mejor vida rápidamente, con piedad, o si te haré sufrir y gritar. Aún tardarán un rato en apagar el incendio de las escaleras y en subir aquí. Esta espada está muy afilada y puede cortar muchas cosas. Puedo empezar por los dedos, subir hasta la nariz, o bajar hasta ese mimado pene…

La mano del jeque tiembla más y más, a medida que la idea entra en su cabeza. No hay salida para él y lo está asimilando. Es el momento que Katrina elige para aferrar la mano armada del saudí y apartarse, forcejeando con él. Inicio un suave movimiento de muñeca. La katana alcanza la pantorrilla del jeque, rasgando el músculo y haciendo que ese pie falle. Grita y me mira, olvidándose de Katrina, luego mira su pierna ensangrentada. Otro movimiento de mano y su camisa se vuelve lentamente carmesí, a la altura del pecho. Son cortes superficiales, pero dolorosos. La punta de mi espada pincha la parte interna de su antebrazo y hace caer el arma al suelo. Katrina se escabulle, retirando el revolver de una patada.

―           Cariño, es mejor que vayas a ver como está Krimea. No quiero que veas esto – le digo, mirando al jeque encorvado.

―           Estás herido…

―           No es nada. Ahora lo solucionaremos. Ve, Katrina.

Me hace caso y se acerca a la cama, donde yace la morena de bruces, con la espalda vendada. No ha despertado con todo este jaleo, así que supongo que estará sedada. No sé como saldremos de esta, pero la única certeza que tengo es que el jeque Abdel bin Yatallah, no verá otro amanecer.

―           Te dije, jeque, que Alá te hablaría al oído. ¿Escuchas como te susurra? – le digo, mientras la punta de la katana corta profundamente en la parte interna de su muslo izquierdo.

Con ojos desorbitados, contempla como la sangre sale a borbotones, como una cañería. He seccionado la femoral. Sé que ese sádico merece sufrir más, pero no me tengo casi en pie. No puedo perder más tiempo.

―           Adiós, jeque, espero que en vez de huríes en el paraíso, te encuentres con setecientos de los pobres que has jodido en tu acomodada vida, y que cada uno de ellos te joda el culo cinco veces – ironizo, contemplándole.

―           No puedo… irme así… no tienes derecho…

―           Blablablabla…

Cinco minutos después, Tuck entra en el dormitorio. Le acompaña el otro centinela que me faltaba. No dice nada cuando ve el panorama. Yo estoy sentado en la cama, con la katana en la mano, pero incapaz de alzarla ya. Katrina, arrodillada sobre la sábana detrás de mí, me acuna en sus brazos, canturreando para tranquilizarme. Creo que está segura de que voy a morir. Tuck se inclina sobre el jeque y comprueba que ha partido al reino de su dios. Se alza, me mira, y suspira.

―           Menuda la has armado, amigo mío – dice.

―           Tendrías que darme las gracias. Te he promocionado a nuevo jefe, ¿no? – le digo, con voz débil y cansada. El fuego interior me ha abandonado.

Se ríe y asiente.

―           Los chicos han apagado el fuego hace unos minutos, pero no les he dejado subir hasta que acabaras lo que has iniciado. Es lo mínimo que podía hacer por ti, tras perdonarme la vida.

―           La cosa no iba contigo, solo con Karim y ese hijo de puta – le señalo con la barbilla.

―           Bueno, ya sabes lo que pasa cuando juntas a un par de árabes – bromea. – Karim no contó con nadie para venderos y fue algo que no me gustó nada.

Asiento con la cabeza y Katrina me limpia el sudor de los ojos. Un hombre de color, alto y estirado, y de pelo cano, entra en la habitación, junto con la madrastra de Tuck. El hombre abre un maletín médico y Tuck lo presenta.

―           Este es el doctor Grey. Te curará esos agujeros. Estás en buenas manos. Cuando despiertes, hablaremos.

―           ¿Cuándo despierte? – murmuro, sin darme cuenta de la inyección que me pone la gruesa mujer en el hombro. La suavidad de las manos de Katrina se esfuma, así como la realidad.

_____________________________________

Hemos tardado una semana, pero, por fin, nos encontramos a bordo de un 767 de American Airlaines, con rumbo a España. Viajamos en clase Bussiness, por supuesto, ya que Krimea y yo necesitamos espacio para nuestras heridas. Dos de las aeromozas están muy volcadas sobre mis necesidades, atrayendo las miradas furibundas de Katrina.

El doctor Grey me remendó bastante bien, aunque se quedó alucinado con mi velocidad de curación. Tuve suerte, ninguna de las balas que recibí dio en órganos delicados, aunque me destrozaron varios músculos que se deben regenerar. Krimea, en cambio, lucirá varias cicatrices en su espalda, como resultado de las heridas de la fusta. Comenta que tendrá que hacerse algunos tatuajes más para disimularlas. Katrina estuvo cuidando de los dos, de forma abnegada y verdaderamente entregada. Por las noches dormía conmigo, enroscada en el filo de la cama para no rozarme por descuido, pero incapaz de dejarme.

Como predije, Tuck ha asumido el mando de la banda de criminales y, a pesar de los tipos que he matado, nadie osó culparme por ello. Por supuesto, nada de todo eso ha sido denunciado o descubierto por las autoridades. El jeque y sus matones han sido sepultados en la misma tumba que me reservaban, bajo una nueva capa de hormigón. Los demás han sido dejados en un escenario manipulado, con lo cual, las autoridades le consideran como caídos en un ajuste de cuentas con alguna banda rival. El pan de cada día en L.A.

Lo bueno de todo esto, es que Krimea está libre, al menos, hasta que no llegue algún heredero del jeque, cuando le declaren muerto o desaparecido, y trate de reclamar todos sus bienes, incluida su persona. Hubiera sido la guinda del pastel poder hacerse con el contrato que ella firmó, pero no se puede tener todo.

Krimea viaja con una documentación temporal, facilitada por la embajada, a la espera de que repongan toda su documentación “perdida”.

De momento, va a instalarse con nosotros, en la mansión y continuará con su carrera, pero con un cambio de representante, por supuesto.

CONTINUARÁ…

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