JANIS MULLIGAN

El tesoro de Las Vegas

Rodear el increíble accidente geográfico, utilizando viejas carreteras como la estatal 89 o la decrépita 389 hasta Hurricane, en Utah, nos permite contemplar largamente el Gran Cañón durante horas de recorrido, y saciar nuestros ojos con su majestuosidad. Finalmente, hacemos noche en un motel que me recuerda bastante al que sale en Psicosis, y me refiero a la película original. Las cañerías resuenan jodidamente nítidas de madrugada, poniéndome los pelos como escarpias. Katrina, en cambio, ronca suavemente, con la nariz aplastada contra mi pecho. Mi mujercita es de las que se duermen donde sea tras una buena sesión de sexo. Me paso más de una hora admirando su delicioso perfil hasta conciliar el sueño.

De buena mañana, tomamos la I-15 en dirección a Las Vegas. Nos detenemos a almorzar en Mesquite, ya dentro de Nevada. Katrina recibe una llamada de Pam. Levanto una ceja en una muda pregunta, por si hay problemas. Katrina agita la mano, restando importancia, y se ríe de algo. Contesta con monosílabos mientras me mira. Sabe que me está mosqueando, pero le encanta mantenerme en vilo.

―           Pam ha empezado con los castings de femdom y mañana espera entrevistarse con la doctora Garñón. Quería saber más cosas de la psicóloga, para estar preparada. La llamaré después – me relata.

―           ¿Por qué después? ¿No estabas hablando con ella?

―           ¿Y perderme el Valle de Fuego? – levanta el índice, señalando el gran cartel al borde de la carretera: Parque estatal del Valle de Fuego.

―           ¿Quieres que…?

―           Por supuesto.

―           ¿Ahora?

―           Cariño, está en nuestro camino, ¿qué mejor momento? – me regaña dulcemente.

No sé, pero no me apetece perderme en el desierto para ver rocas. Sin embargo, es lo que hay cuando te casas…

Tomo el desvío, que me lleva por una carretera secundaria al interior del desierto, bordeando la cabecera del Lake Mead. El terreno se vuelve árido y seco, aún más de lo que venía siendo desde que hemos entrado en Nevada. El calor aprieta, incluso en otoño. Pasamos pequeños núcleos urbanos: Moapa Valley, Overton, Pellis y un pequeño emplazamiento nómada navajo. La carretera se ha quedado desierta y refulge, negra y lisa, entre las tierras de arenisca roja y amarilla. Aquella parte del desierto es famosa por el brillo inusitado que el sol del atardecer refleja sobre las formaciones de arenisca. Todo el panorama parece “estallar en llamas”. Hay dos colores que predominan el rojo incendiado y el dorado llameante, que se mezclan y se superponen en cada formación rocosa. Me detengo un momento, aprovechando una bajada en la carretera, para empaparme bien de cuanto me rodea, protegido tras mis lentes protectoras. A mi lado, Katrina suspira, emocionada por el espectáculo.

Al abandonar el parque estatal, con el sol en el horizonte, nos detenemos en una gasolinera algo cutre, solitaria en la inmensidad del desierto. Nos encontramos a unos setenta kilómetros de la ciudad del juego. Hay que repostar y comprar agua. Katrina aprovecha para ir al baño. No gusta de hacer sus necesidades en la sedienta tierra; les tiene pánico a las alimañas que le han dicho que pululan en el desierto.

Aún estoy vertiendo gasolina en el depósito del Mustang cuando un largo y bronco bocinazo me hace levantar la mirada. En el horizonte, donde desciende el disco rojo, dos coches adelantan malamente a un trailer, cuyo conductor hace sonar su vibrante voz mecánica. Los dos vehículos, un sedán oscuro y un pequeño utilitario urbano, avanzan raudos, en paralelo, como desafiándose en una carrera ilegal. A medida que se acercan a la gasolinera, el coche más grande obliga al pequeño a salirse de la carretera y frenar en una escandalosa polvareda en la explanada abierta de la gasolinera. El camión pasa a su lado, dando un último bocinazo, cuando aún el polvo no se ha asentado.

Dos tipos fornidos, en mangas de camisa y corbata oscura, surgen del sedán, un Chrysler de última generación, y se acercan rápidamente el coche pequeño. Ahora puedo verlo mejor. Un Toyota IQ, una de esas miniaturas japonesas para la gran ciudad. No me extraña que no haya podido escapar. Uno de los tipos abre la puerta del conductor y saca, de un fuerte tirón del brazo, a una mujer, la cual no deja de proferir dulces palabras de rencor y condenación. Incluso le atiza una patada en la espinilla, pero el duro tipo no suelta su brazo. Su compañero se ríe y le indica que la meta en la trasera del Chrysler. Distingo las armas en sus cinturones.

Sin embargo, no puedo distinguir bien el rostro de la mujer. No sé si es joven o madura, pues va vestida con vaqueros y una camisola que disimulan todo su cuerpo. Lleva grandes gafas oscuras y una especie de turbante le cubre el pelo.

Desde pequeño me han jodido estas situaciones. No hay mucha diferencia entre estos tíos y los chulitos del patio del colegio, salvo por las armas. Me pongo en movimiento mientras doy gracias por que Katrina esté en el baño aún.

―           ¿Estás seguro de lo que vas a hacer?

―           ¿Tú no?

Sonrío al notar, primero el reniego, después el suspiro que deja escapar en mi mente. Ras es así, todo un quijote con muchas dudas.

―           ¡Disculpen! – exclamo en mi macarrónico inglés.

―           ¿Si? – se gira uno de ellos, interponiéndose en mi camino.

―           Supongo que son policías… por eso han detenido a esa mujer, ¿no?

―           ¿Qué es lo que quiere? – el tipo tiene la mano en la cintura, cerca de su arma, pero no echa mano a ella al comprobar que no voy armado.

―           Es que si son policías, quiero denunciar que ese empleado me ha engañado – le indico con mi dedo por encima de mi hombro, señalando hacia la gasolinera. – Soy un turista con ciertos derechos y…

―           ¡A callar! ¡No somos policías! – me espeta, alzando una mano.

―           Gracias, capullo – le suelto en español, lanzando mi mano izquierda y atrapando sus santas bolas.

El tipo no puede soltar ni un berrido. Su rostro se vuelve lívido en un segundo. Le empujo fuertemente, obligándole a retroceder hacia su compañero, quien aún se encuentra tras la puerta trasera abierta. No sabe bien qué ocurre y pierde su oportunidad de actuar. Los cien kilos de su compinche golpean fuertemente la puerta, cerrándola sobre su cuerpo. Aparte del fuerte golpe, el marco superior de la ventanilla alcanza su ceja, abriéndole una fea brecha. Dejo caer el que aún sostengo por los huevos y me vuelvo en un vertiginoso giro. El chofer ha abierto su puerta, pero se ha entretenido en sacar su arma en vez de sacar los pies. El mío ya vuela hacia él, impulsado por la energía del giro. La patada le acierta de lleno en la boca. Creo que le va a costar comer por un tiempo. Doloridos y confusos, no pueden oponerse a que les despoje de sus armas. Uno de ellos lleva bridas de plástico en un bolsillo. Maniato sus muñecas a la espalda y les obligo a meterse en el coche, mientras busco identificaciones.

La mujer se ha bajado del coche y se queda de pie, a unos metros. Puedo sentir su asombrada mirada sobre mis hombros.

―           Pues anda que la de tu esposa…

Giro la cabeza y compruebo que Katrina ha salido del ignoto cuarto de baño, para sorprenderme en plena faena. Su boca está tan abierta que le cabría hasta una de esas grandes libélulas del desierto. Se acerca corriendo y la detengo con un gesto.

―           ¿Qué ha pasado? – me grita.

―           No pasa nada. Solo les estoy preguntando cuanto falta para llegar a Las Vegas – mascullo, mirando sus carnés de conducir. — ¡Mierda! No llevan nada encima, más que una tarjeta de crédito.

―           ¿Y? – el tono de Katrina sube de escala, casi histérico.

―           ¡No lo sé! Esperaba averiguar algo más, coño.

Me encaro con la mujer y la apunto con el dedo. Noto como tiembla, como respuesta.

―           A ver, Katrina, necesito que le preguntes tú. Mi inglés es muy limitado. Quiero saber quienes son y por qué la perseguían.

―           ¿La perseguían? Pero… ¿qué has hecho? – Katrina alza las manos al cielo.

―           Pregúntale.

Katrina lo hace y la mujer suelta un sollozo. Se quita las gafas y usa el pañuelo de su cabeza para secarse las lágrimas. Es el momento de mirarla con detenimiento. Es bastante joven, no más de veintitrés años. Al observarla más de cerca, me doy cuenta que tiene mezcla de sangres, aunque no sé bien de cuales. Su tez tiene el color de la canela y sus ojos son profundamente verdosos. Tironea rabiosamente del pañuelo turbante, deshaciendo su estructura y dejando sus cabellos al aire. Es como si contuviera hasta este momento una maraña de sinuosas sierpes oscuras. Largos y flexibles tirabuzones se esparcen sobre sus hombros y se mecen, sujetos a su cabeza. Hasta Katrina se calla de golpe, desorientada por el movimiento de la increíble melena. Solo he visto un cabello igual en los anuncios de champú y creía que estaba retocado con el PhotoShop. Forma un halo oscuro alrededor de su cabeza, llegando al centro de su espalda. Los rizos son grandes y gruesos, como muelles negros y brillantes. No es un peinado afro al estilo Jimmy Hendrix, no señor, sino algo que ha tardado años en crecer y modelar.

Una escultura capilar.

―           ¡Woaoh! – deja escapar mi mujer.

―           Muchas gracias, su chico me ha salvado la vida – le dice la morena, tomándola de la mano.

―           Si, si… suele hacer cosas así, el muy idiota – masculla mi esposa. – Pero nos gustaría saber quienes son esos tipos y por qué la perseguían… ya sabe, por si tenemos que correr también…

―           No se preocupen, solo me persiguen a mí…

―           Podemos llevarte a la ciudad y dejarte en una comisaría – digo, acercándome a ellas.

Es la excusa perfecta para admirarla más de cerca. Rasgos sensuales y exóticos, ojos almendrados y nariz pequeña, algo ancha, así como unos labios de locura, gruesos y proyectados hacia fuera. No es mulata, pero quizás tiene un octavo de sangre negra en las venas. Puede que también tenga algo de sangre india o caribeña, y, por supuesto, un mucho de caucásica. Yo diría que si. Porta un pequeño aro en la aleta derecha de su nariz, pero, sin embargo, puede ver pequeñas marcas de más piercings sobre los labios, las cejas, y la barbilla. ¿Es una Emo? ¿Se los ha quitado para que no la reconozcan? Seguro.

―           No, nada de eso. He salido huyendo de Las Vegas, no pienso regresar allí por nada del mundo – niega con la cabeza.

―           ¿Son recaudadores? – se arriesga Katrina a suponer.

―           Si… tengo ciertas deudas de juego… Siento haberos metido en este asunto – suspira ella.

La amplia camisola que cubre su cuerpo es de tendencia hippie, con las mangas largas, de fresco lino. Puedo ver parte de un tatuaje sobre el canto de la mano izquierda, terminando sobre el meñique. Le miró la otra mano. Tiene una especie de rara estrella en el dorso de la derecha, así como tres anillos con gruesas piedras, uno en cada dedo central.

―           No hay de qué, señorita… — intento averiguar su nombre.

―           Kim, me llamo Kim – me ofrece su mano.

―           Somos los Talmión. Katrina y Sergio – nos presenta mi rubia.

―           Encantada y, de nuevo muchas gracias por salvarme. Debería marcharme antes de que sea más tarde.

―           Les retendremos aquí hasta que llegue la policía – le digo. – Con eso podemos conseguirte un par de horas mínimo de ventaja.

―           Bien, perfecto… entonces… adiós – se despide con un beso en la mejilla de Katrina y un apretón a mi antebrazo. Huele a esencia de azahar y jazmín.

Paso el brazo por los hombros de mi chica, mientras ambos miramos como el cochecito sale a la carretera y se pierde, veloz.

―           Guapa chica, eh – deja caer Katrina.

―           Si, pero extraña – le contesto.

―           De las que nos gustan, tonto… jejeje…

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Entramos en Las Vegas, tal y como Frank Sinatra recomendaba: cuando el sol ha desaparecido ya tras las montañas y dejándose guiar por las rutilantes estrellas artificiales de Las Vegas Boulevard. El Strip está sobrecargado de neones, rótulos enormes, y fuentes danzantes repletas de color y música. Los nombres y estereotipos de los casinos desfilan ante nuestros ojos: la esfinge y la pirámide negra del Luxor, el castillo de torres multicolores del Excalibur, el perfil de los rascacielos neoyorquinos del New York-New York, la fastuosidad del Bellagio, el altísimo templo romano del Caesars Palace, y el Palazzo que corona la avenida Sands.

Katrina está de pie, aferrada al parabrisas del Mustang. Sus largos cabellos rubios ondean en el caliente viento que viene del desierto. Sus ojos no pierden detalle de todo cuanto puede. Seguro que se sintió así cuando su padre le llevó su primer pony para su cumpleaños.

―           ¿Cuál es el nuestro? – me grita, apartando el pelo de su cara.

―           El Wynn Las Vegas. Es uno de los nuevos – le respondo.

―           ¡Chachi! – exclama como una niña. – ¡Allí, allí está! – señala tras unos minutos.

Por lo poco que sé, el Wynn Las Vegas Resort and Country Club es un monstruo enorme, de superlujo (5 diamantes). Dispone de dos torres de cincuenta pisos con amplias suites, la torre Wynn y la torre Encore, así como varias villas independientes de 650 metros cuadrados. Un enorme casino de 10.000 metros cuadrados se abre al público y un centro de convenciones con el doble de ese espacio, además de siete mil metros de tiendas de las mejores marcas. Un paraíso para el comprador compulsivo, vamos. Ah, y se me olvidaba el campo de golf de 18 hoyos en pleno centro de la ciudad.

Pues justo ahí es donde el menda y su mujercita se van a alojar.

Desde la enorme cristalera de nuestra suite, en el piso veintiocho, se divisa como la ciudad se pierde en la inmensidad oscura del desierto, que se traga, poco a poco, toda la magnificencia de sus luces y rótulos. Ras me susurra sobre la belleza de la ciudad; es salvaje y aguerrida como las urbes rusas de hace dos siglos, siempre en lucha con la propia naturaleza.

―           Me recuerda a los arrabales de Omsk, en el sur de Siberia. Por aquel entonces, la esposa de un sargento de los carceleros de la prisión me ofreció su hospitalidad…

―           Déjate de batallitas – murmuro al sentir la mano de mi esposa en mi espalda.

―           ¿Qué te cuenta, amor? – me pregunta Katrina.

―           Echa de menos a las macizas rusas, como siempre.

Katrina se ríe suavemente. Sus brazos abarcan mi pecho y siento como apoya su mejilla en el centro de mi espalda.

―           ¿Qué quieres hacer, esposo? ¿Bajar a cenar y jugar, o bien…?

―           ¿Qué tienes pensado para ese “o bien”?

―           Darme por el culito, frente a estos ventanales, de cara al desierto – musita, acariciándome.

―           O sea, la versión USA de ponerte mirando para Pamplona, ¿no? – me ha puesto la broma a huevo.

Afirma con la cabeza mientras sus manos juguetonas bajan hasta mi bragueta.

―           Bueno, siempre podemos cenar más tarde – le digo, girándome y besándola.

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La semana pasa rápidamente, entre juego y espectáculos. Hemos visitado los casinos más famosos y deslumbrantes, acudiendo siempre al estilo europeo. ¿Qué cómo es eso del estilo europeo? Pues vestidos de gala, señores. Esmoquin con pajarita para mí, traje largo y sexy para mi chica; como debe de ser.

Los yanquis, para esas cosas, son más relajados. En los casinos, sobre todo de día, te encuentras a los turistas apostando en pantalones cortos y camisas floridas. Claro que los cuarenta y cinco grados que hace en la calle te obligan a llevar poca ropa. Sin embargo, aún de noche, muchos clientes acuden vistiendo jeans y camisetas de polo, aunque siempre están los clientes VIP; ellos si usan atuendo a juego siempre.

El hecho es que yo pertenezco a esa clientela, aunque no me acostumbro aún. Soy un VIP, joder, y, como tal, nos hemos pateado los locales más fastuosos para perder algunos miles, al menos yo. No soy afortunado con esto del juego. Ya saben lo que se dice: afortunado en amores… Sin embargo, Katrina es raro que no salga ganando; suele apostar casi sobre seguro, aunque fuerte.

Hemos almorzado y cenado en auténticos palacios para gourmets. En Dazzio, del chef Oleardo, en el Palazzo, nos honraron con una tartaleta de langosta, especial para recién casados, riquísima. Así mismo, hemos asistido a varios espectáculos en los clubes más exclusivos. Katrina se rió a carcajadas con el show de Senfield, en el Caesar’s, aunque yo no conseguí pillarle ese acento tan cerrado. Siempre llegaba tarde al chiste, al esforzarme en traducir. Las Folies Bergères del Paris Las Vegas son tan perfectas como las del Moulin Rouge, en Pigalle, aunque ninguna de sus voluptuosas chicas sea francesa.

Hemos disfrutado de grandes humoristas, excelentes magos, y consagrados artistas. Hemos gritado y abucheado en una soirée mixta de boxeo y lucha libre, y hemos hecho el amor en cada lujoso casino que hemos visitado, fuera en una suite o en los lavabos. Una luna de miel para recordar, sin duda. Nos quedan pocas cosas que hacer antes de abandonar Las Vegas.

―           Tenemos que acudir a la fiesta de piscina del Encore Beach Club – me dice Katrina, estirando su voluptuoso cuerpo desnudo sobre la cama.

―           ¿Esta noche? – le pregunto, despistado.

―           No, Sergi, empieza a las doce del mediodía. Martinis, canapés, y piscina, con música trance a todo ritmo…

―           Pero… ¡eso es dentro de un rato! – exclamo, mirando el reloj.

―           Vamos, grandullón, ¡a la ducha! – me empuja fuera de la cama.

El Encore Beach club, también englobado en el Wynn, está justo entre nuestra torre y su gemela, hacia el noreste. Las puntas de sus altas palmeras se distinguen a leguas, guiando nuestros pasos. Como clientes del hotel, tenemos acceso libre a sus jardines y complejo de esculturales piscinas. Nunca he estado en una de estas fiestas de piscina, pero el ambiente es deliciosamente contagioso. Gente guapa y joven, mostrando bellos cuerpos moldeados, enfundados en escasa ropa (bikinis sobre todo). Infinitos modelos de gafas de sol y sombreros de todo tipo, desde grandiosas pamelas hasta un sombrero bombín como el de Charlot. El público ondula sus caderas y cinturas al ritmo de la burbujeante música que se alza de casi cualquier rincón. El sistema de altavoces es invisible, pero suena nítido y perfecto, sin necesidad de ser brutal. Casi se puede hablar con inclinarse un poco sobre el oído.

―           ¡Nada de tocar! – me advierte mi rubia, con una penetrante mirada láser.

―           ¿De verdad? – gimoteo, mirando de reojo el culito bamboleante más cercano.

―           Solo un poquito, pídeselo…

Va a ser que no, conociendo a Katrina. Me deja muy claro que estamos allí para divertirnos y para aprender sobre nuevos ambientes. Con un tono juguetón, me recuerda que somos empresarios de espectáculos, según nuestras declaraciones de Hacienda. La verdad es que tiene toda la razón.

La tomo de la mano y la conduzco hasta una terraza lateral, a la que se accede por unas escaleras sinuosas. Nos apoyamos en la barandilla de metal para contemplar a placer todo el recinto y el público. La parte al aire libre del Encore Beach Club no es amplia y vistosa, al menos la zona central. Una gran piscina ovalada, de apenas un metro de profundidad, constituye el centro de todo. Hay pasarelas a su alrededor por donde desfilan chicas, exhibiéndose en uno de esos continuos concursos de belleza locales. Camareras de cuerpos cimbreantes, vestidas todas con el mismo bikini rojo con anagrama del club, portan bebidas a todas partes, subidas sobre altas sandalias de plataforma.

Bajo una techadumbre de palmas y cañas, que arroja unas benditas y densas sombras, un chico de piel oscura y sudorosa se mueve con el propio ritmo que pincha. Cada cierto tiempo, activa el micrófono que lleva pegado a su mejilla y anima a sus parroquianos danzarines con nuevas propuesta o mediante algún regalo publicitario.

Cómodas hamacas son cabalgadas por divinas chicas que se licuan bajo el sol, en uno de los laterales del complejo. No hay ninguna barra a la vista. Las camareras entran y salen por unas puertas batientes, prohibidas al público. Supongo que por allí se accede al club nocturno, donde usan la infraestructura de la que disponen. Tan solo hay una especie de mini buffet en el exterior, donde se pueden pedir diversos aperitivos.

Katrina y yo nos acercamos a tal sitio, requiriendo ciertos “pinchos” de fruta y marisco, casi como en casa. Detengo a una rubia de tetas a escuadra. La insignia que hay sobre una de ellas dice que se llama Karen. Me sonríe y baja un par de centímetros sus lentes oscuras para mirarme mejor. Le pido un Martini blanco para mi esposa y una cerveza para mí. No hago ni caso a Ras. Demasiado temprano para empezar con el vodka.

El agua pulverizada y la poca ropa que llevamos ayuda a combatir el calor del mediodía. Hay salpicaduras a cada instante, debido a los divertidos enfrentamientos de la gente que está en la piscina. Katrina se lanza a bailar después de su segunda copa. Se mueve sinuosa y atrevida, tal y como le gusta a ella. Pronto tiene a varios voluntarios para acompañarla, a su alrededor. No es algo que me entusiasme, así que me fuerzo a moverme también. Las tres cervezas que llevo tomadas no son un incentivo aún, pero mi estatura y mi volumen pronto dejan patentes que no deseo competencia. Katrina se ríe y me abraza, frotándose obscenamente. Le agito los desnudos glúteos con una palmada.

Al poco rato, hay varias chicas en torno a mí, disfrutando de cómo trato a mi mujer. Apuesto que más de una quisiera ofrecerse para tal tratamiento. Con un gesto, Katrina me indica que baile con ellas, pero sin retirarme. ¿Es más abierta que yo? Puede. Yo soy un chico de granja, un gárrulo… El hecho es que me contoneo contra las nalgas de una deliciosa morena primero y de varias más después. Ras masculla en mi interior, loco por que meta la nariz entre todas esas apretadas nalgas. Finalmente, acabo levantando a pulso a dos rubias (una de ellas es mi esposa, que conste), y bailando animadamente con ellas, sin que pongan los pies en el suelo.

Llega el momento del invitado. El DJ conecta su micro y hace una misteriosa presentación del artista invitado. El Encore se precia de ofrecer la actuación de un invitado en cada uno de sus eventos. Famosos cantantes han brindado dos o tres de sus conocidos temas al enfebrecido público: Rhianna, Justin Bieber, Miley Cyrus, o David Guetta son un ejemplo de los artistas que han pasado por su pequeño escenario.

Este cobra vida de repente, cuando dos grandes estandartes de tela se desplegan, dejando ver un nombre escrito en fuego: Krimea. La gente empieza a silbar y aullar, sorprendida por la actuación. El discjockey grita el nombre de la invitada y todo estalla con a nuestro alrededor.

―           Krimea es una cantante que está despegando con fuerza en el panorama USA – me comenta Katrina, puesta más al día que yo de esas cuestiones. – Ha participado en un par de papelitos en películas actuales y parece que ha caído en gracia.

―           ¿Una popera? – pregunto, alzando una ceja.

―           Bueno, hace un poco de todo. Ritms & Blues, rock electrónico, algo de Soul… No está mal. Creo que te gustara…

En ese instante, en la gran pantalla del escenario, surge el rostro de una diosa morena de ojos fulgurantes y verdosos, enmarcado por una cabellera alterada por el viento, que ondea como los estandartes con su nombre. Su sonrisa encandila, aún tratándose de una foto publicitaria. Lleva el rostro lleno de piercings, en sus delicadas cejas, en su respingona nariz, en sus ardientes labios, e incluso en el hoyo de su barbilla, pero, a pesar de toda esa quincallería, no desmerece en lo más mínimo. Es como una reina pagana, una sacerdotisa dotada de todos los pecados del mundo.

Y, además, es la chica a la que rescaté en el desierto, una semana atrás, Kim.

A mi lado, Katrina suelta uno de sus reniegos búlgaros. La miro con toda intención.

―           Dijo que no volvería a la ciudad ni loca, ¿no? – me dice.

―           Ajá.

―           No la reconocí.

―           Todo eso me suena a pataleta de famosa – aventuro.

―           Puede ser, pero a mi me sonó sincera. Además, ¿problemas de deudas? – Katrina hace un gesto dubitativo.

―           Ya sabes como son estas estrellitas. Le van todos los vicios — le contesto, sin apartar los ojos del escenario.

La música ha cambiado, más rítmica, más negra. Kim… Krimea. No se ha comido mucho la cabeza para cambiar el nombre, pero hay que reconocer que sabe como aparecer en un escenario. Lleva un bikini de escamas metálicas, irisado entre el verde y el azul, y sobre ello, un pareo de sutil gasa que abraza sus largas piernas. Avanza descalza sobre la pulida madera, moviendo sensualmente su cuerpo, adquiriendo el compás de la percusión con sus caderas. Una tobillera de cuentas colgantes brilla en su pie izquierdo.

―           ¡Arriba Encore! – exclama a través de su micrófono. Posee una voz vibrante, llena de potencia y ganas. La gente le responde con fuerza.

Intento fijarme en cada uno de los tatuajes que recubren su cuerpo, pero se me pierden, fusionándose uno en otro, como si formaran una espiral sobre su piel, una espiral que descendiera desde su cuello hasta su talón derecho. No puedo describirlos a no ser que se quede quieta, pero la gran pantalla me ayuda, al conectar la cámara en directo. El ojo indiscreto recorre lentamente todo su cuerpo mientras ella saluda al público. Puedo ver un dragón descendiendo desde su hombro hacia el lateral contrario y aferrándose a su cadera; varias rosas rojas y negras, agrupadas por alambre de espino y rodeando una calavera humana, en su antebrazo; una liga tatuada en un satinado celeste, rodeando su muslo derecho, así como los arabescos del dorso de sus manos. Sin duda dispone de muchos más en su cuerpo, pero no puedo verlos al completo, ocultados por el bikini o demasiado enrevesados como para apreciarlos a simple vista.

Su cuerpo es una obra de arte, no solo por la tinta impresa en su piel por varios artistas, sino también por sus perfectas proporciones. Su densa y perfecta cabellera se mueve con los pequeños impulsos que genera su cuello. Por un momento, me digo que Medusa tuvo que lucir así frente a Perseo; quizás no eran serpientes lo que tenía por cabello, sino rizos tan perfectos como los de Krimea.

La artista comienza su actuación con un lamento que surge primero de su nariz para ser reemplazado por una expiración de su diafragma, a medida que sube por la escala armónica.

―           Wwwwiiiiii… Why have you left without kissing meeee? – se convierte finalmente en un grito, arrancando con uno de sus temas estelares.

La canción, un himno soul que todo el mundo corea con ella, me muestra hasta donde puede llegar su peculiar garganta. Krimea posee un talento a tener muy en cuenta. No es una de esas chicas vainilla con patrocinadores, que no saben hacer otra cosa que abrirse de piernas. No, esta chica posee un don y sabe aprovecharlo. La mano de Katrina se desliza entre la mía, uniendo sus dedos. Tiene los ojos clavados en el escenario, como yo, muy atenta a las evoluciones de ese cuerpo tatuado. Ni siquiera bailamos o nos movemos lo más mínimo. Solo miramos y escuchamos.

Con el cuarto tema, un explosivo hip hop que mueve los cuerpos de todos los presentes, Krimea se despide con besos y agradecimientos. La gente aplaude y silba, durante casi cinco minutos.

―           Creo que vamos a ir a saludarla – le digo a Katrina al oído.

―           ¿Cómo? – me pregunta ella, aturdida.

―           Vamos a su camerino. Me he quedado con la duda…

Atrapo el brazo de otra Karen, algo menos tetona, y me informa donde están los camerinos.

―           ¿Estás seguro, cariño? – me pregunta Katrina mientras nos abrimos paso por el backstage. – Puede que no sea asunto nuestro…

―           ¡No jodas, Katrina! Esa tía estaba escapando y tenía a tres maromos armados persiguiéndola… Cuando dijo que no volvería a Las Vegas estaba asustada. ¿Ha cambiado de idea en apenas una semana?

―           Cosas más raras se han visto.

―           Solo quiero echar un vistazo, ¿vale? Hablar con ella, cara a cara.

Katrina se calló, sabiendo lo cabezota que puedo llegar a ser. Sin embargo, resulta que la zona de los camerinos es infranqueable. Varios gorilas, primorosamente vestidos con camisas tipo safari en tonos claros, tienen todas las entradas copadas. Parecen primos hermanos de los que pateé un rato en aquella gasolinera. Cuando intentamos convencerles para pasar, nos sueltan que la señorita Krimea está ocupada en esos momentos y no saben cuando quedará libre. Durante el corto debate, alcanzo a ver una figura enfundada en una gandora azulona y portando un turbante habibi, que cruza el fondo del pasillo y entra en uno de los camerinos. ¿Un jeque? ¿Algún millonario saudí?

No es nada extraño ver ese tipo de personaje en Las Vegas y ya sabemos de sus excentricidades, pero, por alguna causa aún desconocida, no me da buena espina. Así que coloco una mano sobre el hombro de Katrina, obligándola a dar la vuelta.

―           Nos vamos, querida.

Ella me mira y, con ese arte heredado de su padre, comprende que hay algo que no me gusta, por lo que sigue mi decisión. No me cuesta demasiado encontrar un script encargado de los camerinos, en esos pasillos. El chico me atiende maravillosamente, sus ojos perdidos en los míos. Pierde aceite como un viejo pesquero, a pesar de que no debe de ser más viejo que yo. Le firmo una entrega de flores y bombones para Krimea que él me asegura que recibirá hoy mismo, sin falta. Mientras Katrina consulta con él si serán mejor rosas o tulipanes, escribo una breve nota que encierro en un sobre. “Hemos visto tu show. Eres genial como siempre, aunque parece que has cambiado de opinión con respecto a tu futuro. Espero que te encuentres bien. Sergio y Katrina.” Espero que entienda el mensaje.

―           Es muy importante que reciba esto junto con las flores – le digo, poniéndole el sobrecito en la mano. – Es cuestión de corazones rotos…

El chico suspira profundamente, sonriéndome, y asiente. La verdad es que no sé si la mirada de basilisco funciona con los tíos, pero me he tenido que asegurar de que mi encargo se cumpla.

―           ¿Qué has visto en los camerinos? – me pregunta mi querida esposa, ya sentados a una de las mesas del restaurante Canaletto, en el hotel The Venetian.

―           No lo sé, pero no me gusta. Los matones eran de la misma catadura que los de la gasolinera. Ya escuchaste su acento, no son de aquí…

―           No, parecían árabes o así.

―           Exacto. He visto a un árabe meterse en los camerinos, uno de esos vestidos con chilaba y toda la parafernalia. Tengo entendido que hay mucha pasta de Oriente Medio invertida aquí, así que es posible que estos tipos tengan intereses muy concretos.

―           ¿De qué estás hablando?

―           Ni idea, cariño, solo me dejo llevar por lo que siento, pero necesito hablar con esa chica.

―           Tendrás que esperar respuesta a tu nota.

Esa respuesta tarda bastante, pero, finalmente, a la caída de la noche, una camarera de piso nos entrega una nota. No trae sobre y está escrita a la espalda de un recibo del hotel. La chica, una negrita pizpireta y atractiva de nombre Violette, mira en las dos direcciones del pasillo antes de decirnos que Krimea se la ha dado cuando ha acudido a retirar la bandeja con su almuerzo. La hago entrar, dejando el carrito en el pasillo. La pellizco dulcemente en la barbilla y la aliento a que me cuente todo cuanto sabe.

No sabe a qué es debido, pero Krimea no ha salido de su suite en los últimos días. Además, siempre hay uno de esos tipos grandotes apostados en el pasillo, como si la protegieran o la vigilaran. Parecía preocupada cuando le entregó la nota y por eso la leyó.

Echo un nuevo vistazo a las dos líneas escritas aprisa. “Estoy bien, pero debéis marcharos antes de que os vean y os reconozcan. Por favor, no podéis hacer nada por mí, pero gracias de todo corazón. Krimea.”

―           ¿La señorita Krimea está en algún problema? – pregunta la jovencita doncella. No debe de tener más de diecinueve años.

―           Aún no lo sabemos, pero sospecho que si. ¿Quién es el tipo árabe que he visto rondándola? – intento averiguar.

―           Es un jeque saudí. Abdel bin Yatallah. Se dice que es muy rico y pertenece a la dinastía de los Al-Saud…

―           La dinastía que gobierna Arabia Saudita – musita Katrina.

―           Pasa varios meses del año aquí, en el hotel, y he escuchado a algunas compañeras comentar que la mitad del Wynn le pertenece. Desde luego, ocupa toda la planta 39, con su suite, su harén, las habitaciones de su servicio y los guardaespaldas…

―           ¿También la de Krimea?

―           Si – me contesta la chica.

―           ¿Desde cuando lleva ella aquí, en el hotel?

―           No sé exactamente, un par de meses creo. Es la invitada del jeque. Salen a cenar o a ver espectáculos y, en ocasiones…

―           Continua – la animo cuando la veo dudar.

―           He visto salir al jeque de su suite de buena mañana, como si hubiera pasado la noche con ella.

Katrina me mira. Los dos pensamos lo mismo. Le paso un billete de cincuenta dólares a la doncella y la despedimos, dándole las gracias.

―           La deuda la tiene con el jeque, seguro – dice Katrina en cuanto cierro la puerta.

―           Si, tendrá que amortizar su mecenazgo. Sin duda, Krimea quiso escapar cuando la presión pudo con ella y el árabe envió a sus chicos a recuperarla.

―           Si, tiene toda la pinta. No es nuestro problema… “El que algo quiere, algo le cuesta.”

No contesto, sumido en mis pensamientos. Katrina insiste, temerosa de mi decisión.

―           Sergio, cariño, ¿no pensaras en hacer una de las tuyas?

―           ¡Me jode un huevo dejar el asunto así! ¡En ningún momento nos ha pedido ayuda! ¡Al contrario, procura alejarnos de cualquier represalia!

―           Por eso mismo, amor mío, no debemos involucrarnos en un tema tan personal – me susurra Katrina, aferrándose a mi brazo. – Es algo entre el jeque y la chica…

―           Tengo que hablar con ella, cielo. Tengo que escuchar su historia – le contesto, besándola en la frente.

―           ¡Y UNA MIERDA! ¿Te has colgado por ella también? ¡Esa mujer es propiedad de un jeque podrido de dinero! ¿Quieres enfrentarte a él? – Katrina estalla, dejándose llevar por el temor que siente.

―           Es superior a mí, Katrina. No puedo dejar que avasallen a una persona así…

―           ¡Claro que no! ¡Y si es una chica bonita, aún menos! – casi me muerde al tirar la pulla.

―           Katrina – susurro, atrapándola entre mis brazos y mirándola fijamente. La aprisiono totalmente, pegándola a mi cuerpo. – Me conoces. Lo he hecho por Patricia y por la pobre Dena; lo hice por Mariana, sin conocerla apenas… Soy así, no lo puedo remediar…

―           Lo sé… ¿te crees que no lo entiendo? Pero estoy asustada. Ese árabe está rodeado de tipos peligrosos…

―           ¿Más que yo?

Se muerde el labio y acaba encogiéndose de hombros.

―           No va a pasarme nada. Iré con cuidado. La camarera nos ha dicho cual es su suite y en que piso está. Iré a verla y que me explique en qué está metida. Si resulta que le debe lealtad al jeque, nos iremos mañana mismo.

―           ¿De verdad, mi señor?

―           Palabra de esposo – le contesto, mordisqueándole el labio.

Sin embargo, entrar en la suite de Krimea no es nada fácil. Tiene vigilancia y la planta mantiene cámaras activas. Tampoco puedo entrar por la ventana. Ninguna de las balconadas curvadas del Wynn se puede abrir. Debo contar, una vez más, con nuestra joven camarera y fan incondicional de Krimea, Violette. Ella conoce más de la rutina de la cantante y puede introducirme en la planta. Antes de la cena, pregunto por ella a la encargada de piso. Violette ha terminado su turno y entrará a la mañana siguiente, a las siete de la mañana. Le dejo una nota para que venga a vernos a nuestra suite en cuanto se incorpore al trabajo.

Al término de la cena, me toca quitarle la ansiedad a Katrina y nada mejor que un largo y lento cunnilingus para ello. Se estremece en cuanto descubre mi intención. Es su punto débil, digamos.

La instalo en uno de los mullidos butacones, sentada ante la espléndida balconada, desnuda y con las piernas bien abiertas, apoyadas las corvas sobre los brazos del asiento. Las luces de la suite están apagadas y solo el reflejo luminoso de la ciudad nos baña con colores fantásticos. Me arrodillo en una de las alfombras, conservando aún los pantalones, y contemplo largamente la hermosísima entrepierna de mi esposa. Los neones del Strip se encargan de perfilar la humedad que mana de su sexo. Se agita ansiosa, ofreciéndome su más delicada e íntima carne. Desea que la paladee, que la saboree como un buen vino. Sus dedos mesan mis cabellos con urgencia, atrayéndome hacia su fuente vital.

Endurezco la punta de mi lengua y toco con ella sus labios mayores, los cuales se abren como si pelara una fruta madura. Gime suavemente, a medida que sus caderas empujan delicadamente para intensificar el contacto. Ninguno de los dos tenemos prisa alguna. Sabemos que el placer se acerca “in crescendo”, sin necesidad de frenesí.

Sus propios dedos exponen su vulva rosada, exuberante y goteante, a mis ávidos labios. Deposito mil besos, tan delicados como el aleteo de una mariposa, a lo largo de ella, desde el tembloroso capuchón de su clítoris hasta el íntimo pliegue del perineo. Aspiro su particular olor, esa fragancia que reconocería entre miles de mujeres expuestas ante mi lengua. Los dedos de uno de sus pies acarician con inusual pericia mi desnuda espalda, en un mudo gesto de agradecimiento.

Mi lengua se hunde como una punta de lanza en el interior de su sexo, buscando el origen de esa miel líquida que mana de sus entrañas. Se agita al paso de mi húmedo apéndice. Sus dedos me presionan con fuerza en la nuca. Un quejido se eleva en la quietud de la habitación en penumbras, un dulce quejido que me enerva, que me inspira para llegar más lejos en mi osadía.

Despacio, siempre despacio, me obligo a pensar, frenando mis ansias de devorar esa boca vertical que tiene la capacidad de enloquecer a cualquier hombre. La memoria visual de Ras hace desfilar cientos de vaginas por mi mente. Todos los coños que ha devorado desde su pubertad. Le dejo seguir comparando vaginas como si fuese una apabullante música de fondo.

―           Aaaahh… cariño… n-necesito tus de…dos – suspira Katrina.

No, nada de dedos. Solo labios, dientes y lengua, suficientes para incendiar su coñito lampiño. Ahondo más en su interior, rozando largamente sus húmedas paredes vaginales. Se contorsiona, ansiosa. Soplo eficientemente sobre su parte más mojada, estremeciéndola. Mis labios conocen la mejor forma de hacer brotar su endurecido clítoris fuera de su liviana protección. Mis dientes se encargan de torturar ese botoncito tan placentero hasta conseguir que se hinche, duplicando al menos su tamaño habitual.

Ya no solo se contorsiona, sino que sus nalgas ya no contactan con el suave cuero del sillón. Sus caderas están izadas cual estandarte, tensadas por el placer, ofreciendo su íntimo tesoro a mis ansias caníbales. Sus labios dejan escapar farfulleos incitadores entre suspiros de diversa intensidad. Busca provocarme para que la devore totalmente de una vez, hasta alcanzar su nirvana más absoluto. Lo sé, la conozco…

Sus pies abrazan mi espalda, impidiendo que me aleje un centímetro de su sexo. Sus dedos se engarfian sobre mi nuca con demasiada fuerza, respondiendo a su propio delirio.

Ha llegado el momento.

Atrapo el inflamado clítoris entre la lengua y los incisivos superiores. Mis labios se cierran sobre él, succionando con fuerza mientras hago rodar el sensible botoncito sobre mis dientes. Como si hubiese recibido una descarga eléctrica, Katrina se convulsiona entre gritos, agitando sus caderas, contrayendo sus nalgas. Alargo todo lo que puedo el momento de su éxtasis, succionando su clítoris con fuerza. Intenta apartarse de la boca que la está matando, pero se ha quedado sin fuerzas. Solo gime y tiembla, gozando de los últimos espasmos de su cuerpo.

Disfrutar del orgasmo de una mujer es el mayor espectáculo del mundo.

Amén a eso, compañero.

______________________________________________________________________

Estoy prácticamente plegado en dos, en el interior del carro de la ropa sucia, cubierto con algunas sábanas arrugadas. Algunas huelen a macho, coño. Me digo que Violette podría haber usado sábanas limpias para esto.

No te quejes.

La joven camarera ha aceptado ayudarme. Haría cualquier cosa por su ídolo, creo. Apenas han dado las ocho de la mañana cuando empuja el gran carro por el pasillo de la planta 39, conmigo en el interior. Es delgadita pero fuerte, apruebo mentalmente. Ella es quien ha organizado todo el plan para entrar y salir de la suite de Krimea. Conoce las idas y venidas del personal de la planta y aprovecha muy bien las oportunidades. De hecho, me informa que la suite adyacente a la de la cantante no está ocupada, por orden del propio jeque.

Claro, sin duda no quiere oídos que le escuchen cuando folla.

Oigo la voz de Violette dar los buenos días. Le contesta una voz bronca. Sin duda es el guardián de la suite. El carro se detiene. Un zumbido. Ha abierto la puerta de la suite vacía con la tarjeta. Violette introduce el carro al interior.

―           Puede salir, señor – me urge. – Ya lo sabe, dispone de quince minutos mientras distribuyo sábanas limpias en las suites de la planta. Después me llevaré el carro, con o sin usted.

―           Gracias de corazón, Violette – le digo mientras ella se ocupa de franquearme la puerta que conecta las dos habitaciones.

Penetro en la suite de Krimea con sigilo. Hay copas sucias sobre la mesita de cristal del living, así como un sujetador tirado sobre el respaldo de uno de los sillones. Parece que ha habido acción amorosa la víspera. Entro en el dormitorio. Está a oscuras, las cortinas del gran ventanal corridas. Me arriesgo a encender una de las lamparitas. ¡Vaya! Me llevo una grata sorpresa. Krimea está desnuda sobre la cama, sobre la sábana de satén. Se halla de bruces, con la mejilla sobre la almohada, lo que genera cierto mohín involuntario en su rostro. Parece una mueca desaprobadora. Abrazada a su rotunda y desnuda cadera, una guapa chica semita, al parecer muy jovencita, dormita. Apoya su sien sobre el omoplato de Krimea y su brazo cruza la tatuada espalda, buscando el calor de su cuerpo. Por supuesto también está desnuda y, por lo que puedo ver, apenas tiene pecho. No debe de tener más de quince años.

¿Una groupie? No creo que Krimea se arriesgara a tener relaciones con una fan tan jovencita. Quizás tenga algo que ver con el jeque, me digo al pensar en la etnia de ambos. Podrían ser familia…

Más bien creo que es una de sus concubinas. Es una práctica habitual que las odaliscas se diviertan entre ellas.

“¿Piensas que Krimea es una de las chicas del harén?”

Es lo más lógico.

“Salgamos de dudas.”

Tapono con una mano la boca de Krimea, que despierta con un sobresalto. Me llevo un dedo a los labios mientras que sus ojos desorbitados me reconocen. Asiente y le señalo el living con un gesto. Salgo del dormitorio, dejándola que se ponga algo encima. No es bueno para la concentración ver todos esos tatuajes de tan cerca. Me sigue, anudando el cordón de un kimono oriental que parece hecho de papel de fumar.

―           ¿Cómo ha llegado hasta aquí? – me pregunta en un susurro.

―           Con la ayuda de Violette.

Krimea sonríe levemente y asiente.

―           ¿Quién es? – señalo hacia la habitación.

―           La última compra del jeque. Su próximo desfloramiento la tiene muy nerviosa…

―           Ya veo.

―           No debería haberse involucrado en todo esto. Abdel es peligroso. Es un millonario saudí…

―           Lo sé, pero no podía irme sin entender esta historia. ¿Cómo debo llamarte?

―           Krimea es el nombre que he adoptado.

―           Está bien, Krimea. ¿Qué pasó?

La chica se sienta en uno de los sillones, cruzando las piernas. El corto kimono las deja al descubierto, sin que se moleste por ello.

―           Evidentemente, me atraparon. Habían colocado algunos transmisores en mi coche, en mi bolso, en mi ropa… Esa misma noche, me detuvieron en un área de servicio y me trajeron de nuevo aquí – explica con abatimiento.

―           ¿Por qué? ¿Eres de su propiedad?

―           Algo así. Abdel se pasa gran parte del año en Las Vegas. Es uno de los principales accionistas de este resort y de algún otro negocio en la ciudad. Ha sido mi… promotor desde que compró mi barrio en Los Ángeles.

―           ¿Tu barrio? – pregunto, algo extrañado.

―           Si. Compró todo un barrio en el distrito de Watts y, con él, la banda a la que mi hermano pertenecía.

―           Es la primera vez que escucho que han comprado un barrio con banda incluida.

―           Con dinero a ese nivel, puede hacer lo que quiera. Puso a la banda a trabajar para él, controlando sus intereses. Yo tenía quince años cuando me escogió para uno de sus proyectos artísticos. Prácticamente, le debo todo cuanto soy…

―           Y ahora te toca pagarle, ¿no? – le digo, comprendiendo.

―           Si…

Se queda mirando por el ventanal como el sol avanza sobre las montañas del oeste, hasta que, con un suspiro, retoma su historia.

―           Me escogió por mi voz. Me escuchaba rapear con los chicos y entonar viejos blues con mi guitarra. Siempre me ha gustado la música desde que las monjas de St. Gustave me enseñaron solfeo. Abdel se propuso convertirme en una artista, tan solo como un proyecto personal, por ver si podía ser un forjador de ídolos. Es muy dado a emprender proyectos así, muy alejados de su esfera de intereses.

―           ¿Cómo un antiguo mecenas? – le soplo.

―           Si, algo así como un Medeci de Florencia – responde ella, demostrándome que es una chica culta a pesar de su aspecto. – El caso es que tomé clases de canto, de interpretación, y fui al conservatorio. Hizo que esculpieran mi cuerpo con pequeños retoques… me arreglaron el tabique nasal, me colocaron hierros en los dientes, y algunos pequeños implantes.

―           ¿Y los tatuajes?

―           Bueno, más bien fue un castigo. Se enfadó muchísimo cuando descubrió que me había tatuado el signo de la banda en la muñeca. “Si deseas tatuajes, obtendrás tatuajes.”, me gritó – relata mientras se acaricia las rosas de su antebrazo. – Durante cinco años, los mejores tatuadores de California pasaron por mi cuerpo, piercings incluidos.

―           Joder…

―           Ahora todo empieza a dar su fruto. He actuado en películas, he aparecido en programas televisivos, y tengo dos discos en la calle. Mi nombre empieza a conocerse.

―           Krimea… es impactante – le digo.

―           Si, lo ideé yo. Al menos eso y mi voz son las únicas dos cosas que son absolutamente mías – contesta con cinismo.

―           Parece que te arrepientes de aceptar su ayuda… Bueno, es algo que siempre puedes solucionar.

―           ¿Cómo? – se encoge de hombros, con pesar.

―           Puedes abandonar esa popularidad.

―           Abdel no lo permitirá. Estoy prisionera aquí tras mi fuga.

―           ¿Cuántos años tienes, Krimea?

―           He cumplido veintidós años.

―           Bueno. Eres totalmente mayor de edad en cualquier lugar del mundo. Puedes hacer cuanto desees – le susurro, con una ladina sonrisa. — ¿Quieres salir de aquí y empezar de nuevo? Te garantizo que tengo medios para hacerlo posible…

Me mira fijamente, intentando ver si es una broma y parece llegar a la conclusión de que le estoy ofreciendo mi ayuda realmente, sin compromiso, tal y como lo hice en el desierto.

―           Me encantaría, Sergio, pero Abdel…

―           Tú deja que yo me ocupe de Abdel. ¿Tienes pasaporte?

―           No, me han quitado todos mis carnés y tarjetas.

―           Está bien. Tienes tres minutos para ponerte algo decente encima y pasar a la suite de al lado por esa puerta – le señalo. – Allí está el carrito de la ropa sucia de Violette. Métete en su interior y ella te bajará hasta la lavandería del hotel. Espéranos allí.

Con un brillo divino en sus verdosos ojos, Krimea se inclina y besa mis manos. La insto a que se de prisa. Siete minutos más tarde, a través de la rendija de la puerta de la suite contigua, contemplo como la camarera empuja su carro hasta el montacargas de servicio. Ahora me toca a mí abandonar la suite de Krimea y sin que puedan reconocerme. Recojo la ancha cinta adhesiva que me he agenciado esta mañana y me dirijo al dormitorio. La chiquilla sigue durmiendo, ajena a cuanto sucede a su alrededor. Lo primero que hago es taparle la boca con un buen trozo de cinta plateada. Abre los ojos, asustada, cuando encinto sus muñecas a la espalda. Se debate y farfulla algo incomprensible. Le chisto para que guarde silencio.

La saco de la cama y la llevo al living, en volandas. La siento en una silla y acabo de atarle los pies a la silla. Paseo la mirada por su cuerpecito desnudo. Lástima, el cabrón de Abdel la desflorará pronto. La chiquilla promete, realmente. La dejo a solas un momento y regreso al dormitorio. Rebusco en el armario, entre las ropas de Krimea, hasta que encuentro una pashmina de fantasía. La atada jovencita contempla, con ojos temerosos, como envuelvo mi rostro y cabeza con la larga bufanda oriental.

―           Escúchame bien, niña. Cuando te quite la cinta de la boca, contarás hasta cinco y empezarás a gritar bien fuerte, para que entre el guardia que hay fuera y te libere. ¿Me comprendes?

La chica asiente rápidamente con la cabeza.

―           Cuenta hasta cinco – le recuerdo antes de despegar la cinta.

No llega ni a tres, pero es algo que ya tenía asumido. Cierro la puerta medianera a espaldas de la chiquilla, que no sabe dónde me he metido. Me asomo al pasillo y veo al matón pasar la tarjeta en la cerradura de la suite de Krimea. Los gritos de la niña se escuchan con fuerza. Cuando el tipo entra, yo salgo. La pashmina oculta mi rostro y mi cabello a las cámaras que me encuentre. Tomo el ascensor y bajo directamente al aparcamiento. A estas horas, hay poco movimiento aún. Localizo las dos cámaras que abarcan la zona donde está aparcado el Mustang y las tapono con un poco de cinta.

Con tranquilidad, me cambio de ropa, que he dejado esta mañana en una bolsa en el interior del coche. Me dirijo andando hacia la zona de carga de la lavandería. Hay un hispano sudoroso, vestido de blanco, fumando en la puerta. Le digo que no quiero que mi esposa me vea entrar por el vestíbulo y la paso un billete. Me sonríe, comprensivo. Ni siquiera comprueba donde me dirijo.

Krimea me está esperando sentada en uno de los bancos que hay en los vestuarios, frente a las taquillas de los empleados, justo donde Violette la ha dejado. Se está mordiendo las uñas, muy nerviosa. Se pone en pie cuando me ve entrar y la sonrío, tranquilizándola. La cojo del brazo y la saco de allí. El hispano vuelve a sonreír, socarrón, cuando me ve salir con la chica. Krimea ha hecho lo mismo que en el desierto. Se ha despojado de todos sus piercings, salvo del arete de la nariz, y ha recogido su frondosa cabellera en una gorra rasta de punto. Las mangas largas de su camisa cubren sus tatuajes, al igual que hacen los apretados jeans que porta.

La subo en el asiento trasero del Mustang, pidiéndole que se tumbe.

―           Intenta relajarte y dormir algo. Así pasa el tiempo más rápido. Intentaremos no tardar, pero debemos bajar las maletas y pagar el hotel, sin prisas, para no llamar la atención – le digo y ella asiente, comprensiva.

―           Esperaré. Mil gracias, Sergio.

―           No me las des aún. Tenemos que salir de aquí todavía.

Cuando Katrina y yo bajamos, junto con un botones y un carro lleno de maletas y paquetes de regalos bellamente adornados, hay un verdadero control en la puerta principal. Supongo que las puertas de servicio estarán igualmente copadas. Cuatro fulanos comprueban la identidad de cada persona que sale, de una forma educada pero totalmente agresiva.

Sonrío mientras me acerco al mostrador de Recepción. Pido mi cuenta y, de paso, felicito a la dirección del hotel casino por lo bien que hemos sido atendidos. Cargan la cuenta en mi tarjeta VISA y le hago una seña al botones para tomar de nuevo el ascensor hasta el aparcamiento. De reojo, distingo como un tipo de mantenimiento arranca la cinta adhesiva de las cámaras. Bien, ya han cumplido su labor.

Mientras el solicito botones encaja como puede las maletas en el pequeño hueco del maletero del Mustang, Katrina y yo colocamos todos los paquetes regalo en el asiento trasero, cubriendo totalmente la manta bajo la que se esconde Krimea. Le doy las gracias al chico, con un par de billetes, y nos subimos al coche.

Pero la suerte es una dama esquiva. Cuando menos te lo esperas, te pone los cuernos, ya te digo. En la misma salida del aparcamiento, hay un robusto todo terreno cruzado. Dos tipos inspeccionan cada uno de los vehículos que salen. Al acercarme más, compruebo que uno de ellos tiene una ceja partida y suturada.

Maldita sea mi estampa. Quería salir sin armar escándalo…

CONTINUARÁ…

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