XAVIALTA

 

Logro salir del piso a media tarde. Con sigilo, como cuando me colaba en la casa de alguna novieta evitando que sus padres me pillaran. No la veo. Ni en la escalera, ni en el portal, ni en la acera. Pero no puedo volver a entrar.

Había dado una vuelta, comprado un par de libros mientras hacía tiempo para cenar, probado un restaurante libanés que me recomendaron en la editorial donde publico mis best-sellers, decidido a acostarme pronto aunque sea noche de sábado, pues me tiene agotado, cuando la descubro. Sentada en un Fiat amarillo. ¿Quién coño se compra un Fiat amarillo? ¡Hay que estar como una cabra!

Seis horas antes, no estaba el vehículo delante de mi portal. La hubiera visto. Me doy la vuelta, pues me atraparía sin misericordia antes de que pudiera meter la llave en la cerradura. Aún no tengo los ligamentos de la rodilla para correr.

No me queda alternativa que aprovechar la noche de sábado para confraternizar con el sexo opuesto, asegurándome de que la incauta que caiga en mis manos tenga piso donde pueda pasar la noche. Se llama Tere, y no vale un duro en la cama. Pero duermo en ella.

***

¿Qué…? No tengo tiempo de reaccionar. He salido del ascensor, silbando, pues mi felicidad ya dura dos semanas, cuando algo me oprime la cara, con firmeza. Mis piernas pierden fuerza, mi vista se nubla. Me desvanezco.

-Buenos días amor, ¿cómo te encuentras?

Estoy en mi cama, tumbado boca arriba. Abro los ojos con sigilo, temeroso, pues no comprendo por qué la voz de Gunilla resuena en mi cabeza como si estuviera a mi lado. Está a mi lado, sentada al borde de la cama, ladeada, con aquella sonrisa tan seductoramente enferma que se gasta. Qué… trato de arrancar, pero me duele mucho la cabeza. Millones de cristales se me clavan en las sienes, por lo que me llevo las manos a la testa, tapándome la frente y los ojos.

-Tranquilo cariño, no hagas esfuerzos. Te diste un buen golpe cuando caíste al suelo en el rellano, suerte que tu amor estaba a tu lado para socorrerte. –¿Caerte? No me caí por casualidad, que recuerde, pero no logro articular la queja. –Descansa mientras acabo la cena. ¿Qué harías sin mí?

Pues lo que he hecho estas últimas semanas. Tirarme todo lo que se me ha puesto a tiro, ir a la mía, disfrutar, y estar tranquilo, aunque solamente lleve tres días en casa.

¿Qué coño? Tengo el tobillo derecho atado a la cama. ¿Pero se puede saber de qué va esto? Me incorporo para desbrochar la correa de piel que me encadena, pero la hebilla no cede. Está trabada con un candado. Ahora sí grito. ¡Gunilla!

-Algunos hombres, a veces, os comportáis como niños chicos. No puedo desatarte hasta que estés sano. No quiero que vuelvas a hacerte daño.

Ha repetido la misma retahíla casi veinte minutos. No hay manera de que entre en razón. Se lo he pedido educadamente, he chillado, se lo he implorado, he maldecido, me he cagado en todo lo que se menea, hasta acabar suplicando. No ha habido manera.

¡Maldito el día que conocí a esta loca en el hospital y me dio morbo tirarme a una enfermera en el post operatorio! ¡Maldita la hora en que le permití llevarme a casa cuando me dieron el alta! ¡Maldito el instante en que me pareció buena idea tener a mano a una tía para tirármela mientras estaba convaleciente! ¿Qué más me puede pasar?

Que llegue la noche.

Después de traerme la cena a la cama, ¿no te parece romántico?, no, se ha acostado a mi lado. Aunque tenía hambre, no me ha dado la gana comer, no seas infantil, me ha recriminado mientras ella sí cenaba. Ha recogida las bandejas y se ha tumbado a mi lado después de desnudarse sensualmente hasta quedar en ropa interior, un conjunto negro bastante bonito con liguero incluido. Nunca la había visto con uno.

Pero no lo va a lograr. Me niego a acostarme con ella. Es tal el cabreo que llevo encima, que no solamente no siento el más mínimo apetito sexual por una mujer atractiva y voluptuosa, si no que la rabia de sentirme atrapado me lleva a empujarla violentamente haciéndola caer de la cama. Sus ojos arden cuando se levanta del suelo para cambiar rápidamente hacia la candidez más maternal.

-Entiendo que te sientas violentado por la situación, pero debes dejar que te cuide. Si no, será imposible que te recuperes y nuestro niño necesita a un padre…

-¿Qué puto niño? –grito, fuera de mí. –No hay ningún niño, ni habrá ninguno. Estás como una puta cabra y quiero que te largues de mi casa, de mi vida. Lárgate.

Por unos breves segundos se queda callada, parada al lado de la cama, observándome, analizando a una especie de animalillo en peligro de extinción, una rara avis de la que los científicos acaban de descubrir su existencia, hasta que se me acerca de nuevo, melosa.

-Deberemos cambiar la medicación. Estás muy tenso y no debes hiperventilar de ese modo.

En cuanto su rodilla derecha se apoya en la cama y sus brazos se me acercan la empujo de nuevo, suéltame loca, pero se zafa de mi empujón. Mi respuesta es automática, aunque irracional. El codazo en su torso la despide hacia el suelo de nuevo, cayendo de espaldas, en mala posición. Tarda en reaccionar. Mierda, pienso, puedo haberle hecho daño, pero se levanta lentamente, camina hacia la puerta, abandona la habitación y me deja solo.

-Gunilla, por favor, necesito r al baño.

A penas he pegado ojo en toda la noche. Estoy molido pero la bufeta aprieta con ganas. Está sentada en un butacón decorativo que nunca he usado, en la esquina izquierda de mi habitación, observándome. No ha dormido conmigo, pues su lado de la cama no está deshecho.

Se levanta sin decirme nada, seria, para volver a los pocos segundos con una escupidera de acero inoxidable y una esponja.

-¿No pretenderás que mee en eso?

-¿Solamente necesitas orinar o tienes que ir de vientre? –pregunta profesionalmente.

Le ruego que me desate, que me permita ir al baño, a mear, cagar, ducharme, o lo que sea, pero no hay tu tía. Vuelve con una especie de botella curvada de corcho, la deja a mi lado para proceder a desabrocharme el pantalón. Le aparto las manos. Suéltame.

Oigo la puerta del piso cerrase cuando se va a trabajar. Yo me quedo solo con mi correa, el candado que no logro romper, la ecupidera y la puta ánfora que no me queda otra que llenar dos veces aquella mañana.

-¿Vas a comer algo o seguirás comportándote como un crío? –dispara desde el quicio de la puerta a mediodía cuando vuelve del hospital. No respondo, indignado por la situación, pues he decidido hacerle el vacío. –Me he escapado del trabajo para estar contigo y cuidarte, cuando solamente tengo una hora para comer. Si esa es la actitud que vas a tomar… allá tú, pero no te va a funcionar.

Harta de esperar vida en mi lado de la habitación, se marcha.

***

Tres días llevo meando en la puta ánfora de corcho, sin poder ir de vientre aunque los gases que se me acumulan me avisan de que no tardaré mucho en tener que vaciar mi estómago. A penas he comido, pero nada ha cambiado. Gunilla sigue trayéndome desayuno y cena, vaciando la botella de orines y “cuidándome”. Ignorarla no me ha servido de nada. Así que cambio de táctica. Ruego, suplico, pero no logro más que abrazos y besos que no rechazo pues ya no me quedan fuerzas. Ya está, amor, ya pasó, mamá está contigo para curarte, para mimarte, para hacerte feliz. Sus palabras ya no me indignan. Me desesperan, arrancándome el llanto por primera vez en treinta años.

Me besa en los labios, tierna, secándome las lágrimas con el dedo gordo de ambas manos mientras sus palmas me sujetan la cara. Te quiero, amor, solo quiero hacerte feliz. Me besa, acomoda sus piernas sobre mis muslos, una a cada lado, para soltarme la cara y dirigir los dedos hacia mi entrepierna, desabrochándome el pantalón, colando la mano. Ya verás qué bien lo pasaremos, saca mi miembro y lo masturba, nadie estropeará nuestra historia de amor, se yergue para tirar de su falda hacia arriba y colar la mano libre entre sus piernas, qué niño más bonito tendremos…

No, chillo, empujándola hacia atrás, sacándomela de encima. Suéltame, suéltame, grito, para acabar implorando, por favor, por favor. Ha quedado sentada en mis tobillos, mirándome lastimeramente. ¿Se está apiadando de mí?

He dormido profundamente. Me cuesta despertarme, como si no quisiera retornar al mundo de los vivos. He soñado, algo que no suelo hacer. He soñado que corría y corría y corría hasta llegar a una playa desierta donde una vieja barca de madera me esperaba, saltaba en su interior y remaba y remaba y remaba hasta llegar al horizonte, pero nunca lo alcanzaba, burlándose de mí. A pesar de ello, me sentía bien, libre.

¡Gunilla! grito cuando me doy cuenta de que no puedo mover las manos. Las tengo atadas al cabezal de la cama. ¡Gunilla! Nada. ¡Gunilla!

No sé cuánto rato pasa hasta que oigo la puerta. Los inconfundibles pasos de la loca que me tiene secuestrado se mueven por mi piso hasta que aparece en la puerta de la habitación.

-Buenos días, ¿qué tal has dormido?

-Suéltame.

-No puedo. Llevas cuatro días postrado en la cama y necesitas asearte. -¿Postrado? Prisionero. –Es mi obligación cuidarte y si no queremos que enfermes o que te salgan llagas en el cuerpo, necesito hacer mi trabajo.

Suplico de nuevo en todos los idiomas que conozco, pero no escucha. Vuelve a la habitación un par de minutos después de haber salido con una palangana, esponja, jabón y no sé qué más. Gunilla por favor. Tranquilo cariño, verás cómo aseado te sentirás mejor.

No me desviste. Saca unas tijeras inmensas, de hoja larga y mango de plástico, para cortar mi ropa y no tener que desatarme. En un brete, quedo completamente desnudo, rogando que me suelte, pero por más que llore no lo hará. La esponja recorre todo mi cuerpo, indefenso, de pies a cabeza, del cogote a los talones. Cuando acaba no me viste, prefiere cubrirme con una cálida toalla mientras anuncia que me traerá el desayuno.

Me bebo el café con leche con una cañita, como si fuera un puto crío, permito que me limpie los labios con una servilleta para después besarme. Bien hecho amor, ves como no es tan difícil portarse bien.

Trastea un rato por casa hasta que vuelve risueña. Se desnuda tranquilamente, para acercárseme traviesa. Gunilla, por favor, así no, suplico convencido de que no me va a excitar, decidido a no mostrar ninguna respuesta sexual. Pero su sonrisa se amplía antes de besarme mientras su mano toma mi pene que reacciona a pesar de mis esfuerzos por impedirlo.

Entonces lo comprendo. Sus ojos me lo confirman. Me ha drogado. Para que me durmiera ayer noche, para que mi masculinidad reaccione esta mañana. En la puta crema de verduras, en el puto café con leche. Mi miembro entra en su vagina, su cintura se mece adelante y atrás, sus caderas bailan al son de su necesidad. No jadea, no gime, solo sonríe, mirándome triunfante. Verás qué niño más guapo tendremos.

***

Ya se nota un poco el bulto en la panza. Gunilla está embarazada de tres meses, once semanas exactamente, once semanas en las que no ha cambiado nada su comportamiento, su compromiso, su modus operandi.

Tampoco el mío. Tumbado en la cama, atado como un perro, resignado a no vivir jamás.

No te resignes, me he repetido mil veces, no defallezcas. Algún día este martirio debe terminar, no podemos criar un hijo juntos con papá atado a una cama, me digo. Pero ya no me quedan fuerzas. La puntilla me la ha dado ella cuando ha sonado el teléfono.

-¿Te has dado cuenta de que en casi cuatro meses es la primera vez que te suena el teléfono? -¿Y qué? pienso. –Nadie se ha preocupado por ti, ningún amigo, ningún conocido, ningún familiar. Estás solo. ¿Sabes por qué? Porque has sido siempre una mala persona. Pero no tienes de qué preocuparte. Siempre me tendrás a mí.

Ya no me quedan fuerzas para llorar, gritar, luchar o rebelarme.

-Por cierto, la llamada era de la editorial. Te han rescindido el contrato.

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