JANIS MULLIGAN

Periplo en USA

No quiero tentar a la suerte. Podemos haber llamado la atención y estamos solos, sin apoyo.

―           Lo mejor es moverse, sin rumbo. Si no sabes donde vas, el enemigo tampoco puede saberlo.

A veces es genial tenerle en el coco. Lo primero que hago es alquilar un coche. A ver, estamos en Estados Unidos, la cuna de los buenos carros. Según ustedes, ¿qué coche debo alquilar? Disponer de dinero, oportunidad y tiempo, hace que me decante por un vehículo mítico: un Ford Mustang GT convertible, por supuesto. Katrina bate palmas nada mas verlo, y no precisamente con las manos.

Rojo incendiario, con la capota de lona negra. El interior tapizado con cuero negro para el salpicadero y las puertas, y cuero rojo para los asientos. Una pasada de coche. Ponerme al volante me emociona realmente.

Le hago rugir de un pisotón. Es una bestia de 1640 kg, con un motor V8 de 2880 centímetros cúbicos. De 0 a 100 en 5,2 segundos y 230 km/h de tope. El tipo del negocio me asegura que está nuevo. De hecho, el cuentakilómetros marca apenas dos mil trescientas millas. Firmo los papeles y le señalo que no sé exactamente el tiempo que lo utilizaré ni si volveré a Nueva York. Lo más seguro es que atravesamos el país y tomemos un avión en California o México. Pago todos los extras pertinentes y le abro la puerta del copiloto a mi esposa. Katrina hace una exhibición de piernas que deja al empleado seco.

―           ¿Dónde vamos? – me pregunta, aferrándose a mi brazo cuando meto una marcha.

―           Ni yo mismo lo sé. Vamos a empezar una aventura, cariño.

―           ¡Perfecto!

Me acostumbro a la potente tracción trasera del Mustang mientras nos dirigimos al hotel. Pago la cuenta y cargo las maletas en el coche. Dejamos Manhattan por el túnel Lincoln y cruzamos a New Jersey, de buena mañana. El navegador me hace girar hacia el sur para tomar la interestatal 78, en dirección Allentown.

Katrina está preciosa, con el largo cabello rubio al viento y sus lentes cromadas. Siento la libertad de la carretera. A mediodía, nos detenemos en un restaurante de carretera, Dennys. Nada del otro mundo, pero, al menos, no tenemos que servirnos nosotros. Hay una bonita y sonriente camarera, a la que dejo una buena propina. Ya sabéis, si vais a Estados Unidos, recordad que tenéis que dejar propina, entre un quince y veinte por ciento. Estos yankees son muy listos. Ah, y lo más seguro es que no encontréis una puta cerveza en ningún restaurante de carretera. ¡Eso es controlar el consumo alcohólico al volante! ¡La puta que los parió!

Allentown es una ciudad extendida en una llanura, como si un niño gigante hubiese desplegado sus casas sin ton ni son. Está rodeada de feos polígonos industriales. La dejamos atrás al atardecer, y, poco después, abandonamos la Interestatal 78 para tomar la 81, la cual se desvía al sur. Katrina busca una emisora de Kentucky y no me pregunta el destino. Confía en mí completamente.

Hacemos noche en un motel de Harrisburg, de la cadena Days Inn. Katrina no me deja ni ducharme; me tira sobre la cama y me cabalga. Lleva todo el día excitada por la aventura que hemos iniciado. Al acabar, nos arrastramos hasta la ducha. Estamos cansados y ni siquiera cenamos. Optamos por dormir toda la noche de un tirón.

A la mañana siguiente, busco un buen sitio para desayunar y cargar pilas. El día es soleado y cálido. Nos hacemos una jornada de casi seiscientos kilómetros. Paramos a comer en un viejo puesto de postas acondicionado, en el condado de Winchester; un magnífico almuerzo típico. Una parada para estirar las piernas y, siguiendo un nuevo consejo de Ras, echar un polvete bajo los centenarios árboles del George Washington National Forest. ¡Que pedazo de bosque!

Finalmente, hacemos noche en Salem, una ciudad pequeña y pintoresca de Virginia. El pequeño hotel es regentado por una amable viuda, algo chismosa. Nos hace las veinte preguntas en cuanto puede, como en los pueblecitos españoles. Katrina es más avispada que yo y le informa, con una enorme sonrisa, que somos recién casados y estamos de viaje de luna de miel por Estados Unidos. Automáticamente, nos entrega su mejor habitación y manda subir una botella de champán, del barato claro, a la doncella, que para más cliché es negra.

Seguro que la viuda se acuerda de esa noche. Creo que los gritos de Katrina han despertado a los pocos huéspedes que hubiera y, sin duda alguna, a la señora. Hay que cumplir con lo que se espera de nosotros, ¿no?

Al día siguiente, seguimos lindando vastos bosques con nombre de tribus nativas. El paisaje es precioso, la música que suena en la radio alegra mi espíritu y anima el pie en el pedal. Hasta Ras canturrea. Debo tener cuidado, aquí la poli entiende de poco con los turistas que se columpian.

Hacemos el camino que queda casi de un tirón, con pocas paradas. Quiero llegar a mi primer destino antes de que sea demasiado noche. Al entrar en el estado de Tennessee, cambiamos de nuevo de carretera, esta vez la I-40, la cual nos lleva directos a Nashville. El GPS me ayuda a encontrar el hotel. Katrina me mira, con una ceja alzada, cuando detengo el Mustang en el aparcamiento. El hotel es enorme y parece estar constituido por varias grandes casas coloniales sureñas, debidamente interconectadas. Un alto domo de cristal y hierro abarca un vasto espacio que las blancas casas coloniales dejan entre ellas. Los focos iluminan las grandes columnas blancas que sustentan los segundos pisos. Así mismo, frente al edificio principal, un vasto estanque, rodeado de lujuriosa vegetación, dispersa cantarinas caídas de agua. Los luminosos que forman el nombre del hotel quedan reflejados sobre la superficie: Opryland Hotel.

―           Este lo tenemos reservado – le digo. – Siempre quise visitar Nashville…

―           Si, claro, como si supieras que la Ciudad de la Música existía, allá en tu granja.

Lanzo una carcajada y me bajo del coche. Un botones está esperando y le tiro la llave. Nos presentamos en Recepción y hacemos el “check in” pertinente. Para ser un hotel de tres estrellas, derrocha lujo por todas partes. Claro que las estrellas americanas no significan lo mismo que las europeas, pero aún así el hotel es digno de alabar. El altísimo domo del vestíbulo me recuerda el de algunas estaciones modernas, todo acero y cristal, dejando pasar toda la claridad del exterior. Con algo más de veinticinco metros de altura y la amplitud de un campo de fútbol, acoge varios edificios pequeños, de dos plantas, que albergan un night club, un restaurante con varias terrazas, tienda de regalos y varias boutiques. Un laberíntico jardín cubierto es circundado por un río artificial por el cual navega una gran barcaza, en la cual se puede tomar aperitivos.

Nuestra suite no desentona en absoluto con esta fastuosidad. Una cama súper grande preside una gran habitación llena de muebles victorianos. Cuadros neocolonialistas sobre paredes de tonos pasteles, apaciguan el ánimo. El cuarto de baño es enorme, con todos los lujos. La suite la complementa una coqueta salita de estar, con un gran ventanal que da las tres enormes piscinas en forma de riñón que se encuentran a la trasera del hotel.

―           Tiene cierto parecido con el palacio de los zares, en San Petersburgo.

―           Vamos a cenar. Según leí en Internet, este hotel tiene un restaurante para gourmets – alzo la voz para que Katrina me escuche, metida bajo la ducha.

―           Claro, cariño, estoy hambrienta – me responde.

La publicidad no es nada engañosa. He devorado un steack de primera, inmerso en salsa de queso Cloud azul, con una buena patata asada rellena de mantequilla y foie caliente. ¡Viva el colesterol! Katrina es más comedida, pero aún así, se ha metido, entre pecho y espalda, una fuente de cannolis rellenos de queso y gambas.

―           Nos quedaremos en Nashville un par de días. Mañana exploraremos la ciudad y asistiremos a un concierto de country rock – le comunico a mi esposa.

―           ¿Quedan más sorpresas? – me pregunta.

―           No, solo planeé la primera parada. La siguiente la haces tú, ¿vale?

―           OK, boss – bromea.

No nos levantamos temprano, en esta ocasión. Haraganeamos en la cama un buen rato, entre caricias y mimos propios de unos recién casados. Me pregunto en que cambia nuestra situación. Antes de casarnos, le hacía el amor con igual intensidad, ¿no? Pero, sin embargo, hay algo intrínseco en el hecho de estar unidos por un lazo social, que nos pone cachondos.

El centro de Nashville derrocha buen ambiente, con música por todas partes y algunos extraños personajes sacados de alguna alocada película deambulando. Almorzamos en Merchants, un gustazo. Paseamos por el Honky Tonk Zona, repleto de bares y tiendas. Hay un detalle que me gusta: todo está muy limpio, nada de basura en las calles o fuera de los contenedores. Acabamos la tarde visitando el Country Music Hall of Fame and Museum, donde nos divertimos repasando cuanto contiene el museo sobre personajes famosos de la música, así como sus efigies en cera.

Cenamos temprano y nos dirigimos al Ryman auditorium para una noche de country blues y borracheras, como Dios manda. El auditorio está a reventar, a pesar de ser jueves. Esta noche se han dado cita tres artistas potentes y bien conocidos para un homenaje: Martina McBride, Carrie Underwood, y Luke Bryan. Tenemos asientos de primera fila en la galería central superior. Lo que hace disponer de pasta, eh…

Varias parejas jóvenes y guapas, tocadas de sombreros Stetons, nos envuelven con sus gritos y silbidos, al sentarse en nuestra fila y en la de atrás. Una de las chicas me tiende un paquete de chicles, con una sonrisa. Pasea su mirada por mi cuerpo mientras le acepto el chicle.

―           Somos de Lebanon, ¿y vosotros?

Ese nombre me suena. Creo que es una población vecina.

―           Mi chica es de Bulgaria, yo de España.

Se queda un tanto descolocada; seguramente, no se esperaba que viniéramos de tan lejos.

―           ¿De vacaciones? – me pregunta de nuevo.

―           Algo así. De luna de miel.

―           ¡Maravilloso! ¡Felicidades! – nos felicita, dándole la mano a Katrina. – Yo soy Jennie.

―           Sergio – le atrapo el codo para darle dos besos. – Mi esposa Katrina.

Mi rubia se pone en pie y la besa también, dejando a la chica un tanto cortada. En el medio sur no están tan acostumbrados a los besuqueos. Contemplo el rostro de nuestra nueva amiga. No es que sea hermosa, pero tiene algo que transmite simpatía. Boca grande, de dientes un tanto salidos pero atractivos. Es castaña, con una larga melena que cae finamente a su espalda. El sombrero le produce oscuras sombras que ocultan sus ojos, pero advierto que los tiene claros. Su nariz, un tanto picuda, es fina y agresiva. Si, en verdad tiene un semblante que irradia una emoción indefinida.

―           Claro que si. Se llama lujuria. Ya que ha mostrado interés por ti, ¿porque no la hechizas un ratito?

No le contesto ya que Jennie nos presenta a sus amigos. Todos han venido con pareja, tan solo nuestra nueva amiga está sola.

―           ¡Estás sola? – le pregunta Katrina.

―           Bueno, he venido sola. Mi novio es policía local en Lebanon y hoy tenía servicio – contesta con una sonrisa.

Nos explica que todos forman una gran pandilla de amigos desde el instituto y, ahora, oscilan entre los veintitantos a los treinta. Suelen venir al auditorio un par de veces al mes. Como sospeché, Lebanon está cerca, a unos cuarenta kilómetros. Katrina es la que más habla con ella, pues la conversación se ha disparado y gira en torno al trabajo de Jennie, que es coordinadora social de disminuidos físicos. Demasiado léxico para mí.

Por mi parte, intercambio varias frases con una de sus amigas y su novio, quien no deja de preguntarme si soy deportista de élite. Me dan ganas de decirle que si, solo para ver por donde salta. La amiga de Jennie se ríe con una de esas risitas que te ponen histérico y aporta poco. Es bajita y algo entrada en carnes. Desvío mi atención hacia mi esposa y su interlocutora. Jennie se ha sentado entre Katrina y yo, y se gira hacia mí cuando toco su hombro. Atrapo sus ojos con mi mirada de basilisco. La noto rebullir un tanto, como buscando más fuerza de voluntad, pero sucumbe a mi suave tono de voz.

―           Estás entre los mejores amigos de tu vida. Confías plenamente en nosotros. Déjate llevar por la ocasión. Intenta recrear tus más ocultas fantasías. Esta noche es especial para ti, jennie – ella me sonríe y asiente, posando una mano sobre mi antebrazo.

La dejo charlando con Katrina. Aprovecho para recorrer su cuerpo con ojos ávidos. Tiene un buen cuerpo que los leggins tejanos que lleva ponen de manifiesto. Piernas largas y torneadas, seguramente cabalga.

―           Cada vez lo haces con más seguridad; yo abusé mucho más de ese don cuando disponía de cuerpo.

―           Tú eras un monje salido y vicioso – mascullo.

Las luces del auditorio se apagan y una voz en OFF explica el motivo del homenaje que ha reunido a los tres artistas de la noche: el aniversario de la muerte de Dan Loopard, un famoso productor del sonido Nashville. Los primeros compases resuenan, dejando clara la buena acústica del local. Los músicos se marcan unos riffs geniales. Aparece una rubia de pelo alborotado, luciendo piernas debido al ceñido short. Es Carrie Underwood. Jennie se pone en pie y empieza a saltar como una loca en cuanto la artista comienza su tema, aferrándose al el brazo de Katrina y arrastrándola hasta el murete de la galería. Sonrío al ver como mi esposa se contagia de ese entusiasmo. Al segundo tema, Katrina está dando los mismos saltitos. Las dos dejan bien claro que ninguna lleva sujetador. Sus senos bailones me motivan totalmente.

Tras cuatro temazos movedizos, la rubia Carrie se retira tras las bambalinas, dejando el escenario a un compañero. El tipo, joven y apuesto, viste con camisa vaquera de gala, jeans y botas, amén del eterno Stetons. El público femenino aúlla hasta desgañitarse. Se nota que el tipo es querido y admirado. Katrina imita a su nueva amiga, chillando piropos muy subidos de tono. Casi me da vergüenza ajena… he dicho casi.

La verdad es que el tal Luke Bryan, a quien no he escuchado en mi puta vida, es bueno. Nos hace vibrar y bailar enseguida. Es un bluegrass pegadizo y machacón que te obliga a mover los pies. El público ya se ha puesto en pie en todo el auditorio. Me acerco a las chicas y paso un brazo por sus cinturas, colocándome detrás de ellas.

―           Parece que ese tío os gusta, ¿no? – les grito.

―           ¡Muuuuchísimo! – exagera Jennie.

―           ¿No crees que mi maridito estaría genial vestido de vaquero? – suelta de repente Katrina.

―           Si lo hace, no dejes que salga a la calle. ¡Te lo robaran!

Las dos se ríen y Katrina me abraza. Toma el brazo de Jennie y la obliga a abrazarme de la cintura también. Jennie nos mira, alternativamente, pero viendo que no hacemos ningún gesto extraño, sigue moviendo las caderas al ritmo de la música. Pronto, los tres estamos moviéndonos con una cadencia compartida y la chica nos enseña algunos pasos de baile, de los que se suelen bailar en grupo.

Luke Bryan se retira a su vez y da paso a otra chica, esta vez morena y algo mayor que la primera. Martina McBride tiene una voz alucinante y, aunque su estilo no es tan movedizo como los de sus compañeros, su buen hacer nos llena de energía. Llegamos al descanso y compro refrescos para los tres y una botella de agua.

―           ¡Por los nuevos amigos! – brinda Jennie, alzando su vaso de plástico.

―           ¡Por una noche inolvidable! – propone Katrina.

Yo no digo nada, pues parece que mi rubia ha tomado el relevo. Choco mi vaso contra los de ellas y sacio mi sed. Se reanuda el espectáculo. Esta vez, los tres artistas salen juntos, dispuestos a hacer ciertas versiones a trío. Se decantan más por las baladas. Las luces del escenario se vuelven más íntimas. Katrina me sorprende cuando se inclina al oído de Jennie y le dice algo. La norteamericana asiente y se abraza al talle de mi esposa. Las dos comienzan a bailar lánguidamente, sin pudor alguno. ¿Katrina le ha pedido bailar?

Conozco bien la afición de Katrina por las mujeres. Su vena lésbica está firmemente arraigada a su personalidad, debido a su decisión de mantenerse virgen. Solo jugaba con chicas hasta que me conoció. Sin duda, Jennie le ha gustado y parece que a ésta no le disgusta ese hecho. Quizás ni siquiera la mirada de basilisco tiene algo que ver. Habrá que estar atentos, de todas formas e intentar aprovechar la ocasión.

Al acabar el concierto, aún siguen abrazadas de la cintura, riéndose con complicidad mientras me miran. A saber lo que están cuchicheando. Jennie nos invita a acompañarles a un local de moda y bailar un buen rato. Katrina me coge de la mano y asiente. Nos reunimos todos en la calle y Jennie nos lleva hasta su flamante y pequeño Daewo. Me cuesta horrores acomodarme dentro, en el asiento trasero. Las dos se ríen de mí.

―           ¿De verdad te apetece bailar ahora? – pregunta Katrina de repente.

Jennie niega con la cabeza y se detiene en un semáforo en rojo.

―           Podemos ir a nuestro hotel y tomar una copa allí, en la intimidad – casi susurra mi esposa.

La chica yankee la mira un momento, antes de arrancar.

―           Nunca he estado con una mujer – confiesa con un hilo de voz, mirándome a través del retrovisor.

―           Solo haremos lo que tú decidas – la tranquiliza Katrina.

―           ¿Y él? – pregunta haciendo un gesto por encima de su hombro.

―           Sabrá esperar a que decidas…

Jennie parece sopesar la respuesta de Katrina y, finalmente, nos pregunta en qué hotel estamos. Le encanta escuchar que tenemos habitación en el Opryland. Sin embargo, no nos detenemos demasiado a admirar los jardines ni el fastuoso vestíbulo.

―           Ya tendrá tiempo mañana. Ahora, vamos a follar.

“No es seguro, viejo. Creo que las chicas van a jugar primero entre ellas”.

―           ¿Nos permitirán verlas? – pregunta con un tono ansioso.

Jennie alucina con la suite. Gira y gira sobre ella misma, contemplando los detalles. Pasa de la salita al dormitorio, y de este a la balconada.

―           Chicos, ¿sois ricos? – pregunta, mirándonos.

―           No nos va mal – le respondo.

―           Esto es una pasada…

―           ¿Quieres una copa? – le pregunta Katrina.

―           Si, algo fuerte, por favor.

Katrina me pide un Martini blanco para ella y aprovecho para ponerle un Jack Daniel con hielo a Jennie. Las chicas se han sentado en el amplio sofá de la salita y les alcanzo la bebida. Me siento en uno de los sillones, sin dejar de observarlas. Jennie me devuelve la mirada, algo cortada, pero Katrina pronto atrae su atención con preguntas cada vez más personales.

―           ¿Nunca te han atraído las chicas?

―           Bueno… he tenido momentos de curiosidad, como supongo que nos pasa a todas, pero nunca me he decidido a dar el paso – contesta, mirando el contenido de su vaso.

―           ¿Y ahora? ¿Qué sientes?

―           Que estoy impaciente por probar – enrojece al confesarlo.

―           ¿Qué relaciones tienes con tu novio?

―           Completas desde hace un par de años.

―           ¿Disfrutas?

―           Si, claro. Alan es muy tierno y amable…

―           No es eso lo que te he preguntado – la corta Katrina. — ¿Te hace gozar?

―           No todas las veces.

―           Él – me señala Katrina – es perfecto. Estoy casada con un dios del amor.

Hago un gesto de reverencia con la mano mientras sonrío. Jennie se ríe.

―           Permíteme, esta noche, demostrarte lo que puedes sentir con una chica – le susurra Katrina, besándola en la mejilla. — ¿Te gusto?

―           Si, mucho… desde el momento en que te vi… eres la mujer más hermosa que he visto de cerca.

―           Te voy a besar – musita Katrina, acercando su rostro al de Jennie. — ¿Quieres probar?

―           Si – los labios de Katrina casi ahogan la respuesta, posándose suavemente sobre los temblorosos de Jennie.

Es un beso muy dulce y muy casto, solos los labios tocándose, entreabiertos, fundiendo alientos. Incluso desde donde estoy, puedo percibir el escalofrío que recorre la espalda de la americana. Acaba cerrando los ojos y atrapando los dedos de la mano de mi esposa, que se ha posado sobre su muslo.

―           ¿Qué te ha parecido? – le pregunta mi esposa.

―           Muy suave…

―           … pero demasiado casto, ¿no es eso?

Jennie asiente, sin palabras.

―           Pues habrá que mejorarlo, ¿no crees? – le propone Katrina, atrayéndola contra su pecho.

Esta vez los labios conectan con fuerza, con ansias auténticas. La lengua de Katrina sale a explorar con decisión, abriéndose paso entre las níveas piezas esmaltadas hasta saborear carne cálida y dispuesta. Jennie se ve arrastrada por la pasión que Katrina demuestra; se contagia de su calor, de sus gestos, tragando la saliva ajena con retazos de una sed aún desconocida para ella. Pronto aprende que succionar aquel suave apéndice que penetra su boca, es el bocado más preciado de este mundo. Acaba aferrándose al cuello de Katrina, gimoteando en su boca el tremendo deseo que ha invadido su cuerpo.

Sus senos, como si estuvieran dotados de una voluntad propia, intentan fusionarse con los de su rubia compañera, taladrar con los erguidos pezones esas rebeldes telas que impiden que se rocen unos contra otros.

―           La putilla se lo toma en serio, parece.

“¿Te resistirías tú si estuvieras en su lugar?”

―           Bien sabes que no.

Cuando las dos chicas se separan, Katrina tiene en su poder la camiseta de Jennie mientras esta intenta recuperar el aliento y un poco de voluntad. Muestra un bonito sujetador de encaje, color chocolate, que abarcan unos senos medianos y bien entrenados. Su torso se alza en cortas e intensas inspiraciones.

―           ¿Mejor ahora?

―           Katrina… te juro por lo más sagrado que nadie me ha besado así jamás – le confiesa la americana, pasando los dedos por la mejilla de Katrina.

―           ¿Te importa que te siga desnudando delante de mi marido?

Jennie me mira y me sonríe. Se encoje de hombros. Creo que le da todo igual, en ese momento. Katrina, muy lentamente, desliza los leggins de Jennie piernas abajo, después de sacarle las botas tejanas. Tenía razón. Son piernas trabajadas, firmes y musculosas. Mi rubia no hace ninguna intención de tocar la mini braguita que se queda a la vista, compañera al sujetador. Sabe que aún no es el momento.

Disfruto del espectáculo de nuevos besos, esta vez mucho mejor respondidos por Jennie. Siempre he sido de la opinión que besar es la actividad humana que se aprende más rápidamente, en apenas unos segundos. Las manos de la americana ya no se quedan quietas, sino que buscan carne que manipular. Se introducen bajo la falda de Katrina, desabotonan su blusa, aprietan su cintura… hasta que Katrina queda en el mismo estado que ella, o sea, en bragas pero no en sujetador.

No estoy muy seguro pero creo que Jennie ha tenido una especie de visión celestial cuando los sublimes pechos de mi esposa se han revelado a sus ojos. Creo sinceramente que una mujer aprecia mucho mejor los pechos de otra mujer. Ellas saben lo que cuesta mantener un pecho erguido y bonito, las horas de ejercicios especiales, las cremas que han de untarse, el cuidado que han de tener para que no se ajen… Cuando una de ellas está en presencia de unos pechos como los de Katrina, el inconsciente femenino tiende a alabarlos, a reverenciarlos. Unos pezones sonrosados como aquellos, en contraste con la piel bronceada de Katrina; unos círculos tan perfectos que parecen hechos a compás, entronizados sobre cúspides con la justa cantidad de grasa… ¿Qué queréis que os diga? No me extraña nada que Jennie se incline y bese tal perfección. Claro que eso conlleva una adicción irremediable: seguir besando, chupando y mordisqueando.

―           ¿Estás preparada para acompañarme a la cama? – le pregunta Katrina, tras dejarla jugar un buen rato con su pecho.

―           Si…

―           Estoy loca por tumbarte y meterme entre tus piernas – le anuncia, ayudándola a ponerse en pie.

Las contemplo como caminan abrazadas hacia el dormitorio, llevando solo que sus braguitas mojadas. Katrina se gira, justo antes de cruzar la puerta, y me lanza un beso.

―           ¿Vamos?

―           No, les dejaré un poco de intimidad. Tú y yo nos vamos a tomar unos vodkas aquí y después iremos a ver cómo va la cosa.

―           ¡Aguafiestas!

La verdad es que no nos hace falta verlas para saber lo que está pasando. Los grititos de Jennie son bastante explícitos. Katrina se la está comiendo viva, sin duda. Quizás es la primera comida de coño en condiciones para la joven americana, todo hay que decirlo. Lo cierto es que la hace ver el cielo, al menos en dos ocasiones.

Me desnudo en la salita y entro en la habitación. Están enganchadas en un precioso sesenta y nueve. La ropa de la cama está tirada por el suelo. Puedo notar el sudor que las envuelve y el olor a sexo que despiden. Katrina, quien ocupa la posición superior, es quien me ve entrar, pero no dice nada. Me siento en el silloncito del comodín, contemplando el espectáculo y acariciando mi miembro.

Katrina no puede seguir lamiendo la vagina de su amante. Sus caderas tiemblan con pequeños espasmos. Apoya la mejilla en la cara interna del muslo de Jennie y cierra los ojos. Una expresión de puro placer se apodera de su rostro. Goza de un buen orgasmo, exhalando un largo gemido que tiene la virtud de poner tiesa mi polla.

―           ¿Lo he hecho bien? – pregunta Jennie, entre sus piernas, cuando Katrina se desploma vencida.

―           Si… cielo… muy bien – musita Katrina, sin abrir los ojos. – Como una experta.

―           Siempre creí que me daría asco lamer un coño, pero el tuyo sabe a cerezas – bromea Jennie, saliendo de debajo de mi esposa.

Entonces es cuando repara en mí, sentado desnudo al lado de la cama.

―           H-hola… — balbucea, sorprendida.

―           Hola. Veo que te defiendes bien – le digo como cumplido.

―           Tu esposa es una buena profesora.

―           Oh, por supuesto – sonrío.

Pero las respuestas de Jennie son casi automáticas. Tiene los ojos clavados en mi miembro. Parece dudar que sea auténtico, pues no lo apercibe claramente.

―           Te dije que era un dios del amor – le sopla Katrina desde atrás, levantando su cuerpo.

―           ¡Santo Dios! ¿Eso es suyo?

―           Sip, de nacimiento – confirma Katrina, sentándose sobre sus talones a su lado.

―           Pero… con ese tamaño… te partirá en dos…

―           Bueno, no voy a decirte que es un paseo, pero también te confesaré que jamás olvidarás la sensación al abrir tus carnes – le susurra Katrina.

―           No me atrevo.

―           Olvídate de Sergio ahora mismo. Es nuestro momento. Vamos a seguir jugando entre nosotras y así preparamos ese coñito tuyo – le dice mientras la besa en el cuello. Jennie asiente y se abraza a ella.

¿Os habéis preguntado que es lo que comen las mujeres para recuperarse de esa manera? Yo os lo voy a decir. Nada, no comen nada. Al revés, pasan hambre. Hambre de sexo, de quedar bien folladas. Una mujer es una máquina sexual por naturaleza. Su función reproductora abarca la mayor parte de su vida, con tal importancia que prima sobre otros instintos vitales. Cuando nosotros aún jugamos al fútbol en el patio del colegio, ellas ya padecen cambios hormonales con su primer periodo y el temprano desarrollo de sus cuerpos. Las mujeres son más precoces que los hombres, y, sobre todo, más instintivas. Encima, han sido machacadas por la sociedad y los prejuicios morales, cohibiendo sus naturales instintos. Cuando sus cuerpos les piden que sean madres, no pueden ceder a ese impulso, porque para la sociedad son aún niñas o no disponen de pareja sentimental.

Estoy hablando de ser una hembra, no de casarse por la Santa Iglesia, joder. La hipocresía ha hecho mella en las mujeres y, por ende, sobre nosotros, aunque en menor escala. Así que, como digo, su impulso sexual ha estado tan reprimido y tan olvidado que, a poco que pueden, se convierten en auténticas fieras. Como todo buen motor, hay que afinarlo haciéndole un buen rodaje.

¿Te enteras? Hay que follarlas día si y día también, salvo en los días de sangría, que ahí suelen tener muy mala leche.

Así que Katrina y Jennie estaban de nuevo abrazadas, sentadas sobre el colchón, con las piernas entrelazadas. Sus pelvis se conectan con precisión, haciendo coincidir las sensibilizadas vaginas. Las caderas ondulan, las nalgas se contraen, buscando el roce más preciso y más intenso. Las dos tienen las bocas entreabiertas, con una expresión de vicio increíble. Se miran a los ojos y contienen la respiración a cada vez que sus coñitos están a punto de tocarse, paladeando la frenética sensación.

Katrina se sujeta al tobillo doblado de Jennie y ésta al hombro de la rubia, quien, en un momento dado, sube un dedo hasta el coño de su compañera, comprobando su estado.

―           Estás de nuevo muy mojada, cariño… justo lo que necesitas para recibir esa polla… ¿te atreves?

No contesta pero Jennie desvía la mirada para mirar como me acaricio el glande en lentas pasadas de mi mano. Noto como traga saliva. Está dividida, entre el deseo y el temor.

―           Yo te ayudaré… estaré contigo a cada paso – la tranquiliza mi esposa.

Asiente y, durante unos segundos, aumenta el ritmo del roce de su coño, como si fuese una despedida. Me levanto del silloncito y pongo una rodilla sobre la cama. Mi polla se roza con la sábana, pendiendo monstruosamente. Sé que la impone y me regodeo con ello.

Con un beso, Katrina se separa de ella y la tumba sobre el colchón. Le alza las rodillas y le invita a cogerse las piernas bajo las rodillas para mantenerlas en alto. Se gira hacia mí, brindándome un largo beso que me hace saborear la piel de Jennie en su boca. Su mano aferra mi pene con delicadeza, conduciéndolo hasta la vagina americana. Jennie se estremece al sentir mi glande golpear sobre sus labios.

―           Ssshhh… tranquila – le susurra Katrina, haciendo que la punta de mi miembro recorra su rajita y se frote contra el clítoris. Una y otra vez.

Las caderas de Jennie se ponen en marcha, buscando un contacto más definitivo. Ha vencido el deseo sobre el temor. Aferra el brazo de Katrina, haciéndole ver su ansia.

―           Está dispuesta – me susurra mi rubia, como si me otorgase el permiso necesario para empalarla. ¡Qué diabólicas son las mujeres!

Tampoco es que yo me haga de rogar, pues se la clavo con un simple golpe de cadera. Jennie sisea al sentir mi miembro traspasar su vulva. Se queja bajito pero contonea su pelvis, buscando más polla.

―           ¡Dios del amor infinito! ¡Me está rajando! – exclama tras un profundo suspiro.

―           Relájate, cariño… deja que entre todo lo que pueda. Pronto estarás gritando – le aconseja Katrina.

Las dejo con su cháchara. Yo lo que quiero es follarla. Me instalo sobre ella, en un más que clásico misionero. Jennie me acoge entre sus muslos y noto sus manos abrazar mi cuello. Los suaves dedos de Katrina me acarician las nalgas, marcando el ritmo de las embestidas. Me siento como uno de esos semidioses de la antigüedad, venerado por hermosas vestales que buscan la semilla de una estirpe divina. Un pene para adorar, vamos.

Jennie grita y se queja cuando empujo hasta el fondo. Gime de dolor y tensión, pero sus tobillos se cruzan sobre mi espalda, impidiendo que me retire. La guarra quiere caña. Me detengo un momento, permitiéndole acostumbrarse a mi miembro. La beso dulcemente antes de preguntarle si está bien. Su respuesta es un suave mordisco en mi barbilla. No le hacen falta palabras. Justo en ese momento, recibo el peso del cuerpo de Katrina sobre mi espalda. Siento la dureza de sus pezones clavados en mi piel. Su aliento impregna uno de mis oídos.

―           Dale duro a esa puta – me susurra. – Quiero que se corra aullando… que se enteren en Nashville que RASSE está aquí…

Es la primera vez que Katrina utiliza ese apelativo que las chicas diseñaron para mi cumpleaños, y, la verdad, suena genial. RASSE…

―           Si, suena bien, pero ahora no es el momento de hacer marketing, coño… Katrina te ha pedido que hagas gritar a esa perra… ¿No vas a contentar a tu esposa?

Me ha tocado la moral, el capullo. Me quito a Katrina de la espalda y me salgo de la vagina de Jennie. Atrapándola por un tobillo, la arrastro hasta el filo de la cama. Pongo los pies en el suelo y alzo sus caderas. De esa manera, tengo más impulso para follarla. Miro de refilón a Katrina. Está arrodillada, mirándola y mordiéndose una uña. Creo que espera sus gritos. ¡Que manía con gritar!

Se la cuelo de un solo envite y, mira por donde, no grita, aunque la boca se le queda abierta y redondita por la impresión. Le aplico la especialidad de la casa, embistes profundos y lentos. Tengo todo el tiempo del mundo. Antes de los dos minutos, está gritando y agitándose bajo mis caderas. Sus uñas se clavan en mi carne a medida que se corre.

―           ¡Ese es mi maridito! ¿Lo sientes, Jennie? – se ríe Katrina, pellizcando con fuerza uno de los pezones de la americana. — ¡No puedes dejar de correrte con él! ¡Te folla y te folla sin parar, y solo puedes gozar y chillar hasta que se te escapan los meados!

Bufff… Katrina ha dejado salir su vena soez. Malo… El cuerpo de Jennie se tensa y se arquea con fuerza, como resultado de un nuevo orgasmo. Es como intentar montar una yegua salvaje en un rodeo, pero la tengo bien cogida por las caderas y no se me escapa.

Se la saco de un tirón y alargo la mano, atrapando a Katrina por los rubios cabellos. La pongo en cuatro ante mi polla. Sabiendo lo que deseo, abre la boca y saca su húmeda y sensual lengua. Jennie se gira de costado para contemplar el arte felatorio que muestra mi mujer. Se queda absorta observando como Katrina se traga medio miembro hasta la garganta.

―           ¡Jesús, María y José! – musita.

Con un gesto, Katrina la invita a acercarse y le coloca mi glande a su alcance. Casi con reverencia, saca la punta de la lengua y toca la carne ardiente. Katrina le insiste, le aconseja desplegar toda la lengua y sobar los testículos con la mano. Jennie pronto le toma la medida a jugar con una manguera de ese tamaño y se entusiasma bastante, tanto que Katrina tiene que unirse rápidamente si quiere optar al premio final.

―           A ver, gatitas… colocaros para tomar vuestra leche – las aviso con un gruñido.

Katrina se arrodilla al filo de la cama, con la lengua bien sacada. Jennie la imita y, además, alza sus manos formando un cuenco. Restriego mi glande por los labios y mejillas de ambas, dejando largos hilos de semen que las unen, como si las hubiera cosido con una aguja etérea. Katrina se lanza sobre nuestra nueva amiga, arrebañando con su lengua todo el semen que llena su rostro. Ruedan por la cama, abrazadas y lamiéndose los restos de semen mutuamente, hasta que se funden en un eterno beso que no parece tener visos de interrumpirse. Así que me tumbo en la cama, desnudo y con las manos en la nuca, contemplándolas.

Ya avisaran si necesitan nuevamente un macho…

____________________________________________________

A la mañana siguiente, después de que nos traigan el desayuno, me entretengo comiéndole el coño a Jennie a la española, o sea, mojando pan con aceite en su vagina. ¡Eso es un desayuno de campeones y no la mierda esa de los chococrispis!

Al mismo tiempo, Katrina le introduce mermelada en la boca, con el dedo, mientras le dice que si pasa por Madrid, que no dude en visitarnos, tanto ella como sus compañeros de viaje. No tengo que aseguraros que a Jennie le resultó muy difícil despedirse de nosotros, ¿verdad?

Tras almorzar, nos marchamos de Nashville y nos detenemos, al anochecer, en Memphis, justo antes de abandonar el estado de Tennessee. Allí, en tierras de bluesmen legendarios, perdemos un día más, visitando Graceland, la mansión perteneciente a Elvis Presley. Katrina se empeña en hacerse un dedito en uno de los cuartos de baño, como inestimable recuerdo. Por mi parte, no pienso desaprovechar la ocasión de tomarme unas copas en el club de B.B.King, de igual nombre. Una banda impecable para amenizar nuestras copas, y una solista increíble que nos puso a bailar buena parte de la noche. Mis manos eran incapaces de apartarse de la grupa de mi mujer. ¡Coño con los gorgoritos de la negra!

El lunes pisamos el estado de Oklahoma y os unimos a la mítica y vieja Ruta 66, en Tulsa, ciudad en la que se elaboró su nacimiento. La ruta 66, la Calle Principal de América como la llamaron, partía de Chicago y acababa en California, y fue muy popular a partir de los años 30. Hoy en día, esa carretera ha quedado descatalogada. Muchos de sus tramos han sido utilizados para reforzar otros trayectos o asumidos por nuevas carreteras más modernas. Sin embargo, aún se pueden recorrer casi dos mil kilómetros de su totalidad.

Es una pasada encontrarte con esas antiguas gasolineras de la Standard Oil restauradas o seguir los extraños meandros de la ruta, a través de las planicies. Parece que estas en otra época. Pronto Katrina me propuso un juego para no aburrirnos: cada vez que viéramos un granero parecido al de la granja Kent, en Smalville, echaríamos un polvo a su sombra. Debo decir que fueron bastantes graneros, lo cual hizo que no llegáramos a un motel hasta medianoche. Lástima que en ninguno de esos graneros apareciera la buenorra de Lois Lane.

La ruta 66 nos lleva a través de las Black Montains de Arizona y también de su desierto, pasando muy cerca del Gran Cañón. Una oportunidad para no perderse. Hicimos noche en el Wigwam Hotel, en Holbrook, donde los bungalows son enormes tipis indios, dotados de todas las comodidades, y, de buena mañana, pusimos rumbo al Gran Cañón.

Gente, es un espectáculo maravilloso, único. No creo que haya nada natural que se le pueda comparar, a no ser las fosas Marianas o el Himalaya. Contemplar el vestigio del paso del tiempo grabado en aquella erosión tan profunda y enorme, me hace sentirme insignificante. Solo los colores que el sol expone al coronar el este, hacen que surjan versos en tu cerebro.

El desierto dota de una particular belleza la tez de Katrina. Bajo la sombra de su gran sombrero, sus ojos azules destellan con una luz que jamás he visto antes. Con decir que hemos hecho cinco paradas románticas, aparte de los miradores pintorescos, enervados por el calor y la belleza del lugar. Por un momento, creo que me voy a deshidratar.

―           ¡No puedes seguir perdiendo líquidos de esa forma!

“¡Estoy de luna de miel, viejo!”

Y con esa alegría, nos salimos de la 66 para dirigirnos a la ciudad del pecado: LAS VEGAS.

CONTINUARÁ…

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