JANIS MULLIGAN

La boda

Me encuentro solo en este día; solo ante el arco florido montado entre dos bellas columnas de alabastro. Debo reconocer que el pequeño altar les ha quedado “monísimo”, digno de las hábiles manos de un decorador de renombre. Lo cierto es que Katrina dejó muy claro hasta el último detalle. Parece que la rubia ya había soñado con su boda un par de veces antes. Ya sé que eso es un privilegio de toda mujer, pero aún así me sigue dando un poco de miedo tanto control y detalle. Yo no recuerdo apenas nada de mis sueños, a no ser que sean recuerdos de Ras.

El jardín inmediato y posterior a la mansión ha sido utilizado para edificar el altar al que nos subiremos para la ceremonia, e instalar dos hileras de tapizadas sillas, delimitadas por largos lazos blancos. A un lado del pequeño altar entarimado, se dispone una mesa, cubierta de un blanco lino. El viejo sacerdote está atareado sobre ella, vestido con sus extraños ropajes bordados.

Cuando le pregunté a Katrina si prefería algún tipo de ceremonia o una simple visita al juzgado de guardia, respondió con firmeza: quería un rito ortodoxo, en memoria de la fe y creencia de su padre. Me quedé un tanto desmantelado. No sabía nada sobre los ortodoxos. Bueno, en realidad, no sé nada sobre ninguna religión…

Así que me sumergí en la Wikipedia, rápidamente. Ah, Internet… el mejor amigo del hombre… jejeje…

Basil se ocupó de ponerse en contacto con el sacerdote, que resultó ser un viejo casi centenario que apenas habla castellano, sacado de una comunidad rusa instalada en Alcobendas. Ya veremos lo que opina madre de todo esto.

Con esta evocación, dirijo mis ojos a la primera fila, donde están sentados mis padres y Gaby. Madre me lanza un beso, padre me guiña un ojo. A su lado, Gaby se remueve, obligado a quedarse sentado. Involuntariamente, mis dedos estiran el elegante traje levita gris marengo, de Ferdinand Gottier, que llevo puesto. Madre me tuvo toda una mañana de compras, hasta encontrar algo que me quedara perfecto. Pienso que aún cree que sigo siendo Goliat.

Contemplo, por enésima vez, los invitados que se sientan ante mí. La mayoría de las sillas están ocupadas por traseros ricos e ilustres. Sus dueños me miran y murmuran entre sí. ¿Qué estarán comentando sobre mí? Sonrío con suficiencia. Ya no me afectan sus opiniones, ni sus pullas. He crecido bastante desde que era un chico introvertido, escondido en un desván.

Todo está engalanado, pero las criadas aún revolotean, disponiendo los últimos detalles. Más allá, entre los altos setos de los jardines interiores, se alzan las carpas del banquete, cerradas con blancas mosquiteras. Una radio cercana crepita, comunicando algo a través del auricular de un soldado camuflado con esmoquin. La asistencia de mis invitados me ha obligado a incrementar la seguridad en un trescientos por cien. He dedicado a todos mis reclutas a ello. El perímetro de la finca está asegurado y bien vigilado.

He decidido que nuestros socios europeos se alojen en la mansión, donde puedo garantizar su seguridad. Se han dispuestos habitaciones para todos ellos, junto con su personal. Siento sus ojos posados sobre mí, calibrándome, vigilándome.

Joseph Krade ha venido con casi toda su familia, desde Northampton. Su última esposa se sienta a su lado, aferrada a su brazo. Varios hijos, de distintas edades, les rodean –hijastros en el caso de ella-, vestidos elegantemente y luciendo maneras exquisitas. Olmar Gravedyan llegó con su esposa el día anterior, envuelto en una nube de comentarios que aseguraban que era su último intento de reconciliación. Puede que pronto haya una quinta boda de Olmar, a pesar de sus años.

Tossan Meldner está sentado, muy tieso, en una de las sillas. Mira al frente, sin posar sus ojos en algo definido, como pensando. A su lado, cabalgando una pierna sobre otra de forma sensual, una bella y joven mujer que, a pesar de su elegancia, no deja de mascar chicle. El caudillo alemán es bien famoso por su afición a las putas soeces. En un extremo, Golan y Sadoni, el matrimonio gay se ríen bajito, comentándose detalles –seguramente sobre mí- al oído.

Prácticamente, han venido solos. Sin lugartenientes, ni más séquito que un par de escoltas, o un ayudante. Todos ellos me han felicitado por mi actuación contra Nikola Arrudin. Sus informadores hablan de cierto repliegue interno. Esas fueron palabras celestiales para mis oídos.

Salpicados aquí y allá, entre los socios europeos, se encuentran nuestros gerentes. Es la primera vez que se les invita oficialmente a un acto personal de la cúpula de la organización, y se sienten favorecidos y agradecidos. Todos ellos me conocen y se podría decir que algunos se consideran amigos míos. Pavel no deja de sonreír, a un lado y a otro, como si estuviera pescando. Mariana se sienta con su madre y su hermanita, en las últimas sillas. Patxi Bonouerán, el vasco de ascendencia germana, que regenta La Villa, casi ocupa dos sillas, debido a su corpulencia. Dos de sus chicas se sientan, una a cada lado, ambas ocupadas en atenderle. Por lo visto, se ha acostumbrado al trato patricio. Bergen Miniac luce tan flemático y elegante como si estuviera paseando por los jardines del castillo de Sant Marçal, brindando con su acompañante, una menuda mujer un poco más joven que él, pero igualmente cursi.

El señor Alexis está sentado en su eterna silla de ruedas. A su lado, una opulenta morena balcánica se sienta, luciendo piernas con descaro. Cada vez tiene mejores motores para su silla, el tipo. Mauro, el luchador mexicano de la máscara y gerente de La Mordaza, me saluda con la mano. Puedo ver su gran sonrisa perfectamente, ya que, en esta ocasión, ha elegido una máscara dorada que termina sobre su nariz, dejando su gran mandíbula al descubierto. Le devuelvo el gesto.

Recibí a los hermanos Josspin personalmente, tres horas atrás. Teníamos cosas de que hablar, pues El Purgatorio está siendo un gran reclamo para reclutar a mi gente. Los gemelos tienen magníficas ideas y atrapan las mías al vuelo. En este momento, están sentados junto a Pavel, con el que han entablado conversación.

La dulce Doctora Guische está muy pendiente de todos los invitados, sin quitar la mano que apoya sobre el muslo de su acompañante, al menos cuarenta años más joven que ella.

Pero hoy no es día para pensar en negocios. La mañana luce espléndida, en estos últimos días de setiembre, y tengo a mi hermano al lado, ejerciendo como padrino de boda. Tiene una sonrisa bobalicona en la cara y no sé a qué es debido aún. Puede que tenga algo que ver con sus frecuentes miradas hacia las criadas…

De hecho, me ha confesado que ha cortado con su novia Carla, hace unos meses. Diferencia de opiniones. A saber lo que quiere decir eso.

De repente, resuena las inconfundibles notas de Mendelsson y aparecen cuatro de los niños de La Facultad, diseminando pétalos de flores por el pasillo. Van vestidos de pajes de época, con medias blancas y levitas. No sé de quien ha sido la idea, lo juro. Detrás de ellos, las damas de honor se deslizan sobre los pétalos. Por supuesto, no pueden ser otras que Pam, Elke, Denisse, y Patricia, la cual abre la marcha. Visten sedosos vestidos que parecen flotar sobre sus cuerpos, iguales pero cada uno de un color. Quizás serían más apropiados para un cóctel que para una boda, pero resultan guapísimas. Todas ellas me sonríen al situarse frente al altar.

Entonces, con el crescendo de la Marcha Nupcial, aparece Katrina, cogida del brazo de Basil. ¿Qué podría decir de esa imagen que se graba a fuego en mi mente? Puedo escuchar el suspiro de Ras, muy cerca de mi corazón.

“¿Aún quieres matarla?”, le pregunto.

―           ¡Calla, capullo! – casi puedo imaginarlo con una lágrima en el rabillo del ojo.

Katrina está radiante. No, mejor que eso… podría decirse que está majestuosa. El vestido es liviano, pues parece caer por su peso sobre su cuerpo. Es elegante y simple, de raso en blanco crudo. Una línea de encaje y pedrería desciende desde su cintura, por la cadera, a lo largo de su pierna izquierda, formando un rizo a la altura del tobillo. Su otra pierna queda al descubierto, justo sobre la rodilla, mostrando una esplendorosa extremidad enfundada en una media brillante. Sobre sus riñones, un gran lazo, de artesano anudado, forma un vistoso contrapunto con la ajustada cintura. El escote, en palabra de honor, deja los redondos hombros al aire, rodeándolos de pequeños encajes que parecen moverse por si mismos. Un largo velo recubre su cabeza por completo, así como sus rasgos, y cayendo en cascada a su espalda, hasta arrastrar casi un metro. Una impresionante tiara, repleta de rubíes, esmeraldas, y circonios, impera en la cúspide de su cabeza, sosteniendo el velo sobre su elaborado peinado.

Hasta el zapato que puedo ver, en su pierna desnuda, es de lo más parecido a los que pudiera llevar la Cenicienta al baile. La boca se me ha secado, coño. ¿Ahora quien me trae algo de agua?

Basil se detiene ante mí y, con una sonrisa, adelanta el brazo en el que se cuelga la novia. Como su único familiar, es quien se ha ofrecido para entregarme a la novia.

―           Retira el velo con cuidado.

Los dedos me tiemblan un poco al alzar el sutil tejido. Pam me ayuda a que se quede bien sujeto con la tiara. Yo solo tengo ojos para la maravillosa sonrisa que he descubierto bajo el velo.

―           ¡Cierra la boca, capullo!

Con un parpadeo, me repongo y cierro la boca. Katrina me aferra el codo y encaramos el altar. El sacerdote comienza la liturgia y camina lentamente hacia nosotros – tanto que parece que se va a desarmar en pedacitos- hasta que une nuestras manos. Me acuerdo que es importante tomarnos de las manos como símbolo de nuestra unión. Bueno, pues hará falta una motosierra para separarlas.

El sacerdote conduce el ritual en un balbuceante ruso. Este hombre está para el arrastre; solo le falta entonar su propio himno funerario. Lo siento por aquellos que no sepan la lengua de la vieja Rodina, pero es todo lo que se le puede sacar al padrecito. Menos mal que ninguno de mis familiares es beato.

Los anillos son bendecidos y el anciano me los ofrece para que los coloque, tanto en mi mano como en la de la novia. Ahora es a Katrina a la que le tiembla la mano cuando la alarga, con los dedos bien separados. Son cosas del directo, me digo con sorna. Debemos pronunciar nuestros votos. Joder, siento mi garganta seca.

―           Katrina, desde que nos conocimos, me has demostrado ser una persona especial, de poderosos sentimientos y espíritu valiente. Te prometo que seguiremos explorando nuevas formas de cariño y respeto en el camino que emprendemos juntos. Sabes que siempre seré tuyo, ante todo y sobre todo – no es que sean demasiado originales, pero es lo que pretendía decir.

―           Sergio, has sido la luz que ha conseguido traspasar las tinieblas que me envolvían. Te debo mi vida y mi razón. Por todo ello, prometo honrarte y servirte hasta el último día de mi vida; amarte y obedecerte en cada momento, y compartir el fruto de mi vientre para nuestro futuro – recita Katrina, mirándome intensamente.

Los invitados aplauden nuestros votos. Tras una larga parrafada sobre los dones del matrimonio y la santidad de la familia, lo que acaba cascando aún más la voz del sacerdote, llega la coronación. Patricia y Denisse colocan dos almohadillas bajo nuestras rodillas, para que podamos arrodillarnos cómodamente ante el sacerdote, quien entrega, con bastante solemnidad, dos grandes coronas de plata a nuestros padrinos. Basil y Saúl las sostienen en alto, sobre nuestras cabezas, mientras nos miramos y recitamos la letanía de la coronación. Este es uno de los momentos esenciales de una boda ortodoxa, que viene a decir, más o menos, que llegamos al matrimonio como dueños absolutos del gobierno de nuestras vidas, y que, tanto el uno como el otro, dispone del poder necesario para dirigir la vida común que nos espera. Según el Libro del Génesis, nos declara como los reyes de la creación, como una nueva pareja de Adán y Eva.

Nos ponemos en pie y, siempre cogidos de la mano, bajamos del altar para dar tres lentas vueltas, tanto a éste como a la mesa de la proscomidia, acompañados de nuestros padrinos. Tres vueltas que representan el misterio de la Trinidad. A cada vuelta, el sacerdote nos ofrece un trago de vino del cáliz que se encuentra en el centro de la mesa, entre el evangelio y una vela encendida.

La verdad que, para mí, todo esto no tiene más significado que una misa de difuntos, por poner un ejemplo. No creo en iglesias y en religiones diseñadas por fanáticos. Estoy seguro que existe algo superior a nosotros, pero creo que no sigue una moral como la nuestra. Tengo el espíritu de Ras para recordármelo constantemente. A ver, ¿Quién le ha permitido seguir consciente de su existencia? ¿Cómo se ha unido a mi alma? ¿Es una reacción física que aún desconocemos? ¿Una forma de purgatorio? Demasiadas preguntas para contestar. Lo único que puedo hacer es dejar que continúe la ceremonia y así contentar a Katrina. De todas formas, ya no quedan más cositas especiales que tengamos que hacer, más que besarnos. Es un pico largo, sin lengua, el que nos damos. Katrina tiene que ponerse de puntillas y, aún así, me inclino para que pueda alcanzar bien mi boca. El sacerdote nos da su bendición y suelta algunas frases de deseo para nuestra nueva vida y, de inmediato, empieza a caer una lluvia de pétalos sobre nosotros. Los invitados aplauden y exclaman vivas y fuertes silbidos.

Madre me abraza muy fuerte. Está llorando y ríe, a la misma vez; algo que solo las mujeres pueden hacer, seguro. Nos llueven las felicitaciones. Me besan las mejillas y me estrechan la mano. Recibo muchas palmadas en la espalda. Me dejo llevar de un lado para otro, entre risas y balbuceos. Alguien pone una copa de champán en mi mano; es Denisse. Me hace brindar con Katrina.

Mi esposa…

El título suena mucho más serio ahora, y, la verdad, me encanta. Mi esposa Katrina. ¡SALUD!

La estrecho en mis brazos y la beso, mientras los silbidos aumentan a nuestro alrededor.

―           Te amo con locura – me susurra.

―           Ya perdí la cabeza por ti hace tiempo – le respondo.

―           Lo sé. Te entregaste como esclavo – se ríe. – Las chicas me han dicho que esperan poder felicitarnos como nos merecemos, esta noche.

―           ¿Las vamos a incluir en la noche de bodas? – le preguntó, con una pequeña risotada.

―           Por supuesto. No pienso excluirlas de mi vida de casada. Son mis hermanas y tus novias, ¿no? – me dice con coquetería, echando a caminar, mientras me pone el dedo en la barbilla.

No me queda otra que suspirar y seguirla.

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―           Abre los ojos para que pueda ver esa lindeza de azafata – me susurra Ras, arrancándome de mi duermevela.

―           Auxiliar de vuelo – le corrijo en un murmullo.

―           Como sea… esa puta está de muerte. ¡Fíjate que potranca!

Tiene razón. Al abrir los ojos, me encuentro con una chica altísima –diría que roza el metro noventa- que luce los colores de la primera línea aérea española. Está atendiendo a una cansina señora que se sienta un par de asientos por delante de nosotros. Lleva todo el viaje exigiendo y quejándose.

“Ras… ya te he dicho que debes tener más respeto con las mujeres.”, le recrimino.

―           ¿Para qué? ¡El único que me escucha eres tú!

Como siempre, vuelve a tener razón. Me encojo de hombros mentalmente.

―           Llámala…

―           Perdón, señorita – alzo la mano un tanto y llamo su atención.

―           ¿Si? – posee una sonrisa de diva, hay que reconocerlo.

―           Me he adormilado y me gustaría saber cuánto falta para llegar a destino.

―           Poco menos de cuatro horas, señor – responde.

―           Bien, gracias.

―           ¡Mira que nalgas! ¿No podríamos…? – comenta cuando la chica se da la vuelta.

―           No.

―           ¡Maldición!

Es insaciable el cabrón. Aún después del atracón de sexo que nos dimos anoche, quiere más. Lo suyo es puro vicio. Lo malo es que me contagia a menudo. Esta mañana, me duele hasta los empastes y seguro que tengo que tener la polla en carne viva, por cuanto me pica…

Contemplo el maravilloso perfil de Katrina, a mi lado, quien recuesta su cabecita sobre un cojín. Ella está mucho más agotada que yo. Apenas hemos dormido…

Creo que durante la celebración, dejé que Ras tomara demasiado las riendas. Puede que no fuera una buena idea relajarme tanto…

Recuerdo dejarle beber como un cosaco, mezclándolo todo. Creo que el viejo sedujo a todas las invitadas, viejas incluidas. Al menos se abstuvo de tener relaciones con ellas; me hacía saltar de una a otra, dejando caer halagos de otra época, que las hacía derretirse. Debo decir que aún tiene buena mano, y eso sin usar para nada la mirada de basilisco.

Poco a poco, las imágenes se están aclarando en mi mente, recordando muchas cosas que me vi impulsado a hacer. Por ejemplo, las dos veces que me follé a mi esposa, aprovechando el momento. La primera en los baños, de pie y en menos de cuatro minutos. Katrina gemía y me mordía, colgada de mi cuello, enloquecida por mi pasión. La segunda vez, entre los setos que rodean la glorieta donde abrimos el primer baile de la noche. Katrina, tumbada sobre la hierba, no tuvo escrúpulos en manchar su hermoso traje de verde, las piernas bien abiertas y temblorosas.

Me cuesta bastante recordar la noche de bodas. Ras se desbocó, aunque me ha jurado que no hizo daño a ninguna de las chicas. Seguramente, todas ellas deben de sospechar que Ras tomó el control. Aún así, hay ciertas cosas que están diáfanas en mi mente, como las chicas rodeando a Katrina, de pie en nuestra alcoba, desvistiéndola para mí, o bien, las cinco dispuestas a cuatro patas, formando un círculo a mi alrededor y ofreciéndome sus traseros… y, sobre todo, paladear la embriagadora sensación de que todas eran absolutamente mías.

Estoy seguro que el monje me llevó al límite. El pene me pica horrores y respingo cuando se roza con algo más duro que mis boxers. Tendré que preguntarle a Katrina sobre lo que hice, cuando despierte. Busco su mano y la aferro. Aún en sueños, ella me la aprieta y acaricia con su pulgar. Me resulta extraño el pensar en ella como mi esposa. Ha sido mi jefa, mi ama, y mi perra esclava, pero el nuevo título infunde respeto: mi cónyuge, mi mujer, mi compañera…

Continuó recordando y poniéndome al día. Al amanecer, Basil entró en la alcoba, acompañado de varias doncellas. Nos sacaron de la cama en volandas y las criadas nos metieron bajo la ducha, aún dormidos, creo. El caso es que apenas pudimos reaccionar y quejarnos. Nos colocaron unas ropas, nos obligaron a beber un café, y nos introdujeron en un coche, que nos llevó a Barajas.

Una semana antes, Katrina y yo escogimos un viaje de recién casados por Estados Unidos. A ella siempre le hizo ilusión visitar USA y me propuse hacerle el gusto. Disponíamos de dinero y tiempo, ya que Basil me dejó bien claro que, por el momento, no hacía falta para nada. Él se encargaría de todo.

Escogimos los mejores hoteles, primera clase en todo, por supuesto, y un recorrido casi al azar, que podía ser modificado en cualquier momento.

Así que, en este momento, volamos en un Boeing 767, con destino a Nueva York, que es donde empezaremos nuestro periplo en Yankilandia.

Casi cinco horas después, nos bajamos de un taxi amarillo a las puertas del Ritz-Carlton de Central Park, uno de los hoteles más lujosos de Manhattan, colindante con la parte sur del gran parque neoyorquino. Durante el trayecto desde el aeropuerto JFK, Katrina y yo hemos estado mirando como bobos a través de las ventanillas del coche, señalando hacia uno u otro edificio que nos parecía familiar. Uno aprende un montón sobre Nueva York, viendo películas y series, os lo aseguro. Además, le pedí al taxista que tomara la ruta larga y turística para llevarnos a destino.

Katrina me traducía lo que comentaba nuestro taxista, un hindú de mediana edad y blanco turbante. Por mi parte, empezaba a quedarme con ciertas frases, aunque el acento era tan distinto al que escuchaba con mis prácticas de inglés, que me limitaba bastante. De esa manera, cruzamos Brooklyn y tomamos su famoso puente, ascendiendo a través del distrito financiero de Manhattan.

―           ¿Crees que algún día cotizaremos en Bolsa ahí? – me preguntó Katrina, señalando hacia Wall Street.

―           Lo preferiría en vez de ser reclamado por la Interpol– bromeé.

Katrina me dio un codazo y pronto nos sumergimos entre los viejos edificios de Little Italy y el ajetreo cotidiano de Broadway y Park Avenue, hasta llegar al hotel. La fachada del mítico edificio es todo cuanto nos podemos esperar, desde su atípica estructura de salientes escalonados a su tonalidad azulona. Su marquesina típicamente neoyorquina, con portero uniformado incluido, y las dos banderas que la flanquean, una con el logo del hotel, la otra con las barras y las estrellas.

El Gran Hotel de Crillon, en París, era magnífico, lleno de formas clásicas y de historia. Sin embargo, las treinta y tres plantas del Ritz-Carlton, siendo mucho más joven, superan en calidad al establecimiento francés, al menos para mí. Su recepción es fantástica, llena de luz, plantas, y madera. Tal y como había reservado, nos espera una gran suite con magníficas vistas al parque, en la planta veinte. Disponemos de varios restaurantes, en diferentes pisos, con especialidades diferenciadas, y un club de fumadores en la azotea, por si no nos apetece salir.

―           ¿Cómo que no? ¡No he venido a la tierra del capitalismo para quedarme encerrado!

“¿Y qué quieres hacer?”, le pregunto mentalmente, mirando desde el ventanal que se alza sobre el parque.

―           ¡Vamos a quemar Harlem!

Tan impetuoso como siempre, pero me siento de acuerdo con él. Yo tampoco he venido a quedarme encerrado en el hotel, por muy apetitosa que luzca Katrina, tras una ducha. Tengo hambre, pero es de nuevo la hora de desayunar, otra vez. Después de una ronda de bollos calientes y café, decido dar un paseo en calesa por Central Park. Es algo que he visto tantas veces en las pelis románticas, que es un delito estar delante del parque y no hacerlo. Katrina se acurruca contra mí, a pesar de la magnífica temperatura que hace. Me sonríe y me susurra que es feliz.

―           Yo también, cielo. Tú me haces feliz.

―           Si, si que nos hace… jajaja… sobre todo cuando volvamos de nuevo al hotel…

Sin comentarios.

Nos detenemos a tomar un aperitivo en The Central Park Boathouse, sentados en su terraza de tablas, sobre las aguas del Lago. Resulta perfecto, tanto que decidimos almorzar allí mismo.

―           Tengo una sorpresa para ti, esta tarde – le digo a Katrina.

Ella ladea la cabeza, mirándome, inquisitiva. Es uno de sus gestos característicos.

―           Los gays holandeses, ya sabes, Golan y Sadoni…

―           Si.

―           Cuando supieron que vendríamos a Nueva York en estas fechas me entregaron un par de invitaciones.

―           ¿Teatro? ¿Ópera? – me pregunta, interesada.

Niego con la cabeza, saboreando la sorpresa.

―           La presentación de primavera de Donna Karan y Anne Klein.

―           ¡No me digas! – exclama ella, casi levantándose de la silla.

―           Te digo, cariño. Así que esta tarde, te vas a poner bien guapa para sentarnos ante la pasarela, y, después, acudiremos a una fiesta con todo ese mundillo.

―           ¡Jodido Golan y Sadoni! ¡Que suerte tienen! – masculla.

―           Si quieres, me puedo hacer gay y así conseguir invitaciones así – bromeo, ganándome un tortazo en el brazo.

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Tomamos un taxi para asistir al pase privado, que se organiza en la librería y museo Morgan, en la Avenida Madison, justo a tres manzanas del Empire State Building. Entramos en el edificio, cogidos de la mano. Katrina lleva un vestido de Valenciaga, de la pasada temporada de otoño, que deja sus rodillas a la vista y sus caderas bien contorneadas, en tonos tierra. Por mi parte, he optado por un aspecto sport, con un polo de manga corta, de un discreto morado, unos jeans lavados, y un buen calzado deportivo.

Parece que hemos acertado. Ningún invitado ha venido de gala. Las damas un tanto más arregladas, pero los caballeros bastante desenfadados. Tomamos un par de copas de champán y nos sentamos en las sillas colocadas alrededor de la larga pasarela. Hay sitio para dos centenares de espectadores y, por lo que puedo ver, todo está completo.

No soy un buen conocedor de la jet society, no sabría decir quien es quien, pero aún así, reconozco varias caras. Algunos deportistas de renombre, varias damas ilustres, un par de actrices, y, por supuesto, muchos expertos en moda. Hay numerosas cámaras de televisión instaladas a nuestras espaldas, cada una con el rótulo pertinente que indica a que canal pertenece. Por un momento se me pasa por la cabeza que podría ser peligroso para nosotros, si Arrudin averigua que estamos en Nueva York, sin protección. Me calmo, diciéndome que esta reseña no saldrá en los noticiarios hasta la noche, y que cualquier toma de nuestros rostros será fugaz, si la hay. Nosotros no importamos, habiendo personalidades más relevantes. De todas formas, no pienso quedarme quieto para que me cacen como a un pato.

Sonrío abiertamente a Katrina cuando se amortiguan las luces y la voz de la presentadora del desfile enumera las aptitudes de Donna Karran para sus creaciones, y las de Anne Klein para con sus famosos zapatos. Mi esposa toma mi mano y la aprieta dulcemente. No es buen momento para ponerla en conocimiento sobre mis preocupaciones. Nos dedicamos a disfrutar de la pasarela.

En general, ver a todas esas chicas pasearse ante mis ojos, a una altura en que puedo captar perfectamente sus largas piernas, me hace disfrutar. Son bellas y lánguidas, con exagerados contoneos bien aprendidos, que hacen botar sus pechos y agitar sus faldones. Gracias a Dios que las modelos de la talla 36 están desapareciendo. No hay nada sexy en escobas vestidas…

Cuando el desfile llega a su ecuador, hace su entrada la modelo diva, la top model que es la musa de esta colección, Calenda Eirre. Nada más pisar la blanca pasarela, se nota su confianza y su profesionalidad. La verdad es que es bellísima, con esos ojos de pantera y ese delicioso mohín de hembra pecadora en sus morritos.

―           Veo que te gusta, ¿eh, pillín? – me susurra Katrina, con una sonrisa de complicidad.

―           ¿A ti no? – le suelto por una de las comisuras de mi boca.

―           Dicen que es la sucesora de Adriana Lima, no solo por su rápido ascenso a la palestra, sino porque parecen hermanas.

Es cierto, pero más que un parecido, es un estilo. Pertenece a esa clase de hembras que poseen una belleza indefinible, nada perfecta en si misma, pero, por ello, aún más atractiva. Su boca es quizás un tanto grande y, al sonreír, muestra unos paletones algo más desarrollados de la cuenta, pero, ¿Quién soy yo para criticar la belleza?

La ovación final nos pone a todos en pie, tras el paseíllo de todas las participantes, diseñadoras incluidas. Dos horas muy entretenidas.

―           Tengo hambre – gruño.

―           Son las ocho y media. Podemos ir a cenar a algún sitio. La fiesta no empezará hasta pasadas las diez.

―           ¿Te apetece un italiano? – le pregunto.

―           Perfecto.

Consulto mi móvil y me da una localización cercana.

―           El Lever House, muy recomendado. Está en Park Avenue, a unas quince manzanas hacia el norte – le digo. — ¿Paseamos?

―           Por supuesto, cariño – me contesta Katrina, aferrándose a mi brazo.

Tras un gratificante paseo por el centro de Manhattan, llegamos ante el restaurante en cuestión. La puerta y la fachada parece más bien de unas oficinas que de un ristorante italiano, pero cuando lo recomiendan…

Un pasillo casi ovoide, sin ángulos, nos conduce al interior. Dos bandas luminosas flanquean las paredes, a la altura de mi cintura. En cierto modo, me da la sensación de estar en el pasillo de embarque de algún aeropuerto futurista. Una alfombra de bandas rojizas de diferentes tonalidades, recubre el suelo. Cuando llegamos a la gran sala que contiene el restaurante en cuestión, comprendo entonces el por qué de ese extraño pasillo en blanco neutro y sin adornos.

Es una extraña mezcla impactante, pero debo decir que bien conseguida. La decoración es impresionante, con cuadros de celebridades de Andy Warhol y un diseño a medio camino entre los años 50 y el arte aerodinámico, que te da la impresión de ser súper moderno. Según te acercas a la mesa, todo el mundo te repasa de arriba abajo, haciéndote preguntar si llevas la bragueta abierta. Katrina parece en su salsa, con la nariz bien alzada y el brazo del bolso flexionado en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Creo que su alma de pija renace en sitios como este.

―           Me encanta – me susurra al sentarse en una mesa para dos, en la banda montada contra la pared. – Creo que Almodóvar celebró aquí el estreno de Los Abrazos Rotos, con Penélope Cruz y Madonna… si, eso es…

Me sonríe y pone su mano sobre la mía. El camarero viene a joder y a tomar nota. La comida es italiana, rica pero sin ser especialmente original o increíble. Mejor, no estoy para fingir modales exquisitos. Tras echar un par de vistazos alrededor, estoy seguro que todo el Upper East Side está cenando aquí. ¡Vaya manada de ultrapijos! Pero si pienso que me voy a librar de ellos…

La fiesta se celebra en Lexington Avenue, en plena pijolandia, en un ático enorme, con jardines en su centro. ¿Quién coño vive aquí? ¿Tarzán? Al menos hay vodka de marca y bellos rostros. Las modelos que han desfilado están aquí, para alegrar la vista. En un despiste, Katrina se ve integrada en un grupito de jóvenes, de ambos sexos, parloteando felices en inglés. Paso de integrarme; me daría dolor de cabeza intentar seguirles. Apuro un par de vodkas admirando los jardines. Enseguida tengo pegadas a mí un par de estilizadas pijas, que me preguntan si soy modelo. Asiento, pero les hago saber que hablo muy poco inglés y que soy de España.

―           ¡España! ¡Qué total! – exclama una de ellas, en un casi perfecto castellano. – Veraneo todos los años en Marbella.

―           Vaya, que bien – suspiro.

Iniciamos conversación, primero traduciendo a su compañera hasta que esta se aburre y, con una excusa, se retira. La chica, que se llama Jodie, me cuenta casi toda su vida. Tiene veinticuatro años, está acabando una carrera de psicología, es la hermana menor de tres hermanos, y sus padres pertenecen a una rancia familia de Boston. Asiento, sonrío y pregunto, dejándola hablar. No es que sea fea; tiene un esbelto cuerpo y un rostro monín, con mucho maquillaje y arreglo en el pelo, pero no dispara mi libido, ni la de Ras.

―           ¿Crees que este tipo de mujeres nos enfrían?

“No lo creo, Ras. Estamos casados con una de ellas y sabe cómo calentarnos, ¿no?”

―           Tienes razón. Así que es ésta jumenta en particular… si al menos dejara de hablar…

“¿Y que haría?”

―           No sé… ¿Chuparla?

En ese momento, a espaldas de Jodie, una figura entra en mi campo de visión. Impresionante. Es Calenda Eirre. Viste algo dorado y negro que es la mínima expresión de un vestido, dejando sus piernas totalmente al aire. Creo que ni siquiera se sentara en toda la noche, porque entonces dejaría al descubierto hasta las amígdalas. También su espalda está desnuda, tan solo cruzada por dos cordones oscuros que sujetan los laterales del mini vestido. Posa sus manos sobre una baranda y admira la burbujeante fuente iluminada que tiene ante ella.

Giro los ojos hacia Katrina y compruebo que aún sigue enfrascada en su conversación. Pienso en dejar a Jodie con la palabra en la boca y acercarme a la top model, pero un personaje me chafa el plan, deteniéndose ante la hermosa modelo. En principio, me parece un niño, pero trae dos copas de champán en las manos. Al observarle, me doy cuenta de que es más bien como un enanito, aunque no está malformado con los rasgos de la gente de corta estatura. Es moreno, de tez latina, con unos rasgos algo pícaros, y viste elegante.

La modelo acepta una de las copas y le sonríe. Brindan y charlan entre ellos, animados. Yo ya no presto atención a lo que me cuenta Jodie, pero la utilizo como parapeto para observar. Asiento y sonrío, en modo automático.

Aquel sujeto es casi patético al lado de la modelo. Su cabeza apenas le llega al pecho, aún menos con los altísimos zapatos que lleva ella, y creo que Calenda pesa más que él, a pesar de ser modelo. No sé qué edad tendrá, pero puedo distinguir rasgos infantiles en su rostro. ¿Será un hermano de ella? Parecerse no se parecen, desde luego. Pero, pronto salgo de dudas, del modo más impresionable, como siempre.

Tras unas risas, la modelo abraza al chico –o lo que sea- contra su pecho. Este, aprovechando el momento, desliza una mano bajo el micro vestido, sobándole descaradamente una nalga. La modelo le mira desde arriba, sus dos brazos alrededor de los escuetos hombros. Parece a punto de regañarle, pero, de repente, inclina su cabeza hasta atrapar la boca masculina con la suya.

El beso es largo, intenso y, evidentemente, húmedo. Me quedo patidifuso y Jodie me lo nota, girándose y observando lo que me impresiona.

―           Vaya, el rumor era cierto – comenta ella, con una sonrisita.

―           ¿Qué rumor?

―           Se comentaba que Calenda Eirre salía con un chico enano. Por lo visto, es verdad, ¿no?

―           No parece enano, más bien corto de estatura.

―           Es lo mismo cuando pretendes cogerte del brazo de una modelo como ella – en eso, Jodie lleva toda la razón.

―           Se la ve feliz – me encojo de hombros.

―           Se comenta que él es también español, de Cádiz. Un oficinista que trabaja en su agencia…

Eso explica el tono de su piel y el pelo lustroso. Es gitano. Sonrío y la desoriento. Jodie enarca una ceja, pidiendo explicaciones.

―           Pienso en todo cuanto se dice sobre este mundillo. Las relaciones de interés, las falsas bodas, las actitudes hipócritas… Ahí tienes algo verdadero. Ella no está con él por su dinero, por su posición, o por su bello cuerpo. Es amor verdadero – le digo.

Jodie abre la boca, intentando replicar, pero se queda mirando a la modelo, observando su sonrisa, sus gestos, su mirada, hasta que, finalmente, opta por terminar su copa y despedirse de mí.

¡Suerte, compatriota!, le deseo mentalmente, antes de caminar para rescatar a mi esposa.

Meterme entre una manada de borregos creídos y dispersarlos es algo que me pone bastante, y que hace tiempo que no hago. Katrina está integrada en un grupo de cinco hombres y dos mujeres; todos en edades que oscilan entre los veinticinco y los treinta y cinco años. No tengo ni pajolera idea de quienes son, pero supongo que nuevos diseñadores, ilustres ayudantes, o niños de papá con puestos ejecutivos de adorno.

El caso es que entro como un elefante en una cacharrería, aferrando una nalga a mi esposa para pasar un brazo por su cintura. Este gesto predica perfectamente a quien pertenece la bella rubia. Dos de ellos me miran con altanería, otros dos pliegan velas, y el quinto, quien estaba hablando, enrojece y se dedica a mirar intensamente su copa. En cuanto a las mujeres, reaccionan de diferente manera. Una arruga el ceño y curva sus labios, en una mueca de decepción; la otra no deja de repasar todo mi cuerpo con la mirada.

―           Hola – saludo a todos.

―           Es mi esposo Sergio — me presenta Katrina.

―           Recién casados – digo, con una gran sonrisa, enseñando el anillo. – Lo siento, me la llevo… es la hora de follar…

Mi vacilante inglés es suficiente para que todos me entiendan. Katrina me sacude un buen pellizco, pero está sonrojada y feliz. Los buitres se alejan, buscando una nueva presa. Me río de nuevo y beso a Katrina en el cuello.

―           ¿A qué ha venido eso? ¿Estabas celoso? – me pregunta ella, abrazándome por la cintura y hundiendo su barbilla en mi pecho.

―           Déjalos. No son más que carroñeros y tú, precisamente, no eres una presa débil – le digo, antes de besarle la frente. – Estamos en Nueva York y aún no hemos estrenado esta ciudad como se debe.

―           ¿Y cómo lo haremos? – me pincha ella.

―           Me encantaría follarte en uno de los bancos de Central Park.

Katrina clava su mirada en mí y la noto estremecerse. Parece que la idea no le disgusta.

―           ¿Sabes que el parque cierra a medianoche?

―           Por eso mismo. Está justo al lado y podemos ir andando. Estaremos de vuelta antes del cierre – la tengo casi convencida.

―           ¿Y si nos atracan?

―           ¿Bromeas? – le pregunto. – El parque es bastante seguro. Por lo que sé, hace años que se acabaron los atracos y violaciones. Además, me gustaría conocer al tipo que piensa atracarme él solo…

―           Sobrao – me susurra, besándome la barbilla. – Vámonos…

Mientras cruzamos la avenida, usando los pasos de peatones, Ras no deja de canturrear en mi cabeza. Es la letanía de los enanos de la película de Blancanieves, la de Disney:

―           Aiiibooo… aiiibooo… a follar, vamos a follar…

Últimamente, se está volviendo mucho más sarcástico e irónico. Es como tener al puto Andreu Buenafuente todo el rato en el coco. Llega a ser cansino, a veces. Le hago saber que si no se calla, voy a padecer un severo síndrome de esposa con dolor de cabeza, y me volveré al hotel. Mano de santo, oye. Ya no vuelve a molestar.

Katrina y yo nos internamos en uno de los senderos más cercanos ala QuintaAvenida.En los dos primeros bancos que encontramos, hay parejas instaladas, con la misma idea que nosotros. Se ocultan en las sombras de los árboles que los focos de amarillento mercurio generan. Más adelante, encontramos un sitio para nuestra fogosidad. El banco de madera y metal se encuentra bajo las ramas de un enorme sauce, lo que crea una zona oscura y oculta a las miradas.

―           Perfecto – indico.

―           No podrás verme – sonríe Katrina. – Está muy oscuro.

―           ¿A quien cojones le importa verte si puedo sobarte? – le palmeo el trasero, arrancándole un gritito y empujándola hacia el banco.

Se sienta y me coloco delante de ella, en pie. Aún con la oscuridad, distingo el brillo de sus ojos cuando alarga la mano y baja la cremallera de la bragueta. Está ansiosa, lo sé, el morbo la ha alcanzado. Su húmeda boca se lanza a la tarea, mimando mi miembro, calentándolo para lo que le espera. Aún sin estar rígido, Katrina se lo va tragando entero, poco a poco. Siempre le ha enloquecido masticar esa dúctil carne, con tacto y cuidado, pero es cierto que la mastica y la ensaliva, como si estuviera degustando un buen filete.

Me hace gruñir; ella sabe que eso me enerva, que sus dientes sacan un lado oscuro en mí, pero parece muy ansiosa esta noche… muy dispuesta. Le sacó la polla de la boca y, bastante morcillona, la restriego por todo su rostro. Katrina gime y se ríe, a la vez, intentando atraparla de nuevo con sus labios, siguiendo el movimiento circular que imprimo sobre su rostro. Ni siquiera utiliza sus manos para buscar mi miembro, pues no le he dado permiso. Su propia saliva resbala por sus mejillas, sobre su preciosa nariz. No parece importarle. Mantiene la boca abierta y la lengua fuera, como un pajarillo que espera la cena.

―           Ponme el coño en la boca – le digo, sentándome a su lado.

Se levanta casi de un salto y, colocando un pie sobre la madera, a cada lado de mis piernas, sitúa su pubis frente a mis ojos. Sus dedos remangan rápidamente el vestido de Valenciaga. Mis dedos apartan la blanca braguita de encajes, oliendo los flujos que empiezan a aparecer. Katrina flexiona sus rodillas, acercando su sexo a mi boca, y mi gruesa lengua se despliega, buscando el sabor de sus humores.

Sus piernas tiemblan, al sentir el roce de mi apéndice bucal. Deja escapar un gemidito reprimido. Abarco todo su trasero con mis manos, formándole un asiento donde puede sostenerse. Me dedico a pasar la lengua por todo su ansioso coño, como si fuese un animal en celo.

―           Cariño… me matas… — susurra, temblando.

Ni contesto, pues estoy por mi labor, que es, en ese momento, machacar su clítoris con la punta de mi lengua, sacándolo de su escondite, e irguiéndole cuanto es posible. Katrina jadea y se agita, teniendo que apoyar sus manos en mis hombros. Reconozco sus síntomas. Está a punto de correrse sin remedio. Con el primer espasmo, echa su cabeza hacia atrás, mirando a la luna entre las ramas, y exhala un gran suspiro. Sus rodillas tiemblan y ceden, apoyando toda su vagina contra mi boca. Introduzco mi lengua profundamente, recogiendo las últimas perlas de su orgasmo.

Sosteniéndola con una mano, le quito las bragas, mientras que ella jadea y se recupera. La siento sobre mi regazo, cabalgándome. Mi polla, ya erecta, se frota lentamente contra su vientre, bajo el vestido remangado. La noto tragar saliva, humedeciendo su boca. La ayudo, besándola lascivamente. Nuestras lenguas se afanan, llevando saliva de una a otra.

―           Te quiero – me susurra. – Eres mi hombre…

―           Yo también te quiero, vida.

―           Entonces, fóllame ya…

Creo que si Shakespeare hubiera escrito así sus versos de amor, otro gallo le hubiera cantando a Romeo y Julieta. Claros y directos. Aquí te pillo, aquí te mato.

Katrina incrementa su roce contra mi pene. Atrapo la base de mi polla con una mano, apuntalándola mejor contra su vagina. El roce se hace más intenso, casi es un punteamiento. Katrina bota sobre mí, jadeando.

―           Hazlo, mi rey, traspásame ya… — implora.

No puedo desatender esa súplica. Dejo que su coño atrape me glande, como una pequeña planta carnívora hambrienta. Lo engulle, lo traga con pasión. Con un fuerte movimiento de caderas, se clava más profundamente, a la par que jadea sobre mi rostro, nuestras frentes unidas. Katrina no es de las que se tragan toda mi polla, pero, esta noche parece dispuesta a llegar donde nunca se ha atrevido.

Se afana sobre mi regazo, moviendo todo su cuerpo, empujando con sus nalgas. Cuando no puede más con ese sistema, comienza a rebotar, cada vez con más fuerza. Sus quejidos, rematando cada embiste, son audibles en varios metros a la redonda.

No puedo ver los rasgos de su rostro, que quedan a contraluz, pero sé que deben estar tensos y forzados. Sin embargo, la escucho murmurar:

―           Tuya… toda tuya…

Le alzo los brazos y tironeo de su vestido hasta sacarlo, por completo, por encima de su cabeza. Una vez totalmente desnuda, la abrazo fuertemente, pegando sus brazos al cuerpo y dejando que sus perfectos pechos se deslicen sobre mi cara. Saco mi lengua, tratando de lamerlos sin que cesen en su movimiento.

Al mismo tiempo, aumento el ritmo de su cabalgata. Ya no son quejiditos lo que deja brotar de sus labios, sino un continuo gemido de zorra siendo clavada. Conociéndola como la conozco, sé cuando debo darle una fuerte palmada en las nalgas, lo que detona un rápido orgasmo que sirve de antesala para el definitivo. Este llega con mi propia corrida. Vaciarme en su interior, sentir mi semen chocando con su cerviz, amplifica uno de los últimos ecos de su segundo orgasmo. La ola de placer definitiva la agita como una epiléptica, haciéndola balbucear mientras sus dedos se clavan en mi nuca, con fuerza.

A cada trallazo de esperma, le he susurrado un “te amo” en el oído. Cuando acabo de correrme, le mordisqueo el lóbulo, haciéndola reír. Me besa en cada mejilla y responde:

―           Soy feliz, Sergio.

Esas simples palabras ponen un nudo en mi garganta. Coño, no sabía yo que fuese tan emotivo.

―           Venga, nena, vístete que nos vamos para el hotel. Voy a estar follándote toda la noche. Tendremos que pedir pomada con el desayuno, ya verás…

CONTINUARÁ…

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