JANIS MULLIGAN

El compromiso

Me tomo despacio la sopa, conciente de que hay muchos ojos curiosos plantados sobre mí. Al vaciar el plato, alzo la cabeza y sonrío a Gru, que me mira sin esconder su admiración. Está sentada frente a mí, jugueteando con su cuchara en la sopa.

La amonesto con una mirada y, con una tímida sonrisa, vuelve a tragar. Es la menor de los niños de La Facultad, con apenas siete años. La han traído de las estepas de Siberia, desnutrida y siempre asustada. Juni ha tardado casi tres semanas en tranquilizarla y que aceptara una compañera de habitación.

Sin embargo, casi desde el primer día, ha sentido curiosidad por mí, mirándome de reojo, como espiándome. Aún no conozco el motivo pero parece que confía en mí. Quizás es debido a mi estatura. Podría representar el papel de gigante bueno para ella, o algo así. ¿Quién sabe lo que una niña de esa edad y en sus condiciones tiene metido en la cabeza?

Perdió a su familia en un incendio, cuanto tenía cinco años. Sus parientes, una familia nómada, no disponían de recursos para abarcarla también a ella, así que la dejaron en un destartalado centro social del estado. Durante dos años, Gruchenka aprendió cual era su sitio en su nuevo hogar. Al principio, tuvo la vana esperanza de que alguna familia la acogiera, como había visto que sucedía con los más pequeños, pero la realidad es que ella era una discriminada niña siberiana, demasiado mayor para ser educada con facilidad.

Ha terminado con su sopa y me imita, la espalda contra la silla, la cabeza erguida. Le saco la lengua y Gru me devuelve el gesto. Sus oscuros ojos rasgados chispean con un brillo que no vino con ella. Tiene una naricita en botón, respingona y una sonrisa bonita y franca. Su cabello, corto y pardo, es lo que queda de la maraña enredada que traía. Juni tomó la decisión de pelarla muy corto para que volviera a crecer parejo. No sé en que tipo de institución estuvo, pero no parece ser de las más educativas. Gru, con respecto a eso, no ha querido contarnos aún nada de cómo vivía allí. No hay que ser diplomado para sospechar de abusos y malos tratos. Ya saldrá todo en su momento.

Katrina entra en el comedor de La Facultad, en ese momento, y, sin que nadie lo ordene, todos los niños se ponen en pie, saludándola. Katrina se ríe, acariciando las cabezas de cuanto encuentra a su paso. Estamos todos sentados en dos grandes mesas redondas. Iván, el chico rubio a mi lado, le ofrece su silla, pero Katrina, con una sonrisa, le indica que no le hace falta. Se sienta sobre mi muslo, arrancando algunas risitas de los más cercanos, y me coloca los brazos alrededor de mi cuello.

―           Las chicas estamos reunidas en tu despacho – me comenta, mirándome los labios.

―           ¿Debido a qué? – enarco una ceja.

―           Necesitábamos los planos del Palacio de Godoy para ver si necesita alguna modificación interna antes de que empiecen a reconstruirlo.

Pam y ella se lo han tomado en serio y me alegra considerablemente. Son imaginativas y decididas. Disponer de tus propias diseñadoras tiene muchas ventajas.

―           Está bien. Bajaré en cuanto acabe de cenar. – señalo con la barbilla la llegada de una de las doncellas, que comienza a retirar los platos hondos. — ¿Habéis cenado vosotras?

―           Nos hemos comido unos emparedados que Sasha ha traído. Estábamos demasiado inspiradas como para perder el hilo.

―           Comprendo – susurro antes de besarla. Un musical murmullo nos rodea. Los chicos nos tienen bastante estima.

Katrina se marcha e Iván aprovecha para preguntarme sobre cuando podrá ir al colegio. El chico tiene doce años y es el más veterano del grupo. Está avanzando bastante con su castellano, pero ahora me habla en una mezcla de ruso y lituano. Proviene de un orfanato de Vilnius, la capital de Lituania. Sacó uno de los mayores C.I. en las pruebas que nuestra gente ha promovido en las instituciones y, por eso mismo, fue traído aquí. Víctor quería lo mejor para su proyecto.

―           En un par de meses, estarás preparado para integrarte con los chicos españoles. Entonces, te matricularemos en un instituto. ¿Te parece bien?

―           Si, tévas Sergio – responde, usando el apelativo lituano de “padre”. La mayoría de ellos, me llaman así: padre Sergio.

―           Mientras tanto, debes ocuparte de que tus hermanos se aclimaten y se preparen para seguir tus pasos.

―           Lo sé, me dedico a ello todo el día.

―           Así me gusta – le digo, despeinando su cabello rubio. En verdad, parece más un sueco que un lituano, con ese vello casi blanco en sus pestañas y cejas y su piel enrojecida.

Al término de la cena, bajo a reunirme con las chicas. Las sorprendo volcadas sobre un gran plano. Elke está sentada directamente sobre la gran mesa de mi despacho, con las piernas abiertas y enseñándome las braguitas. Solo lleva un liviano camisón, al igual que mi hermana. Katrina, por el contrario, lleva la misma ropa de calle que portaba antes.

―           ¿Qué trajináis? – les pregunto.

―           Hemos decidido recuperar los jardines y la piscina de los patios interiores – me informa Pam.

―           Si, se acondicionará para formar un invernadero con piscina climatizada – añade Elke, con una sonrisa.

―           Muy bien. ¿Alguna reforma más?

―           Cambios mínimos, como la integración de la calefacción o el cambio de suelos pétreos por madera. Por lo demás, la disposición del palacio para abarcar una academia del tipo que queremos, es casi perfecta – me dice Katrina, aferrándome por la cintura y acercándome a la mesa.

―           Me alegro. ¿Cuánto tiempo durarán las obras?

―           No menos de siete meses – suspira Pam. – Demasiado tiempo.

―           Bueno, podríamos empezar con la selección de las candidatas e iniciar el curso en otro lugar, aunque sea de forma momentánea – explica Elke.

―           Me he perdido. ¿De qué hablas? – me giro hacia ella.

―           No podemos esperar casi nueve meses para empezar con el cambio del Años 20 – me comenta Katrina. – Hemos pensado en buscar chicas con unas ciertas características y educarlas para ser amazonas. Podríamos usar esta mansión. Tenemos sitio de sobra.

―           Bueno, la casa es tuya y tú decides. Pero, ¿por qué tanta prisa?

―           Porque necesitamos dividendos. Por culpa de los ataques de Nikola, nos vemos sometidos a grandes gastos. Debemos aprovechar esta tregua para rehacernos económicamente. El club de Lisboa va a necesitar mucha liquidez – noto a Katrina irritada por mi corta vista. Bufa cuando sonrío, descubriendo que la estaba probando.

―           Está bien. ¿Cómo pensáis buscar las candidatas? – dejo caer.

―           Repartiremos un memorando por cada uno de nuestros negocios, entre nuestras chicas. Cualquiera de ellas puede inscribirse en las pruebas – dice Pam, poniendo una de sus manos sobre el muslo de su amante.

―           También podríamos hacer pruebas como las que tienen que pasar los hombres para ser soldados – apuntó Katrina.

―           ¿Para los clientes? – me sorprendo.

―           ¿Por qué no? Necesitamos una clase de mujer muy específica. No abunda tanto y menos entre las putas, que suelen ser más sumisas.

―           Tienes razón. Así que la selección estaría abierta al público, ¿no?

―           Si, sería lo ideal – musita Elke.

―           Las seleccionaremos, las traeremos aquí y las probaremos. Las más indicadas se quedaran para iniciar el curso – Katrina ya está ideando los pasos.

―           ¿Qué curso? – puntualizo.

―           Ya me he puesto en contacto con una psicóloga que trabajó para mi padre. Trató mi conducta unos años…

―           No tuvo mucho éxito la pobre – sonrío, ganándome un golpe en el hombro.

―           El caso es que está interesada en el proyecto y me ha prometido diseñar unos pasos necesarios para acentuar el carácter. Según su opinión, necesitaría trabajar con las chicas un par de meses para que aumentar los rasgos psíquicos necesarios.

―           Durante ese tiempo, el Años 20 podría modificarse y adecuarse a su nuevo look – alza las manos Elke. – Tenemos unas cuantas ideas sobre eso.

―           Está bien. Queda todo en vuestras manos, pero informarme de los progresos. ¿Habéis pensado en algo para Lisboa?

―           Queremos comentarte un par de cosas, solo para ver si tú también ves su potencial – me dice Katrina, enrollando el plano del palacio de Godoy, mientras Pam se pone a teclear en mi ordenador.

―           Esta es la situación de la parcela que compraste, con Anenka, en el Parque de las Naciones, en la capital lusa – me dice mi hermana, girando el monitor.

Cien hectáreas de terreno quedan delimitadas en rojo, entre el Instituto Portugués de Administración y Marketing y la Escuela Superior de Actividades Inmobiliarias.

―           Vamos a tener unos ilustres vecinos – bromeo.

―           Jugando a imaginar, hemos llegado a pensar en un espacio abierto y enorme, donde se pueda recrear una idea, como en un parque de atracciones – empieza mi hermana. – Lo ideal sería un tema histórico, que pudiéramos reconstruir en distintas direcciones.

―           Ya tenemos clubes históricos, como La Villa– la corto.

―           Tienes razón. Tomemos La Villa como ejemplo – toma el relevo Katrina. – No la he visto con mis propios ojos, pero sé que representa una fiesta romana sin fin: comida, bebida, esclavas…

―           Si, así es.

―           Pero eso no es un periodo histórico, sino apenas un acto de la sociedad patricia. ¿Qué hay de los otros hechos? ¿Dónde queda el mercado de esclavos o los baños termales? ¿Qué hay de los espectáculos del Coliseo? ¿De las grandes batallas de las legiones?

―           Eso no se puede hacer en un club – niego con la cabeza.

―           ¡Exacto! – exclama Pam. – Pero, ¿por qué no juntamos el club y la mansión y hacemos algo grande, como un parque temático? Espacio hay de sobra.

―           ¿Los dos negocios juntos?

―           El uno apoyado en el otro – se ríe Elke.

―           Pero nuestro negocio es el placer y el vicio. Algo así, tan abierto… sería rápidamente descubierto y criticado.

―           Las leyes sobre prostitución en Portugal son más relajadas que las españolas – la voz de Denisse me sorprende al entrar en el despacho. – Me he puesto al día.

―           Es bueno saberlo, Denisse – le sonrío.

―           A ver, sigamos con el ejemplo. Disponemos de un gran recinto, donde podemos recrear un tema a nuestra satisfacción, por un periodo largo, quizás un mes, o dos – plantea mi hermana. – En este momento, estamos con el Imperio Romano. Analicemos primeramente el público que podemos atraer. ¿Quién vendría a ver un parque temático dedicado a los romanos?

―           Académicos de la Historia– apunta Elke.

―           Si, por supuesto, un buen sector culto y académico; personas de mediana edad, de buena posición social y económica. ¿Quién más?

―           Forofos de la época – dijo esta vez Katrina.

―           Fans históricos, que hay a miles. También de una edad mediana y una situación pudiente. ¿Se os ocurre algún público más?

―           Podemos descartar los jóvenes – digo. – Ese tema no suele atraerles.

―           A no ser que sea como una película, ¿no? – se ríe Pam. – A todos nos gustó Gladiator, creo.

Asiento, riéndome también.

―           A eso me refiero, interacción – me señala con un dedo. – Hagamos una película en la que el público pueda participar y hasta modificar.

―           ¿Sabes cuanto costaría una cosa así? – intento frenarla en su entusiasmo.

―           Mucho, lo sé, pero piensa tú también a lo grande. A todo cuanto estamos hablando, añade que puedes tocar, oler y saborear todo cuanto veas, estimulando tus sentidos. Y, sobre todo, que no va a ser un parque temático para niños, no señor… Imagínate observando la recreación de la pasión de Cristo, con todos los detalles. ¿Sabes cuanta gente viaja a Riogordo, un pueblecito del interior de Málaga de apenas dos mil habitantes para ver su representación de Pascua? ¡Quinientas mil personas en una sola función, que dura seis horas y donde participa todo el pueblo! Pero eso solo es el pueblo llano…

―           ¿A qué te refieres? – me está dando miedo como piensa mi hermana. Nunca he conocido esa faceta suya.

―           Ese sería el público en general. Luego podrían estar los socios…

―           ¿Socios?

―           Por una cuota anual, te podrías asegurar un puesto más ventajoso, como una tribuna, o algo así. También optarías a disponer de compañía, de tu propia esclava…

―           No estaría mal que te la mamaran suavemente mientras clavan a nuestro Señor en la cruz, ¿eh? – bromea Katrina.

No sé qué decir, pero voy comprendiendo lo que sugiere Pam.

―           Ahora, intenta abarcar un calendario de actos para cuarenta días, pongamos. Un fin de semana para la crucifixión; otro para el espectáculo del Coliseo, con gladiadores, fieras, y lo que imagines; y el apoteósico final de la quema de Roma a manos de Nerón, para despedir el ciclo histórico. ¿Cuánta gente se podría atraer con la publicidad adecuada? Y no solo del país, sino de Europa. ¿Cuántos socios derrocharían sus fortunas, en noches de bacanales y orgías, en apuestas ilegales y en degustaciones prohibidas? Estamos hablando de fines de semana, pero el parque no cierra entre semana. Los espectáculos son menores, por supuesto, pero las opciones son aún enloquecedoras. Puedes sumergirte en la todos los aspectos de la vida romana, con sus placeres y sus desfases, cualquier día de la semana…

―           Dios, Pam… ¡Es algo gigantesco!

―           Lo sé. Se sale de nuestras manos – murmura Katrina.

―           Piensa que se pueden organizar cinco o seis eventos de esta clase, al año, con una temática totalmente diferente. La Revolución Francesa, la conquista de América, la construcción de las pirámides… ¡Se podría reconstruir cualquier gran catástrofe de la humanidad, atrayendo a cientos de miles de morbosos del globo! – acaba agitando sus manos Pamela.

―           ¿En qué piensas, Sergio? – me pregunta Katrina, viendo como clavo mis ojos en la pantalla.

―           Que esas cien hectáreas se quedan pequeñas para esta idea. Denisse…

―           ¿Si? – se gira hacia mí.

―           Quiero que mañana llames a Fátima Urides y negocies la compra de las otras dos parcelas que quedan yuxtapuestas.

―           Por supuesto – me contesta, risueña.

Creo que nos ha entrado a todos la fiebre del oro, porque nos estamos volviendo locos con los nuevos proyectos. ¿Cuánta gente nos va a hacer falta para controlar todo ello? Habrá que agrandar nuestro centro de reclutamiento…

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Contemplo a Katrina nadar en la piscina cubierta de la galería trasera. Lo hace lánguidamente, sacando apenas un brazo del agua para dar la brazada. Sus pies se mueven rítmicamente, las largas piernas batiendo bajo el agua. Estoy sentado en el borde, con los pies metidos en el agua a veintiséis grados.

Intento seguir el contorno de su cuerpo desnudo, pero se difumina con el movimiento del agua. Como una sensual sirena, se desliza hasta aferrarse a uno de mis tobillos, manteniéndose a flote. Me mira, mientras escupe agua.

―           Vanidosa – le susurro.

―           Tío bueno – me responde, sacándome la lengua.

Yo aprendí a nadar en una charca. Luego, con un poco más de confianza, me saltaba la alambrada vecina y me bañaba en el pequeño lago de la comunidad hippie, siempre a solas. Por lo que mi estilo es más perruno que otra cosa. No quería enseñar mi cuerpo fofo y enorme a nadie más, ni disponía de amigos para hacerlo.

―           Ven… vamos a jugar – alarga la mano Katrina, mordisqueando el aire al mismo tiempo.

Estoy dispuesto a obedecerla cuando un taconeo conocido resuena. Denisse, vestida con un ajustado traje masculino, blanco crema, y una amplia pamela oscura, que se bambolea elegantemente sobre su cabeza, penetra en la galería.

―           Has regresado con rapidez – le digo.

Denisse perfila mi cuerpo con detenimiento mientras que esa sonrisa sardónica tan suya aparece en sus labios.

―           He traído la documentación para que la firmes. He conseguido el mismo precio. Recuerdos de Fátima.

―           Perfecto. ¿Por qué no te unes a nosotros? Un baño te relajará.

Sus ojos se posan sobre Katrina, la cual flota de espaldas, mirándonos. No se ha decidido aún a entrar en nuestro círculo. Katrina le habla suavemente:

―           El agua está estupenda, Denisse, y no hace falta que te pongas un bikini.

Denisse asiente, algo ruborizada, y se quita la pamela, dejándola en el suelo. Su traje sigue el mismo camino, revelando su cuerpazo. Se ha dejado un minúsculo penacho albino sobre su pubis. Extraño y elegante, a la vez. Devoró con la mirada esas vibrantes nalgas cuando se acerca al borde. Casi no levanta salpicadura cuando su cuerpo entra en el agua, por lo que me da vergüenza lanzarme detrás. Bajo por la escalerilla y me reúno con ellas.

Con mi estatura me es fácil mantenerme a flote, aposentando en el suelo de baldosas la punta de mis dedos. Katrina se cuelga de mi cuello, abarcando mi cintura con sus piernas. Denisse chapotea detrás de mí, buscando el modo de acercarse a nosotros. Katrina se ocupa de eso, enseguida. Alarga una mano sobre mi hombro, a la que la abogada se acoge. La búlgara atrae su cuerpo hasta que se pega a mi espalda. Sus manos afirmándose sobre mis hombros. ¡Hala, he aquí el hombre sándwich!

Siento las piernas de ambas chicas, corcoveando sobre mi cuerpo, deslizándose por mis propias piernas, devolviendo sus mutuas y fugaces caricias. Los labios de Denisse mordisquean mi oreja; Katrina hunde su rostro en el hueco de mi cuello. Camino despacio hacia el centro de la piscina, donde el agua cubre menos. Necesito dejarles piel al descubierto…

Una de las manos de Denisse se apodera de mis glúteos. Primero es una caricia, siguiendo el contorno de la curva; después, noto como su mano desea tallar mi carne, manipular su esencia en un capricho erótico que la asalta, en ese momento. Katrina, en cambio, deja caer su cuerpo casi ingrávido, atrapando mi miembro, el cual se estira libre en el agua. Cabalga sobre él, frotando su entrepierna, mientras no cesa de besarme.

Mantengo una mano delante, bajo las nalgas de Katrina, y otra detrás, ocupada en cosquillear el coñito de Denisse. Mis saltitos nos han ido acercando al sumergido borde de la piscina.

―           Creo que vosotras dos aún no habéis sido presentadas formalmente, ¿no? – digo con sorna.

―           No. La verdad es que papá no dejaba acercarse a ella – sonríe Katrina.

―           Tenía sus motivos, créeme – responde Denisse.

―           Bueno, pues ahora es el momento – digo, girándome y dejando a Katrina entre los brazos de la abogada.

―           ¿Te atreves? – le pregunta Katrina en un susurro, mirándola a los ojos y apoyando sus manos en la desnuda cintura de Denisse.

―           Creo que si, Katrina – responde la albina, con otro murmullo.

Cuando salen las cosas así, no me queda más remedio que darle gracias a la vida.

―           O a mí, capullo.

Bueno, no debo olvidar jamás al otro ocupante de la cabina, mi reverso tenebroso, jajaja… ¡Siempre he querido decir eso! Pero ahora, no es el momento de perderme en discusiones filosóficas; no cuando tengo a dos bombones morreándose, pegadas a mi cuerpo desnudo. Katrina y Denisse se están comiendo la boca como si se tratase de un casting para una película porno. Se devoran mutuamente, entrecruzando sus cálidas y húmedas lenguas. Ronronean suavemente al aspirar sus salivas. Denisse apoya su espalda contra el mosaico de la pared y Denisse se incrusta literalmente contra la carne de su partenaire.

Katrina, al notarme como mi miembro se frota contra sus nalgas, eleva una mano que me atrapa por la nuca. Entonces, ladeando su cuello, me entrega sus labios, alternando así sus besos entre la abogada y yo.

De repente, con un ágil impulso, Denisse se alza hasta depositar sus nalgas en el reborde, quedándose sentada. Sus piernas se abren, entregando su sexo a la voracidad de su compañera. Ni siquiera tiene que pedirlo. Katrina coloca las manos sobre los abiertos muslos, sintiéndose atraída por el inaudible canto de sirenas que desprende la vagina francesa. A pesar de que el nivel del agua casi alcanza el sexo, Katrina lame casi con ferocidad, haciendo que todo el cuerpo de Denisse se tense.

―           Ooh, Dios mío… ¡que lengua! – consigue balbucear, antes de cerrar los ojos y abandonarse a la ardiente sensación.

Para no molestar demasiado, decido utilizar el culito expuesto de la rubia. Katrina tiene el ano más elástico aún que la vagina, dado las innumerables veces que lo he usado. Al no disponer de lubricante, solo del agua, lo hago con mucho cuidado y lentitud, lo que hace que no la moleste apenas en su lamida de coño. Denisse emite ruiditos agudos y largos, como el gemido de un cachorrito de perro, a cada pasada de lengua. Sus caderas se levantan por si solas, respondiendo mudamente a la enloquecedora experiencia.

A punto de colapso, me mira con los ojos entornados. Alarga una mano, que me acaricia la mejilla y me atrae hacia ella. Denisse se inclina todo lo que puede, encerrando el rostro de Katrina entre sus muslos, y me muerde el labio en el momento en que el orgasmo la alcanza de lleno. Se corre, volcando el gruñido en mi boca, un dulce quejido incomprensible, que me altera todo.

Como respuesta, culeo, embravecido, en el interior de Katrina, la cual acaba apoyándose en los muslos de la abogada, cerrando los ojos, vencida por la amorosa presión. No tarda en correrse también mientras un dedo de Denisse juega en su boca, entrando y saliendo.

Denisse se pone en pie mientras yo abandono el trasero de Katrina, y forma una alfombra con los gruesos albornoces, dispuestos en una cercana percha. Se tumba de espalda en ellos, afirmándose sobre sus codos para desafiarme con la mirada. Salgo del agua, usando la escalerilla, sin dejar de mirarla a mi vez. Ella se abre de piernas, mostrándome su coñito con penacho. Quiere carne en su interior.

Me entrego a ello en cuerpo y alma, traspasándola firmemente. Aúlla y se estremece, bajo mis embistes. Katrina se alza en pie sobre nosotros, salpicándonos con el agua que escurre de su cuerpo desnudo. Se arrodilla a nuestro lado, admirando la expresión de goce que aparece en el rostro de la abogada.

―           Se está corriendo viva – murmura, con un deje de envidia.

―           S-siiii… – intenta responder Denisse.

―           Mala puta – sonríe Katrina, pellizcándole los pezones con fuerza.

Una hora más tarde y tras varios orgasmos conjuntos, me dedico a tomar el sol tras las vidrieras del solarium, mientras las admiro. Están tumbadas a un par de metros de mí, compartiendo una gran hamaca. Sus piernas no dejan de enlazarse, de curvarse y entremezclarse, agitando caderas y uniendo pechos. Parecen no hartarse la una de la otra. Continúan besándose y acariciándose, lánguidamente, sin pausa. Dejan escapar sonidos húmedos y excitantes, tanto de sus gargantas como de sus zonas más íntimas. En cierto momento, me recuerdan dos serpientes concupiscentes y enfermizas, que necesitan el puro placer para seguir vivas.

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Es el desayuno de los domingos. Bueno, es más un brunch a la española, puesto que son más de la doce del mediodía cuando nos encontramos todos en la gran mesa del comedor. Es casi una costumbre en la mansión, desde que Víctor fue encarcelado.

La noche anterior he salido con Pam y Elke y les he enseñado como funciona el Años 20, tras las bambalinas. Mariana les ha hecho el Tour interior mientras yo charlaba con Pavel. Pam tiene razón. El Años 20 solo atrae un público burgués y demasiado maduro últimamente. Es hora de cambiar. Pavel está de acuerdo conmigo, aunque no sabe a qué cambios me refiero.

Debo decir que tenía unas ganas enormes de tirarme de nuevo a Mariana, así que aproveché la ocasión, compartiéndola con mi hermana y su novia. Mariana se excitó muchísimo al saber el parentesco que me une a Pam. Mientras se corría, me susurraba que era lo más morboso que había hecho nunca.

Cuando llegamos a la mansión, nos encontramos con Katrina, Denisse, Patricia y Niska metidas en la cama grande, enredadas como anacondas lujuriosas. No quisimos molestarlas, así que nos fuimos al dormitorio de mi hermana, donde pasé la noche. Así que, cuando bajamos a desayunar, habíamos estado separados toda la noche. Eso y la extraña actitud que muestran tanto Katrina, como Patricia y Denisse, me escama. No sé qué ocurre, pero parecen nerviosas y alteradas.

―           A ver, chicas… ¿Qué os pasa esta mañana? – pregunto, soltando los cubiertos en mi plato, con un fuerte ruido.

Katrina se sobresalta pero mantiene el control de su cuerpo. Tan solo cierra los ojos y suspira. Denisse aparta los ojos de los míos e intenta captar la mirada de Katrina. Patricia, por su parte, sonríe suavemente y sus mejillas enrojecen. No sé por qué, pero me recuerda al instante en que Pam me habló de sus sentimientos por Elke. ¿Se habrán enamorado estas también?, pienso, por un segundo. No me hace ni chispa de gracia. Con una parejita ya hay bastante.

―           Verás, Sergio. Anoche, Denisse y yo estuvimos cambiando impresiones. Las dos tenemos conocimientos de la organización y de lo que ello implica. No lo habíamos hecho hasta el momento y decidimos comparar nuestros puntos de vista…

―           Me parece perfecto – respondo, uniendo los dedos de las manos debajo de mi barbilla.

―           El caso es que hablamos de lo que le pasó a Maby y de los otros ataques y, de paso, de lo que podría pasarme a mí…

―           Por mucha protección que dispongas, Katrina puede ser víctima de un atentado – Denisse lo dice con todas las letras. – Ya no quedan más descendientes directos de los Vantia. Basil es un hermanastro, por parte de madre, así que no cuenta para la herencia. Eso significaría que Anenka, a pesar de las restricciones testamentarias, podría recuperar todos estos bienes, legalmente, si a Katrina le sucediese algo irremediable.

―           ¡No puede ser! – exclamo.

Denisse se encoge de hombros.

―           Anenka ha quedado debilitada, sin apoyo, pero eso no quiere decir que no nos siga odiando. Puede intentar un golpe desesperado… si Katrina muriese sin descendencia, Anenka habría ganado.

Nos quedamos todos callados. Miro a Katrina, que tiene los ojos clavados en su plato. ¡Vaya mierda de conversación para un domingo por la mañana!

―           Tiene razón y lo sabes. Te has negado a escucharme y a pensar sobre ello, pero negarlo no hace que desaparezca.

―           ¿Qué proponéis? – les pregunto.

―           Lo he estado consultando con Denisse, con toda confianza, y solo hemos encontrado una solución que permita proteger la organización y los bienes – retoma la palabra Katrina.

―           ¿Cuál es?

―           Casarme.

Me deja con la boca abierta. Patricia deja escapar una risita. Hasta Basil, que estaba bebiendo su café, lo desparrama sobre el mantel al toser inevitablemente.

―           ¿C-casarte? ¿Con quién? – balbuceo, como un alelado.

―           Pues con alguien que pueda proteger toda mi herencia, alguien fuerte y decidido en el que confíe plenamente – dice ella, con una sonrisa. — ¿Conoces a alguien que tenga esas cualidades?

―           Esto es el mundo al revés – comenta mi hermana, elevando los ojos al techo.

Katrina se levanta de su silla para poner una rodilla en el suelo, justo a mi lado. Sus manos atrapan las mías y me mira a los ojos. La garganta se me cierra, palabra. Siendo un hormigueo en la nariz y la vista se me enturbia. ¡Joder, no quiero llorar, pero me ha pillado por sorpresa, la maldita!

―           Sergio Talmión, has sido mi maestro y mi dueño, me has hecho mujer y me has enseñado a respetar y a querer… ¿Quieres ser ahora mi esposo para proteger mi legado? – lo suelta de un tirón, con una entonación que me pone los pelos como escarpias. No creo que sea una interpretación. Lo dice con sentimiento, con sinceridad.

―           No solo para proteger tu legado, sino para cuidarte y amarte, Katrina. Lo sabes perfectamente – le contesto, sin pensarlo.

―           ¡VIVA! – chilla Patricia, tirando la servilleta por el aire, arrancando los gritos de las demás.

Pam me besa la mejilla y palmea mi hombro. Noto las manos de todos intentando tocarme y darme golpecitos, mientras las felicitaciones nos rodean. Me pongo en pie y alzo a Katrina, abrazándola estrechamente. Sus labios besan mis párpados. La emoción recorre mis venas, con una fuerza y plenitud que ni siquiera sospechaba. Katrina siempre me ha gustado, desde el primer día, como me gustaban otras. Quizás es más bella y ha sido más dura de conseguir, pero, hasta hace muy poco, no imaginé que se hubiera metido tanto en mi piel.

Me da cierta vergüenza afirmarlo, pero lo que siento por Katrina, cicatriza el dolor por la perdida de Maby. Nunca la olvidaré, pero el cariño de Katrina mitiga el sufrimiento.

―           Es la solución más evidente. Tú eres quien dirige el imperio de su padre y ambos os queréis. Es el siguiente paso a dar, para acceder legalmente al trono, Sergio.

“¿Qué trono, ni que hostias? ¡Me ha pedido la mano y he respondido que si!”, le respondo con una feroz alegría.

Me siento, a punto de perder la cabeza, y Katrina aterriza sobre mis rodillas, rodeándome el cuello con las manos.

―           ¿C-cuándo…? – no me sale la pregunta.

―           Cuanto antes, cariño. No podemos perder tiempo.

―           Pero…

―           No necesitamos una gran boda. Además, tampoco tenemos que invitar a tanta gente. Yo no tengo familia, más que a Basil, así que invitamos a tu familia, a nuestros amigos, y a los compromisos sociales, que se pueden contar con los dedos de las manos.

―           Si, eso es verdad.

―           Podemos celebrarla aquí, en la mansión. Disponemos de capilla y todo.

―           Además, no tenéis que buscar apartamento, ni muebles – bromea mi hermana.

―           Bien dicho, cuñada – exclama Katrina. — ¿En quince días?

―           ¿Q-quince días? – parece que es la fecha de mi ejecución. “¡Eres demasiado joven para casarte!”, escucho la voz de mi madre en mi cabeza. – ¡Por supuesto, quince días! Mañana me pasaré por el registro del juzgado y lo preparo todo.

Me detengo a pensar que todo esto lo han organizado Katrina y Denisse, al dormir juntas. ¡Eso me pasa por querer que fueran amiguitas!

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―           Hola, madre – la saludo cuando Pam me entrega el auricular.

―           Hola, Sergio. ¿Qué tal estás?

―           Bien, todo va bien. ¿Y vosotros?

―           También. Tu padre ha recaído con el lumbago, pero Saúl puede con todo.

Sé que mi hermano no me ha fallado desde aquella charla que tuvimos, antes de venirme a la capital. Se ha volcado en la granja y la cosa parece funcionar. Hablo con mi madre cada quince días. Pam, en cambio, llama cada semana y es quien suele comunicar las noticias en ambos sentidos. Pero, esta vez, la noticia debo darla yo. ¿No os parece?

―           Pamela me ha dicho que tenías que decirnos una noticia importante – siento la voz de madre ansiosa, aunque no preocupada. Aún cree que trabajo de chico de confianza para un rico extranjero.

―           Si, madre. Me caso en quince días – suelto la bomba de improviso.

Por un momento, no hay respuesta. Escuchó la respiración agitada de mi madre. Finalmente, con voz estrangulada, pregunta:

―           Sergio… ¿qué es eso de que te casas?

―           Pues eso. He conocido a una chica y nos casamos.

―           Pero… ¿Así, tan de repente? ¿Es que está embarazada?

―           No, no, madre – le digo, riendo. – No está encinta. Se llama Katrina y es la hija de mi patrón. Una chica de mi edad, muy hermosa y decidida. Queremos casarnos tan urgentemente debido a una cuestión de documentos y nacionalidad.

―           ¿Un arreglo?

―           Algo así, madre, pero nos queremos de verdad. No te preocupes.

―           ¿Y dónde va a ser la boda?

―           La celebraremos en la capilla de la finca. Habla con padre. Si queréis enviaré un coche para que no tengáis que conducir.

―           Está bien. Dile a Pamela que se ponga. Tengo que hablar con ella.

Eso quiere decir que madre la asaetará a preguntas, sonsacándoles los detalles que yo jamás le diría. Bueno, así es mejor. Las mujeres se entienden entre ellas. Yo ya he cumplido, comunicándole la noticia.

―           Pam, te toca. Limítate a contarle lo que hablamos – le digo a mi hermana, pasándole el teléfono.

―           Claro, hermanito.

Dejo a Pam contándole a madre lo que debe saber sobre Katrina y su familia, y me traslado hacia la enorme cocina. Sé que Katrina estará allí, organizando detalles sobre el banquete. No me equivoco. La encuentro compartiendo ideas con Carmina, nuestra cocinera, quien se ha ofrecido a preparar todo el catering.

―           ¿Qué te parece una mariscada tras los entrantes? – me pregunta Katrina, aferrándose a mi brazo.

―           Lo que decidas me parecerá perfecto.

―           ¡Pero que no falte el vodka!

―           Vodka en abundancia para Ras – comunico.

―           He dispuesto caviar y salmón para él – se ríe Katrina.

―           ¡Que se joda! A mí no me gusta – gruño. – He hablado con mi madre…

―           ¿De verdad? ¡Tengo muchas ganas de conocer a tu familia! – se cuelga de mi cuello.

―           He dejado que Pam le cuente lo que necesita saber. Ya sabes, de dónde eres, quien era tu padre, la pasta que tienes… Todas esas cosas que tranquilizan a unos padres – le digo, en plan sarcástico.

―           Bueno, cuando vengan, tendrán la seguridad de que has dado todo un braguetazo – me responde ella.

―           Voy a buscar a Basil. Le necesito para abrir una multiconferencia. Tengo que invitar a todos nuestros socios europeos.

―           ¿Estás seguro, Sergio? Es nuestra boda, no una reunión de negocios – me dice, haciendo un mohín.

―           Ya lo sé, cariño. Pero tú eres una de ellos, y, seguramente, no todos los días se casa un socio de la organización con su lugarteniente, ¿no? Digamos que es motivo de celebración.

Ella se encoge de hombros, incapaz de negar ese razonamiento.

―           Está bien. Que procuren confirmar su presencia. ¿Qué hay de los gerentes?

―           Le he estado dando vueltas a ese asunto – la aferro de la cintura y caminamos fuera de la cocina. – Esta organización necesita unos vínculos que la afirmen, que se diferencie de como era llevada por tu padre. Sería un buen principio invitarles y tratarles con afecto, ¿no crees?

―           Si, pienso igual.

―           Bien, entonces les llamaré para comunicarles el evento e invitarles – le digo.

Los días pasan raudos, manteniéndonos inmersos en los preparativos. Katrina debe solicitar toda su documentación a Bulgaria, a través de la embajada, para que el juzgado prepare el acta de matrimonio. Por mi parte, consigo confirmar la presencia de todos los socios europeos, junto con sus familias. Esto conlleva a incrementar el nivel de seguridad, por lo que uso a casi todos los chicos del centro de reclutamiento. La finca queda blindada, una semana antes de la boda.

Hemos decidido que el banquete se celebre en los jardines, debido al buen tiempo. Se colocan carpas y diversos elementos de intimidad, como biombos de bambú y cortinajes, que impiden que cualquier oteador pueda discernir nada en claro.

Nuestros gerentes se han quedado un tanto tocado por la invitación. Hasta el momento, Víctor no les había brindado la mínima confianza ni amistad. No conocen a Katrina, pero recuerdan mis visitas y mis ganas de mejorar los negocios. Todos ellos me confirman su asistencia, sobre todo los hermanos Josspin, los gerentes mellizos del Purgatorio, con los que me une una buena amistad y otros asuntos.

Por otra parte, he enviado Juni a comprar ropa de gala para todos los chicos y chicas de La Facultad. Katrina ha insistido en que asistan a la boda, pues sabe que esos niños se han convertido en parte de mi familia.

Mi familia llega a la mansión, cinco días antes de la ceremonia. He enviado una limusina con chofer y un par de coches de escolta a la granja. Mi padre se ha quedado un tanto de muestra, al contemplar tal despliegue, pero no es nada comparado con sus rostros, cuando penetran en la finca.

Me río al bajar la escalinata e ir a su encuentro. Padre, madre y Saúl están con la boca abierta, mirando la mansión, el cuello ladeado hacia atrás. Gabriel, en cambio, solo tiene ojos para el helicóptero posado en el amplio aparcamiento.

―           ¡Hijo! – exclama mi madre, aferrándose a mi cintura. Su cabeza queda a la altura de mi vientre, debido a que estoy un peldaño por encima.

―           Hola madre, bienvenida a mi casa – le digo.

―           ¿T-tú casa? – se asombra.

―           Así es. Todo lo que es de Katrina en mío también.

―           Ya veo que no ha hecho separación de bienes – masculla mi padre.

―           ¿Por qué tendría que hacerlo? Nos casamos por amor…

―           Tío, ¿cómo has conseguido este chollo? ¿Es que es fea? – se ríe mi hermano mayor, con un nulo tacto de siempre.

―           Bueno, entremos y así la conoceréis. ¡Gaby! Después daremos una vuelta en el helicóptero – llamo a mi hermano menor.

Se lanza hacia mí, corriendo. Ha crecido desde que no le veo, casi un palmo. Le alzó en vilo y le doy vueltas en el aire, lo que siempre le ha encantado. Chilla, feliz. Llevándole en brazos, subo la escalinata, precediendo a los otros miembros de mi familia.

―           ¿Te has convertido en un superhéroe? – me pregunta Gaby en un murmullo.

―           ¿Por qué lo dices?

―           Te has transformado en un tío fuerte y guapo. Además, tienes dinero como Bruce Wayne.

―           ¿Y crees que tengo una capa y un disfraz en el armario?

―           ¿Quién sabe? – se ríe. A sus casi ocho años, aquello tiene lógica para él.

―           No, no soy un superhéroe, pero puedo hacer muchas cosas buenas o malas, si lo deseo. Ese es el poder que da el dinero.

―           ¿Y tienes mucho dinero?

―           Muchísimo, renacuajo.

Pam viene bajando la escalinata, con Elke asida de la mano. Mi familia no la conoce nada más que por video conferencia. Pam les ha contado que viven juntas y que son pareja. Eso llevó a unas semanas de nervios repuntados, pero, finalmente, mis padres parecen haberlo aceptado. Por lo menos, el abrazo que mi madre le da a Elke es sincero. Padre es más comedido, pero la besa en ambas mejillas. Elke se muestra enrojecida y guapísima. Lo mejor de la danesa es su aparente timidez; desarma a cualquiera que no la conozca. Tengo que darle un suave codazo a Saúl, que se ha quedado embobado.

―           Dios, que buena está – murmura.

―           Se mira pero no se toca – le digo.

Sasha y Niska se presentan, ofreciendo unos refrescos a mi familia. Les pregunto donde está Katrina.

―           La señora está eligiendo vajilla en la cocina, amo – me contesta Sasha, en ruso.

Saúl me mira con extrañeza, pero no pregunta.

―           Salgamos al jardín. Esperaremos allí a Katrina – les conduzco a través de la galería hasta la parte trasera de la mansión.

Padre y madre se quedan maravillados, tanto por la lujosa galería como con los amplios y bien cuidados jardines. Nos sentamos a una de las mesas, bajo la pérgola con lonas.

―           ¿Cuántos jardineros trabajan aquí? – pregunta mi padre.

―           Tres a diario, padre.

―           ¿Cuánta extensión tiene esta finca? – es el turno de Saúl de interesarse.

―           No lo sé exactamente, pero al menos diez kilómetros de largo por unos cinco o seis de ancho.

―           ¡Dios bendito! – exclama madre.

―           Aún no la he recorrido por completo – se ríe Pam.

―           ¡Un caballo! – exclama Gaby, señalando hacia las cuadras.

―           ¿Tenéis cuadras? – pregunta madre.

―           Si, y al menos una docena de caballos – contesta Pam.

En ese momento, Katrina y Denisse se reúnen con nosotros. Las dos vienen comentando algo entre ellas y se ríen. Mi novia viste un corto y fresco vestidito de Versace, que deja sus preciosas piernas al descubierto. Su rubio y largo cabello está recogido con un lazo del mismo tono que su vestido. Denisse, en cambio, es de las primeras veces que no lleva uno de sus trajes de ejecutiva. Viste unos apretados vaqueros, remetidos en unas altas botas de montar y una camiseta oscura de tirantes, con una leyenda en francés: “L’amour est roi”.

―           Ah, nuestra anfitriona – digo, poniéndome en pie y alargando la mano hacia Katrina.

Con una sonrisa, ella la atrapa y se pega a mí.

―           Familia, esta maravilla es mi futura esposa, Katrina Vantia – la presento.

Mi madre es la primera en levantarse y abrazarla con varios besos en las mejillas.

―           Es un placer conocerte, querida – le dice. – Puedes llamarme Visi, o mamá, si lo prefieres.

―           No conocí a mi madre, así que si no te importa, serás mi nueva mamá – le dice Katrina, con una dulce sonrisa, devolviéndole el abrazo.

―           Mi padre, Samuel – él parece arrugarse ante ella, tendiéndole la mano y dudando. Katrina le abraza, desentendiéndose de la mano ofrecida.

―           Papá Samuel… me gusta – Katrina sabe cómo ganárselos. Tiene experiencia en subyugar sirvientes y profesores.

―           Este es el peque Gaby – empujo a mi hermanito para colocarlo ante ella. Gaby se resiste un poco, tímido ante ella.

Katrina se arrodilla ante Gaby, quien mantiene sus manos a la espalda, sin atreverse a responder al abrazo.

―           ¡Que guapo eres, Gabriel! Sergio no me lo había dicho. Solo me ha contado que eres un chico muy travieso.

Gaby enrojece hasta la raíz del pelo, pero sonríe, agradecido por esas palabras.

―           Y el empanado de la boca abierta es Saúl, mi hermano mayor – le señaló con el pulgar.

Es cierto que Saúl se ha quedado con la boca abierta, ante Katrina y Denisse. No sabe a cual mirar. Finalmente, empujado por mis palabras, debe enfrentarse a mi novia. Puedo ver en sus ojos su admiración y su incredulidad. Responde al abrazo y a los besos, y me mira a continuación, deseoso de hablar conmigo.

―           Ella es Denisse Tornier, nuestra amiga y abogada personal – presento a la albina, que hace una inclinación de cabeza.

Madre pronto se sumerge en detalles de la boda, para pasar después a detalles más personales de la vida de Katrina. Padre, más materialista, intenta averiguar el alcance de la fortuna de los Vantia. Saúl acerca su silla a la mía y se desploma sobre mi hombro, tal y como siempre hacía en la granja.

―           A ver, cacho carne. Explícame, primero, como has conseguido el cuerpo que luces, y, después, de dónde has sacado esa preciosidad – me pregunta, señalando a Katrina.

―           Bueno, mi cuerpo es fruto del trabajo y la dedicación. Gimnasio, pesas, artes marciales… Me harté de ser gordo y fofo. En cuanto a Katrina, me encontró ella a mí. Empecé a trabajar para su padre y congeniamos. A la muerte de su padre, nos hemos acercado más y descubrimos que nos queremos.

―           Joder, todo un cuento romántico… estás rodeado de tías buenas.

―           Si, es cierto. Elke es monísima.

―           No me imaginaba que Pam fuera lesbiana – me susurra.

―           No lo es.

―           Pero… está con una chica – me mira, con asombro.

―           Pero eso no significa que no le guste los hombres, solo que se siente mucho mejor con su novia. Pero puedo asegurarte que ha estado, al menos, con un hombre…

―           Ya veo… bisexual.

―           Si.

―           ¿Y esa abogada? Tiene un acento que me pone cachondísimo.

―           Víctor Vantia, mi jefe, la trajo de París. Se ofreció a seguir trabajando para la familia, a la muerte de éste. Es una profesional muy acreditada.

―           Lo que está es como un tren, coño. ¿Es albina natural?

―           Ajá.

―           Dios, que morbo… Estarás todo el día empalmado con todo este ganado. ¡Si hasta las criadas están de muerte!

―           Han sido especialmente escogidas por mi novia. Solo quiere personal hermoso y eficiente – le sonrío, pensando en cómo fuimos a buscarlas a Barcelona.

Saúl se pasa un buen rato entre comentarios groseros y preguntas sibilinas. No podía ser de otra manera. El servicio trajo unos aperitivos y, poco después, vemos bajarse a Patricia del coche que la ha traído del colegio. Se acerca, empuñando su mochila. Está al tanto de que mi familia llegaba hoy, así que no se extraña. Sonríe al acercarse y Katrina, levantándose, le coloca una mano sobre el hombro.

―           Es nuestra protegida Patricia. Sergio y yo hemos decidido apadrinarla tras la muerte de su madre – la presenta.

―           No podíamos consentir que la pusieran en un centro de acogida – preciso yo.

―           Si, era nuestra vecina en el antiguo piso de Maby – explica Pam.

―           Pobre Maby – musita madre, moviendo la cabeza.

Madre cree que mi morenita murió en un accidente de coche. Pam pensó que era lo mejor para no preocuparla y tenía razón. Aunque la noticia de su asesinato fue de interés nacional, su nombre se mantuvo en secreto, ya que era menor de edad. Su rostro tampoco se difundió en televisión, ya que la policía creía que había sido un atentado fallido. Los investigadores manejan la premisa de que Katrina sigue siendo el objetivo.

Patricia saluda a todos y se excusa, alegando que va a ducharse y quitarse el uniforme, antes de almorzar. Gabriel me tironea de la manga, insistiéndome en subir al helicóptero. Le prometo que lo haremos tras la comida, lo cual le calma. Que extraño es tener a mi familia aquí, en la mansión Vantia. Debemos tener cuidado con nuestros actos; no quisiera que madre se enterara de que dormimos todos juntos y revueltos. Además, Saúl se moriría de envidia…

________________________________________-

―           Hermanito… ¿qué ocurre? ¿No tienes amigos que te preparen una buena despedida de solteros? – me pregunta Saúl, soltándome una buena palmada en la espalda, mientras estiro músculos.

―           Pues no, la verdad es que no tengo amigos, solo subordinados — me mira con ojos de cabra degollada. – Pero si que tengo amigas…

―           ¿No va a haber una despedida de tíos? – se lamentó. — ¿Con stripper y tal?

―           Katrina y yo hemos decidido hacer una despedida conjunta, puesto que nuestras amigas son comunes.

―           P-pero…si vienen las chicas…no podremos disponer de…

―           ¿De putitas?

Afirma, tragando saliva, mientras manosea una pesa de diez kilos. Me ha seguido hasta el gimnasio de la mansión, situado en una sala frente a la piscina cubierta.

―           No te preocupes, Saúl. Esta noche verás carne hasta hartarte, te lo garantizo – le digo, riéndome, tumbándome en el banco de pesas.

―           ¿En serio? – pregunta, mirando como levanto sesenta kilos con facilidad.

―           Palabra, hermano.

Es cierto. Katrina y yo lo hemos hablado. En un primer momento, yo no pensaba tener una despedida de soltero, ya que no tenía razón de ser. Voy a seguir follando lo mismo, tanto de casado como de soltero. Pero, al reunir a la familia, Pam deja caer el asunto, más que nada por aparentar normalidad ante nuestros padres, eso sin contar con la ansiedad de Saúl y de Gato Bala, quien ha retrasado su viaje a Colombia por asistir a la boda.

Así que hemos decidido llevarles a cenar al Años 20.

¿Qué decir sobre sus reacciones? Aún sin saber que el club nos pertenece, mis padres quedan encantados por el glamour y la insinuación, pues no dejan de reírse y mirarse, los rostros encendidos. Me parece que esta noche va a haber guerra en cuanto lleguen a la cama. Saúl debe reprimir sus manos cada vez que se acerca una de las camareras. Me mira y yo niego con la cabeza, diciéndole que aún no ha llegado el momento. Jesús, el risueño colombiano, trata de atraer a Denisse a una de sus características conversaciones, sin demasiado resultado.

Ocupamos tres mesas del cenador, al fondo, disfrutando de una cena exquisita y nada pesada. El show que se realiza es una performance erótica de varios temas de Cabaret; algo adecuado para el momento. Tras destapar un par de botellas de cava, mis padres dejan brotar su preocupación por Gaby, quien se ha quedado en la mansión, custodiado por Patricia, con quién parece haber hecho buenas migas.

Ya lo habíamos discutido antes, por lo que hay un coche de más en la puerta para llevarles de vuelta. Se despiden de todos nosotros, diciéndonos que lo pasemos bien,

―           ¡Al fin solos! – brama mi hermano, el sutil, haciendo reír a Elke.

―           ¿Podemos ya? – pregunta Gato Bala, desde el otro lado de las mesas.

Me pilla tragando, por lo que niego con un dedo y señalo, con el mismo, el alto reservado del primer piso.

―           Cuando estemos arriba – traduce Katrina.

Tras brindar un par de veces más, y comernos unos diminutos bombones helados, encamino la marcha hacia el reservado, con Katrina prendida de mi brazo. Pavel ha cerrado el piso superior al público, dejándolo para nuestro uso exclusivo. Incluso lo ha dividido en pequeñas zonas independientes, colocando biombos. De esa forma, ninguno de nosotros tiene que mudarse a las habitaciones de las chicas, si quiere llegar a algo más íntimo.

En cuanto nos acomodamos, un par de chicas toman nota de las bebidas que deseamos y, tras ellas, aparece una fila de chicas guapísimas, embutidas en sensuales trajecitos de flecos de lamé, y con ligueros a la vista.

―           Están aquí para que escojáis – les digo. – Sin límites.

Jesús, el Gato Bala, se quita la cinta elástica de su larga coleta, dejando su melena libre. Por un momento, la cruz Anka de su lóbulo destella con la luz de los focos que se han encendido con la entrada de las chicas. Es el primero en escoger y señala a dos de ellas, de senos poderosos y morenas. Creo que hubiera sido verdaderamente feliz si hubieran sido latinas y no eslavas. Se marcha tras uno de los biombos, abrazado a sus cinturas.

Imitándole, Saúl elige una rubia despampanante, tan alta como él, a la que sienta sobre su regazo, allí mismo.

―           Vamos, Pam, Elke, ¿no deseáis compartir alguna? – las aliento.

Murmuran entre ellas y Elke señala, en un tímido gesto, a la más opulenta de todas. Debe de estar en la treintena y está bastante rellenita, de curvas opulentas y carnosas. Pam sonríe, conociendo la debilidad de su novia, y asiente, indicándole que se acerque a ellas. La sientan entre las dos y comienzan a charlar. Sé que le están preguntando si se aviene a estar con dos chicas, pues hay putas que no gustan en absoluto de las mujeres. Esta vez parece que la matrona está encantada de haber sido escogida.

Veo a Denisse dudar. Me inclino hacia delante y le pregunto en un murmullo.

―           No he tenido nunca contacto con prostitutas – me responde.

―           Bueno, mi hermana tampoco y no se ha hecho de rogar – le digo, medio en broma.

―           Verás, es que… tampoco he estado con otra mujer… nunca… hasta conocer a… ella – señala a Katrina.

―           ¿No te gustan las mujeres? – se asombra mi futura esposa.

―           Bueno… creo que ahora si – sonrió, sus pálidas mejillas enrojecidas – pero…

―           Necesitas conocerlas antes, tener confianza, ¿no es eso? – adivina Katrina.

Denisse asiente. Con un par de palmadas, indico a las demás chicas que pueden retirarse y le digo a la última que llame a Mariana. Katrina me mira, preguntándome en silencio que es lo que he pensado.

―           Voy a presentarle a Mariana. Si quiere conocer a una chica antes, nadie mejor que la encargada de las chicas. Le hará una disección argumental de los derechos internacionales de una prostituta, mientras le mete mano, ya verás – le digo al oído.

―           Que malo eres, cariño – se ríe.

En diez minutos, Mariana aparece, trayendo de las manos a dos chicas idénticas. Se detiene ante nosotros, sonriéndonos. Saúl, quien estaba atareado con su rubia y no quitaba los ojos de lo que hacían Pam y Elke con la suya, se queda alelado cuando pasan ante él.

Son gemelas idénticas, de veintipocos años y de un metro setenta con esos tacones que traen, con el pelo largo y ensortijado, color caoba. Sus ojos destellan, verdosos y entrecerrados bajo los focos, casi ocultos por las oscuras y largas pestañas. Sus rostros están totalmente recubiertos de pecas, que magnifican sus atractivos rasgos. Sus esbeltos cuerpos resaltan bajo los escuetos trajes, evidenciando unas bonitas curvas juveniles.

―           Nuestra última adquisición – comenta Mariana, adelantando a las chicas, que se muestran serias y calladas. – Han llegado de Ucrania. Renata y Sabina, veintidós añitos. No han sido aún educadas en sus tareas, pues han llegado directamente a mis manos, sin pasar por Barcelona.

―           Entiendo.

―           Me gustaría que te ocuparas en persona, con la ayuda de la jefecita, por supuesto – Mariana hizo una inclinación de cabeza hacia Katrina, que la hizo sonreír. – Girls, this man is the boss, so you have to respect him.

Por lo visto, las chicas no conocen más que su lengua natal o el inglés. Bueno, seguro que no habría conversación con ellas…

―           Conozco el ucraniano, no te preocupes.

“Cómo no. ¿Existe alguna lengua eslava que no conozcas?”

―           Me atranco con el mongol y no quiero saber nada del azerbaijaní o del estonio, pero conozco la mayoría, por lo menos para defendernos.

Las gemelas dan un paso hacia mí y les indico que se siente entre Katrina y yo.

―           Mariana, a mi vez, me gustaría que conocieras a nuestra abogada personal, Denisse – las presento, poniéndome en pie. Denisse me imita y le da dos besos a la menuda rubita.

―           Eres muy joven para ser ya encargada de las chicas – le dice la francesa, con media sonrisa.

―           Y tú demasiado guapa para ser abogada. ¿Cómo ganas los juicios? ¿Por piernas impactantes? – le devuelve la pulla la bielorrusa.

Las dos se echan a reír. Bien, se han caído simpáticas.

―           ¿Quieres hacer una gira por el negocio?

―           Me encantaría – responde Denisse, ofreciendo su brazo a la rubita.

―           Bueno, parece que han hecho buenas migas rápidamente – me giro hacia Katrina, cuando las veo salir del reservado.

Katrina me hace poco caso. Está murmurando lo que sea, en inglés, a las gemelas. Tengo que aprender ese maldito idioma y pronto. No puedo seguir quedándome a oscuras en cuando lo hablan medianamente rápido.

―           Me han sugerido que no las separemos – me dice Katrina, al sentarme de nuevo. – Lo hacen todo juntas.

―           Bueno, sería un buen incentivo. Le saldría más caro al cliente, pero no hay más que ver la calidad – pellizco la barbilla de una de ellas.

Por más que las miro, no hay forma de saber cual es quien. Verdaderamente, a simple vista, son idénticas. Saúl, loco de deseo ya, se pone en pie, tirando de su rubia neumática. Está deseando meterse detrás de uno de los biombos del reservado. Abajo resuena el comienzo de otro show, pero parece que nadie está por la labor de verlo. Pam y Elke, quienes tienen a su opulenta matrona con el pecho desnudo, atormentando sus masivos senos, deciden imitarle y marcharse a otro rincón.

―           Nos dejan solos, cariño – me dice Katrina, con ese tono de niña modosita que antecede la más pura depravación.

―           ¿Sabéis quienes somos? – pregunto a las gemelas, repitiendo lo que Ras me indica.

Tanto las gemelas como Katrina se quedan heladas, escuchándome hablar en ucraniano.

―           Nos han dicho que eres el jefe – me contesta una de ella, sin atreverse a mirarme a los ojos.

―           Así es. Me llamo Sergei y ella es Katrina, mi esposa.

―           Es un placer conocerles, señores – murmuran y yo traduzco.

―           Trabajaréis las dos juntas y solo os separaréis por vuestro consentimiento. Seréis expertas en tríos y grupos. ¿Os parece bien?

―           Si, señor Sergei.

―           Ahora, quiero que beséis y miméis a mi esposa.

Una de ellas se levanta para sentarse al otro lado de Katrina. Me quedo contemplando a esas dos bellezas besar las mejillas y los labios de mi chica, quien, finalmente, las abarca a ambas, por los hombros, atrayéndolas contra ella. La espalda de Katrina topa con el respaldar, mientras que las gemelas se afirman más a sus costados. Paseo mis manos por las nalguitas que expone a mi vista la más cercana a mí.

―           ¿Quién eres? – le pregunto suavemente.

―           Sabina…

―           Bien, Sabina, voy a marcarte las nalgas para distinguirte de tu hermana.

―           ¿Marcarme? – repitió, asustada.

―           Si, con unos azotes. ¿Lo soportarás?

―           Si – asiente a la misma vez.

Remango su vestidito y le bajo las estrechas braguitas hasta quitárselas. Mi mano cae con fuerza, tallándole una nalga, luego la otra. Primero cinco azotes que no la dejan continuar con el juego de los besos. Los otros cinco golpes, le llevan a meter la cabeza bajo el brazo de Katrina, como buscando refugio para amortiguar sus quejidos.

Satisfecho con el aspecto de sus redonditas nalgas, me inclino sobre ellas, abriéndole bien las piernas, y hundo mi rostro entre ellas. No tarda demasiado en estallar en gemidos, que pronto atraen la atención de Katrina y de su propia hermana. Las dos tratan de beberlos, junto con sus besos y lengüetazos. Katrina la sostiene medio alzada y hunde sus dedos en su escote. Su hermana, mejor situada para besarla, se encarga de fusionarse a ella con la lengua.

Sabina debía de estar ya excitada al sernos presentada, porque no tarda nada en correrse plenamente. Me levanto y tiro de sus piernas hasta izarla a pulso, manteniéndole boca abajo. Con una risita, Katrina se arrodilla sobre el sofá y le retira, por la cabeza, el corto vestido que caía sobre su cintura. La primera gemela ya está desnuda y lacia. La dejo sobre el regazo de Katrina y atrapo a su hermana, quien se ríe, pataleando un poco, cuando la levanto del sillón.

―           Comprobemos cómo la chupas – musito, dejándome caer en el sofá y tumbándola sobre mis pernas. – Sácala…

Pone todo su empeño. Por lo visto, tiene destreza en desabrochar el cinturón y la bragueta de un hombre, pero cuando introduce su mano, pierde el norte. No está nada segura de lo que toca, ni si debe ahondar más con su mano. Mirándome tímidamente, me lo pregunta:

―           Señor Sergei… ¿debo sacarla toda?

―           Será mejor que tires de las perneras del pantalón y me lo quites completamente. Eso no saldrá por esa pequeña apertura – le digo con una sonrisa.

Ansiosamente, pone manos al asunto. Creo que la curiosidad la corroe. Retira no solo mi pantalón, sino también mi holgado boxer, dejándome desnudo, de cintura para abajo, pues no uso casi nunca calcetines. Siento sus manos recorrer la largura de mi polla, tanteando el terreno primero, como asegurándose de que es real. Aprieta, palpa, empuña, y, al fin, soba la prieta carne.

―           Madrecita mía – la escuchó murmurar por lo bajo.

Empujo su cabeza suavemente para que la cate con sus labios y se afana con toda dedicación. No tiene prisa y dispone de mucha saliva para tal extensión. La dejo hacer y miro cómo le va a Katrina. La gemela está arrodillada en el sofá, teniendo una de las piernas de mi futura esposa entre las suyas. Se ha izado sobre las rodillas, manteniendo su estatura por encima de la cabeza de Katrina sentada. De esa forma, puede ofrecerle sus henchidos pechitos a la ansiosa boca de la búlgara, quien los está devorando sin cesar, enloqueciéndola. Su esbelto cuerpo desnudo no deja de agitarse entre los brazos de Katrina. Sus enrojecidas nalgas se contonean, mecidas por los giros de sus caderas; su espalda se ondula, recorrida por los estremecimientos que producen las caricias de los dedos de su amante. Mantiene la cabeza echada hacia atrás, exponiendo su cuello, cual res indefensa ante la mandíbula de la fiera, y jadea roncamente. Los brazos le cuelgan a los costados, exentos de fuerzas para abrazar. Está totalmente entregada al placer.

Renata se atarea cada vez sobre mi polla. Ha comprendido que lo que ha podido experimentar con otros amantes, no se aplica a mi miembro. No puede tragarlo, ni abarcarlo con su pequeña boca. Así que solo le queda lamer y frotar, por lo que debe ensalivarlo completamente. Con largas pasadas de su lengua, que depositan hilos de baba por doquier, completa su faena, irguiéndome la polla divinamente.

La pongo en pie, sus alzados tacones a cada lado de mi cuerpo, y la desnudo completamente. Paso un dedo por su bien recortada vagina. Está pringada de babaza olorosa, dispuesta para que la ensarte. Sintiendo la sutil presión sobre sus riñones, comprende que la dejo empalarse ella misma. Jadeando por la excitación, se arrodilla sobre mi regazo y mete una mano entre sus piernas, atrapando mi polla. Cuando coloca el glande contra su vulva, punteo un par de veces, solo para impresionarla, lo que está a punto de causarle un pasmo. La siente enorme y demasiado larga, apoyada contra su cuerpo.

Se deja atrapar por el deseo y el calor que invade todo su cuerpo, envalentonándose. Se empala ella misma, lentamente, saboreando cada centímetro que ingresa en su interior. La escucho resollar y suspirar con cada movimiento que genera su ingle para dar cabido a mi pene. Apoya su cabeza sobre mi hombro, mientras su cuerpo se encorva y se ajusta al cabalgarme. Sin embargo, no deja de empujar. Cuando pienso que ya no entrará más, ella se alza un poco, y empieza un vaivén que pronto interrumpe para seguir enviando más polla a su interior. Su coño es muy estrecho, como si no hubiera sido apenas utilizado. Me aprieta el miembro entre temblores que me excitan demasiado.

En un momento dado, alza su rostro para mirarme directamente. Sus ojos están llorosos, pero me sonríe. La expresión de gozo de su rostro, bajo aquellas pecas me hace correrme irremediablemente. Riego su interior con una buena cantidad de esperma, al mismo tiempo que aprieto sus nalgas con fuerza. Renata tiene un larguísimo estremecimiento, sin más sonido, al sentir mi emisión en lo más profundo de su intimidad.

Giro la vista hacia mi chica, que está ondulando bajo la lengua de Sabina, cómodamente instalada entre sus piernas, de rodillas en el suelo. Le está comiendo el coño largamente. Por lo que he podido escuchar, la ha llevado dos veces al cielo, y ahora se acerca de nuevo, con rapidez. Katrina empuña unos rizos con una mano, incrementando la presión de la boca de la gemela entre sus piernas. Al mismo tiempo, agita sus caderas, frotándose enérgicamente, restregando su clítoris por el rostro de Sabina, sin ningún miramiento, ni cuidado. Katrina ha vuelto a su ansia primaria, aquella que solo solía mostrar con sus esclavas más íntimas. ¡Está tan bella!

―           Cariño… ¿me la cambias? Ésta ya te la he rellenado de crema – le sugiero, feliz.

CONTINUARÁ…

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