JANIS MULLIGAN

El contraataque

Cuando Denisse se duerme, me levanto con sigilo. Es el momento de husmear un poco. Son las dos de la madrugada, por lo que no es una buena idea tomar el ascensor, ni las escaleras. Si el piso superior está vigilado –un hecho casi asegurado-, sería un suicidio aparecer por allí. Ya he comprobado que la fachada principal está demasiado iluminada como para escalar por allí. Una de nuestras ventanas da a la Rue Royale, que transcurre por uno de los laterales del hotel. Esta fachada está exenta de las altas columnatas de la fachada principal.

Un edificio tan rococó como este, dispone de tantas filigranas, cornisas, relieves y mampostería, que no cuesta demasiado trabajo escalar, sobre todo si se dispone de mi fuerza. Me encuentro pronto sentado en el antepecho de una de las ventanas del último piso. Al menos, tengo la suerte de que el hotel se encuentre en una mansión imperial, de apenas tres pisos, y no en uno de los modernos edificios de los Champs Elysés, con más de diez plantas.

¡Mierda! La ventana tiene un sensor de seguridad. Ya suponíamos que han reforzado toda la planta. Por aquí, no se puede entrar sin armar jaleo. Desciendo de nuevo hasta la ventana de mi suite. Solo me queda que investigar la azotea y el tejado. No me hago muchas ilusiones. Deben haberlos sellado también, pero, al menos, investigaré los alrededores. De todas formas, es algo que tendrá que esperar hasta mañana, me digo, deslizándome entre las sábanas. Denisse rebulle y se aferra a mí. Sonríe en sueños. Bendita sea.

Nos despertamos temprano. Denisse acaricia mi mejilla, sonriendo maravillosamente. Hay que ver lo feliz que despierta una mujer bien follada.

―           Buenos días – susurro.

―           Mmm… muy buenos, Sergio…

―           ¿Una duchita antes de desayunar?

―           ¿Los dos? – se ríe ella.

―           Bueno, si quieres puedes llamar a un botones…

Se ríe con humor y sale disparada, desnuda, hacia el cuarto de baño. No es cuestión de dejarla sola, ¿no? Al final, acaba babeando sobre el esmerilado cristal de la mampara, enloquecida por la enculada a la que la someto, bajo el caliente chorro de agua. Pedimos el desayuno para que lo suban y, mientras tanto, nos vestimos y le hablo de lo que pienso hacer hoy. Denisse espera a que estemos desayunando para hablar sobre lo que le interesa.

―           ¿Qué va a significar lo que sucedió anoche? – me pregunta, untando una de las tostadas con mermelada.

―           Significará lo que tú quieres que signifique – contesto, en plan Nostradamus.

―           No deseo ninguna relación estable, por el momento.

―           Bueno, entonces, no será una relación estable, evidentemente – respondo, probando el café.

―           Hablo en serio, Sergio.

La miro, taladrándola con mis fríos ojos y ella baja la vista.

―           Denisse… no soy un tipo frívolo, que va de mujer en mujer, pero tampoco soy un coleccionista. Mantengo una relación de amistad y respeto con mis allegadas. Lo demás viene solo, ¿no crees?

―           Si…

―           Entonces, ¿por qué no dejamos que florezca lo que sea? Puede que sea una hermosa amistad, un amor pasional, un fuerte sentimiento de compañerismo… Ya veremos.

―           Está bien, jefe – me responde, con un pícaro mohín.

―           Vale. Y ahora, el trabajo – le digo, entregándole un minúscula cámara digital. – Vas a tomar el ascensor e irás al último piso. Quiero fotos de los tipos que vigilan, de las cámaras que puedas ver, y algunas generales del pasillo, en ambas direcciones. Disimula todo lo que puedas…

Denisse asiente, conciente de lo que le pido.

―           Después, subes por las escaleras y haces lo mismo al llegar a ese piso. Si no puedes acercarte, hazlo desde lejos.

―           Si, Sergio.

Por mi parte, vestido informalmente, busco uno de los botones y, con una generosa propina, me informa de cómo acceder a la azotea. Debo utilizar las escaleras de servicio, situadas en la Galería Royale. Tal galería de arte está ubicada en el centro del hotel, ocupando varios grandiosos salones. Es todo un reclamo para la pudiente clientela del establecimiento y un atractivo más para el negocio, sin duda.

La escalera de servicio es un complejo entramado metálico, con diversas plataformas que permiten manipular los grandes ventanales que envuelven la galería. El último tramo lleva hasta una puerta metálica, junto a un torno con un cable de acero. La entrada a la azotea.

Bueno, en realidad debería decir azoteas. Los diversos patios interiores de la mansión, que ocupa toda la manzana, convierten el tejado en aleros independientes, rodeados de superficies llenas de grava, donde parecen brotar aparatos de climatización y antenas. Desde donde estoy, se puede acceder a cualquier de esos tejados siguiendo un camino hecho de escalerillas de mano y estrechos senderos de pizarra.

Según la información de la que dispongo, Arrubin controla el último piso, pero tan solo el ala delantera. O sea, desde donde estoy, sobre la Galería Royale, hasta la fachada principal del hotel.

Saco el mapa del hotel que tengo en el bolsillo. Al subir por las escaleras de servicio, ya he comprobado que la puerta de acceso al último piso está cerrada. Seguramente tendrá otro sensor. El muy cabrón ha blindado el piso. Así que solo me queda la azotea, tal y como hemos planeado con anterioridad. No hay información nueva o que no hubiéramos supuesto. El Hotel de Crillon es una isla en si mismo. Ningún edificio vecino se adhiere a él, ni le supera en altura. La manzana está separada por una avenida de doble sentido doble carril, por el este: la Rue Royale. Al norte, la Rue du Fauboir Saint-Honoré, y al oeste, la Rue Boissy d’Anglais, ambas de un solo sentido. Al sur, en su fachada principal, la amplia y abierta plaza de la Concordia.

Recorro ambos laterales del edificio. Como ya sabíamos, las mejores oportunidades están en el lado oeste, accediendo desde el edificio de enfrente, cruzando la calle Boissy d’Anglais. Es la calle más estrecha y el edificio vecino tiene una buena altura para deslizarse por un cable. Sonrío aliviado. Se puede hacer.

Saco mi móvil y contacto con mi equipo. Obtengo varias fotografías de los sensores conectados a puertas, ventanas y trampillas, que envío sobre la marcha. Quedamos en vernos esa misma tarde. Les digo que les enviaré otras fotos en una hora –las que Denisse consiga- y cuelgo. El plan está en marcha y siento el hormigueo en mi vientre de la adrenalina.

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Es hora de acudir al teatro. Nos vestimos adecuadamente. Por mi parte, con una levita oscura, en paño Morelo, con diseño Príncipe Eduardo, camisa satinada y pantalones holgados, color crema. Denisse me deja impresionado, a su vez. Vestido negro y entallado, que pone de manifiesto cada una de sus poderosas curvas y hace resaltar su corta cabellera blanca. Usa una estola blanca y rayada para cubrir sus desnudos hombros. Somos una pareja de cine, me digo.

Un taxi nos espera a la puerta del hotel, para conducirnos al Théâtre du Châteletet, en el primer distrito de la ciudad. Es un edificio inmenso, construido hace dos siglos y donde se entregan los Premios César de la industria cinematográfica gala. El caso es que tal teatro tiene capacidad para más de dos mil quinientos espectadores y dispone de palcos privados, que es lo más interesante.

Con Denisse acoplada a mi brazo, nos mezclamos con la alta burguesía parisina que se ha dado cita en el teatro. Mi bella abogada sonríe y saluda a muchos conocidos, la mayoría antiguos clientes, bajo las atentas y destructivas miradas de sus esposas. Al sonido del timbre anunciador del comienzo de la función, apuramos nuestras copas de champán y somos conducidos al palco que he alquilado.

Deslizo un par de billetes de cincuenta euros en las manos de nuestro guía y le pido que traiga una botella de champán. El palco tiene capacidad para cuatro personas y se abre al lateral izquierdo del escenario. El acomodador regresa con una cubitera repleta de hielo y una botella sumergida en él, así como varias copas. Le entrego otro billete y murmuro, en un malísimo francés, que no nos molesten. El tipo sonríe, echándole un vistazo a Denisse, y asiente.

Un nuevo timbrazo. Las luces se amortiguan. El ballet va a comenzar. Unos golpes de nudillo en la puerta resuenan. Se trata de mi doble, al cual hago pasar rápidamente, escondiéndose en las sombras que cubren la puerta del palco. En cuanto se alza el telón y la sala queda a oscuras, me despojo de la levita y se la entrego. El tipo tiene mi altura y corpulencia, aunque es mucho más mayor que yo. Lo he escogido personalmente entre mis estudiantes. Dará el pego para que crean que sigo en el teatro.

Me pongo su cazadora de cuero y recorro el solitario pasillo hasta la escalera de incendios, la cual me lleva hasta la trasera del teatro. Un coche me espera allí, para llevarme de regreso al hotel; bueno, más exactamente, al cuadrado edificio que hay frente al hotel, al final de la calle Boissy d’Anglais. Entro por un lateral y tomo el ascensor al último piso. El equipo me espera en la azotea.

Nos saludamos con un seco movimiento de cabeza. Son tres hombres, cuatro con el que se ha quedado en el palco, cubriéndome. No hay necesidad de palabras. Saben perfectamente cuales son los pasos a seguir. Este equipo llegó a París al mismo tiempo que Denisse y yo, salvo que por otros medios, para prestar apoyo a mi plan. El cable está ya tendido, cruzando la calle hasta la azotea del hotel. Mientras cruza el primero de mis hombres, me enfundo en un mono de oscura tela. Somos casi invisibles, pegados al cable, aferrándonos con pies y manos. El gancho que nos une al cable por la cintura se desliza con suavidad.

Cuando llego a la azotea del hotel, dos de ellos ya están manipulando los sensores de una pequeña claraboya. El tercero vigila el punto de acceso a la terraza.

Estos soldados son expertos en incursiones nocturnas. Dos de ellos son alemanes y el que vigila inglés. El del teatro es danés. Las fotografías que les hice llegar le facilitan el trabajo. Conocen el modelo y sus características. De esa forma, pueden anular sensores y alarmas. Nos deslizamos por la claraboya, accediendo al pasillo general. Nuestras suelas de caucho apenas hacen ruido.

Miro el plano interno del hotel que llevo en el móvil. Aquí tenemos que tocar un poco de oído. Sé cuales son las dependencias de Arrubin, pero no sé donde ha colocado su sala de vigilancia o sus archivos. Supongo que buscará la protección de las habitaciones más interiores, sin acceso de ventanas. Hago una señal de continuar y doblar el pasillo.

Hay un tipo sentado en un pequeño escritorio, justo en mitad de la bifurcación de pasillos. No sé si está viendo la tele en el pequeño monitor que tiene delante, o si controla algunas cámaras. Tenemos que deshacernos de él. Edward, el inglés, saca una fea pistola neumática. Con pericia, desliza un dardo narcótico en el tubo y carga el gas de impulso. Apunta durante unos segundos y dispara. El tipo sentado se envara y se lleva las manos al cuello, pero, en un segundo, sus rodillas se doblan y cae al suelo.

En ese mismo instante, un zumbido electrónico resuena a través del sistema de megafonía del piso. Insistente, pero nada estridente. Es una alarma suave, como si no quisiera alertar a los demás pisos del hotel. ¡Maldita sea! ¿Cómo…?

Me detengo al comprobar la abierta mano del tipo dormido. Tiene un conmutador de presión, que ha soltado al caer. De ahí proviene la alarma. ¿Es que conocían nuestros planes? ¡Por Dios! ¿Quién es ese Arrubin? ¿El diablo? Miro el móvil de nuevo. Quince minutos han transcurrido desde que cruzamos desde el otro tejado. Hay que salir de aquí. Ese pasillo lleva directamente a las escaleras principales. El mapa indica que continúa hacia la Galería, tras dejar atrás las escaleras. Si conseguimos llegar a las escaleras, podemos tener una oportunidad. El maldito zumbido no cesa.

Sé que bajar por las escaleras es peligroso. Hay vigilancia y cámaras, pero no nos queda otra si queremos salir con vida. Salimos a correr, a toda leche. En un minuto, llegamos a las escaleras, pero ya es tarde, varios hombres vienen subiendo, armados con feos subfusiles. De un vistazo, compruebo la disposición de las habitaciones. Dos suites comunicadas. Perfecto. Cruzando por ellas, podemos salir al pasillo de nuevo, más allá de las cámaras. Uno de los alemanes acciona el pomo de la puerta, a toda prisa. No se detiene a pensar.

El taponazo nos toma a todos por sorpresa, sobre todo a Hesk, el alemán que ha entrado primero. La bala le atraviesa el cuello, salpicándonos de sangre a los que lo seguimos. No podemos retroceder, los que suben las escaleras están sobre nosotros. ¡Joder!

No hay más remedio que jugársela. Empuño el cuerpo de Hesk y lo lanzo hacia el punto de donde provino el disparo, y procuro moverme a toda velocidad. Escucho un nuevo disparo, amortiguado por el silenciador, al mismo tiempo que cae al suelo el cuerpo de Hesk, de nuevo agujereado. El tirador está detrás de la cama, el torso apoyado sobre el colchón, sirviéndole de protección. Bueno, esta vez no le sirve de mucho, ya que caigo sobre él con todo mi peso. Gruñe mientras le arrastro hacia atrás por el pelo. En cuando mis pies toman contacto con el suelo, hundo el otro puño en sus riñones. Exhala un estertor que me indica que he acertado de lleno.

―           ¡Gem! ¡Edward! ¡Atrancad la puerta, rápido! – exclamo.

Lo hacen justo a tiempo, dejando los tipos en el pasillo, al atrancarla con uno de los sillones. No durará mucho, pero es lo único que tenemos. Ni siquiera vamos armados, salvo con dardos narcóticos. Le entrego la pistola del tipo derribado al inglés.

―           ¡Registra la habitación de al lado! – le apremio, mientras le clavo un dardo en el cuello al que tengo entre los brazos.

La puerta que comunica las habitaciones está cerrada. Gasta una bala con la cerradura. Hay suerte. No está ocupada. Los envío a atrancar la otra puerta. En unos minutos, hemos hecho unas barricadas. No me explico porque no han disparado a través de las puertas. Los silenciadores de sus armas ahogan casi todo el ruido. ¿Es que no les gusta sacar balas de las paredes y de los muebles?, me pregunto, con una mueca que pretende ser una sonrisa.

¡Esto no está saliendo como pensaba, maldita sea!

Estamos copados, atrapados en una ratonera. Es cuestión de tiempo que entren a saco. Edward me pasa su pistola de dardos y cargamos las tres que tenemos. Al cargador de la pistola, le quedan siete balas. Mal asunto. Siete disparos y tres dardos, después solo contaremos con los puños. Esto está peor que El Álamo.

La insistente alarma ha dejado de sonar, por fin. Miro de nuevo el móvil. Veintiocho minutos de incursión. No hemos durado mucho, no señor. No me voy a ganar la vida como ladrón. Alguien empuja la puerta atrancada con sillones. Edward dispara, atravesando la madera. Se oyen juramentos al otro lado. El inglés se ríe. Pasan los minutos y hay una nueva maniobra en las dos puertas. Consiguen derribarlas y lanzar botes de humo a través de los huecos, llenando de jodido gas pimienta las dos habitaciones.

Intentamos aguantar todo lo que podemos, pero, al final, no nos queda más remedio que tirar las armas y salir con las manos en alto. ¡Todo se ha acabado!

Nos sacan a rastras, usando máscaras antigas. Tosemos y lloramos como desesperados, tirados en el pasillo. Para vaciar bien nuestros pulmones, son tan amables de darnos unas cuantas patadas en las costillas. Finalmente, llenos de lágrimas y mocos, nos empujan hasta una sala de reunión, ubicada en el mismo pasillo. Al entrar, me quedo estupefacto al comprobar quienes están sentados en los sillones de cuero. Denisse y Tekke, el danés, están vigilados, con las manos maniatadas por cinchas de plástico.

¿Cómo conocía Nikola los detalles del plan? Esta vez, no puede haber un traidor. Los planes se han hecho sobre la marcha. Nos obligan a sentarnos alrededor de la gran mesa de caoba, cada uno en una silla. Nos atan las manos y varios hombres de Nikola nos vigilan estrechamente. Esto tiene muy mala pinta.

Apenas pasan unos minutos y Nikola Arrubin se reúne con nosotros, con una enorme sonrisa. Viste aún el traje con el que acudió al teatro. Se frota las manos y se ríe al contemplarnos. A mis ojos, se parece cada vez más a un rudo campesino ruso, repleto de vodka. Por muy poderoso que sea, es un patán de las estepas.

―           Del Cáucaso mejor. Es un georgiano típico, egoísta y depravado­ – me sopla Ras.

Nikola no pasa de los cincuenta años. De estatura media y ojos porcinos, oscuros y saltones. Sufre una severa alopecia que disimula un tanto luciendo una pequeña melenita gris. Se muestra orgulloso de su obesidad, colocando sus gordezuelos dedos sobre su abultado vientre.

―           En verdad te admiro, muchacho – me dice, hablando en un forzado español.

―           ¿Ah, si? No es que se note mucho, la verdad – ironizo.

Se ríe con fuerza, sentándose frente a mí.

―           Un chico de tu edad que pretende controlar una organización… tsk… tsk… La realidad acaba superándote, como ves. No tienes experiencia para enfrentarte a un cerebro criminal como el mío.

―           Usted perdone, Moriarty – a pesar de su miedo, Denisse sonríe al escuchar mi pulla.

―           El sistema de reconocimiento facial te señaló nada más cruzar, por primera vez, las puertas del hotel. Sentía curiosidad por el motivo de tu visita. Ni por un instante, creí que tuvieras el gusto de apreciar a Tchaikovsky. Así que, por supuesto, pretendías hacer algo en el hotel.

Asiento, dándole la razón. Mantengo mi cara de póquer. No es cuestión de darle el placer del triunfo absoluto.

―           Tú y la bella abogada fuisteis vigilados a cada paso. Cuando comprobé que abandonaste el teatro, dejando un sosia en tu puesto, dí la alerta.

―           Vaya, creí que era una magnífica idea.

―           Y lo era, joven, lo era, solo que yo soy más astuto – se ríe de nuevo, con esa mezcla de gruñidos y carcajadas. Como un cerdo, vamos. — ¿Qué buscabas, en suma? ¿Asesinarme?

―           ¿Con dardos anestésicos? Espabila, hombre. Solo pretendía conseguir información sobre tus negocios. No dispongo de muchos datos tras el huracán Anenka…

―           ¡Jajaja! Eres un tipo gracioso, Sergei. ¿Puedo llamarte así? – afirmo con la cabeza. – El huracán Anenka… jajaja… muy bueno. No puedo negar que la dama tuvo a bien informarme de todos los detalles concernientes a la organización de Vantia. ¿Qué tal está la atribulada Katrina?

―           Cada día más hermosa.

―           Lo que no comprendo es el motivo de venir en persona. Este golpe podía haberlo dado un grupo de tus hombres, o un equipo mercenario. ¿Por qué arriesgarte?

―           Me aburría soberanamente. Además, quería ponerme a prueba, accediendo a los datos de tus negocios. Pero no creas que te deseo mal alguno, solo quiero mantener el nivel de la balanza. Tú sabes sobre mí y yo aprendo sobre ti. Es fácil.

―           Bueno, no digo que no haya sido una buena idea, pero… mal llevada a puerto.

―           Si, en eso tienes razón. ¿Y ahora, qué va a pasar? ¿Un apretón de manos?

―           Más bien un disparo a la cabeza. Como comprenderás, no puedo dejar pasar la ocasión de disponer de uno de mis enemigos – sacude su enorme vientre con una risa silenciosa, esta vez.

―           Debí hacer lo mismo con tu socia.

―           ¿Anenka? Jajajaja… si, no debiste dejarla marchar, pero, por si te sirve de algo en el otro mundo, esa mujer no tardará mucho en seguirte…

―           ¿Te ha decepcionado, eh?

―           Si, y, además, es peligrosa.

―           La has calado. Una cosa antes de empezar a repartir píldoras… ¿podría saber qué hora es?

Me mira, enarcando las cejas. No comprende que importancia la hora que sea, pero se encoge de hombros y mira su reloj.

―           Las diez y trece – me comunica.

Cuarenta y seis minutos de incursión. Tiempo superado. Aclaro mi voz y le miro fijamente. Empiezo a hablarle en un fluido ruso, que le sorprende vivamente.

―           Verás, Nikola. Aún soy un niñato, es cierto, pero lo que no es cierto es que no disponga de experiencia. Siempre escucho mi voz interior, una voz muy sabia.

Me interrumpe el estridente sonido a la alarma antiincendios.

―           Et voilá! – exclamo, con un gran suspiro de alivio. – En este momento, los detectores de humo de tus dependencias y de tu centro de vigilancia, deben haber captado la acre composición de la combustión.

―           ¿QUÉ? – exclamó, mirando a dos de sus hombres, que salieron disparados.

―           La verdad es que he venido personalmente porque me encanta actuar como señuelo. He sido mi propio caballo de Troya. De otro manera, ¿cómo podría haber burlado el mejorado sistema de seguridad que has instalado en este maravilloso hotel? Tenías que desconectarlo tú mismo, al atraparme…

Sus ojos se desorbitan al comprender mi truco. Sus manos tiemblan débilmente.

―           Calculo que los bomberos estarán aquí en ocho minutos, máximo. Eso sin contar con el personal del hotel que estará ya buscando el origen del incendio – le comunico, muy suavemente. – Para tu curiosidad, el verdadero equipo de asalto entró cuando disparamos la alarma del pasillo. No sabía que nos estuvieras vigilando, pero era una de las posibilidades a tener en cuenta, ¿no crees? Al tenerme rodeado y atrapado, seguramente ordenaste desconectar las alarmas interiores. Son escandalosas, ya lo sé. Es lo que mi equipo necesitaba para llevarse todos los discos duros de tus unidades, así como los archivos de papel.

Ahora, también temblaba su barbilla y podía ver el miedo en sus ojos.

―           He preferido que realizaran un robo físico, pues es posible que tuvieras contramedidas en software que nos complicasen la cosa. Pero con las alarmas internas desconectadas, cortar los cables de unos cuantos discos duros ha sido la opción más fácil y rápida. Así que si te preguntas qué ha pasado con la grabación de seguridad de nuestra captura, de la muerte del pobre Hesk, y de la primera parte de esta entrevista… Si, ya veo que lo has comprendido. Está en mi poder. Quid pro quo, Nikola. Tú sometiste a Víctor a un chantaje y ahora es mi turno, además de disponer de la información sobre tus diferentes negocios: dónde se encuentran, cuánto generan, dónde se suministran, cuánta gente trabajan en ellos…

―           ¡Maldito perro!

―           Un perro que acaba de morderte, colega – es mi turno de reírme. – Ahora, me gustaría que quitases estas cosas de nuestras muñecas, para largarme de aquí. Hay un incendio, por si se te ha olvidado.

―           ¡Mis hombres lo están controlando! – chilla.

―           Ya, pero eso no quita para que los bomberos hagan la inspección. No es cosa que nos encuentren de cháchara aquí, ¿verdad? El cadáver de mi hombre sigue en esa habitación y seguimos siendo prisioneros secuestrados. ¿Cuánta condena puede tener eso? – le pregunto a Denisse.

―           Secuestro, asesinato y retención ilegal, así como posesión de armas y puede que otras sustancias… en total veinte años mínimo – contesta ella, con una pequeña sonrisa.

―           ¡Soltadles! – exclama con un gesto. Uno de sus hombres saca una navaja y cortas nuestras ligaduras de plástico.

―           Verás, el trato es el siguiente – le digo, mientras me pongo en pie y me froto las muñecas. – Tú en Francia, yo en España, básicamente. Respetamos los territorios. Se acabaron los ataques a mis negocios, pues ahora yo también puedo contraatacar con la información que poseo. Llama a Anenka y átala en corto. Si sufro una sola represalia más, te haré responsable de ello, y entregaré toda la información, más las grabaciones de seguridad, a la Gendarmería. Esto es un alto el fuego en toda regla, ¿comprendido?

Nikola, todo serio, asiente. Denisse también se pone en pie, imitada por mis soldados.

―           Me gustaría que me enviaras el cuerpo de mi hombre a casa, una vez se tranquilice todo esto, como una muestra de amabilidad.

―           Está bien.

―           Debemos bajar, los bomberos están en el vestíbulo – dijo uno de sus hombres, asomándose a la puerta.

―           ¿Qué hay del cadáver? – pregunta Nikola.

―           Oculto por ahora. El fuego no ha dañado estructura, solo equipo y algunos muebles. No habrá registro, por lo tanto.

―           Bien. Todos abajo – ordena el ruso, apretando los dientes y maldiciendo como un gitano envenenado.

Pronto nos encontramos en las escaleras, topándonos con los bomberos que suben a toda prisa. Acabamos todos en la calle, entre bomberos y policías, actuando como asustados clientes.

Denisse, aferrada a mi brazo, se estremece y me confiesa el miedo que ha pasado. Ella tampoco conocía el verdadero plan. Tan solo los dos equipos sabían qué pretendía hacer. He perdido un hombre y es algo que me reconcome, pero era un riesgo a correr. Pudimos morir todos en aquella habitación. Por otra parte, no esperaba implicar tan directamente a Denisse. No imaginé que la secuestrarían del teatro.

―           Has conseguido una tregua – me dice Denisse, con el rostro iluminado por las luces de las sirenas. – Anenka deberá abandonar su venganza, o atenerse a las consecuencias.

―           Si. Ahora sé que ha perdido el favor de Arrubin, quizás por todos los hombres que ha perdido con la emboscada. Si no dispone de más hombres o de apoyo, no podrá enfrentarse a nosotros.

―           Solo podría actuar por su cuenta y no está tan loca como para arriesgarse a eso. Ha sido un plan genial, Sergio. Estoy muy orgullosa de cómo lo has llevado a cabo.

―           Gracias, Denisse.

―           A ver cuanto tardan en dejarnos subir de nuevo, porque estoy tan excitada que te haría mío aquí mismo – me dice, con los ojos brillantes.

―           Bueno, puedo pedirle una manta a esos bomberos…

―           No tengo frío.

―           No era para taparte, sino para tumbarte – me río con ganas.

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Regreso a casa como si fuera el puto Julio César tras vencer en las Galias. Me siento capaz de todo, motivado y dispuesto para ocuparme de la organización Vantia.

Las noticias han corrido por delante de mí, gracias al otro equipo que viajó inmediatamente a España, llevando consigo los discos duros y los archivos incriminatorios. Basil en persona ha ido a recogernos al aeropuerto y se abraza a mí como si regresara de una expedición al Amazonas.

―           ¡Lo has conseguido! – exclama, palmeándome la espalda con fuerza. — ¡Jamás lo dudé, Sergio!

―           Bueno, bueno, tranquilidad, que lo hemos hecho entre todos. Hesk dio incluso su vida por esta locura.

―           ¡Le levantaremos una estatua en el bosquecillo! – promete con vehemencia. – Ahora tenemos la posibilidad de fortalecer nuestra empresa.

―           En eso tienes razón – le digo, subiéndome a uno de los 4×4 que ha traído.

―           ¿Cómo diseñaste esa jugada? – me pregunta, girándose del asiento de copiloto para seguir hablando conmigo. Denisse, sonriente, se sienta a mi lado.

―           En una ocasión, me dijeron que Nikola Arrubin era alguien demasiado pagado de si mismo, y aposté por ello, simplemente. Se tragó el anzuelo y no tuve más que tirar con fuerza. No esperaba conseguir tanto en la primera tentativa.

―           Ya no te subestimará – sentencia Denisse.

―           Lo sé, pero podremos hacerle frente, a poco que nos deje – asiente Basil.

―           Amén a eso – y, con eso, corto el tema.

Katrina se me tira en los brazos, nada más poner un pie en la escalinata. Me llena el rostro de besitos, feliz de verme sano y salvo. Me río y la elevo en el aire, haciéndola girar. Su cabellera se expande por la fuerza centrífuga, otorgándole un halo dorado.

―           Me gustaría que le dieras una calurosa bienvenida a Denisse – le susurro al oído, al bajar su cuerpo hasta el suelo. – Ella también se ha puesto en peligro.

Katrina me mira a los ojos y asiente con la cabeza. Abre los brazos, avanzando hacia la albina, quien no sabe muy bien como reaccionar a esa oferta. Es la primera vez que Katrina muestra algún sentimiento hacia ella. Finalmente, se deja abrazar y coloca sus manos sobre los brazos de la rubia.

―           Me alegra que estés de vuelta, sana y salva. Tuve mucho miedo por ambos – le dice Katrina, con un tono sincero.

―           Gracias, Katrina. Lo hice encantada, por ustedes dos…

―           Lo sé, Denisse, y por ello te estaré eternamente agradecida.

―           Bueno, dejad de poneros moños, las dos. ¿Dónde están las demás? – pregunto.

―           Tu hermana y Elke están trabajando. Patricia está paseando a caballo – contesta Katrina.

―           Ahora esa canija podrá volver al instituto sin miedo – exclamo, subiendo la escalinata.

―           No sé yo – Katrina se encoge de hombros, como si supiera algo que yo desconozco.

―           Me dijo que estaba deseando de ver a su Irene.

―           Bueno, aquí ha conocido a una Niska, ya sabes – se ríe Katrina, abrazándose a la cintura de Denisse y entrando así en la mansión.

―           Cría cuervos… — musito para mí.

Basil y yo nos encerramos en mi despacho, junto con todo el material incautado a Nikola Arrubin. Tenemos para unos pocos días de investigación, pero ya trazamos las líneas generales de lo que buscamos: lo primero, información sobre sus negocios. Cuantos son, de qué clase, dónde se encuentran, que volumen de ingresos generan, qué contactos participan en ellos… esa información estará prácticamente agrupada, así que no será muy difícil de encontrar. Segundo, información sobre sus socios. La organización conoce a sus enemigos, pero poco más. Me gustaría descubrir algo más, como el nombre de los lugartenientes, líneas de comunicación, lugares de encuentro, o bien, los distintos peones que ha sobornado. Tercero, necesito implicaciones mayores, pruebas sobre distintos crímenes que me permitan mantenerle bajo control. Eso sería genial, pero habrá que desmenuzar prácticamente toda la información.

Tras un par de horas revisando y clasificando archivos, nos llaman para el almuerzo. Mi hermana y Elke no han vuelto, pero Patricia se abraza a mí, llorosa por la emoción. No se enteró de lo que pretendía hacer hasta después de marcharme. Tengo que decir que me ha sido imposible ocultarle a que se dedican los Vantia, ni hasta donde llega mi implicación. Hay demasiados comentarios a su alrededor, y Patricia tiene un oído muy fino. Así que pensé que lo mejor era que lo supiera todo, desde un principio. Al menos, se acostumbrará a oír nuestras conversaciones. Sin embargo, le he dejado muy claro que no es un juego, que tenemos enemigos que no dudaran en matarnos a la menor ocasión, como le ha ocurrido a su madre o a Maby.

Ví la determinación en su rostro cuando hablamos de todo esto. La muerte de su madre la ha hecho madurar antes de tiempo. A pesar de sus juveniles caprichos, demuestra que es toda una mujer.

―           Reconozco la importancia de guardar silencio. Ahora pertenezco a una familia criminal – me dijo, muy, pero que muy seria. – Puedes confiar en mí.

La verdad, Ras y yo nos sentimos orgullosos de ella.

―           Están limpiando el palacio de Aranjuez de escombros. La compañía de seguros ha querido echarse atrás, aduciendo que se trata de un ataque terrorista, pero, al no haber nadie que reclame la autoría, han tenido que desestimar la idea – me comenta Basil, durante el almuerzo.

―           Típico de ellos – agito la cabeza. — ¿Financiarán su reconstrucción?

―           Hasta un ochenta por ciento.

―           Con eso es factible – comenta Katrina.

Cada vez se introduce más en el negocio, sin reservas. Ha aceptado que esa es su herencia y piensa estar totalmente preparada para cuando pase a sus manos.

―           ¿Vamos a ubicar de nuevo la mansión allí? – pregunta Basil.

―           No – sentencia Katrina, adelantándome. – Sergio y yo coincidimos que han sucedido demasiadas muertes allí como para ser un lugar de placer. Sería demasiado morboso, contrario a una buena publicidad de confort.

―           Tiene razón – contesto, metiéndole mano a un trozo de pollo.

―           ¿Entonces? – Basil quiere saber nuestros planes, pero yo no he pensado aún nada sobre ello. De nuevo Katrina me demuestra que no ha quedado quieta.

―           Tenemos una especie de academia en Barcelona, para educar a las chicas extranjeras, ¿no? – nos dice, con media sonrisa. Esa expresión me recuerda a sus tiempos de zorra.

―           Si, de allí sacaste a Sasha y Niska – le contesto.

―           Pues deberíamos tener una para realzar la educación de las chicas que optan a un puesto en las mansiones. Una especie de escuela para elegantes señoritas de compañía. El palacio de Aranjuez sería el lugar perfecto.

Mi boca detiene el trabajo de mascar. Basil me mira y yo enarco una ceja. Es una idea tremenda, apabullante e innovadora. ¿Por qué nadie ha pensado en eso antes?

―           ¿En qué has pensado exactamente? – le pregunta su tío.

―           Reforzar conocimientos, como idiomas y cultura general. Un poco de Etiqueta y Protocolo vendría muy bien para clientes ilustres. Pulir sus modales y sus cuerpos. Deberíamos vender la idea de que una señorita de estas características no es solo carne para el placer, sino para el deleite también.

―           Lo que quieres hacer es una escuela de geishas – dijo Basil, retrepándose en su silla.

―           Si, algo así, pero a lo occidental.

―           Pero no solo enseñaríamos a nuestras chicas, ¿verdad? – mi mente está yendo más allá, mientras mojo sopas en la salsa.

―           No. Crearemos un concepto que podremos vender como cualquier franquicia – sonríe Katrina, sabiendo que he captado la idea. – Cursos trimestrales para chicas venidas de cualquier punto de España y del extranjero. Podríamos educar a amantes de millonarios y dictadores, concubinas de serrallo, chicas para burdeles de lujo en el extranjero… las posibilidades están abiertas.

―           Tienes razón. El palacio de Godoy y Osuna es un sitio perfecto para una academia para señoritas de compañía.

―           Escuela de modales y protocolos – redefine Katrina, levantando un dedo.

―           ¡Brindo por eso! – exclamo, levantando mi copa de vino.

_________________________________________________________________

Katrina y yo hemos salido de buena mañana, con el pretexto de que ella tome más experiencia de conducción. En parte es cierto. Aunque Katrina dispone de permiso de conducir, se ha acostumbrado demasiado a ser llevada de un lado para otro. Si tuviera que escapar de algún peligro, por sus propios medios, sería una desventaja para ella no estar habituada a manejar un coche. Así que hemos tomado uno de los coches de la colección de su padre, un pequeño Alfa-Romeo, rojo oscuro, y hemos tomado la carretera, sin rumbo.

Bueno, eso de sin rumbo es un decir. Yo si sé donde quiero ir, pero, por el momento la dejo disfrutar de su libertad. La única condición que le he puesto es la de no rebasar el límite de velocidad. Estoy perdido en mis pensamientos, pero, de vez en cuando, le echo un vistazo al marcador de velocidad, comprobando que no aprieta el pie demasiado. De paso, me ilumina con la belleza de sus muslos bronceados, que su minifalda deja al aire.

Por mi parte, me siento por fin relajado desde la muerte de Maby, en paz y a salvo. El sol calienta mi rostro, acentuando la languidez que me envuelve. La noche anterior ha sido agitada. Las chicas querían demostrarme cuanta preocupación habían sentido por mí; las cuatro: Katrina, Elke, Pam y Patricia. ¡Que leonas, madre mía! Invité a Denisse a unirse a nosotros, pero declinó tal placer, con una sonrisa. Creo que estuvo acertada, pues aún no les había hablado a las demás de nuestra aventura en París.

Aproveché un descanso en nuestra ardiente lucha para hablarles de ella. Mi hermana no puso pega alguna. Me amaba incondicionalmente. Katrina sonrió y me dijo que lo estaba viendo reír. Patricia no fue tan comprensiva; se sintió celosa.

―           ¿Es que no tienes suficiente con nosotras? – espetó.

―           La atracción ganó la batalla – dije, a modo de disculpa. – Pero, sin embargo, Denisse ha rechazado mi invitación a dormir con nosotros. Espera que vosotras se lo permitáis.

―           ¿Tenemos encima que hablar con ella? – se enfurruñó totalmente la jovencita.

―           Me gustaría que así fuera, canija. No he puesto ningún impedimento a que te relacionaras con Irene o con Niska, ¿verdad? El respeto es importante, Patricia, y lo sabes…

―           Está bien. Tienes razón – bajó los ojos.

―           No te preocupes, Sergio. Hablaremos con ella – dijo Pam, acariciándome el pene para cortar la conversación.

Para asegurarme que mantendrían esa actitud al día siguiente, tuve que esforzarme bastante para dejarlas a todas bien satisfechas. Una buena excusa para estar lánguido y relajado a la mañana siguiente, ¿no?

―           Tengo una reunión este mediodía – le suelto de repente.

―           ¿Una reunión? ¿Dónde?

―           He estado hablando con el ayuntamiento de Algete. Tengo que hacerles una proposición.

―           Algete… ¿Dónde queda?

―           Toma la A1 hacia San Sebastián de los Reyes, después nos desviaremos. Espera, programaré el GPS – le digo, incorporándome y manejando el dispositivo.

―           ¿Por qué allí? No me suena a un sitio importante y con vida…

―           Es un municipio tranquilo y bastante más cercano que Aranjuez. Además, no tiene porque estar en un sitio concurrido. La clientela que atrae la mansión se desplaza donde haga falta.

―           En eso tienes razón.

La villa de Algete tiene veinte mil almas. No es un lugar pequeño; es dinámico y, a la vez, luce esa quietud de los pueblos de los llanos. El ayuntamiento se alza en la calle de Carrachel. Hemos llegado con diez minutos de adelanto. Katrina se siente orgullosa de no haber cometido apenas fallos en su conducción. Cuando pregunto por el alcalde, una secretaria cuarentona nos conduce hasta la alcaldía. Nos encontramos con un hombre alto, de pelo gris, y cuerpo enjuto, que nos extiende la mano, con una gran sonrisa. Su apretón es firme y sincero. Me gusta. Se presenta como Jacinto Noliante, abogado y alcalde de la villa. Junto a él se encuentran una mujer de unos treinta y tantos años, muy bien vestida y con maneras de pija total, y un hombrecito de talante nervioso y bigote de cepillo, al que le sudan las manos. Marisa Gemas y Manuel Atesán, ediles a cargo de Urbanismo y Desarrollo.

Sin pretenderlo, Katrina me sirve de carnaza. Los dos hombres la devoran con la mirada y la concejala levanta la nariz con desdén y orgullo, pero deseosa de flirtear conmigo. Creo que la reunión irá viento en popa. Entro en materia rápidamente, sin rodeos. Les informo que estoy interesado en una de las llanuras, cercanas al río Jarama, para levantar una mansión con entorno de jardines. El hombrecillo me contesta que toda esa zona ha sido declarada ZEPA (zona especial de protección de aves) por la Unión Europea. Ofrezco construir un refugio de aves y otros animales del entorno, dotado de una clínica veterinaria, así como de toda una zona de estancia y apareamiento. Todo iría ubicado en el interior del perímetro de los alrededores de la mansión.

Marisa Gemas me pregunta si la mansión tendría fines lucrativos. Le sonrío, sabiendo que busca tajada.

―           Se trata de un club, señora Gemas, un club muy exclusivo, de retiro y relax. Por eso mismo, busco un lugar donde no se edifique más a su alrededor; en el que se pueda respirar tranquilidad y se pueda contemplar la naturaleza. No existirá contaminación de ningún tipo, ni siquiera acústica o lumínica. Tomaremos expresamente medidas para no impactar en el medio ambiente, salvo por una carretera de acceso que derivará desde la M-50 y que llegará hasta el núcleo urbano. De esta manera, Algete puede beneficiarse de otro acceso de transporte que no le costará nada.

Noto como mi contestación les hace cavilar. El propio alcalde presenta otra duda.

―           ¿Qué puede reportar ese club de relax para Algete? ¿Puestos de trabajo? ¿Mantenimiento? ¿Abastecimiento?

―           Bueno, debo decir que el personal interno está altamente especializado y ya disponemos de él. Pero si necesitará personal de mantenimiento, como jardineros y manitas, así como limpieza. Además, los comercios de la villa pueden abastecer perfectamente todo cuanto se necesite, y créanme, que se necesitará. Los socios que vendrán a relajarse son personas muy sibaritas y exigentes – intervino Katrina, por primera vez, atrayendo sus miradas.

―           El ayuntamiento dispone de ciertos terrenos en un altozano, del que se puede otear buena parte de la dehesa – nos dice el alcalde. – Podríamos acercarnos a verlos y que opinen sobre ellos.

―           Me parece perfecto – siento que ya son míos. La mirada del basilisco no solo sirve para el sexo.

Algete, como núcleo principal de población, está situado entre cerros. Nos dirigimos al oeste, donde pronto podemos encontrarnos con una vasta llanura por la que transcurre el río. El coche del alcalde, un pesado 4×4 Nissan, nos conduce hasta una suave meseta entre colinas enanas que se asemejan más a dunas. Todo está cubierto de hierba y matojos, hasta donde alcanza la vista. La meseta es bastante amplia; un poco más que la extensión de un campo de fútbol, y el alcalde tenía razón: desde allí se otea todo el río.

El lugar se encuentra a unos tres kilómetros del centro urbano y no parece haber más vecinos cerca.

―           Este es el sitio con el terreno más firme para construir. Toda la llanura está minada por vías de aguas subterráneas, provenientes del río – me comunica el edil Atesán.

―           Un buen sitio para la mansión – afirmo. – Los jardines, piscina y demás zonas al aire libre, así como el refugio para aves, podría dispersarse en la dehesa, sin problemas.

Tanto el acalde como la concejala asintieron, entusiasmados con la idea.

―           ¿Cuánto terreno está dispuesto a comprar? – me pregunta ella.

―           ¿Cuánto piensan venderme? – le pregunto, riéndome.

―           Todo esto tan solo tiene un valor ecológico para las aves. Así que si nos garantiza que mantendrá el proyecto de refugio y clínica veterinaria, podemos llegar a un buen acuerdo, tanto en precio como en extensión – interviene el alcalde Noliante.

―           Eso se lo dejaré por escrito, para que no haya dudas. En cuento a extensión, así, a ojo, nos interesaría una parcela cuadrada de unos tres kilómetros de lado, para que incluyera aparcamientos e instalaciones periféricas.

―           Está bien, con tal de que dejen libre el terreno a cincuenta metros del río.

―           ¿Tenemos trato? – le pregunto, tendiendo mi mano.

―           Desde luego que si, señor Talmión – sonríe el alcalde, estrechándola.

―           Bien, preparen la documentación y háganme llegar una copia para echarle un vistazo – les comunico, estrechando las manos de los demás.

Media hora después, Katrina me contempla de reojo, mientras conduce de regreso a la mansión.

―           Pareces contento – me dice.

―           ¿No crees que les hemos sacado unas magníficas condiciones?

―           Si – sonríe ella, a su vez.

―           Un vasto terreno a muy buen precio, en un lugar en que no tendremos vecinos nunca, y, además, respaldados por el ayuntamiento, a cambio de muy poco esfuerzo.

―           Estaba pensando en el personal a contratar en la villa. ¿No contará lo que pueda ver?

―           No se puede mantener una mansión en total secreto; siempre habrá fugas de información, pero no me preocupa. Ninguno de los habitantes de Algete, ni siquiera su alcalde, puede costearse el precio de traspasar las puertas de la mansión. El personal contratado tendrá que firmar una cláusula de confidencialidad y, con eso, nos cubrimos las espaldas.

―           Siempre podemos darles el día libre en los eventos importantes y que limpien al día siguiente – opina ella.

―           Por supuesto, pero te aseguro que con solo ver las armas de los vigilantes, el personal sabe muy bien a que atenerse. No se irá de la lengua, más que con unas cuantas anécdotas – le digo, mientras mi mano se desliza entre sus tersos muslos.

―           Quieto tigre, que estoy conduciendo – se ríe.

―           Es que me estoy acordando que el alcalde estaba a punto de caerse de su sillón, tratando de mirarte las piernas – bromeo.

―           Ya lo sé. ¿Acaso crees que no me he dado cuenta de que me has usado de gancho?

―           ¿Me perdonas? – le pregunto, acercándome a ella y haciendo un puchero.

―           Siempre, mi dueño – me responde, besándome fugazmente. – Sabes, mientras estabais en París, Pam y yo visitamos el Años 20.

―           ¿Si? ¿A que se debió?

―           Quiero conocer todos los negocios y cuando se lo comenté a Pam, se ofreció a acompañarme.

―           Espero que Pavel te atendiera como te mereces.

―           Oh, si, no te preocupes. Tanto Mariana como el viejo gay fueron encantadores.

―           ¿Te gustó?

―           La verdad es que está muy bien decorado y organizado, pero…

―           Ahí viene el consabido pero – me río.

―           Bueno, en verdad la idea es de Pam, no mía.

―           ¿De Pam? ¿A qué te refieres?

―           Es sobre el tema del club. Los años 20 están muy trillados y solo atraen a un tipo de clientes, de edad madura. Pam, esa misma noche, me hizo partícipe de una imagen que le rondaba por la cabeza y que, ahora, me ha contagiado.

―           A ver. Explícamela – la animo, mientras me acomodo de nuevo en mi sitio.

―           Una palabra: Femdom.

―           ¿Dominación femenina?

―           Ajá – me saca la lengua al verme la cara.

―           ¿Crees que los clientes van a pagar para que los humillen y los azoten? ¡Estáis locas!

―           Ese sería el punto extremo, pero hay muchos grados de femdom, desde la dominante ejecutiva, pasando por las amazonas, y acabando en la clásica ama, vestida de cuero. Podemos ofrecerlo todo. Imagínatelo como un reino de amazonas, de bellas y duras mujeres que solo se interesan en los hombres cuando necesitan saciarse. Sin remordimientos, sin sentimientos ñoños…

―           Visto así…

―           Un club donde haya un espectáculo de luchas femeninas cada fin de semana, siempre con un escenario distinto. En el barro, sobre una pasarela, entre llamas, en una jaula… incluso en el agua. Un buen espectáculo feroz y lleno de efectos especiales, en parte como la liga de los gladiadores americanos, pero mejor realizada.

Me fijo en como relucen sus ojos.

―           ¿Cuántos hombres y mujeres pagarían por obtener los favores de estas bellas luchadoras, orgullosas y dominadoras? Lo que perdiéramos en clientela masculina, la ganaríamos con una clientela femenina que nunca hemos abordado.

Tiene razón y Pam lo ha visto antes que yo. Existe una clientela femenina que no es valorada. Puede que no pague por una compañía, pero si se excita de la misma forma que los hombres y, por lo tanto, gasta pasta como ellos. Debo tenerlo en cuenta para los nuevos proyectos.

Empiezo a ver también la imagen. En ese nuevo club, las chicas serían reinas y habría que educarlas como tal. Tendrían que comportarse según un nuevo papel, pero podía hacerse. Chicas dominando clientes de ambos sexos, representando roles bien definidos, que incluso les llevaría a controlar a otras compañeras que se hicieran pasar por esclavas, por sirvientes. ¡Dios, que buena idea!

Podríamos instituir una reina, la dominatriz, quien podría representar el rol de la cruel ama, la reina femdom. Ella controlaría las mazmorras y regiría sobre las demás. Me digo que es algo que hay que pensar con detenimiento. Están surgiendo tantas ideas que no las abarco totalmente.

―           Cuando lleguemos a la mansión, te enseñaré lo que hemos anotado como apuntes – me dice Katrina.

―           Está bien. Ya que estáis inventivas, a ver si pensáis algo para el proyecto de Lisboa. Es el momento de retomar las riendas de nuestros negocios.

Katrina me sonríe, lanzándome un beso, y alarga la mano para aferrar la mía. Creo que le ha encantado la palabra “nuestros”.

CONTINUARÁ…

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