FRANCISCO J. MARTÍN
Manuel andaba despacio, ayudado por su bastón. Cada mañana iba a la plaza del pueblo en busca de sus amigos de siempre, con los que compartía sucesos e historias de tiempos atrás en las que ellos eran los protagonistas.
Generalmente, daban un paseo y acababan cerca de alguna imagen que les hacía pararse, relajarse y les motivaba a hablar y contar sus citas, romances y también andanzas de juventud, obviamente exagerados hasta el punto necesario para provocar la risa, cuando no carcajada, de todos los presentes.
Un buen día, cuando Manuel iba a la reunión, descubrió en la calle Mayor una imagen que no debían perderse, y nada más llegar a la plaza explicó a sus amigos lo que había visto. Todos coincidieron en que ese sería el lugar donde podrían estar muy a gusto. Y allí se fueron.
La visión era impresionante: una fantástica excavadora amarilla marca Michigan estaba
haciendo una zanja en un terreno sin construir, presumiblemente para los cimientos de una futura casa, ¿o sería para plantar unos árboles? ¿O quizás para canalizaciones de agua? ¿O a lo mejor para…?
El escenario ya estaba elegido, ahora cada uno a contar sus antiguos devaneos.

 

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