JANIS MULLIGAN

Una noche con Denisse

No tengo hambre, pero debo sentarme a la mesa para dar ejemplo. Hace poco más de una hora que Marla ha expirado en la cruz. En el comedor nos encontramos casi todos: Katrina, Pamela, Elke, Basil, y Patricia, quien ha decidido unirse para el almuerzo.

La chiquilla se detiene un momento, la cuchara frente a sus labios, y pregunta dulcemente:

―           ¿Qué le ha pasado a esa mujer?

La niña no es tonta. Agito una mano, como quitándole importancia, pero insiste. De hecho, fue ella quien la atrapó.

―           Ha sido ejecutada por sus crímenes y por su traición. Puso unas bombas que han destrozado a muchas chicas – le contesto.

Asiente, como si comprendiese lo ocurrido. Creo que aún está en shock por la muerte de su madre.

―           ¿De quién es esta mansión? – pregunta de nuevo.

―           Mía – responde Katrina, sonriéndole.

―           ¿Tuya? Pero… ¿no eras su esclava, hace poco? – se asombra Patricia.

―           Si. Sergio estaba entrenándome. Todo esto, la organización, las casas… todo pertenecía a mi padre, y ahora a mí – le informa suavemente la rubia.

―           Así que eres rica podrida… ¿Y cuanto tiempo me quedaré aquí?

―           No lo sé, Patricia – respondo. – Depende de muchos factores, pero estarás bien aquí. La mansión dispone de todas las comodidades y ocios.

―           Pero Irene…

―           Irene estará más segura si no se acerca a ti en un tiempo – digo, cortando la discusión. Sabe reconocer mi tono.

Tras el almuerzo, me encierro con Basil. Debo utilizar el sistema de contacto que Marla me confesó, antes de morir. No puedo dejar que Anenka se entere de su equipo y su espía han muerto. La trampa solo será útil en las siguientes veinticuatro horas, si es que funciona, claro. Tardamos un rato en ponernos de acuerdo en cual será el mensaje. Al final decidimos intentar hacerle creer que Marla ha conseguido atrapar a alguien importante, por una chiripa, en el momento de volar el Palacio.

Basil se ríe, dando la puntilla a su idea, y se ofrece él mismo como cebo. La verdad es que está bien pensado. Anenka es consciente que, como hermanastro y hombre de confianza de Víctor, constituye una pieza fundamental de la organización. Sabe que es nuestra referencia y nuestro consultor. Así que, teniendo una oportunidad así, el paso más lógico sería asegurarse de su eliminación.

Llamo por teléfono a la redacción de El País y encargo un contacto en la sección de sexo para el día siguiente. El texto dice: “Viuda de 43 años busca un hombre vestido de mayordomo y de nombre Basil. Que sepa hacer visitas a domicilio y que me diga lo que tengo que hacer con él. Día libre, solo sábados.”

Ha quedado muy profesional, me digo, frotándome las manos. Ahora, solo nos queda esperar.

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―           Esto es inmenso – exclama Patricia desde el lomo de su montura.

Katrina y yo la hemos sacado a pasear a caballo, al caer la tarde. Patricia no tiene ni idea de montar, pero le ha encantado la idea. Recorremos el extremo opuesto de la finca, para no toparnos con el área de reclutamiento, aunque le he comentado que existe y está en la finca. Ya ha pasado el tiempo de ocultarles cosas.

―           Papá estaba muy orgulloso de su mansión – comenta Katrina, palmeando el cuello de su yegua. Katrina lleva aún la ropa de equitación que portaba esa mañana.

―           ¡Como para no estarlo! – se burla la chiquilla, muy atenta a los movimientos de su montura.

En unos minutos, nos encontramos con una diminuta pagoda, más pequeña que yo, que tiene, en un lateral, un bebedero para pájaros. Está situada al borde una suave ladera recubierta de densa hierba fresca. El lugar es casi idílico.

―           Este es uno de mis sitios preferidos – nos dice Katrina. – Los jardineros se ocupan de mantener esta hierba fresca y renovada.

Con un ágil movimiento, la rubia se desliza de su caballo y abre la puertecita de la pagoda. Introduce la mano y saca varias mantas, un cartón de zumo y una lata de galletas y bizcochitos. La búlgara siempre me sorprende, debo decirlo de nuevo. La ayudo a extender las mantas por la ladera, formando un cómodo tapiz que protegerá nuestras ropas de la clorofila. Patricia es la primera en tumbarse, colocando sus manos tras la nuca y mirando al cielo. Katrina se sienta a su lado, ocupada en escoger una galleta en concreto del interior de la lata. Yo tomo lugar al otro lado de Patricia, y le doy un trago al cartón de zumo, pasándolo a continuación.

―           ¿Te has traído aquí algún rollete? – le pregunta Patricia, con su desparpajo habitual.

―           No, jamás. Ni siquiera alguna de mis esclavas – responde sinceramente Katrina.

―           Pues el sitio es ideal para echar un polvete – apuntillo yo.

―           Es cierto – me apoya la chiquilla, mordisqueando una galleta.

―           He sido virgen hasta hace muy poco – confiesa de repente Katrina, haciendo que el nuevo sorbo de zumo me salga por la nariz. Creía que era celosa con esa intimidad.

―           ¿Tú, virgen? – se asombra Patricia.

―           Si. Para mí era algo muy serio y especial – musita, mirándome de reojo.

―           Hasta que conociste a Sergio, claro – sentencia la chiquilla, sonriendo.

―           Si – y, aunque no me lo crea, las mejillas de Katrina enrojecen.

―           ¡Que bonitooooo! – exclama Patricia, dándole un abrazo al recordar, quizás, su propio estreno. — ¿Crees que Sergio nos tendrá en una especie de de lista o algo así? ¿Por edades o preferencias?

―           ¡Joder! ¡Que estoy aquí delante, coño! – farfullo.

Las dos se ríen con complicidad. ¡Que Dios me ampare!

―           Tienes razón. Este es un magnífico lugar para follar – dice Katrina, acariciando la mejilla de Patricia. — ¿Lo estrenamos?

―           Creía que no lo ibas a decir nunca – sonríe Patricia, ofreciendo sus labios.

Contemplo como las dos chicas unen sus labios, primero con suavidad, luego, a medida que sus lenguas batallan, con pasión. Desabotono mi camisa y hago lo mismo con la de Patricia, pasando un brazo por debajo de su cuerpo. Ella intenta repetir la acción con la ajustada camisa de Katrina, pero sus dedos tiemblan. Katrina la ayuda, sin separar los labios de la boca de la chiquilla.

Como no me hacen caso, me decido a quitarles también los pantalones y, finalmente, las dejo desnudas. Yo no tardo en estar de la misma forma. Las manos de Katrina ya se han apoderado de la entrepierna de Patricia, en cuanto le he quitado el jeans. Me tumbo de costado a la espalda de la chiquilla, volviendo a pasar un brazo debajo de su cuerpo. De esa forma, la abrazo, atrayendo su dorso contra mi pecho. Cuando la incorporo así, contra mi cuerpo, parece mucho más niña de lo que es.

Mi pene juguetea entre sus muslos, los cuales separa ansiosa. Katrina, también acostada de costado, besando la boca de Patricia, aprovecha para aferrar mi glande y tironear de él. De esa forma, procura que mi morcillona polla se frote contra el sexo de la jovencita, la cual ya se está moviendo como una lujuriosa serpiente, haciendo coincidir perfectamente su vagina.

Durante un rato, participo en este juego, en el que Patricia se frota y yo punteo, a través de sus muslos, la vagina de Katrina. Las dos están jadeando y yo me siento frenético. Tengo que ensartar uno de esos coños. Me decido por el de Katrina.

Ruedo sobre ellas, aprisionando a la rubia debajo. Aferrando a Patricia el pelo, la muevo hacia arriba, acabando por colocarla de bruces sobre el rostro de Katrina. Su ombligo cae sobre la naricita de la rubia, quien, con una risita, le da un azote en la nalga para que la chiquilla repte un poco más arriba. Esta vez es su sexo el que queda al alcance de la lengua de Katrina, quien, al mismo tiempo que me deslizo dentro de ella, saca su lengua para atrapar el clítoris de la chiquilla.

Por mi parte, hundo mi lengua entre las nalgas de Patricia, que quedan también a mi alcance. De esta forma, Katrina y yo nos dedicamos a un sándwich lingual mientras nuestros sexos se unen.

Tenemos que aferrar las caderas de la jovencita, porque amenazan con salir disparadas, debido a sus contracciones. La doble lamida de coñito y culito la está volviendo loca. Chilla y se agita como una endemoniada, mientras se pellizca ella misma sus pezoncitos.

Al notar como Katrina se corre, las animo a cambiar de posición. Esta vez, soy yo quien se queda debajo. Patricia me cabalga, como es su costumbre y, entonces, es Katrina quien adopta la misma posición que Patricia mantenía. Se tumba de bruces, dejando su pelvis al alcance de mi boca, mientras ofrece sus prietas nalgas a la lengua de la jovencita.

El estrecho coñito de Patricia acaba por ordeñarme completamente. La riego interiormente con largueza, coincidiendo con el tercer orgasmo de Katrina, quien es, a su vez, la que humedece toda mi boca.

Cuando estamos recuperando el aliento, escucho los sollozos contenidos. Patricia está llorando con mucho sentimiento.

―           ¡Por Dios! ¿Qué ocurre, preciosa? – le digo, incorporándome y abrazándola.

Katrina gatea hasta nosotros, abrazándonos a su vez.

―           Noooo… debería ser… – balbucea Patricia, entre hipidos. – ¡No debería sentirme tan feliz! ¡Mamá está muerta!

―           No te sientas culpable – susurra Katrina en su oído, tras besarle las mejillas. – He pasado por lo mismo. Debes vivir tu vida. Tú no la mataste, recuérdalo.

―           Pero… me siento tan bien con vosotros… como si ésta fuera mi casa…

―           Y lo es, mi niña. Es tu casa, nuestra casa – Katrina besa sus ojos cerrados.

―           ¿De verdad? – suspira ella, controlando el llanto.

―           De verdad, canija, hasta el día que te canses de nosotros – le prometo, sinceramente.

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Hacia la mitad de la mañana siguiente, el móvil de Marla recibe un mensaje de un número sin identificar: “Hazlo desaparecer”. Simple y conciso. No hay forma de contactar con el número oculto, ni de situarle. La señal rebota en tres torres emisoras y se pierde en el centro de Madrid. Pero, al menos, suponen que Marla está viva.

―           Hay que poner un nuevo anuncio – le digo a Basil. – ¡Hay que sacarla a la luz!

Basil está de acuerdo y, con una fuerte inspiración, él mismo redacta el texto, esta vez mucho más directo: “Viuda de 43 años busca librarse de su mayordomo Basil, pero no está dispuesta a divorcio terminal. Necesita ayuda económica urgente, así como un nuevo abogado y una posible salida a esta situación. Motel Dalia, bung.7, M-607. Disponible solo hasta el sábado.”

No hay que ser muy cenutrio para comprender el mensaje. Marla está apurada y necesitada de ayuda. Tiene retenido a Basil, pero ella no piensa matarle. Precisa un matarife y una ruta de escape. Espero que eso atraiga a Anenka en persona, aunque no hay nada seguro. Es la mejor oportunidad que hemos tenido desde hace tiempo.

―           El Motel Dalia ya ha sido utilizado una vez antes por Víctor. Es un lugar tranquilo y apartado. Enviaré varios hombres enseguida a controlarlo – me explica Basil.

―           Está bien. Lo dejo en tus manos – le digo, palmeándole la espalda.

Me paso toda la tarde editando los diferentes planos de la crucifixión, con Alfredo, un chico de Valencia que ha llegado con los últimos reclutas. Ha trabajado en varios estudios y es cámara de guerra. El DVD es impactante y serio, nada de florituras, ni banalidades. El texto en OFF que leo y grabo, no tiene inflexiones, ni matices. Es una declaración de intenciones y la lectura de una sentencia. No me siento orgulloso de esto, pero sé que es necesario. Dejo pendiente su envío y espero impaciente a la publicación del anuncio. Basil me comenta que no esperaremos la llegada de otro mensaje. Los hombres ya tendrán la trampa preparada, por si Anenka pretende dar una sorpresa.

Al siguiente amanecer, debo luchar contra el impulso que me hace querer ir hasta ese motel. Basil me regaña cuando intento tomar uno de los coches. Ya no soy un emisario de la organización, sino una de las cabezas principales. Debo aprender a distanciarme de los pequeños asuntos y mantener coartadas.

Harto de esperar un mensaje que no llega y con los nervios saturados, busco a Katrina, pero me informan de que ha salido a pasear a caballo. Renegando entre dientes, subo hasta nuestro dormitorio, simplemente para ver quien está allí. Me encuentro con Patricia encamada con Niska, en la habitación de las criadas. La romaní está desnuda, los tobillos bien separados y atados a las patas de la cama. La jovencita está alternando azotes y lengüetazos sobre el bien depilado sexo de la criada.

No sé si interrumpirlas, pero Patricia, al verme, me llama con un gesto. Cuando me acerco, me indica que quiere verme traspasar a su nueva perrita, hasta el fondo. No la hago repetirse. Es justamente lo que necesito para bajar mi nivel de ansiedad. Dentro de mí, Ras casi araña las insustanciales paredes de mi alma.

Niska chilla cuando la empalo, pero noto también como ella misma empuja con fuerza, buscando sentirse colmada. ¡Cuánto ha aprendido esta chiquilla desde el día en que la desvirgué! Patricia no aparta la vista del movimiento de mi émbolo mientras coloca una de sus manos sobre mi pecho, al sentarse sobre la cara de su esclava. Nos miramos a las caras, contemplando nuestro mutuo disfrute, a la par que escuchamos los lametones de la lengua de Niska en el sexo de Patricia.

La chiquilla gime, transportada por el placer y, de repente, gatea sobre la cama, apartándose de la boca que la está succionando.

―           ¡Necesito sentirte dentro, Sergi! ¡Ahora!

¿Cómo negarme? Se la saco a Niska, quien se coloca inmediatamente arrodillada tras el trasero de Patricia, la cual se encuentra a cuatro patas, esperándome. Los dedos de la joven rumana se cuelan, sin tapujos, en la vagina expuesta. Primero dos de ellos, hasta mojarlos bien, luego un tercero que empieza a enloquecer a la jovencita. Niska incrementa el ritmo, al mismo tiempo que sisea a través de sus apretados dientes. Patricia no deja de gemir suavemente y de llamarme. La propia Niska aferra mi miembro y lo lleva hasta la ardiente vagina de Patricia. Es como atravesar un bloque de mantequilla con un cuchillo caliente. Una gozada de coñito que disfruto lentamente, llegando hasta el fondo. La romaní se aferra a mi cuello, mordiéndome los labios suavemente. Sé que me aprecia mucho, aunque ahora se debe totalmente a Patricia.

Cuando estoy a punto de correrme, saco mi miembro, con un suave sonido de descorche, y lo froto contra las esbeltas nalgas. Aferro la nuca de Niska y la obligo a inclinarse para tomarlo con la boca. De esa manera, entre sus labios y deslizarme sobre los suaves glúteos, me corro gratamente, regando rostro y espalda de las chicas.

―           Puede que suba de nuevo dentro de un rato, si no tengo pronto respuestas – les digo, ya en pie, abrochándome el pantalón.

―           Aquí estaremos aún, ¿verdad, putita mía? – sonríe Patricia, dejando que Niska limpie todo el semen de su piel con la lengua.

No tengo que esperar demasiado. Apenas ha transcurrido una hora, cuando el móvil de prepago destinado para esta operación. Katrina ha vuelto de su paseo a caballo y está con Basil y conmigo, en la gran biblioteca. Basil conecta el manos libres.

―           Informa – gruñe Basil.

―           El paquete no ha aparecido, pero si varios subalternos. Tenemos a dos vivos, pero dañados – habla una voz que no reconozco, con un fuerte acento germano.

―           ¿El asunto está controlado?

―           Si. Estamos limpiando.

―           Llevad a esos dos al centro de reclutamiento – digo, a mi vez.

―           Si, señor. Estaremos ahí en un par de horas – se despide.

―           ¡Maldita sea! – exclamo, una vez cerrada la comunicación. — ¡No ha aparecido!

―           Sabíamos que era difícil que se arriesgara. No estamos tratando con una aficionada – contesta Katrina.

―           Lo sé, rubia, pero es que empiezo a estar desesperado.

―           Quizás tengamos suerte al interrogar a los prisioneros – opina Basil.

―           ¿Tú crees? En cuanto vea que sus hombres no regresan, Anenka cambiará de escondite y ya está.

―           Veremos…

―           Por mi parte, voy a revisar toda la información sobre Arrubin que los socios europeos están enviando – me sonríe Katrina, antes de besarme ligeramente y marcharse.

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Un sujeto grueso y barbudo, llamado Fader, nos relata la operación en el motel. Basil me enseñó, la noche anterior, fotografías del motel Dalia. En los años 70, con la M-607 de reciente construcción, era uno de los más modernos de España. Disponía de una veintena de bungalows y un edificio de de dos plantas, con pequeñas suites. El recinto tomaba forma circular, con los bungalows en medio, y los jardines vallados alrededor, con lo cual, la intimidad estaba garantizada. Nuestros hombres llegaron la tarde anterior y desalojaron a los pocos clientes, sufragándoles una noche en un hotel de cuatro estrellas, en Talavera de la Reina. El gerente no puso ninguna pega, sobre todo tras embolsarse un buen pico. No era la primera vez que requerían todo el motel para asuntos que a él no le importaban lo más mínimo.

Una veintena de hombres, con armas de gran calibre y equipadas con silenciadores, tomaron posiciones, convirtiendo el inocente motel en una trampa. El aparcamiento, que quedaba próximo a la carretera, estaba cubierto por una ametralladora Browning AT de calibre 50, posicionada en la trasera de una furgoneta, así como dos francotiradores apostados en el tejado del edificio principal.

El despacho del gerente y el puesto del hombre de mantenimiento fueron debidamente ocupados. Había varios hombres ocultos alrededor y en el interior del bungalow 7, y dos coches preparados para cubrir una posible fuga. Los que llegaran al motel, no saldrían de allí.

Sobre las once de la mañana, después de decirles que el motel estaba en reformas a un comercial y a una familia de turistas belgas, aparecieron los hombres de Anenka, con la familiar seguridad de los hombres de armas del Este. Llegaron en tres coches, una docena de hombres. Quizás Anenka se olía una trampa, o bien tenían órdenes de llevarse a sus objetivos a otro lado. El caso es que eran demasiados hombres para una misión así.

Fader nos confesó que todos ellos pensaron que si dejaban que se atrincherasen aquellos hombres, se iba a iniciar un tiroteo del diablo. Debían ser rápidos y resolutivos. No había traza de Anenka, ni de ninguna otra mujer por ninguna parte. Cuatro hombres se quedaron con los coches. Dos entraron en la oficina del gerente, y otros seis marcharon hacia el bungalow 7. Con una eficaz coordinación –los dos coches cortaron la carretera en ambos sentidos durante siete minutos-, se inició la eliminación de la banda eslava. Tan solo dos hombres salieron con vida, pero no indemnes.

Los primeros cuerpos en retirar fueron los caídos en el aparcamiento. Fueron rápidamente introducidos en los maleteros de sus propios coches. Después, se retiraron los demás cuerpos y se limpió la sangre que salpicaba algunas paredes. La grava fue rastrillada y se conectó el sistema de aspersores.

―           Está bien – afirmó Basil, elogiando a Fader.

―           ¿Los dos supervivientes han sido supervisados por el médico? – pregunto a mi vez.

―           Si, señor.

―           Bien, vamos a ver qué es lo que saben…

Esta vez me quedo al margen. Dejo que el experto en interrogatorios, un sujeto holandés, de edad indefinible, de ejemplo con ellos para su clase. Desde que trajeron los prisioneros y el médico les puso suero y plasma, les había suministrado también pentotal sódico y otras diversas drogas que les dejaron suaves y comunicativos. No es que le sacara mucho, pero nos enteramos de algunas cosas útiles. Su último escondite está en Guadalajara, a donde envío dos furgonetas llenas de soldados. Nos enteramos de que los ataques a Bilbao y a Barcelona, han partido de una casa franca en el país vasco francés, en Espèlette. Un dato importante, Anenka no vive con sus hombres, así que no está protegida. El problema está en que no saben por dónde se mueve, ni con quien. Anenka es muy celosa de su intimidad. Solo su lugarteniente, Konor, conoce los detalles.

―           Al menos, la hemos dejado casi sin hombres – sonríe Basil. – Según estos dos, disponía de una veintena de hombres. Hoy ha perdido doce y el otro día cinco…

―           Eso la frenará unas semanas, pero Nikola le enviará más – le contesto, antes de dar órdenes para encerrar a los prisioneros. Puede que nos vengan bien como intercambio.

―           Bueno, lo que buscamos principalmente es ganar tiempo, ¿no? – me dice Basil, abriendo la puerta de la habitación para salir.

―           Si… tiempo – me jode que Anenka no haya prestado más atención a nuestra trampa. Perdí la oportunidad cuando la dejé salir con vida de la mansión, con sus hombres.

Tres horas más tarde, una llamada del grupo que se ha trasladado a Guadalajara nos da buenas noticias. No quedaba nadie en el escondite, un viejo taller mecánico, pero han tenido que salir a escape porque han dejado atrás de todo. Se han incautado de otros tres vehículos –eso hace seis con los que había en el motel-, un pequeño arsenal de armas y explosivos, así como dinero en efectivo. Todo eso también ayuda a debilitarla.

―           Bien, entonces es hora de enviar el DVD de la crucifixión de Marla a todos nuestros empleados – le digo a Basil, con una mueca.

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Contemplo a Katrina enfrascada en los datos que han llegado desde Inglaterra y Alemania. El reflejo de la pantalla del ordenador pone de manifiesto la belleza de sus pupilas. Me acerco suavemente y me inclino para besarle dulcemente la nuca.

―           ¿Cómo vas, princesa? – le susurro.

―           Esto es una pasada – me dice, animada. Creí que se aburriría con tantos datos. – La organización es una bestia de diversas cabezas. Genera mucho dinero en varios frentes, y, por eso mismo, se ha escindido. Nuestros socios hicieron bien sus deberes…

―           Bueno, en nuestra última entrevista, les dejé bien claro que no disponía de infraestructura para espiar a Nikola. Así mismo, Anenka destruyó los discos duros de tu padre, con todos sus informes, incluidas las copias.

―           Aún no sé como lo hizo – rezongó Katrina.

―           Por supuesto, es demasiado lista como para tener sus propios asuntos de Inteligencia guardados en la mansión. Por lo que no tengo nada con lo que contraatacar y eso nos está haciendo pedazos.

―           Tranquilo, cariño – me dice, acariciando mi barbilla. – Pienso leerme todo esto y encontrar algo que nos interese. Ya verás.

―           Vale, princesa. Hablaré con el contable para ver como valoramos todos esos coches.

Un poco antes del almuerzo, Denisse regresa de su viaje. Me saluda a la francesa, con cuatro besos en las mejillas, mientras que una de las criadas se encarga de su maletita.

―           ¿Cómo te ha ido en Gibraltar? – le pregunto.

―           Laboralmente, bien. El tiempo asqueroso – responde con un mohín que manifiesta aún más su elegancia. Con un gesto repetido miles de veces, echa a un lado su largo y blanco flequillo, liberando así uno de sus ojos grises. – Los gibraltareños son igual de ratas que los ingleses, pero, eso si, mucho más simpáticos.

―           Cuéntame – la animo, llevándola del brazo hasta el comedor.

―           He abierto dos cuentas, como me pediste. Una a nombre de Katrina y otra con los datos que me diste. Quedarán ocultas y blindadas, siempre que se limiten a uso personal y no se hagan transacciones desde ellas.

―           Perfecto – sonrío, contento. Desde que Anenka se marchó, he anulado todas las antiguas cuentas y he abierto nuevas. No sé hasta que punto sabe de nuestras finanzas. Estas dos últimas cuentas representan un colchón de seguridad personal.

Pongo al día a Denisse sobre lo ocurrido en estos últimos días. Se lleva las manos a la boca, asustada por las implicaciones, pero la tranquilizo al contarle que Basil está al frente de los detalles. Me responde que se encargará de los asuntos pertinentes esa misma tarde.

A media tarde, Katrina me envía un mensaje: “Creo que lo he encontrado. Ven.”

Nada más entrar en la pequeña biblioteca, se lanza a mis brazos, colgándose de mi cuello. Me besa cuatro, cinco veces, con las rodillas dobladas y descalza.

―           Ni siquiera viene en los informes. ¡Lo he encontrado en una puta revista de arquitectura! – me suelta, estallando en una carcajada.

Le aferro con fuerza una nalga. El doloroso pellizco la calma de inmediato. Me enseña la reseña. Es un recorte de una revista de interiores francesa. Por lo visto, nuestros socios están afiliados a una agencia de noticias, que les envía todo cuanto surge con el nombre de Arrubin, sea o no trascendente.

En este caso, el artículo comenta una serie de reformas que se van a realizar en el castillo de Vincennes, actual residencia oficial de Nikola Arrubin. La importancia de estas reformas le obligará a mudarse, junto a su actual amante, la actriz francesa Claire Hoffé, a uno de los lujosos hoteles parisinos, durante un periodo aún sin determinar. Veo la oportunidad, tal y como la ha visto Katrina: puede que en ese hotel, la seguridad de Arrubin sea más relajada y podamos conseguir algo.

―           Ya tenemos algo con lo que trabajar – la felicito con un nuevo beso. – Pásale los datos a nuestro experto en redes. Él se ocupará de confirmar todo esto y buscar las fechas que nos interesan. Habrá que ahondar más, pero, por ahora, parece una oportunidad perfecta.

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Ha pasado casi un mes desde aquel pequeño descubrimiento y hemos estado esperando a la ocasión perfecta. Ésta se materializa con la presentación de una nueva obra de la compañía rusa de ballet, en la capital francesa. Sabemos que es algo a lo que Nikola no se suele resistir. No disponemos de efectivos suficientemente preparados para realizar una gran operación, así que, en contra de la opinión de Basil, decido ocuparme personalmente del asunto, junto con Denisse.

Representaré mi papel de nuevo rico e iré a ver el ballet en su bella compañía. Sencillo y creíble.

Ha llegado el momento. Denisse y yo tomamos un vuelo que nos deja en dos horas en Orly. Un taxi nos lleva hasta el Hôtel de Crillon, en la Place de la Concorde, justito frente al Obelisco de Ramsés II. Es uno de los hoteles más lujosos de París y de los más caros. ¡730 € por una suite! ¡Por una noche! De locos.

Pues allí nos encontramos, mirando la gran plaza rectangular desde la terracita de la lujosa habitación. Por un momento, intento imaginarme aquel espacio lleno de campesinos rebeldes, portando colores rojos y azules en sus ropas, y gritando al paso de algún aristócrata que es dirigido en una traqueteante carreta, al cadalso de la guillotina. ¡Tuvo que ser la hostia!

―           ¿Qué te parece el hotel, Sergio? – me pregunta Denisse, girando sobre sí misma, con los brazos abiertos, justo en el centro del living de la suite.

―           Hasta hace poco, dormía en el desván de una granja. Así que mi experiencia sube el listón continuamente – le digo, con media sonrisa.

―           Pues ahora tienes la oportunidad de dormir donde lo han hecho embajadores y artistas famosos. Este es el hotel preferido de Madonna…

―           Espero que cambiaran las sábanas. A saber dónde ha estado ese putón – gruño.

―           No seas tonto – se ríe. – Sonia Rykiel, la diseñadora de esos preciosos minivestidos de punto, ha sido la encargada de renovar todo el hotel, con un gusto exquisito.

―           ¿Habías estado antes aquí?

―           Un par de veces… por negocios – suspira. Ya veo el tipo de negocios que ha hecho la abogada aquí dentro. – Me encanta como ha recuperado el estilo Luis XV. Es un ambiente lujoso, pero nunca ostentoso ni excesivo.

La verdad es que tiene razón, tengo que reconocer al mirar más atentamente. Los techos pintados a mano, las molduras laqueadas, el cristal de Baccarat, los extravagantes relojes de pared del siglo XVIII, y las imponentes chimeneas de mármol, te sumergen en otra época y en otro estatus.

Anochece con rapidez y Denisse se reúne conmigo en la terracita.

―           ¡Ñam! Me muero de hambre. ¿Hay que ir de etiqueta para cenar en este sitio? – le pregunto, pellizcándole la barbilla.

―           No tanto, solo con decoro – responde con una risita.

―           ¡Andando!

Bajamos al restaurante, ubicado en un vasto salón lleno de espejos y lámparas de cristal, denominado Les Ambassadeurs. Casi me puedo ver reflejado en el suelo bicolor y veteado. El maître arremete la silla a Denisse cuando se sienta, demostrando una cortesía que a mí no se me ha ocurrido.

―           Me pongo en tus manos, Denisse. Estoy en tu país – le digo al abrir una de las elegantes cartas de vino. No entiendo ni una papa.

―           Por supuesto. S’il vous plaît, un Chateau Margaux de 98, más d’abort, un couple de verres de Perrier Tattinger bien froid. ¿Te gusta el champán?

―           Si, claro.

―           Trés bien, madame – contestó el maître, marchándose.

―           Bien. Vas a probar el de la casa. Es muy bueno y lleva el nombre de los dueños del hotel.

El restaurante está casi lleno de parejas, la mayoría de mediana edad. Todo el mundo habla en voz comedida y dispone de elegantes maneras a la mesa. Tendré que concentrarme para no meter la mano en el plato. Un camarero se acerca, con un delantal que barre el suelo. ¿Por qué los llevaran tan largos? Trae una champanera con hielo y una botella dentro. En la otra mano, dos flautas de cristal, finas y bien elaboradas. Descorcha la botella y nos sirve con movimientos calculados. Tomamos las copas y Denisse, mirándome a los ojos, brinda:

―           Por el éxito de esta aventura.

―           Por lo que pueda pasar – aventuro yo, admirando esa piel pálida y esos labios rojos.

No soy ningún experto en champán, pero puedo decir que, para mí, es muy bueno. Suave y casi picante a la vez. Abro el menú y suspiro. ¿Qué pasa? ¿No han escuchado hablar de los textos bilingües?

―           ¿Qué te gustaría, Sergio? ¿Carne o pescado?

―           Yo siempre carne, querida. Todo lo más, sería marisco lo que tomara – me río.

―           Ya veo, humor español – sonríe ella. – Me refería a la cena.

―           Sorpréndeme. No suelo hacerle ascos a nada.

Cuando el hombre llega a tomarnos nota, me fijo como sus ojos se clavan en el escote de Denisse, con avidez. Ella se lanza a una serie de preguntas y asentimientos. Escuchar su delicada pronunciación y el tono ronco que da a ciertas terminaciones, me producen un estremecimiento en la entrepierna.

―           Puede que me exceda en mis atribuciones, pero me gustaría saber algo más de ti – me dice, apurando la copa.

―           ¿De mí? Apenas tengo edad para disponer de historias interesantes.

―           Creo que eso es un cuento. Llegar a controlar una de las facciones de la organización con apenas dieciocho años, no es ser alguien corriente.

―           Si tú lo dices – encojo un hombro.

―           Ésta muestra interés en nosotros. No la dejes escapar…

“¡A callar, Ras, que me descentras!”

―           Además, he visto la intimidad que muestras con tus chicas, tanto con tu hermana, como Katrina, y con la pobre Maby.

―           ¿Ah, si?

―           Si, sé reconocer las pautas. Estuve viviendo en una comuna dos años.

―           Interesante – dije, callándome ante la llegada del camarero.

Este dejó una fuente con varias tostadas de pan negro, untadas con distintos tipos de quesos grasos y foie gras. Denisse llena las copas de champán y corta un trozo de una rebanada.

―           ¡Delicioso! – murmura, saboreando aún la pieza en la boca.

Tengo que reconocer que el contraste del queso, el pan, y el champán sacude mis papilas gustativas.

―           Así que… ¿No me vas a hablar de ti? – intenta Denisse de nuevo.

―           Veras, soy lo que llaman un niño prodigio. No he tenido niñez ni adolescencia, debido a como mi mente ve el mundo.

―           ¿Si? – se asombra ella.

―           Poseo una mente demasiado analítica. Siempre me estoy cuestionando el origen de cuanto experimento y su constancia vital. Por ejemplo: este champán tan excelente que he probado por primera vez… aún estoy buscando de qué puede provenir ese toque picante que deja en la lengua… si es debido a la zona donde se cría la uva, o quizás a las barricas de olmo y sauce en las que envejece el caldo. A partir de ahí, seguiré posándome preguntas que deberé buscar y responder: las propiedades del terreno, la influencia del clima, los grados de la bodega, el tratamiento mineral del agua añadida… En pocos días, mi mente adquirirá una sapiencia y experiencia intrínseca con esta marca de champán, que no tendrá nada que ver con un consumo ocioso, sino más bien con una compulsión.

―           Casi me has convencido a mí, demonios – se ríe Ras.

“Mucho mejor que decirle que estás en mi interior, ¿no?”

―           Vaya – murmura ella. — ¿Y te comportas con todo así?

―           Más o menos. Todo lo que me inquieta o despierta mi curiosidad es analizado, procesado, experimentado y mejorado o desechado.

―           ¿También en las relaciones? – me pregunta, devorando otro trozo de foie.

―           Ya te digo. Es una experiencia perturbadora para un chico.

―           ¿Puedo hacerte una pregunta personal?

―           Por supuesto. Eres mi abogada – me río.

―           ¿Te acuestas con tu hermana?

―           Si. De hecho, fue mi primera experiencia sexual y mi primer amor, aunque ahora suele estar más pendiente de su novia.

La mirada de Denisse es indescifrable. No sé si lo aprueba o lo rechaza. Es una buena picapleitos, con cara de póquer.

―           Pero, no solo mantengo relaciones estables con mi hermana, sino con todas ellas, incluida Patricia y su fallecida madre.

Esta vez si hay sorpresa en sus ojos.

―           ¿Todas?

―           Si.

―           ¿Cómo te las arreglas para que no enteren?

―           ¿Quién ha dicho que no lo sepan?

―           Pero… ellas no… — estaba siendo demasiado para Denisse.

―           Se han entregado a mí, por su propia voluntad. Dirijo sus vidas, las cuido y las mimo mientras ellas lo deseen y necesiten. Me comparten porque saben que una sola no podría retenerme. Así que podríamos decir que la unión hace la fuerza – bromeó.

―           Mon Dieu – susurra en su idioma.

―           Puede parecer algo extraño y dificultoso, pero no es así. Todos somos felices y, en el momento en que alguna de las chicas conoce a una persona que le atrae más, o de otra manera distinta, la dejo fluir. Eso le pasó a mi hermana con Elke, aunque en vez de separarse de mí, lo que hizo fue traerme a su novia. Sin embargo, han estado viviendo ellas solas perfectamente. Ahora están de nuevo en la mansión, solo por la amenaza de Anenka.

―           Vamos, ¡ya es tuya! Un empujoncito más…

Apoyo el dorso de mis manos entre los platos, abriendo mis palmas en una abierta invitación a que me entregue las suyas. La miro fijamente, con intensidad. Lentamente, ella deposita sus manos manicuradas entre las mías, impulsada por la silenciosa mirada de basilisco. Suavemente, le hablo con un tono sincero y lleno de pasión.

―           Sientes mucha curiosidad, ¿verdad?

―           Si, desde que te conocí.

―           Podemos probar, si tú quieres.

―           Me gustaría… esta noche…

―           Si, tenemos tiempo – le digo. Ella sonríe. — ¿Y si te satisface? ¿Qué pasará? ¿Seguiremos en la mansión?

―           No lo sé aún…

―           ¿Me compartirías con las demás? ¿Yacerías con ellas para complacerme?

―           No lo sé – se retuerce sobre la silla, sin intentar apartar sus manos de las mías.

Yo sí lo sé. Está atrapada, tanto por su propia curiosidad, como por mi voluntad. Creo que ahora si pueda llamarla mi abogada. Cambiamos de tema y cenamos distendidos. Ella me cuenta anécdotas de sus años universitarios, sobre el único novio que ha tenido, sus diversos amantes poderosos, y sobre la única vez que estuvo con una chica.

El camarero nos trae una fuente de chuletas de cordero asadas. En los platos individuales que coloca ante cada uno, hay pequeñas patatas asadas con su piel nadando en una salsa de mostaza con crema dulce. Una pequeña pirámide de guisantes acompaña el plato. ¡Dios! ¡Que buenas están las patatas! Se deshacen en la boca y no hay ni que quitarles el pellejo, impregnado en mantequilla derretida que el tubérculo ha succionado en el horno.

Devoramos la carne con los dedos mientras ella me cuenta como consiguió entrar como socia en un bufete tan prestigioso, siendo tan joven. Me confiesa que nunca se acostó con Víctor, aunque lo hubiera hecho si se lo hubiera pedido. Ella sabía que Víctor estaba enamorado de Anenka, a pesar de saber que era venenosa.

Me habla sobre su familia, sobre su albinismo, heredado de un bisabuelo. De lo mal que lo pasó siendo niña, en el colegio, hasta que su pelo blanco, su piel pálida, y sus ojos casi transparentes se convirtieron en algo atractivo y seductor, en vez de algo extraño y tenebroso. También me susurra que tuvo una etapa gótica a los diecisiete años, fruto de la cual le queda un tatuaje en la espalda.

Nos tomamos un postre de espumeante chocolate fundido mientras nuestros pies juegan bajo la mesa, enredándose entre ellos. Llamo al camarero y firmo la cuenta. Estoy tan excitado que ni me fijo en lo que cuesta cenar en el Hôtel de Crillon. Creo que es mejor, pues me podría haber dado una indigestión. Sé que ahora dispongo de posibles, pero es inútil luchar con las reacciones de una vida de escasez.

Al salir del ascensor, le doy una suave palmada al imponente trasero de Denisse, haciéndola reír y caminar delante de mí. ¡Joder, que hembra! Esa falda tubular, por debajo de las rodillas, modela sus caderas y piernas de una forma casi escandalosa. Tenía que estar prohibido que una mujer tan buena se pusiera una cosa así para hacernos babear.

Nada más entrar en la suite, la aferro por las caderas, girándola hasta que nuestros rostros se miran. Con un mohín de película, me echa los brazos al cuello, apuñalándome el pecho con sus erguidos senos.

―           ¿No vas a dejar que me lave los dientes? – se queja sensualmente.

―           Nanay… me gustan así.

―           Maloooo… — el gemido acaba en el interior de mi boca, cuando sus labios me buscan, con deseo.

Su boca me aspira, me succiona, me acoge en su frescura. ¡La madre que la parió! ¡Como besa la francesita! Deja muy alto el pabellón de los besos que sus antepasados inventaron. Mis grandes manos recorren sus curvas, haciéndola ronronear en mi boca. Sus hombros se estremecen, sus caderas rotan, pegando su pelvis a la mía.

La despojo de su corta chaquetita azul y comienzo a desabotonar la blanca blusa de satén. No ha apartado sus labios de los míos ni siquiera para respirar. Sus jadeos incrementan a medida que voy soltando botones.

Cuando llego al último, deslizo mis labios por su cuello, al tiempo que impulso la camisa por su espalda. Gime al entregarme su cuello. Una de mis manos sube hasta su desnuda nuca, encrespando el corto vello que nace allí.

―           Sergio… vamos a la cama – susurra.

―           Espera que te quite la falda – le digo, con mis dedos ya atareados en la diminuta cremallera de la cintura.

Ah. Lleva liguero a juego con la lencería y medias de excelente calidad, oscuras. Nada de pantys de Maruja. ¡Menos mal! Me sonríe y se aparta, subiéndose a la cama como una gata. Se queda allí, a cuatro patas, agitando sus firmes nalgas ante mis ojos, el cuello girado hacia mí, para poder ver mi impresión. Me arrodillo en el suelo y atrapo esos glúteos entre mis ansiosas manos. Hundo mi rostro entre sendos cachetes, aspirando el aroma femenino con fruición. ¡Ah, el mejor olor del mundo!

Se le escapa un gritito al sentir mi lengua pasearse por toda la larga raja, desde su coxis hasta los labios de su vagina.

―           Guarroooooo – exclama bajito.

―           No tienes ni idea de lo que es ser un guarro – farfulló sin apenas despegar los labios de su trasero. – Ya veras… te voy a hacer mear de gustito.

―           ¡Joder! No me digas esas cosas…que me caliento… demasiado…

No contesto. Busco su coño con la lengua. Destila jugo sin ni siquiera tocarlo. Se contorsiona cuando apoyo la punta de la lengua sobre su clítoris, aún oculto entre el pliegue de carne. Si ahora reacciona así, que será cuando lo tenga erguido y descubierto, por Dios… Es hora de probar con un dedo, uno de los míos, largo y grueso. Sabiendo que está bien lubricada, le meto el dedo corazón hasta el fondo de la vagina, haciéndola soltar un gritito agudo y largo, como un ratoncillo atrapado.

―           ¿Te atreves con otro? – le susurro.

―           Mételo…

Unir el índice al corazón le abre bien el coño palpitante. Las caderas se agitan, se muerde el labio y pestañea rápidamente.

―           Putain de meeeeeerde – gime, al correrse súbitamente.

La dejo reponerse y me siento en el suelo, mirando su cuerpo desplomado y de bruces sobre la cama. Dejo escapar una risita al preguntarle:

―           ¿Qué ha sido eso?

―           Demasiados días sin un orgasmo – me responde, sin mover la mejilla de la cama. – Me has pillado por sorpresa.

―           ¿Por sorpresa? ¿Habías venido aquí a otra cosa que no fuera follar?

Intenta conectar una patada de pega. Le aferro el tobillo y la giro, dejándola boca arriba. Denisse se incorpora, sonriendo y me tiende los brazos. Me arrodillo ante ella y me atrapa el rostro, besándome profundamente. Se afana en desabotonar mi camisa y, una vez que lo ha hecho, me pellizca los pezones y los pectorales. Desliza sus dedos por mi torso, mis flancos, y mis brazos.

―           Tienes un cuerpo perfecto. Ponte en pie, que te voy a quitar el pantalón – susurra, lamiéndome la nariz.

Denisse solo me ha visto una vez el pene. Yo estaba desnudo y dormido, con el aparato en estado de reposo. Aún así, recuerdo que no apartaba los ojos, una vez que me despertó. Veamos qué ocurre ahora, con la polla casi dura. Primero me baja el pantalón, el cual lanzo lejos con un movimiento de pies; después, el bóxer, que se queda en las rodillas, pues Denisse aparta las manos de la prenda para llevárselas a la boca, impresionada.

Mi pene, una vez liberado, ha subido casi a sus pechos, medio endurecido.

―           ¡La puta! – exclama, esta vez usando una imprecación castiza y española. — ¡Esto no me cabe!

―           ¿No la habías visto antes?

―           Una vez, pero no recordaba que fuera tan enorme, por Dios.

―           Tú tranquila, sin prisas…

La aferra con ambas manos, comprobando su firmeza, su peso, y su textura. Me dejo hacer, disfrutando de su tacto. Tras unos momentos de sobeo, se la lleva a los labios, ensalivándola totalmente. Esos labios gordezuelos se aplican en todo el tallo, suaves y blanditos. Saca la lengua y la usa como colchón para golpear con mi glande. Gimo, atrapado por sus dedos y su pericia.

―           Ooh, joder… que pedazo de miembro… estaría toda la noche acariciándolo…

―           No tenemos prisa – susurro. – Sigue…

Se anima a introducirlo en su boca, pero apenas consigue tragar más allá del glande. Sin embargo, la poderosa succión que imprime me alza de puntillas.

―           ¿Quieres que te la meta ya?

Asiente, mirándome desde abajo. La tumbo sobre la cama y ella abre sus piernas, esperándome. Me recuerdo a mí mismo: sin prisas…

―           Eso, no vayamos a asustarla.

Me arrodillo en la cama, atrapando sus caderas entre mis dedos. Denisse introduce la almohada bajo sus riñones, con un jadeo ansioso. Al contrario que la mayoría de los penes, mi glande no es más grueso que el tallo, sino que es más parecido a una cuña de carne, de menor a mayor. La base de mi miembro ronda los nueve centímetros de diámetro. Ya sé que es una polla un tanto rara, pero ¿qué le voy a hacer? Es la que he heredado.

La introduzco con maña y cuidado, traspasando la vagina de Denisse, quien procura abrirla bien con los dedos.

―           Oooh, madre mía… la siento dentro… me abre toda… ¡Si! – grita.

Yo no digo nada, solo me concentro en meter más centímetros y en no hacerle daño. Su coño me aprieta como una pitón, demostrando que sus músculos vaginales están bien desarrollados. Se nota que la abogada ha hecho méritos follando. Más adentro…

―           Aaaaaah… MMMMHHMMM… ¡Me estás rajando el coñooooo! ¡SERGIOOOO!

Una sonrisa acude a mi rostro, silenciosa y ladina. En el fondo, me gusta que sufran un tanto. Refuerza mi autoestima…

―           Ya falta muy poquito, hermosa… ¿No quieres sentirla toda dentro de ti?

―           S-si… si… hazlo ya, cielo – jadea.

―           Siiii… así, toda dentro… hasta la garganta – gruño, empujando.

―           ¡PARA! ¡QUIETO! Ya está… la siento en el útero… deja de empujar… por favor…

Me quedo quieto, besándola en las mejillas, en la nariz, aspirando sus jadeos. Me mira a los ojos, los suyos entrecerrados, llenos de miedo y de deseo a la vez.

―           ¿Estás preparada? Voy a moverme.

Asiente varias veces seguidas, mientras se muerde el labio. Meneo mis caderas suavemente. Su vagina se ha humedecido tanto que mi miembro hace ruidos húmedos al iniciar su movimiento de émbolo. Tiene el coño ardiendo, el más caliente que haya probado. Solo gime bajito. Ya no le quedan palabras ni ganas.

A medida que incremento la velocidad de mi pelvis, ella aumenta también su gemidito. Sube su tono, alarga nasalmente su duración. Sería genial doblando películas porno. Con solo escucharla, te corres, seguro. Sus manos suben hasta aferrarse a mi pelo, tirando con fuerza mientras chilla con fuerza. Al mismo tiempo, culea desesperada, manteniendo mi cabeza hacia atrás. Sus ojos están fuertemente cerrados y las aletas de su nariz totalmente abiertas. Se ha vuelto a correr con fuerza.

―           Venga… uno más – le susurro, alzándola en mis brazos y dejándola que se arrodille para cabalgarme.

Los dos nos quedamos de rodillas, yo algo más bajo, y ella los aprovecha para empalarse, entre suspiros agónicos. Hundo mi rostro en sus erguidos pechos. Su piel es lechosa en esa parte y sus pezones rojizos, fuertemente erguidos. Muerdo con fuerza uno de los senos, tomando un gran bocado en el interior de mi boca. Denisse aúlla, pero empuja mi cabeza sobre su teta. Cambio de pezón y lo mordisqueo con más suavidad.

―           Me gusta mucho – no estoy seguro de haberla escuchado, tan bajito ha susurrado.

―           ¿Te gusta que te muerdan los pezones?

―           Ssssiii… son muy sensibles…

―           ¿Y que te los pellizquen? – le pregunto, haciéndolo con fuerza.

―           ¡AAAAAHHHHIIIIIIIIIAAAAA!

El grito es casi desmesurado, pues se ha clavado totalmente, al mismo tiempo. Entierra su rostro en el hueco de mi cuello, calmándose durante unos segundos. Enseguida, vuelve a retomar el ritmo del coito. Sigo pellizcándole los pezones, ahora con más suavidad, pero aumentando la fuerza a medida que ella aumenta su cabalgata. Yo diría que le falta poco para gozar de nuevo.

―           Me corro… me corro… Dios… me corro otra… vez… me corro… — murmura sobre mis labios, intentando lamerlos con su lengua y hablando, todo a la vez.

Sus brazos me aprietan fuertemente mi cuello. Su cuerpo se queda estático, tenso, mientras el orgasmo la atraviesa, desde los pies a la nuca. Los muslos contraídos le tiemblan contra mis costados. Le doy un lametón en la hendida barbilla.

―           Vamos a por otro, Denisse.

―           ¿Ooootroo? – gime, mirándome enfebrecida.

―           Otro, hermosa. Aún no me he corrido.

Deja que la tumbe de bruces y le abra bien las piernas. Palmeó sus nalgas, haciendo que la piel enrojezca, pero sin daño. Contemplo el tatuaje que tiene entre los omoplatos. Un dragón con las alas abiertas y la cola desplegada hasta llegar a su baja espalda. Me tumbo sobre ella, mordiéndole el cuello. Esta vez, ella sonríe cuando mi polla le abre el coño nuevamente. Por un momento, pienso que estaría bueno hacerle el culito, pero me refreno. No es el momento de sodomizarla.

Esta vez lo hago más rápido y más fuerte. Sus quejidos invaden toda la planta, seguramente. Parece que la estuvieran matando, pero puedo observar como babea sobre la sábana, la boca entreabierta, los ojos casi cerrados. Me está mirando de reojo, a través de sus largas pestañas.

Me convierto en una máquina de follar. Su cuerpo tiembla bajo mis envites. Casi botamos sobre la cama. Denisse empuña la sábana, cerrando los puños mientras aúlla.

―           ¿Dónde quieres mi leche, Denisse? ¿DÓNDE?

―           La quiero… dentro… ¿me oyes? DENTRO… ¡EN MI COÑOOOO!

Noto como alza sus nalgas para que llegue aún más profundo. Su lengua asoma entre sus labios entreabiertos, como si buscara aire fresco. Con esa imagen, me dejo ir, regándola interiormente, soltando todo el contenido de mis testículos. No sé cuantos descargas le dejo dentro, pero ella es conciente de cada una de ellas.

―           De esta… me has preñado – me dice con una cansada sonrisa, mientras le muerdo el desnudo hombro.

―           No estaría tan mal, ¿no? – le digo, limpiándome la polla en sus nalgas.

―           No lo sé… supongo.

―           ¿Cómo te sientes?

―           Cansada… y feliz…

―           ¿ah, si? Entonces, podemos echar otro, ¿no?

Sus ojos se desorbitan. Intenta farfullar algo, pero no la dejo. La abrazo por la cintura, desde atrás, colocándola de costado. Levanto una de sus piernas y se la cuelo con toda pericia. Le mordisqueo la oreja mientras le digo.

―           Vamos a estar follando y follando… toda la noche… hasta que me aburra de tu coño y empiece con tu culito…

―           Aaaaahhmmmmm… cab-brón…me matassss…

Lleva una de sus manos atrás, a mi cintura, intentando acoplarse a mi ritmo. Paso mi otro brazo bajo su cuerpo y estrujo sus senos, casi con saña. Mis caderas empujan con un lento pero profundo vaivén, que no tarda en hacerla desfallecer. Esta vez, me araña cuando su cuerpo sufre bruscos espasmos que casi nos parten a los dos. Su orgasmo es sublime, digno del Record’s Guinness.

Antes de que se quede dormida, le susurro al oído:

―           ¿Vamos a por otro, cariño?

CONTINUARÁ…

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