ESRUZA

Ya eran las dos de la madrugada y, para variar, no podía conciliar el sueño y la incertidumbre no salía de su mente. Se preguntaba ¿es esto vivir?, por supuesto que no.

Se sentía culpable, muy culpable sí, de los errores cometidos, pero no podía hacer absolutamente nada, nada había qué hacer porque nada había valido la pena; sin embargo, no vivía en paz.

La cobardía en los sentimientos es atroz y eso es lo que veía en la otra parte. Darse cuenta de que ya no existía nada era desesperante y pensaba que todo lo había fabricado su mente.

Pensar que no había importado nada, sólo la increíble “pertenencia”, le parecía una ironía. Recordaba dos palabras que le había dicho como un cumplido y, sin embargo, eran una ofensa. ¿Ignoraba que lo eran? No era creíble.

En estos momentos, además de culpabilidad sentía odio, coraje contra sí misma y contra él porque no supo apreciar nada, jugó con sus sentimientos. Su consabido agradecimiento no lo quería.

La triste realidad era que debía cerrar la puerta a todo sentimiento positivo o negativo o, quizá, sentir coraje le podía ayudar a sacar de sí todo el amor que había sentido y que no debía seguir. Ya no escuchar su voz, no leer sus comunicaciones, nada, porque finalmente aceptaba que nada hubo y nada había ya.

Le despedazó el alma, la vida y ya no podría, aunque quisiera, recomponer lo destruido. Ahora, todo esto le parecía exagerado y se preguntaba ¿se puede ser feliz así, sabiendo todo el mal causado? Puede ser, para alguien inconsciente.

Un comentario sobre “Nada hay

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