A pesar de todo, la vida sigue

Ras me castiga el oído cada mañana, increpándome hasta conseguir que me levante de la cama. Para mí, todos los días son grises y tristes. No deseo verme con nadie, pues mi tristeza me vuelve huraño y egoísta. Me enfurecen las muestras de solidaridad y de compasión. ¡Cuánto daría por poder crear un agujero negro en mi mente, que succionase la maldita imagen que se ha quedado grabada en mi retina!

¡Dios! Maby…

Intento sobreponerme, lo juro. Hago todo lo que puedo porque soy conciente de mis otras responsabilidades, pero es superior a mis fuerzas. Me derrumbo en cuanto mi mente queda exenta de cuestiones prioritarias. Aún veo su sangre en mis manos…

Ha pasado mes y medio desde su entierro. Sus padres acudieron desde Barcelona, envueltos en lágrimas y quejas. Me dieron ganas de patearles, por hipócritas. Su hija no les había importado una mierda, ocupados con sus debacles académicas y sus “reuniones” de nuevos valores; un eufemismo para referirse a sus pequeñas orgías universitarias. Pero aguanté. Lo soporto todo, en recuerdo de mi dulce y bella Maby y también por mi hermana.

Pamela está tan deshecha como yo. Su compañera, su mejor amiga, le ha sido arrebatada. Creo que ambos la amamos de la misma forma. Sin embargo, gracias a su amada Elke, se está recuperando mucho más rápidamente que yo. Quizás es cierto lo que dicen: que las mujeres controlan mejor sus emociones.

Por mi parte, me es imposible. No he podido encontrar a esa puta de Anenka, por mucho que mis hombres y yo la hemos buscado. Sabe cómo esconderse y cómo hacer daño, ¡eso seguro! Sé que tiene ayuda de Nikola Arrubin, así que puede estar en el país o bien en el vecino. La perra conoce todo sobre los negocios de su difunto esposo. Direcciones, personal, economía y rutas de recogida…

De hecho, ya nos ha hecho daño en tres ocasiones. El club de Basauri ha ardido en plena madrugada. La Villa se incendió a los pocos días del entierro de Maby y sus dependencias han desaparecido, carbonizadas, aunque el local en sí no ha sido apenas afectado. Pero, claro, he tenido que alojar a las chicas en Basauri y alquilar un par de contenedores para que hagan de almacén y camerino, mientras comienzan las obras.

Una semana más tarde, un gran camión robado se empotró en el TNT, el club de San Sebastián, destrozando varios tabiques, escenarios y llevándose la barra por delante. Dos chicas resultaron heridas, aunque sin gravedad, afortunadamente. Otro local cerrado por reformas.

No soy tonto. Imagino que su base de operaciones está en alguna parte de la frontera. Los hombres de Anenka actúan y se retiran al país vasco francés, donde reciben todo el apoyo de Nikola Arrubin.

Me devano los sesos, pensando en lo que puedo hacer, en cómo puedo responder a las afrentas, pero, finalmente, llego a la conclusión que estoy arrinconado. Bueno, más bien parapetado en la mansión Vandia.

El tercer “atentado” fue el asalto a nuestra academia, en la Barceloneta. Raptaron todo un cargamento de chicas que había desembarcado dos días antes, y dejaron al señor Alexis atado a la cama. Empieza a ser una molesta constante…

Como he dicho, Anenka lo conoce todo sobre nuestra organización, y sabe cómo hacernos daño, sin arriesgar apenas. Basil no hace más que repetirme que nos está obligando a mantenernos replegados. Tenemos que utilizar los custodios de los negocios para vigilar y patrullar los entornos, duplicando así sus tareas. Nuestros nuevos soldados se gradúan con cuentagotas y solo hemos reforzado la estructura defensiva de la mansión Vandia. No quiero confiar demasiado en los hombres que han venido a ayudarnos. No es que no me fíe de ellos, pero no me deben lealtad. No puedo apoyarme en ellos, para que, en cualquier momento, les reclamen de nuevo, dejándome necesitado. La realidad es que estamos demasiado aislados del apoyo efectivo de nuestros socios europeos. Como siempre, Nicola Arrubin nos corta las vías y va siempre por delante de nuestros pasos, con la información proporcionada por Anenka.

Además, he tenido que destinar varios hombres a vigilar la granja de mis padres. No puedo dejar que mi familia sufra daño, pero tampoco puedo decirles en qué me he convertido. Difícil dicotomía. También he enviado a un par de chicos al ático, tras traerme a Pamela y Elke de nuevo a la mansión. No puedo arriesgarme a tenerlas lejos. Esos dos hombres protegen a Patricia y su madre.

En un principio, creía que Anenka no sabía nada de ellas, pero el asesino de Maby nos acechó en la función del colegio, en la que participaba Patricia. Así que ya no puedo suponer nada, sino ponerme en lo peor, siempre. Basil me aconsejó que las mantuviera a todas localizadas. Evidentemente, no era lo más ideal, pero reforzaría su seguridad. Así que inserté, bajo la piel de mis chicas, un diminuto chip rastreador. Por supuesto, con Patricia y Dena no podía hacer lo mismo, sin delatarme, así que les regalé unos preciosos colgantes, insistiendo en que no se los quitaran ni para ducharse. Esto no impediría un balazo a distancia, pero si nos haría saber donde se encuentran, en caso de otro tipo de atentado.

Me asomo a la ventana de mi despacho, intentando ver los campos de entrenamiento que se han levantado para el centro de reclutas, en un lateral de la enorme finca. Están fuera de mi vista, pero sé que una veintena de hombres está trabajando duro para convertirse en buenos soldados. Ras me sugirió que no debía perder de vista los reclutas que superan el sistema de pruebas del Purgatorio. Así que lo mejor fue crear una zona de adiestramiento en los terrenos de la mansión, para acoger a los instructores que nuestros socios europeos nos han enviado. El plan es lento, pero viable, siempre y cuando no se inicie una guerra.

¡Necesito tropas leales y motivadas! Pero no puedo crearlas de la noche al día, por eso necesito conseguir tiempo… frenar las acciones de Nicola, como sea…

Una suave llamada a la puerta me distrae.

―           Adelante.

Katrina entra en el despacho, casi con timidez. Siempre es respetuosa con mi espacio, algo que aprendió a fustazos, por cierto. La luz del sol cae de lleno sobre ella, a través del ventanal. Cada día está más bella, palabra. Ese mohín algo despectivo que adorna sus labios no se borra jamás, ni siquiera cuando estuvo esclavizada. Lleva los rubios cabellos recogidos en un alto moño, dejando su estilizado cuello desnudo y expuesto.

―           Sergi, los nuevos protegidos han cruzado la puerta de la finca – me informa.

―           Llegan pronto.

―           Si. He pensado que era mejor no perder el tiempo en el aeropuerto.

―           Claro.

Con estos últimos chicos, disponemos de veinticinco protegidos enLa Facultad, el número máximo que podemos mantener y educar con eficacia. Los más antiguos están a punto de cumplir los diez meses de estancia. He llegado a comprender y amar la idea de Víctor. Esos niños constituyen la nueva savia de la organización y pretendo modelarlos bajo mi criterio.

Le ofrezco mi brazo a Katrina para salir y esperar a los huérfanos. Juni ya se encuentra en la escalinata y nos sonríe, justo en el momento que en que las dos furgonetas oscuras se detienen en el aparcamiento.

―           ¿Qué tal está Mariana? – le pregunto, usando su lengua madre, el bieloruso.

―           Muy bien, jefecito. Salimos a almorzar ayer – me contesta la mujer, mientras repasa los botones de su oscuro uniforme.

A Juni le fascina vestirse con el clásico uniforme negro de las gobernantas inglesas de mediado de siglo. Su cabello rubio está recogido en un severo y estirado moño. Otra manía suya es llamarme jefecito y no he conseguido quitársela.

Seis chicos, de entre nueve y doce años, caminan hacia nosotros, escoltados por cuatro de nuestros hombres. Cuatro machos y dos hembras que proceden del interior de Rusia. En total, La Facultad dispone de catorce niños y once niñas.

―           Bienvenidos a vuestro nuevo hogar – les dice Juni, en ruso, abriendo sus brazos y acogiéndoles con el gesto. – Estas dos personas son vuestros padrinos, el señor Sergei Tamión y la señorita Katrina Vandia.

Los niños inclinan la cabeza con respeto, agradecidos de haber escapado de unas condiciones miserables. Su sentimiento es profundo aunque aún desconfiado. Ya conocen muchas historias sobre otras adopciones que camuflan auténtica esclavitud. No se les puede recriminar por ello, pero ya tendrán tiempo de comprobar que no les engañamos; tan solo redirigiremos sus vidas.

―           Ojala ya fueran adultos… Sé que se convertirán en los mejores soldados – dice Katrina, con un suspiro, mientras los chiquillos son conducidos por Juni al ático.

―           Quiero convertirlos en algo más que soldados. Quiero partisanos, auténticos creyentes – le digo, en un tono muy suave. – Esos niños crecerán al amparo de una organización que les cuidará, que se preocupará por ellos, por su futuro. Tendrán la posibilidad de labrarse un porvenir, de crear un hogar, de contar con una seguridad que ahora desconocen totalmente. A cambio, servirán a la organización, a la única familia que conoceran, con honor y dedicación. Es un trato justo y equitativo, ¿no crees?

―           Por supuesto, Sergi. Los veteranos ya te adoran. Cenas con ellos, les cuentas historias, y les mimas cuanto puedes – sonríe Katrina, aún aferrada a mi brazo.

―           Me gusta estar con ellos. Me olvido de mis preocupaciones.

―           Nuestras preocupaciones, querido – me corrige suavemente. – A eso me refería con desear que esos niños fueran ya adultos. Necesitamos soldados en los que poder confiar. Estamos repartiendo demasiado a nuestros leales, abarcando negocios y responsabilidades.

―           No nos queda más remedio que depender de los europeos que nos han cedido. Por eso he enviado a los pocos leales que tenemos formados a controlar los puestos de responsabilidad. Tengo que ir sustituyendo oficiales.

―           ¿Cuándo revelaras a Gato Bala y los colombianos de la protección de esta finca? – susurra, mirando a su alrededor.

―           ¿Te molesta tenerlos aquí? – me extraño.

―           No es eso. Jesús me cae muy bien, pero… no me quitan los ojos de encima.

Solo puedo asentir, conociendo los instintos de los colombianos. Son buena gente, pero más salidos que el pico de una plancha. Sin duda es su carácter latino, sin quitar que Katrina es una mujer de bandera, orgullosa de sus encantos. Entramos de nuevo en la mansión.

―           No es que me queje, ni nada de eso. Sé que hemos tenido mucha suerte en todo este asunto – continúa, sin dejar de dar indicaciones a unas doncellas con las que nos cruzamos. – Pero necesitamos asegurar nuestros negocios y nuestras líneas de entrega. Si pudiéramos saber de Nicola todo lo que Anenka sabe sobre nosotros…

―           Sería ideal, rubia. Pero no conocemos una mierda de ese jodido bastardo, salvo que vive en un puto castillo, cerca de París.

―           El castillo de Vincennes, donde ejecutaron a Mata Hari – musita ella.

―           ¿Ah, si? No lo sabía.

―           Lo leí en Internet.

―           Mírala… No solo folla bien, sino que también tiene cerebro.

―           ¡Eso es! – exclamo, sobresaltando a las criadas y a Katrina.

―           ¿El qué? ¿Qué Katrina es inteligente?

―           ¿Qué ocurre? – pregunta ella.

―           Si dispusiéramos de información acertada, podríamos amenazar a Nikola. Le podríamos obligar a mantener las distancias, y mientras tanto, nos fortaleceríamos…

―           Si, eso sería ideal, Sergi, pero…

―           ¿Cómo consigues esa información? – acaba la frase Ras.

―           Creo que debo hablar de nuevo con nuestros socios…

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Repaso el nuevo presupuesto que me hacen llegar desde San Sebastián. Hay que reconstruir una parte del TNT, por lo que es mejor aprovechar la ocasión para hacer alguna reforma, digo yo. Hemos acabado de cenar hace una hora. Elke no ha bajado, aquejada de dolores menstruales, y Pam ha estado hablando un rato con madre, por teléfono. Casi parecemos una familia, sentados a la mesa. ¡Ni de coña! Todos somos unos putos degenerados y por eso mismo, me encanta.

Me entretengo un rato, ojeando uno de los diarios de Katrina. Aún no los he podido leer al completo, pero despiertan mi interés. Por lo visto, Katrina ha sido una niña con metas muy claras desde muy pequeña. Con ocho años, solo pensaba en convertirse en jefa de dormitorio, en su internado. A los doce, conseguido ese objetivo, se impuso obtener su primera esclava. Cualquiera puede comprender, al leer todas sus fantasías, que trataba de compensar la falta de cariño de su padre con todo aquel despotismo y crueldad, que empezaba a desarrollar. Katrina había acertado al regalarme sus diarios infantiles. Ahora, la comprendía mucho mejor. En el fondo, no era más que una niña desvalida y deseosa de atención. En cuanto rompí su armadura de domina, ese disfraz que llevaba asumiendo desde su tierna adolescencia, surgió su verdadero ser: una adictiva personalidad sumisa, deseosa de ser controlada.

Aparto los ojos de los pulcros renglones de escritura redondeada al escuchar abrirse la puerta. Katrina entra en mi despacho, sus chilenas rosas repiqueteando suavemente sobre el mármol. No puedo apartar los ojos de su magnífico cuerpo.

―           Ésta quiere guerra, macho. Te lo digo yo…

Viste una negligé muy cortita, de encaje blanco, casi vaporoso, que no llega siquiera a cubrir sus duros glúteos. Avanza con las manos detrás de la espalda. No sé si en gesto de sumisión o es que oculta algo, pero eso, unido a su provocativa sonrisita, hace que mi entrepierna rebulla, deseosa. Se detiene a tres pasos de mí. Huelo su fragancia. Creo que se ha terminado el luto…

―           Sergi… — es apenas un murmullo.

―           ¿Si?

―           Necesito que me recuerdes cual es mi sitio – y me entrega lo que lleva oculto tras su espalda.

Se trata de una fusta corta y plana, de equitación, con una cabeza de cuero, cuadra y ancha. Me deja algo descolocado.

―           Te dije que ya no tendrías que ser esclava de nadie. Fue solo un arreglo temporal con tu padre…

Lleva su dedo sobre mis labios, acallándome con suavidad. Me mira a los ojos, casi implorante. Sus labios están entreabiertos, tragando aire con fuerza.

―           Lo necesito. He sido mala – susurra, adoptando un delicioso mohín son los labios y su naricita.

―           ¿Mala?

―           Si… he hecho que Pam se olvide de su amada… en la sala de ocio…

―           Elke está…

―           … indispuesta y solita, en la cama grande. Así que he consolado a tu hermana un poquito – sonríe, acariciando mi mejilla.

Ya me imagino lo del consuelo; tampoco hay que ser una eminencia. Pam quiere muchísimo a su danesa, pero es incapaz de negarle nada a la lengua de Katrina.

―           ¿Pamela no te ha consolado, por su parte? – le pregunto, abarcándola por el talle y pegándola a mí.

―           Creo que se ha desmayado un poquito – niega con la cabeza, al mismo tiempo que mordisquea la punta de uno de sus deditos.

―           La muy guarra…

―           Si, ya veo que has sido muy mala. Eso no se le hace a una amiga. Ahora, ¿qué se supone que debo hacer?

―           Azotarme… me lo merezco.

―           ¿Cuántos azotes te mereces?

―           Diez al menos, cariño… no, mejor veinte…

―           Voy a darte a elegir – le digo, siguiendo el deseo de Ras. – Veinte azotes, con mediana fuerza, o bien diez devastadores…

Cierra los ojos al escucharme, tragando saliva. Sus mejillas se tiñen de rojo. Finalmente, contesta con un pequeño quejido.

―           Devástame…

No puedo resistirme a mordisquear esos tentadores labios que se me ofrecen impunemente. Se cuelga de mi cuello, ofreciéndome su cálida lengua. Su pelvis se aprieta con fuerza, buscando mi propio sexo. Una de sus rodillas se alza para frotar mi muslo. Todo en ella es ansiedad; así es Katrina, pura ansiedad.

La apartó un poco, mirándola a los ojos. Lentamente, hago que apoye las manos sobre el escritorio. Retiro la silla sobre la que estoy sentado. Ella se queda inclinada, el trasero casi expuesto bajo la corta negligé. Hunde la cabeza entre los hombros, esperando el primer azote. Sabe que va a ser doloroso, pues lo ha pedido así. Le indico que se suba la suave tela. Como suponía, no hay ropa interior. Sus nalgas aparecen tersas y blancas.

El primer trallazo me duele hasta a mí. Cae con terrible fuerza sobre la nalga impoluta, sobre una piel ahora desentrenada. Restalla, en frío, sobre una carne vibrante. Sus caderas se contraen, empujando la pelvis hacia delante, instintivamente. Sus labios reprimen el grito, pero no pueden acallar el gemido que sube desde sus entrañas.

Me mira, con las celestes pupilas húmedas. La dejo recuperar su entereza. Valientemente, dispone de nuevo sus nalgas para el siguiente embate, y cierra los ojos. El golpe es tremendamente seco. La estrecha pala del extremo de la fusta parece quedarse pegada a la piel de Katrina. Se muerde el labio con fuerza, aún decidida a no exhalar ningún grito. Sé que no podrá aguantar… Me gusta demasiado oírla chillar.

Apunto con cuidado. Las marcas se ponen rojas enseguida, con esa potencia. Los verdugones van a quedarse unos pocos días. Se le escapa la tela del negligé al recibir el tercer golpe. Su cabeza cae hacia atrás, elevando sus ojos al techo. Rápidamente, recupera el tejido para dejar su trasero expuesto. Las lágrimas desbordan sus ojos y resbalan por sus mejillas.

―           ¿Sigo? – le pregunto.

―           Hasta diez…

Al quinto fustazo, deja escapar un gemido tan agonioso que me pone totalmente burro. Al sexto, cae de rodillas, incapaz de mantenerse en pie. Baja la cabeza hasta el suelo, apoyando la mejilla, y alza las nalgas todo lo que puede. Ya no necesita mantener la negligé en su mano, pues resbala por su espalda, quedándose más arriba de su cintura.

―           Aaah… expuesta como una perra… que hermosura… dale en los riñones…

Intento mantener mi mente clara y disciplinada. Katrina tiene un mal efecto sobre mí, pues suelo perder la compostura con ella. Satura mis instintos y mis bajezas, y, en este momento, deseo hacerle daño.

El séptimo azote arranca un agudo chillido de sus labios, junto a un chorrito de orina, que la obligo a lamer enseguida. Con el octavo y el noveno fustazo, sus manos se ocupan de acariciar desesperadamente su clítoris, buscando placer como sea, que mitigue el dolor de sus nalgas. Sus jadeos se alternan con los gritos.

Para el décimo golpe, la pongo de nuevo en pie, sentándola en el escritorio. Mis manos le arrancan la sutil prenda de sus pechos, dejándolos vibrando al aire.

―           El último trallazo para tus pechos, Katrina – le digo, con los dientes apretados.

―           Muy fuerte… que me corra – musita, agitando las caderas bajo la caricia de su mano, que sigue hurgando en su vagina.

Se queda traspuesta por el dolor, cuando el flexible cuero cruza sus senos, con toda la fuerza de la que soy capaz. Ni siquiera grita, pues parece que el aire se ha quedado colapsado en sus pulmones. Los ojos se giran, quedándose en blanco, el cuerpo sacudido por pequeños espasmos, que supongo son repercusiones de las dolorosas ondas que la sacuden.

Dejo la fusta sobre la mesa y aferro sus mejillas con mis manos, comiéndole la boca con pasión y delicadeza. Poco a poco, empieza a responderme. Atrapa mi lengua con los dientes y la succiona con fuerza. Me encanta que lo haga. Siento sus jadeos sobre mis labios, sobre el resto de mi rostro. Recupera el aliento y, con él, toda la excitación en la que está envuelta. Sus dedos se afanan abriendo mi bragueta y tironeando de mi pantalón. Consiguen bajarlo, junto con mis boxers, piernas abajo. Mi pene se yergue, tieso y desafiante, en todo su esplendor.

Katrina se ocupa de todo. Lo atrapa con sus dedos y, tras un par de vaivenes cariñosos, lo lleva hasta su coño, sin abandonar su posición sobre el escritorio. Solo abre las piernas cuanto puede y apoya sus escocidas nalgas en el filo de la mesa. Su sexo empieza a tragar el mío, con verdaderas ansias, al igual que un hambriento se deleita con una rica barra de pan.

―           Oh, Sergi… Sergi… cuanto te deseo – susurra tras lamer toda mi mejilla.

No puedo ni responder, atrapado por la deliciosa sensación de lo que su vagina está realizando. Aprieta mi polla a medida que va entrando, como si fuera una criatura inteligente que procurase no perder ni uno solo de los centímetros que lleva consumidos. Sigue tragando, ayudándose de pequeñas contorsiones de su pelvis. Parece como si ella me estuviese follando a mí. ¿Dónde coño ha aprendido a hacer eso? ¿Ha estado follando por ahí, con otros? No. Nada de eso. Ni siquiera ha salido de la mansión… Debe de ser algo innato… ¿o quizás ha aprendido en Internet?

Creo que estoy desvariando. Me centro en lo que interesa. Katrina sigue aferrada a mi cuello, haciéndome pequeños chupones en la garganta. La tomo a pulso, incrustando mi polla hasta donde puedo. Ella me abarca la cintura con sus piernas, fusionando nuestros cuerpos. De esa manera, la llevo hasta el cercano e incómodo sofá rococó que está un poco más allá, y la tumbo con cuidado. Retiro mi miembro del cálido estuche y paso sus piernas por mis hombros, exponiendo así toda su entrepierna. Deslizo el glande por su empapada cueva, para luego descender hasta el ano. Ella sonríe y jadea, aceptando cualquier ruta con deleite.

―           ¿Ahora por el culito, nene? – pregunta dulcemente.

―           Ahora por ese culito, si, señorita…

―           Espera, cariño, espera. Yo lo haré – me frena.

Lleva los dedos de una mano a su vagina, ahondando en ella, empapándose de sus fluidos. Su otra mano la ocupa en acariciarme el miembro, para que no se enfríe. Su cuerpo adopta una postura más colapsada, al usar ambas manos, pero no parece importarle. No tarda mucho en lubricar y ensanchar su esfínter con sus propios dedos. Por mi parte, no puedo apartar los ojos de aquel enloquecedor juego, mientras me aprieta expertamente el glande.

―           Vamos, gigante mío… rómpeme el culito…

Con un gruñido salvaje, le endoso casi media polla de un golpe, lo que la hace chillar de dolor. Los documentos que estaba examinando vuelan alrededor del escritorio, sin importarme lo más mínimo. Me muerde la oreja y me susurra:

―           Hasta el fondo… semental… hasta que me desmaye…

¿Qué queréis que os diga? Una cosa así le hace perder los guarros a cualquiera, así que empujo y empujo, sin hacer caso de sus chillidos. Cuando mis testículos golpean con sus tensas y rojas nalgas, la embisto duro y rápido. Deseo gozarla completamente. Ella me aferra del pelo, con ambas manos, sin dejar de quejarse y contorsionarse. Llevo una mano a su coño, pellizcando fuertemente su clítoris, una y otra vez.

En ese instante, no me doy cuenta, pero, a nuestras espaldas, la puerta se ha abierto. Basil y algunas doncellas asoman la cabeza, alertados por los desenfrenados aullidos. Supongo que nuestro fiel administrador doméstico las echó a todas, al comprobar que se trataba de un “simple tira y afloja sexual”.

Contemplar su bellísimo rostro mientras la sodomizo es, posiblemente, el sueño erótico de cualquier hombre. Sus nalgas deben arder, sin duda, por el simple roce de mis pelotas sobre los rojos trazos de los azotes, pero Katrina solo frunce el hociquito, demostrando el intenso placer que siente al recibirme. Mi polla entra a matar, a cada embiste, buscando las profundidades de sus entrañas. Debo encontrarme muy excitado –en verdad, llevo más de un mes sin hacer el amor; el famoso luto- porque me corro antes que ella, farfullando obscenidades en su oído. Katrina se ríe y me apremia a soltar todo mi semen en su recto. Aún sin acabar de descargar, pellizco con todas mis fuerzas su inflamado clítoris, haciéndola gritar de dolor. Lo mantengo así mientras recupero el control de mi cuerpo, sin hacer caso de sus chillidos.

Suelto su clítoris al mismo tiempo que saco mi miembro de su trasero. El alivio que siente la hace cabalgar inmediatamente hacia un increíble orgasmo que la agita, sobre el escritorio, como un títere en manos de un epiléptico. Sonrío con una mueca, disfrutando de su contemplación, mientras me quito completamente el pantalón y el boxer, arrugados en mis tobillos.

Ella se queda laxa y quieta, acostada sobre la superficie de madera. Me mira con los ojos entornados. Sus labios articulan un silencioso “te quiero”. Con suavidad, la tomo en brazos, acunándola como una niñita, y, de esa forma, salimos del despacho, ambos desnudos. Subo las escaleras llevándola en brazos, sin esfuerzo, en dirección a nuestro dormitorio. Katrina se aferra a mi cuello, mirándome a los ojos, la mejilla apoyada en mi pecho. Yo subo, escalón a escalón, con los ojos clavados en los suyos y la polla morcillona balanceándose entre mis piernas. Quizás por eso salen corriendo las dos criadas que nos encontramos en el pasillo superior.

―           ¿Vamos a seguir follando, mi vida?

―           Todo lo que se pueda, rubita, todo lo que pueda…

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Estamos desayunando en el patio posterior. Basil nos acompaña, así como Pam y Elke. Hace un día espléndido. Katrina me habla de un par de ideas que ha estado desarrollando por su cuenta. Jesús se acerca, andando demasiado rápido, lo cual no me gusta. El colombiano es amigo de la ley del mínimo esfuerzo necesario. Me pongo en pie para atenderle.

―           ¡Ha habido una explosión en el palacio de Godoy y Osuna, en Aranjuez! – me suelta así, de sopetón.

Seguro que mi cara pone en evidencia cuantos insultantes epítetos se me ocurren en ese momento. Basil se recupera antes que yo y ya tiene el móvil pegado a la oreja, llamando a unos y otros. Le pido a Jesús que prepare un coche. Tengo que ver el estropicio con mis propios ojos.

Basil no para de asentir, escuchando lo que le comunican por el auricular, pero no aparta los ojos de mí. Me encaro con él, esperando a que finalice.

―           No ha sido un accidente. En la avenida del Príncipe no hay conducciones del gas urbano, puesto que hay varios monumentos históricos – relata, una vez cuelga. – Así que debe tratarse de un artefacto explosivo. Los bomberos están controlando que no se incendie la manzana. Los del TEDAX aún no han llegado. Es pronto para conocer cuantas víctimas hay, pero me dicen que espere lo peor, Sergio.

―           ¡Joder, joder!

En cinco minutos, estoy en camino, acompañado por un par de hombres. Uno de ellos, un irlandés llamado Pat Dune, es un experto en voladuras. Me podrá dar su parecer.

Cuando llegamos, la policía nacional ha acordonado el área. Los técnicos están recabando información y los bomberos aún enfrían la zona. El irlandés da un buen vistazo y me señala un par de puntos.

―           Ese polvillo naranja que cubre los cascotes es característico del nitrometano. Seguramente han usado amonitol, pero esto no lo ha hecho una sola carga, sino varias.

Hasta yo puedo ver que ha sido un petardazo de los gordos. Todo el centro del palacio se ha derrumbado sobre sí mismo. Al menos no ha alcanzado a viandantes, ni a demasiados vecinos.

Así que los explosivos han sido colocados por alguien, ocultos en el interior. ¿Por quien? ¿Uno de los clientes? ¿Alguno de los nuestros? Aún es pronto para saberlo. Me interesan más las víctimas y, por lo que veo, van a ser numerosas. Las ambulancias no cesan de llegar y aparcar a lo largo de la avenida. Es el momento de presentarse ante las autoridades.

Un joven policía me lleva hasta un teniente inspector, que parece estar a cargo de todo el follón. Junto con una madura compañera, de pelo pajizo y corto, me asaetan a preguntas, pero les queda claro que solo soy el administrador del grupo empresarial que compró el palacio. Consigo sacar en claro que han sacado a cinco chicas con vida –solo cinco-, heridas de diversa consideración.

Les informo que había seguramente una docena de chicas más y diverso personal –la tapadera es la de una academia de jóvenes talentos-, por lo que, en un día de la semana como hoy, debería haber más de una veintena de personas estudiando o trabajando. Se me cierra la garganta, pensando en todas esas alegres chicas que estarán enterradas bajo los escombros, incluida Marla Stiblinka, la atractiva y cuarentona gerente.

“¡Dios, que matanza! ¡Todo esto ha llegado demasiado lejos!”, me digo, contrayendo los puños.

El inspector aún no puede darme detalles de las víctimas, ni si algunos de los escasos vecinos han resultado heridos, pero me comunica que solo hay una persona que se ha salvado de la explosión: el conserje, que, en ese momento, estaba limpiando el exterior de la fachada. Le digo que lo sé, puesto que es quien nos ha llamado hace un rato. Le pregunto cuando empezarán a buscar más víctimas y me tranquiliza, diciéndome que los bomberos ya están en ello. La policía elaborará una lista de víctimas, que será publicada en el boletín policial.

No queda nada que podamos hacer allí. Me siento más que furioso, como si me hubieran herido personalmente. Esas chicas, a las que conocí meses atrás, eran inocentes. No tenían más pecado que el desear una vida mejor para ellas. Aún no conocíamos los culpables, pero para mí está bastante claro. Esto es cosa de la competencia, de Anenka y Nikola. Soy un chico tranquilo, no me gusta hacer daño en lo posible y solo he matado a una persona, de forma conciente y fría: Eric, el proxeneta: pero juro que esto va a cambiar. Para levantar y conducir esta empresa criminal que me ha sido entregada, debo asumir una personalidad más dura y cruel. No puedo seguir siendo el chico criado en la granja, introvertido y aislado, sino el digno heredero del Monje Loco.

―           ¡Bien dicho! ¡Ya era hora que dejaras de ser un niñato moralista y capullo!

“Está bien. Es hora de que me enseñes a ser un verdadero cabrón, Ras.”

El sonido de mi móvil acaba con nuestros votos mentales. Es Basil y cuando me llama suele ser malo.

―           ¿Algo nuevo? – preguntó.

―           Sergio, se trata de Patricia y Dena.

―           ¿Qué pasa?

―           La señal indica que Patricia ha salido del instituto, en horario lectivo, algo totalmente inusual.

―           ¿Y Dena?

―           Acaba de salir de su apartamento, con una diferencia de minutos. La he llamado a su móvil, pero el GPS indica que ha dejado el teléfono en casa. El de Patricia no contesta tampoco.

―           Es muy extraño. Patricia no puede salir del instituto sin permiso materno y, si es así, Dena no dejaría su móvil atrás, pues lo necesitará para encontrarse con su hija…

―           Es lo que yo he pensado – contesta Basil. — ¿Qué hago?

―           Envía un par de chicos tras cada señal. ¡Que no las pierdan! Regreso a Madrid y me reuniré con ellos. Te llamo en cinco minutos – digo, haciendo una seña a mis acompañantes.

Tras un atentado como el de Aranjuez, cualquier cosa que pase no puede ser una coincidencia. ¿Quién dijo: “en este universo, no existen las coincidencias”? ¿Nietzsche? ¿Einstein? ¿Maradona? Bueno, da igual… yo soy de la misma opinión.

El Mercedes devora la distancia hasta Madrid, a casi doscientos kilómetros por hora. El alemán al volante, Etto, conduce con pericia, sorteando el tráfico. Llamo a Basil.

―           Parece un secuestro. Las dos señales se mueven hacia el norte, a buena velocidad, por lo que tienen que ir en coche – me cuenta.

No cuelgo, pendiente de nueva información, pero le indico a Etto que no entre en Madrid, que tomela M30 hacia el norte. Basil no tarda en avisarme de que, tras una pequeña parada de Patricia –sin duda para esperar el coche que transporta a su madre-, ambas han tomado la A1, en dirección Burgos. Le pido a Etto que deje de pisar el acelerador. Hemos recortado distancia y prefiero dejar espacio para acercarnos más despacio. Calculo que estaremos a veinte kilómetros de ellas.

Recibo una llamada de los hombres que siguen su señal. Ellos están más cerca de ellas, por lo que les indico que dejen también un poco de espacio. Quiero ver donde las llevan. Basil me informa que los dos soldados que vigilaban en nuestro apartamento, han sido encontrados muertos.

Resopló con furia. ¡Esto es un ataque en toda regla! Las chicas muertas en la explosión, el secuestro de madre e hija, la muerte de mis chicos… Esto no es pegarle fuego a un cobertizo… no, señor…

―           Hay que dar una respuesta contundente.

“Lo sé, pero antes hay que descubrir y atrapar a los culpables. Pero te garantizo que este día va a iniciar una nueva fase. Si esa perra cree que ella es la única que puede ser cruel, se va a llevar una sorpresa.”

Tras casi una hora de viaje, Basil me comunica que las señales se han salido dela A1, en la salida 57, hacia la localidad de La Cabrera. Por lo visto, es un municipio rocoso y poco habitado, con muchas casas rurales aisladas. Un sitio perfecto para disponer de una guarida. La población apenas tiene tres mil personas. Me aseguro que mis hombres mantienen la distancia con los objetivos.

Poco después, las señales toman la vieja N-I, la carretera radial que une Madrid con Irún y Francia, hoy en día convertida casi en una comarcal frecuentada por camiones y tractores, y se desvían a un carril rural, mal asfaltado y a la sombra de la cumbre de Cancho Gordo.

―           Se han detenido a unos tres kilómetros de la desviación – me informa Basil. – El Google Map indica una antigua vaqueriza y casa de labor, en ese lugar.

Como ya nos hemos unido a mis otros hombres, pienso que lo mejor es dejar los coches aparcados en un lateral de la carretera, y tomar el carril a pie. No sabemos quien puede estar vigilando. Los chicos sacan armas más potentes, que llevan en los maleteros. Me ofrecen una, pero no me gustan las armas de fuego. Llevo un buen cuchillo de comando guardado en la funda que me regaló Niska, enganchada a mi cinturón, justo bajo mis riñones. Además, he tomado una gruesa porra policial, una tonfa, que he aprendido a manejar con mi sensei.

Envío a dos de los chicos por el margen izquierdo del carril, alejados al menos veinte metros para camuflarse mejor, y Pat Dune y yo tomamos el margen derecho. Les digo a los otros tres chicos que, tras esperar diez minutos, tomen el carril, avanzando con cuidado.

Los chicos del margen contrario tienen que apartarse más del camino para caminar ocultos detrás de arbustos y árboles. Nosotros, en cambio, tenemos la suerte de encontrarnos con roquedales y pedrizas de grandes monolitos, desgajados de la vertiente de la sierra. Avanzando en silencio y con cuidado, a los quince minutos distinguimos los tejados de la vieja casa de campo, a lo lejos. Pero, mucho más cerca, hay un fulano fumando detrás de un risco, vigilando el camino. Susurro por el móvil, pidiendo la situación de los demás. Llevamos abierta una línea a tres bandas, pues es casi tan bueno como llevar walkies, aunque los móviles pueden ser rastreados.

Seguro que no detectará a mis otros hombres, Pat y yo nos movemos en dos direcciones distintas. El irlandés se ha detenido a una docena de pasos del centinela, justo detrás de una roca plana, por lo que está de rodillas en el suelo. Por mi parte, he dado un pequeño rodeo para tomar su espalda, pero tengo que cruzar unos metros al descubierto.

―           Entretenle – susurro de nuevo.

Pat se pone en pie y carraspea. Ha dejado su Uzzi en el suelo, oculta. El centinela maldice y tira el cigarrillo, levantando un feo AK en un súbito movimiento.

―           ¡Eh, eh! ¡Cuidado con eso! – exclama Pat, con su acento particular.

―           ¿Quién eres? ¡Identifícate! – grita el hombre, también con otro acento, aunque de ascendencia eslava.

―           Soy entomólogo, tío… vengo buscando insectos – Pat sale totalmente de detrás de la roca, con las manos en alto. – No quiero problemas…

Es el momento de ponerme en marcha, en total silencio. Crecido en los campos de la granja, no hago ruido al moverme, sobre todo con las grandes piedras de apoyo. Cruzo los tres últimos metros con un salto. El hombre intuye que algo ocurre a su espalda, pero cuando llega a girarse, la tonfa cae con fuerza sobre su sien. El crujido es audible incluso para el irlandés. El hombre se derrumba sin un solo quejido.

―           Eso ha sonado a coco roto – susurra Pat mientras le tomo el pulso.

Asiento. Le he hundido el parietal. Lo quería vivo para interrogarle. Escupo sobre una de las piedras. Mi segunda muesca. Puede que haya más antes de que finalice el día, me digo.

―           Centinela anulado. Margen derecho limpio – informo.

―           Margen izquierdo limpio. Estamos frente a vosotros – responde el móvil. Alzó la vista y veo una mano agitarse, a una treintena de metros, tras unos arbustos.

―           Nos reunimos con vosotros – informa el tercer grupo.

Me acerco a las edificaciones. Hay una casa grande, de una sola planta y con una gran puerta de madera. Seguramente la vaqueriza, pienso. Más allá, un derruido cobertizo, y una casita coqueta que tiene uno de sus laterales en obras. Dos coches y una furgoneta están aparcados delante de la vaqueriza.

―           ¿Cuántos debe de haber dentro? – le preguntó bajito a Pat.

―           No tienen que ser muchos. Solo había un centinela.

―           Veamos… para sacar a Patricia del instituto, con una persona o dos, de sobra. Matar a los chicos de mi apartamento ha podido costar más, a no ser que los hayan tomado por sorpresa, pero, sin duda, al menos tres tíos más…

―           Si, pienso igual. Eso hacen cinco – contesta Pat.

―           Siguen siendo muchos coches – mascullo.

―           ¿Y si la persona o personas responsables de la explosión están también aquí? – Pat alza las rubias cejas con la pregunta. – Sales de la mansión, te subes en el coche, y cuando llevas una veintena de metros, aprietas el detonador, sin dejar de conducir. Luego, te reúnes con tus cómplices.

―           Sería una suerte – reprimo una sonrisa. – Así que podemos suponer seis o siete personas en el interior, ¿no?

―           Para salir de dudas, podríamos asomarnos a ese viejo hangar – me anima.

Los tres hombres que tomaron el camino ya se han reunido con nosotros. Les digo que esperen allí, ocultos. Los dos que se han quedado enfrente, les envío a rodear la casa e intentar comprobar cuanta gente hay allí. Pat y yo nos deslizamos hacia la vaqueriza, buscando la trasera del edificio. No hay puerta trasera, solo altas ventanas, con los cristales arruinados. Impulso al irlandés por un pie, izándole por encima de mi cabeza, con lo que puede fisgonear por el hueco de una ventana. Al bajar, me informa:

―           Hay una larga mesa llena de botes y latas, así como sacos rajados de fertilizantes. Montaron los explosivos aquí, seguro.

―           ¿Has visto a alguien?

―           No. No hay nadie.

―           Entonces, están todos en la casa. ¡Joder! ¡Demasiado apiñados!

Pat asiente. Piensa lo mismo. Puede producirse un tiroteo incontrolado. Examino el cobertizo que queda entre la vaqueriza y la casa. Está medio derruido, pero podrían encaramarme para saltar hacia el tejado de la casa. Al menos, tendría una visión desde otra perspectiva. Se le digo al irlandés y dispongo a este para cubrir el flanco de la casa que vemos.

El interior del cobertizo está lleno de cachivaches e incluso un viejo carro. No me cuesta demasiado izarme hasta el poco inclinado tejado de madera y chapa. Que sostenga mi peso, eso es otro asunto. Hay un buen salto hasta el tejado de la casa, en el que distingo una claraboya. Cuando aún estoy calculando la distancia, resuenan los primeros disparos.

“¡Mierda! ¡Nos han visto! ¡Ya no hay tiempo de nada!”

Desde detrás de uno de los coches, Pat responde al fuego. Los de la casa seguramente comprenden que están rodeados y eso puede generar distintas locuras. No puedo perder más tiempo. Cruzo corriendo el tejado, sintiendo como la madera cruje y se deshace bajo mis pies y mi peso, y, en unos segundos, me encuentro volando por el aire. Caigo con fuerza sobre las tejas rojizas, rompiendo varias en el aterrizaje. Mis manos se aferran a cuanto puedo, buscando estabilidad, y, cuando la consigo, me impulso de nuevo hacia la claraboya, destrozándola al caer por ella.

Ni siquiera me he tomado el tiempo de mirar que hay debajo. Algo blando me detiene y me hace rebotar. Escucho chillidos a mi alrededor. Es increíble lo que se puede hacer en un par de segundos, cuando la adrenalina invade tus venas. Giro la vista, abarcando la habitación. Es un dormitorio y he caído sobre la cama, entre varios cuerpos tumbados, que no cesan de gritar en mis oídos.

La puerta que hay frente a mí se abre y una gruesa mujer entra, como un toro enfurecido. Su jersey está lleno de sangre y empuña una fea semiautomática. Con un grito, levanta la mano y me empieza a disparar. Salto de la cama, rodando por un lateral. He perdido la tonfa en alguna parte, así que debo acercarme a ella. Creo que está histérica y herida, lo que le resta puntería. Me encuentro una maleta en mi camino y de una patada se la arrojo, con tan buena fortuna que se cubre con la mano instintivamente. Estoy ya sobre ella y me la llevo conmigo, en mi vuelo. Ambos traspasamos el umbral y rodamos por unas escaleras, sin control.

Mi peso la estruja en la caída y mi puño se hunde en ella en cuanto tengo apoyo.

―           ¡Katia! – exclama una voz, angustiada.

Levanto los ojos. Un hombre de gruesa papada y redonda barriga viene corriendo hacia nosotros, protegido por una pared de los proyectiles que provienen de mis hombres. Lleva un arma en la mano, pero no parece dispuesto a usarla, quizás porque estoy abrazado a la tal Katia. Aún sigo sujetando la mano armada de la mujer. La giro en su dirección, situando el cañón entre dos barrotes de la baranda, y empujo el dedo femenino sobre el gatillo. Dos florecitas carmesíes aparecen en la camiseta del hombre, una sobre su abultado estómago y la otra en su pecho. Cae de costado, a desgana, y, finalmente, se queda quieto, aún sujetando su arma.

No siento la respiración de la obesa mujer, pero tampoco tengo tiempo de comprobar sus constantes. Un alarido resuena en la habitación de al lado. Me pego a la pared y arriesgo un vistazo. Es la cocina. Un tipo se desangra sobre el fregadero, alcanzado a través de la ventana. Al otro extremo de la habitación, parapetados detrás de la gruesa mesa del comedor, dos tipos repelen a mis hombres. Uno recarga mientras el otro dispara a través de una ventana enrejada.

Pat aparece detrás de las escaleras, empuñando su Uzzi. ¿Cómo ha entrado? Me sonríe y señala la parte de la casa en obras. Ya veo. Una simple patada y se ha hecho una entrada entre los ladrillos. Levanto dos dedos y señalo al fondo. Me intercambio con él y subo las escaleras. Aún no estoy seguro de quien está arriba.

Saco el cuchillo antes de cruzar la primera puerta, por la cual salí rodando. Abajo resuena una ráfaga cerrada y, después, silencio. Asomo la cabeza y me sorprendo. Patricia está en pie sobre un cuerpo caído. Solloza e hipa casi en silencio, aferrando con fuerza mi tonfa. Su madre se encuentra tumbada en la cama, con las manos atadas, y no parece haber nadie más en la habitación. Las dejo por el momento. Debo comprobar las otras dos habitaciones. No hay nadie, solo otras maletas. Parece que esto se ha acabado y, entonces, con esa sensación, llega el bajón de la adrenalina. Mis manos tiemblan, mi garganta se encrespa, las lágrimas afloran. Sorbo con fuerza y entro en busca de Patricia.

Está abrazada a Dena, llorando desconsoladamente. Lanzo un vistazo a quien yace en el suelo.

Esta vez, me quedo con la boca abierta. La señora Stiblinka yace inconsciente, con una pistola al alcance de su mano. Me agacho y retiro el arma. Al girarme hacia la cama, intuyo que algo no va bien. Patricia, arrodillada sobre la colcha, acuna el cuerpo de su madre contra su cuerpo, meciéndole dulcemente. Dena parece dormida, si no fuera por el agujero que tiene en el lateral de la cabeza. La ropa de la copa ha empapado la mayoría de la sangre. Sin duda, la mujer que me disparó ha debido alcanzarla.

Me llevo una mano a los ojos. Otra víctima inocente más que sumar al cómputo general. Una terrible congoja sube por mi pecho, aferrándose como una criatura con garras a mi garganta. Deseo poder llorar a solas, pero no puedo, no debo…

Pat aparece en la puerta. Le señalo a la inconsciente gerente del palacio de Godoy y Osuna.

―           Regístrala y átala. Nos la llevamos – le digo. — ¿Algún herido?

―           No. Todos estamos bien.

―           ¿Ha sobrevivido alguno ahí abajo?

Niega con la cabeza. Debemos marcharnos rápidamente. Alguien ha podido escuchar los disparos y llamar a la policía. Además, necesito tranquilidad e intimidad para charlar con la traidora. Sujeto a Patricia por los hombros, apartándola de su madre.

―           Vamos, pequeña.

―           Está muerta… Sergi… mamá está muerta… — balbucea, aferrándose a mi mano.

―           Lo siento, canija… de verdad que lo siento mucho – trato de consolarla.

―           ¿Por qué? ¿qué querían de… nosotras?

―           Querían hacerme daño a mí, cariño. Todo ha sucedido por mi culpa – le digo al oído, abrazándola.

―           ¿A ti? Pero…

―           Ahora no, canija. Debemos irnos de aquí y llevarnos a tu madre. Tiene que descansar en un sitio bonito.

La tomo en brazos, como si fuera una niña pequeña. Sus piernas me abrazan la cintura y hunde el rostro en mi cuello. Mejor, así no ve los cadáveres que dejamos atrás. Dos de los chicos envuelven el cuerpo de Dena en una sábana y lo bajan. Mientras tanto, Pat y dos compañeros han bajado por el camino hasta los coches.

Doy la orden de incendiar el lugar y dos de mis soldados sacan combustible de los coches de los secuestradores. Empapan bien tanto la casa como la vaqueriza. Cuando nuestros coches llegan, todo está ardiendo, borrando pistas y dificultando así cualquier investigación. Rebuscando en los bolsillos de Marla, descubrimos la llave de su coche. La metemos en él, junto con uno de los chicos para conducirlo. No me interesa dejar que lo descubran allí. Primero debo meditar bien todo este asunto.

_______________________________________________-

Las chicas han instalado una pequeña capilla ardiente para Dena en uno de los salones. He enviado a Pam, junto con dos soldados, para que se traiga toda la ropa de Patricia y la de su madre, así como todo lo personal. Haré que Denisse se ponga en contacto con el casero para rescindir el contrato de alquiler, como si Almudena hubiera decidido mudarse a otro lugar.

No me atrevo a enviar a Patricia con su familia, a Sevilla. Allí sería presa fácil de nuevo. Debo ocultar la muerte de su madre y que Patricia se quede, por ahora, con nosotros. Katrina me ha ofrecido enterrarla en el bosquecillo y creo que es lo mejor. Le pondremos una bonita lápida y Patricia podrá visitarla cada vez que monte a caballo.

Ya han sacado catorce cuerpos de los escombros del palacio. Me parece que nadie más ha sobrevivido. La primera mansión de Víctor Vandia ha sido clausurada para siempre. Ya pensaré en que podemos hacer con ese enorme edificio, pero no voy a abrir de nuevo un burdel en él. Mal rollo.

Marla Stiblinka no ha querido contarme nada. Basil se ha ofrecido a hacerla hablar, pero me he negado. Eso es tarea mía. Sé que es la culpable de la explosión y que trabaja para mis enemigos. Los detalles poco importan, solo que es culpable y va a pagarlo muy caro. Pero, ahora, es hora de darle el adiós a Dena. He estado velando su cuerpo junto a Patricia. Katrina, Pam y Elke también nos han acompañado. Todos hemos estado muy tristes. Conocíamos a Dena, teníamos amistad e, incluso, nos habíamos acostados juntos. Pero, aún peor, la situación ha traído muy malos recuerdos, tanto de Víctor, por ser el mismo lugar en donde fue velado, como de Maby.

Patricia está muy desconsolada y asustada. Intuye que su vida ha cambiado totalmente, sobre todo cuando le explico en que se ha visto envuelta. Trato de que comprenda por qué no puedo enviarla con sus tíos o sus abuelos, y, finalmente, lo hace. Se alegra de saber que se quedará en la mansión, con todos nosotros, pero se viene abajo cuando le digo que no podrá ver a Irene, en un futuro inmediato. Todo el mundo debe creer que se ha marchado, desaparecido junto con su madre.

El funeral es muy íntimo, apenas una docena de personas. El sitio que he elegido gusta mucho a Patricia y escoge la figura de un ángel piadoso, en granito, como lápida. Le garantizo que estará situada allí en la semana siguiente. La liturgia ortodoxa que Ras me sopla como despedida es preciosa y hace temblar mi barbilla a medida que repito sus palabras.

Esa noche, envío a Katrina a dormir con Patricia. Estará agotada con todas las emociones que ha pasado, pero necesita abrazarse a alguien de confianza, alguien que le traiga buenos recuerdos y sentimientos. Yo soy insensible por el momento: siento demasiada rabia dentro de mí, como para ser un buen apoyo. Katrina lo comprende y cumple el encargo.

―           ¿Qué vas a hacer con esa perra?

Se refiere a Marla, por supuesto. Ras es muy vengativo y quiero aprender de él.

―           Tengo que enviar un mensaje con ella, tanto para la organización, como para nuestros enemigos.

―           Bien pensado. ¿Has pensado en algo?

―           Siempre he admirado a los romanos, pues eran expertos en transmitir ideas con sus actos. La crucifixión era la pena para la traición y, a su vez, la mejor manera de soltar una lengua.

―           Jejeje… no sabes cuanto me gusta esa idea, pero… ¿cómo vas a enviar ese mensaje?

―           Pienso grabarlo todo y enviar una copia a cada uno de nuestros negocios. Les haré saber que esa es la confesión y el final de la traidora, la responsable de la muerte de una veintena de sus compañeras. Estoy seguro de que a Anenka y a Nikola les llegará una de esas copias.

―           Así que hay que ser muy crueles, ¿no?

―           Si, Ras… muy, pero que muy crueles…

_________________________________________________________

Con los primeros rayos del amanecer, abro la puerta de la habitación donde Marla ha sido confinada. La mujer se sobresalta bajo la manta que cubre el camastro. Dos hombres me acompañan. No es que me hagan falta, pero impresionan más. La mujer me mira con ojos asustados. No sabe qué pienso hacer con ella, pero es muy temprano para que sea algo bueno.

―           ¡Arriba! Es hora de que charlemos.

―           ¡No pienso decir nada! – exclama ella.

―           Cuestión de opiniones. Te preguntaré y podrás elegir si contestar o no. Es más de lo que le permitiste a esas pobres chicas – chasqueo los dedos y mis chicos la sacan de la cama.

Marla está vestida, bajo la manta. Lleva los mismos pantalones oscuros y la camisa celeste. Solo se ha quitado la rebeca marrón, que está a los pies del camastro. Cogida de los brazos, es llevada hasta la puerta.

―           ¡Mis zapatos! – pide con un grito.

―           No te van a hacer falta – le digo, echando a andar.

La subimos en uno de los 4×4 y echamos a rodar hacia el campamento de reclutas. Se mantiene callada durante todo el trayecto, el cual no dura más de siete u ocho minutos. Cuando nos detenemos, hay una treintena de hombres esperando. Visten ropas militares de faena y botas. No están formando, pero tampoco descansando. Esperan algo. Se puede oler la ansiedad en el aire. Esto va a ser también una prueba para ellos.

Obligo a Marla a bajarse y encararse a la cámara que le ponen delante.

―           ¡Di tu nombre! – le exijo.

―           Marla Stiblinka – pronuncia tras lamerse los labios.

―           ¿Edad?

―           Cuarenta y tres años.

―           ¿Tu último trabajo?

―           Gerente del Palacio de Godoy y Osuna.

Otro hombre con cámara se acerca, tomando el perfil. Con un chasquido de dedos, atraigo su atención para que me enfoque.

―           Elías Hornero, conserje del Palacio, es el otro superviviente, junto con Marla Stiblinka, que ha resultado sin daños. Estaba limpiando de polvo la fachada principal, cuando acudió a abrir la verja para que el coche de esta mujer saliera al exterior. Tres minutos después, varias deflagraciones hundieron la parte central del palacio, matando a veintidós personas que estaban allí trabajando o descansando. Cuatro horas después, Marla fue sorprendida en una casa rural de La Cabrera, a más de sesenta kilómetros de Madrid, durante el asalto para liberar a Almudena Valencia y a su hija Patricia, ambas secuestradas por soldados de Nikola Arrubin. Marla vigilaba a las prisioneras. Comprobada su traición, aunque no el alcance de esta, se niega a facilitar información. Así que aplicamos la norma romana a la traición: crucifixión.

Marla jadea, debido a la sorpresa, mirando a su alrededor. Sin embargo, no puede ver ninguna cruz, lo que la tranquiliza en parte.

―           Será azotada y expuesta en una cruz hasta que confiese sus actos y los expíe. Cúmplase la sentencia – acabo con tono firme y neutro.

Doy instrucciones a los instructores para que se lleven a Marla hasta la cruz, que está tumbada en el suelo de la pista americana. La mujer chilla histéricamente cuando comprueba que la cruz es real. Se debate como una loca, pero no consigue deshacerse de las fuertes manos que la aferran. Uno de los hombres, con la ayuda de un afilado machete, le corta la ropa, dejándola rápidamente tan desnuda como un recién nacido. Marla intenta tapar sus desnudeces con las manos, pero es en vano.

―           ¡No! Por Dios, tened piedad – exclama mientras la obligan a acostarse sobre el recio y rugoso madero, que debe de medir unos buenos dos metros.

El jefe instructor Sadoni es quien está a cargo de la sentencia. Por sus palabras, creo que es algo que ya ha hecho con anterioridad, aunque no puedo imaginarme dónde lo ha llevado a cabo. Ha ordenado tumbar a la mujer sobre la cruz para medir donde caera el cuerpo.

―           Hay que colocarle el sedile – le dice a sus hombres, los cuales mantienen el cuerpo de Marla sobre el madero.

―           ¿Qué coño es un sedile, sargento? – le pregunta uno de los hombres.

―           Es una especie de asiento que permitirá a esta puta posar su trasero en él, una vez crucificada.

―           ¿Para qué sirve?

―           Para alargar la agonía, gilipollas – le contesta un compañero.

Al parecer, otros han captado la idea, porque ya traen una gruesa cuña.  Dos soldados levantan las nalgas de Marla y clavan el taco de madera, creando una estrecha cornisa en el poste vertical. Una vez tomadas las medidas, Marla es levantada de nuevo y llevada hasta los escalonados troncos que los soldados usan para entrenarse.

―           Necesito dos voluntarios para flagelarla y follarla – pido, elevando la voz.

Al menos una docena de manos se alzan, el jefe entre ellos. Hay que decir que Marla, a pesar de sus años, está muy cuidada y opulenta.

―           Jefe, escoja un discípulo.

El jefe instructor Sadoni, que es una mala bestia, con un cuerpo de armario empotrado y careto a juego, señala a uno de sus hombres, un tío al que se le asoma el Mato Grosso entero bajo sus axilas.

―           Ándrade, trae el látigo largo – le comunica y el tipo sale a escape. No tarda ni dos minutos en estar de vuelta, con un largo látigo de cuero enrollado en la mano.

Marla, desnuda y con la espalda apoyada en uno de los gruesos troncos sin desbastar de la pista americana, colocados horizontalmente como peldaños para gigantes, murmura algo entre dientes, quizás una plegaria. Buena falta le hace.

―           Átala de cara a mí – le pide el jefe a su subalterno. – Voy a azotar esas tetas macizas y, después, me la follaré.

El jefe es todo un artista con el látigo. Sabe darle un buen voleo antes de retraerlo, para que solo la punta chasquee sobre la piel de la mujer, la cual se retuerce como una anguila atrapada, soltando alaridos. Las finas marcas enrojecen inmediatamente sobre su piel blanca. Trazos sobre los senos, sobre el vientre, sobre los muslos. Detengo al jefe al llegar a los veintitantos azotes. Jadea y se aferra la erección que muestra bajo su pantalón a manchas.

Con una mueca risueña, se acerca a la mujer, que apenas se aguanta sobre sus piernas, la espalda toda raspada contra la rugosa superficie del tronco. El hombre se baja el pantalón hasta los tobillos y le aferra las piernas a Marla, como si se tratase de una muñeca. Sube sus pies hasta los hombros y, sin mediar más palabras, taladra su vagina con su ferviente sexo.

De la garganta de Marla surge un gemido, que no sé catalogar. Puede que sea un quejido, o, tal vez, la aceptación de algo que no es tan doloroso. El caso es que, al poco de ser embestida con fuerza, su rostro muestra gozo en vez de dolor. Disfruta, zorra, disfruta, ya llegará el llanto…

El jefe babea sobre su rostro, aumentando el ritmo de sus embates. La hace aullar finalmente, justo antes de regar su interior. Suelta sus piernas y desata las ligaduras, disponiéndola de bruces, con los brazos abrazando el tronco. Ándrade toma el relevo con el instrumento de cuero. No tiene tanta pericia como su jefe, pero asienta bien el látigo, dejando que se enrosque en el cuerpo de la rea, produciendo mucho daño.

Marla grita y aúlla, agitando la cabeza. Mocos y saliva salen disparados de su rostro, con cada berrido. Cada vez que intenta contorsionar instintivamente su cuerpo, la áspera corteza araña profundamente sus pechos. Pero, poco a poco, los chillidos bajan de tono, y, entonces, sé que tengo que detener el suplicio, sino se desmayará. Le pido al soldado que pare y que se la folle. Con una sonrisa, responde que prefiere ese culo gordito. Me encojo de hombros y llamo al médico del campamento.

―           Esa perra necesita un revitalizante para soportar lo que le espera. ¿Dispone de algo? – le digo.

―           Si. Se lo inyectaré cuando Ándrade termine.

―           Bien.

Un caballo se acerca al campamento, desde la mansión. ¡Maldita sea! ¡No quería que las chicas vieran esto! Es Katrina y se abre camino, con su yegua, hasta mí. Los hombres se la comen con los ojos. Viste un ceñido pantalón de equitación y una blusa blanca, apretada al pecho, en la que se marcan los pezones. No creo que sea una buena idea que esté aquí.

―           ¿Por qué has venido? – le pregunto, mientras acaricio el testuz de la blanca yegua.

―           Sentía curiosidad. Además, me has dicho que debo aprender el negocio de mi padre, ¿no?

―           Si. Tienes razón.

―           ¿Cuántos se la han follado? – señala a Marla con un movimiento de la barbilla, mientras se aferra a mi brazo.

―           Este es el segundo y ya no se la follaran más. Irá directa a la cruz.

―           ¿De verás que la vas a crucificar?

―           Al igual que Jesucristo. Va a ser desagradable, mejor será que te marches.

―           Ni lo sueñes, Sergio. Voy a verlo, de principio a fin.

―           Vale.

Ándrade se corre sobre las nalgas de Marla, quien ha soportado bien la sodomía. Antes de que la liberen, el médico la inyecta en el muslo. El jefe Sadoni se acerca de nuevo y desata la mujer. Con pasos vacilantes, Marla deja que la conduzca de nuevo hasta la cruz, sobre la cual la acuesta. La resistencia de la mujer prácticamente ha desaparecido. Con tranquilidad, el jefe despliega su instrumental a su lado. Unos tacos de madera cuadrados de unos cinco centímetros de lado y tres de grosor; un pesado mazo de mango corto, y algo que hace temblar a Marla: una decena de clavos largos y negros, de punta afilada y un centímetro de grosor en su base. Marla eleva una plegaria entre sollozos, que tan solo escucha el jefe. Éste se ríe sardónicamente, mientras atraviesa con un clavo cada taco de madera.

Más allá, unos soldados sin camisa terminan el agujero donde se encajará la cruz. Los murmullos de los espectadores nos rodean como arrullos. Mientras tanto, Marla parece recuperar el fuelle e intenta levantarse, lo que hace que un par de hombres vengan a sujetarla y a magrearla, al mismo tiempo. La mujer cesa en sus sollozos para levantar la cabeza y mirar los progresos del jefe verdugo, que ha empezado a afilar los clavos de los tacos con una pequeña lima. Disfruto de su expresión enloquecida. El jefe se inclina sobre ella y deposita un suave beso en los labios.

―           Chicos, sujetadla bien que ahora se va a mover – les aconseja.

Pisa con fuerza el antebrazo derecho de la mujer, inmovilizándolo, y se acuclilla para palpar la muñeca. Una vez que ha encontrado el lugar por donde piensa introducir el clavo, coloca el pequeño taco de madera sobre ese punto, la punta metálica sobre la suave piel femenina. El mazo se alza para descargar el fatídico golpe.

Veo como Marla se desespera. Creo que no sabe que gritar para que toda la pesadilla se detenga. Uno de los que la sujetan, le introduce una astilla en la boca, para que no se muerda la lengua. Finalmente, antes de que la cabeza del mazo descienda, tuerce la cabeza hacia el otro lado, para no ver nada más, y muerde con fuerza la astilla, esperando aguantar el dolor.

Todo se me antoja irreal en ese instante. Parece que todos esperamos ese instante en que el primer clavo traspasa la carne. Los dedos de Katrina se clavan en mi antebrazo y noto como contiene la respiración. Los soldados miran, expectantes. Los murmullos se acallan lentamente, como si quisieran escuchar mejor los gritos de la mujer cuando la clavaran. El jefe me mira, con el mazo enarbolado. Asiento con la cabeza y, entonces, deja caer el mazo con toda su fuerza, haciendo que el clavo penetre fácilmente en la muñeca de la traidora. Su cuerpo se envara de tal forma que su cintura se alza del madero, a pesar de las manos que la retienen. El dolor, la crispación, y el propio miedo, descontrolan su vejiga y su esfínter, soltando lo poco que tiene en su interior.

Su rostro se desencaja por el dolor y un desgarrador alarido se eleva en el aire. Pero esta reacción dura apenas unos segundos, tras los cuales el cuerpo de Marla cae pesadamente sobre la cruz. Queda resollando, la garganta llena de lágrimas tragadas y de flemas. La sangre derramándose plácidamente sobre la madera. Sonrío sádicamente. Verdaderamente, los romanos sabían muy bien lo que hacían. El médico se acerca para colocar diestramente un torniquete elástico en su antebrazo.

El segundo martillazo cae en unos segundos, y el clavo sigue penetrando en la carne. Marla vuelve a retorcerse, con regueros de lágrimas que surcan su rostro enrojecido. Sus piernas se debaten, buscando alcanzar a los hombres que la retienen. Otros dos se incorporan rápidamente, aquietándola. El clavo ya ha traspasado completamente la muñeca, así que el siguiente mazazo suena más bronco, entrando en la madera. Otro golpe más y el clavo penetra hasta la cabeza, de tal manera que el taco aprisiona sólidamente la muñeca de Marla.

Parece que la gente respira tras este ritual, como si este primer paso fuera el más delicado de esa tortura. Marla gime y se queja por el dolor que le causa el primer clavo. No quiere mirar el horroroso clavo negro que atraviesa su brazo. Respira profunda y convulsivamente, las lagrimas anegando su rostro. Al ver que el jefe pasa por encima de su cuerpo para clavar el brazo izquierdo, Marla vuelve a suplicar, aún sabiendo que es algo inútil. Creo que es lo único que se le ocurre hacer, en ese momento. Mira alucinada cómo el jefe Sadoni, con una mueca histriónica en su rostro, coloca la punta de otro clavo en la muñeca izquierda.

―           No… por favor… no lo hagas, no… no… — repite, histérica.

Solo consigue una risita y el hombre sigue a lo suyo. De un fuerte golpe introduce el clavo en la muñeca de Marla hasta la mitad de su altura. La sangre salpica sus rostros. Esta vez todo el cuerpo de la madura mujer se convulsiona, temblando de dolor, arqueándose con furia, y golpeando con la cabeza en el madero transversal. A pesar de la astilla en la boca, los aullidos son, esta vez, espeluznantes. Pide la muerte con todas sus fuerzas y golpea su cabeza contra el madero, esperando perder el conocimiento. Con el rostro implorando al cielo y la espalda arqueada, la infeliz grita y farfulla como un animal, con los ojos cerrados y los dientes mordiendo la astilla intensamente. Los martillazos se suceden uno tras otro y Marla sigue retorciéndose, moviendo la cabeza hacia los lados en una desesperada agonía. El médico vuelve a comprobar el trabajo y asegurarse de que no se desangrará. En poco tiempo, la traidora tiene los dos brazos sólidamente clavados al patíbulo de la cruz.

Como si lo hubiera hecho mil veces en su vida, el jefe Sadoni coloca las nalgas de la mujer sobre el sedile y flexiona una de las piernas, buscando el ángulo adecuado para que queden abiertas y las caderas puedan moverse. Uno de los hombres que sujetan las extremidades –los que aprisionaban los brazos ya se han alejado-, se ocupa de que el pie no se aparte del lugar marcado. El jefe prueba con la otra pierna y acaba colocando el pie sobre el empeine del primero. Esta vez, se agencia un clavo algo más largo. Inspirando profundamente, el hombre deja caer el mazo y, rápidamente, vuelve a dar otro golpe preciso, en apenas un segundo más. De esa forma, el clavo traspasa los dos pies antes de que la rea pueda agitar sus piernas en unas fuertes convulsiones. Tras unos segundos de lucha, los hombres vuelven a colocar las extremidades en el lugar adecuado, y Sadoni martillea durante un largo minuto el clavo hasta hundirlo. Cada golpe debe producir una vibración interna en el cuerpo de Marla, que, seguramente, la hacen desear la muerte. ¡Que se joda!

Entre cuatro hombres, llevan la cruz hasta donde va a ser izada. Marla gime con el movimiento de bamboleo. Otros hombres llegan a ayudar. Los soldados acercan la base del poste al agujero que han hecho y, lentamente, alzan la cruz. La rea gime más fuerte al resbalar su cuerpo hacia abajo, deslizándose por el sedile, e intensificando el dolor en muñecas y tobillos. Sin duda, es en ese momento cuando comprende que lo único que puede aliviarla es sentarse y aguantar sobre el sedile, pero éste es un reborde demasiado estrecho y mantenerse sobre él será difícil y costoso. ¿No os decía que los romanos eran unos artistas?

La base de la cruz ya está en el agujero, y varia sogas se lanzan, cruzadas, para levantar la cruz y controlarla. Mientras gruñen y sudan, los demás espectadores jalean y aplauden al ver como la cruz se alza y queda oscilando, con la mujer chillando aterrorizada.

Los brazos de Marla abandonan la perpendicularidad del travesaño y empieza a colgar de las muñecas, mientras sus piernas se doblan por el peso. Su espalda y trasero despellejados rozan con la rugosa madera, hacia abajo, irritando aún más las heridas de los latigazos.

Por fin, la cruz alcanza su total verticalidad, y, mientras los soldados rellenan y calzan la base, el gentío puede observar perfectamente el opulento cuerpo de la condenada colgando de los clavos y deslizándose por el madero, hasta quedar con los muslos abiertos, en una procaz pose. El torso de Marla está literalmente cosido a latigazos y brilla por el sudor. Su pecho se agita violentamente con cada jadeo. Esa mujer, sumida en un dolor y sufrimiento indescriptibles, no tiene más desahogo que llorar y gritar con todas sus fuerzas.

Al cabo de unos minutos, Marla se tranquiliza lo suficiente como para mirar a su alrededor. Entonces, es conciente de que todos los presentes la están mirando, de forma ávida y lujuriosa. Contemplo como se ruboriza e intenta cerrar las piernas, pero le es imposible. No le queda más remedio que soportar la humillación de mostrar su sexo, aún goteante de semen, a todos mis soldados reclutas.

Delgados regueros de sangre se deslizan por sus brazos, en busca de sus axilas y de sus flancos, y sus extremidades se están amoratando, debido a la acción de los torniquetes.

Finalmente, Marla inclina el rostro crispado de dolor, ocultándolo en uno de sus brazos, llena de vergüenza.

―           ¿Y bien, Marla? ¿tienes algo que decir? – exclamo, sobresaltando a Katrina.

Aún tiene fuerzas, ya que niega con la cabeza. Ladeo la cabeza hacia mi chica, pellizcándole una de sus duras nalgas.

―           Vamos a desayunar. Después volveremos. Estará más dispuesta.

Dejamos la yegua a cargo de un soldado y regresamos a la mansión en el 4×4. Patricia aún no se ha levantado y encargo a Niska que la entretenga. Pam y Elke han ido a la agencia, con escolta por supuesto.

―           Ha sido… impresionante – confiesa Katrina, tomando un sorbo de zumo.

La miro pero no le contesto. Relleno un panecillo con jamón dulce. Sasha me sirve un segundo café.

―           ¿La crucifixión? – le pregunto.

―           Si. Es de lo más excitante.

―           ¿Acaso te gustaría que te crucificara? – me asombro.

―           No lo sé – masculla, enrojeciendo. – Pero… me he puesto como una moto mirando lo que esa mujer está sufriendo.

―           Bueno, ya sabemos que eres un poquito ambivalente. Oscilas de un extremo a otro como un péndulo.

Encoje un hombro mientras mordisquea un bollo con nata.

―           ¿Crees que hablará? – pregunta finalmente.

―           Sin la menor duda. En cuanto transcurran un par de horas. Lo peor de la crucifixión aún está por llegar.

―           ¿En serio?

―           Tengo un experto aquí dentro – palmeo mi pecho.

Al volver al campamento, contemplo complacido a la condenada, a la que aún esperan dolorosas horas de suplicio, clavada en la cruz. Esta práctica debería estar aún legalizada, seguro que nos ahorraríamos muchos disgustos. Marla ya no grita, sin embargo, no cesa de gemir y hacer muecas de disgusto. No parece poder encontrar una postura para su cabeza, pues el cuello debe dolerle ya bastante. No deja de relamer sus resecos labios. Doy la orden de que le den agua con una esponja mojada. Hoy, el campamento tiene el día libre para poder contemplar el espectáculo. Los reclutas observan la escena con mucha atención, unos hacen todo tipo de comentarios obscenos sobre la mujer y su cuerpo; otros se muerden el labio, excitados por su dolor, y también los hay que apartan los ojos, impresionados por su sufrimiento. Pero, en el fondo, nadie queda indiferente.

Por las contracciones de su pecho, me doy cuenta que Marla empieza a tener problemas para respirar; sobre todo para una mujer que no hace ningún tipo de ejercicio. Esa postura forzada le oprime el diafragma y la obliga a tomar aire en bocanadas cada vez más cortas.

―           Muy pronto esa perra hará lo que sea por una buena bocanada de aire. Los romanos lo llamaban “bailar en la cruz”.

Efectivamente, al transcurrir unos minutos, Marla empieza a debatirse y temblar, con el rostro congestionado. Ya no parece poder mantenerse en esa postura caída, con las piernas dobladas.

―           Sabe que tiene que auparse y volver a sentarse en el sedile. Eso significa que tiene que incorporarse, alzando su cuerpo más de dos palmos y apoyarse sobre el clavo que traspasa sus pies.

―           Eso es bastante duro y doloroso.

―           Pero no tiene más remedio – me dice Ras, mientras le cuento a Katrina lo que aprendo.

Marla, con un fuerte quejido, reúne sus fuerzas e intenta alzarse. Un alarido se escapa de sus labios, al sentir el relampagueante dolor que la cruza, y desiste. Pero la necesidad de aire continúa. Angustiada, me mira y gime pidiéndome perdón, que la baje de allí.

―           Ya sabes lo que tienes que hacer.

Cierra los ojos y se pone a llorar, lo que aumenta sus problemas respiratorios. Desesperada, se vuelve a armar de valor e intenta de nuevo izarse. A medida que la presión sobre las muñecas y los pies aumenta, su rostro se crispa en una horrible mueca de sufrimiento. Al mismo tiempo, su cuerpo parece reptar por el madero, hacia arriba. Los asistentes a la ejecución se dan cuenta del esfuerzo de la mujer y una oleada de comentarios y gritos se levantan; incluso algunos animan burlonamente a la rea a conseguir su objetivo.

Entretanto, Marla llora de dolor y frustración. Sus pies están embotados e hinchados, y el dolor debe ser atroz. Intenta hacer más fuerzas, apoyándose en las muñecas, para aliviar los tobillos. La contemplo doblar sus brazos, contrayendo los bíceps, los cuales se marcan, brillantes, por el esfuerzo que realiza. Si estuviera en plenitud de su fuerza, quizás Marla conseguiría auparse, pero está realmente agotada. El dolor la anula y las fuerzas le fallan, haciendo que su cuerpo se deslice de nuevo hacia abajo, llorando. Al caer, su espalda descarnada se vuelve a raspar con la basta madera, añadiendo astillas y abriendo heridas.

―           Así es este suplicio. Nuevamente se encuentra en el punto de partida y la angustia por la falta de aire, la desespera.

En unos minutos, la traidora vuelve a intentarlo. Ya está muy necesitada, se le nota en los ojos saltones, en el gesto congestionado. Ya no dispone de la astilla que le pusieron en la boca, así que no le queda más remedio que morderse el labio, con furia, cortándolo debido al esfuerzo sobrehumano que levanta lentamente su cuerpo, temblando de dolor. Con los ojos vueltos al cielo, tensa todos sus músculos, en un intento desesperado de escapar de la asfixia. Los soldados gritan, admirados, y la animan. Con los tendones del cuello tan tensos que parecen a punto de saltar, Marla consigue asentar sus nalgas en el sedile.

Puedo escuchar el suspiro de alivio, pero debe auparse completamente para poder respirar. Por lo tanto, sigue esforzándose, entre gemidos entrecortados. Lentamente, sus brazos se contraen mientras sus piernas, al contrario, se estiran del todo. Prácticamente, todo el peso de su cuerpo recae sobre sus pies amoratados. El dolor debe de ser tan intenso que exhala el poco aire que le queda en los pulmones en un agudo chillido.

―           ¿Cómo puede soportar tanto? – me pregunta Katrina.

―           El médico le ha dado un revitalizante – sonrío. – De otra forma, ya se habría desmayado o muerto.

Finalmente, la cabeza de Marla supera el nivel de sus brazos y sus piernas se estiran totalmente. Sus pulmones se ensanchan, respirando libremente. No puedo más que asombrarme por el tremendo esfuerzo de esa mujer, que aún cree que le será posible salir con vida de este trance. De hecho, no puede mantenerse en esa postura más que un par de minutos. Vuelve a dejarse caer sobre el sedile, gritando de dolor. Ahí aún puede respirar algo mejor y su sufrimiento es menor, pero no tardará en perder sus fuerzas y resbalar hasta abajo.

Marla, jadeando, abre los ojos y contempla a la veintena de personas atentas a sus convulsiones. Entonces, al igual que su esperanza, las fuerzas la abandonan y, con un tremendo sollozo, se desliza de la cornisita de madera. Tendrá que reunir valor y temple para volver auparse.

―           Los minutos pasan muy lentos en la cruz. El cuerpo castigado necesita mucho más oxígeno que uno descansado y fresco.

Ras tiene razón. La asfixia regresa rápidamente y Marla repite esa danza cruel, “el baile de la cruz”, en varias ocasiones, para regocijo de los reunidos. Sin embargo, tras izarse más de doce veces, las fuerzas la abandonan del todo. Son cerca de las once de la mañana y Marla lleva tres horas clavada en la cruz. Parece desvanecida, pues cuelga de sus brazos estirados y sus piernas están flexionadas al máximo que le permite la postura forzada.

La cabeza cuelga sobre su pecho y sus cabellos, empapados en sudor, caen sobre su cara surcada de regueros de lágrimas secas. El sol está subiendo y calentando y pronto será otro enemigo para ella. Decenas de moscas han acudido a sus heridas, provocándole, sin duda, terribles escozores y picores. Sin embargo, aún no está muerta y, de vez en cuando, levanta la cabeza y dime lastimosamente.

―           Ahora es el momento de conseguir algo de ella – me dice Rasputín.

Agarro el hombro del primer soldado que tengo a mano. Le pido que me traiga un cajón o un taburete, algo para subirme a él, y una de las cámaras. Me trae una robusta caja vacía de munición y la cámara en la otra mano. Katrina se sube conmigo sobre la caja, tomando la cámara para dejar constancia de cualquier cosa que me diga Marla. A pesar de la extravagante postura que asume el cuerpo destrozado, aún me parece hermosa, pues el sudor realza la piel, tal como el dolor endurece sus curvas de su cuerpo. Ahora, Marla se encuentra en postura acuclillada, con las piernas muy abiertas, y su torso cuelga completamente estirado de los brazos. Las muñecas vuelven a sangrar, las heridas desgarradas por el peso.

―           Marla – le susurro. – Marla, ¿aún quieres sufrir?

―           No… no más… por fa-favor… — sus palabras brotan junto con una burbujeante espuma. No tiene buena pinta.

―           Bien. Solo tienes que contestar a mis preguntas y luego no habrá más dolor. ¿Entiendes?

―           S-si…

―           ¿Pusistes las bombas en el Palacio?

―           S… si, fui…yo…

―           ¿Cuántas fueron?

―           T-tresss… aireeeee…

―           ¡Se está asfixiando al hablar!

La empuño de unas de sus rodillas y la alzo como si no pesara nada, subiendo su cabeza por encima del travesaño del patíbulo. La sostengo con otra mano en el vientre y la dejo respirar unas cuantas veces. Después, la bajo lentamente para que no le duela.

―           Gr… gracias… señor…

―           ¿Quién te pidió que pusieras esas bombas?

―           Anenka V-vantia…

―           ¿Trabajas para ella o para Nikola Arrubin?

―           Para ella…

―           ¿Lo estás grabando todo? – miro a Katrina.

―           Del comienzo al fin, cariño – me responde, con un extraño brillo en los ojos.

―           ¿Dónde está Anenka?

―           No lo… sé…

―           ¿Dónde? – exclamo, apretando sádicamente sus heridos pies.

El alarido brota sin fuerza, entrecortado. Está al borde del colapso.

―           ¡Jefe Sadoni! ¡Necesito llegar más alto! ¡Una escalera, rápido! – exijo con urgencia, mientras mantengo a la condenada lo más levantada que puedo.

Una escalera de doble tramo llega enseguida. Uso una de las bandas para sujetar a Marla por encima del patíbulo. Katrina usa la otra banda para acercar la cámara y tomar un primer plano del rostro moribundo.

―           ¿Estás mejor, Marla? – le pregunto.

Ella asiente y se relame. Pido una esponja y le mojo solo que los labios. Puede sufrir un colapso, según Ras.

―           ¿Dónde está Anenka, Marla?

―           No… sé… ella s-se pone en… contacto… yo no…

―           ¿Y en caso de emergencia? ¡Debes tener una dirección, un contacto, un teléfono!

Asiente de nuevo.

―           Un anuncio… en los contactos de El País… sección de s-sexo…

―           ¡Sigue!

―           Viuda… 43 años… necesita – una tos húmeda la interrumpe, pero se recupera tras unas cuantas inspiraciones, que todo sea dicho, suenan tísicas. – Pido lo que me… hace falta… y termino con… solo sábados… — la tos le impide seguir y acaba escupiendo sangre.

Desvío los ojos hacia Katrina. Ella comprende. No durará mucho, sus pulmones están colapsados.

―           A-anenk…aaaa… me llama… m-móvil… — enarco una ceja, pensando en si disponemos de ese teléfono, y creo recordar que así es.

―           ¿Sabes dónde querían llevar a las mujeres secuestradas?

―           Ssiii… cough… cough – esputos sanguinolentos rezuman por la comisura de su boca. – Tenía que… venderlas en Zaire… y conseguir.. fotos… cuando fueran es…clavas…

―           ¡Joder! – exclama Katrina.

―           Ya no… sé más… Sergiooo… por p-piedad… quiero morir… ya… por favor…

―           Está bien, Marla. Te lo has ganado – le digo, depositándola con cuidado en su postura más baja. Resuena un ronco graznido en su garganta.

―           Pártele las piernas y morirá en segundos. Es lo que hacían los verdugos.

―           No sé, algo más rápido sería más humano.

―           No se trata de ser humanitario. Estás grabando esto para dar ejemplo, para atemorizar. ¿Crees que quedarías bien si le pegas un tiro ahora? Tienes que seguir con lo que has empezado.

Sigue teniendo razón, el viejo Monje. Le indico a Katrina que se baje de la escalera y que siga grabando un poco más allá. Un soldado se lleva la escalera y yo me agencio el mazo con el que han hundido los clavos en la carne. Es perfecto.

Con un par de golpes, le parto las tibias. Apenas se queja. Creo que está más allá del dolor. Desplazo sus tobillos para que no hagan freno a su cuerpo, que se desploma como un saco sobre su diafragma, los hombros casi descoyuntados. Aún resuella durante unos diez minutos, con un jadeo espeluznante y agonioso. Finalmente, enfoca sus ojos sobre mí, mientras boquea. Es una mirada turbia, pero creo que sus ojos tratan de expresar algo, quizás agradecimiento espero, aunque no puedo estar seguro. Sus hombros se agitan un par de veces, hasta que con una convulsión, sus ojos giran en el interior de las órbitas, y expira en silencio.

Nadie habla en el campamento. Todo el mundo ha bajado la cabeza. No hay nada de diversión en ver morir a un ser humano suplicando de esa forma, aunque sea un enemigo.

Los romanos saben joder, si señor.

CONTINUARÁ…

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