ALBERTO ROMERO

Sor Concepción.

Ya casi llevaban dos horas de camino y el interrogatorio de Sor Concepción a
Marta podía compararse con un tercer grado policial. Desde que salieron de Madrid
hablando del tiempo tan lluvioso que hacía esa temporada no había parado
de preguntar ni un sólo minuto.
Marta empezaba a estar desquiciada. Trataba de ser amable con aquella monja,
pero la paciencia se estaba acabando. Le había soltado un par de indirectas a
ver si la monja le dejaba un poco tranquila, pero no se daba por aludida. Entre los
nervios que tenía sabiendo que unas filas más atrás estaba Josefa y las preguntas
variopintas de la monja curiosa estaba a punto de perder el norte.
Llegaron a Lerma, en Burgos, y el conductor anunció que pararían veinte minutos
a descansar.
Marta miraba a los pasajeros tratando de adivinar si Josefa bajaba del autobús.
La nueva amiga de Marta le explicaba mientras, con pelos y señales, como a su
edad era necesario ir al baño más a menudo para evitar las perdidas de orina.
—Vaya usted al baño, corra—. Le dijo Marta a Sor Concepción con cierta sorna
mientras la medio empujaba para que acelerase el paso de camino a la salida.
Mientras desfilaban hacia la puerta delantera Marta pensaba en que con gusto
la hubiera empujado por las escaleras abajo. Verla rodar como Batman en las pelí-
culas de super héroes hubiera compensado el suplicio del viaje que llevaba.
Marta se escabulló hacia la parte trasera del autobús mientras vigilaba el moño
de Josefa, que se dirigía hacia el bar del área de descanso.
Encendió el móvil y el torrente de llamadas y mensajes bloqueó durante unos
segundos la pantalla. Había casi cincuenta llamadas de Deyan y otras tantas de Antonio,
mensajes y whatsapp por toda la ventana de notificaciones.
Marta se preocupó por su marido mientras pensaba en como habría recibido
la carta con la que había anunciado su marcha. Entonces sonó el teléfono y salió la
cara de Deyan ocupando toda la pantalla sonriente.
Marta dudó varios tonos en cogerlo, pero pulsó el botón verde y se llevó el
aparato a la oreja.
Escuchó en silencio los gemidos de Deyan a la espera de respuesta y con un
hilito de voz acertó a decirle que lo sentía.
—Marta, por favor, entiendo tu carta, pero te quiero ayudar, no es necesario
que te vayas—. Le dijo Deyan de carrerilla al otro lado del auricular.
De los ojos de Marta brotaron dos inmensas lágrimas que recorrieron sus mejillas,
perdiéndose cuello abajo.
En aquel instante los nervios de Marta le traicionaron y acabó resumiendo a
Deyan la verdad de lo que estaba pasando y hacia donde se dirigía.
No podía oírlo sufrir al otro lado y sintió cierto alivio al contarle la verdad.
Enseguida notó el cambio de tono en Deyan, que le dijo que entendía todo
mejor.
Le dijo que mantendrían el contacto mientras durase la persecución a Josefa y
ambos trazaron un plan rápido de actuación.
—Dile a Antonio que le quiero. No le dejes salir corriendo hacia aquí, esto tengo
que hacerlo sola—. Le dijo Marta antes de colgar.
Por el retrovisor empezó a ver llegar a los pasajeros del autobús. Comprobó el
reloj. Ya casi había terminado el tiempo de descanso.
Se metió el teléfono en el bolsillo y subió veloz a su asiento del autobús. Escurriéndose
de nuevo en su sitio trató de de pasar desapercibida mientras todo el
mundo volvía a ocupar su lugar.
Sor Concepción llegó casi la última, hablando con Josefa, agarradas del brazo.
Marta las vio por la ventanilla y torció el gesto ante aquella confianza que se palpaba
entre ambas. Josefa se soltó de la monja y entró por la puerta trasera.
Por los pelos, pensó Marta mientras sonreía un poco a su compañera de viaje.

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