ISAAC BENAVIDES

Habían pasado algunos minutos luego de las seis de la mañana del miércoles veintiocho de marzo y el grupo de reacción inmediata de la policía ya se encontraba levantando el cadáver de mi esposa Katy que yacía tranquila en su lado de la cama, era una escena tremendamente perturbadora. Una agente vestida con un uniforme distinto al de los demás, me comentaba que se estaba interrogando a un posible testigo que tenía fama de mantenerse despierto hasta la madrugada a la vez que hablaba de millones de teorías y lanzaba preguntas a mis oídos que se mantenían indiferentes. En mi mente seguía grabado su cuerpo inerte y frio, que se mecía conforme yo movía su hombro para despertarla.

Siempre despertábamos alrededor de las cinco de la mañana pues ambos trabajábamos y nuestros empleos exigían nuestra presencia a las siete, como de costumbre yo salí de la cama antes y fui al baño, al volver la besé en los labios sin obtener respuesta, luego la llamé por su nombre hasta terminar sacudiéndola por los hombros con desespero. La mujer que me hacía las preguntas parecía tener problemas con mi narración, seguía lanzándome preguntas, decía que el asesino debió entrar por alguna de las ventanas y tal vez la asfixió, o pudo incluso cambiar sus medicamentos por alguna droga letal.

Y es que desde que la conocí, cuatro años y dos meses atrás, siempre se caracterizó por dos puntos específicos: ser enfermiza y muy coqueta. Tenía constantemente problemas con la presión sanguínea y sagradamente tomaba una pastilla cada noche antes de dormir. Ritual que nunca fue suspendido ni si quiera por las noches de sensual romance. Además de eso, comenté como si fuera tema aparte, siempre dormíamos sin climatización alguna, ella era sensible al frío y para dormir le bastaba con dejar varias ventanas abierta. Por las noches el aire denso y helado de la montaña desciende para meterse en las casas.

Lo que perturbaba especialmente a los policías y mis vecinos era la secuencial oleada de asesinatos que se habían llevado a cabo en nuestra zona que, si bien era rural y las casas se encontraban distanciadas unas de otras, también solían ser habitadas por personas con ingresos aceptables y riquezas que a cualquiera atraería. El lunes veintiséis de marzo, hace solo dos días, el señor Raúl, vecino y amigo de nuestra casa, lo encontraron muerto en su cama en condiciones similares a las que presencie hoy con Katy. Raúl fue encontrado sin ningún signo de violencia y acostado en su cama como si descansara. El mayor de sus hijos, Andrés, fue quien llamo a la policía al ver que no conseguía despertar a su padre.

Raúl era un amigo cercano ya que fue el primero en brindarnos su amabilidad cuando recién llegamos a esta casa dos años y siete meses en el pasado. El en varias veces nos invitó a su casa a reuniones o cenas y me ayudo en repetidas ocasiones con los temas referentes a la salud de Katy. Era muy agradable también encontrarme con él por las noches y conversar sobre temas de actualidad mientras compartíamos unas cervezas, la última vez que lo hicimos él se encontraba profundamente triste.

Una semana antes al deceso de Raúl, había sido asesinada Mary, su pareja, el martes veinte de marzo en condiciones que resultaron confusas para todos. Aquella noche yo trabajé hasta tarde en el laboratorio, se estaban empacando grandes pedidos de distintas clases de medicamentos de cualquier naturaleza. Recibí dos llamadas en menos de una hora, una era Katy me llamó después de la cena para avisarme que se sentía mal y que pidió a Raúl que le acompañase porque tenía entendido que yo llegaría cerca de las once de la noche. La segunda fue una voz femenina apenas identificable que clamaba venganza.

La noche se deslizó sobre todos y al salir del trabajo pasé a la casa del señor Elmer, hombre bastante mayor que era conocido y respetado por todos en el barrio. Antaño fue médico en hospitales de la capital, y ahora en su vejez, era renuente a ser tratado por especialistas actuales y conseguía llevar los meses autorrecetándose extraños medicamentos y analgésicos para aliviar su migraña, como yo trabajaba directamente en la distribuidora solía conseguir sus peticiones por un bajo precio. Aquella vez pase por su casa casi a la medianoche sabiendo que era costumbre suya pasar la noche en vela leyendo libros de historias. Después fui a mi casa a descansar junto a Katy. En la madrugada del veintiuno escuchamos ruidos de una ambulancia y rumores distantes, pero nos encontrábamos ambos cansados y sumidos en un profundo sueño. Fue hasta la mañana siguiente en la que nos enteramos en el periódico que había fallecido una mujer a solo dos casas de la nuestra. Raúl no parecía tan afectado y Katy faltó al trabajo para ayudarle en la casa y consolarle por su perdida.

Bruscamente la oficial me dijo que yo podía fácilmente entrar en la lista de sospechosos pues tenía contacto directo con los tres difuntos, pero solo ayer, martes veintisiete de marzo fui descartado como posible asesino porque el único que pudo ser testigo, el señor Elmer, en contra de todo lo esperado, cayó dormido justo después de mi visita y no vio como entré a casa de Raúl para acostarme con su esposa en venganza por la infidelidad de Raúl y Katy. Un encuentro sexual que dejó tan agotada a Katy que no tuvo ningún reparo en ingerir la pastilla que conseguí del cargamento de químicos, mismo producto que reemplacé en los medicamentos de Katy y que Raúl bebió dentro de su cerveza. Letal veneno cuya única relación conmigo se encuentra en una caja montada en un barco rumbo a otro país.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s