XAVI ALTA

Aunque era lo que me pedía el cuerpo, no me atreví a visitarla en el trabajo como ella había hecho conmigo. La batalla final debía producirse entre ella y yo. Nadie más debía ser partícipe de ésta.

Sabía que salía de casa pronto para ir al bufete o al juzgado, así que debía actuar cuando pudiera pillarla sola. Habían pasado más de dos meses desde nuestro último encuentro, así que dediqué la semana siguiente en conocer sus movimientos. Además de los viernes, comía en casa los martes pues realizaba un curso que la ocupaba toda la tarde. Ya sabía cuándo, tenía claro el qué por lo que solamente me faltaba planear el cómo.

Me presenté delante del bloque poco antes de las 2. Esperé que se abriera el portón del parking con la salida de algún vecino y me colé mientras la puerta se cerraba automáticamente detrás de mí. Esperé agazapado a que apareciera el BMW Serie 3 que conducía la mujer, pasadas las dos y media, y actué.

Me había cambiado de ropa en el coche, tejanos gastados, jersey fino, guantes y pasamontañas, para no ser reconocido por ninguna cámara de vídeo interior del garaje. En cuanto salió del coche, altiva, y tomó el pasillo que debía llevarla hacia el ascensor, me lancé a por ella. La tomé por detrás, rodeándole el cuello con el brazo izquierdo mientras le mostraba la navaja que sostenía en la mano derecha. Pegó un grito, medio ahogado por el terror, pero se dejó arrastrar dócil hacia la salida.

Sus ojos se movían nerviosos, de lado a lado mientras esperábamos que llegara el ascensor, abrí la puerta y la empujé dentro, sin importarme lo más mínimo si le dolía el golpe que se pegó contra la pared frontal. Apreté el botón del ático mientras la mujer comenzaba a balbucear súplicas y ruegos.

-Toma, –tendiéndome el bolso –llévate el dinero y las tarjetas, pero no me hagas daño, por favor, tengo tres hijos.

No dije nada. Simplemente la agarré del cuello con la mano derecha, como si quisiera ahogarla, lo que la aterró. Vi pánico en sus ojos. Su boca se abría boqueando, buscando aire, aunque mi presión no era lo suficientemente fuerte como para asfixiarla.

Al llegar al ático, tiré de su cabello para que me siguiera, empujándola contra la puerta del piso para que abriera. ¿Cómo sabes dónde vivo? preguntó con un hilo de voz mientras buscaba las llaves dentro del bolso.

No atinaba en la cerradura, así que le arranqué las llaves de las manos para salir del rellano dónde en cualquier momento podía aparecer algún vecino de la vivienda de enfrente. Al abrir la puerta, la empujé de nuevo, haciéndola caer al suelo aunque no había sido mi intención.

Arrodillada suplicó de nuevo por su integridad física, implorándome no dañarla, ofreciéndome dinero de nuevo y lo que quieras de la casa, joyas, electrodomésticos, lo que quieras. Hoy sí tenía lágrimas en los ojos, hoy sí se le había corrido el maquillaje. Pero la mujer insistía, apelando a sus hijos. Me hizo gracia que no nombrara a su marido en ningún momento.

La agarré del cuello y la miré detenidamente, hinchado de placer viéndola suplicar desesperada. Fuera por la posición, fuera buscando cualquier resquicio que la aferrara a la vida, me ofreció hacer lo que quieras, por favor, haré lo que quieras pero no me hagas daño.

Moví lo justo la mano para que su cabeza quedara claramente delante de mi hombría, mensaje que entendió perfectamente. Está bien, está bien, te la chupo pero no me hagas daño. Sus manos se movieron rápidas a mi pantalón que desabrochó ágil para descubrir mi miembro al apartar el slip. Siempre llevo bóxer, pero no quería dar ninguna pista.

No se lo pensó y engulló decidida. Cerró los ojos al principio para irlos abriendo a medida que la mamada avanzaba, mirándome, calibrando mi respuesta pues no había emitido sonido alguno para no ser reconocido. Se la aparté de los labios empujándola hacia mis huevos, que lamió famélica, para volver a introducirse el falo y continuar la felación.

No quería correrme aún, así que la empujé para apartarla del juguete. Me agarré el pantalón con una mano, para no trastabillar, mientras la tomaba del cabello de nuevo arrastrándola hacia el comedor, pero no nos quedamos en él. Lo cruzamos en dirección a su habitación. Al entrar en ella me miró sorprendida, de nuevo preguntándose cómo podía conocer la disposición de la casa.

-¿Quién eres?

Pero no respondí. La obligué a levantarse para tirarla sobre la cama, mientras le destrozaba el conjunto ejecutivo, blusa incluida. Se resistió, luchando sin convicción, consciente de que su suerte estaba echada. Cuando le arranqué el tanga y le separé las piernas, colándome entre ellas, se dio por vencida. Hasta tuve la sensación que relajaba la musculatura para facilitarme la penetración.

Me tumbé sobre ella, follándola, acercando mi cara a su cuello desnudo, a sus labios, a su rostro, que no podía sentir pues el pasamontañas solamente dejaba mis ojos al descubierto. Allí cometí el error. Sentirla relajada, vencida, provocó que yo bajara las defensas, algo que Angie no desaprovechó. Logró aflojar la presión que ejercía sobre sus brazos lo suficiente para llegar hasta mi cabeza y tirar de la prenda de lana que me convertía en un desconocido.

Reaccioné, pero fue demasiado tarde. Si mis ojos ya debían haberle dado una pista, mi mentón, labios y nariz, completaron el retrato. Gritó mi nombre con todas sus fuerza, apellidándolo cabrón hijo de puta, suéltame, reanudando un forcejeo del que había desistido hacía un rato.

De perdidos al río. Le crucé la cara de una bofetada. Igual como me ocurrió dos meses atrás, la pillé desprevenida por lo que el impacto fue limpio, duro, poco doloroso pero la atemperó de nuevo, desconcertada. Entonces vi aparecer la sangre en el costado del labio, se lo había partido.

Volvieron las súplicas, por favor no me hagas daño, por qué me haces esto. Me arranqué el pasamontañas de la cabeza, ahora ya no hacía falta, lo hago porque te lo mereces, porque eres una zorra retorcida, manipuladora, mentirosa, una auténtica hija de puta, la injurié acelerando mis movimientos pélvicos violentamente.

Ya no era miedo lo que proyectaban sus ojos. Brillaban aún húmedos, despiertos, mientras sus labios me devolvían los insultos. Cabrón, hijo de puta, violador, chantajista.

Súbitamente me detuve, dejándola en evidencia pues su pelvis seguía moviéndose, sola, sin que yo la obligara. Se dio cuenta pero no le importó. ¿Qué te pasa? ¿Te has quedado sin fuerza? ¿Eres maricón?

Reanudé los envites, más violentos aún. El maricón es tú marido, el comepollas. Tú eres una zorra, a la que el mierda que tiene en casa la deja a medias y necesita una polla de verdad que le dé caña.

-¿Vas a ser tú?

-Soy yo el que te está jodiendo como mereces –afirmé agarrándola de nuevo del cuello. Casi automáticamente noté acercarse su orgasmo. No, eso no cabrona. Por lo que me retiré rápidamente. Un no gritado, lastimero, salió de su garganta. Pero no le di tiempo a lamentarse. La tomé de la cintura, le di la vuelta, dejándola en cuatro, la ensarté de nuevo y agarrándola del pelo le anuncié que iba a follármela como a una perra, pues no eres más que eso.

Ahora sí gritó. De júbilo, pues el orgasmo la sacudió de arriba abajo o de adelante atrás, a tenor de la posición, no sabría especificarlo. Yo tampoco tardé mucho. Cuando hube vaciado mis testículos en el interior de la mujer, me dejé caer de lado soltándole la cabellera por fin, agotado.

-Me has destrozado el traje, cabrón –fue lo primero que me dijo un buen rato después volviendo ambos del limbo, aún desmadejados sobre la cama.

-Tú has destrozado mi amistad con Ernesto. –No respondió. Tenía los ojos cerrados y respiraba pausada. Al rato me levanté con la intención de irme pues el juego había acabado. No había salido como yo esperaba pues la muy puta salía victoriosa, pero al menos la había desenmascarado.

-Me ha gustado, -fue todo lo que me dijo, sonriente, sin abrir los ojos. –Lo has hecho bien interpretando tú papel.

No sabía si se refería al ataque de hoy o a los meses precedentes, tampoco se lo pregunté. Simplemente afirmé, te has pasado.

-Ha valido la pena –fue su sentencia.

-¿Sí, eso crees? ¿Montar todo este circo para pegar cuatro polvos ha valido la pena? ¿Y qué me dices de Ernesto y de mi amistad con él? Nunca la voy a recuperar.

Abrió los ojos y se incorporó, quedando apoyada sobre los codos.

-Yo no monté nada. Fue el idiota de mi marido que me grabó a escondidas cuando le había dejado claro que eso no podía hacerlo. Me di cuenta aquella misma noche, cuando cogió el móvil de la mesita al acostarnos, por cómo lo miraba. Al día siguiente confirmé, mirándole el teléfono, que no sólo era medio maricón, además era un embustero. Me cabreó muchísimo, pero monté en cólera cuando recogí su móvil extraviado y vi en el registro de envíos que te lo habías grabado. No sabía cuál era más cerdo de los dos. Así que urdí el plan, para joderos. ¿He roto vuestra amistad? No me parece un precio tan alto, la verdad.

Sonreí, deportivamente, pues nos había derrotado a los dos, pero aún quise saber antes de marcharme:

-¿Pero para ello debías dejarte violar? –Hice una pausa. -¿Te pone, verdad?

-Es una de mis fantasías, la más intensa, la más deseada, pero no me atreví a confesársela a Ernesto, así que cuando me di cuenta del engaño, vi el campo abierto para matar dos pájaros de un tiro.

Game over, pensé. Enfilé hacia la puerta de la habitación para marcharme seguro de no volver jamás, cuando se levantó felina y me franqueó el paso.

-¿Ya te vas? –preguntó entre coqueta y altiva, medio desnuda pues los harapos que habían sido un bonito traje a penas la cubrían.

-Claro. ¿Qué esperas que haga?

-Podrías quedarte un rato y darme mi merecido de nuevo. ¿No quieres vengarte del maricón de tu amigo y la zorra de su mujer? –le aguanté la mirada, alucinado. La suya me devoraba, hambrienta. –Hay cosas que aún no me ha hecho ningún hombre, que no le permitiría nunca a ninguno a no ser que me obligara… -movió la cadera lateralmente para que sus nalgas quedaran más expuestas mostrándome por dónde nadie la había tomado nunca sin perder aquella sonrisa infantil, traviesa.

-Si me quedo vas a tener que hacer todo lo que yo diga –afirmé tomándola del cabello de nuevo, acercando mi cara a la suya.

Orgullosa, sentenció:

-Eso es lo que a ti te gustaría.

2 comentarios sobre “La mujer de Ernesto (4)

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