ALBERTO ROMERO

La Llave.

Deyan temblaba empapado y lloriqueando sentado en la silla de la cocina que
le había indicado Antonio. Estaba en shock después de leer la carta de Marta, y no
reaccionaba. Con el móvil en la mano y la mirada perdida sólo temblaba como un
pollo, gigante eso sí.
Antonio se asomó a la cocina de Josefa a comprobar que Deyan seguía allí.
Hacía un minuto que lo había dejado en aquella silla, pero su estado le preocupaba.
Asombrado de si mismo por la frialdad que estaba sintiendo en aquello momentos
tan raros decidió que tenía que tomar las riendas. Si no lo hacía él no lo
iba a hacer nadie. Llevaba casi dos meses de entrenamiento, desde el accidente
de Ana, así que ya estaba preparado.
Deyan sin embargo parecía no reaccionar a aquella espiral de situaciones difí-
ciles que estaban poniendo la vida de Antonio, y de toda la familia, vuelta al aire.
—Venga Deyan, sigue llamando a Marta. Tenemos que conseguir hablar con
ella—. Le dijo Antonio para ver si reaccionaba.
Deyan espabiló un poco para darle a la rellamada y ponerse el móvil en la oreja.

El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.
Deyan gimió y volvió a quedarse mirando al infinito.
Antonio suspiró y fue al baño de su suegra en busca de toallas.
Obligó a Deyan a quitarse la ropa mojada por la lluvia y lo envolvió con las toallas.
Mientras le cuidaba, como a un niño pequeño, se preguntaba para que servían
tantos músculos cuando llegaba una situación estresante en la que era necesario
tener la mente en forma. Le preparó un sobre de sopa instantánea que encontró
en la cocina de Josefa y le pidió que se quedara allí mientras él hacía una
cosa.
Antonio volvió a la habitación de Josefa impaciente por probar la llave en la
caja fuerte escondida en el armario. Se agachó hasta sentarse en el suelo y sacó la
llave con cuidado del bolsillo. Aquella caja fuerte era bastante antigua, porque no
tenía más que la pequeña apertura de la cerradura, pero Antonio agradeció que
así fuera, sin más complicaciones.
Miró la llave y sintió los nervios a flor de piel mientras probaba a meterla por el
orificio. La empujó con suavidad y llegó hasta el fondo. Aquella llave era de aquella
caja, estaba claro. Tomó aire un microsegundo y giró con la misma suavidad hacía
la derecha. Una vuelta, dos vueltas, tres vueltas y la puerta hizo “clack”, abriéndose
ante los ojos incrédulos de Antonio.
Oyó ruido en la cocina, y se extrañó de que Deyan se estuviera moviendo,
pero siguió concentrado frente a la caja fuerte.
En su interior encontró una carpeta de cartón azul muy desgastada. La tomó
con cuidado, sin pestañear, y se la acercó para leer lo que ponía en letras muy pequeñas.

Escrito con una caligrafía perfecta y subrayado con dos lineas rezaba: Historial
Adopción Ana.
Antonio se paró un momento tomando conciencia de que en aquella gruesa
carpeta se encontraba la verdad sobre los orígenes de su mujer y aún se puso más
nervioso. El corazón le latía con fuerza.
Su cerebro repasó sus grandes momentos juntos en apenas un instante, mientras
dudaba sobre si abrir aquellas gomas que permitirían ver el interior de la carpeta.

Suspiró decidido a hacerlo.
En ese instante apareció Deyan en la puerta de la habitación asustándole con
su presencia. En una mano llevaba una toalla, en la otra el móvil con la pantalla encendida.

—Acabo de hablar con Marta—. Dijo casi sin mover los labios…

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