LOIS SANS

Sentada a los pies de la cama me siento abatida, humillada y rendida. Pongo la cabeza
entre las manos y, aunque quiero llorar, no me quedan lágrimas para derramar. Siento
una intensa rabia contra el Comisario, que acaba de informarme que, después de seis
meses de investigación buscando el paradero de Carlos, cierran el caso. Tengo ganas de
pegarle, de decirle que él tiene la culpa de que mi marido haya desparecido cuando mi
vida era perfecta, o, tal vez, eso era lo que a mí me parecía.
Cuando me ha dicho que descartaban la posibilidad de que haya sido raptado debido a
que nadie ha pedido un rescate, me he rebelado, intentado hacerle entender que, tal vez,
se lo hayan llevado a algún país donde necesiten un buen abogado. A menudo oímos en
las noticias que han raptado periodistas o abogados en algunos de esos países lejanos.
Aunque, reflexionando, esa idea también a mí me parece incoherente.
El coche estaba aparcado en el parking de la oficina, donde pasa la mayor parte del día,
así que si ha sufrido algún accidente no ha sido en nuestro nuevo monovolumen, el cual
ha sido inspeccionado a fondo por la policía, en busca de cualquier pista.
Durante estos últimos seis largos meses que, he llamado a todos los hospitales, clínicas
y sanatorios, más o menos cercanos. Me he presentado a todas las morgues para
reconocer cualquier cadáver sin identificar, pero nada, ni rastro de mi Carlos.
Aunque lo que me ha parecido de muy mal gusto es que se haya atrevido a decirme que
debería sopesar la posibilidad de que esté en algún país paradisiaco con una mujer diez
o quince años más joven que él.
Claro que he protestado, afirmando que no ha tocado ni un solo euro de nuestras
cuentas, pero él ha tenido la desfachatez de replicarme que se han visto casos de
personas que tenían cuentas escondidas y, encima, me dice que he tenido suerte de que
no haya tocado nada, porque dice que conoce a algunas las han dejado sin blanca.
Si hubiese estado frente a mí, seguro que le habría abofeteado, aunque sé que él no
conoce a Carlos, esa persona maravillosa que nunca nos haría una mala jugada ni a mí
ni a nuestras hijas.
Por milésima vez, abro su armario, en un intento de identificar si falta alguna pieza de
ropa que me de alguna pista. Sólo falta el traje con el que se marchó aquella mañana a
trabajar, el azul, ese que le queda tan bien. La camisa blanca, la corbata azul con
dibujitos de pajaritas en rojo, que le regalaron las niñas por Navidad. Los zapatos
marrones, que compramos en nuestro último viaje a Milán. Y la cartera marrón con sus
iniciales grabadas, que le obsequiaron sus padres por su cumpleaños.
Mientras mi
Era el cumpleaños de mi amiga Margarita, una niña rica que vivía en una casa enorme
de uno de los barrios más elegantes de la ciudad. Sus padres le habían preparado una
fiesta por todo lo alto para celebrar los dieciséis años.
Yo, en cambio, era la pequeña de cuatro hermanos, dos chicos y dos chicas. Mi padre
trabajaba en una fábrica y mi madre formaba parte del equipo de limpieza de una
clínica. Gracias a una beca podía estudiar en uno de los colegios de pago más
prestigioso de la ciudad.
Cuando Margarita me invitó a la fiesta, mi madre empezó a poner pegas, que si no
tienes que ponerte, seguro que no sabrás comportarte, no tienes ningún regalo caro con
que obsequiarle. En fin, parecía que no le entusiasmaba la idea de que me codeara con
la gente rica, sin embargo, yo creía que por algún motivo había aterrizado en esa escuela
de alto nivel.
Claro que, al ser la pequeña, siempre heredaba la ropa de mis hermanas o primas, así es
que, en realidad, no tenía nada que ponerme. Menos mal que mi madrina, hizo un
pequeño esfuerzo y me regalo un vestido decente para la ocasión.
Mi hermana mayor, peluquera de vocación, se lució con un recogido digno de una
princesa.
Y mi hermano, me llevó en un coche prestado en el garaje donde trabajaba como
aprendiz de mecánico.
En fin, solo faltaba que el hada madrina me ordenara que volviera a casa antes de las
doce, como Cenicienta.
La fiesta estaba preparada en el jardín de su casa, al lado de la piscina, decorado con
velas aromáticas intercaladas en la larga mesa, ataviada con ricos manjares de todo tipo,
deliciosos canapés, refrescos variados y un ponche sin alcohol que había elaborado la
cocinera.
Margarita me presentó a su hermano David, cinco años mayor que nosotras y que iba
acompañado de su mejor amigo Carlos, un chico alto, rubio, con unos impresionantes
ojos verdes y una sonrisa espectacular.
Aunque me parecía un poco mayor para mí, nos enamoramos nada más vernos, él me
saludo dándome la mano y nos quedamos un rato enganchados sin poder dejar de
sonerir. Su electrizante mirada verde me hipnotizó por completo.
No se separó de mí en toda la noche y me acompaño a casa en su estupenda moto
nueva, besándome en la mano, con mucho respeto, al despedirnos.
Y a partir de entonces cada día vino a buscarme a la salida del colegio, montado en esa
fantástica moto, que era la envidia de mis amigas. Mi cabello volaba al viento y yo me
sentía libre y feliz, abrazada a su cuerpo esbelto pero fuerte.
Aunque han pasado muchos años desde la primera noche que pasamos juntos, todavía
me excito cuando la recuerdo. Sus padres estaban de viaje, sus cuatro hermanas habían
ido con los abuelos y tíos y él, con la excusa de que tenía que estudiar se quedaba solo
en casa. A mi madre le dije que iba a dormir a casa de Margarita porque teníamos que
hacer un trabajo juntas.
Primero me enseño su impresionante casa, explicándome cada rincón como si de un
cuento se tratara. Empezamos por la cocina, las habitaciones de sus hermanas, la de sus
padres y la de la criada. Luego fuimos al piso de arriba, donde había un gran salón y una
enorme terraza con piscina climatizada.
Y, por fin, llegamos delante de la puerta de su habitación y me explico que él era el
único que tenía el privilegio de dormir solo, primero porque era el mayor, pero
tambienén porque estaba obligado a estudiar derecho como su padre y su abuelo, eso le
daría derecho a heredar el bufete de abogados.
Todo eso sin opción a opinar, no podia ni siquiera dudar que fuera lo que de verdad le
gustaba, simplemente era lo que le tocaba hacer y no era discutible.
Me cogió en brazos y entramos en su santuario, una habitación que era más grande que
el comedor de mi casa, con una gran cama en el centro, una mesa debajo de la ventana,
un armario empotrado y una puerta a un baño privado con una original bañera redonda.
Me depositó suavemente encima de la cama, besándome suavemente y quitándome
lentamente cada pieza de ropa. Cuando estuve desnuda, se alejó sin dejar de mirarme
mientras se quitaba la ropa.
Era la primera vez que alguien me veía desnuda desde que era adolescente, en casa
éramos todos muy pudorosos y, aunque compartía habitación con mis hermana, nunca
nos exhibiamos desnudas, así pues, para mí era una experiencia nueva y, aunque me
sentía avergonzada, también estaba completamente excitada.
No se describir como me sentí cuando nos abrazamos, al notar su piel caliente con la
mía, su miembro en mis partes más íntimas. Sin embargo fue demasiado para él, que se
corrió sin poder hacer nada.
Yo nunca había visto a un chico o un hombre eyacular y me quedé atónita sin poder
dejar de mirar.
Avergonzado se disculpó, luego me besó en la cara, los labios, el cuello, me lamió los
pechos y siguió bajando hasta llegar a mi sexo, donde se recreó en todos los rincones,
en pliegues que ni siquiera yo sabía que existían, hasta tuve el primer orgasmo de mi
vida.
Nos dormimos desnudos y abrazados hasta que la pasión nos despertó y nos
encontramos enzarzados, de nuevo, entre besos y abrazos. Y así varias veces durante la
noche.
No tuvimos muchas más ocasiones para relaciones sexuales, ya que era muy difícil que
su casa o la mía quedaran vacías. Eso sí, como todos los adolescentes de esa época, de
vez en cuando, teníamos encuentros furtivos en el coche de su padre y, más adelante, en
el suyo.
Y así fueron pasando los años hasta que él termino sus estudios de Derecho y empezó a
trabajar con su padre. Estoy segura de que estaba encantado con su trabajo, creo que
nunca sabré si era lo que quería hacer, sin embargo siempre le ha apasionado su
profesión y se ha entregado a fondo para defender a cualquier persona que lo necesitara.
Unos años más tarde acabé mis estudios de magisterio, eso si gracias a las becas que
conseguí estudiando y esforzándome muchísimo. Mis padres, mis abuelos y mis
hermanos estaban muy orgullosos de mí.
El día de mi graduación, se arrodilló delante de toda la familia y, poniéndome un
precioso anillo de brillantes, me pidió que me casara con él.
Así pues, tuve que posponer las oposiciones como maestra de primaria para organizar,
junto con su madre y sus hermanas, la boda.
Una boda de la que se hablaría hasta en alguna revista del corazón, tratándose del
primogénito de un prestigioso abogado de la ciudad.
Debido a que los padres de Carlos pagaron toda la fiesta, incluso los vestidos de mis
padres y mis hermanas, no pude opinar demasiado sobre el cariz que tomaba la
organización del evento. Por un lado, me sentía agradecida de tener la oportunidad de
que fuese una boda de película, sin embargo, en el fondo de mi corazón, deseaba una
boda intima, organizada por mí, a mi manera y mucho más sencilla.
Mi vestido era realmente espectacular, me sentía como una princesa Disney, sin
embargo, en el fondo tenía esa horrible impresión de que no era libre, que todo estaba
meticulosamente organizado.
Nos casamos en la Iglesia de San Pedro, engalanada con preciosas flores blancas y
amarillas, decorada con todo tipo de detalles. Después fuimos a un restaurante de lujo.
Todo salió a la perfección, los setecientos cincuenta invitados iban muy bien vestidos, el
sol lució todo el día y, por la tarde, la puesta de sol fue maravillosa.
Nos fuimos quince días a París, esa ciudad tan romántica y acogedora, donde nos
sentimos como en casa.
Los largos paseos en barco por el Sena, las espectaculares cenas en restaurantes de lujo,
espectáculos picantes en el Moulin Rouge y la espléndida suite nupcial del hotel
ayudaron a que volviera a casa embarazada.
Los dos estábamos muy ilusionados, sin embargo, durante el quinto mes de embarazo,
en una ecografía, el médico nos dio la mala noticia de que al niño no le latía el corazón.
Tuvieron que provocarme un parto, para que saliera el cuerpo sin vida de nuestro hijo y
esto me dejó sumida en una intensa depresión.
Carlos pasaba muchas horas en la oficina y, aunque intenté entretenerme preparándome
unas oposiciones para maestra, no estaba en condiciones de ponerme a estudiar.
Menos mal que mi madre se trasladó a mi casa y estuvo a mi lado, cuidándome y
dándome ánimos para superar la situación.
Un nuevo viaje, esta vez a Florencia, nos ayudó a recuperar nuestra intimidad y, gracias
a los románticos paseos por el Ponte Vecchio, bailes en las mejores salas de fiestas y las
noches inolvidables en la maravillosa suite de lujo de uno de los mejores hoteles de la
ciudad ayudaron a que, nuevamente, volviera a casa embarazada.
Y esta vez todo salió bien, nació Carlota y pude disfrutar de cada momento del
embarazo, del parto, de los primeros meses amamantándola, enseñándole a hablar, a
andar y gozando de esa intimidad madre-hija.
Dos años después, fuimos de vacaciones a Menorca y saboreando las puestas de sol, los
mohitos nocturnos y los románticos paseos a caballo por la playa, volví a quedar
embarazada. Parecía que necesitábamos desconectar para que nuestra familia fuera
aumentando.
Aunque cada año hemos ido de vacaciones a un lugar fantástico distinto, incluso hemos
vuelto a París, nunca más me he vuelto a quedar embarazada. Carlos siempre dice que
Dios no ha querido y por algo será.
Si bien vivimos en un fantástico dúplex, regalo de boda de mis suegros, pese a que está
decorado a mi gusto, siempre me queda la espinita de que se lo debemos a ellos.
Tal vez este sería un buen momento para vender este dúplex y buscar un pisito más
pequeño, aunque sea en esta zona. Sobre todo, ahora que veo que Carlos se está
haciendo mayor. Sin ir más lejos, unos días antes de desaparecer, resbaló por la escalera
y se dio un batacazo que le hizo perder el conocimiento. Nos dio un buen susto, menos
mal que volvió en sí, aunque desde entonces, debo reconocer, que estaba un poco
despistado.
Llaman a la puerta, es mamá, ella ha estado aquí desde el primer momento, no me ha
dejado para nada, ha aguantado mis lloros, mis gritos, mis idas y venidas, ha cuidado de
las niñas y se ha preocupado de que estuviéramos todas más o menos alimentadas.
Nos abrazamos, no hace falta decir nada, su calor lo dice todo, no sé qué haría sin ella.
• Sé que han cerrado el caso, tal vez tú deberías hacer lo mismo – me dice
despacito al oído.
Me separo de ella y la miro con una mezcla de incomprensión y extrañeza, ella sigue
hablando en voz baja:
• No te pido que lo olvides, pero tal vez esto ha pasado por algún motivo. Tal vez
sería hora de que te prepararas para ser maestra, tu pasión olvidada. Tus hijas
son mayores y ahora ha llegado el momento de que te ocupes de tu vida. Sé un
poco egoísta.
Me quedo pensativa, tal vez tiene razón, he de intentar rehacer mi vida.
• Vale mamá, puede que tengas razón – digo intentando esbozar una sonrisa.
• Fantástico, esa es mi chica. Tal vez podríamos ir con las niñas a cenar a algún
restaurante, como una reunión de chicas, ¿qué te parece? – pregunta un poco
intimidada.
• Claro, me ducharé y bajo enseguida. Luego iremos al cajero, tengo que sacar
dinero – explico un poco más tranquila.
Mientras me ducho, pienso que mi madre tiene razón, tal vez es el momento de empezar
a cuidar de mí, de hacer realidad algunos de los sueños que dejé aparcados cuando me
casé.
Cuando me ven mis niñas, se abrazan a mí y me llenan de besos, me siento querida. Las
miro y veo que se han hecho mayores, son dos señoritas, Carlota ha terminado el
bachillerato y quiere estudiar Derecho, como su padre. María está pensando en ser
maestra.
Salimos las cuatro a la calle, primero vamos al Cajero que tenemos al lado de casa. Ellas
se quedan fuera.
Vaya por Dios, hay otro indigente, estirado en el suelo, encima de unos cartones, huele
bastante mal, me da pena.
No quiero mirar, sin embargo, veo una cartera vieja, que me es familiar. Me acerco y
veo que tiene las iniciales de Carlos, el corazón me da un vuelco, tal vez se la ha
robado.
La miro detenidamente y veo que, definitivamente, es su cartera, aunque muy
estropeada.
Me fijo en el hombre, de su bolsillo sale una corbata, la corbata azul con pajaritas rojas,
la que le regalaron las niñas.
Mi corazón late a mil por hora, le toco el hombro, quiero preguntarle de donde ha
sacado la cartera y la corbata.
Se gira, su cara sucia, bastante calvo, algunas arrugas profundas en la frente y le faltan
dos dientes, pero me quedo completamente hipnotizada con su electrizante mirada
verde.

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