LOIS SANS

Me han quedado preguntas por hacer: ¿Sabe algo de mi familia? ¿Por qué no han venido a verme? ¿Qué pasará con mi trabajo? Y mis padres ¿saben dónde estoy?
Para no perder la cabeza, pido folios, bolígrafos, lápices de colores, cartulina. Me fabrico un calendario y cada día escribo lo que me pasa y lo que me viene a la mente, preguntas, respuestas, cualquier cosa. Intento pasar desapercibida, no quiero hacer amigas, pero de ninguna manera deseo provocar enemigas. Así pues, mi vida acontece todo lo tranquila que puede transcurrir en un penal.
Por fin el director de la penitenciaria me acaba de anunciar que, gracias a mi buen comportamiento, me darán la condicional. Me informa de una serie de medidas que deberé tener en cuenta, una de ellas que me debo quedar a vivir a Madrid. De momento en un apartamento con otras tres ex convictas. Por supuesto está prohibido tener armas, tampoco puedo acudir a espectáculos deportivos o culturales, visitar establecimientos de bebidas alcohólicas o de juego, y, desde luego, bajo ningún concepto, puedo abandonar el país.
Salgo del despacho del director más confundida que animada, un peso enorme se ha instalado en mi pecho y casi no me deja respirar, mientras especulo que voy a hacer con mi vida, porque una cosa es salir de la cárcel y la otra intentar rehacer mi vida y encima no puedo acercarme a mi familia, ni siquiera a mi hijo, al que durante todo este tiempo he recordado, cada día, a todas horas y, aunque tengo prohibido ponerme en contacto con él, tampoco sé dónde se encuentra. Daria lo que fuera para poder abrazarle, aunque fuera unos segundos.
Custodiada por Juani, la supervisora de mi planta, llegamos a una sala donde me devuelven mis pertenencias, la ropa que llevaba y, después de vestirme, me informa, de nuevo, de todo lo que debo y lo que no puedo hacer al salir por esa puerta.
Una vez me ha dado la dirección del piso compartido donde deberé vivir próximamente y donde encontraré al supervisor de mi libertad condicional, salgo a la calle y una fina lluvia limpia mi cara, mi ropa y mi cerebro, o eso creo.
Camino sin rumbo fijo, aunque sé que debo presentarme al lugar que será mi casa a partir de ahora, por ahora, me apetece vagar por las calles medio vacías, oliendo a tierra mojada y absorbiendo esa humedad que cae lentamente calándome la ropa, los huesos y, sobre todo, los sesos y los pensamientos.
Un sonido polifónico sobresalta esos momentos de paz que estoy disfrutando y, asustada, abro el bolso, saco el móvil y, en un acto reflejo, contesto. Es mi supervisor que parece preocupado porque no he aparecido por casa, me pregunta si estoy bien, si necesito que venga a buscarme. Acalorada le digo que no se preocupe, que ya voy para allá, solo que me apetecía ir andando. Quedamos para dentro de una hora.
Hurgo en el interior del bolso, veo mi cartera, con dos billetes de diez euros dentro, el DNI, el carnet de conducir, la tarjeta sanitaria y una Visa, aunque supongo que estará anulada. También encuentro un paquete de cigarrillos casi entero y un mechero. No recordaba que fumaba, puede que haya arrinconado cosas que quisiera olvidar. Creo que tengo mucho trabajo mental por hacer.
Por fin llego a Vallecas, entro en una panadería y pregunto por la calle donde está la casa donde viviré a partir de hoy. Una chica joven, muy simpática, me indica exactamente dónde está y cinco minutos más tarde entro en el portal, subo por las escaleras hasta el tercer piso, donde llego jadeando. Me espero unos minutos, apoyada en la pared hasta que mi respiración se calma, aunque mi corazón cada vez va más rápido.
Respiro hondo, como cuando practicaba yoga, luego toco el timbre. A través de la puerta se escuchan ruidos de sillas que se arrastran por el suelo, voces de mujeres, luego gritos masculinos y, por fin, se abre la puerta.
Un hombre alto, de mediana edad, con el pelo cano, gafas doradas y una barriga bastante prominente me mira de arriba abajo, con una agradable sonrisa en los labios, mientras dice:
• Hola, tú debes de ser Lina. Te estaba esperando. Pasa.
Cierra la puerta detrás de mí y me hace pasar a una pequeña habitación que hay justo al lado del recibidor. En realidad, es una sala demasiada pequeña para un hombre tan grande, con una ventana alargada que da a un patio interior. Una plancha de madera sobre dos caballetes hace de mesa, llena de carpetas de varios colores, papeles, un par de bolígrafos y una lámpara que ilumina un cenicero lleno a rebosar. Se sienta en la silla que hay detrás de la mesa y me indica que me siente en una silla plegable que hay al otro lado de la mesa.
Saca un formulario del interior de una carpeta naranja y me pregunta las típicas cuestiones básicas para rellenar el documento. A continuación, vuelve a mencionarme las normas y hace especial hincapié en que no puedo saltarme ninguna si quiero que esto salga bien. Me explica que él viene dos días a la semana y me pregunta si quiero trabajar.
• Por supuesto que quiero trabajar, ¿pero ¿quién querrá contratar a una ex convicta? – pregunto azorada.
• Pues tengo un trabajo perfecto para ti. Eso sí, ocho horas diarias en una fábrica, en una cadena de montaje. Horarios de mañana, tarde o noche, la cadena no puede parar. Tienes la oportunidad para rehacer tu vida, con posibilidad de contrato indefinido si demuestras que trabajas bien y no te metes en líos –explica Marcelo.
• ¿Cuándo podré empezar? – pregunto alucinada, porque creía que encontrar trabajo sería lo más difícil.
• Mañana mismo, esta semana te toca de seis a dos – continua explicando, mientras me da un papel con el nombre de la empresa y la dirección.
Sigue hablando, indicándome que autobús deberé tomar y el recorrido con el tiempo que tardaré. Luego me deja dos llaves encima de la mesa, una del piso y otra del portal.
Se levanta y me pide que le siga, quiere enseñarme el piso y presentarme a mis nuevas compañeras.
Me apresuro detrás de él por un largo pasillo, llegamos a una amplia sala, con una mesa en el centro y seis sillas alrededor, un sofá viejo, con una manta de cuadros roja encima y un pequeño televisor, colgado en la pared. Al fondo, veo un balcón con varias macetas de flores y un tendedero con ropa secándose al sol, que acaba de asomar después de la suave lluvia.
A la derecha hay dos puertas, en la primera una habitación con dos camas, un armario empotrado y una ventana que da a la calle. Una chica joven está ordenando una cómoda que hay a un lado. Cuando nos ve, se acerca, me da dos besos en las mejillas y se presenta:
• Bienvenida, soy Marta.
• Gracias, mi nombre es Lina – contesto un poco más tranquila.
Abre la siguiente puerta, mientras explica:
• Está será tu habitación, la compartirás con Natalia.
La habitación es más grande que la anterior, pero la ventana da a un patio interior. Al fondo hay dos camas, con una mesita de noche en el centro, debajo de la ventana hay una mesa con dos sillas y al otro lado un armario bastante grande. Natalia está cosiendo, levanta la vista y sonríe mientras me dice:
• Bienvenida, espero que te sientas a gusto.
Luego vamos a la cocina y me presenta a Aurora que está cocinando. La estancia es muy estrecha y alargada, huele a col y a pescado frito, solo tiene un pequeño ventanuco, justo encima del fregadero.
Mientras me abraza, pregunta si he comido y, cuando le digo que no, enseguida me dice que no me preocupe, vamos a comer dentro de diez minutos. Hoy, Roberto se quedará a comer con nosotras, me cuenta que un día a la semana suele hacerlo.
La ayudo a poner la mesa y nos sentamos, entonces cada una explica un poco de su paso por la cárcel. Empieza Aurora, la mayor, cuenta que la condenaron por clavarle un cuchillo a su marido, cuando lo pillo abusando de su nuera, en su propia cama. Hace medio año que tiene la condicional. Su hijo y su nuera viven felices y tienen un bebé. Desde que ha salido de prisión se lo llevan uno o dos días por semana. El marido está desaparecido y tiene una orden de alejamiento.
Marta es la más joven, es ex drogadicta y la pillaron pasando droga a menores. Ahora está limpia y trabaja en una verdulería en el barrio.
Natalia era alcohólica y perdió a sus dos hijos de tres y siete años en un accidente, en el que ella era la conductora, iba bebida y chocó con una furgoneta. Su marido la denunció y se ha divorciado de ella. Como que es modista, trabaja para varias tiendas de ropa, haciendo arreglos. Dice que no recuperará a sus hijos, los mató ella, pero está aquí para ayudar a los demás, va a misa cada día y ayuda al cura en los oficios religiosos.
Cuando les cuento mi historia, se hace un silencio sepulcral, nadie dice nada. Miro de reojo a Roberto, que las repasa una a una, como si las instigará a callarse. Luego las voy observando a todas y ninguna levanta la cabeza del plato. Pienso que ya habrá tiempo para que me cuente que saben.
Cuando les digo que no tengo más ropa que la que llevo puesta, cada una de ellas me presta alguna pieza, un vestido, unos pantalones, una falda, una blusa, un jersey. Por ahora podré ir pasando, hasta que cobre la primera mensualidad, entonces podré poner mi parte para los gastos mensuales del piso y comprarme algo de ropa.
Por la noche, después de cenar, nos sentamos en el sofá viejo y destartalado, miramos un rato la tele y luego nos vamos a dormir, que mañana hay que levantarse temprano. Cuando nos quedamos solas en la habitación, Natalia se arrodilla al lado de la cama, con las manos juntas y empieza a rezar. Me trae recuerdos de cuando era pequeña y mi madre se arrodillaba conmigo y rezábamos juntas. Como la echo de menos, a menudo me pregunto dónde estará mamá, que le habrán dicho para que no tenga ni un momento para venir a verme, estoy segura de que no sabe la verdad, porque una madre nunca abandona a su hija.
Me meto en la cama arrastrando una inmensa tristeza, nostalgia de otros años, de otros tiempos, de un pasado que ya no volverá. Aurora entra en la habitación, se acerca a mi cama y me besa en la frente, me mete un papel arrugado en la mano, mientras nos desea buenas noches.
El papel me quema, necesito saber que dice y, cuando me parece que Natalia está dormida, me levanto de silenciosamente, me meto en el baño, observando atentamente
el papel que me ha dejado Aurora. Leo el nombre de un hotel y una dirección, nada más. Mañana, cuando salga del trabajo iré a ver si averiguo el significado de todo esto.
Cuando vuelvo a la cama, aspiro ese olor a sábanas limpias, un aroma que me recuerda la infancia, cuando mi madre me arropaba y, más adelante cuando yo arropaba a mi hijo, no hace tantos años. Las sábanas de la cárcel olían a desinfectante, a lejía y a humedad.
Me despierto a las cinco, me bebo un café y al poco rato subo al autobús, casi vacío. Paso la vista por los asientos y, a parte del conductor y yo misma, sólo hay un hombre y una mujer de mediana edad, pienso que tal vez trabajan en la misma fábrica que yo.
Observo atenta a través de la ventana, algunas calles oscuras, otras iluminadas por la luz de alguna farola. Intento controlar el recorrido, temo pasarme de largo de mi parada. Le pregunto al conductor y me contesta que no me preocupe, me debo bajar en la última.
Cuando llegamos delante de la entrada de la fábrica, justo empieza a asomar el sol por detrás del inmenso edifico alargado, recortando la silueta y dándole un aire entre colosal y fantasmagórico.
La pareja de mediana edad también se baja, voy detrás de ellos, que se cuelan por el portal de hierro oxidado, al que le hace falta una buena mano de pintura. Detrás de la puerta se encuentra el aparcamiento, donde están aparcando los coches que van llegando.
Les sigo hasta la entrada y el portero nos pide la tarjeta de identificación. Le comunico que soy nueva, que no tengo ninguna tarjeta y, muy amablemente, me indica unas escaleras que dan a las oficinas, donde me atenderán.
El señor de mediana edad que iba en el autobús trabaja en la oficina y se ocupa de rellenar mis documentos, facilitarme mi tarjeta y explicarme todo lo referente a la fábrica. Luego me acompaña a mi puesto de trabajo donde una encargada está esperándome para darme el uniforme y enseñarme en qué consistirá mi trabajo.
Aunque el trabajo es realmente monótono, se me ha pasado la mañana volando, me han dado quince minutos para hacer un tentempié y he aprovechado para comerme un pequeño bocadillo que he traído de casa.
Antes de irme, le he enseñado a una compañera el papel con la dirección que ayer me dio Aurora y me ha explicado exactamente donde está. Me queda un poco lejos, pero no puedo esperar y, sin pensarlo, voy para allá.
Desde la acera de enfrente observo el hotel, sin saber qué hacer, cuando de pronto veo entrar a un hombre que me recuerda a Santi. Cruzo la calle disparada y, sigilosamente, me meto en la recepción del hotel, disimulando, como si me alojará allí.
Le veo hablando con la recepcionista y, cuando se gira, mi corazón da un vuelco, porque, definitivamente, es Santi. Paralizada por la emoción, no sé qué hacer, no puedo presentarme delante de él, le veo subiendo las escaleras y, dejando un poco de distancia, le sigo.
Desde la otra punta del pasillo, me fijo en que habitación entra y, luego, me quedo plantada delante de la puerta sin saber qué hacer. Instintivamente, empujo la puerta que, ante mi sorpresa, se abre. Sigilosamente, sigo por un pequeño pasillo, me asomo y le veo en la cama, desnudándose y desnudando a otra persona, pero…, no puede ser, el otro se parece a Rafa, me fijo bien y sí, es Rafa…
FIN

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