PABLO ROJAS

Aquí estoy postrado en una cama de hospital, viviendo el día al día con el sufrimiento eterno, el castigo de la no vida, de estar aquí, sufriendo. Tengo 20 años, me llamo Diego, desde que tengo uso de razón siempre fui un niño enfermo. Tenía bajas defensas y no pasaba más de tres días sin visitar el querido consultorio médico de algún curioso que trataba de adivinar que me sucedía. Me desmayaba, comía poco y cuando lo hacía vomitaba. Mi madre siempre estuvo ahí pendiente de cada uno de mis pasos, hasta la sentía entrar en mi cuarto en las noches en vigilancia de mi sueño, tanto que ella se privaba del suyo. Quería salir a jugar con otros niños pero no podía, me sobreprotegían tanto que no me dejaban salir al exterior sin cuidados previos, y así fui creciendo, en la constante tutela monótona de mi salud.

Terminé la escuela a duras penas, lo suficiente para aprender a leer, si en este momento un milagro surge tenía un atraso atroz, eso fue lo que he escuchado hablar en mis padres sin que ellos se den cuenta. Poco a poco fui creciendo, flaco pálido y anémico, solo quería o quiero mejor dicho una cosa, morir. Cada día que pasaba era más aburrido que el anterior, no sabía lo que era tener amigos, nunca una novia, menos hablar de un hijo. Si mis padres querían nietos conmigo no tenían suerte, para peor soy hijo único.

Ahora estoy internado por una gran cantidad de infecciones que ya ni entiendo qué son. Respiro y me duele, siento el aire viciado y reseco que me rascan los pulmones, a veces trato de dejar de respirar, pero es imposible, cada vez que lo hago me obligo a un fuerte resoplido, y me es imposible evitar quejarme. Los médicos desde hace un año me dieron días o semanas como mucho de vida, pero sigo aquí, sigo sufriendo, sigo agonizando.

Algunos hablan del milagro de no dejarme ir, pero, para mí es torturante. ¿Qué va a ser de mí si salgo de este frío y sombrío hospital? Tendría que volver otra vez, repetir las escenas de tratar de llegar al baño al paso lento que mis diminutos músculos me permitieran movilizarme, si no corría con el riesgo de hacerme encima y caerme, y la idea de pedir ayuda la había dejado tiempo atrás. A veces lo lograba, otras no, pero quería hacerlo solo, me sentía una carga para mis padres, mi única familia. Porque el resto ante esta situación tan complicada, relataban un gran repertorio de “cualquier cosa me avisan”, una simple frase de consuelo, pero en fin, solo mis padres estaban ahí.

Pedí una mascota, un perro, un gato o un hámster, pero mi salud tan delicada no permitía contacto con algún animal. Me limité a una gran pecera, lleno de peces de todos colores y tipos, seres que no podía tocar, solo observar. Mi madre se tomaba la molestia de darle nombre a cada uno, me los señalaba y nombraba para que no los olvidara, y era que ella nunca lo hizo. Mi padre cada semana compraba uno distinto, un día trajo uno especial, ese enfermó a todos, me di cuenta el día que vi la pecera con todos ellos panza arriba, menos uno, que se resistía a morir. De a rato detenía su nado mientras se giraba sobre sí mismo, pero cada tanto sus aletas se volvían imperativas para alinearse, se resistía a morir, como yo. Un día lo vi, comenzó a girarse, y sus aletas ya estaban cansadas en como más demoraban en incorporarse, no le despegué los ojos, hasta que lo hizo. Venció con su panza arriba, y ese pez era como yo, un sufrido haciendo piruetas entre la vida y la muerte. Algún día me tocaría a mí, ya he estado parado mucho tiempo en ese fino cordón casi invisible, balanceándome de lado a lado para no caer, pero, ¿algún día no me cansaría y caería?

Tengo 20 años, pero no tengo vida, no tengo ganas, estoy cansado. Pero cada vez que dejo de respirar recuerdo a ese pez, y no puedo dejarme vencer. De verdad quiero rendirme, pero, no muero, no lo hago más, mientras el pálido rostro cansado y mal afeitado de mi padre, y el avejentado rostro deprimido de mi madre me cuidaban hasta el final. Me pregunto si yo muero, ¿mis padres encontrarán el descanso? Sé que llorarán un largo tiempo, pero al menos envejecerían en paz. Quizás, podrían intentar tener otro hijo, pero conmigo aquí molestando no se pueden dar ese lujo, no me lo han dicho pero lo sé. Estaba en el peor estado que haya recordado, rozaba mis dedos entre sí para sentirlos a los huesos, me podía dar cuenta de la flaqueza de mi rostro solo al tragar saliva, y el hormigueo de a rato sobre las puntas de mis pies y mis manos. Sentía frío, pero también transpiraba, y cada tanto una de esas señoras de túnica blanca venía a inyectarme algo por intravenosa, algunas veces venía alguna joven simpática y alegre, con ganas de hacer sentir bien a los demás, pero otras veces venía alguna de doble de ancho, amargada, con los pasos marcados haciendo su trabajo a los rezongos, se quejaba de su vida como si yo fuera sordo, quizás se acostumbró a ver a un moribundo como yo, y no prestaba atención. La pesadez del cuerpo, esa leve sensación de mareo aun estando en mi cama inmóvil, la imposibilidad ya de poder erguirme, estaba cansado. En un momento sentía las voces de mis padres y alguna enfermera o doctora, no distinguían mis oídos palabras algunas, eran simplemente sonidos leves, que disminuían, y poco a poco el dolor fue desapareciendo.

¿Acaso me llegó la hora de morir? Espero que sí. Vi detrás de mis padres una figura sombría que se acercaba a mí, llevaba túnica negra con una capucha que cubría su rostro en la oscuridad de ella, se acercaba a mí, sin levantar ni bajar su altura, parecía que flotaba. Me di cuenta cuando extendió una de sus manos que no tenía piel ni carne, era esquelética, huesos blancos como la nieve virgen de cualquier otro tejido, en su otra mano la guadaña, no era sorpresa, la muerte vino a visitarme, y le sonreí.

— ¿Vienes por mí? —Creo que dije, pero ni si quiera yo mismo oí mi voz.

La parca se me acercó muy lentamente, se colocó a un costado de mí, y aunque no viera sus ojos, por como inclinó su cabeza levemente a un costado, daba a entender que me miraba. No lo hacía con la señal de venir a ejecutarme, de contarme mis pecados o disfrutar mi sentencia, me miraba como si me tuviera lástima, como yo me la tenía a mí. Tenía claro que hoy es mi día, pero se está demorando, hasta que se alejó de mí.

—No te vayas —sentí que rogué, traté de estirar mi mano a ella pero no la sentía, en parte, no sentir dolor me alivió, no sentía mi cuerpo, era como un sueño. La parca se acercó a mi madre, se colocó entre mi padre y ella, pero ellos no la veían.

—A ellos no, a mí —pedí, pero ni siquiera sentí mis labios moverse, ¿por qué me hacía esto?

La parca apoyó su mano esquelética sobre el vientre de mi madre, ella también lo hizo, pero traspasó la mano huesuda como si fuera un fantasma. Quería llorar, sospeché que esto solo era un sueño, y ya despertaría en mi mundo de dolor y agonía.

—Lo siento —dijo la parca. Su voz era grave, pero tranquila y pausada, se escuchó su eco en si misma cerca de tres veces como si estuviera hablando dentro de un caño, y me miró como si me tuviera lástima.

Poco a poco vino la oscuridad, era como tener los ojos cerrados, pero sabía que los tenía abiertos. Estaba de pie dentro de esa inmensa negritud, hasta que en el fondo vi una luz, la vieja luz blanca que te decían que no vayas a ella, pero era lo que yo quería, terminar con este tormento. Sentía que flotaba por mi voluntad, la luz cada vez se acercaba más a mí, poco a poco su luminosidad me embriagaba de una calma en éxtasis reconfortante, mi vida terminaría, mi muerte llegaría, y todo acabaría. Cuando la oscuridad desapareció y todo era luz, vi el rostro encubierto de un doctor, me envolvía en sus manos.

—Es un niño —dijo él.

Quería hablar pero no podía, al intentarlo solo lloraba aterrado, y sentí mi diminuto cuerpo posar sobre los brazos de mi madre, tal cual la recordaba, cansada y fatigada recostada sobre una camilla. Me sentía tan pequeño como un bebé, y eso era, un recién nacido. Mi padre estaba junto a mi madre, llorando de felicidad, pero no se veían jóvenes como cuando nací, tenían la misma edad de la última vez que los vi. Detrás de mi padre, la parca descansaba sus manos sobre su guadaña, pensé que a alguien se llevaría.

—Tienes otra oportunidad, disfrútala —dijo mi amiga la parca.

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