LOIS SANS

Me despierto por culpa de un atrevido rayo de sol juguetón que roza impertinente mis
ojos. Una terrible resaca se ha apoderado de mí, estoy segura de que la cabeza me va a
estallar en cualquier momento. Miro a mi lado y veo a Rafa, desnudo, estirado boca
arriba, durmiendo a pierna suelta.
Con los ojos entrecerrados, me entretengo observando los detalles de la habitación de
este hotel de tres estrellas, no tan céntrico como otras veces, pero mucho más moderno
en cuanto a la decoración. Observo la mesa alargada que queda a los pies de la cama,
una silla tapizada color verde botella, un sillón naranja al lado de la ventana, tapada por
una espesa cortina oscura, por donde se cuela ese travieso rayo de sol que me ha
despertado.
Siempre me pasa, después de una noche loca, me siento culpable, aunque después me
doy cuenta de que estas escapadas con Rafa hacen que me sienta más viva, deseada y
me permiten llegar a casa con más ganas de estar con Santi, el hombre con el que estoy
casada desde hace veinte años y con quien tengo un hijo que cumplirá dieciochos años
en diciembre.
No me puedo imaginar cómo reaccionaría si se enterara que le pongo los cuernos con el
jefe de ventas de la empresa donde trabajo desde hace seis años, aunque, posiblemente
me lo perdonaría, porque él no tiene sangre en las venas, tiene horchata.
Recuerdo cuando nos conocimos, en la academia de inglés. El primer día nos sentamos
de lado, nos miramos, yo le sonreí y él me guiñó un ojo. Después de clase, insistió en
acompañarme y yo me dejé. Yo tenía diecisiete y él veintitrés, era el más mayor de la
clase y, también, el más guapo.
Aunque sé que en el fondo le quiero y no podría vivir sin él, de vez en cuando necesito
poner un poco de emoción en mi vida, como beber sin control, fumarme algún porro,
sexo loco y una habitación de hotel donde poder despertarme con resaca, para después ir
al Corte Inglés y comprar un buen regalo, tras el que esconder cualquier sentimiento de
culpabilidad.
Comparo marido y amante, realmente son tan diferentes. Santi es el típico bonachón,
incapaz de insultar o levantar la voz a nadie, excelente padre con Alex, negado a la hora
de llevarme la contraria y previsible totalmente en la cama.
En cambio, Rafa es el inconfundible guaperas, separado desde hace años por culpa de
infinitas infidelidades, probablemente porque es una fiera en la cama y se lo cree.
También es el perfecto idiota con la lengua demasiado suelta. Por suerte, no estamos en
el mismo departamento, porque le encanta chulear de sus conquistas y eso no lo
aguanto, aunque tenga que reconocer que es realmente simpático, divertido, habla por
los codos de cualquier tema y junto a él no puedo parar de reír.
Anoche me llevó de tapas, bebimos y comimos como jabatos, para luego acabar en la
terraza de un pub, donde conocimos a unos italianos que nos invitaron a porros y
mojitos. Sólo sé que me dolía la tripa de tanto reír y ni siquiera recuerdo cómo hemos
vuelto al hotel.
Miro el móvil ¿Las cinco? ¡Pero si llegamos a las siete! Puse la alarma a las nueve,
calculando que tendríamos tiempo suficiente para llegar a la reunión a las diez. Vuelvo
a mirar el móvil, definitivamente son las cinco de la tarde.
Cuando me incorporo, se me va un poco la cabeza, me acerco a la ventana y acabo de
descorrer las cortinas, me asomo desde el séptimo piso, un fuerte viento me hace
estremecer.
Luego, vuelvo a la cama, me acerco a Rafa y le beso, pero no se mueve. Le sacudo un
poco y nada, sigue igual. Mientras le zarandeo sin ningún miramiento una sensación de
terror va invadiendo mi cuerpo. Pongo la cabeza en su pecho intentando escuchar su
corazón, pero no oigo nada. ¡Dios mío! ¿Y si está muerto?
Llamo a la recepción y, atropelladamente, les pido que me manden un médico porque
no sé qué le ha pasado a mi pareja, tal vez está muerto. Cuando cuelgo me doy cuenta
de que tal vez me he precipitado.
¿Cómo voy a explicarle a Santi está situación? Sin pensar la respuesta voy corriendo al
cuarto de baño. Me doy una ducha rápida y me visto con lo primero que pillo. Luego
pensaré en hacer la maleta y largarme cuando pueda.
Mientras acabo de vestirme, se abre la puerta de golpe y aparecen cinco o seis tíos
vestidos como si fueran a la guerra, incluso llevan chalecos antibalas, armados con
metralletas. Empiezan a registrar toda la habitación, mientras uno de ellos me apunta
directamente a la cabeza.
De repente, el más alto y fuerte saca del armario una bolsa transparente llena de pastillas
y me la pone delante de los ojos, como pidiendo explicaciones. Le digo que no sé nada,
no tengo ni idea de quién ha puesto esas pastillas en el armario.
Me pone unas esposas, mientras recita mis derechos y obligaciones y me hace subir a un
furgón aparcado encima de la acera, justo delante de la puerta del hotel. Unos cuantos
mirones se han agrupado entre el hotel y el furgón, incluso veo que algunos hacen fotos
con el móvil, cuanto me gustaría desaparecer.
Al llegar a Comisaria me explican que tengo derecho a una llamada, no tengo dudas y
llamo a Santi al móvil. Cuando oigo su voz, me doy cuenta lo mucho que le echo de
menos, la voz se me quiebra, me entran muchas ganas de llorar, pero el orgullo me hace
tragar esas lagrimas mientras le cuento, atropelladamente, que estoy en comisaria, que
necesito su ayuda y él me promete que subirá al primer avión y vendrá a Madrid,
mientras me pide que me tranquilice.
Encerrada en un calabozo, con asesinas, ladronas y prostitutas me siento como una
delincuente más, sin saber qué hacer ni en quién confiar. Un ligero temblor en las
piernas delata que un impasible pánico se va apoderando de mí. Tendré que superar la
repulsión que me causa la mezcla de aromas a sudor, colonias baratas, suciedad y sexo.
Me siento en el suelo con la cabeza entre las manos, no tengo ganas de mirar ni de ver
cómo me miran. Un fuerte olor a pachuli se mete en mi nariz haciéndome estornudar y,
al levantar la cabeza, veo a una chica, bastante joven sentada a mi lado. Me acaricia el
pelo, suavemente y, aunque no me gusta, no me atrevo a decirle que pare. Se acerca a
mi oído y, muy suavemente, me dice:
• Alguien te la está jugando, no tienes opciones, es mejor que te dejes llevar y el
tiempo te ayudará.
Atemorizada y con un nudo en la garganta, me atrevo a observarla. Tiene la cara larga,
delgada, con muchas pecas, le falta un diente y la nariz un poco torcida, parece que
tiene la cara un poco surrealista, pero le da un encanto especial. Su sonrisa permanente
la hace simpática y más guapa de lo que es en realidad.
No sé cuánto tiempo ha pasado cuando me avisan de que tengo una visita, seguro que es
Santi que ha venido a salvarme. Siento una gran decepción cuando entro en la sala de
visitas y me encuentro con un joven desconocido que se presenta como mi abogado
defensor.
Me explica que es abogado de oficio y, cuando le pregunto por Santi, me contesta que
no sabe quién es. Me invade una sensación de terror, al tiempo que él saca unos
documentos y empieza a rellenar un formulario con mis datos. No puedo evitar
analizarle descaradamente. Me fijo en su pequeña cabeza, las facciones suaves y
agradables también son de pequeñas dimensiones, lo que le da un aire demasiado
infantil para ser abogado. Tal vez hace poco que ha acabado la carrera, seguro que está
en época de aprendizaje y, automáticamente, pienso que no es lo que yo necesito ahora
mismo.
Respondo a todas las preguntas y a continuación le explico lo que recuerdo de aquella
noche y de la mañana. Toma notas con su estilográfica y luego me explica sus
conclusiones:
• Todo apunta que alguien te ha preparado una encerrona, tal vez algún enemigo
del trabajo, tu pareja…
• ¿Enemigo? No sé. ¿Quién podría ser? ¿Mi pareja? Santi me dijo que vendría a
verme, pero todavía no se ha acercado por aquí. Mi hijo tampoco, tal vez se
avergüenzan de mí – razono en voz alta.
• No descarte a nadie señora Corominas, cualquiera puede habérsela jugado.
No puedo parar de pensar en las palabras de mi abogado, aconsejándome que no
descarte a nadie, cualquiera me la puede haber jugado, pero ¿quién?
A partir de ese momento, las visitas del joven abogado son las únicas que tengo, cada
día a la misma hora. No sé nada de Santi ni de Alex y cada vez que le pregunto al
letrado, él no sabe que contestar.
Hoy me ha comunicado la fecha del juicio, insiste en que será mejor que diga que
alguien me dio la bolsa de pastillas. Intentará defenderme contra el cargo de homicidio
involuntario, cree que, si llegamos a un acuerdo con el fiscal, tal vez, solo me caigan un
par de años en la cárcel y luego, por buena conducta, puedo salir en un año y medio o
tal vez en menos tiempo. Tengo la impresión de que formo parte de una película de esas
de narcotraficantes, en las que los malos se escapan de la cárcel y los tontos
desprevenidos son encarcelados.
Una vez llego a mi celda, me siento en el suelo indignada, porque sé que no soy
culpable de nada, bueno si, de una infidelidad. Por otro lado, una rabia contenida quiere
aflorar, necesito desahogarme y unos grandes lagrimones empiezan a rodar por mis
mejillas.
Ha llegado el día del juicio y, junto con cinco mujeres más, nos meten en un furgón y
nos llevan al Juzgado. No se parece en nada a los juicios que vemos en las películas,
todo pasa tan rápido que no me he enterado de nada, así que mi abogado me acaba de
informar que me han condenado a dos años y un día. Y encima, me dice que no me
preocupe, que con buena conducta, me darán la condicional en un año y poco más.
Estoy aturdida y solo tengo ganas de llorar, me pone el brazo sobre el hombro en un
intento de consolarme, pero la policía que me custodia tira de mí y, junto con las otras,
nos mete de nuevo en el furgón para llevarnos directamente a prisión.
Me han quedado preguntas por hacer: ¿Sabe algo de mi familia? ¿Por qué no han venido
a verme? ¿Qué pasará con mi trabajo? Y mis padres ¿saben dónde estoy?

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