GAMBITO DANÉS

VII

Me gustaría decir que fue solo una vez. Una locura transitoria fruto del estrés, la angustia del entorno y la calentura. Pero no, no fue así. Aquello se repitió muchas veces. Tantas como nos fue posible en las siguientes dos semanas. Decenas de veces en la que mi única obsesión era poder quedarnos solos para follar. Era gorda, sí, pero también me gustó comprobar que era sumisa y complaciente. Dispuesta a chupármela o entregarse a mí a placer.

Todo iba bien, o por lo menos un poco mejor, hasta que una mañana en la que Carmen estaba arrodillada en el suelo del salón y yo metiéndosela por detrás un ruido nos distrajo. Un ruido proveniente del exterior. Enseguida nos vestimos y salí corriendo a ver de qué se trataba. Pensé que alguien nos podría haber visto y sentí auténtico pavor. Me tranquilicé al comprobar que allí no había nadie, pero el susto me había bajado tan súbitamente la erección que opté por despedirme y volver a casa. Al llegar vi que mi padre estaba en el exterior afilando unas herramientas, sentado en los dos escalones de la puerta principal.

—Tommaso, hijo, ¿todo bien?

—Sí, claro.

—¿Dónde estabas?

—He ido a buscar a Antonio pero no estaba en casa.

—Está con Marco pasturando las ovejas.

—Sí, me lo ha dicho tía Carmen, me voy a descansar un poco.

—¿Cuento contigo por la tarde para que me ayudes?

—Claro, avísame.

Mi padre me trataba con exagerado respeto después de recibir la negativa a mis ilusionantes estudios universitarios. Con mi madre también habían mejorado mucho las cosas, volviendo a tratarnos con cordialidad después de la pataleta de semanas atrás. Me pareció que dentro de casa no había nadie y me encerré en mi cuarto. Puse un poco de música y justo cuando me acababa de tumbar en la cama Gianna entró cerrando la puerta tras de sí. Estaba seria como pocas veces la he visto, me miró con desprecio y con voz floja pero rotunda me dijo:

—¿Eres imbécil o qué te pasa?

—¡¿Qué?!, ¿¿yo??

Pensé en alguna tarea sin hacer, quizás en alguna ofensa a mi padre, pero lo cierto es que nada me venía a la cabeza.

—Te he visto niñato depravado.

Se me heló el alma. Enseguida caí en la cuenta de a qué se refería. De quién era el ruido oído poco antes. Las pulsaciones se revolucionaron como si acabara de terminar una maratón. No supe que decir, tan solo bajé la cabeza.

—¿Es que quieres que te maten? ¿Qué venga Antonio y te meta un tiro? ¿Que aparezca Frank y te castre como a los cerdos?

—Mamá…

—Eres más estúpido de lo que creía Tommaso, más estúpido de lo que creía. ¿No sabes cómo se solucionan estas cosas en pueblos como el nuestro?

—Nadie lo sabe.

—¡Yo lo sé! —me gritó pero enseguida obligándose a bajar el tono para no llamar la atención de mi padre—. Si lo sé yo, lo puede saber cualquiera. Vas a matarnos a disgustos.

Pensé en seguir aguantando el chaparrón, pero entonces la seguridad del que por fin tiene relaciones sexuales y los cinco años de frustración pueblerina volvieron a aflorar.

—¡¿Y qué coño querías que hiciera?!, ¿Que me follara a las gallinas?

Pude ver a mi madre quedándose completamente descolocada con mi cambio de actitud. Me levanté de la cama y me encaré a ella.

—¿Eso pretendíais? Qué acabara siendo un virgen de veintitrés años? ¿Cinco años más de pelármela hasta arrancarme la piel?

—¡Tommaso!

—¿Sabes lo que tengo que aguantar rodeado de gordas y viejos? ¡Con mis primos diciéndome todos los días lo buena que estás! Viendo las miradas lascivas que te echan, a mis tíos repasarte el culo cada vez que pasas por su lado. Y tú…¡tú provocando! Poniéndote sexy para este atajo de salidos desdentados.

Gianna no supo reaccionar, tan solo se aseguró de que la puerta de la habitación estuviera bien cerrada. Miraba hacia todas direcciones y suplicaba internamente que mi padre siguiera trabajando en el exterior de la casa.

—Eso no es verdad —afirmó en un hilo de voz.

La miré desde las sandalias hasta el pelo, observando que solo llevaba unos diminutos shorts blancos con pequeñas rayas negras y un top  también blanco anudado en la cintura. Parecía sacada de una película americana. Una de esas en la que las animadoras, para ganarse un dinero extra, limpian los coches de los hombres con escasa ropa a la espera de una buena propina.

—Solo hace falta mirarte, sino no irías vestida como una colegiala cachonda ni te habrías puesto ese par de globos que tienes por tetas. Eso solo lo hace alguien al que le gusta que le miren.

Levantó la mano para volver a abofetearme pero esta vez fui más rápido. Me abalancé sobre ella agarrándole por la muñeca y la empotré contra la pared, reteniéndola con mi cuerpo que ahora estaba pegado al suyo. Aquella escena que casi rozaba la violencia hizo que mi miembro se despertara batiendo récords, como si se hubiera saltado un par de fases para llegar a su nuevo tamaño. Presioné el bulto de mi pantalón contra su sexo, separados solo por la ropa de ambos, mientras seguía sujetando su brazo en alto contra la pared.

—¿Ves porqué tengo que follarme a tía Carmen? La chica más caliente del pueblo está también casada y encima es mi madre. ¿No te da vergüenza excitar a tu propio hijo?

Vi el miedo en sus ojos, estaba completamente en shock y noté como su brazo empezaba a flaquear. Seguí restregando mi falo por su anatomía mientras ahora mis manos comenzaban a acariciar, de manera casi imperceptible, sus operados y perfectos pechos.

—No me mires así, mamá. ¿No es típico esto de los pueblos de mierda como este? ¿Follarse entre familiares? ¿A la ‘Ndrangheta no le va el rollo de la sangre pura?

Con brutal fuerza le agarré del cuello del top y lo rasgué, tirándolo al suelo y liberando dos enormes y redondas tetas que se cubrían, a duras penas, con un sujetador negro. Mi madre seguía bloqueada, completamente inmóvil mientras yo seguía:

—Esto es lo que pasa cuando encierras a alguien como yo aquí. No puedo negar que mi padre tuvo buen gusto al elegir a su prima.

Con ganas, ahora sí, magreé los pechos de Gianna, sobándolos con tanta fuerza que podía notar sus pezones a través de la prenda.

—No me mirarías con estos ojos si supieras las cosas de las que soy capaz. Te aseguro que Carmen está encantada. Nunca había tenido tantos orgasmos como conmigo.

Mi madre hizo un pequeño gesto de reacción, un tímido intento de forcejeo que enseguida neutralicé con mi cuerpo, arrimándome aún más contra el suyo.

—Shh, no hagas eso, si quieres que deje en paz a mi tía vas a tener que sustituirla. De ahora en adelante serás mía hasta que pueda marcharme de este pueblo. ¿No es eso lo que te enseña la mafia? ¿A coger lo que es tuyo?

Por increíble que parezca se volvió a quedar quieta, inmóvil, sumisa. Le desabroché con cierta dificultad el sujetador y lo tiré al suelo. Mi falo reaccionó aún más al ver sus imponentes senos, con aquella morbosa rosa roja tatuada. Sobé sus pechos desnudos con una mano mientras que con la otra acariciaba su sexo por encima del short.

—Seguro que papá no te desea tanto como yo.

Me desnudé de cintura para abajo mientras que seguía toqueteando el escultural cuerpo de Gianna y después hice lo mismo con ella. Primero el pantaloncito y más tarde un diminuto tanga negro. Mi polla pareció tener vida propia al comprobar que su pubis estaba rasurado, arreglado en forma de pequeño triangulito.

—Mmm.

Acaricié su clítoris con suaves movimientos circulares mientras besaba su cuello, sus pechos, sus inmóviles labios. Con determinación le di la vuelta, la incliné un poco y abrí ligeramente sus piernas. Su cintura delgada, su sensual espalda y sus nalgas trabajadas y fibrosas, hicieron que deseara a aquella mujer más que a ninguna otra en el mundo. Si su busto habían pasado por el quirófano estaba claro que a su trasero nunca le había hecho falta, siendo este perfecto y con forma de corazón invertido. Pensé en penetrarla como a una perra pero en ese preciso momento cambié de idea, le agarré por el brazo y la conduje hasta mi cama, tumbándola sobre ella y acomodándome encima.

—Hijo…

—Silencio mamá, no me obligues a gritar o acabará pillándonos papá.

Su cara ya no era de susto, ni tampoco de lucha. Era de auténtica resignación. La de una persona que sabía que no tenía escapatoria. La de una madre que en su interior pensaba que todo aquello era culpa de ellos, los padres. La de alguien que hacía tiempo se había dado cuenta que su hijo vivía una situación insostenible y que sus malas acciones podían llevar a toda la familia a una tragedia.

Miró hacia un lado mientras yo le abría las piernas y colocando mi glande en la entrada de su vagina le decía:

—Hay que reconocer que estás buenísima, mamá.

Sin darle tiempo a reaccionar la penetré lentamente, abriéndome paso centímetro a centímetro. Sintiendo un placer inmenso y procurando no hacerle daño. Seguí perforándola hasta que mi vientre chocó contra el suyo, notando como toda mi carne estaba en su interior.

—Mmm, ¡mmm!

Con sumo cuidado empecé a mover las caderas, comenzando una suave y realmente placentera danza.

—¡Ohh!, mmm, me va a costar no gritar.

Apenas terminé la frase pude notar como su mano presionaba mis labios, ahogando mis gemidos. Me excité aún más.

—Mmm, mmm, sí, síii, mmm. Muévete mami, muévete un poquito.

Ella siguió quieta, inmóvil como una muñeca hinchable. Más preocupa de reprimir mis posibles gritos y de que mi padre no nos descubriera que de cualquier otra cosa. Aumenté el ritmo de las acometidas y pude ver como, a pesar de ser operados, sus pechos se movían arriba y abajo con cada embestida.

—¡¡Mmmm!!, ¡¡mmmm!!, ¡ohhhh!

Me pareció ver una mueca en la expresión Gianna, una mezcla de quizás dolor, quizás placer contenido. Mientras ahora amortiguaba mis gemidos con sus dos manos las mías manoseaban sus tetazas y podía oír el chirrido de mi cama por el movimiento.

—¡¡Ohh!!, ¡oohh!!, ¡¡ohh!!, eres una Diosa mamá, eres perfecta —le dije con dificultad, sintiendo su piel contra mi boca.

—¡Mmmm oohhhhhhhhhhhh!, ¡¡ohhh!!, ¡¡ohhh!!, ¡ohh!

La penetraba ahora con tanta fuerza que podía sentir mis testículos rebotando contra ella, sin duda estaba siendo el polvo más gratificante de mi escasa vida sexual, pero por desgracia no pude alargarlo más y terminé corriéndome con la fuerza de un torrente. La agarré momentáneamente por los glúteos y perforándola hasta lo más hondo me derramé entre alaridos, teniendo un orgasmo absolutamente descomunal.

—¡¡¡Ohhhhhhhhh síiiiiiiiiiiiii!!!, ¡¡¡síiiiii!!!, ¡¡síiiiiiiiiiiiiiiii!!

Exhausto, me desplomé sobre ella, tan cansado que no tuve ni fuerzas para sacar mi miembro de su cuerpo y esperé paciente a que poco a poco se fuera desinflando. Por un momento pensé que podía darme un infarto. Supe que, a partir de ese momento, mi espera hasta la libertad iba a ser mucho más llevadera.

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