ALBERTO ROMERO

Un Moño y un Pañuelo.

Deyan siguió las instrucciones que Marta le dio por teléfono sin saber que se
marchaba en el primer autobús en dirección a Barakaldo. Marta había decidido
perseguir a Josefa en su escapada, segura de que su corazonada sobre lo que
ocultaba la suegra de Antonio podía darle muchas respuestas.
Le pidió a Deyan que buscara un sobre que tenía guardado en el cajón de su
mesilla y que se lo entregara a Antonio lo antes posible. También le explicó que
Josefa se había marchado a la carrera y que sospechaba que algo de aquella huida
estaba relacionado con Antonio. Deyan le preguntó por el contenido del sobre,
pero Marta le dijo que era algo privado de su hermano, y que era necesario que se
lo entregara él.
Ante tanto misterio Deyan llamó a Antonio siguiendo las instrucciones de Marta,
convencido de que ella no podía hacerlo en aquel momento porque estaba en
una charla laboral. Eso le había dicho ella.
Marta agarró su bolso y buscó en información los paneles de las salidas de autobuses
hacia Bilbao. El próximo salía a las 19:00h. Recorrió la estación de Puerta
de America en busca de Josefa, no muy segura de si la iba a encontrar.
De repente divisó a lo lejos un moño que le resultaba familiar, por desgracia.
Allí estaba la mala bruja, esperando al autobús, pensó.
Marta corrió a las taquillas de la estación y compró un billete a Bilbao, sólo ida,
dispuesta a seguir a aquella bruja a donde quiera que se dirigiese.
Volvió a las cercanías del andén correspondiente y se quedó a una distancia
suficiente para controlar a Josefa sin que ella le viera. Abrió el bolso y sacó las gafas
de sol y un pañuelo, que se anudó en torno a la cabeza.
Con un poco de suerte no la reconocería, porque no la esperaba, y con aquel
atuendo aún menos.
Marta se sentía nerviosa, pero llena de vida por aquella peligrosa aventura a la
que se estaba apuntando. Los nervios la mantenían muy inquieta mientras esperaba
la llegada del autobús. La hora de salida se acercaba y sus latidos del corazón
se aceleraban con cada minuto que pasaba.
Pensó en que Deyan estaría próximo a entregarle su carta a Antonio. Se iba a
liar parda cuando la leyese. La carta estaba dirigida a Deyan, pero eso lo sabría Antonio
cuando terminase de leerla. Ellos pensarían que se había marchado por sus
angustias y así ella tendría margen de maniobra para salir de la ciudad en dirección
a Bilbao. Decidió apagar el móvil mientras sucedía aquel primer momento,
para estar más tranquila y llevar a cabo su persecución sigilosa.
Dieron las 19:00h pero el autobús no estaba siquiera cerca del andén. Los nervios
iban en aumento y a Marta le parecía que se le iba a salir el corazón del pecho.

Josefa miraba a un lado y a otro mostrando nerviosismo mientras comprobaba
el reloj una y otra vez , casi de manera compulsiva. Con los labios muy apretados y
un bolso muy pequeño agarrado de la mano izquierda se sintió aliviada al ver aparecer
el autobús por el fondo del carril.
El retraso que llevaba el viaje hizo que el conductor montara a todos los pasajeros
con bastante rapidez, sin pararse mucho a comprobar los billetes. Josefa fue
primero y Marta pudo comprobar mirando discretamente que pasaba hasta el final
del autobús. Ahora era su turno, agachó la cabeza y se sentó en las primeras filas.
Para su suerte había bastante distancia entre una y otra. Se sentó rápidamente en
su asiento y escurrió el cuerpo hacia abajo casi mimetizándose con la tapicería.
Casi sin terminar de acomodar a todos los pasajeros el autobús arrancó. La compañera
de asiento de Marta saludó a esta con una sonrisa risueña. Era una monja.

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