GAMBITO DANÉS

VI

El resto del mes me lo pasé pasando calor, ayudando con las tareas y jugando a la consola. Mi madre apenas me dirigía la palabra desde mi “explosión”, y el aburrimiento hacía que estuviera tan caliente que hasta llegué a pensar que mi tía Carmen tenía un pase. El calor no solo me afectaba a mí, cada vez eran más habituales los comentarios de contenido sexual de mi primo Antonio refiriéndose Gianna. Incluso Marco y sus pocas luces había hecho algún que otro comentario socarrón. Para ellos era como si Mónica Bellucci paseara en paños menores por un pueblo de agricultores viudos.

Llegó la noche del viernes y mi padre, como cada semana, se reunió en casa de uno de mis tíos con otra gente del pueblo para jugar al póker. Yo me quedé viendo una ridícula, mal hecha y vergonzante película de terror junto a mi madre, que seguía sin hablarme más de lo estrictamente necesario. Pasaba poco de las diez cuando ella, como era habitual, se quedó dormida en el sofá, ocupando la mayor parte de este. Arrinconándome poco a poco. Moviéndose incómoda terminó con su cabeza encima de mi regazo y el resto del cuerpo encogido, casi en posición fetal.

«Joder…».

Ahora en la película se veía a la rubia de pote, siliconada y medio desnuda, huyendo del asesino escaleras arriba. Con la cámara más interesada en intentar cazar un buen plano de sus bragas por debajo del camisón que en el cuchillo del psicópata. Sí, era mala de narices, pero mi calentura y las sugerentes imágenes hicieron que enseguida mi miembro empezara a reaccionar. Iba vestido solo con un bóxer y, al darme cuenta de la situación, supe que era una mala idea. Con la cabeza de mi madre encima de mis muslos la escena empezó a violentarme. Intenté moverme, libarme de ella, pero fue imposible.

«Joder, ¡joder!».

Cuanto más me concentraba más me excitaba. Mi bulto del pantalón era tan evidente que ya rozaba la mejilla de mi progenitora. Lo único que quería era levantarme de allí y masturbarme con furia pero tenía miedo de despertarla y que se diera cuenta de la situación. Retiré la vista del televisor y entonces, por primera vez en dieciocho años, me fijé en mi madre como algo más que la mujer que me había dado a luz.

«Tommaso coño, este pueblo te va a volver loco».

Tumbada encima de mí, con aquella camiseta vieja y el short del pijama. Con mi polla rozando sus labios, separados solo por la tela de mi calzoncillo. Podía ver sus pechos a través de su amplio escote. La perspectiva me permitía deleitarme con su rosa roja. Me vinieron a la cabeza todos los comentarios sexuales de mi primo y supe que tenía que salir de allí lo antes posible. Conseguí salir de mi ensimismamiento y levantándome abruptamente, casi de un salto, salí de sofá a toda prisa anunciando que había quedado con Antonio en su casa. Por poco no tiro a mi madre al suelo con mi repentina huida.

Encerrado en mi cuarto pude comprobar que aquella era, sin duda, la erección más salvaje que había tenido en mucho tiempo. Me sentí tan enfermo que me vestí a toda prisa, me lavé la cara con agua fría, y decidí convertir mi mentira en realidad. Andando por el pueblo apenas podía acelerar el paso. Mi falo, tieso como un pote de laca, se resistía a relajarse. Aún no eran las once cuando llegué a casa de mi primo.

—¿Tommaso? —me preguntó mi tía Carmen desde la puerta.

—Sí, hola, buenas noches, está Antonio.

—No, está con los demás en casa de Rocco, tenían partida de cartas creo. ¿No te han invitado?

—Supongo que pronto lo harán —respondí algo avergonzado, sintiéndome un niño.

—Bueno, ya sabes dónde están. ¿Quieres algo? ¿Un vaso de agua?

Asentí con la cabeza, cualquier plan me parecía bueno excepto el de volver a casa. Necesitaba aclararme las ideas. Mi tía enseguida sacó una botella de la nevera y me sirvió el vaso. Debería pesar como noventa kilos o más, y vestida con aquel camisón cortísimo, se le veían unos muslos enormes y carnosos.

—Aquí tienes, guapo.

Al acercármelo pude ver como sus descomunales pechos se apretujaban por la presión de su brazo regordete al extenderse, tan gigantescos que pensé que la ropa se le rasgaría.

—Gracias —dije mientras me apoyaba en la encimera de la cocina.

Ella se quedó mirándome, sin saber muy bien que decir, tan solo sonriendo amistosamente. Yo pude comprobar que mi calentura no solo no disminuía sino que parecía nutrirse ahora de sus orondas formas. Carmen siguió observándome con gesto amable hasta que claramente pude ver como su expresión mutaba al desconcierto. Claramente se había percatado de la salvaje anaconda que mis bermudas escondían. En situaciones normales habría vuelto a huir, avergonzado. Pero los recientes acontecimientos me hacían estar casi fuera de control.

—Hace mucho valor, ¿verdad? —dije con voz algo provocativa.

—Sí, ya estamos en pleno verano —contestó ella retirando su mirada de mi paquete ruborizada.

Se separó un poco de mí y se apoyó en la isla de la cocina, momento que aproveché para dejar el vaso en la encimera y acercarme a ella, con pequeños pero seguros pasos. Me sentí como un cazador que ha rodeado a su presa y esta siente el miedo del ataque final.

—¿Antonio suele tardar mucho cuando va a una partida?

—Depende del día —fue lo único que dijo Carmen, mirando ahora hacia al techo.

Llegué hasta su posición y junté mi cuerpo con el suyo, clavando el bulto del pantalón contra su abultada barriga.

—Quizás está bien que tengamos un poco de tiempo para hablar tú y yo.

No dijo nada, pero pude notar como su respiración se aceleraba, nerviosa, intranquila. Noté sus monumentales mamas presionando contra mi pecho y mi miembro tuvo un espasmo. Subí mis manos acariciando delicadamente los costados de su cuerpo hasta llegar a ellos, y los acarició por encima del camisón.

—Qué suerte tiene Antonio, seguro que no te valora como te mereces.

Mi tía siguió con la boca cerrada pero no hizo ningún intento por librarse de mi acoso así que seguí magreándole las tetas, excitadísimo.

—Tommaso…

—Shh, no digas nada, seguro que nunca has estado con alguien como yo. Seguro que hace mucho que nadie te desea tanto.

Pude percibir un diminuto gemido escapándose de sus labios cuando una de mis manos abandonaba sus pechos para adentrarse por debajo del camisón y le acariciaba el sexo por encima de las finas braguitas.

—¡Mmm!, mmm.

Hizo un intento por decir algo, pero enseguida usé la otra mano para agarrarla del pelo largo y rubio y acercarla a mí, besándole apasionadamente, mordisqueando sus labios sin dejar ni un segundo de jugar con sus partes íntimas.

—Mmm, mmm, mmm.

Me correspondió. La gorda cada vez me parecía menos obesa y más “gordibuena”. Sus tetazas eran dos gigantescas bolas de carne deseosas de ser sobadas por alguien. Seguí jugando con su lengua y metiéndole mano pero estaba demasiado cachondo para preliminares. Le di la vuelta con autoridad y la incliné ligeramente, colocándola en pompa con parte de su cuerpo apoyado encima de la isla. Le levanté el camisón y le bajé las bragas hasta los tobillos, ropa interior grande como el calzón de un luchador de sumo. Le abrí un poquito las piernas y restregué mi lubricado falo por sus enormes nalgas, buscando la cueva del placer.

—Qué buena que estás tía Carmen.

Finalmente la penetré con fuerza, con brutalidad. Metiéndosela hasta lo más hondo y comenzando a embestirla con todas mis fuerzas contra el mueble.

—¡Ohh!, ¡ohh!, ¡ohhh!, ¡ohhhh!, mmm, ¡ohhhhhh!

Ambos gemíamos como animales salvajes mientras yo seguía acometiendo con tanta fuerza que podía notar mis testículos rebotar contra su carne.

—¡Mmm!, ¡mmm!, ¡mmm!, ¡ohh!, ¡ohhh!, ¡ohhhhhh!

Mientras seguía cabalgándola le agarraba las tetas desde detrás y se las agarraba con fuerza como si fueran dos gigantescas bolas anti estrés, estrujándolas sin piedad.

—¡Ohh!, ¡ohhh!, seguro que Antonio ya no te folla así, ¡¿eh?!, mmm, ¡mmm!

Finalmente me corrí, explotando en un descomunal orgasmo, culminando un breve pero intenso polvo y llenándola de mi leche caliente.

—¡Mmmm oohhhhhhhhhhhh!, ¡¡ohhh!!, ¡¡ohhh!!, ¡ohh!

Me separé de ella exhausto, le volví a subir las bragas y apoyado contra su ancha espalda le susurré.

—Gracias tía, ha sido maravilloso.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s