MOISÉS ESTÉVEZ

No era un día como otro cualquiera, era nochevieja de 2017. Había sido un año duro en lo personal, y esperaba que este nuevo año fuera algo mejor, todo un clásico.
Por el momento la guardia había sido relativamente tranquila, poco trabajo, y el que salió, de poca importancia, hasta que con la duodécima uva en la mano saltaron las alarmas.
La adrenalina invadía su organismo…
Era algo inevitable, sólo la experiencia de varios lustros le hacía sentirse seguro, a pesar de no saber nunca lo que se iba a encontrar con exactitud y el haberse desecho de la inseguridad inherente de los primeros años como bombero.
El tren de salida ocupaba la calzada por entero y las trompetas sonaban estridentes llamando la atención de conductores y viandantes, derramando un ruido en la metrópoli que no auguraba nada bueno.
La información llegó imprecisa a la central de emergencias, lo que no era algo extraño para los receptores que intentaban descifrar algunas veces los mensajes que llegaban a través de pantallazos cual códigos espías de la Segunda Guerra Mundial. Esto preocupaba al equipo en general y al jefe de la guardia en particular, nada a lo que no estuvieran acostumbrados claro, aunque siempre era de agradecer cualquier dato sobre el siniestro que facilitara el hacerse una mejor composición de lugar mientras se dirigían a toda prisa por unas calles caóticas de tráfico y resbaladizas para neumáticos, ya
que ese día caía una incipiente lluvia.
Ethan, su admirado jefe impartía unas mínimas instrucciones, advirtiendo del posible peligro y de que cuidáramos el uno del otro. Cientos eran las intervenciones que habían compartido juntos y estaba acostumbrado a ese ritual, se sentía responsable de la seguridad del grupo y repetía siempre los mismos consejos.
– ¡Estación 51 en el lugar del siniestro! Aquí vamos a necesitar la presencia de más efectivos.
Las miradas hacia el cielo, el edificio imponente, cincuenta y cuatro plantas, la situación que nunca querían que se diera, pero la realidad era otra y se había dado.
Las llamas ocupaban al menos tres plantas en torno a la cuarenta, era impresionante y espectacular para todos, a pesar de no ser el primer incendio al que se enfrentaban.
– ¡Vamos chicos, pongámonos las pilas! Me acaban de comunicar que tenemos al menos veinticinco personas en las plantas que están justo por encima del incendio.
– Esto va a ser una tarea ardua- pensaba Frank mientras terminaba de colocarse el verdugo y el casco, y sin poder de dejar de observar el magnífico rascacielos entorchado…

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