GINÉS CARRASCOSO

Aquella tarde, nos separamos en la estación. Iba a ser la primera vez en mucho tiempo. En el tren, el pobre me observaba tras la ventanilla con cara de ponerse a llorar, aunque por hombría se contenía. Ramón, era un chico enclenque y delgaducho, muy propenso a enfermar.

-Pareces “el pupas”…- Le decía yo.

Nuestra madre va para tres años que faltó, y el padre murió de unas fiebres cuando Ramón era aún muy pequeño. Por eso,  yo siempre estaba pendiente de él, cuidándole, vigilando, atento a que nada le ocurriera.

Al comenzar la guerra, era de esperar que un día u otro nos reclutasen. A mí me tocaba ya por la edad, pero Ramón… -¡Todavía es un crío joder!- me repetía una y otra vez.

Por eso insistí en que se marchara a casa de nuestro tío que vivía en un pueblo de la sierra. Tenía la vana esperanza de que allí, la guerra se olvidara de él.

A la hora en punto, el tren arrancó, y cuando Ramón estuvo a mi altura pude ver sus ojos, que ya sin ningún reparo, me miraban entre lágrimas. Me quedé allí plantado un buen rato, incluso cuando el tren ya había desaparecido a lo lejos. Limpié disimuladamente unas lágrimas que escaparon de mi hombría, y regresé a casa apenado, pero más tranquilo.

Algunas semanas después de la partida de Ramón, un camión del ejército popular, llegó al pueblo. Un batiburrillo de milicianos y soldados pugnaban por apearse. Traían un listado con nombres pero acabaron reclutando a todo aquel que supiera disparar cualquier cosa. Me llevaron junto a once del pueblo, y mientras subíamos al camión nos mirábamos resignados.

El viaje por carretera se hizo largo. Amontonados como ganado luchábamos  para no caer del camión. Por fin, después de casi cuatro horas de viaje, y bien entrada la noche, el camión se detuvo. Estábamos en medio de ninguna parte, un grupo de tiendas de campaña cerca de algunos muros en ruinas era todo lo que pude ver alrededor.

-¡Abajo todo el mundo! –Gritaba uno, vecino de mi pueblo, al que habían colocado unos galones-

El hombre había crecido un palmo, y braceaba como un guardia de tráfico. Junto al camión, me puse a una cola donde repartían mantas, algo de rancho y un chusco que parecía pan.

No había alojamiento para los recién llegados. Así que con algunos otros busqué refugio en los muros cercanos e improvisamos unas camas mientras esperábamos el amanecer. Aquella noche hizo un frío terrible y me fue imposible dormir. Me levanté y enfundado en la manta salí para estirar las piernas. Alguien se me acercó,

-Hola compañero, ¿tienes un pitillo?

-Sí, alguno queda… toma.

-¿Crees que habrá muchos aún? –Preguntó, mientras observaba el horizonte-

-No sé… pero decían que después de los bombardeos se han retirado desde el ayuntamiento hacia el río.

-Con el rabo entre las piernas, los muy cabrones…

-En un rato sabremos si es verdad…-dije pensativo.

A las 6:00 en punto, mi vecino el sargento, llamó a formar a mi grupo y pasó revista con las primeras luces del alba. Cada uno nos colocábamos lo mejor que sabíamos, intentando aparentar un valor que no teníamos y un oficio que no conocíamos.

Junto al resto de la compañía iniciamos la marcha entre campos, desde las fábricas de aceite hacia la Puerta del Pozo. Una vez en el pueblo, avanzamos lentamente al abrigo de los portales de la calle Mayor. Al final, se abría una pequeña plaza con la iglesia de San Martín al fondo. Nos dieron el alto. Desde mi posición no se veía apenas la plaza. Todos mirábamos por encima de nuestras cabezas, escudriñando cada balcón, cada ventana. No parecía haber nadie, y nos disponíamos a continuar con el avance.

Casi sin darnos cuenta aquello se convirtió en un infierno. Nuestra posición estaba siendo barrida por fuego de ametralladora desde la plaza de la iglesia. El tiroteo era incesante y comenzaba a hacer estragos en nuestras filas. A gritos mandaron retroceder y ponerse a cubierto. A mi lado varios hombres cayeron al suelo. Me entró el pánico. No sabía dónde refugiarme. Mi primera reacción fue pegarme a la pared, las balas silbaban y hacían saltar por los aires trozos del muro. Me agaché y fui reptando hacia una abertura por la que salí a un patio trasero. Los barridos de la ametralladora continuaban. Me quedé inmóvil. Respiraba con la nariz enterrada en el suelo y me entraba tierra en la boca, pero no era capaz de mover un músculo. Al cabo de lo que pareció una eternidad, cesaron los disparos.

Sentía calor, estaba sudando. Escuché atento. Un silencio mayúsculo, se apoderó del lugar mientras el polvo y la neblina se disipaban lentamente. Algunos lamentos de dolor y voces llamando a los sanitarios comenzaron a oírse rompiendo aquel silencio que se tornaba por instantes como un agradable recuerdo.

Luego fue el olor. Carne quemada, como cuando se prepara el asado en las romerías. Y un tufo como a metal, a sangre derramada sobre la tierra. Continuaba tumbado y no me decidía a levantar la cara. Por fin lo hice.

Todavía hoy no tengo palabras para expresar lo que sentí al encontrarme con aquella mirada. La muerte me observaba entre lágrimas enrojecidas. Aquellos ojos sin vida, en aquel rostro desencajado, lleno de ausencia.

El pobre había perdido parte de la mejilla y oreja derechas. En la boca abierta de una forma obscena faltaban algunos dientes. Reconocí su cara. Aquella boca ahora destrozada, sostenía uno de mis pitillos, apenas un par de horas antes. Recuerdo mis lágrimas y el vómito entre sollozos.

Aterrorizado me levanté, corrí hacia la pared opuesta y salté. Corrí despavorido sin tomar ninguna precaución. Corría y corría todavía llorando. Llegué al final de la calle. Los nudillos blancos de la fuerza con la que agarraba el arma, me detuve en seco junto a la esquina.

No conseguía controlar mi respiración entre la fatiga y la llorera. Estuve así unos minutos, con la mirada perdida, hasta que fui consciente de que estaba junto a la plaza. Comencé a respirar con normalidad. Me asomé levemente. A mi izquierda la calle Mayor y un poco más allá la plaza. Observé durante unos minutos y al mirar hacia el campanario de la iglesia un brillo metálico atrajo mi atención.

-Maldito cabrón… – pensé…

Alguien se movía arriba. Entre las sombras adiviné la siniestra silueta de un cañón asomando en lo que quedaba del muro. Esperé agazapado y aproveché la todavía escasa luz para correr a refugiarme en el portón lateral de la iglesia. Estuve allí de pie con la cara pegada a la puerta y abrazado al fusil, hasta que pude recuperar el aliento.

Accioné el picaporte y empujé. Estaba dentro. La oscuridad era total. Tuve que tantear para apoyarme en la pared. Cerré la puerta a mi espalda y contuve la respiración. Poco a poco me adapté al tenue resplandor que llegaba de las vidrieras en la parte alta. Observé a mí alrededor.

A la derecha se extendía el pasillo central con dirección al altar y a mi izquierda al fondo, una puerta que llevaba a la balconada del coro. Tras el altar había otra puerta. Imaginé que sería el acceso a la torre del campanario, y fui hacia allí.

Los goznes del viejo portón chirriaron, y temí que el ruido hubiese alertado a los de arriba. Pasaron unos minutos sin que nada ocurriera. Entonces me acerqué a la escalera que ascendía por la pared y comencé a subir apuntando adelante. Escuché movimiento al alcanzar los últimos peldaños y me agaché. Con la espalda junto a la puerta pude ver dos ametralladoras y a su cuidado, dos hombres. Junto a ellos distinguí otro tumbado de espaldas. No se movía. Sentí algo parecido a la compasión, pero aunque podía oler mi propio miedo, me armé de valor y aparecí por sorpresa apuntando a su espalda. Uno de los soldados se movió buscando su pistolera.

  • ..ni se te ocurra… levanta las manos -grité sin reconocer mi propia voz-

Mientras mis palabras resonaban en la escalera vi que su compañero ni se había inmutado. Tenía un balazo en la cabeza y estaba apoyado en una de las cajas de munición. Jamás me había visto en aquella situación, a punto de matar a un hombre o al menos decidiendo que hacer con su vida mientras me miraba fijamente.

Inmerso en mis indecisiones no fui consciente de que mi prisionero intentaba alcanzar el cuchillo de su cinturón. Lo miré a los ojos y casi sin querer apreté el gatillo. El disparo sonó como dentro de mi cabeza. Di un traspié a causa del retroceso sin dejar de apuntar.

La bala le había atravesado limpiamente el pecho, y estaba caído de lado con la cara mirando al suelo. Tenía la sensación de que el tiempo se hubiera detenido en la torre de aquélla iglesia. Tembloroso estuve un rato mirando aquellos cuerpos sin saber muy bien qué hacer.

Por fin, sentí la necesidad de colocar con decoro aquél hombre. Me acerqué, dejé el fusil en el suelo y le di la vuelta. Incapaz de volver a toparme con la muerte, cerré sus ojos y busqué algo para cubrir los cuerpos.

-Como si los muertos necesitaran calor –pensé-.

Mientras buscaba unas mantas, me pareció haber oído algo, allí mismo, como un gemido. ¿Quizás alguno de aquellos desgraciados seguía con vida después de todo? El hombre tumbado cerca de la escalera se movió. De rodillas avancé junto a aquel cuerpo y lo giré con cuidado.

De nuevo la muerte se presentaba ante mí, ésta vez con una macabra tarjeta de visita. La muerte, otra vez la muerte, y a su lado la vida que  me abofeteó en la cara y me quedé llorando con la hombría deshecha. Allí estaba yo, en medio de la guerra, en la torre de una iglesia, perdida en una tierra extraña, limpiando con mimo el rostro ensangrentado de mi hermano.

-¡Ramón!… pero… ¿Qué haces aquí? ¿Qué ha pasado?… ¡mierda de guerra me cago en Dios! –Grité y lloré desconsolado.

Ramón me miraba, aún con un pequeño atisbo de vida. Una vida que se iba y que se llevaba parte de la mía. Intenté moverlo pero se contrajo de dolor. Todo a su alrededor era un charco de sangre.  Murmuró algo y me acerqué junto a su boca:

-Dispa..ra..me -le oí decir apenas-

Me agaché para besarle en la mejilla y alcancé a escuchar su último ruego.

-Her..mano, ayúdame…

Yo, no podía dejar de llorar como un niño mientras apretaba con fuerza su mano. El, me miraba decidido, implorando que pusiera fin a su tormento.

-Dis..para.. Antonio –susurró

Temblando y entre sollozos, cogí mi pistola… Cerramos los ojos.

 

Foto de portada propiedad de CEDOBI. Centro de Estudios y Documentación de las Brigadas Internacionales.

ginescarrascoso.wordpress.com

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s