GAMBITO DANÉS

I

Da igual lo importante que haya podido ser una familia, la caída, la decadencia, es un riesgo real. No importa llamarte Tommaso Dulbecco cuando se te condena a vivir en un pueblo deshabitado entre los estrechos valles calabreses. Antaño el apellido producía respeto en toda Italia, tanto por la Cosa Nostra o la Camorra como por los políticos, los carabinieri o la gente de a pie. Mis tíos Frank y Rocco junto con mi padre Giuseppe, el menor de los hermanos, se encargaron de que el apellido Dulbecco prosperara y fuera temido en todo el país. Nunca la ‘Ndrangheta, la mafia calabresa, había estado tan fuerte como en aquellos buenos años. Recuerdo perfectamente mi infancia en Milán, lejos del pueblo y del sur de Italia. Recuerdo las casas elegantes, los coches de lujo y el nivel de vida.

De todo eso, ahora que tengo dieciocho años, no queda nada. Un par de malas decisiones nos llevaron hace cinco años a tener que volver a nuestro pueblo natal, pobre y completamente envejecido. Manteniendo siempre un perfil bajo para no llamar la atención, siendo yo el más joven con diferencia de los escasos treinta habitantes del lugar. Los siguientes eran mis padres, Giusseppe de cuarenta y tres y Gianna de treinta y ocho. Ambos eran primos, pero la endogamia de segundo grado era bastante común por el sur, sobre todo en pueblos pequeños y más aún dentro de la ‘Ndrangheta, organización basada en los lazos familiares.

A mí no me quedaba ni la ilusión de las primas. Rocco estaba casado pero sin hijos y Frank tenía dos hijos varones mayores que yo, Antonio y Marco. El primero, de más de cuarenta años, estaba casado con Carmen, una mujer que con los años había, por lo menos, triplicado su peso. De Marco los rumores eran que era gay, pero eso era algo prohibido por nuestra sociedad. Yo siempre pensé que simplemente era feo, tonto y demasiado mayor. Probablemente víctima de las uniones entre primos durante generaciones. Que mi padre fuera el más joven, llevándose diez años con el segundo de los hermanos, Rocco, no ayudaba a que tuviera demasiadas cosas en común con mis primos. Más cercanos a los adultos a que a mí. El resto de habitantes del pueblo, tías políticas incluidas, no eran más que viejas o simplemente difíciles de mirar. Era normal que mi madre destacara de sobremanera en un ambiente así, más joven, sofisticada y atractiva. La que más se había impregnado de la moda milanesa.

II

—Hijo, en una hora me vas a ayudar a sacrificar un par de corderos, hoy vienen a comer tus tíos y la familia Pozzo.

Los Pozzo, otros viejos del pueblo. Entre todos ellos no debían sumar ni diez dientes sanos.

—De acuerdo, papá.

—Traedme también unas cuantas berenjenas del huerto —ordenó mi madre mientras terminaba de poner la mesa del desayuno.

Ese era el mayor plan de la semana, comida, alcohol y viejas historias. Todo en una extraña ceremonia, mezcla de viejas tradiciones mafiosas y costumbres pueblerinas aún más viejas. Pero yo sabía que todo aquello era una farsa. Desde que los hermanos Dulbecco cambiaron las pistolas por las azadas, la cocaína por los tomates, todo eso no era más que una solemne estupidez. No me extraña que ningún joven se quedase a vivir en aquel lugar. Ninguno excepto yo, claro, que tenía prohibido ir a ninguna ciudad medianamente importante e incluso casi salir de nuestros dominios. Lejos quedaban mis sueños de ir a la universidad, a Roma, a Milán o a España.

La comida transcurrió como era habitual, entre besamanos, alabanzas y risas. La mayor de los Pozzo reía ahora enseñándome su dentadura podrida mientras alzaba su copa de vino. El calor había hecho su primer acto de presencia pero la gente parecía no haberse dado cuenta, predominando aún los jerséis de lana e incluso algún pantalón de pana. Todos luciendo sus mejores ropas granjeras. Todos excepto mi madre, que el terreno algo pedregoso donde instalábamos la gran mesa de madera no la había privado de ponerse unos zapatos negros de tacón, elegantes y algo extremados. Al resto del conjunto le seguían unos vaqueros ajustados y una camisa negra.

Probablemente había dos deportes nacionales en el pueblo, seguir las andanzas del Crotone en la serie A italiana y mirar obscenamente a mi madre. Con el suficiente respeto para no llamar la atención de Giuseppe pero de manera claramente lasciva en ocasiones. Una vez de borrachera con mis primos, Antonio me confesó que probablemente se podría llenar una piscina olímpica con los fluidos obtenidos de las largas noches de onanismo que le había dedicado a mi madre. Bien, exactamente lo que dijo fue: “podríamos llenar la piscina de Catanzaro de leche con las pajas que me he hecho pensando en tu madre”. Intenté devolvérsela pero me pareció inverosímil decirle que yo me masturbaba pensando en la morsa de su mujer, así que decidí dejarlo pasar y hacer ver que no recordaba la escena debido al licor.

Ahora mi madre nos rellenaba las copas de vino, pude ver cómo los ojos de Antonio casi se salían de las órbitas. La camisa se abría más de lo debido al extender el brazo y Gianna dejaba a la vista buena parte de sus inmensos pechos, cortesía del cirujano Domenico Pace de Milán. En el seno izquierdo llevaba tatuada una rosa roja, aunque sospecho que mi querido primo no pensaba, precisamente, en flores al repasarla con la mirada. La comida se alargó hasta el anochecer, mi madre y yo recogíamos con la mayoría de los invitados volviendo a sus casas mientras que mi padre despachaba asuntos familiares con Frank y Rocco. Cuando por fin nos quedamos solos anuncié:

—Mamá, papá, tengo que pediros algo.

III

—De ninguna manera, ¡sabes perfectamente que eso no es posible! —fue la reacción de mi padre ante mi petición de ir a la universidad.

—Papá…

—Tommaso, para de decir sandeces y céntrate, no volvimos al pueblo por gusto.

—¡¿Pero yo que culpa tengo?!

—Las cosas están como están.

—¡Me cago en todo!, primero tenía que ser un mafioso y ahora un puto ganadero en esta mierda de pueblo de viejos, ¡joder!

Enseguida vi a mi padre levantando su gran mano decorada con varios anillos, crítico con mi airada respuesta.

—¡Nunca te he cruzado la cara, pero como sigas así…!

—Giuseppe —advirtió mi madre con voz queda— deja al muchacho.

—¡Muchacho ni hostias!, por mucho menos mi padre me habría molido a palos, yo a su edad ya era un hombre, un giovani d’onore, ¡mocoso consentido!

—¡¿Cómo me voy a hacer un hombre viviendo entre viejos y cabras?!

A mi padre le temblaron los labios por la rabia, bajó la mano lentamente y se obligó a calmarse.

—Entiendo que esta no es una situación ideal para ti, pero vas a tener que ser un poco paciente, lo que pides no es fácil, es demasiado peligroso. Tenemos un pacto, y debemos cumplirlo.

Sabía que eso significaba que tenía que aguantarme, que debía seguir viviendo entre animales, casas rústicas, ancianos, y paletos. En un lugar donde no llegaban ni las prostitutas ni siquiera las pizzas a domicilio. Pero también sabía que si seguía tensando la cuerda no solo no lograría mi propósito sino que corría grave riesgo de irme a dormir “calentito”, así que decidí aceptarlo con un gesto afirmativo de cabeza.

Desde el a cocina que daba al patio, fregando los platos sin hacer ruido, pude oír a mis padres siguiendo con la discusión:

—Debes comprender al chico, aquí no hay nadie de su edad, no tiene nada que hacer en todo el día.

—Ya lo sé Gianna, mujer, ¿te crees que no lo sé?

—Habla con tus hermanos, quizás entre los tres podéis encontrar una solución. Me apena perderlo, pero prefiero que se vaya a estudiar al extranjero, lejos de aquí, que verlo como se consume por el aburrimiento. Tiene dieciocho años, y sabes mejor que nadie que a esas edades hay muchas necesidades que cubrir.

—No lo entendéis, ¿tú tampoco lo entiendes? Si se va del valle puede que lo pierdas, sí, ¡pero para siempre! ¿Es que quieres que nos lo devuelvan en una caja de pino?

—Giuseppe, mi vida, solo te pido que lo intentes.

—De acuerdo, vale, lo intentaré, pero solo conseguir una entrevista con “ellos” de manera segura probablemente me cueste meses, y veremos si Frank y Rocco me quieren ayudar

—Gracias, mi amor.

IV

Las semanas pasaron y entramos en pleno julio, con el calor apretando y con mi ilusión de salir de mi prisión natural desvaneciéndose poco a poco. Ni siquiera sabía seguro que mi padre fuera a intentar conseguirme una especie de salvoconducto, pero era prácticamente lo único que me daba fuerzas para levantarme cada mañana. Antonio, Marco y yo, jugábamos a la consola en el salón de casa.

—¡Gooooooool, gol, gol, gol, goooool del Nápoles! —celebró Antonio su tres cero ante mí a pleno pulmón.

—La próxima te pillas tú al Crotone, a ver si eres tan bueno —me defendí yo.

Quizás era la única cualidad de mis primos, que a pesar de ser incluso mayores que mi padre y pasarse el día entre huertos y ganado, les encantaba echar unos partidos a la Play Station de vez en cuando. Esos momentos eran los más parecidos a tener un auténtico grupo de amigos. Mi madre pasó momentáneamente por delante del televisor, distrayendo sin lugar a dudas la atención de mi primo que no pudo evitar seguir su imponente trasero con los ojos. Vestía tan solo con unos shorts de color rosa y una camiseta blanca de tirantes y, mientras rebuscaba entre un cajón cerca del televisor, su postura “en pompa” hizo las delicias de Antonio.

La verdad es que no podía culparle, con semejante vaca esperándole en casa y en un pueblo sin alternativas de ningún tipo. Encima con una tía “caliente” tan cerca de casa. Debía reconocer que mi madre habría hecho girarse a cualquiera, ya no solo en el valle, también en cualquier gran ciudad. Su metro setenta y su cuerpo absolutamente voluptuoso, con un busto tan exuberante habiendo pasado por el quirófano, eran una auténtica tentación. Lo remataba todo con una cintura delgada y una cara bonita y armoniosa, de rasgos finos, ojos grandes color avellana y pelo negro y liso. Gianna encontró lo que buscaba y volvió a dejarnos solos a los tres chicos.

—Tommaso, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Dime —dije yo reiniciando un nuevo partido, riéndome mentalmente porque Marco no reclamaba su turno.

—¿Sabes las medidas de tu madre?, ya sabes…el clásico 90-60-90.

—¡¿Qué!?, ¡¿qué dices?!, ¡¿qué coño voy a saber yo?!

—Vale, vale, no te sulfures —calló unos segundos para volver a insistir:— Apuesto a que por lo menos 100-65-95, o incluso 100-65-100.

—¡¿Te quieres callar?!, es mi madre, ¡eh!

—Vaaaaaaleeeeeee.

La calma duró poco:

—Pero ni Pamela Anderson en su buena época.

—Eres un puto salido, ¿hablo yo de tu madre?

—No me jodas, tiene más de sesenta años.

—¿Pues de tu esposa?

—Ah, jejeje, habla si quieres,

Me sentí indefenso, así que, nuevamente, decidí desistir. Los comentarios socarrones se terminaron al entrar mi padre con el semblante muy serio. Ni siquiera nos saludó y fue directamente a buscar a mi madre. Le cedí el mando a Marco y, casi a hurtadillas, anduve hasta el pasillo que daba a su dormitorio para poder escuchar la conversación:

—No hay nada que hacer Gianna, lo he intentado todo pero estas malas bestias no entienden ni de hijos, ni de universidades, ni de nada.

—¿Pero de verdad es indiscutible?

—Me lo han dejado muy claro, diez años son diez años. Dulbecco que salga del valle, Dulbecco muerto.

—¡Menudos animales!

—Cariño, llevamos cinco aquí, con veintitrés Tommaso seguirá siendo joven y te prometo que cumpliré todos sus sueños, aún nos queda un buen dinero ahorrado, ya lo sabes.

—Cinco años es demasiado tiempo ahora mismo.

A mi madre no le faltaba razón, tuve que concentrarme para no llorar al oír que solo había pasado la mitad de tiempo de nuestro destierro. O mejor dicho, de nuestro entierro en vida. Me alejé silencioso por el pasillo, huyendo de un nuevo enfrentamiento con mi padre, pero enseguida noté que algo dentro de mí se había roto para siempre.

V

—Cariño, tengo que contarte algo —anunció mi madre apesadumbrada.

—Ya lo sé mamá, me quedaré aquí para siempre.

—No, para siempre no, hijo…pero…

—Rodeado de cabras y pimientos, de paletos y de viejos —la interrumpí.

—Tommaso…

—Y papá ni siquiera se digna a decírmelo en persona, te manda a ti como si fueras uno de sus soldados. ¿De qué hablo?, si ahora lo único que hace es darle de comer al ganado. Encima tengo que aguantar que hable como si fuera el padrino cuando es un puto fracasado.

—¡Hijo!

—Ni hijo ni pollas, la gran familia Dulbecco, dueños de nada. Ricos en el valle, en este jodido cementerio de elefantes. Para vosotros es fácil, ya lo tenéis todo, ¿verdad?, ¡¿y para mí?!

—¿Crees que es fácil para mí vivir aquí, Tommaso?, ¿de verdad lo crees?

—No me vengas ahora con dramas o con que la situación es difícil para todos. Vosotros por lo menos sois un matrimonio. Sí, de primos, pero estáis casados. Por lo menos cuando os aburrís de las cabras podéis echar un polvo. ¿Qué me queda a mí, eh?, no tengo ni primas para convertirme en un cateto endogámico como vosotros.

El ruido seco del bofetón fue escalofriante, me cruzó la cara con tal fuerza que pensé que me había fracturado el pómulo. Enseguida noté como se me enrojecía la zona, ardiéndome la piel.

—Tienes suerte de estar hablando conmigo, niñato, tu padre te habría dado una paliza de muerte. ¡Quizás es lo que necesitas! ¡Sal de mi vista!

Continuará…

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