ALICIA SAN MIGUEL

—Megan, escúchame ¿Cómo conseguiste escapar?
—No lo recuerdo muy bien, todo es confuso —respondió con la mirada perdida— Los pasillos estaba vacíos… Me habían inyectado algo en el brazo y se habían vuelto a ir.
—¿Quiénes?
—¡Ellos! Comencé a sentir un cosquilleo en las piernas, me incorporé como pude, caí de bruces al tocar el suelo con mis pies y un fuerte dolor me invadió todo el cuerpo. Volví a intentarlo agarrándome a la camilla, y poco a poco conseguí mantenerme en pie. Todo era muy confuso… —explicaba tras quedarse callada unos segundos— Recuerdo, apoyada en la paredes, ir cruzando los blancos pasillos hasta encontrar una puerta. Parecía una puerta de garaje, y sin apenas fuerzas, logré abrirla. La luz del sol golpeó mi rostro ¡Ni siquiera sé cuanto tiempo me mantuvieron allí!
—¿Y Edmund? Háblame de él.
—¡Lo mataron! ¡Lo golpearon como a un perro!
—Tranquila… Tómate tu tiempo y bebe un poco de agua.
Megan dio varios sorbos y volvió a proteger la tripa con sus manos.
—Tenéis que encontrar a Gregor —espetó tras otro silencio—, él también os explicará quienes son ellos.
—¿Quien es Gregor, Megan? No conseguimos encontrarlo.
—Debéis bucarle y él os lo contará.
—Tienes que escucharme ¿De acuerdo? Gregor, solo está en tu imaginación.
—¡No, no es cierto! —contestó nerviosa y moviendo su cabeza de un lado a otro— Tengo su teléfono en mi móvil ¡¿Donde está mi móvil?!
—Aquí lo tienes.
—Lo buscaré.
—No lo encontrarás, Megan. Tu has creado a Gregor en tu mente, él no existe.
—¡No le encuentro, ellos le han borrado de mi lista! —exclamó.
—¿Recuerdas la noche que atacaron a Edmund? Escúchame, Megan. ¿La recuerdas?
—Llovía mucho, habíamos discutido —manifestó aún buscando en la agenda de su teléfono.
—¿Era la primera vez? ¿Discutíais a menudo?
—Ultimamente sí… —contestó volviéndose a perder en sus pensamientos— No dejaba que me expresara.
—¿Edmund te hizo daño?
—Lo mataron…
—¿Te hizo daño, Megan?
—Había mucha sangre…
—¿Que te hizo, Megan?
—¡Me violó! ¡Como si yo fuese una cualquiera! ¡Una puta! —gritó fuera de sí— ¡Pero lo mataron y él, ya no está!
—¿Quien lo mató?
—¡Ellos! ¡Ellos! ¡Ellos! —gritaba sin cesar agarrando su cabeza— ¡Ellos lo mataron!
—No había nadie, solo vosotros dos.
—No, fue un hombre, había un hombre fuerte.
—Fuiste tú, Megan ¿Lo recuerdas ahora?
—El me violó…
—¿Lo recuerdas? —Megan se levantó de la silla y se acercó a la ventana, el día era gris al otro lado. El psiquiatra que la interrogaba se levantó también y se posicionó junto a ella— Uno de tus vecinos te encontró con la barra de hierro en la mano. Le golpeaste hasta la muerte y te creaste esta historia en tu cabeza para mitigar la culpa de lo que habías hecho. ¿Sabía Edmund que esperabas un hijo suyo?
—Se lo intenté explicar… —argumentó— Pero no me escuchó — Megan se quedó pensado y sonrió— Ahora sí…
—¿Ahora qué, Megan?
—Ahora recuerdo el sonido de su craneo al partirse, la tibieza de su sangre al salpicar mi cara, el placer de saber que nunca más, le iba a tener entre mis piernas —Megan soltó una carcajada. El psiquiatra llamó a los enfermeros y ambos la condujeron hacia su habitación— Fui yo… — murmuraba al alejarse— Fui yo…
Karl Becher observaba la escena desde la opaca cristalera, al otro lado del comedor del centro psiquiátrico. Sentía odio por lo que esa mujer había hecho a su hijo y desprecio, por lo que él, le había hecho a ella.

Un comentario sobre “Juguete roto (4)

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