ALICIA SAN MIGUEL

—Edmund… —le dije apartándole suavemente— Deberías marcharte.
—Dime que te está ocurriendo, ni siquiera has tenido el valor de decirme que no me quieres —calló unos segundos y suavemente levantó mi cara acariciando mi mejilla— Hay algo que no me cuentas.
Sin dejarnos continuar algo golpeó el cristal de la ventana. En un principio pensé que sería la lluvia, hasta que algo golpeó la ventana de nuevo haciendo que el cristal se rompiese en mil pedazos. Cubrí mi cabeza con mis brazos y me alejé hacia el sofá.
—¡Aléjate de la ventana! —exclamé.
—¿Qué cojones ha sido eso?
—No lo sé, pero no te acerques por si acaso —le advertí.
—Por si acaso ¿qué? —preguntó queriendo saber algo que yo no sabía explicarle.
De pronto, se quedó mirando algo en el suelo. Dejé de cubrirme y lo seguí con la mirada. Edmund cogió algo y comenzó a observarlo. Yo estaba a su espalda y no podía ver que es lo que tenía en las manos.
—¿Qué es eso? —pregunté curiosa.
Edmund se giró y empezó a desenvolver un pequeño paquete cubierto por un papel y recubierto en plástico. Me miró extrañado, al encontrar una piedra en su interior. Su cara cambió cuando vio lo que le papel tenía escrito.
Lo giró hacia mí y leí: “ALÉJATE DE ELLOS”
Edmund cerró rápidamente la contraventana para que no entrase más agua.
—Cogeré la escoba, no quiero que te cortes —me dijo secamente.
Barrió el suelo, se aseguró de que la contraventana no se abría, recogió la piedra y la puso en la pequeña mesa junto a la nota que me advertía claramente, que dejara de jugar a los detectives con un viejo historiador.
¿Pero quién?
—Gracias, de verdad —le agradecí—, ya has hecho bastante.
—Ahora te toca a ti —espetó malhumorado—. Siéntate.
—Edmund, tenemos que hablar.
—¡Pues empieza a explicarme que esta pasando! —exclamó.
—¡No hace falta que grites!
—¡Que te jodan, Megan! —volvió a exclamar— ¿Como puedes actuar así conmigo?
—El problema no eres tú.
—¿Entonces? —Preguntaba sin apenas dejarme hablar.
—Ya te he explicado…
—¡Y una mierda! Sabes que no dices la verdad —se levantó y se puso el abrigo— Ya no lo intentaré más. Mañana le diré a mi padre que todo queda cancelado.
—Él, no es quien tu crees —le dije sin pensar.
—¿Mi padre? ¿Qué estas diciendo?
—No es quien dice ser Edmund —intentaba explicarle.
—Estas loca, no te reconozco ¿Mi padre?
Edmund abrió la puerta dispuesto a marcharse. Al otro lado, un hombre con la cara cubierta esperaba con una barra de hierro. Comenzó a golpear a Edmund hasta hacerlo caer al suelo. Escuchaba sus quejas intentando zafarse de los golpes. Las embestidas, directas a la cabeza, rompían su craneo y dispersaban miles de gotas de sangre por las paredes.
Edmund ya no se movía…
Me quedé inmóvil, observando al fornido hombre cubierto de sangre.
Respiraba agitado, y con la barra de hierro en alto y saltando el cuerpo de Edmund, caminó hacia mí. Mi cuerpo temblaba, apenas podía respirar, ni siquiera las lagrimas brotaron de mis ojos. Estaba en shock.
Algo llamó su atención que le hizo retroceder y marcharse, dejándome allí, sin entender por que a mí, no me había matado.
La ambulancia iba muy rápido a través de las oscuras calles, hasta llegar al Royal Infirmary. Las luces de los pasillos se iban encendiendo a medida que la camilla los atravesaba, hasta que mis ojos se cerraron lentamente.
—¿Edmund? —balbuceé.
—Relájese señorita —me dijo un hombre con bata blanca que observaba mis ojos con una pequeña linterna.
—A mí no me pasa nada —dije aún confusa e intentando incorporarme —. ¿Donde está Edmund?
—Por favor señorita, ha perdido el conocimiento y no debe incorporarse tan rápido.
—¿Quiere contestarme a la pregunta? —insistí.
—Ahora la informarán. Tiene visita —contestó señalando la puerta de la habitación.
¡Gregor! —Exclamé al verle entrar— Todo esto se ha convertido en una locura.
—¡Shhhhhhhh…! No debes confiar en nadie Megan, esto es un hospital.
—¿Qué estas diciendo? ¡Creo que han matado a Edmund! —le grité desesperada.
—¡Shhhhhhhh…! Deja de gritar por favor y escúchame —me decía haciendo aspavientos con sus manos para que me callase y mirando constantemente hacia la puerta— He averiguado cosas Megan, cosas horribles. Son una panda de locos psicópatas sin ningún tipo de escrúpulo.
—No quiero saberlo —le dije para que no siguiese y levantándome de la camilla— ¡Basta ya!
—¡No Megan! —me gritó agarrando mi brazo— Ellos ya saben quien eres, y probablemente quien soy yo. Esa lista que tanto llamó tu atención, pertenece a personas con las que experimentaron, como la chica de la foto.
—¿Con todos?
—¡Y habrá muchísimos más, Megan! —exclamó llevándose las manos a la cabeza. Se quedó unos segundos pensando y volvió a centrarse— Creo saber que significan esas iniciales.
—Seguro que son solo suposiciones Gregor —le dije quitando importancia a todo ese sin sentido— No puedo creer que aún haya gente que haga cosas así.
—¡Joder Megan! —exclamó preso de la frustración— Los nazis actuaban igual, siempre en clave para no ser pillados. Poco a poco se fueron averiguando las palabras clave que utilizaban y para qué las utilizaban. ¿Recuerdas las iniciales?
—KS —le contesté queriendo saber más esta vez.
—KAPUTTES SPIELZEUG, significa juguete roto en Alemán. Todas las personas que junto a su nombre tenían estas iniciales, también tenían un número y una M.
—¿Y eso es? —pregunté ensimismada en la historia que me estaba contando.
—Solo son números del uno al doce, por lo que he deducido que son los meses del año. La M, puede pertenecer a la palabra MONAT, que significa mes ó MONATE, que es su plural.
—Un juguete roto… —logré decir tras escucharle.
—Había otras iniciales sin fecha al lado, NP.
—¿Y has averiguado que significan?
—He pensado que pueden ser las iniciales de NEUE PUPPE, muñeco nuevo.
—¡Una puta locura Gregor! —me lamenté entre lágrimas de impotencia y miedo— ¿Y por qué a Edmund?
—No lo sé Megan, no lo sé.
En ese instante se abrió la puerta de la habitación, y Karl Becher entró.
¿Había matado él a su propio hijo?
—Buenas noches profesor Scott.
—Doctor Becher —saludó Gregor—. Siento enormemente lo ocurrido.
La tensión se cortaba en el ambiente, la miradas nerviosas se entrecruzaban entre sí e iban agitando mi respiración.
Karl Becher me miró varios segundos antes de hablar.
—¿Cómo estas, Megan? Todo esto esto tiene que haber sido muy difícil para ti. Mi hijo te defendió, te salvó poniendo su vida por delante.
—No tuvo opción Karl —le contesté con un asustado descaro—, le atacaron sin aviso.
—Las enfermeras te pondrán un calmante y podrás descansar — comentó ignorando mi respuesta.
—No necesito nada, estoy bien.
—No, eso no es posible, Megan. Después de algo tan traumático necesitarás apoyo.
—¡Aléjate de mi cabrón! —le grité alzándome y encarándome a él— ¡Déjanos en paz!
—Doctor por favor… —le pidió Gregor interponiéndose entre nosotros.
—Deberías salir de la habitación Gregor. Las enfermeras te acompañaran.
—No te vayas por favor —le supliqué agarrando su brazo con desesperación— No me dejes aquí.
—Lárgate —le ordenó al mismo tiempo que hacia una señal a uno de los doctores y las enfermeras, acompañaban educadamente a Gregor fuera de la habitación — Te sentará bien.
Me arrinconaron junto a la pared, intentaba zafarme de Karl, mientras el otro doctor sostenía una jeringuilla con un líquido trasparente. Todo comenzó a girar y sus voces cada vez se alejaban más, y se convertían en un susurro que me pedía que me relajase y dejase de luchar.
No sé cuanto tiempo pasó hasta que me desperté…
Un olor fuerte inundaba la habitación, una mezcla entre desinfectante y putrefacción. La luz me impedía poder ver donde estaba, intenté moverme pero no podía. No sentía mis piernas, ni mis brazos, tan solo sentía el latido de mi corazón bombeando fuertemente. Escuche voces y traté de llamar su atención, pero no fui capaz de pronunciar palabra.
Sentí miedo…
Dos hombres se pusieron a mi lado, pretendí mover la cabeza pero mi cuello no respondía y las lágrimas brotaron de mis ojos.
—No llores pequeña —me dijo Karl acariciando mi frente— Tan solo necesito tus óvulos. No eres más que un sucio envase —agregó acercándose a mí con un gesto perverso—, un número más, una fecha, un puto juguete roto al que inyectar lo que haga falta para salvar nuestra raza de vuestra mediocridad y fragilidad. No llores más —me explicaba tranquilo
— Te brindas a una buena causa, Megan. Comienza —le pidió al otro doctor.
Elevaron mis piernas, se tomaron su tiempo. Las batas blancas se manchaban con mi sangre ante mi frustración y angustia, mientras conversaban sobre otras vidas y jugaban con la muerte.
—¿Y como escapaste, Megan? ¿Cómo lograste huir de ellos?

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