ALICIA SAN MIGUEL

Pasé horas ojeando cada página del diario. Yo no hablaba Alemán, y eso hacía que todo fuese más complicado. Los esquemas, las fórmulas, eran imposibles de entender, parecían una entropía de letras y números al azar.
Una y otra vez se repetía el mismo símbolo, prácticamente en cada página.
Arqueé mi cabeza para buscarle algún sentido o similitud con algo, y me di cuenta que era una especie de esvástica circular.
Abrí las últimas páginas y volví a mirar las viejas fotos que encontré y que me dieron la voz de alarma. Un joven doctor Becher sonreía a la cámara orgulloso, supe que era él por el reverso de la foto con su nombre y una fecha. Le acompañaban dos hombres trajeados más, y una enfermera. Foto tras foto, podías ver como la enfermera aguantaba la cabeza de una mujer joven, atada en una camilla y que parecía estar en avanzado estado de gestación. Los hombres observaban mientras el doctor abría su tripa sin importarles la cara de pavor de la muchacha. La última foto me volvió a estremecer… El bebé de esa mujer colgaba de la mano del doctor que lo aguantaba boca abajo al mismo tiempo que todos sonreían de nuevo a la cámara. Mientras, al fondo, la imagen captó también a la enfermera cubriendo el cuerpo de la camilla. A pesar del color sepia de las fotos, se
podía distinguir la sangre que manchaba la sábana. En la esquina inferior derecha dos iniciales: KS.
Estaba agotada, me estaba volviendo loca, y algo me decía que me había metido en una historia oscura. Desde que leí esa lista en las páginas finales, no podía parar de pensar a quienes pertenecían todos esos nombres de hombres y mujeres. Siempre iban acompañados de iniciales y números.
Me preguntaba cual sería el nombre de la mujer de la camilla.
Necesitaba descansar.
Al día siguiente se volverían a abrir la puertas de la Biblioteca Nacional, la gente llenaría sus salas de lectura, nosotros trabajaríamos como cualquier otro día, y nadie se iba a plantear los secretos que se podían guardar entre sus estanterías y el olor del papel.
Necesitaba descansar.
Me levanté temprano, la cabeza parecía que me iba a estallar.
La lluvia había dado tregua y un tímido sol iluminaba las calles de Edimburgo. Observé a la gente a través del cristal, caminaban tranquilos, rodeados de los grises edificios que tanto embellecían la ciudad.
Después de tomarme el café y guardar el diario en mi bolso, me fui a trabajar.
—Buenos días —saludé al entrar. Para todos era un día cotidiano.
—Buenos días Megan —me dijo Jane, la directora— Parece que ha parado de llover ¿eh? ¡Vaya noche!
—Sí —respondí sin prestarle mucha atención.
—¿Estás bien? Tienes mala cara.
—Me levanté con dolor de cabeza, ya sabes como son los cambios de tiempo.
—De acuerdo, tomate algo y te sentirás mejor —comentó amablemente —. Hoy te toca sala de lectura.
—Perfecto, gracias.
La sala de lectura no tardó en llenarse de estudiantes, escritores y lectores que encontraban allí un lugar para relajarse y evadirse entre las historias que leían.
El día se hizo largo, sin conseguir sacarme de la cabeza ese maldito diario.
Al llegar las cinco, me despedí de mis compañeros y me dirigí donde había quedado con Gregor.
Le conocía desde niña, siempre le recuerdo en los momentos importantes de mi vida. Mi padre y él eran profesores de historia en la universidad. Gregor podía traducir las notas en Alemán y no dudó en echarme una mano.
—Hola —saludé abrazándole fuertemente— ¿Averiguaste algo? Toma, guárdalo —le dije casi metiéndole el libro en el bolsillo de su abrigo.
—Megan, tienes que alejarte de esa gente.
—Cuéntame por favor, necesito saber en que están metidos.
—El símbolo pertenece a la sociedad Thule —carraspeó unos segundos y siguió hablando—. Su principal interés es la reivindicación sobre los orígenes de la raza aria.
—¿Quieres decir que es un grupo nazi?
—Ellos ya estaban antes de que el nazismo se instaurara.
—Pero entonces…
—Hitler se incorporó a la sociedad en 1919, mucho antes de llegar a ser quien todos conocemos.
—Un puto grupo de locos.
—Locos y peligrosos, Megan —insistió— Los Thulistas, creían en la teoría intraterrestre. Entre sus metas, la Sociedad Thule incluyó el deseo de demostrar que la raza aria procedía de un continente perdido, quizás la Atlántida.
—¿Y qué hacen aquí?
—Este tipo de grupos siempre se mantiene oculto y tarde o temprano, al igual que lo hicieron muchos nazis, huyen a diferentes partes del mundo para pasar desapercibidos.
—¿Y Edmund? Él lo sabrá… —pregunté acobardada por la información.
—No lo sé. Esta gentuza está detrás de muchas barbaridades, son gente importante, con títulos y relevancia en la sociedad.
—Tenemos un problema ¿verdad?
—No si nadie se entera que tenemos el diario.
—De acuerdo —le contesté preocupada. —deberíamos pedir un café ¿No crees?
Gregor se llevó el diario y quedamos en vernos al día siguiente.
La lluvia volvía a inundar las calles y a golpear los cristales.
Sentada en mi sofá me dispuse a investigar por mi cuenta esa sociedad de la que Gregor me había hablado.
«Thule» era un país situado por los geógrafos grecorromanos en el más lejano norte. La sociedad fue bautizada en honor a la “Última Thule”, que en latín significaba, el norte mas distante. La sociedad, poco a poco, fue olvidando sus teorías ocultistas y se centró en atacar a los judíos, a los que consideraban una raza inferior. Uno de sus miembros, llegó incluso a asesinar al primer ministro socialista. Tras este incidente, fueron acusados de querer infiltrarse en el gobierno y de intentar dar un golpe de estado.
Varios de sus miembros fueron apresados por el partido comunista y ejecutados.
Estaba ensimismada leyendo las barbaries que toda esa gente había hecho y el poder que habían adquirido, cuando alguien golpeó la puerta.
—¡Megan! ¡Abre la puerta! —gritaba Edmund dando fuertes golpes— ¡Abre de una maldita vez!
—¿Qué demonios haces aquí? —pregunté impidiéndole entrar en casa
— ¿Estas borracho? Vete a casa.
—Déjame entrar por favor —me suplicó.
Abrí la puerta de par en par y dejé que entrase. Se sentó en el sofá y miró el portátil que aún estaba abierto sobre la pequeña mesita frente a él.
Lo cerré rápidamente y lo guardé en uno de los cajones del aparador.
—No puedes dejarme así, Megan. Te quiero desde la primera que te vi y…
—No lo hagas más difícil, por favor —le supliqué al verle sufrir— Alejémonos un tiempo, démonos la oportunidad de poder pensar.
Edmund se levanto del sofá y se acercó a mi. Acarició mi pelo y un escalofrío me inundó. Me alejé rápidamente junto a la ventana, dándole la espalda.
—Dime que ya no me quieres —insistió.
—basta ya… —murmuré entre lágrimas.
—Dímelo —seguía insistiendo mientras agarraba mi cintura suavemente y acercaba sus labios a mi cuello.
Me giró hacia él y me besó.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s